3. Ojos que no ven

Ojos que no ven, corazón que no siente. Ese era el mantra que Pansy se había impuesto desde aquel fatídico día. Visto que Snape era tan inflexible como de costumbre y que no había manera de librarse de aquella condena, se había obligado a aceptarlo con temple. Todo el temple del que una Slytherin disponía, claro… Así que en ello estaba.

Tenía que soportar a Potter pero no tentaría a la suerte, porque los mas probable es que acabase matándole.

Así que se afanaba especialmente en mirarle y oírle lo justo y necesario. No quería acabar a sillazos con él. Por otro lado, el niño que vivió había adoptado una filosofía similar a la de ella, dando como resultado horas de colaboración silenciosa en la biblioteca. De no haber estado sentados a la misma mesa, cualquiera hubiese dicho que ni siquiera se encontraban juntos.

El habitual estado de calma que la señora Prince imponía en su santuario amenazaba con devorarles el alma, pero se las arreglaban para encontrar alivio en el patentado silencio. No fue hasta que un fuerte estruendo los desconcertó, que se miraron. Fue un segundo, pero sus ojos se encontraron en medio de la confusión. Tras lo que sonó como un pesado libro cayendo a plomo, una voz aguda se sobrepuso.

-¡Ten mas cuidado!

-Cierra el pico, sangre sucia.

Aunque las voces hubiesen sido manipuladas, aunque solo hubiese habido cuadros de diálogo, cualquiera con dos dedos de frente habría adivinado a quienes pertenecían. Únicamente por el desprecio que destilaban, sabrían que aquello era el prólogo de la colaboración Granger-Malfoy.

Harry miró hacia su izquierda, girándose ligeramente en la silla mientras Pansy hacía lo propio. Con los ojos clavados en la hilera de librerías, pudieron dar fácilmente con los dos chicos. Malfoy fulminaba a Hermione con los brazos dignamente cruzados al pecho mientras esta se agachaba a recoger el tomo caído, murmurando obscenidades muy impropias de ella.

Harry creyó escuchar alguna que otra maldición dirigida a todos sus "nobles ancestros".

-Bastante mas nobles que los tuyos, empollona.- restalló Malfoy con veneno, rescatando alguna de las menciones de la sarta de insultos.

Esta se incorporó con el libro entre los brazos para echarle una mirada que bien podría haber helado el lago.

-Y bastante mas chalados.

-¡Oh, perdona! Es verdad. ¿A que decías que se dedicaban tus padres? ¿Eran dietistas? Ayudan a gordos a controlar sus lorzas pero mis ancestros son los locos, claro que sí…

Hermione estaba tan roja de rabia que podría salir despedida en llamas de un momento a otro.

- Son dentistas, cateto. ¡Dentistas!- rugió.

-Lo dices como si me interesase, Granger…

Malfoy disfrutó sádicamente de la expresión homicida de Hermione. Parecía mas que dispuesta a arrancarle los ojos con sus uñas y aquello le satisfacía enormemente. Su jolgorio duró poco, lo justo antes de que Madame Prince apareciese en su zona como un augurio de muerte.

Ambos la miraron repentinamente demudados y a ella le bastó un solo siseo clamando silencio para que asintiesen, pálidos.

Cuando la bibliotecaria se marchó, sus ojos volvieron a encontrarse en un mar de furia.

-Ahora calla esa bocaza y ponte a buscar el manuscrito de hierbas antisépticas.- ordenó Hermione en un bufido.

No quería arriesgarse a otra intervención de la encargada. Malfoy crispó el gesto de pura rabia aunque se cuidó mucho por no alzar el tono.

-Tú no me mandas, sangre sucia.- alzó dignamente el mentón.- Esto es inaudito.

-¿Y cual es tu plan, genio?

-El que sea menos obedecer a un engendro de la naturaleza.

Hermione cerró los ojos y parecía contar silenciosamente hasta diez como mecanismo de autocontrol.

