La mayor parte de estos personajes han sido creados para nuestro disfrute por Charlaine Harris, alguno, menor, ha sido sacado del fanfic del sr. Ball, y hay por ahí uno que es sólo mío.


3.

¡Dios mío!, ¡oh, Dios mío, era él!, ¡Jesucristo, pastor de Judea!, ¡mi vecino era mi cliente!

_ Eric... – su nombre se escapó de mis labios con una sonrisa.

En cuanto dejé de hiperventilar, no pude dejar de sonreír. Eric Northman, mi vecino. Ni siquiera tropezar con una lápida y caerme de boca me quitó la sonrisilla tontorrona de los labios. De repente, ya no estaba cansada ni tenía hambre, sólo tenía cabeza para planear cómo lo iba a hacer para decirle algo al día siguiente, quizá invitarle a cenar. Me paré a reconsiderarlo, ¿y si vivía con alguien? ¿Y si era una mujer? Toda la alegría que había sentido antes ahora era miedo y angustia. Lo normal sería que un hombre así estuviese pillado, claro, seguro que tenía una novia o, peor, una esposa en algún lugar de la casa. ¿Y si era otro hombre? En Merlotte's nunca me miraba, ni siquiera se daba cuenta de que estaba, nada de tocarme el culo ni mirarme los pechos cuando me inclinaba sobre su mesa para dejar los platos. ¡¿Y si era gay? Definitivamente, eso sería peor que una esposa.

En cuanto llegué a casa, mi abuela me recibió impaciente por saber de los nuevos vecinos. Pero mi cara de angustia fue prioritaria.

_ ¿Qué ha pasado? - se alarmó- ¿Te han hecho algo?

_ ¿Qué...? - me extrañé-. No, no, claro que no, abuela.

_ Entonces, ¿a qué viene esa cara?

_ No pasa nada, sólo venía pensando...

_ Susannah Stackhouse, ni pienses que me vas a mentir – me recriminó seria.

_ No, es verdad, venía pensando en el vecino.

_ ¿Sólo un hombre...?

_ Bueno, que yo haya visto – me miró esperando que hablara-. Se llama Eric Northman y es un cliente habitual de Merlotte's, ya sabes, ese del que te he hablado.

_ Oh..., vaya – la abuela me miró calibrándome, sacando conclusiones-, ¿y que has pensado que te ha hecho poner esa cara?

_ Bueno..., pensaba que es muy guapo y que habrá una señora Northman en algún sitio. No es..., ya sabes, me preguntaba si alguna vez encontraré un Eric Northman para mí...

_ Cariño – me abrazó y me estrechó contra su pecho-, claro que sí. En algún lugar hay un hombre fantástico deseando conocerte. Eres una mujer guapa, buena y maravillosa, ¿qué más podrían pedir?

Nos quedamos así unos instantes hasta que mi abuela me soltó y me llevó de la mano a la cocina para cenar. Lo hicimos comentando el último libro que habíamos leído.

_ El señor Northman debe de tener una gran biblioteca – dije de repente mientras quitaba la mesa.

_ ¿Y eso? - la abuela me sonrió con condescendencia.

_ Siempre lleva un libro con él, nunca más de dos días seguidos.

_ Uhm, otro lector voraz – se frotó las manos-. Lo mismo nos puede prestar alguno, ¿no crees? Quizá deberías preguntarle... - lo dejó caer.

_ No creo, abuela, es un hombre muy reservado, nunca habla conmigo.

_ Pero ahora sabe quién eres...

Se levantó y me dio un beso de buenas noches antes de salir de la cocina para irse a descansar. Terminé de fregar los platos y me fui a mi dormitorio con mi libro. Después de atender a mis necesidades y ponerme mi pijama de franela, me acurruqué en la cama e intenté, vanamente, concentrarme en mi lectura. La mente se me iba una y otra vez a la casa al otro lado del cementerio. Me preguntaba qué haría, si ya estaría en la cama, él solo, que ya había decidido que no había nadie más en esa casa. Recordaba vagamente la casa de los Compton de cuando era niña, pero no conseguía situar el dormitorio ni sus dimensiones ni si su ventana daba al cementerio como la mía. Le imaginaba tumbado en su cama, solo con el pantalón del pijama, mientras el fuego que crepitaba en la chimenea dibujaba sombras en su pecho desnudo, leyendo. Quizá tuviese gafas y en casa se las pusiera. Suspiré al imaginarle con su pelo revuelto, con esa barbita incipiente tan sexy que tenía y, además, con gafas. De repente hacía mucho calor en mi cuarto, la franela me estaba ahogando. Jesús, qué sofoco...

Mis sueños se habían poblado con mi nuevo vecino. Que fuese virgen no quería decir que no supiese la teoría y, si había que juzgar mis conocimientos sobre el tema por mis sueños de esa noche, lo mío había sido summa cum laude. Me sentía muy relajada y bajé a desayunar con una sonrisa de oreja a oreja. La abuela me echó una mirada divertida y me puso mi desayuno.

_ Vaya, veo que has dormido bien.

_ Estupendamente, abuela, ¿y tú?

_ Bastante bien, gracias, cielo – me puso café- ¿qué vas a hacer antes de irte a trabajar?

_ Pensaba pasar por el Walmart y por la biblioteca de camino a Merlotte's, que luego estoy muy cansada y sólo quiero venir a casa y poner los pies en alto – la abuela se rió- sí, no te rías, los turnos de comidas me cansan más que las noches.

_ Espero que Sam no vuelva a darte noches...

