Perdón, perdón, perdón, perdón!

Como les dije anteriormente, soy muy perfeccionista con las cosas que escribo, así que terminar el capítulo me llevó considerablemente más tiempo del que creía. Pero bueno! Finalmente conseguí poner en palabras exactamente lo que quería.

Vuelvo a agradecer a todas y todos los que dejaron comentarios y opiniones. Sepan que son mi inspiración para seguir continuando esta historia y si quieren que siga escribiendo sólo tienen que hacermelo saber.

Como siempre: si hay algo que no entienden de la historia o alguna expresión de los personajes siéntanse libres de preguntarme. Si tienen alguna sugerencia también es bienvenida.

El capi quedó un poco más largo que los anteriores pero supongo que eso no les molesta, jeje.

Sin más, disfruten!


Capítulo III: ¿Qué está pasando conmigo?

"Mi cabeza parece un laberinto lleno de recovecos con incertidumbres, y en algún lugar yace la salida detrás de una camuflada certeza."

Edward Pov:

De lo primero que fui consiente era del fuerte dolor de cabeza que me invadía de un costado a otro mi sien. Abrí ligeramente los ojos y los cerré rápidamente cuando la luz me intensificó la jaqueca un cien por ciento. Repetí la acción un par de veces más para acostumbrarme a la claridad y miré a mí alrededor tratando de ubicarme. Emma estaba a unos cuantos metros de distancia apoyada con la espalda contra un árbol, por lo que veía, desmayada. Leah estaba abrazada a Sam en un parche de pasto al lado del camino. Los otros no estaban a la vista. Seguramente habían despertado antes y se habían ido calladamente tratando de no levantar sospechas de los demás lugareños. Aparentemente estaba mal visto la vagancia en lugares públicos y el uso de drogas ilícitas.

Me levanté algo tambaleante y fui hacia donde estaba Emma.

- Emma… Emma… ¡Emma! – la sacudí al final, perdiendo la poca paciencia que tenía gracias a la jaqueca.

Ésta abrió los ojos y me miró confusa por unos segundos, después miró a su alrededor y soltó un gemido agarrándose la cabeza.

- ¿Qué mierda…? ¿Dónde estamos?

- Seguimos en los acantilados – le respondí ayudándola a levantarse.

- ¿Qué carajo hicimos anoche?

- Lo que debes preguntarte es si, de hecho, fue anoche… te responderé lo tuyo en cuanto averigüe qué hora y, más importante, qué día es hoy.

Fuimos a mi camioneta y nos subimos con algo de dificultad. Arranqué y giré en U siguiendo el camino hacia la ruta que conducía a Forks. Gracias a dios que no había llovido en quién sabe todo el tiempo que estuvimos ahí tirados. Suspiré masajeándome con los dedos la frente tratando de aliviar un poco el dolor. La resaca me estaba quitando la voluntad de vivir. Emma se movió al lado mío y me volteé a observar lo que hacía. Estaba rebuscando algo en sus bolsillos. Sacó su celular del bolsillo trasero y deslizó su dedo por la pantalla, desbloqueándolo. Siseó audiblemente.

- ¡Mierda!, catorce llamadas perdidas de mi madre.

- ¿Qué hora es?

- Cuatro y media de la tarde… martes – respondió tirando el celular en el asiento entre nosotros. – Nos perdimos las clases de hoy.

- La que nos espera – dije pisando el acelerador, enviando la camioneta hacia adelante con más fuerza.

- Mi madre va a querer castrarme cuando se entere.

- Va a querer castrarme a mí. Para tu madre sólo soy un delincuente que trata de corromper a su hija – mascullé.

- Mis padres son unos ciegos – respondió cruzándose de brazos mientras miraba los árboles al costado de la ruta que dejábamos atrás.

El silencio reinó por el resto del trayecto. Dejé a Emma en su casa y continúe hacia la mía. Cuando llegué noté que la patrulla no estaba afuera así que Charlie todavía no había salido de trabajar. Solté un suspiro de alivio al ver que podía ducharme y tomar unas cuantas pastillas para el dolor de cabeza antes que el infierno se desatara. Hice exactamente eso y me tiré en el sofá de la sala a mirar un poco de televisión esperando que llegara mi padre.