-Eres un cretino arcaico. El legado de sangre no define a una persona y menos puedes categorizarla como engendro, a pesar de lo que digan los racistas de tu familia.

-Tú eres un engendro sin necesidad de analizarte la sangre, Granger.- farfulló el rubio con una ceja en alto. Miró despectivamente a su cabeza y señaló.- Mira que pintas.

-¿Tú me hablas de pintas? NI mi abuelo iba tan repeinado, Malfoy.- bufó.

Draco crispó el gesto. Aquello había tocado hueso. Pasó con un cuidado rayano en la devoción los dedos por su plateado cabello, aquel que cuidaba con tanto mimo. ¿Alguien como Granger se atrevía a cuestionar su belleza? Aun con la mano sobre el pelo, resopló.

-No esperaba menos de tus antepasados, pelo escoba. Si meto ahí un peine se lo traga.

-El peine va a acabar en otro sitio mas oscuro, idiota.- amenazó ella.

Y aquello fue suficiente. Malfoy ahogó un jadeo dramático, verdaderamente ultrajado porque alguien semejante insinuase tales cosas contra él. Un mago puro. Un Malfoy. Y Hermione había traspasado la línea roja ofendida por el comentario de su pelo. Tal vez la hubiese molestado menos si en cierta ocasión no hubiese perdido un peinecito de viaje entre sus rizos. Claro que eso no pensaba decírselo.

Y en aquel momento, cuando ambos decidieron que no podían tolerar oírse y verse mas, se dieron la vuelta cada cual hacia una estantería.

Y aquellos ojos indiscretos que para fortuna o desgracia se hallaban demasiado cerca como para no oír la conversación se deleitaron con el espectáculo. A Pansy le resultó desternillante ver a Draco, el todopoderoso Draco Malfoy siendo ninguneado por Granger y Harry encontraba una entretenida fascinación en escuchar la voz de Hermione pronunciando tales barbaridades.

Cuando los chicos se dieron la espalda, zanjando cualquier intento por retomar la discusión, Potter y Parkinson se miraron luciendo la sonrisa en sus ojos. Fue apenas un instante, pero bastó para que ambos bajaran de nuevo la vista a los libros con la boca fruncida. Siempre lo negarían, pero para bien o para mal, habían tenido un momento cómplice.

Habían compartido una sonrisa.

En un pasillo no demasiado lejos de allí, Ginny Weasley caminaba en dirección al patio. Su pelo largo brillaba con rojizos destellos a la intermitente luz del sol, creando un efecto casi mágico. El corredor estaba vacío o eso pensaba hasta que una voz a su espalda la hizo detenerse.

-¡Weasley!

Su ceño se frunció de inmediato. ¿Era la voz de Blaise Zabini la que la había llamado? Juzgó que sufría alucinaciones mucho antes de girarse, pero al encontrarlo avanzando hacia ella supo que algo no iba bien. No podía ir bien.

Que uno de los lacayos de Malfoy se dirigiese a ella no entraba dentro de lo que se consideraba normal. Menos aun que viniese directo hacia su sitio. No se movió, tal vez porque aun no descartaba el hecho de que se hubiese confundido. El moreno se le plantó en frente.

-¿Sí?- cuestionó noqueada al confirmar que efectivamente, quería hablar con ella.

-Te estaba buscando.

-¿Para…?- continuó dudosa.

Zabini se rascó la cabeza, mirando hacia uno de los arcos. Maldito Snape. ¿Por qué le había juntado con la comadreja junior? Y peor aún. Le había dejado la tarea de comunicarle aquella forzosa colaboración.

-Tenemos que hacer un trabajo juntos. Órdenes de Snape.- se apresuró a aclarar.

Ginny pestañeó un par de veces, desconcertada.

-¿Un trabajo?- asintió.- ¿Tú y yo?- otro asentimiento. La chica volvió a pestañear sin dar crédito.- Pero si no vamos ni al mismo curso.

