MAR EN CALMA
III: LA TORMENTA
Mansión Solo, Grecia
Julián Solo sonrió levemente al recibir el mensaje de Sorrento. Ya tenía una pista. Tres probables familias. Pero sabía que tenía que ser la de Marsella. Kanon se lo había dicho: Céline Laurent vivía en Marsella. El lado no tan positivo era que no tenían la dirección. No importaba. El día siguiente, a primera hora, partiría a Marsella para encontrarse con su esposa. Sabía que solo tenía que seguirla con su cosmo, y la encontraría.
A pesar de que le habían repetido una y otra vez que ella era solo una niña, que su cuerpo y su complexión era el de una niña, no podía dejar de imaginarla como cuando la vio la última vez: una hermosa mujer a la que debió cuidar y mimar mucho más de lo que había hecho.
Le pidió a Isaac que preparara su jet para salir a Marsella a primera hora. Éste se había retirado a hacer sus preparativos. Mientras tanto, Julián se recargó en el balcón, y suspiró mirando al horizonte.
-Anfitrite…-
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Puerto de Marsella, Francia
-Poseidón…-
-¿Disculpa, ma chérie?-
Céline se volvió con un respingo hacia Eugéne. No era ningún secreto que ese hombre la pretendía, a pesar de su juventud y de que él le duplicaba la edad. Por eso François se tensaba cada vez que estaba cerca de él. De hecho, Eugéne fue una causa para que su hermano dudara en casarse con Fleur de Lys, pero su padre había insistido y lo había convencido.
-Nada, monsieur- dijo ella, sacudiéndose la cabeza y sonrojándose- apreciaría mucho que me llamara simplemente por mi nombre. El único que me llama como usted me ha llamado es mi hermano-
-Pronto vamos a ser familia, Céline- dijo Eugéne, tomándola de las manos. Céline las retiró tan pronto como pudo.
-Va a ser familia de mi hermano, monsieur- dijo Céline- difícilmente eso lo hace familiar mío-
Se volvió hacia su hermano, que estaba a unos pasos de ellos con Fleur de Lys, y le guiñó un ojo tan pronto como él captó su mirada. François se despidió de inmediato y se acercó a su hermana, interponiéndose entre ella y Eugéne.
-Es tarde, y Céline espera a su tutor de griego mañana temprano- dijo François- fue un placer verte el día de hoy, mon amour. Te dejo bien acompañada con tu primo. ¿Céline?- añadió, ofreciéndole su brazo, el cual su hermana tomó de inmediato.
Antes de que Fleur de Lys o Eugéne pudieran contestar, los dos hermanos se alejaron. Eugéne se volvió a mirar a Fleur de Lys con una expresión decepcionada, y ambos comenzaron a caminar en dirección contraria a los hermanos.
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Templo de Géminis
Kanon y Satu lograron evadir las preguntas de todos durante todo el día, y se refugiaron en la habitación del primero tan pronto como pudieron. Habían ido al médico, un amigo de Oskar, quien les indicó que Satu tenía ya doce semanas, que todo estaba bien, y que su hijo nacería entre finales de noviembre y principios de diciembre. Lo que significaba que seguramente Aioros sería su maestro. No pudieron saber el sexo del bebé, por más que intentaron, no se dejó ver. Kanon estuvo nervioso y serio todo el tiempo, excepto cuando la imagen de la criatura salió en la pantalla: Satu pudo ver una amplia sonrisa formándose en los labios del gemelo.
Satu se sentó sobre la cama y comenzó a trenzarse el cabello, mientras que Kanon se dejó caer junto a ella. No duró mucho así, pues el gemelo se levantó y comenzó a ayudarla a trenzarse.
-Puedo hacerlo yo misma- dijo Satu, volviéndose hacia él y besando su mejilla.
