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El Doctor y Rose siguieron a los jinetes hasta el palacio. Por suerte, no estaba demasiado lejos; para Rose, al llevar aquellas ropas con aquel calor tan bochornoso, el paseo se estaba convirtiendo en un infierno. Sus compañeras de hace ciento cincuenta años debían de estar hechas de otra pasta, sin duda alguna.
Por el camino, el propio Emperador les explicó qué estaba ocurriendo. Al parecer, desde hacía varias semanas, las jóvenes del servicio desaparecían de repente, para reaparecer unas pocas horas después cerca de los lindes del palacio, a la salida del bosque. Ninguna presentaba signo alguno de violencia, ni heridas, ni traumas de ningún tipo; tampoco recordaban nada fuera de lo común. Simplemente, sus energías parecían haberse agotado por completo.
— Muy curioso… —se limitó a decir el Doctor.
Por fin, tras una caminata que se hizo eterna, llegaron a su destino. Rose no pudo evitar soltar una exclamación de admiración al encontrarse frente al palacio; el palacio de la Emperatriz Sissi nada menos, todo un mito en la historia moderna. Hombres y mujeres con elegantes trajes y ostentosos vestidos iban y venían por los jardines, paseando tranquilamente.
— Por aquí, Doctor Smith… Dama Rose…
Stonenberg, que resultó ser el jefe de la guardia personal del Emperador, los llevó hasta una entrada trasera, mientras que el Emperador y el resto de guardias se dirigieron hacia la puerta principal. Aunque también respetable, a Rose aquel lugar no le pareció tan elegante como la entrada principal y supuso que eran los aposentos del servicio.
Finalmente, llegaron a una habitación en donde una joven criada yacía en una de las camas, como dormida; parecía diminuta y casi perdida en medio de las sábanas y las mantas, bajo las cortinas del dosel. Otra criada estaba sentada a su lado, refrescándole la frente con paños fríos, y se levantó respetuosamente cuando les vio llegar.
— El médico de la corte no sabe qué está ocurriendo —empezó a explicar Stonenberg al Doctor mientras este se acercaba a la cama—. No parece ser una epidemia, porque no está afectando a demasiada gente. Es… Es como si estuvieran siempre muy cansadas. Algunas parecen recuperarse, pero su salud se resiente hasta bastante después. Otras simplemente duermen… y algunas nunca despiertan.
El Doctor se inclinó sobre la cama. Rose lo observaba desde el otro lado atentamente mientras sacaba su estetoscopio y lo usaba para auscultar a la muchacha, ante los extrañados ojos de Stonenberg, para quien probablemente aquel chisme tenía un diseño demasiado avanzado para la época en que estaban.
— Lo ha inventado él —le susurró Rose para quitarle importancia.
Un gesto de preocupación cruzó un instante por el rostro del Doctor. Guardándose de nuevo el estetoscopio en el bolsillo, se colocó frente a la muchacha de modo que pudo agarrarle la cabeza con ambas manos, por las sienes. Cerró los ojos y se concentró; sus párpados temblaron un instante, su respiración se hizo más profunda y lenta, hasta que pareció detenerse… Y de repente abrió los ojos con un escalofrío, soltando con un jadeo el aire que había estado conteniendo. La joven abrió los ojos, vidriosos y hundidos, pero pareció mirar a través de él, como no existiera. Luego movió los resecos labios como si intentara hablar, pero ninguna palabra salió de ellos.
Aquello, sin duda, era muy extraño. Era como si alguien le hubiera absorbido la energía vital.
— Lo siento… lo siento mucho —susurró el Doctor, acariciando su pálido rostro.
La joven cerró los ojos y se quedó inmóvil, como sumida de nuevo en un profundo sueño.
— ¿Y dice que tienen más chicas así? —preguntó el Doctor a Stonenberg, sin dejar de mirar a la joven enferma.
— Bueno… la mayoría ya se ha repuesto —dijo el hombre, confuso ante lo que acababa de presenciar—. Otras murieron… mientras dormían.
— ¿Cuántas exactamente?
— Cuatro o cinco, en el último mes.
El Doctor se incorporó con un suspiro y empezó a caminar por la habitación, pensativo.
— ¿Qué opina de todo esto, Doctor Smith? —preguntó Stonenberg, impaciente.
— Todavía no lo sé… —dijo, confuso, pasándose una mano por el pelo; luego levantó la mirada hacia el guardia— Me gustaría hablar con el médico de la corte, el que ha visto a las otras chicas.
— Por supuesto. Concretaremos una reunión de inmediato.
Una vez el Doctor se quedó a solas con la criada enferma y con Rose, su joven compañera le tocó la mano con cariño.
— ¿Doctor? ¿Qué le ocurre? —le preguntó en un susurro.
