Notas:

No hay mucho que decir, sólo que me tardé un poco por culpa de la preparatoria, pero como ya acabó el semestre, actualizaré más c:

Ah, y para aclarar, las primeras partes, serán solamente como fragmentos del pasado de Dean y Castiel. Esto nada más durará como uno o dos capítulos. Luego ya será una historia estable:)

-Las canciones que hay no me pertenecen, son de Eliza Doolittle y de Passion Pit. Supernatural tampoco me pertenece...y sin más que comience :D


Capítulo 3: Jalar sus dientes y clavar sus alas.

"Those days all seem so far,

when I flick into my old polaroid photographs."

-Big When I Was Little; Eliza Doolittle.

1998; California.

¿Cómo empezaba aquella historia en realidad? Un día nublado, un autobús, y el chico de orbes azules. ¿Un inicio trágico? Eso ya se volvió lo suficientemente tendencioso, así que no. Aunque tampoco es un inicio feliz, aunque así era como Castiel se sentía aquel día. A pesar de que el cielo estuviese negro, o aunque la profesora Gómez le hubiese encargado un trabajo que le daba demasiada flojera para hacerlo.

Aunque, ahí estaba él. En el pequeño autobús. Observando su entorno, y pensando, mientras sus pies se movían al compás de AC/DC. Una banda que juró no volver a escuchar. Pero su cerebro aún no se había dado cuenta de lo que estaba haciendo.

Le gustaban aquel tipo de días. No hacía frio ni calor. Era uno de esos momentos perfectos para estar viendo películas de Alfred Hitchcock y comer helado. De limón, especialmente. Pero, lo que le esperaba en su casa era muy distinto a lo que él acostumbraba a pensar. Se resumía en tres cosas: tarea, quehaceres y una realidad que para su mala suerte (si es que así se le podía llamar) estaría ahí el resto de su vida.

Si. Eso es algo que a casi nadie le gusta, pero que lamentablemente, se tiene que afrontar.

Y, aunque pasé eso, uno llega a acostumbrarse, y de eso precisamente se trata la vida. Y es que no significara que a Castiel no le gustara la vida. Es decir, tenía diecinueve años en aquel entonces, eso equivalía a seis mil y pico de días. Y eso no era mucho. Así que no tenía mucha experiencia y no sabía mucho. Pero si lo suficiente como para volverse, cínico y sociópata con las personas.

Vale. Aquel día, como todos los demás, cabe decir, había salido temprano de la Universidad. La UCLA. La Universidad de California, Los Ángeles. Muchos se preguntaban lo que Castiel estaba haciendo ahí. Él tenía más potencial. ¿Por qué no se había ido a la Universidad de Berkeley? o ¿Por qué no había aceptado la beca en la Universidad de Stanford? No lo sabía. Pero no quería, y por casualidades, entró a la UCLA. En sí, no estaba tan mal.

No había mucho de qué quejarse, a decir verdad.

-¡Hola, Cas!-Una voz femenina lo sacó de sus pensamientos.

Castiel miró hacia donde la voz le había hablado y vio a una de sus compañeras. Era pelirroja, y tenía una profunda mirada. Se acercó a él, y se sentó a su lado.

-Hola, Anna. ¿Qué tal tu día?

-Hecho una mierda.-Dijo ella sin rodeos.-Tengo cientos de tareas, pero eso es lo que pasa cuando estas estudiando medicina, ¿No? Y luego casi me doy una buena estirada de cabellos con Cassie Robinson. Estúpida perra.

-Oye, tranquila. ¿Por qué te peleaste con ella?

-Cree que quiero robarle a su noviecito. Ni que fuera un galanazo. Pero bueno, ¿Qué tal el tuyo?

-Aburrido y sin nada que contar, como siempre.-Dijo con un cierto tono cargado de monotonía.-Nada interesante.

-Eso te pasa por no estar en Fraternidad.

-Ya vas a empezar. No quise entrar a una de esas. Soy feliz en mi departamento, ¿Está bien?