-Lo sé- dijo Kanon, besando cariñosamente su nuca mientras sus dedos trenzaban los cabellos rubios de Satu- pero también sé que puedes dejarme mimarte un rato…-
Satu asintió, y esperó pacientemente mientras que Kanon trenzaba sus cabellos y besaba su cuello y su espalda con una inesperada dulzura. Bueno, inesperada para todos los demás. Para Satu, el gemelo menor, su gemelo, siempre había sido dulce con ella. Una vez que terminó, Kanon bajó las manos al abdomen de su chica, acariciándolo con cariño.
-Te amo, Satu- dijo Kanon, susurrando a su oído.
-Y yo a ti, mi gemelo- dijo Satu, volviéndose hacia él, buscando sus labios- Kanon-
Pronunciado con la voz de su chica, Kanon adoraba escuchar su nombre.
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Cueva al este de Moloka'i, Hawaii
En ese momento era de mañana en Hawaii, y Leilani ya se había levantado varias horas antes del alba, y salió de la cueva rumbo a la playa a pescar. Pensó que si podía pescar un poco más de lo que necesitaba para comer, podría quizá venderlo y comprar un poco de pan y otras cosas que necesitara. Sonrió al ver el resultado. Si bien el esposo de su madre había querido hijos varones para ayudar a la pesca, lo cierto es que ella pescaba mucho mejor que cualquiera de los hijos de mister Kalani. Tomó una de sus escasas posesiones, su tabla y sus redes y regresó de la playa al pueblo, con su pesca en las manos y las redes al hombro, se encontró a una anciana en el camino.
-Niña, ¿qué haces aquí tú sola?- dijo la mujer, al parecer sorprendida de ver a una chica cargando una canasta llena de pescados, redes y una tabla- no te había visto antes por aquí. ¿Dónde están tus padres?-
-Soy huérfana, señora- dijo la chica sin hacer ninguna expresión- vine aquí porque en mi pueblo ya no hay nada para mí-
La anciana evaluó a la chica con la mirada.
-No pareces de por aquí, niña- dijo la anciana, pensativa, para después mirarla con atención- pero tienes cierto aire de…- se interrumpió, y caminó alrededor de ella- no, no te puedo dejar sola a la merced del feo clima y de los turistas. No, vendrás a vivir conmigo, pequeña. Si todos los días me traes al menos un pescado para comer, te daré alojamiento en mi casa. Incluso te daré algunos vestidos que confecciono para vender. ¿Tenemos un trato?-
Leilani miró a la mujer, como valorando su oferta. La anciana era carismática y parecía tener buenas intenciones. Sonrió por fin.
-De acuerdo, señora- dijo Leilani- trato hecho-
-Me llamo Malia- dijo la mujer- ¿cómo te llamas tú?-
-Yo me llamo Leilani- dijo la chica, sonriendo amablemente a la mujer- no tengo apellido. No sé quien es mi padre-
-Leilani- dijo la anciana, sonriendo ampliamente al escuchar ese nombre- niña divina. Que apropiado-
Leilani alzó las cejas.
-No te preocupes, Leilani- dijo la anciana- vamos, dame tu brazo, e iremos a casa-
Leilani sonrió y obedeció a la anciana, acomodando los peces que había atrapado en una sola mano, para ofrecer la otra a la señora Malia. Ésta sonrió bondadosamente y, al sonreír, sus ojos brillaron de una manera especial, que la chica no notó.
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Marsella, Francia
Cuando François y Céline regresaron a casa, el chico cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, dejando escapar un suspiro. La niña se acercó a él y lo miró con curiosidad.
-¿François?- dijo Céline, alarmada pero en voz baja- ¿qué sucede?-
-Hay algo muy grave que tengo que discutir con nuestro padre, Céline- dijo el chico- pero creo que primero debo decírtelo. Fleur de Lys me dijo que Eugéne Fontaine desea pedirle a nuestro padre tu mano-
Céline se llevó las manos a la boca, sorprendida de lo que dijo.