Pasadas las siete vi como los faros de su coche alumbraban las ventanas del frente mientras estacionaba en la entrada. Escuché la puerta de su auto cerrarse de un portazo y las pisadas pesadas que se acercaban al porche de la casa. Hice una mueca con mi boca. Eso no sonaba nada bien. Seguro estaba cabreado por algo, y ese algo sin duda tenía que ver conmigo, y si no lo tenía, iba a terminar pagando por ello de cualquier manera. Esa era la lógica de Charlie, siempre era más satisfactorio sacarse las frustraciones con la gente que se supone que deberías amar.

Entró con enojo evidente en sus facciones y postura. Lo miré en silencio tratando de mantener mi expresión relajada.

- ¿Se puede saber dónde mierda estuviste anoche?

- Por ahí – respondí con indiferencia.

- Sé más específico – ordenó entre dientes.

- Estuve en La Push – dije perdiendo mi semblante de calma, empezando a dejar entrever mi irritación.

El hombre no se podría preocupar menos por mí así que qué carajo le importaba donde estuviera, le daba igual si hubiese estado estudiando a que hubiese estado drogándome.

- ¿Cuándo llegaste?

- ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio, Jefe? – pregunté dándole un énfasis sarcástico a la palabra "Jefe" mientras me levantaba desafiante para hacerle frente.

- Yo hago las preguntas aquí, muchacho – habló él copiando mi sarcasmo en el "muchacho" –. ¿Cuándo llegaste? Recién, ¿verdad? Apuesto a que te perdiste la escuela hoy.

- No es cierto – dije petulante.

- Me llamaron de tu escuela, no fuiste hoy. Me preguntaron dónde estabas, tuve que inventar una excusa para que no me hicieras quedar mal – contrarrestó –. A mí no me mientas Edward, no soy un idiota.

- ¿Qué mierda quieres, Charlie? ¿Hay alguna razón por la que estamos teniendo esta discusión? ¿O sólo quieres fastidiarme un rato?

- ¡Suficiente! – exclamó bastante fuera de sus cabales, su cara estaba adoptando una tonalidad rojiza.

Me callé inmediatamente. Conocía muy bien a mi padre, sabía que botones apretar para producir una reacción, pero yo no estaba buscando ningún tipo de confrontación física en ese momento. No jugaría en nada a mi favor. Me dolía todo el cuerpo después del descontrol de anoche, los síntomas de las primeras horas de la abstinencia son las peores en lo que respecta al cuerpo. Además cuando una persona se enojaba simplemente no había manera de saber cómo iba a reaccionar.

- No quiero que este tipo de cosas se repita, ahora ve a tu habitación, estás castigado.

Me levanté y subí a mi habitación con la sangre hirviendo y algo desconcertado. Esperaba un poco más de parte de Charlie. Quizá un poco más de griterío, palabrotas y acusaciones hirientes, algún que otro intento de amenaza física, pero no iba a abusar de mi suerte. Por otro lado sonaba estúpido estar castigado. Ya teniendo diecinueve años y habiendo ido al ejército, el concepto entero de "estas castigado" era simplemente estúpido. Es más, Charlie sólo estaba molesto porque esto lo afectaba a él, no le importaba en absoluto lo que pasaba conmigo, sólo mantener su fachada de "todo está bien, sigo estando al mando de todo", por más hipócrita que eso sea. La cuidad lo tenía como el leal y honesto seguidor de la ley, el Jefe de policía, cuya esposa malagradecida lo había abandonado y sus hijos maleducados no hacían más que traerle problemas. Padre de un hijo ingrato al que lo único que hacía era darle lo mejor y un techo sobre su cabeza y éste le pagaba con una vida de decepciones. Sí, claro.

