Capítulo 3. El convento
El invierno había pasado y Katherine ya se había acostumbrado a su pequeña celda en el convento. Los primeros días había llorado en soledad, sintiéndose abandonada por todos. Primero su madre la había dejado al morir, después su padre la había vendido; su comprador pronto se había cansado de ella. Nadie había querido a la muchacha, que a causa de tanto golpe injusto, había endurecido su carácter. Ya, pasados cuatro meses desde que el cirujano barbero la dejara en el portón, no lloraba. Ahora había aceptado su nueva vida. Además, sabia como era, sabía que podría estar peor.
Katherine, era afortunada. El primer día, Margaret, la abadesa la había observado con atención, preguntándose a que podría destinar a la joven. No necesitaban más criadas de las que ya tenían y algo dentro de ella le decía que no iba para monja, por eso se había negado a educarla como novicia. Al final, tras dejar que durante unos primeros días se acostumbrase a su nuevo hogar y se desahogase, había decidido tomarla a su servicio. Una mujer de su posición, hija de un noble segundón, bien podría tener una doncella más. Además, había desconfiado de una de sus criadas, la principal y sus sospechas habían dado sus frutos. Dos semanas después de la llegada de Katherine, Maddie había huido del convento. La abadesa no le contó a nadie que el motivo era un embarazo, fruto de unos amoríos que la muchacha había tenido con alguien de la aldea más cercana. Había lamentado la huida de la chica, pues hubiera deseado ayudarla, quizás dándole una dote para conseguirle un buen matrimonio, pero nada sabía de Maddie desde entonces.
La desgracia de la mujer había sido una bendición para Katherine, quien había ascendido hasta doncella personal. Ahora ya no se limitaba a vaciar el orinal de la abadesa, también gozaba de su confianza y en las cocinas ella misma preparaba su comida, recibiendo una parte. Por ello era la mujer mejor alimentada del convento, detrás de su dueña, por supuesto. Además, Margaret era amable con ella llegando a tratarla con condescendencia. Katherine sabía los motivos, no era la primera vez que alguien la considerara boba a causa de su mudez. Al menos la abadesa no la insultaba ni la consideraba hija del Maligno.
-¿Niña? –La abadesa dejó su pluma y observó a la muchacha. Katherine estaba arrodillada en el suelo, sosteniendo un trozo viejo de pergamino escrito. Margaret le acarició el cabello con ternura. Con gusto le hubiera enseñado a leer y escribir, pero dudaba de que tuviera la inteligencia necesaria. Además, noble y abadesa, algo nacido de su privilegiada educación le decía que una criada no merecía tanto saber. Podía sentir afecto por ella, sí, pero no era su familia. Cogió el trozo de pergamino y se lo devolvió. No era nada importante. –Puedes quedártelo.
Katherine sonrió y lo guardó. Sabía que se lo daba porque carecía de utilidad, pero ella podría encontrarle alguna. Campesina, no le interesaba lo que pusiera allí, llevaba diecisiete años viviendo sin saber ni leer ni escribir y nunca lo había necesitado. En su opinión, los campesinos como ella eran más inteligentes que las escasas personas que tenían aquellos conocimientos. Al fin y al cabo, ellos podían vivir sin escritura, pero los eruditos como la abadesa no.
La Madre Superiora volvió a centrarse en su carta, no sin antes pedirle que fuera a las cocinas a por unas manzanas y queso. Katherine se levantó, obediente, sacudiéndose el polvo. –Trae también un poco de leña para la chimenea, empieza a hacer frío –Oyó decir a la mujer antes de marcharse.
El convento de Nuestra Señora de Canthorny era uno de los monasterios para mujeres más pequeños de Inglaterra. Su primera abadesa había sido la tía abuela de Margaret, quien lo había fundado al morir su esposo y su único hijo. La mujer, dolida por tales pérdidas, había prometido su vida a Dios y había destinado buena parte de sus fondos para ello. En un principio el convento sólo aceptaba a mujeres nobles pero tras la muerte de la buena señora y gracias a una donación dejada en testamento, las pobres también eran recibidas. Dos generaciones más adelante ahora era Margaret la que regía el lugar, teniendo que mantener el orden en un lugar habitado por ochenta personas, entre monjas, novicias y criadas. Además, de ella dependían también los veinte campesinos que labraban las escasas tierras pertenecientes a la congregación.