_ Bueno, si me las ofrece las cogeré, sabes que dan más y mejores propinas.

Después de hacer mis compras y pasar por la biblioteca, fui a trabajar. Desde que Eric había empezado a frecuentar el restaurante, ir a trabajar ya no era una obligación. Pese a lo que le había dicho a la abuela de hacer el turno de noche, la sola idea de no ver a Eric al mediodía y servirle me ponía los pelos de punta. Ni todas las propinas del mundo, y reconozco que me hacían mucha falta, compensaban no verle. Me ocupé todo lo que pude para no estar pendiente del reloj. Era el primer día que vendría después de habernos conocido oficialmente y estaba muy nerviosa. La una. Se retrasaba. Y cinco. Estaría ya de camino. Y cuarto, ¿dónde estaba? Estaba empezando a sentirme mal, ¿y si no volvía? A la una y veinte apareció por fin. No pude ocultar mi cara de alivio, me sentía tan feliz de que hubiese aparecido que mi expresión debió sorprender a los parroquianos a los que atendía. Se sentó en su mesa y fui volando con su cerveza.

_ Hola, señor Northman, pensé que hoy ya no vendría.

Me miró como si no me conociera. ¿Qué? ¿cómo podía ser? Como si no entendiese porqué le hablaba. Me estaba temiendo ya lo peor cuando por fin una luz de reconocimiento brilló en sus ojos.

_ Oh, señorita... - se quedó esperando que dijera mi apellido, se le había olvidado. No muy alentador...

_ Stackhouse, pero llámeme Sookie – sonreí pese a todo y me dirigí a la cocina para buscar su comida.

En el bar, Tara me sonrió mientras me ponía las cervezas para los peones que construían la nueva carretera.

_ Te ha mirado el culo – se rió.

_ ¿Qué?

_ Tu rubio, te ha mirado el culo – me salió una sonrisa bobalicona-. Dile algo, queda con él, ésta es la tuya.

_ No puedo hacer eso, Tara, por Dios. No nos conocemos, hasta ayer sólo era mi cliente aquí.

_ ¿Y hoy...? - me miró con picardía.

_ Hoy también es mi vecino.

_ ¡No jodas! - soltó una risita- No, claro, tú no haces "eso"...

_ ¡Eh! - me indigné-. No te metas conmigo – cogí mi bandeja y me fui a repartir las bebidas y por último el primer plato para Eric.

Llegué a su mesa y estaba mirando por la ventana, ¿de verdad me había mirado el culo o sólo era una broma de Tara que sabía que me gustaba?

_ Su gumbo – puse el plato y le sonreí.

_ Gracias, Sookie – me devolvió la sonrisa tímidamente.

¡Dios!, qué bien sonaba mi nombre en sus labios. En realidad ese fue el único momento en el que dejó de ser reservado. Después no volvió a sonreírme ni a prestarme más atención de la que normalmente me prestaba cuando no sabía que era su vecina. Volvimos a nuestra rutina diaria. Cuando fui a servirle café miré lo que leía. Había que intentarlo.

_ Perdone, señor Northman, ¿qué está leyendo?

Me miró extrañado por mi intromisión pero me mostró el libro. Les particules élémentaires. Definitivamente, nada que hacer. Estaba leyendo en francés.

_ ¿Está bien? - levantó las cejas como si le hubiese preguntado algo aberrante.

_ Supongo que sí, a mí me está gustando.

_ Procuraré recordar el nombre del autor, a ver si lo encuentro en la biblioteca el próximo día que vaya.

_ Usted se ve una mujer alegre – sonrió con tristeza-, quizá este libro sea un poco descorazonador...

_ ¿Le gusta la desesperanza?

_ Se ajusta más a mi estado de ánimo, sí – murmuró levantándose de la mesa y tendiéndome un billete para que me cobrara-. Por cierto, deliciosa la tarta con la que me obsequió. Muchas gracias.

_ No hay de qué, además la hizo mi abuela. Si le gustó le haré otra.

_ No se moleste, aún me queda casi toda.

Estaba por hacer un baile triunfal por haber descubierto que vivía solo, pero no me parecía que fuese a comprenderlo. Le acompañé a la puerta y le di su cambio que él rehusó coger.

_ Quédeselo, en agradecimiento por su atención – sonrió y se fue.

Cuando por fin terminó mi turno volví a casa flotando. No me dolían los pies, no estaba cansada, me apetecía bailar. La abuela me miró y sonrió. No dijo nada, estaba feliz y para ella bastaba. Comimos y me senté en el porche a leer en el balancín. La noche era cálida y se apreciaba la luz en la casa de al lado. Hasta mis oídos llegaba el suave ritmo de una canción cantada en un idioma que no acababa de identificar. Imaginé a Eric haciendo lo mismo que yo, sentado en su porche, leyendo su libro y escuchando música y mi mente comenzó a fantasear con él y la vida que podríamos tener juntos. Qué tonta, ¿no? Me sentía tan sola que si un extraño era amable conmigo ya me montaba una película. No era como si tuviese mucho es común con el hombre que leía en francés, y él tampoco parecía querer tener algo que ver conmigo por más que me hubiese mirado el culo, ¿qué? Seguía siendo un hombre y eso era lo menos que hacían cuando pasaba. Claro que si hubiese decidido tocármelo no creo que le hubiese soltado un guantazo como a Catfish Hennessy, las cosas como son.

Me levanté y me dispuse a irme a la cama, llena de pesar como estaba, para dejar que mi vecino volviese a protagonizar mis tristes sueños eróticos de virgen.


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