Zabini suspiró con cansancio. Aunque parecía frustrado por la falta de comprensión de Weasley junior, la chica había llegado a la misma conclusión que él.

-Estamos dando materia parecida y Snape dice que seré un apoyo para ti.

Ginny alzó una ceja con una mezcla de sorpresa y desdén. ¿Un apoyo? ¡Pero si saco mejores notas que él! Se pasó una mano por la frente, aquello debía ser un error.

-Pero vamos a ver…- comenzó, tratando de razonar, mas el chico la cortó.

-Mira, Weasley.- comenzó con un deje de hastío.- Yo tampoco entiendo de que va la historia y me hace tan poca gracia como a ti. Pero Snape no va a ceder, así que será mejor dejarnos de tonterías y empezar.

Ginny filtró todo su mal genio en sus cejas profundamente fruncidas. No quería acabar lanzándole un maleficio a la serpiente, aunque si seguía hablándola en ese tono un imperdonable acabaría brotando de su varita contra su voluntad.

Respiró profundo, queriendo relajarse. Miró al chico, aun observándola con mala cara.

-¿Dices que no es un error?

-Es lo primero que pregunté.- respondió con altivez.

Maldito Snape, pensó la pelirroja. Que bien hizo Hermione en incendiarle la capa… Finalmente, se dio por vencida. Era una Weasley, se enfrentaría a lo que deparase la vida. Aunque la vida estuviese lanzándole una víbora a la cara…

-Vale. ¿Cuándo empezamos?

-Mañana a las cinco en la biblioteca.- dijo él.

Se dio la vuelta, dando el asunto por zanjado. Pero Ginny era Ginny y no tenía únicamente en el pelo la relación con el fuego. Corría también por sus venas. Y esas llamas que habitaban en su sangre forzaron su réplica.

-A las cinco no puedo. Que sea a las seis.

Zabini se detuvo tan de repente que sus zapatos resonaron. Se giró y su expresión fue tétrica, pero esta vez fue la Weasley quien se daba la vuelta para dejarle con la palabra en la boca. Nadie la daba ordenes y mucho menos aquel Slytherin de pacotilla.

Aquel fue el primer asalto de león contra serpiente. Y el león ganaba.

Un salto, dos. Un movimiento de cola, un arañazo impaciente en la puerta. Otro salto. ¿Pero cuanto iban a tardar? Volvió a arañar la puerta y se giró. El pasillo estaba vacío. Resopló. Con un gracioso trote se encaminó a la sala.

Asomó la cabeza y se plantó frente a la entrada. Remus, concentrado en calzarse los zapatos se sobresaltó ante el ladrido y después le frunció el ceño al imponente perro negro. Sus ojos conservaban algo de Sirius, aun en su forma animal. Volvió a ladrar.

-Cállate, Sirius.- exigió poniéndose el otro zapato.- Ahora vamos.- otro ladrido le hizo chasquear la lengua con irritación.- Te he dicho que ya vamos.- un gruñido beligerante.- Eres muy pesado…- se lamentó frotándose los ojos.- Además, da igual la prisa que me metas. Tenemos que esperar a Nymphadora.

La mención de la metamorfomaga pareció anestesiar el berrinche del can ya que dejó de gruñir para sentarse meneando la cola dócilmente. Mientras respiraba con la lengua fuera reprimía las ganas de seguir presionando; no debía olvidar cual era el objetivo.

Aunque debía reconocer que costaba horrores. Sus ganas de escapar de aquella cárcel simulada y la de ser una celestina prudente batallaban en su cabeza. El ruido de una mesa tambaleándose resonó por el piso de arriba. O mas exactamente, el ruido de Tonks siendo Tonks. Tras el improperio pertinente, sus pasos sonaron bajando los escalones. Su nervioso movimiento de cola se reactivó y salió disparado.

Ladrando y pegando neuróticos botes la esperó al pie de las escaleras.

