-Katniss- susurró, yo temblé. Di dos pasos temiendo que me rechazara o que me mirara con odio, pero él estaba quieto, parecía abrumado. Avancé más y con un tropiezo de mis desacostumbrados pies terminé refugiada en su pecho. Me agarraba con fuerza, ambos temblábamos. Mi rostro se enterró en su pecho y olí su fragancia dulce y masculina. No dije nada, determinada en no hablar para no arruinarlo como siempre lo hacía. Él terminó de abrir la puerta de su habitación y sin soltarme ni un centímetro, nos entró a los dos.

...

CAPITULO 3

-¿Qué haces aquí?- me preguntó acariciándome la espalda aún sin soltarme. Hundí mi rostro en su carne y mis manos lo apretaron más. Él pareció satisfecho con la respuesta- ¿me seguiste?- asentí- ¿estás en tu habitación ahora?- afirme de nuevo y me alejé para mirarlo. Sus ojos seguían siendo tan azules como recordaba, el corazón se me aceleró mirándolo tan cerca de mí, nunca había notado lo mucho que me gustaba su cara, lo bonita y pacífica que era.

Él se sentó en la cama y tiró de mi mano para que yo también lo hiciera. De repente, el ambiente era incómodo y tenso. Me mordí el interior de mi mejilla y miré su cuarto. Era parecido al mío en realidad. Con las mandíbulas tensas me pregunté si me habría equivocado al pensar que Peeta querría verme tanto como yo a él. Si estaría enojado conmigo por no mirarlo cuando me lo pidió, si en realidad sólo querría olvidarse de mí como todos los demás.

-Vas a meterte en problemas- dijo con un tono neutro, aunque parecía que se divertía un poco. Me alcé de hombros, qué problema podría ser importante para mí después de haber pasado por un infierno- ¿ya no hablas?- me sonrió. Para su sorpresa yo moví la cabeza de un lado a otro confirmando su pregunta. Peeta me quitó el cabello de la cara- ¿Qué sucedió con tu trenza?- cambió el tema con el rostro muy serio. Yo no dije nada, por supuesto. No le iba a decir que había tenido que cortar las partes quemadas de mí cabello, que tenía días enteros sin enjuagarlo con gel sino tan sólo remojarlo cuando de vez en cuando me duchaba.

De repente la vergüenza me embargó y sentí la cara hirviendo del calor. Peeta parecía tan pulcro y limpio. Me levanté de la cana, pero cuando intenté marcharme él me sujetó muy fuerte, lastimándose un poco.

-Lo lamento, olvida lo que te pregunté- no parecía sentirlo y su petición se escuchó como una orden, una descarga eléctrica descendió por mí espalda con su tono de voz- es sólo que… te vez un poco diferente.

Yo lo miré. Él también estaba distinto. Su rostro estaba muy delgado, sus bellos ojos demasiado grandes en su cara, su cabello bastante más largo de lo que lo usaba, así que sus gajos rubios caían perfectos en su frente. Me acerqué a él y hundí mis dedos en su pelo brillante y él, sorpresivamente me sujetó de la cintura aferrándome a su cuerpo. Mis antebrazos acabaron apoyados en sus hombros y mis caderas entre sus piernas. Él suspiró y su aliento me golpeó en los senos, mis pezones se irguieron de frío y excitación, yo cerré los ojos contenta porque él no podía mirarme desde ése ángulo.

Peeta pasó un brazo por mí cintura pegándome más hasta dejarme casi sobre él, y cuando quise alejarme asustada por la sensación de fuego en mi estómago que crecía con su cercanía, él se tumbó en la cama, dejándome sobre él.

-Katniss…-susurró como si fuera un alivio o un sufrimiento.

Yo asentí , estaba asustada de la situación, de lo que estaba sintiendo entre mis muslos al tenerlo tan pegada a mí. De pronto, y sin calcularlo, mis caderas se movieron hacia él y Peeta se tensó bajo mi cuerpo soltando un jadeo, las manos se deslizaron hasta tomarme de la cintura.