Castiel no quería una especie de "Livin' la vida loca" con la gente de la universidad. Por eso se había conseguido un buen departamento un poco cerca para vivir tranquilo en su vida académica, por esa razón no sabía mucho de los demás chicos. Aunque no vivía solo, después de todo.

-Ya. Vale.

-Por cierto, ¿Quién es el novio de Cassie, eh?

-Ah. Déjame ver...-Se dijo más para sí misma.-¿Conoces a Sam Winchester?

¿Cómo no conocerlo? Lo conocía desde que era un pequeño niño de once años. Estuvieron juntos desde que Castiel se había mudado a Kansas con su familia. Y si, sabía que aún no entraba a la universidad, pero iba muy seguido. No sabía por qué. Suponía que quizá trataría de conseguirse una beca. Era un niño listo, después de todo.

-Claro. Desde que era un crio. Me cae muy bien.-Dijo con una pequeña sonrisa, recordando aquellos días.

-¿En serio? ¿Por qué lo conoces?-La chica parecía estar desconcertada.

-Ah, pues, fue mi vecino por un par de años. En Lawrence, Kansas.

-Entonces, supongo que conocerás a su hermano, Dean.

Genial. Lo que le faltaba. Se le borró la sonrisa de inmediato. A él también lo conocía. Mejor que bien.

-Si. A él también lo conozco.-Su voz se escuchó cortante.

-Ah, pues él es el novio de Cassie. No es tan guapo como para que...

-¡¿DEAN WINCHESTER SALE CON UNA CHICA?!-Pensó espetar Castiel, pero en vez de eso, sólo bajo su volumen de voz.-¿Qué? ¿Dean sale con...con una chica?

Anna giró la cabeza. ¿Acaso eso era extraño?

En cambio, Castiel pensó en aquella época en la que era un joven de quince años. Si, porque eso era lo que hacía comunmente. Pensar. Con mucha frecuencia. Pensaba hasta cuando comía. A veces, sentía que moriría de un ataque de migrañas.

Pero como mencionaba, no había nada de que quejarse. Y es que el tiempo avanza muy rápido como para quejarse. Es decir, vas en el primer segundo, respiras, y ya pasan treinta. Y cuando menos lo esperas, se juntan y conspiran contra ti para crear trescientos mil segundos, equivalentes a media hora.

Si. Una excelente media hora en la que uno se queja en vez de hacer algo importante.

-¿Castiel? ¿Qué tiene de malo? Si, Cassie es una perra, pero...

Castiel siguió en sus ensoñaciones. Miró hacia afuera y vio que ahí era su parada. Se levantó del asiento y caminó hacia el pequeño pasillo del autobús.

-Luego hablamos, Anna. Ádios.-Jaló el cordel y le abrieron las puertas.

-Pero, ¿Qué se trae este sujeto?-Se dijo Anna hacía sí con una mueca de desconcierto.


Castiel metió las llaves en el pomo de la puerta de su departamento. Número 21. Había escogido ese número porque en serio le gustaba, además, su vida giraba en torno a ese número.

Entró y se sintió en serio en casa.

-¿Ruby? ¿Mamá? ¿Están ahí?-Puso su abrigo en el perchero.

-¡Cas! Estoy en el estudio.

Cerró la puerta y colgó las llaves en el pequeño portallaves (?) que había hecho cuando era pequeño. Caminó hacia donde estaba la pequeña cocina y vio un papel con el salero y el pimentero encima.

"He ido con Sam y unos amigos a comer, regreso luego. Los quiero, Ruby.

PD: Cas, Sam vino a dejarte unas cosas, checa al lado de la nevera. "

Después de que aceptaron su solicitud para estudiar en la UCLA, el padre de Castiel falleció por un paro respiratorio. Y al chico no se le hacía bien dejar a su madre sola. Además quería que Ruby siguiera sus estudios en California. Un nuevo aire no les hacia nada mal. En especial a él.

Caminó hacia el estudio y vio que su madre estaba pintando, como siempre lo había hecho. Parecía haber encontrado un refugio después de que su padre falleciera por semejante cosa. Dibujaba y pintaba muy bien. Vendía sus lienzos gracias a uno de sus amigos.