Tonks, que venía con el ceño fruncido mirando fijamente sus pies cambió el gesto al verle sonreírle de aquella extraña forma perruna que aun a pesar de todo, conservaba algo del Sirius humano. Se agachó para acariciarle entre las orejas en el momento en que Lupin se apoyaba en el marco del salón.

-Buen chico.- murmuró deslizando los dedos por su pelaje negro.- ¿Quién es un buen chico? ¿Quién es un buen chico?

Canuto se revolvió como un pez fuera del agua y moviendo la cola tan fuerte que habría matado moscas si estas hubiesen pululado a su alrededor, ladraba entusiastamente dejándose alagar. Tonks rio y la voz de Lupin llegó, divertida.

-Conserva algo de dignidad, Canuto…- se llevó una mano a los ojos, ganándose un furibundo ladrido.

Como para remarcar su ofensa, el perro pasó a su lado en dirección a la puerta con la cola estática hacía arriba y el morro orgullosamente alzado.

-Un perro con clase.- exclamó Tonks, acabando de calzarse sus botas negras.

-Eso es porque aun no le has visto restregarse contra la basura.

Un gruñido ultrajado les llegó de la puerta, desde donde Sirius miraba con sus extraños ojos entrecerrados a Lupin. Tonks volvió a reír y echándose una chaqueta vaquera por encima, se encaminó a la entrada. Sirius la miró con adoración mientras abría la puerta y le lamió la mano cariñosamente antes de salir disparado escaleras abajo.

Sintió una ráfaga de aire cálido golpearle el hocico. Por fin, libertad… Y no podían haber elegido un tiempo mejor. Era un cálido día otoñal, con constantes idas y venidas de viento sur que erizaba la piel con su gustoso tacto. O en el caso de Sirius, el pelaje.

Corrió de un lado a otro, dio vueltas sobre si mismo, persiguió un pájaro despistado y todo ello antes de que sus paseadores hubiesen llegado a pisar la acera.

Cuando se enzarzó con un enorme perro que paseaba con aire vanidoso al lado de su dueña, una vieja que se puso histérica al ver a Sirius ladrando a su mastín, entendió que Lupin tenía razón. Había perdido cualquier viso de dignidad. Aunque la humillación jamás había sabido tan bien. Pasearon por las calles con Sirius trotando felizmente frente a ellos.

Portaban una correa como señuelo ya que Sirius se había negado en rotundo a que se la pusieran. De cuando en cuando, regresaba la mirada a ellos y los rodeaba un par de veces antes de volver a encabezar la marcha. Aunque nunca se alejaba demasiado.

Quería por todos los medios escuchar que decían. Por el momento habían mantenido educadas charlas sobre el tiempo o la actitud emocionada de Canuto, pero estas nacían y morían con la misma prontitud. Serán idiotas, pensó él. No era tan difícil entablar una conversación. Debía hacer algo. Su mente funcionaba a un ritmo escandalosamente rápido mientras sentía el asfalto cálido bajo sus patas.

¿Qué podía hacer para que dejasen de guardar aquel silencio atronador? Y al llegar a un parque la ocasión dorada se le presentó.

Corrió separándose de ellos por primera vez, internándose en la esponjosa hierba. El parque estaba vacío a excepción de ellos tres, siendo aun demasiado temprano para hallar otros perros o personas paseándolos. Se alejó buscando frenéticamente lo que deseaba encontrar y cuando los metros fueron demasiados, oyó a Lupin gritar.

-¡Canuto!

Le ignoró olímpicamente. Siguió trotando con ímpetu y cuando un palo de unos treinta centímetros se le presentó frente al hocico, lo cogió, volviendo hasta sus compañeros. Estos suspiraron con alivio.

Sirius era perfectamente capaz de escaparse y aquello había tenido toda la pinta de ser una fuga. Tonks frunció la nariz cuando el perro dejó caer el palo a sus pies. Con su pata, le tocó juguetonamente la rodilla pero ella seguía sin entender. Miró a Lupin cuando este se rio. Se agachó entendiendo lo que Sirius quería y tomando algo de impulso, lanzó el objeto lejos.