El convento en sí, sin contar con las tierras, era un edificio sobrio, pobremente decorado, salvo la capilla. De dos plantas, las dependencias principales (el refectorio, la cocina, la sala capitular, el diminuto scriptorium -utilizado por las tres únicas monjas que sabían escribir y leer, sin contar a la abadesa- y por supuesto la iglesia) se situaban en torno al claustro. En el piso superior las celdas más pequeñas las compartían las monjas y novicias más pobres, mientras que las pocas venidas de la nobleza contaban con habitaciones de mayor tamaño. Las criadas vivían en un edificio exento, salvo la doncella personal de la abadesa, o sea Katherine, que dormía en la celda más pequeña, situada al otro lado de la de su dueña, atravesando un largo pasillo de piedra.
Katherine bajó las escaleras, dirigiéndose hacia la cocina, topándose de golpe con un cuerpo alto y robusto. Alzó la cabeza, sonriendo.
-Hola… Katherine.
Nathaniel, el Bobo era uno de los campesinos que labraba la tierra del convento y uno de los pocos que podía merodear por el santo lugar sin problemas. Era un hombre enorme, algunos de sus vecinos decían que tenía sangre de gigante y otros creían que su estupidez era un castigo por el evidente adulterio de su madre. No era posible que la campesina, de nombre Elizabeth, hubiera tenido a semejante monstruo con su esposo, un hombre diminuto. El supuesto cornudo, al ver al niño, había golpeado a su mujer y la hubiera matado si su hermano no lo hubiera detenido. La mujer había sido expulsada de su hogar y no se la había vuelto a ver. Todos hubieran creido que se llevaría al fruto de su pecado, pero había dejado al crío en la abadía. La por entonces abadesa había obligado a los campesinos a cuidar del niño, quienes se hubieran mostrado reacios si el bebé no hubiera ido acompañado de un cerdo y una vaca. Nathaniel había crecido ajeno a todo esto y no precisamente porque sus vecinos y cuidadores hubieran tenido alguna sensibilidad con él. Simplemente, el hombre no entendía los comentarios desdeñosos sobre él. Era un hombre feliz, cariñoso y tierno que gozaba del afecto de las monjas, quienes lo veían como un niño inocente, incapaz de hacerle daño a una mosca. También Katherine le había cogido cariño. Al fin y al cabo, ella también compartía con él la calificación de boba.
Lo saludó amablemente.
-¿Dónde… vas? –Nathaniel tenía que pararse a respirar entre palabra y palabra. A veces de su boca colgaba un hilillo de saliva que se limpiaba con la mano o la manga. –Traigo leña –dijo, orgulloso, dejando caer a los pies de la joven un montón de leña seca. Katherine aplaudió y luego señaló un par de troncos y después las escaleras. Él frunció el ceño y luego asintió, entusiasmado. –Yo lo llevo.
Katherine se apresuró a negar, aunque el bobalicón podía entrar en el convento sin problemas, sería demasiado que subiera hasta las celdas. Se señaló a sí misma, luego la leña y las escaleras. –Vale…
Ella cogió los leños y después hizo un gesto de despedida. El hombre era muy dulce, le recordaba a sus hermanas. Lo vio salir cargado de nuevo con la leña y dirigirse al exterior. Se preguntó a donde iría, pero no era asunto suyo. Ella tenía un trabajo que hacer.
En la cocina encontró a las hermanas Jane y Anne. La primera era una mujer de unos treinta años, seria, fría y cruel con ella. La segunda era joven, quizás tuviera un par de años más que Katherine y hacía muy poco que había tomado los hábitos. Esta fue la que la saludó:
-Katherine, querida, ¿vienes a por algo para la Madre superiora?
-No sé porque os molestáis en hablarle. Es estúpida –resopló la otra. Katherine la ignoró y asintió, señalando el queso y las manzanas.
-Coge lo que quieras.
Cogió cuatro manzanas, un pedazo de queso y una hogaza de pan. Además de una jarra de vino especiado. Salió, oyendo a las dos hermanas hablar entre sí, en susurros:
-No podéis faltas a las Vísperas –murmuraba la más joven.
-Tengo algo muy importante que hacer, no faltaré sólo llegaré un poco más tarde.
-La abadesa os castigará merecidamente, hermana.
-Lo que digáis, vos simplemente callad.
Ktherine sonrió. Años sin hablar tenía sus ventajas. A menudo la gente, al creer que era boba, la ignoraba y eso le daba la oportunidad de descubrir interesantes secretos. Por ello sabía que la hermana Jane incumplía uno de sus votos, aunque aún no sabía con quién. Suponía que se trataba de unos de los campesinos. Fuera como fuera, no era asunto suyo y aunque detestase a la mujer no la delataría. Primero porque no podía demostrarlo y segundo porque no sabía cómo decirlo.