-¿Katniss?- preguntó asustado. Avergonzada me alejé de él e intenté bajarme de la cama, pero él me agarró fuerte y se colocó sobre mí- espera…- suplicó con los ojos llenos de terror- no, no te vas. Quédate aquí.

No pude decirle que no. Me abrazó por detrás acomodándome en su cuerpo, respiró en mi nuca y comenzó a hablarme a cerca de las cocinas, me explicó que allí pasaba la mayor parte del tiempo porque era lo que más recordaba hacer antes de su secuestro, pintar todavía le ocasionaba crisis, aunque no explicó porqué. Sus palabras eran roncas, su labios rozaban mi hombro y mi nuca a medidas que hablaba, me erizaba la piel las discretas caricias de sus dedos en los míos. Mientras me quedaba dormida sentí el fuego en mi vientre crecer y un sueño vergonzoso se empezó a elaborar en mis pensamientos.

Peeta.

Él corazón me latía desenfrenado. Tenía a Katniss durmiendo en mis brazos cuando desperté de un corto letargo. Tenía el cuerpo que anhelaba desde que empecé a reconocer el placer justo bajo el mío. Suspiré aliviado de tenerla conmigo.

Sin embargo, un pequeño sonido inquieto llamó mi atención y mis ojos la miraron. Los labios de Katniss estaban entreabiertos y suspiraba entre sueños con pequeños ronroneos. Todo parecía normal hasta que sentí que presionaba contra mí. Sus nalgas estaban frotándose contra mis caderas y sin advertirme antes, mi polla comenzó a reaccionar a su movimiento.

Katniss estaba gimiendo muy bajito y frotándose contra mí, moviendo sus caderas en el sueño que estaba teniendo y yo quise agarrarla de la cintura y pegarla aún más a mi pelvis dura y caliente. Pero ella estaba dormida y debía estar soñando algo muy bueno.

-Peeta…- susurró y me asusté sintiéndome descubierto, pero ella seguía dormida y frotándose contra mí. El placer que me dio saber que soñaba conmigo hizo que casi me sacara el miembro ahí mismo y lo frotara contra su piel.

Me alejé de ella sabiendo que sí no lo hacía no podría responder por mis actos y me metí al baño con el pantalón como una tienda de acampar y el corazón desenfrenado.

Haciendo acopio de mis instintos le eché un vistazo a la mujer en mi cama, ella seguía dormida. Me metí en la ducha sin ropa y me agarré la cabeza de la polla deslizando las manos hacia abajo, aguantando un gruñido ante el placer de masturbarme tan cerca de la chica que tenía en la cabeza.

Katniss.

Me desperté con la cabeza dándome vueltas, casi había llegado al punto donde todo el cuerpo me temblaba. Tenía la respiración agitada, sentía una humedad pegajosa entre las piernas y la frente sudorosa. Mis ojos se enfocaron y recordé que me hallaba en el cuarto de Peeta, pero él no estaba a mí lado, no estaba dormido.

Me levanté de la cama todavía desorientada y con urgencia de ir al baño, sentía un picor muy fuerte en el vientre y necesitaba orinar para disminuir la sensación. Pero un ruido proveniente del baño me hizo agudizar mis oídos. Era Peeta y pareció un quejido. El estómago me dio un vuelvo y caminé pensando que algo malo le había ocurrido algo, pero el gruñido volvió y yo asomé mi cabeza por la puerta intentando no asustarlo si es que estaba herido.

Pero Peeta estaba dándome la espalda dentro de la ducha, estaba completamente desnudo, su brazo derecho hacía un movimiento regular de arriba hacia abajo mientras el izquierdo de apoyaba en la pared.