Lo que la gente de Forks no sabía era que Charlie era un marido golpeador y un padre abusivo. Elisabeth, mi madre, lo dejó cuando yo tenía nueve años, y verdaderamente no la culpo, aunque ya que estaba podría habernos llevado con ella. Jenna, la persona a quien más adoro en el mundo y a la cual debo mi vida, era la que aguantó la furia de mi padre por Anthony y por mí tras la ausencia de mi madre. Recibió las golpizas por nosotros y siempre trataba de sacarnos del medio cada vez que Charlie llegaba a casa ebrio. La gota que colmó el vaso fue cuando una noche mi padre la amenazó con hacer algo más que pegarle, lo que resultó en una fiera pelea que involucró a Anthony, a Charlie y a mí mientras Jenna intentaba separarnos por nuestro bien. En ese momento yo tenía quince años, mi hermano diecisiete y mi hermana diecinueve.

Esa misma noche Jenna agarró sus cosas y se fue a la casa de su novio, con algo de insistencia de parte de mi hermano y de mi ya que no quería dejarnos solos. Aún así ella sabía que podíamos defendernos solos, Charlie lo pensaría dos veces antes de enfrentarnos a los dos juntos, así que se fue con la conciencia limpia pero sus preocupaciones por nuestro bienestar no habían disminuido. Jenna era más que mi hermana, era mi roca, mi puerto seguro, cada vez que me perdía a mí mismo iba a verla, a hablar con ella, para que me rescatara de las aguas que me estaban ahogando.

Ahora que lo pensaba, no había ido a visitar a ninguno de mis hermanos desde que había vuelto. Me prometí a mí mismo que mañana después de la escuela pasaría por sus casas a verlos. Me puse boca abajo en mi cama cerrando los ojos, tratando de no pensar en todos los lugares que me dolían, e intenté relajarme.

Un golpe en mi ventana me despertó bruscamente. Miré la hora en el celular y vi que eran bien pasadas la medianoche. Me levanté, fui hasta mi ventana, la abrí y observé el árbol que se encontraba al lado de la misma y la penumbra que se extendía hasta el bosque. Esperé un momento a que mis ojos se ajustaran a la oscuridad pero aún así no pude detectar nada fuera de lo común. Seguro que fue una rama que al agitarse con el viento golpeó en la ventana razoné para mis adentros restándole importancia. Dejé la ventana un poco entreabierta ya que hacía un poco de calor dentro de casa y la temperatura estaba bastante templada en Forks así que el frío no se notaba.

Fui hasta el armario, saqué unos pantalones de gimnasia viejos y me los cambié por el jean que traía puesto. Me arranqué de un tirón la remera y algo helado hizo contacto con la parte más baja del centro de mi pecho, justo donde comenzaban mis abdominales. Miré hacia abajo y observé el rosario que me había dado mi hermana cuando tenía nueve años. Alcé mis manos y lo tomé por el extremo, estudiándolo con gesto ausente. Estaba hecho de Ónix, una piedra preciosa, algo muy valioso en su época. Era de color negro pulido y con la cruz, las argollitas y el escudo en el centro –el cual nunca recuerdo su nombre, a pesar de todas las veces que Jenna me ha repetido las partes de un rosario– de plata. Casi siempre me recorría el mismo escalofrío por las noches cada vez que el metal de la delicada cruz tocaba mi pecho. A pesar de su aspecto frágil, era muy pesado. Nunca me lo sacaba, por eso era fácil olvidar que lo traía puesto.

Fue un regalo de mi hermana el día que mi madre nos abandonó, aunque originalmente había pertenecido a varios ascendientes de mi abuela paterna. No recuerdo bien la fecha pero el rosario debía de ser de cerca de los 1700s, o todavía más atrás si no me equivoco. La familia Masen se remontaba a la época colonial. Muchas de nuestras cosas eran heredadas de nuestros abuelos ya que virtualmente fueron los únicos que verdaderamente se preocuparon por nosotros. Triste, lo sé, pero trato de no pensar mucho en ello, solamente me recuerdo que debo sentirme agradecido por lo menos por ellos en esta vida que me tocó vivir.

Me desplomé nuevamente en la cama boca abajo y esperé a que el sueño me reclamara.

Bella Pov:

Cuando llegamos a nuestro hogar la primera en romper el silencio fue Rosalie.