Tras servir a la abadesa, la mujer le dijo que debía acudir a la oración y la instó a aprovechar para dar un paseo. Aburrida, decidió caminar hacia el viejo molino, sustituido por uno nuevo tras una tormenta, varios años atrás. El edificio, aunque ruinoso aún mantenía el techo y la joven muda lo utilizaba a menudo para pensar y descansar. A veces se sorprendía pensando en su comprador, aquel cirujano que se cansó de ella en apenas cinco días. Recordaba como había alzado el brazo para golpearla cuando ella lo había desafiado. Y sin embargo, no la había pegado. Pensó en la noche anterior a su llegada al convento:
-Empieza a hacer frío –observó él -. Pronto nevará.
Ella fingía dormir, así que supuso que se hablaba con el caballo. El hombre tenía una curiosa relación con el animal, compresible para alguien que pasaba la mayor parte de su tiempo viviendo sin más compañía que el corcel.
-Mañana dejaremos a la muchacha en el convento. Volveremos a estar solos. Ella estará bien… tendrá comida y techo. Las monjas no pasan frío, viven bien. Estará bien.
Entonces, sorprendiéndola, Richard se había acercado y le había colocado una capa de lana sobre su manta. Katherine no se había movido, sólo había cerrado los ojos con fuerzas, pero había sentido la suave caricia en su frente. Y había oído el susurro:
-Estarás bien…
Sus pensamientos se vieron interrumpidos poco antes de llegar al molino por unos sonidos que poco tenían que ver con los de los árboles mecidos por el viento. Intrigada se acercó a la ventana, abriendo desmesuradamente los ojos al ver lo que ocurría dentro.
La hermana Jane se encontraba allí, sobre el cuerpo de Nathaniel, quien permanecía tumbado, con los ojos cerrados. Ella subía y bajaba sobre el falo del gran hombre, gimiendo en cada movimiento, su hábito arrojado a un lado, su cuerpo desnudo. La monja acaricia sus grandes pechos, acelerando sus movimientos a medida que llegaba al orgasmo. El gigante gruñó, adelantándose a ella, alcanzando el clímax. Ella le gritó.
-¡Estúpido gigante!
La joven campesina se echó hacia atrás, tratando de no hacer ruido. Caminó despacio y sólo cuando estuvo segura de que no la oían, echó a correr hasta el convento.
Katherine se había criado en una casa sin habitaciones. Vivía en unos tiempos en los que actos como hacer las necesidades o tener relaciones sexuales no escandalizaba a nadie. Ella sabía lo que era el sexo, lo había visto. Primero cuando su madre estaba viva y en la pequeña casa yacía bajo el cuerpo de su padre, como buena cristiana que era. Después, tras su muerte, muchas otras mujeres habían entrado en el hogar, malas mujeres que a diferencia de su madre, habían mostrado sus cuerpos sin pudor, cabalgando al hombre o poniéndose de rodillas, dejándose montar. En ocasiones había cerrado los ojos, queriendo olvidar, en otras, curiosa, había observado, oyendo cada sonido, contemplando cada gesto, preguntándose si alguna vez se sentiría como esas mujeres.
No era ver a una pareja haciendo el amor lo que había sorprendido. Ni siquiera se habría inmutado si hubiera visto a la monja con cualquier otro hombre, pero estaba enojada. Aquella mujer se aprovechaba de un alma inocente. Furiosa, se dijo a sí misma que tenía que hablar con la Madre superiora, de algún modo. Pero, ¿cómo?
Habían pasado tres días y la campesina se mostraba atenta a la llegada de Nathaniel. Cuando venía a encender la chimenea de la cocina con más leña o a desplumar aves, ella se mantenía cerca. Sabía que tenía que impedir que se acercase a la pérfida mujer hasta que encontrara la manera de hablar con la abadesa. Nathaniel, ajeno a todo, se mostraba feliz de gozar de su compañía. Para el dulce hombre, ella era un ángel. Al igual que Jane, la mujer que no sentía asco de él y se atrevía a tocarlo como las otras mujeres tocaban a los hombres.
-A Nathaniel le… gusta… verte –dijo, feliz. Katherine le dio unas palmaditas y asintió -. Pero… Nathaniel tiene que… irse. –Se levantó, a la vez que ella, que negó rápidamente, deteniéndolo. Se sintió impotente, ¿cómo le diría que no debía ir con la monja?
-¡Katherine! ¿Qué haces niña? La abadesa te espera para pasear.
Sobresaltada, obedeció con poco entusiasmo, mirando con preocupación al hombre. La mensajera se marchó, ignorándolos a ambos. No eran dignos de su atención.