El palo cortó el aire con un silbido y antes de que aterrizase Canuto ya había echado a correr en su dirección.

-¿En serio?- preguntó ella con una ceja en alto. Lupin se encogió de hombros, con una sonrisita de disculpa.

-Hacía lo mismo en Hogwarts.- explicó.- A veces, cuando había echo de las suyas y Mcgonagall andaba en su busca, se transformaba y vagaba por los jardines con nosotros. Fingía ser un perro extraviado hasta que pasaba el peligro.

La carcajada de Tonks se fundió con el aire.

-¡Eso es brillante! ¿Cuánto tardó Mcgonagall en darse cuenta?

Remus esbozó una media sonrisa, viendo como Sirius finalmente localizaba el palo y volvía al trote.

-Nunca lo hizo.- dijo con la voz trastocada al lanzar el palo de nuevo.- Ninguno lo supo hasta que se demostró la inocencia de Sirius. Aparte de nosotros tres, claro.

-Que injusto. A mi siempre me pillaba cuando me transformaba en otro después de alguna trastada.- frunció el ceño un momento antes de volver a soltar una risita complacida.- Pobre Minnie…

-¿Minnie?- preguntó divertido.

-Minnie, Minervi, lindo gatito…- recitó encantada.

Remus rio.

-Apuesto lo que quieras a que nunca la llamaste así.

-A la cara no, obviamente. No soy idiota.- después una luz divertida le prendió los ojos.- Pero a Dumbly le encantaban.

-¿Dumbledore también tiene apodo?

-Por supuesto.- afirmó rotundamente.- El también me pilló alguna vez intentando escaquearme de Minnie o de Filch. Una vez.- exclamó sonriendo por el recuerdo.- Me encontró transformada en él.

Remus la miró, boquiabierto por la impresión.

-Bromeas.

Tonks negó sonriente mientras se agachaba para lanzarle el palo a Sirius por primera vez. Este hizo un giro en el aire y cayó algo mas cerca que las otras veces.

-Había hecho que una de las armaduras persiguiesen a Filch y lo tenía pisándome los talones.- comenzó a media voz.- Elegí mal el camino y acabé en un pasillo sin salida, las puertas estaban cerradas y me tenía acorralada… Así que me transformé.- culminó con un gracioso encogimiento de hombros.

-¿En Dumbledore?- sonrió con una ceja alzada, aun incrédulo.

-¡No tenía opción!- rio ella, alzando la voz.

Lupin negó con la cabeza mientras sentía la revitalizante sensación de la alegría devorarle el pecho.

-¿Qué pasó después?

Tonks bajó los ojos al césped, sin perder la sonrisa. Aunque al menos había tenido la decencia de sonrojarse. A Lupin se le antojó tierna.

-Filch se trabó tantas veces cuando le pregunte que hacía corriendo como un loco por los pasillos que pensé que me desmayaría de la risa. Se fue como alma que lleva el diablo. Pensaba transformarme cuando le supiese lo bastante lejos, pero Dumbledore apareció doblando la esquina.

Lupin se rio con fuerza, tratando de evocar la imagen en su cabeza y ella se le unió.

-Por Merlín… ¿Qué hizo?

-¡Imagínate el panorama!- exclamó con deleite.- Mirando a una copia de si mismo en medio de ninguna parte. Al principio se quedó muy muy quieto. Hubiese resultado gracioso verle pestañear tan seguido si no llego a estar al borde del ictus.- reconoció.- Supongo que tardó poco en saber que la única que podía hacer aquello sin usar poción multijugos era yo.

Tonks guardó un silencio ensoñador mientras Lupin contemplaba su perfil, esperando expectante el culminar de aquella historia.

-¿Y…?- alentó al no ver amago de continuar. Ella le miró con los ojos brillantes de diversión.