- ¿Qué fue lo que pasó, Bella?

- ¿Alice no les dijo? – pregunté lanzándole una mirada de interrogación a la misma.

- Les dije sólo lo necesario, pensé que te gustaría hablar esto por ti misma – respondió ésta encogiéndose de hombros.

- ¿Qué pasó con qué? – preguntó Esme, mi madre adoptiva, mientras bajaba por las escaleras.

- Bella casi comete un desliz – soltó Emmet esbozando una sonrisa de oreja a oreja como si fuese algo común y corriente.

- No lo hice – siseé mostrándole los dientes.

- Está bien hermanita, no hay vergüenza en admitirlo – siguió sin que esa sonrisa se fuera de su rostro.

Su esposa le golpeó la parte de parte de atrás de la cabeza con la mano enviándole una mirada de advertencia. Emmet dejó escapar un leve "ouch" en protesta sobándose el lugar del golpe.

- Gracias – dije mostrando mi irritación.

Rose asintió.

- Hija, ¿qué fue lo que pasó? – preguntó nuevamente Esme.

- Un chico nuevo llegó a la escuela hoy…

- No tan nuevo. De hecho es de aquí, pero se alistó en el ejército dos años atrás y recién ahora ha vuelto – me interrumpió Alice. Le lancé una mirada de irritación, ella me miró con gesto inocente –. ¿Qué? Tú no estabas contando bien la historia.

- Como decía… Éste chico volvió a Forks – continué enfatizando la palabra – y tuvimos biología juntos. Su sangre fue mucho para mí y casi lo perdí, pero pude aguantar y al final de la hora salí corriendo del salón.

Reviví en mi mente el poder de la sed en mi garganta y mi boca se llenó de veneno. Por el rabillo del ojo vi a Jasper encogerse. Lo miré arrepentida, mis emociones y sentimientos debían estar desparramados por todo el lugar, haciendo que su sed se magnificara. Él asintió aceptando mi disculpa, mientras esbozaba una sonrisa forzada que no llegó hasta sus ojos.

Sin más, subí a mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Unos ojos color esmeralda no dejaban en paz mi imaginación. Gruñí de pura frustración, ¡por qué no me podía sacar de la cabeza a ese insignificante humano! Un toque en mi puerta desvió mi atención.

- Pasa – respondí mientras prendía mi estéreo y las suaves notas de "Clair de lune" de Debussi invadían el espacio.

Mi puerta se abrió y Esme entró con una sonrisa reconfortante en su rostro. Fue hasta mi sillón de cuero, se sentó y palmeó el espacio libre a su lado, instándome a que la imitara. Me senté y puse mis manos en mi regazo. Mi madre apoyó una suya en las mías.

- Bella, no te cierres – dijo mirándome fijamente –. Sé que hay más de este asunto de lo que dejas ver.

- No sé de que hablas.

- Bella…

Suspiré. La verdad es que todavía estaba confundida así que no podía responder esa pregunta certera y honestamente. Innecesariamente tomé aire y lo expulsé lentamente, pensando en la mejor manera de expresarme.

- No sé todavía cómo me siento con respecto a todo esto, Esme – le respondí haciendo una mueca al recordar mi reacción ante el divino olor del chico nuevo.

Quizás lo mejor sería irme por un tiempo, visitar a nuestros primos en Denali, o visitar París de nuevo que tanto lo extrañaba.

- Tal vez-

Empecé a decir pero no pude terminar ya que un duendecito endemoniado irrumpió en mi cuarto con una mezcla de enojo y frustración.

- Ni siquiera lo pienses.

- ¿Qué cosa? – me hice la inocente.

- Sabes muy bien qué, no te hagas la tonta – lanzó una mirada en dirección a Esme, la cual se veía un poco confundida y aturdida por la intrusión –. Piensa en lo mucho que la lastimarías.

Gemí agarrándome la cabeza con mis manos. La duende sabía donde golpear para que te doliera.

- ¿De qué va todo esto? – inquirió mi madre preocupada.

- De nada, no importa, no va a pasar de todos modos – contesté.