-¿Cómo vas?-Dijo colocando la mochila al lado del sofá.

-Excelente.-Su madre estaba dándole retoques a las alas del joven ángel.-¿Y tu día?

-Bien. Tengo mucha tarea, pero nada imposible. Oye, ¿Con cuál Sam salió Ruby?

-Con Sammy, el hijo de John. Parece que él también hará la universidad en la UCLA. Me habló por teléfono y regresa antes de las 6.

-Vaya. Bien por el chico. Es listo.-Castiel regresó y abrió la nevera para ver que había de comer.

-Hablando de él, vino a dejarte unas cosas. Bueno, eso me dijo Ruby en el teléfono. Pero no sé que son.

"Quizá es la ropa que dejé en su casa hace mucho". Pensó Castiel automáticamente. No se molestaría en ver. Tomó el néctar y encontró una hamburguesa en perfecto estado, la cual metió en el cacharro de microondas. Vio que la caja estaba al lado de la nevera y la cogió para ponerla encima de la desayunadera.

Sonó el microondas, diciéndole que la hamburguesa estaba lista. La sacó y se sirvió el néctar mientras leía la nota que Sam había dejado encima.

"Te las quise entregar desde hace mucho, pero Dean no me dejaba. Si lloras no será mi culpa."

Abrió la caja y vio que había decenas de papeles. Y encima una fotografía. Si. Definitivamente iba a llorar.


"I think I can fake it if you can.

Let's agree there's no need, no more talk of money.

Let's just keep pretending to be friends."

-Carried Away; Passion Pit.

2006; Burgess.

Dean se sentó en la sala de espera, se puso a leer una revista y a ver una que otra cosa, comenzaba a aburrirse, y aunque fuera el hospital, comenzaba a hacer frío. O quizá era porque así se sentía él. Como si algo le faltase, como si estuviera vacío.

Nunca le habían gustado los hospitales. Siempre sentía una especie de libertad retenida. Era como estar en una cárcel que olía muy bien y en la que podías salir en cualquier momento, pero también era un lugar que inspiraba muerte y enfermedad. No era un lugar muy agradable que digamos.

Los doctores pasaban, todos cada quien en sus asuntos. Pacientes que atender. Muertos vegetales a los cuales desconectar. Heridas que limpiar. Cuerpos que abrir. Todo aquello le daba asco y fue cuando una mueca de disgusto se dibujó en su tez rosada, que por cierto, se volvió pálida en aquel ambiente.

Ya se quería ir.

-No me pasa nada. Sólo son unos golpes.-Escuchó una voz medio enfurecida y que se le hacía vagamente familiar.

Por alguna extraña razón, aquellos reclamos también le sonaban familiares.

-Cas, déjame ayudarte, no estas del todo bien.

-¡Joder, Gabriel! Estoy bien.

Una figura alta, de cabello castaño oscuro y dos ojos azules penetrantes apareció al final del pasillo. Tenía unos cuantos moretones y unas vendas en la mano, además de pequeñas venditas en la cara en donde había diminutas aberturas que perjudicaban aquel angelical rostro. Su mirada seguía siendo poderosa. Y aquella mirada se posó en Dean.

Fue tan extraño, tan sorprendente, tan intenso lo que pasó en aquel instante en su cabeza que no supo que hacer. No sabía si lanzarse encima y besarlo como la última vez o simplemente pasarlo por encima. ¿Qué hacía Dean ahí?

-Dean.-Dijo su primo y se paralizó.-Él es mi primo, Castiel. Castiel, el es Dean, es un amigo de la Universidad.

Ambos se miraron y no sabían que hacer. Tenían miedo en lo más profundo de su ser.

-Hola.-Dean rompió el silencio y alzó la mano.-Mucho gusto, Dean Winchester. Yo los llevaré a su casa. Es un...un placer conocerte.

Aunque eso no era cierto. Era un placer volverlo a ver.