-Ah- gruñó él y mis piernas me temblaron. Mi mano temblorosa cubrió mis labios para no proferir un gemido de sorpresa y de calentura- maldita sea, Katniss- susurró él aumentando la velocidad de su mano. La vista se me nubló ante la mención de mi nombre y esta vez mi mano bajo a mí calidez cuando sentí un fuerte pálpito en mis labios inferiores. Presioné por encima de la ropa viéndolo agitarse al ritmo de su propia mano y yo froté moviendo mis caderas en un delirio decadente hasta que él exclamó fuerte y un viscoso líquido blanco manchó la pared de la ducha mientras él agitaba sus caderas un poco.

Tardé unos segundos en enfocar mis ojos antes de retroceder, a sabiendas de que no tardaría en volver. Me metí en ésta mucho antes que él y sintiendo aún el calor entre mi piernas cerré los ojos pensando en lo que le había visto hacer.

La puerta del baño se abrió pero él no se movió. Sentía sus ojos clavados en mi espalda, dio pasos lentos hasta llegar a la cama y se acostó a mí lado pero no se acercó. Sentí su olor a avena y a gel de baño, olía limpio y yo debía apestar. Me encogí intentando que no sintiera mi olor pero estaba muy seguramente ensuciando las sábanas. Me quedé tensa mucho tiempo hasta que escuché un ligero ronquido. Giré mi cabeza y me sonrojé al verlo, estaba profundamente dormido, una mano en su vientre y la otra tapando su rostro. Miré su ropa de dormir, limpia como él y me sentí asqueada de mí misma, no sabía hacía cuanto no cambiaba mi ropa.

Muy rápido salí de la cama, giré el cerrojo sin hacer ni un ruido y corrí por el pasillo en silencio hacia mí cuarto. Cuando llegué allí habían pasado sólo cinco minutos después de la ocho. Peeta y yo habíamos estado juntos desde el almuerzo. Minutos después la enfermera entró y cerró la puerta desde adentro, prometiéndome que pronto ya no tendría que hacerlo de acuerdo con mi comportamiento y recordándome que tenía que cumplir una cita con el doctor Aurelius la mañana siguiente.

Permanecí en el jardín artificial durante la mayor parte del día. La visita al doctor no había sido más que un inoportuno cuestionario que no respondí como usualmente sucedía y después me sentí profundamente amargada al saber que no conseguiría por lo pronto marcharme de éste lugar si no lograba convencerlo de mí salud mental. Pero, yo tampoco lo estaba, pese a que largarme de aquí era lo que más quería.

El jardín era un refugio y un escondite. No quería ver a Peeta, los recuerdos de la noche anterior encendían mis mejillas de vergüenza. Por varios segundos sentí que me cuerpo no me obedecía y me reducía a un manojo de impulsos sexuales que nunca antes había sentido. Había estado a punto de sucumbir ante el instinto de acercarme y averiguar hasta donde podríamos llegar, pero me contuve a tiempo. Aún así temía que la próxima vez mi cuerpo se impusiera, apagando la débil voz en mi cabeza.

No podía dejar que ocurriera y fue un alivio que ayer lograra contenerme. Cuando estuve en mi habitación fue aún más evidente las condiciones en las que me encontraba. Sucia, escuálida, descuidada y horrible. No quería que Peeta me viera de esa forma, mi cuerpo me avergonzaba más de lo que me gustaría admitir. Las heridas de la guerra maltrataban mi piel, la hacían ver demacrada. Increíblemente las heridas lucían bien en él, parecía tan masculino. Quizá eran mis hormonas acumuladas de una adolescencia frustrada y ahora estaban fuera de control.

Me levanté dispuesta a dirigirme al comedor. Mi estómago vibraba de hambre, aún no era hora de cenar pero me había saltado el almuerzo, la cabeza me dolía y empezaba a marearme. Por suerte no había fila porque no era una hora apropiada para comer, pero tuve que esperar hasta que una mujer saliera de la cocina y me viera. Fue amable pero me advirtió que de haber sido alguien más habría tenido que esperar hasta la cena.

Comí en silencio el caldo de patatas (que ya no tenía patatas) y dos cucharadas de arroz. Me dirigía a las escaleras cuando sentí un fuerte apretón en mi brazo izquierdo y fui empujada duramente contra una pared. Mis ojos se encontraron con unos azules, llenos de furia, su pupila estaba más grande de lo que debería.