Alice sonrió complacida de sí misma. ¡Maldita duende! Si irme ya no era más una opción, tendría que lidiar con este problema de alguna forma. Quizá podría evitar este tal Edward lo máximo posible, limitando nuestros encuentros estrictamente a la hora de biología y la cafetería.

- Eso no va a funcionar – habló Alice rodando los ojos mientras volvía de una visión –. Ignorarlo no hará que las cosas mejoren.

- Entonces oficialmente no sé qué hacer.

Suspiré pesadamente mientras me recostaba contra el respaldo del sillón. Esme me pasó un brazo por mis hombros atrayéndome a su costado.

- ¿Ves algo que pueda ayudarnos, Alice? – preguntó Esme con tranquilidad.

Ésta hizo una mueca con poco entusiasmo y buscó en el futuro. Estuvo más de un minuto con los ojos mirando a la nada y yo ya estaba con los pelos de punta. De haber sido humana hubiese estado yendo de aquí para allá por la habitación.

- Esto no te va a gustar – prometió saliendo de su estupor para mirarme seriamente.

Esme y yo la contemplamos con preocupación. ¡¿Es que acaso iba a matarlo de todas formas!? Imaginé aterrorizada la imagen del cuerpo sin vida de Edward Masen en el suelo conmigo parada al lado con los ojos rojos y sangre fresca goteando de mi boca. Quizá debería irme, no importa lo que digan los demás.

- ¿Qué es lo que viste, querida? – le preguntó Esme.

- No puedo decirlo.

Un gruñido sordo escapó de mi pecho.

- No es nada malo – explicó –, pero no creo que decírtelo sea bueno. Sólo te aconsejo que dejes que esto fluya su curso.

- ¿Qué es lo que viste, Alice? – pregunté con una nota de amenaza en la voz.

- No creo que quieras escucharlo.

- Lo juro por cualquier deidad que se encuentre ahí arriba, Alice…

Dejé la amenaza colgando de un hilo mientras empezaba a formar ideas de cómo cobrarle esto a mi hermana. Muchas de ellas incluían su armario lleno de ropa. Ella, viendo mis decisiones, jadeó.

- No te atreverías – desafió entrecerrando los ojos.

- ¿Acaso no me conoces?

- Basta las dos – ordenó nuestra madre silenciándonos de manera definitiva –. Bella, no es nada educado amenazar a tu familia de esa manera – Alice me sacó la lengua en gesto infantil -. Alice, ese gesto es descortés. Además, creo que deberías respetar los deseos de tu hermana.

- De acuerdo – respondió ésta acercándose y tomando un asiento en la alfombra frente a nosotras –, pero que conste que intenté advertirte que no te gustaría.

- ¡Suéltalo ya enana!

- Tú lo quisiste así de crudo – advirtió -. Lo veo convirtiéndose en uno de nosotros, tan claro como las veo a las dos ahora.

Un silencio reinó mi habitación. Creo que las tres dejamos de respirar esperando la primera reacción de cualquiera de nosotras. Alice nos miraba expectantes, con la duda escrita en su rostro hermano y angelical, a la expectativa de cualquier indicio de cómo estábamos procesando la noticia. No puede ser, no, eso es imposible pensé. Alice debía estar equivocada, nunca apuestes contra Alice me dijo una voz testaruda en mi cabeza.

- ¿Estás segura, cariño? – Esme fue la primera en romper el silencio –. ¿Cómo vez pasar esto? ¿Cuándo? ¿Bella perderá el control en la escuela?

- No, no sé cuándo ni cómo. Bella no perderá el control, eso te lo aseguro – respondió la psíquica sonriéndome pícaramente.

- Eso es imposible Alice. De ninguna manera voy a condenar a un inocente, por más insignificante que sea, a conllevar esta existencia – dije fría y duramente.

- Oh, no lo condenarás para nada, Bella – respondió haciendo un ademán con su mano, restándole importancia a mi declaración.

- ¿De qué estás hablando? – Esme continúo reflejando mi confusión.

- Bueno… - empezó la duendecito con aire misterioso – Tuve otras visiones antes de venir a Forks. En verdad, llevo teniendo visiones de Edward Masen desde hace ya mucho tiempo.