La Madre superiora acostumbraba a pasear por el claustro después de las Nonas, apenas una media hora, el poco tiempo que podía caminar sin cansarse. Katherine se mostraba tensa y la mujer podía notarlo.
-¿Qué pasa niña? –preguntó. La joven llevó las manos hacia su entrepierna e hizo un gesto de dolor. La monja asintió –Ve a aliviarte.
Sabía que mentir a una monja estaba mal, pero en su favor podría decir que ella no era culpable de lo que los demás entendieran en sus gestos. Subió las escaleras, diciéndose a sí misma que la hermana Jane no sería tan estúpida como para llevar al gigante a su celda, aún con las demás monjas ocupadas en el huerto. Pero lo que no sabía es que encontraría algo peor.
En la celda no estaba Nathaniel, pero sí la hermana Jane, yaciendo sobre su jergón, con el hábito subido hasta la cintura, dos de sus dedos perdiéndose en su sexo. –Nathaniel… Nathaniel…
Katherine se echó hacia atrás, tropezando. El ruido distrajo a la monja, que abrió los ojos, enfurecida ante la idea de que aquella estúpida la hubiera visto. Se levantó, cogiendo el crucifijo de hierro que presidía sobre su mesa.
-¿Cómo te atreves? Sal de aquí y no digas nada de lo que has visto, ¿me oyes? –Katherine salió corriendo, asustada, en dirección a la cocina. Su vestido se enredó entre sus pies y tropezó, cayendo por las escaleras. Hubiera gritado, si no hubiera olvidado como se hacía. En lugar de eso emitió un débil gemido, dolorida. Fue la hermana Anne la que la encontró.
-¿Qué ha sucedido?
La abadesa cruzó el largo pasillo de piedra que separaba su celda de la de su criada y paró en seco al ver a la nueva doncella sentada sobre su leche, evidentemente dolorida. En el suelo, arrodillada, una de las hermanas examinaba su tobillo.
-Ha tropezado –informó -. Se ha caído por las escaleras.
-¿Has tropezado? –repitió, mirando a la joven. La muchacha asintió, pero sin atreverse a mirarla a los ojos.
-Yo me dirigía a la capilla cuando he oído gritos –dijo la hermana Anne -. Alguien gritó a esta niña y consiguió asustarla.
La abadesa observó atentamente a la doncella y se sentó sobre el bajo jergón, incómoda. Era una mujer de mucho peso y resoplaba con el más mínimo esfuerzo, incluso algo tan sencillo como levantarse de aquella cama la ahogaba. Pero tenía un trabajo que hacer. –A ver, niña, ¿qué ha ocurrido?
Katherine negó con la cabeza, señaló el suelo, luego deslizó su pie sano un par de centímetros y por último señaló su tobillo herido, quitándole importancia. Pero la sabia mujer no quedó convencida:
-La hermana Anne dice que alguien te gritó. –La criada negó, tajante. En ese momento la hermana Jane apareció, su mirada seria atravesó la celda de lado a lado, posándose en la muchacha y después en la abadesa. Sus labios se apretaron, formando una fina línea, gesto que no pasó desapercibido por su superiora.
-¿Qué sucede? –preguntó, con frialdad, aunque sabía muy bien lo ocurrido.
-La muchacha ha caído por las escaleras –respondió la monja que seguía palpando el tobillo de la chica -. Se ha torcido el tobillo, puede que esté roto.
-Niña torpe –masculló. Katherine la enfrentó, sus ojos llameaban de rabia. Trató de ponerse en pie, pero el dolor se lo impidió. La abadesa la obligó a tenderse.
-Dejemos a Katherine descansar –dijo, tendiéndole la mano a la hermana Anne para que la ayudase a levantarse –Hermana Jane, quiero hablaros.
-¿Ocurre algo, Madre? –preguntó, tratando de ocultar su nerviosismo.
-Nada que deba preocuparos, ¿o acaso hay algo que os perturbe el sueño? –repuso, traspasándola con la mirada.
-No, nada.
-Madre, esta joven no está bien.
La monja que había asistido a Katherine al fin se puso en pie y señaló el tobillo lastimado, que se hinchaba por momentos. –Será necesario que la vea un físico.
-Que memez molestar a un físico por esto. Es sólo una criada –protestó la hermana Jane.
-¿Cómo podéis hablar así? Blasfemáis contra Dios al negar el auxilio a una persona herida –Anne la miró, escandalizada. La abadesa miró a las tres monjas a su cargo y después habló, con paciencia.