-Katniss- gruñó- ¿Por qué te marchaste? ¿Por qué no me despertaste?

Un nudo cerró mi garganta de miedo y de pena, mis brazos se encogieron, todo mi cuerpo lo hizo, no quería que me oliera, que me tocará. Él me sacudió más fuerte exigiendo una respuesta pero mi garganta sólo profirió un jadeo e intenté soltarme, me revolvía queriendo huir pero no lo conseguía.

-¡Ya basta!- exclamó en voz baja- no vas a conseguirlo, te he estado esperando aquí todo el día.

Lo miré sorprendida y el corazón me empezó a latir muy rápido. De repente, me sentí furiosa, con una rabia tal que no quería que me tocará. Con más fuerza de lo normal luché contra su agarre, gruñendo con rabia y él me sujetaba más, intenté golpearlo pero me mantenía estrechada entre su cuerpo y la pared, traté de morderlo pero me lo impidió con uno de sus antebrazos. Cansada, mareada y rendida, miré hacia otro lado con la respiración agitada, quizá sí alguna enfermera me veía podría librarme de su agarre.

-Katniss- volvió a mascullar. Me agarró la quijada obligándome a mirarlo, no había notado mis ojos húmedos hasta que me fue difícil enfocar su rostro. El ceño fruncido y su expresión se suavizaron tan sólo una milésima de segundo, pero el enojo no lo apaciguó- di algo, Katniss.

Mi cuerpo temblaba de miedo y de rabia. Intenté forcejear de nuevo pero mis brazos estaban lastimados. Sus manos grandes apaciguaron la fuerza con mi quejido.

-Sólo dímelo… ¿por qué me buscas y luego me dejas? ¿Acaso te gusta jugar conmigo?- la rabia dibujaba cada una de sus facciones- es eso ¿verdad? Siempre te ha gustado manipularme, mantenerme a tu merced. No eres más que una… una…- su mandíbula se apretó y yo fruncí el ceño. No había pensado en lo que él sentiría al irme sin si quiera despertarlo, pero la manera en la que estaba hablándome tampoco me gustaba en lo más mínimo. De nuevo desvié los ojos y esta vez él me soltó- márchate- ordenó, mantenía los puños apretados y la mandíbula tensa. Tampoco me miraba y parecía hacer un gran esfuerzo para no golpearme- vete, Katniss y no me busques de nuevo para controlarme.

La cabeza me dio vueltas. No era eso lo que pretendía, no quería alejarme de él, Peeta era lo único que me ataba a la realidad. Sentí la sangre abandonar mi rostro y me apoyé en la pared. Los ojos azules regresaron a mí, un brazo sostuvo mi cintura antes de que mis piernas entumecidas me fallaran. Estaba sucia y no quería que me tocara. Debía oler mal y no quería que me abrazara. Mi boca debía apestar y no quería que me besara. Un escalofrío me recorrió, con horror admití que quería aunque fuera sólo un beso para recordar el abrasador calor que me consumía cuando sus labios me tocaban. Pero estaba sucia, tan sucia…

Mis labios balbucearon y mi voz tembló, esa fue la única palabra que pude pronunciar antes de volver al estado de estupor y mudez en el que me sentía segura.

-Sucia- susurró él. Cerré los ojos, la sangre había vuelto a mí y se agolpaba en mis mejillas. Peeta se acercó más y yo me hice casi un ovillo, se pegó a mí y murmuró- no me importa que estés sucia.