Castiel estaba atónito. Paralizado. Veía al ojiverde y no reaccionaba. Era una estatua. Su mundo se detuvo por un momento.

-¿Cas?-Gabriel le puso la mano en su hombro y con eso bastó para que Castiel volviera en sí.

-¿Qué pasa?-Dijo sin dejar de mirar a Dean. Sacudió la cabeza y alzó su mano. Carraspeó.-Ah, si. Igualmente, Castiel Novak.

-Bueno. Es hora de irnos.-Dean se dirigió a Gabriel y bufó.- En serio, ya me quiero ir de aquí.

-Ya somos dos.-Castiel le siguió y Dean le regaló una sonrisa.


Un silencio incómodo se apodero dentro del automóvil.

Dean tomaba el volante como si tratara de romperlo con la fuerza de sus manos, Gabriel sentía una cierta tensión en el aire y Castiel miraba el cristal y la nieve como si fuera la cosa más interesante, aunque estaba claro que toda su atención estaba en el piloto del Impala.

Gabriel sabía que había algo mal entre Dean y Castiel. Lo notó de inmediato cuando se conocieron. Tal vez no se habían caído bien del todo, pero lo extraño era que ni siquiera habían hablado. Y además, no había visto enojo ni desagrado, había visto algo que a cualquiera lo dejaría en cierto estado de confusión.

Incomodidad.

-Bueno, y entonces, ¿Qué haces aquí?-Dijo Gabriel para romper el silencio.

Castiel pensó muy bien su respuesta. Había ido ahí porque la tía Elizaveta había querido ver a toda la familia ya que el tío Gilbert había fallecido meses atrás. Y el último en la lista era Gabriel. Pero ahora que había visto a Dean, sus motivos para estar en Burgess habían cambiado. Ahora irse era su prioridad. Había visto el disgusto en los ojos verdes de Dean. No quería molestar.

-La tía Elizaveta ha estado muy dolida por la muerte del tío Gilbo. Y no reclames, que tu querías mucho al tío Gilbo. No seas gilipollas.

-No soy gilipollas. Pero ya tenía planes, y no quiero dejar morir a Dean. Además, tu auto está destrozado y yo no tengo el mio, aún.

Dean miraba hacia adelante y como era de pensarse, no hacía caso omiso de la conversación. Quizá Castiel estaba harto de él, pero ese en sí no era su problema. Ni siquiera recordaba él por qué habían dejado todo su amor detrás. Si es que se le pudo llamar a eso "amor".

-No tenemos como irnos.-Dijo Gabriel después de una discusión.

Castiel bufó.

-Yo puedo llevarlos.-Dean sugirió al final.

Ya estaba. Castiel lo sabía desde un principio. Su presencia molestaba al ojiverde, pero él se encargaría de irse, así que no había mucho problema, y lo primero que hizo fue asentir con la cabeza.

-Excelente.-Castiel fingió un tono alegre en su voz.

-¿Excelente? Ni de chiste.-Gabriel objetó.-Dean, no. Este cabeza dura se quedará aquí hasta que se recupere. Y yo no quiero dejarlos solos a ti y a los demás. No. Yo me quedo aquí. Soy el mayor Castiel, y tú te irás hasta que tú y tu auto estén bien.

-¡Pero faltan cinco días para las vísperas! Y no me trates como a un crío. Tengo la condición como para ir de ida y vuelta.

-Escucha, Gabriel.-Dean interrumpió.- Yo llevaré a tu primo mañana, si tu tienes que ir, los llevo a los dos. Después, cuando su auto esté listo, voy por los dos otra vez y así se arregla todo. El punto es que tanto tú y el dejen de joder y comportarse como un par de niños.

Después de eso, nadie habló y Dean sólo seguía mirando la calle para llegar a casa de Gabriel para dejar a Castiel y a Gabriel. Pero, ocurrió lo que debía ocurrir. A Castiel se le habían quedado las maletas en su automóvil. Y Dean como buen samaritano, decidió llevarlo a recogerlas. Si se iba a ir, si tanto le molestaba su presencia haría que esos últimos minutos valieran la pena.