Ahora sí, vez. Eso sí que no sabía cómo procesarlo. ¿Por qué Alice había tenido visiones de este muchacho y nunca habló de ellas? ¿Qué estaba ocultando con eso de que yo no lo iba a condenar? ¿Le iba a hacer una especie de favor o algo así? Rose entró a mi cuarto justo en ese momento con expresión seria. Obviamente había escuchado todo al igual que el resto de los que estaban en la propiedad con su oído vampírico.

- Alice, dejémonos de tonterías y evasivas, ¿qué diablos está pasando? – soltó entre dientes.

- Es su pareja – respondió Alice parándose y empezando a dar saltitos en su lugar.

Si no había podido procesar lo que había dicho antes, ahora mi mente estaba derritiéndose a consecuencia de los chispazos de cortocircuito que tenía en mis neuronas. ¿Mi pareja? ¿Mi pareja? ¿MI PAREJA? Llevé mi mirada de Alice hacia Esme. Ésta estaba sorprendida y… feliz. ¡No entiendo por qué, esto era un lío! ¡Además imposible! ¡Los vampiros no podían emparejarse con humanos!

- Eso no va a pasar Alice – espeté.

- Veo varios escenarios Bella y si eso no pasa es porque acabas por matarlo – respondió como quien no quiere la cosa.

Volví mí vista hacia Rosalie para ver que estaba absolutamente cabreada. Tenía su labio superior ligeramente hacia atrás revelándome sus dientes. Si ponía mi vista un poco borrosa podía fingir que veía un "rottweiler rubio" con espuma saliendo de su boca. Una Rosalie enojada era una Rosalie irritante y definitivamente no era divertido estar cerca, ni en su lado malo.

- Sabía que algo así pasaría – empezó furiosa –, no necesito tener el don de Alice para saber que de alguna manera ibas a arruinar nuestra existencia.

- ¡Rosalie! – reprendió Esme.

- ¡Es la verdad! Sólo que no sabía cómo lo iba a lograr… ¡Enamorada de un humano! debo concedértelo, tiene cierto toque original –agregó sarcásticamente.

- Lo admito, hay posibilidades de que salga mal – interrumpió Alice tratando de defender la causa – pero por ahora las probabilidades están cincuenta a cincuenta, todo depende de Bella.

- ¡No me importan las posibilidades, y a los volturis tampoco! Ese humano es una complicación que debe eliminarse.

Mi cuerpo se tensó y salté del sillón para enfrentarla. Una zarza de gruñidos llegó a mis oídos. Luego me di cuenta de que el origen de tanto ruido era yo. Rosalie me miraba con una ceja enarcada y una sonrisa burlona en sus labios, provocándome abiertamente. En un segundo mi cuarto se llenó con la llegada de Carlisle, Jasper y Emmet, todos habían acudido al escuchar la conmoción. Podía ver en sus caras diferentes emociones, pero no podía descifrarlas, estaba demasiado ocupada tratando de calmar las mías y averiguar qué diablos pasaba conmigo. No sé por qué pero la propuesta de mi hermana me había puesto a la defensiva hacia Edward. No podían matarlo, antes tendrían que pasar por encima de mis humeantes cenizas. Calisle se puso en el medio para detener la confrontación mientras sentía una calma artificial invadir mi mente. Jasper adiviné.

- Rose, sería mejor que seas un poco más sensible con tu hermana, después de todo, no creo que ella tenga intención de "arruinar nuestra existencia" – dijo lanzándole una mirada intensa, de esas que únicamente él lograba, luego se dio vuelta hacia mí –. Bella, somos tu familia, y quiero que sepas que no importa lo que pase siempre te apoyaremos.

Cerré mis ojos e inspiré profundamente para luego abrirlos y mirar a mi padre en todo el sentido posible de la palabra.

- Lo sé, Carlisle. Gracias – dije con sinceridad –. Si no les molesta, tengo que despejar mi cabeza, iré a correr, volveré para la hora de la escuela.