Pero a mí sí me importaba aunque no hiciera nada por cambiarlo. Me importaba porque él se veía muy limpio y yo no quería arruinar su imagen inmaculada con todas las porquerías que traía conmigo. Me tomó de nuevo del brazo, ésta vez sin utilizar mucha fuerza y comenzó a subir los escalones para llegar a nuestro piso. No dije nada, dejándome guiar por él, me llevó a su cuarto y no al mío. Sin decir nada entramos juntos al baño y encendió la pluma dejando que la bañera se llenará de agua cálida y espuma. Me sentó en el amplio lavamanos y me abrió la boca para lavarme con su propio cepillo de dientes. Escupí y me dio agua para enjuagarme. Me maravillé al sentir mí aliento fresco como hacía tiempo no lo tenía.

Ante de que pudiera protestar me quitó la ropa dejándome en bragas y sostén. El corazón me latió violento y aunque él parecía sonrojado, me ayudó a entrar en la bañera y me lavó el cabello grasoso con gel de baño. Me dejó lavarme yo misma mis intimidades dándose la vuelta para buscar un albornoz. Giró su cabeza para que yo pudiera meterme en la esponjosa prenda, parecía igual de avergonzado que yo, pero me abrazó cuando estuve dentro y ató las cuerdas para que no se cayera. Tiró mi ropa por un ducto y sacó una camisa de él, no era un uniforme sino ropa para dormir, grande ancha y blanca. La dejó sobre la cama y con un peine desenredó mi cabello pacientemente, acariciándolo y no tirando de él. Mis mejillas estaban arrebolados ante la intimidad de sus actos.

-¿Te molesta que lo trence?- negué con la cabeza. Por supuesto que no me molestaba, pero tal vez ante el respecto desaliñado con el que había mantenido mi cabello había creído que ya no me gustaban las trenzas. Sus dedos siguieron acariciando las hebras desenredadas, sentía un dulce mareo adormecedor al son de sus roces. No me di cuenta en qué momento se deshizo del albornoz y me vistió con su camisa. Cuando lo noté el corazón me dio un vuelco de pensar que me hubiese visto desnuda.

-Ya no tienes ninguna excusa para marcharte.

Lo miré con sorpresa. Sus mejillas estaban sonrojadas, pero sus ojos mantenían su expresión seria en la mirada, asentí dándole la razón, tampoco quería irme y ahora no me avergonzaba mi estado físico. Él se levantó de la cama y dejó la toalla con que me había secado en el baño, me acomodé mejor en la cama recostándome para dejarle espacio cuando lo vi acercarse. Sin embargo, no esperaba que su cuerpo se acercara peligrosamente al mío, ni que sus labios aterrizaran en mi boca y sus manos sujetarán mi cabeza con tanta fuerza. Mi corazón dio un vuelco, su boca me acariciaba lentamente arrebatándome el aliento, su lengua me acarició el labio inferior dejándome y jadeé ante el suave y húmedo cosquilleo, se abrió paso al interior de mí boca y su nueva forma de besarme envió un escalofrío por todo mi cuerpo, su lengua encontró la mía y la delineó lentamente apretándome más a su cuerpo, acomodándome sobre él, mis piernas los rodearon inevitablemente y gemí ante el roce de su pelvis contra mis labios inferiores.

Lentamente me convertí en una criatura desconocida. Jadeé mareada de placer, mi vulva estaba desnuda a falta de bragas, el roce contra el bulto de su ingle me dio vueltas en la cabeza, mis pezones duros se frotaban contra su pecho. Su boca abandonó la mía y me miró con los ojos casi negros, jamás me había mirado de ésta forma, la humedad se acumuló en mi centro al oírlo jadear y sentir su pulso latir fuertemente en su cuello. Vacilante, agarré un de las manos que sujetaban ahora mi cintura y la guíe debajo de la camiseta hasta llegar a uno de mis adoloridos pechos. Peeta gimió y lo apretó recibiendo un sollozo de placer de mis labios. La otra mano recorrió un camino delirante por mi espalda, levantando a su paso mi camiseta, enviando corrientes de electricidad por mí columna hasta llegar a mí nuca, mis brazos se levantaron y el gruñó mirando mi torso desnudo, me apreté aún más a su cuerpo, pero mis manos también se filtraron temblorosas por debajo de su pijama, acariciándole el abdomen lentamente, subiendo hasta su corazón y bajando nuevamente hasta quitarle la estorbosa vestimenta, mis caderas desobedecieron los últimos vestigios de descendía que tenía al moverse sin mí voluntad contra las suyas, rozándome deliciosamente contra él, le acaricié el cabello con su cara entre mis pechos, sus labios besando el camino entre éstos hasta llegar a una de sus cumbres.