-Me dijo que él no llevaba la barba tan descuidada y se despidió.- contó atropelladamente, aguantando la risa.- Le pregunté si estaba castigada y el se partió de risa. Me dijo: "No. Pero solo porque te has puesto mi túnica favorita, Nymphadora".

Ambos estallaron en una carcajada agotadora. Tonks encantada por revivir aquel recuerdo y Lupin completamente embebido en la anécdota. Sus risas se extinguieron poco a poco, de forma lenta, lánguida. Lupin sentía algo húmedos los ojos.

Hacía solo Dios sabía cuanto que no se reía hasta llorar y era maravilloso. Observó relajadamente a su acompañante, quien miraba al frente aun con la sonrisa en los ojos, como Sirius trasteaba con el palo. Reparó en lo joven que parecía, con aquel rictus de perpetua felicidad en su rostro y sus pecas sobre la piel inmaculadamente blanca de su nariz.

Sus pestañas se curvaban con un gracioso movimiento y las mejillas coloreadas por el aumento de su ritmo sanguíneo le dieron un aspecto tan puro e infantil que Lupin sintió una oleada de cariño asediarle desde el pecho, hasta que se extendió por cada recodo de piel.

Nunca había reparado demasiado en Tonks hasta la fecha. Hablaban, claro, pero no mas que de asuntos de la orden y charlas triviales. Nunca imaginó poder reírse tan a gusto con ella, estar tan introducido en un toma y daca de recuerdos que lo hiciese sentir así de revitalizado. Siempre la había visto como una chiquilla animada y parlanchina, pero nunca había parado a pensar en ella mas que eso.

En ese instante sintió que algo dentro, muy dentro, le decía que la cuidase. No solo por ser la primita de Sirius como hasta la fecha, sino por ser ella. Por ser tan viva, tan pura, tan brillante. Porque el mundo era horrible y afilado, de primera mano lo sabía él… Y quería alejar aquella luz de cualquier posible daño. Ella miró a Remus aun sonriente justo cuando Canuto traía el palo de vuelta.

-Y dime, ¿Cómo es que Minnie jamás os pilló?- pidió con voz suave y divertida.

Remus sonrió de vuelta y lanzando el palo al aire, procedió a relatarle sus muchas, muchísimas anécdotas de sus tiempos de merodeador.

-Pues James y Sirius eran animales grandes, pero Peter solo era una rata. Solíamos…

Sirius se alejó persiguiendo el palo que se combaba en el aire con una sonrisa. Hacía un rato que atrapar el maldito objeto había dejado de interesarle, pero le daba la excusa perfecta para ir y venir haciendo que se olvidasen de que no estaban solos. Había escuchado retazos de la conversación.

Como su primita se había transformado en Dumbledore para tangar a Filch, historia que desconocía y que había conseguido recaudar aun mas cariño hacia ella si es que era posible. Ella era, definitivamente, sangre de su sangre. Y ahora, cuando escuchaba a su viejo amigo compartir una de sus tantas anécdotas del colegio con la metamorfomaga, pudo respirar con la tranquilidad del trabajo bien hecho.

Bendita fuera la idea de hacerle recordar y bendito fuera aquel palo.

Porque en ese instante, cuando vio como Remus miraba a su prima, con aquel aire de ternura inusitada supo que quería protegerla como el maldito apóstol que siempre había sido. Supo que había comenzado a sentir un cariño paternal hacía ella, ya se encargaría de transformar el carácter de ese cariño mas adelante… Pero en ese instante sonrió porque sabía lo que ocurría allí.

Para Lupin, Tonks había pasado a ser Nymphadora.

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¡Buenas!

Aquí traigo otro capítulo antes de los previsto. Ya empezamos a ahondar en el resto de "parejas" y me ha divertido escribir al respecto. Espero que la historia vaya como queréis y ya sabéis: Los Reviews son algo maravillosisisisimo jajajajaja ¡Un beso enorme y gracias por leer!

-Sorgia-