Koigokoro
Entre las habilidades sobrenaturales que se le atribuyen comúnmente al Kitsune se incluye la aparición de fuego o luz en la boca o en las colas. Esto es denominado como "El fuego del Kitsune".
Esa noche Odajima soñó nuevamente con la residencia Tabaki.
Esta vez, en su improvisada celda, el mercader yacía acurrucado entre los pliegues de su rasgado kimono. Estaba mal. Debían salir de ahí, debía sacarlo de su sufrimiento. Tenían que ser cuidadosos o la familia podía despertar.
Algo caía y se hacía pedazos, algo de vidrio (¿un cuenco tal vez?), algo frágil..
De pronto, la impotencia lo embargaba. La misma sensación que había sentido unas horas antes volvía a anidarse en su pecho, le adormecía los brazos, le cerraba la garganta..
Despertó sobresaltado por su propia desesperación.
En el alfelizar de la ventana, iluminado por la fantasmal luz de la luna, se hallaba sentado Kusuriuri.
Como siempre su expresión era ilegible, pero podía intuír que él también sufría.
Mirándolo de esa manera, era fácil percatarse que no pertenecía al mundo humano. Era demasiado exótico, demasiado bello, para pertenecer a la crueldad de un mundo que amputaba a otros seres para su propio beneficio. Poseía una fragilidad engañosa y aunque él sabía que su compañero tenía la fuerza suficiente para cuidar de sí mismo, algo en su corazón no le permitía alejarse. Quería cuidarlo, protegerlo, envolverlo en sus brazos y no dejar que los horrores vividos volvieran a ocurrir.
Movido por este cálido sentimiento, Odajima se incorporó en el tatami y se dirirgió al boticario. Sin mediar palabra tomó una de sus manos y lo guió hacia uno de los lechos.
Ya no tenía caso negar lo que les sucedía.
La tranquilidad de sus actos no dejaba de sorprenderlo. Si bien el bi-do*lo había obligado a adquirir experiencia en esas artes, hacía mucho que había dejado atrás esos tiempos.
Internamente, un tímido nerviosismo crecía en él en la medida en que iban despojándose de sus prendas. Sin embargo, la firmeza de sus manos y la pericia de sus movimientos hablaban de una naturalidad que desconocía lo que pasaba por su mente.
Su cuerpo sabía que hacer.
Podía percibir que el boticario correspondía sus caricias con deseo contenido. Sentía que su pasión era más similar a lo que había sucedido en el alero, pero se frenaba a sí mismo, entregándose sumísamente y dejando que el samurai impusiera los tiempos en la relación. Él por su parte, agradecía el gesto.
De esta forma, Odajima se tomaba el tiempo de explorarlo con sus sentidos. Podía percibir de cerca el característico olor a incienso que desprendían sus ropas y su cabello. Observaba la extraña pintura que marcaba misteriosos caminos en su cuerpo. Con sus manos sentía la delicadeza de su piel y la tibia calidez de sus zonas más íntimas... y en ese momento todo se detuvo.
En su recorrido por el cuerpo del otro, había rozado sin querer la brutal cicatríz que, como una burla siniestra a su reciente idilio, no dejaba que ni por un momento pudieran olvidar los traumas pasados.
El mercader se hallaba tenso en sus brazos a la espera de su reacción.
Todo podía terminar en ese momento. Era una oportunidad para tomar conciencia, para pensar racionalmente acerca de lo que estaban haciendo y llegar a la conclusión de que no valía la pena. Que una relación entre ambos, a la larga, sería imposible.
El boticario cerró sus ojos y se preparó para apartarse. Claramente se había dejado llevar y no estaba pensando con lógica. Todo eso era una locura.
Entonces tuvo que reprimir un quejido de sorpresa. Se mantenía abrazado al samurai, por lo que no podía ver lo que el otro hacía con sus manos. Pero sí podía sentirlo. Uno de sus dedos había recorrido pacientemente los contornos de la herida para luego continuar su camino a otras partes de su cuerpo. No había sido exáctamente una sensación agradable. Pero él comprendía..
Odajima había reconocido la cicatríz. No la había evitado fingiendo que no existía ni tampoco había centrado demasiado su atención en ella para eludir los malos recuerdos. Solo la había tocado como al resto de su ser, transmitiendole un claro mensaje: Esta cicatríz es parte de tí, siempre lo será, pero podemos ir más allá.
La forma de actuar de Odajima lo dejó profundamente conmovido. De una forma u otra siempre lograba sorprenderlo. El boticario no podía evitar amarlo por eso.
Pronto se hizo evidente que los dos se necesitaban a otro nivel y fue en ese momento en que el samurai dió gracias a la profesión de su amante.
La sustancia se sentía oleosa en sus manos. Desconocía que era, pero tampoco había querido preguntar. Kusuriuri yacía en el tatami devolviendole la mirada con un gesto que eliminaba cualquier duda que hubieran podido tener.
En ese instante quiso decirle que lo amaba.
Pero entonces recordó que no era bueno con las palabras, así que con una secreta sonrisa, utilizó su cuerpo para comunicárselo.
Aquel día interrumpieron su viaje, pero a ninguno de los dos pareció importarle.
Ese día fué suyo, para amarse y conocerse. Conversaron de cosas sin importancia, de medicinas y preparados, de cuentos y leyendas. Comieron en un agradable silencio y por la noche se dedicaron a descansar y a recuperar fuerzas.
Afuera, la fuerte ventisca había dado lugar a una gentíl nevada.
En la posada, aunque el frío del invierno se colase por las rendijas de la habitación, ninguno de los dos lo sentía.
Cómodamente dispuestos en el tatami, Kusuriuri veía dormir a su compañero.
En ese tiempo el cabello le había crecido un poco, de modo que sus rasgos se veían suavizados.
En breve deberá volver a cortar su barba, pensó mientras que con una de sus uñas rozaba su mejilla.
"¡Es fácil para tí, porque no tienes estos problemas!" Le había dicho enojado una vez, al cortarse con su navaja.
El mercader sonrió ante el recuerdo. Era increíble la forma en que este humano se había colado en su vida.
Él, por su parte, lo había intentado. Había querido dejarlo atrás, desembarazarse de su presencia puesto que conocía el inevitable destino que conllevaba relacionarse con los de su raza.
Más no había podido y ahora las emociones por su particular compañero fluían a través de él, como un río cuyo cause no podía modidficar.
"Deja de hacer eso" Le reprendió el samurai al despertar y notar la mirada del otro sobre él.
Intrigado,el boticario indagó "¿Eso?"
"Eso" Repuso algo sonrojado el otro "Me míras como si fuese algo valioso, es extraño.."
El vendedor sonrió y se inclinó para besarlo, despertando nuevamente el deseo en ambos. En esa ocasión, no se mediría y le enseñaría al testarudo de su amante el fuego que poseía un Kitsune.
A: bi-do: Fue una tradición japonesa de homosexualidad estructurada por la edad, prevalente en la sociedad samurái desde su periodo medieval hasta el fin del siglo XIX. Desde círculos religiosos, el amor a un semejante del mismo sexo se difundió en la clase guerrera, donde era costumbre para un joven samurái (wakashū) ser aprendiz de un hombre mayor (nenja) y más experimentado.