Mi gemido resonó en la estancia con su lengua masajeando las protuberancias de mí cuerpo. Bajé la vista a su pantalón, la punta de su pene sobresalía del elástico, la frente de Peeta estaba perlada del sudor y sus manos me apretaron aún más, exigiendo el calor húmedo entre mis piernas. Sin pensarlo bajé mis dedos acariciando su pecho y su abdomen de nuevo, le besé en la boca recibiendo con gusto su gemido al llegar a la cabeza enrojecida goteando un líquido desconocido. El miembro se sacudió con mi toque y terminé de quitarle la prenda tirándola en algún lugar de la cama.

Peeta me tomó de la cintura y me pegó a su dureza, mis labios inferiores rozándose deliciosamente contra el caliente falo, el mundo dio vueltas y ambos gemimos maravillados. Mis piernas se apretaron más a sus caderas y las mías incrementaron el movimiento circular que masajeaba el botón de placer entre mis piernas. Las expresiones de Peeta estaban logrando enloquecerme, su ceño fruncido y sus labios entreabiertos jadeando mi nombre y elevando sus caderas a mí encuentro me sumergían en la más densa lujuria, le devolvía los jadeos sobre sus labios, acariciándolos con mi lengua, restregándome contra él. Mis manos curiosas bajaron para tocar su miembro, apretándolo más contra mí y él llevó sus manos que habían estado apretando mi trasero más abajo hasta encontrar mi entrada y la delineó con sus dedos, presionando suavemente a medida que mis gemidos lo aprobaban.

De repente, todo fue una vorágine de placer. Mis caderas se balanceaban en embestidas rápidas y torpes, la garganta me ardía del uso que le había dado hoy compensando los últimos meses sin proferir una palabra. Peeta enterró su rostro sonrosado en mi cuello gruñendo y jadeando sin contenerse, su miembro se agitaba contra mi vagina y mi vientre. Me agarró con una mano la cara sin dejar de tocarme mi húmedo coño con la otra, obligándome a mirarlo. Pude ver el cambio de luz en sus ojos, su expresión contorsionándose y sentí el placer estallar con las paredes de mí vagina apretando su dedo, derramándose en sus piernas. Gemí y balbuceé frotándome duro contra su cuerpo y él se dejó ir también con un sollozo, agarrándome fuerte una de mis nalgas, manteniéndome pegada a su cuerpo. El líquido blanco que había visto la noche anterior se derramó entre ambos vientres. Peeta dejó caer su cabeza en mi pecho dando pequeñas sacudidas a sus caderas, acompañado de pequeños y cortos gemidos que adornaban el final del fogoso placer.

Ambos nos dejamos caer sobre la cama. Él mantenía una de mis piernas sujetas con su mano rodeándose con ella el abdomen. Acaricié el líquido que nos había dejado en ambos y lo olí antes de lamerlo. Peeta me agarró la barbilla y me besó lentamente, acariciándome de nuevo con su lengua suave y cálida, enviando un nuevo escalofrío por mí cuerpo. Mis pensamientos se quedaron apagados mientras me acomodaba en su cuerpo con sus dedos recorriendo mi espalda sudorosa. Con la mente aún embotada cerré los ojos dejándome vencer por el cansancio.

Peeta.

Me desperté con el cuerpo tenso tras una pesadilla macabra. Las imágenes de Katniss siendo mi verdugo junto con las de ella misma asesinada por mis propias manos aún taladraban mi cabeza y mi corazón latía frenético, por varios segundos no pude diferenciar el sueño de la realidad y temía girar mi rostro y encontrar a Katniss muerta a mí lado. Mis ojos se enfocaron a la oscuridad lentamente, el nudo en mi garganta empezó a deshacerse y los recuerdos de la noche anterior terminaron de despertarme. Giré mi rostro esperando verla dormida a mí lado, pero el estómago me dio un vuelco al ver el espacio vacío en vez de su cuerpo.