El Doctor la miró con el ceño fruncido. Rose conocía muy bien aquella expresión.
— Es… Es como si… —bufó— Es como si se estuviera apagando. Apenas podía sentir su pulso. No le quedan energías ni para mantener funcionando su propio cuerpo, está… letárgica.
— ¿Dices… como un coma? —preguntó Rose, confusa.
— Algo así.
Rose miró a la muchacha con expresión triste.
— ¿Crees que se va a poner bien?
El Doctor meneó la cabeza, despacio.
— No lo sé.
Pero su mirada decía otra cosa, y Rose creía saber el qué.
Que quizá la joven ya no despertaría.
Unos minutos más tarde, el Doctor se encontraba reunido con el médico de la corte, el doctor Wiedeman, y con el Emperador (a quien nunca le abandonaban sus hombres de confianza) en los aposentos de este último. Rose se había quedado con la joven enferma; el Doctor le había pedido que estuviese pendiente de cualquier cambio y de cualquier cosa que dijera, aunque si apenas podía respirar, que hablara era muy poco probable.
El Doctor caminaba de un lado a otro, despacio, con las manos metidas en los bolsillos y el ceño ligeramente fruncido.
— Bien, doctor —dijo, dirigiéndose al médico de la corte—. Je, parece que hable conmigo mismo… —sonrió un momento y luego siguió con el tema, serio— Cuénteme lo que sepa.
El médico se lo explicó todo. No era nada que Stonenberg o el Emperador no le hubieran dicho ya. El Doctor frunció el ceño aún más.
— Y las que han reaparecido y han seguido despiertas, ¿no han dicho nada? — preguntó.
— No recuerdan nada —dijo el doctor Wiedeman—. Se comportan como si no les hubiera ocurrido nada, si es que realmente les ocurre algo... Algunas dicen que se encontraban dando un paseo, sin más, y que de repente aparecían cerca del palacio, sin apenas poder moverse.
El Doctor se quedó pensativo un instante.
— Muy raro… ¿Y no han avisado a las autoridades competentes?
El Emperador intervino entonces.
— No conocemos la naturaleza exacta de lo que está pasando, doctor Smith. No podemos arriesgarnos a provocar un escándalo. Además, mi esposa… está bastante afectada por todo este asunto. No puedo permitir que se preocupe demasiado.
El Doctor asintió, alzando una ceja.
De repente llamaron a la puerta. Tras obtener permiso, Rose entró en la habitación, con la mirada perdida. Tenía los ojos llenos de lágrimas y tardó unos segundos en hablar. El Doctor se acercó a ella, alarmado.
— Ha muerto —dijo.
El Doctor supo enseguida a quién se refería. La doncella. Rose clavó sus ojos llorosos en los suyos.
— Simplemente… se apagó…
El Doctor la atrajo hacia sí y la abrazó, acariciándole el pelo con ternura. Luego dirigió la mirada hacia el Emperador, quien suspiró, cansado.
— Necesitamos su ayuda, Doctor Smith. La situación se nos está yendo de las manos.
El Doctor no respondió, pero sus ojos parecían refulgir. Rose se soltó de sus brazos y esbozó una sonrisa triste.
— Laura, la doncella que estaba con nosotros en la habitación, dice que Emily siempre fue de salud fuerte… Tenía muchas esperanzas de que se recuperara…
El Doctor le sonrió, enternecido, mirándola a los ojos.
— No te preocupes. Averiguaremos qué está pasando —le dijo con voz suave.
Rose enseguida se vio presa de aquella familiar sensación, muy usual cuando se perdía en sus ojos: la sensación de que todo iba a salir bien.
— ¿Acepta ayudarnos, doctor Smith? —preguntó Stonenberg, alzando el rostro de forma solemne.
El Doctor alzó la mirada hacia el Emperador y sus hombres y simplemente hizo un gesto de asentimiento. Luego sonrió.
— Sin duda. Me encantan los misterios.
El Emperador sonrió, satisfecho.
— Muchísimas gracias, Doctor Smith. Mis hombres le ayudarán en todo lo posible. Luego mandaré personalmente a que les preparen una habitación a usted y a su esposa.
El Doctor y Rose se separaron y dejaron escapar una risita nerviosa.
— Oh, ¡no, no, no!… —empezó él— Nosotros… sólo somos…
No pudo seguir.
— Somos compañeros de viaje, soy una especie de… aprendiz —intervino Rose; logró disimular mucho mejor que él, pero el colorete de sus mejillas parecía de repente más intenso.
— Exacto, ella… es mi ayudante —dijo el Doctor. Carraspeó y dio unos pasos hacia atrás, azorado, esperando a que sus corazones dejasen de palpitar de aquel modo. ¿Qué demonios le estaba pasando? No era ni mucho menos la primera vez que les confundían con un matrimonio, una pareja o incluso algo un poco menos decoroso…
El Emperador se limitó a asentir, ligeramente confundido.