- Tomate el tiempo que necesites, y si quieres hablar, mi puerta siempre está abierta.

Asentí a modo de agradecimiento y me di la vuelta para saltar por la ventana de mi habitación. Al momento que mis pies tocaron el húmedo suelo me lancé como una bala hacia el bosque. Corrí sin parar concentrándome sólo en el bosque y en los ruidos provenientes del mismo, las aves revoloteando sus alas al pasar por debajo de ellas entre los árboles, el sonido del viento en las hojas y en las ramas, el correr del agua de un arroyo a unos cientos de metros de distancia. Podía incluso oír como los pocos insectos que sobrevivían en este frío se escondían entre las hojas y el suelo.

Un olor captó mi atención. A unos kilómetros una manada de alces pastaba en un claro circular, al pie de la montaña. Con sigilo, fui velozmente hacia ellos y me agazapé encima de una roca que daba una perspectiva área del lugar. Fijé mi vista en el más grande. En cuestión de segundos ya estaba sobre él clavándole mis dientes en la garganta y tomando a grandes tragos la sangre caliente que brotaba de su yugular. Después de haber tumbado al tercero sacié mi sed. Arreglé mi ropa ligeramente desaliñada después de toda la tarea y empecé a correr nuevamente sumiéndome en mis pensamientos. Al alba volví a mi casa. Entré por la ventana de mi cuarto y la voz de Alice me recibió.

- ¡Bella! ¡Apúrate o llegaremos tarde a la escuela!

Hice rodar mis ojos. ¿Por qué Alice insistía en seguir con la fachada de humanidad dentro de nuestra propiedad? No llegaríamos tarde ni aunque estuviéramos cinco minutos a contrarreloj. Me vestí en un parpadeo con unos jeans bien ajustados y una remera verde oscuro. Al bajar las escaleras la duende me miró con desaprobación.

- Bueno, al menos no te pusiste unos pantalones de gimnasia grises – cedió.

Volví a rodar mis ojos exasperada. La duende estaba pidiendo palmetazo.

Las clases pasaron sin problemas pero no hubo indicio de Edward Masen en toda la mañana y eso, por alguna razón, me tenía de los nervios. En la hora del comedor no hubo rastros de él ni de Emma Greene. Soporté biología con una mezcla de alivio y frustración. Para la hora de la salida me reuní con mis hermanos y hermanas en el estacionamiento. Mi mal humor era tangible.

- ¡Ay! ¡Su humanito no vino a la escuela! – exclamó para mí Emmet sin que los demás estudiantes oyeran.

- Cállate, osito de peluche – gruñí a sabiendas de que odiaba ese sobrenombre.

- ¡Rose! – se quejó poniéndome mala cara.

- ¡A mí no me mires! ¡Tú te la buscaste! – respondió ésta subiéndose a su BMW, los demás siguieron el ejemplo. Me miró por el espejo retrovisor al ver que seguía tildada en mi lugar – ¿vas a subir o no?

Salí de mi estupor y subí al asiento trasero con Alice y Jasper. Cuando llegamos a casa no hice más que bajar del auto y me lancé hacia el bosque. Correr era una buena cura para la ansiedad. Corrí hasta que se hizo de noche y la luna apareció reluciente en el cielo despejado. La temperatura estaba inusualmente más alta de lo normal, casi cálida para lo que era Forks. Sin saberlo mis piernas me guiaron a su casa.

¿Qué diablos estás haciendo Isabella Cullen? Crucé la calle después de esperar entre las sombras a que pasara un auto y trepé el árbol que estaba junto a su ventana. Me arrimé para mirar a través del vidrio. Ahí estaba él. Se encontraba acostado boca abajo en su cama, profundamente dormido. Sus facciones estaban relajadas y su expresión exudaba paz, era muy diferente al Edward de la escuela, el que siempre llevaba una cara de presumida hostilidad y una postura de arrogante indiferencia al resto del mundo. Sin duda, en palabras de Alice, era un humano muy interesante, y no podía descifrar por qué su cara no dejaba en paz mi mente ni por qué me sentía tan atraída a él y a su sangre.

