Palabras: 999.

Me ha gustado escribir esta historia, como un segundo final para mis personajes de Combatiendo contra el amor, pero la última palabra la tenéis vosotros, ¿qué me decís? ¡Deseadme suerte en el reto!

Gracias a todos los que usáis un poco de vuestro tiempo para leerme.


CAPÍTULO FINAL: TOCAR EL CIELO

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Febrero, 2019.

—Odio San Valentin, ¿tenemos que salir a cenar?

—¿Quieres quedarte en casa?

Quiso sonar como si nada pero no le funcionó pues en cuanto el rostro de Damon perdió todo color, ella se echó a reír como nunca, provocando que las llaves se le escurriera de las manos.

Damon no podía impedir que su mente recreara esa fatídica tarde, era como si también estuviera en su contra, quiso golpearse la cabeza contra la puerta de su casa, pero descartó la idea.

—No, pero podríamos fingir que este día no existe.

Elena recogió las llaves en el mismo momento que Stefan abrió la puerta, tanto Damon como ella lo miraron entre extrañados y asustados, eso último, solo Damon, por supuesto.

—¿Qué haces aquí?

—¿Y dónde quieres que esté?

—¿Hoy? En Marte si es necesario —le fulminó con la mirada.

—Tú eres quien me intentó violar, ¿recuerdas? — Rebekah apareció por detrás de Stefan justo en ese momento—. Pero eso no es lo importante: hoy la casa es mía, si lo dejamos claro desde primera hora, evitaremos malentendidos.

—Ni de coña.

—Damon, déjalo —Elena agarró la mano de su novio y tiró dulcemente, el chico no iba a matar a su hermano pero sabía que no iba a marcharse de allí porque Stefan quisiera montar ahí su nidito de Cupido Enamorado.

—¿Y tu casa, Bekah?

Todos sabían que Rebekah se había instalado en la ciudad para hacer el master, pero lo que Stefan no le había dicho todavía es que Klaus y Caroline se estaban quedando allí por unos días, pues el rubio quería enseñarle la ciudad a su prometida.

O algo así.

—No me puedo creer que estemos dejando que se salga con la suya, ¡ha vuelto a estropearlo!

—No, no lo ha hecho —le recordó mientras paseaban por las calles abarrotadas de gente enamorada y de escaparates de color rojo y rosa—. Vamos a ir a cenar y después vamos a buscar una habitación en el hotel más lujoso de la ciudad ¡y con vistas a Central Park! ¿A qué no es mal plan?

Damon dibujó una pequeña sonrisa, Elena sabía que algo le estaba ocultando pero no intentó sonsacarle información, el año pasado vivieron el mejor fin de semana de la historia en NOLA, así que, fuera lo que fuera, sería una sorpresa de diez, así que, simplemente asintió conforme. Por lo menos no tendrían otro San Valentín bochornoso, o eso esperaba, pues con el menor de los Salvatore, todo era posible.

La cena fue sacada de un cuento de hadas, Elena tenía la sensación de que estaba viviendo un sueño que se le iba a escapar de las manos en cualquier momento, pero Damon estaba allí para recordarle, constantemente, de que eso nunca pasaría, que esa era su realidad ahora y que no iba a despertarse nunca.

Porque no estaba soñando.

Era su realidad desde que viven en Nueva York.

—Deberíamos pedir la cuenta…

—Deberíamos —sonrió enigmático. Elena ya se estaba cansando de ese jueguecito, ¡llevaban así toda la cena!

—Deberíamos… ¿qué deberíamos hacer, Damon? —preguntó bajito, con un toque en la voz que despertó los ojos azules de Damon, una media sonrisa se instaló en su rostro cuando el ojiazul se llevó la mano al pantalón para sacar de él una caja de terciopelo rojo—. Oh, Dios mío…

—No, solo soy Damon, y tú —abrió la caja con delicadeza, Elena no podía creerse lo que estaba viendo, se había esperado cualquier cosa, ¡excepto eso!—: ¿quieres seguir siendo "solo Elena" o quieres ser mi esposa?

—¿Así, de pronto? ¿Nada de los discursos que me sueltas todos los días?

—Es que no hay nada más que decirte. Una vez te prometí que esto duraría para siempre, solo quiero continuar con esa promesa hasta mi último aliento —sacó el anillo de la caja y tomó la mano de la chica—. Estar contigo, Elena Gilbert, es como tocar el cielo con la punta de los dedos, ¿qué más puedo pedir que no sea casarme contigo?

Elena abrió la boca para decir algo, sus ojos estaban llorosos y brillantes, exactamente como estaban los de Damon, todo parecía tan mágico que ninguno de los dos imaginó que el sonido del teléfono iba a devolverlos a la realidad.

Damon cerró los ojos y respiró hondo.

—Espero Stefan que se esté incendiando la casa —puso el altavoz para que la chica pudiera escucharlo, aunque seguía sumergida en la nube de la que no quería escapar. Damon, en cambio, parecía que quería matar a alguien.

—No, tranquilo, solo quería ver si he estropeado este San Valentín también, me sentiría muy mal si así fuese…

—Voy a… —apretó con fuerza, hasta clavarse el anillo en la palma de la mano, quería matar a alguien, quería poder sacar a Stefan del otro lado y ahogarlo en champagne.

—¡Vamos a casarnos, Stefan! —gritó eufórica mientras se lanzaba a los brazos de su prometido, gran parte del contenido de la mesa cayó al suelo pero a ninguno de los dos le pareció importante, pues en cuanto Elena dijo que "sí", Damon olvidó hasta de cómo se llamaba o por qué estaba enfadado segundos atrás.

Tomó a la chica entre sus brazos y unió sus labios en un profundo y dulce beso, olvidando todo lo demás, como el vestido se había manchado, como los restos de la cena estaban desperdigados por el suelo e incluso la mirada asesina de los comensales y los camareros, excepto Stefan, no podían olvidarse de Stefan, no cuando seguía gritando por el otro lado del teléfono junto a Rebekah.

Damon tomó el teléfono sin romper el beso y colgó. Stefan podía irse al infierno si quería, él estaba en el cielo, literalmente.

—Te quiero.

El teléfono volvió a dar señales de vida, Damon no pudo hacer otra cosa que tomar aire mientras Elena se desternillaba de risa a su lado, ¿y qué más daba? se dijo, esa era su realidad ahora, mañana y siempre.

—Damon, ¿y si vamos a estropearle la noche a Stefan?

FIN.