-El médico más próximo vive en la ciudad, a dos días de camino. Sería imprudente hacedlo venir, pues la ayuda tardaría cuatro días en llegar. Lo mejor será que vosotras dos llevéis a Katherine en la carreta hasta la ciudad. Partiréis mañana al alba y pasaréis la noche en la aldea de Canthorny, en la posada. Hasta que lleguéis a la ciudad deberéis cuidar de su tobillo y tratar de que se mueva lo menos posible.
-Madre, ¿tres mujeres solas haciendo un camino de dos días? –La hermana Jane parecía escandalizada.
-No he dicho que vayan solas. Nathaniel os acompañará.
-Pero… -Inconscientemente, la mirada de la dura mujer se cruzó con la de la criada, aterrada ante la idea de que su idiota amante pudiera decir algo delante de ella y de las dos hermanas durante el viaje.
-No hay más que hablar. Id a preparar las viandas para el viaje, yo hablaré con Nathaniel. Y a vos os veré después –terminó, dirigiéndose a la hermana.
Las monjas abandonaron la celda una a una, quedando allí sólo Katherine y Jane. Esta última se acercó, su voz helada.
-No regresarás de este viaje –susurró – Te juro que te mataré si vuelves.
Katherine esta vez no se dejó amedrentar. Se incorporó todo lo que pudo y le escupió a los ojos. Jane se echó hacia atrás, asqueada. –Tú, niña estúpida, engendro del Maligno, te voy a…
-¿Hermana Jane? –La voz de la abadesa sonó desde el otro lado del pasillo -. Venid a ayudadme.
-No vuelvas –repitió, limpiándose la cara antes de salir. Katherine suspiró, dejando caer la cabeza sobre el jergón. Había hecho enfadar a la monja pero en su defensa podía decir que ella tampoco hubiera querido ver lo que había visto. Cerró los ojos, agotada por el dolor y el cansancio, pensando en que la monja no la mataría. Al menos no todavía.
Partieron al alba, tal como habían acordado. Katherine iba tumbada en el carro, tapada por una manta, con Nathaniel a su lado. El hombre ocupaba prácticamente toda la madera. Las dos hermanas iban delante, dirigiendo a los caballos. Anne parecía entusiasmada.
-Sienta bien poder salir del convento –comentó. Su compañera, más mayor no se mostraba tan entusiasta.
-No os animéis, de buena gana volvería, pero debemos ayudar a la pobre niña.
-Hermana, ¿acaso no disfrutáis del viento corriendo en vuestro rostro? Yo ya no recordaba lo que era montar en un carro.
-Montar en carro supone enfrentarse a maleantes, ladrones y violadores. Quiera Dios que no encontremos a ninguno.
-Nathaniel no dejará que nos hagan daño, ¿verdad, querido mío? –El aludido se rio estúpidamente. Katherine suspiró. Adoraba al hombre y se alegraba de alejarlo de la hermana Jane pero no era tonta, sabía que él de poco serviría si las atacaban. Era tan grande como bueno.
-Confío más en Dios que en el gigante –respondió la otra monja, como si le hubiera leído el pensamiento a la campesina. Luego se volvió hacia atrás:
-¿Te duele, querida?
Negó. Nathaniel frunció el ceño, triste –Katherine se ha hecho daño…
-Sí, pero se pondrá bien –le aseguró Anne.
-Se pondrá bien –se conformó él.
Quizás Dios quería a sus hijas o quizás ningún ladrón estaba dispuesto a atacar a unas monjas y poner sus almas en peligro, pero nadie las atacó. Llegaron a Canthorny al anochecer y pidieron dos habitaciones en la posada. Las tres mujeres se alojaron en una y el gigante en otra. El hombre se durmió enseguida, pero las pesadillas frustraron sus sueños. Soñó con su ángel vestida con hábito. Las dos hermanas bajaron para comer y llevar algo de cenar a la herida. El posadero les sirvió su mejor vino.
-¿Qué hacéis aquí, hermanas?
-Vamos a la ciudad, en busca de un físico. Una de nuestras doncellas está herida.
-¿Un físico? –repitió.
-Así es, ¿no se hospedará alguno aquí?
-No un físico –respondió él-, pero sí un cirujano. Es ese de ahí.
Arriba en las habitaciones Katherine se vio sobresaltada cuando Nathaniel entró de golpe, asustado. Se arrodilló, cogiéndola de los hombros y sacudiéndola.
-Katherine no vuelve al convento… Jane la matará. No vuelve. No vuelve –gritó.
En el próximo capítulo:
-No he dejado de soñar contigo. ¿Eres una bruja, Katherine?
Tanto la aldea como el convento de Canthorny son ficticios. Gracias por leer y por dejar review :) Un beso.