Sin darme cuenta me había inclinado aún más hacia su ventana y el repentino cambio del peso en la rama hizo que la punta de ésta tocara con un golpe seco en el vidrio.

- Demonios – maldije cambiando otra vez de posición para hacer que la rama se alejara del costado de la casa.

Volví mi vista a Edward y vi que se había despertado con el golpe. Tiene el sueño ligero pensé mientras me aseguraba de esconderme de manera eficaz entre el follaje del árbol. Se levantó con el pelo más desaliñado de lo normal, y caminó hacia la ventana, la abrió y miró hacia afuera. Me congelé para evitar todo movimiento que delatara mi presencia. Observó la oscuridad con sospecha durante unos segundos. Cuando se aseguró de que no había nada fuera de lugar se dio media vuelta para ir hasta su closet, dejando la ventana abierta. Se cambió los jeans que traía puestos por algo más cómodo para dormir y se sacó la remera para revelar su pecho al relativamente fresco de la noche. No cabía duda de que tenía un cuerpo glorioso, no era extremadamente musculoso como Emmet pero los tenía más bien definidos que Jasper.

De su cuello colgaba un rosario negro que hasta ahora no me había percatado que estaba ahí, probablemente porque estaba distraída mirando sus abdominales. Lo tomo con sus manos y lo observo por un buen rato girándolo con sus dedos sin realmente mirarlo, perdido en un mundo distante. Su rostro estaba carente de expresión pero se notaba que fuera lo que fuera lo que estaba recordando no era agradable. Sentí un extraña sensación en ese momento. Quería que esa cara tuviera una expresión alegre, feliz, no una como si el peso del mundo estuviera puesta en ella.

Salió de su trance con un suspiro y se tiró en la cama, dejando que el sueño se apoderara de él en cuestión de minutos. Un tirón me atrajo más cerca de su ventana. Sin siquiera un solo ruido me adentré en su habitación. ¿Qué diablos estás haciendo Isabella Cullen? Miré su cara con detenimiento y escuché el latido de su corazón cerciorándome de que aún estuviera dormido. Caminé alrededor del cuarto observando sus pertenencias. Había poco en el lugar que me diera algún tipo de información sobre él o su forma de ser y su actitud. Me senté en una mecedora que había en la esquina y lo estudié por unas cuantas horas, acompasando mi respiración a la suya. Algunas veces su respiración se agitaba y se removía en su cama, pero por la mayor parte de la noche se mantuvo quieto.

Dejé mi mente vagar por los distintos escenarios que Alice había previsto. Sabía que no había discusión en lo relativo a matarlo. No lo haría, no iba a permitirlo, era inocente y tenía derecho a vivir una vida larga y plena. Tampoco lo convertiría, tenía derecho a su humanidad, a tener una familia, a crecer y a morir con un amor a su lado. Pero tampoco podía alejarme de él, simplemente no podía, había algo que me retenía a su lado y no podía averiguar qué.

Edward se removió agitado en su cama, claramente soñando. Estaba a unos minutos de amanecer y consideré que lo mejor era que Edward no se despertara conmigo en su cuarto así que con un movimiento fluido me levanté y fui hasta él. Le acaricié la mejilla con delicadez y me sorprendí de su textura suave. Él, todavía inconsciente, se inclinó hacia mi contacto y largó un suspiro de satisfacción, calmándose inmediatamente. Sonreí involuntariamente antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. No podía hacer esto. No estaba segura de lo que sentía con respecto al humano y aún así, aquí estaba, acariciándolo mientras dormía, como si me perteneciera. Era un tanto masoquista, casi como ponerle sal a la herida. Me alejé, repulsiva de mi misma, y salté por la ventana para correr por el bosque en dirección a mi familia.


Espero que les haya gustado.

Dejen reviews, comentarios, críticas o cualquier cosa, todo es bienvenido!

Ya empecé a escribir el capítulo cuatro, pero no hago promesas de estar subiéndolo esta semana o la entrante gracias a mi obseción con dejar las cosas de manera perfecta. Sólo sepan que no estoy abandonando la historia así que no se asusten!

Hasta el próximo capítulo.