-¡No!- Las náuseas me invadieron, me senté en la cama temblando, sintiendo el pecho hundirse en un doloroso vacío, me había abandonado como a un perro sarnoso, no era posible que me dejara de nuevo. Enterré mis manos en mi cabello con la furia recorriendo mi cuerpo entero despertando deseos de golpearla y amarrarla a mí cama para que nunca pudiera alejarse de mí.

Me levanté con un gruñido fuerte poniéndome el pantalón que ella me había quitado. Era una maldita desgraciada, no podía pensar en más que estrangularla con mis manos, no la dejaría escapar como antes, está vez lo pagaría. Caminé rápido haciala puerta dispuesto a buscarla cuando un ruido en mi espalda me detuvo.

Giré mi rostro y la vi mirarme asustada desde la puerta del baño. El corazón se me agitó al verla usar sólo mi camiseta, podía ver sus senos desnudos transparentarse un poco. Estaba estática en el rellano, mirándome como si hubiese visto un fantasma, el estómago se me revolvió. Llegué a ella con pasos fuertes y le agarré del antebrazo, casi quería estrellarla contra una pared hasta dejarla sin razón, pero su rostro temeroso me detuvo, nunca antes me pareció tan vulnerable. La rabia que sentía se apaciguó poco a poco y fui consciente de lo que había estado a punto de hacer al permitir que la ira me dominara, los recuerdos implantados en mi cabeza estuvieron muy cerca de lastimarla de nuevo.

Temblando la estreché entre mis brazos.

-No salgas de la cama mientras duermo- susurré- me hace… pensar lo peor.

Ella me miró con el rostro despojado de toda emoción, por varios segundos sentí que el pecho se me helaba bajo su escrutinio, pero pronto ella –aunque sin cambiar el semblante- subió la mano para acariciarme la cara.

Katniss.

Peeta apoyó su frente en la mía deslizando su brazo por mi espalda. Su actitud voluble me crispaba los nervios y me entristecía enormemente. Sentía remordimiento por su dolor y el daño que le habían causado. Intentaba que mi miedo no fuera evidente, pero estaba clavada sobre el piso. Él había tenido esa expresión durante varios segundos mientras me miraba, aquella que tuvo cuando me ahorcó hasta dejarme sin sentido, la que tenía cuando su cerebro era secuestrado por recuerdos falsos. Creí que iba a golpearme, no tenía oportunidad de enfrentarlo si lo hacia, aunque estaba mucho más delgado que antes mi fuerza nunca sería comparable con la suya.

La puerta se abrió de repente y un escuadrón de enfermeros atravesó la estancia.

-¡Katniss!- la mujer cincuentona me miró enojada- ¡He estado buscándote por todo el edificio desde hace más de dos horas!- exclamó angustiada- vamos, ya deberías estar en tu cama- me sujetó del brazo, pero tanto Peeta como yo me alejaron de su agarre, no quería marcharme.

-Katniss… no lo hagas más difícil.

El corazón me latió de prisa. La mujer no estaba sola, varios hombres y mujeres la acompañaban. Egoístamente intenté cubrirme con el cuerpo se Peeta, quien, para mi alivio, me mantuvo sujeta dentro.

-Chicos, por favor… adelante.

El abrazo de Peeta se incrementó y sentí su forcejeo, fracasó cuando dos hombres le agarraron de los brazos, él seguía siendo corpulento, pero no podría luchar contra la fuerza de hombres completamente sanos, traté de agarrarme a él de su torso, pero fui arrancada por dos enfermeras.