— En ese caso será mejor que sean dos habitaciones.
— Con su permiso, Excelencia, será mejor que acuda donde la fallecida —dijo el doctor Wiedeman.
— Sí… Iré también.
Tras los correspondientes saludos de cortesía, el Emperador y el doctor de la corte abandonaron la sala, dejando solos al Doctor y a Rose con algunos de sus hombres. Fue ella quien rompió el silencio.
— ¿Qué sentiste, Doctor? Cuando la examinaste. Miraste dentro de ella, ¿verdad?
El Doctor se quedó pensativo, perdiendo la mirada.
— Nada... No sentí nada —suspiró finalmente—. Sólo que se estaba muriendo.
Apenas unos minutos después, un miembro del servicio acudió a mostrarles sus habitaciones. El Doctor disimuló con cortesía cuando le dejaron en la suya, discreta pero elegante, con cortinas violetas, una gran alfombra persa en el suelo y una cama con dosel; lo más probable es que ni la utilizara: había cosas más interesantes que hacer que dormir. A Rose, sin embargo, le encantó su habitación; si ya una simple habitación para invitados era así, no quería ni imaginar cómo sería la de los Emperadores. Unos altísimos ventanales cubrían casi toda la pared, parcialmente tapados por unas gruesas cortinas. No tuvo que abrir el armario para saber que estaba lleno de preciosos pero aparatosos vestidos. La cama era enorme; quizá el Doctor no le viera la misma importancia que ella al hecho de dormir, pero ella se moría de ganas por probarla. Se sentó al borde y luego se dejó caer sobre el mullido colchón con un gritito.
Entonces tocaron a la puerta y el Doctor entró. Bromeando, fingió un exagerado gesto de disgusto cuando la vio.
— ¡Pero bueno! ¿Ya durmiendo la siesta?
Rose rió y se sentó.
— Espero que no te haya visto nadie... Tocar la puerta de una dama… Menudo escándalo… —bromeó.
El Doctor frunció el ceño.
— Claro… Ahora entiendo la expresión de la doncella a la que le pregunté dónde te habían alojado. No te preocupes, no será nada que estropee aún más tu reputación de salvaje chica inglesa en vaqueros.
Los dos rieron. Rose empezó a colocarse el sombrero, que se le había movido al tirarse sobre la cama. El Doctor se limitó a mirarla, con los ojos brillantes, una de las comisuras de sus labios torcida en una ligerísima, dulce sonrisa.
Ella le miró y soltó una risita.
— ¿Qué pasa?
El Doctor carraspeó y apartó la mirada, poniéndose serio de nuevo.
— Venía a decirte que estamos invitados a un banquete de palacio esta misma noche.
— ¡Menudo honor! ¿No es emocionante?
El Doctor hizo un gesto que denotaba desgana.
— Naaaah… Ya estoy acostumbrado a cosas así… La última vez, hace nada, con la Reina Victoria. Le debes tu nombre, ¿recuerdas? Una conversación muy interesante, por cierto...
Rose hizo un gesto que fingía molestia.
— Te recuerdo que mientras tú tomabas vino con su Majestad y hablabas de cosas interesantes, yo estaba encerrada con la señora de la casa, sus criadas y un hombre lobo de otro planeta.
— Oh, vaya, es cierto… Siempre me olvido de eso.
Ella le lanzó un almohadón.
— ¡Fallaste! —volvió al tema— Bueno, si vamos a ejercer de detectives, será mejor que empecemos cuanto antes, y seguro que en ese banquete averiguaremos algo. Pero primero, me gustaría echar un vistazo por ahí —se plantó delante de ella y extendió el brazo—. ¿Sería usted tan amable, Dama Rose, de acompañarme a dar un paseo por los jardines?
Ella rió, divertida.
— Desde luego, Sir Doctor, será un placer—dijo con voz solemne, cogiéndose de su brazo.
Él sonrió abiertamente y salieron juntos de la habitación, dirigiéndose a la salida.
— ¿Por qué siempre acaba pasando algo en los lugares a los que llegamos por azar? —le preguntó la joven mientras bajaban las escaleras.
— ¡Oh! Es la propia TARDIS —le explicó—. Su prioridad es ir a lugares donde puede que se requiera mi ayuda. Ya sabes, cosas de ser un Señor del Tiempo.
— Ah, claro… Eso explicaría por qué siempre nos ponemos en peligro.
— ¿Y no es genial? —dijo, dedicándole una de sus enormes sonrisas.
Rose rió como toda respuesta y se agarró más de su brazo mientras salían por la puerta, a la cálida luz del sol.