Ya iban a mitad del camino cuando Castiel rompió el silencio.

-¿Y de dónde eres?-Preguntó Castiel con sarcasmo-Estoy segurisimo de que no...

-No hace falta seguir fingiendo, Cas.-Dean lo interrumpió con un tono seco y sin emoción en la voz.-Te conozco de pies a cabeza. Y sabes que no soy de aquí.

Castiel dio una carcajada hueca. (?)

-Ya. ¿Por qué estás aquí? Nunca te gustó el frio.

-Las circunstancias me llevaron a estar aquí. Y a todo esto, ¿A ti que te importa?

"Me importa porque tú me importas." Dean pensó que quizá a Castiel se le saldría decir eso. El ojiazul era muy predecible. Aún recordaba sus mejillas sonrosadas después de haberle hecho por primera vez el amor. Y ahora, ahora estaba utilizando el tono más frio con la persona que solía amar.

Aunque en realidad, Castiel no contestó con nada más que un bufido.

-¿Por qué juegas a no conocerme?-Castiel preguntó de repente.

Había muchas razones según la mente de Dean. Primero, Gabriel no sabía que Castiel y él se conocían y mucho menos que habían tenido una relación. Y mucho menos que había perdido la…

-¿Por qué me sigues el juego?-Dean contestó con aquella pregunta.-Fácil podrías decirle a tu primo que tú y yo nos conocemos desde la pubertad. Y que fuimos algo. Algo más que amigos, y que yo fui la primera persona con la que tuviste sexo.

-Ya. Basta de sermones. Sabes que no me gusta que hagas eso.

-Entonces, deja de preguntar.

Dean se limitó a mirar el horizonte y el volante para cuidar que no se fuera de rumbo, porque estaban en un lugar pequeño sin personas y podía hacer lo primero que se le viniera a la mente, pero sabía que aunque Castiel lo disfrutara, al final, terminaría odiándolo por eso.

Aunque la mente de Castiel no era muy diferente, odiaba tener a Dean tan cerca pero tan lejos, quería tocarlo como la última vez antes de que se fuera. Sentía la tensión en el aire. Horriblemente, se sentía como cuando escuchaba un disco rayado. Le gustaba pero era horrible escuchar cada parte cortada.

-Hemos llegado.-Dijo Dean en voz fría.

Castiel, sin decir nada, salió del automóvil, y caminó hacia el suyo. Si, estaba hecho un desastre, si. Tardaría mucho en arreglarse. 'Madre mía, ¿Cómo pagaré esto?' Se dijo a si mismo. Las maletas estaban afuera, y por un momento temió por ellas. Pero en cambio, un joven salió de ahí con una sonrisa para atenderlo.

-¿Usted es Castiel Novak?-El chico dijo con un deje de voz alegre.

Castiel asintió con la cabeza. El chico sonrió de nuevo y le entregó las maletas. Le ayudó a cargar una y caminaron hacia la Impala de Dean.

-Que auto.-Dijo el chico.-¿Es suyo?

-No, es de...-Castiel movía la cabeza para confirmarse a sí mismo de que no había nadie en el asiento del piloto.

-Es mio.-Dean salió de 'quien sabe donde', metiéndose la billetera en el bolsillo.

-Tu auto está de lujo.-Castiel se preguntó por qué lo tuteó.

Dean hizo un gesto de agradecimiento y subieron al auto, después de que Dean le ayudó a su ex amante a meter las valijas en el maletero. Cuando lo hicieron, Dean miró profundamente a Castiel, como si le llevara la vida en ello. Castiel lo notó y fue cuando hizo una mueca de sarcasmo e indignación.

-Deja de verme así.-El castaño comenzaba a sentirse incómodo.

-¿Te molesta?-Dean puso en marcha el automóvil.-He visto otras cosas, como sea.

-Si. Me molesta.

Castiel sonrió sin querer, y Dean lo notó, pero sabía que iba a ser distinto cuando llegaran a casa de Gabriel. Sólo tenía que poner en marcha su plan.