-¡No!- miré a Peeta deshacerse con esfuerzo de uno de ellos y golpear al otro para alcanzarme, llegó a sujetarme de la cintura y yo de su cuello, peleando contra las manos de las enfermeras.-¡Katniss, no te vayas!- me rogó desesperado- ¡No te vayas! ¡No te marches!

Negué fuerte con la cabeza intentando sujetarme de él, pateando y alejando a quien se me acercara, pero la enfermera que llevaba mi caso nos clavo a ambos una jeringuilla, grité de dolor y me aferré más a él.

-Suéltala- gruñó Peeta, siendo nuevamente agarrado por los enfermeros. Mi vista se nubló, pero mi mano aún sujetaba la de él- Katniss…

Desperté en la mitad de la noche, mi cuerpo envuelto en una delgada capa de sudor, estaba arropada y vestida con la camisa de Peeta y un pantalón de chándal. En el momento en que habían llegado por mí ni siquiera me detuve a pensar en que no vestía nada más que la camisa de Peeta y uno de sus bóxer puestos. La depresión me golpeó fuertemente al verme sola y con la imagen de su rostro descompuesto como último recuerdo. Sabía que ahora que lo había tenido tan cerca, las pesadillas volverían a acosarme. Era aún de noche cuando me desperté y no volví a pegar los ojos el resto del tiempo que esperé por ver el sol salir. Me dolía todo el cuerpo y no podía ni siquiera en pensar en moverme.

La puerta se abrió después de tres toques, la mujer a la que había odiado durante horas eternas de insomnio apareció con el rostro envejecido, casi como si se sintiera culpable. Me dio mis medicamentos y limpió una herida que me había hecho la noche anterior ante el arrebato.

-Sé que debes estar maldiciéndome… pero, Katniss… ¿cómo más te hago entender que mi deber es protegerte del peligro? Peeta Mellark aún es demasiado inestable…podría matarte en un minuto y sería mi culpa- negué con la cabeza, Peeta no iba a matarme- está bien que se vean en el jardín, en el comedor… pero no a solas, donde cualquier cosa podría pasar y no habría nadie que los ayudara ¿acaso no piensas en lo mal que él lo pasaría si llegara a ocurrirte algo por su culpa?

No le respondí y no me apetecía pensar en ello, porque sabía que nada iba a pasarme con él, y si me pasaba algo ¿qué más daba? De todas maneras él era lo único que me quedaba, y él también era al único a quien pretendía soportar.

-Bueno, al menos ponte feliz, ya no me verás más- hizo una pausa. Sin girarme a verla fruncí el ceño- Me han cambiado a otro distrito y una chica llegará a mí reemplazo. Tal vez ella sea más permisiva que yo, pero yo no me podía dar el lujo de que algo te ocurriera teniéndote en mi custodia- rió-Tengo todavía dos hijos que mantener, y tres nietos qué consentir.

La mujer se marchó después de unos minutos. No podía culparla del todo, realmente era su trabajo y tenía buenas razones para querer conservarlo. El resto de la mañana no pude moverme de la cama, siempre sucedía cuando usaban calmantes en mí, tal vez ya había tenido demasiados por una vida y me descompensaban completamente cada una de las veces que los aplicaban, o quizá los que usaban eran cada vez más fuertes.

La tarde ya estaba poniéndose cuando alguien más entró.

-Catnip…

.


Hola!

Cómo lo prometí, he traído el capítulo tan rápido como pude, solucionado el problema del internet aún queda uno por el cuál sí que debo pedirles disculpas: estoy actualizando desde mi celular con una aplicación de word porque mi computador no es más que una pequeña acumulación de virus y circuitos que no dan mucho abasto, y la razón por la cual me disculpo es porque para efectos del fic, como letras cursiva y negritas por alguna razón no toman ningún efecto cuando las llevó del word a la actualización en ff net, por lo tanto la historia se ve afectada en efectos dramáticos que puedo pasar por alto debido que no todo lo puedo corregir.

En fin esperó que les guste mucho, añadanla a favs y siganla si es así (he soñado cual youtuber)

Un beso grande y esperó leerlos en los comentarios!