-No puede, François, sabes que no puede- dijo Céline, sacudiendo la cabeza tan pronto como salió de su sorpresa- ¡él es mucho mayor que yo! Y además, yo ya estoy casada, hermano, ¿recuerdas?-
Y, mientras decía eso, le mostró su dedo corazón izquierdo, donde tenía la marca de un anillo invisible, como si tuviera la cicatriz de una antigua quemadura.
-Recuerda que Poseidón te rechazó…- comenzó François.
-No, no fue así, uno de los generales de Poseidón me rechazó- dijo ella- ¿quién dice que no vendrá a buscarme? Poseidón se va a enfurecer si se da cuenta de que nuestro padre está…-
-Te rechazó y punto, Céline- la interrumpió François en un tono final- pero estoy de acuerdo. Ese Eugéne no me da buena espina-
Céline bajó la mirada. No sabía porqué François estaba tan celoso de ese chico, pero su hermano lo había conocido más tiempo que ella, y podía saber algo que ella ignoraba. Además, podía ser una niña, pero había sido una diosa, y una diosa casada. Se imaginaba cuales eran las intenciones de ese hombre solo con ver la expresión furiosa de su hermano. Se abrazó, un poco preocupada por la situación. François se dio cuenta y la abrazó también.
-Cualquier hombre que tenga malas intenciones tendrá que pasar por mi cadáver antes de ponerte las manos encima, ma petite soeur- declaró François. Le dio un beso en la frente, y cada uno se apresuró a sus habitaciones a intentar descansar. Céline, por su parte, ya tenía una idea de que podía hacer al respecto.
La chica volvió a tocarse distraídamente el cuello. Ahí estaba nuevamente la cicatriz. No recordaba una operación cuando era pequeña. Pero recordaba una herida igual a esa, que había tenido que ver con Poseidón, en otro tiempo, o en otra vida. Sacudió la cabeza. Ya lo recordaría.
-¿François?- dijo Céline al ver a su hermano caminar a su habitación- ¿podemos ir mañana a la bahía?-
-Cuando termines tus clases con tu maestro de griego, yo mismo te acompañaré- dijo su hermano. Céline lo abrazó con cariño y, tras desearle buenas noches, se apresuró a su cuarto.
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Edificio de departamentos, Atenas
Sofi se dejó caer en el sillón, exasperada, con un durazno en sus manos temblorosas. Desde que Cathy se había mudado a su departamento, en vez de Casandra, para vivir con ella, parecía que Milo también se había mudado ahí también. No le molestaba su presencia, pero sí la irritaba que invadiera la cocina. Lo que es más, todas sus manzanas, las colaciones de Sofía para las bajas, se las había comido Milo. Incluso se había comido sus manzanas deshidratadas. Sofi se sentó pesadamente en una silla tras tomar el durazno, los cuales Milo había dejado tranquilos porque no le gustaban, y darle una mordida.
-Ese Milo, ya me las pagará- dijo Sofía, una vez que tragó el bocado de la fruta.
-Lo lamento mucho, Sofi, en serio- dijo Cathy, avergonzada de lo que había pasado- no me di cuenta. Seguro Milo creyó que no había problema. Prometo que no volverá a pasar-
Sofi sonrió mientras comía aprensivamente la fruta. Cathy fue al refrigerador y tomó otro durazno para acercársela a la chica.
-Gracias- dijo Sofi, dejando a un lado el hueso del primer durazno y pasando al segundo.
-Debe ser horrible eso- dijo Cathy, y Sofi alzó las cejas sin entender- tener diabetes, quiero decir-
-Lo es, un poco- dijo Sofi, sonriendo levemente- aunque prefiero mil veces este destino, que el de tu amiga Elizabeth. Aunque Aioros dijo que en el Inframundo no tiene ningún problema-
Cahty también sonrió.
-Esto no es tan terrible, Cathy, en serio- dijo Sofi- al menos puedo hacer mi vida normal. Y es difícil que la gente se de cuenta de que tengo diabetes-
Cathy iba a decir algo, pero llamaron a la puerta. Era Aioros.
-Buenos días, chicas- dijo el santo de Sagitario con una amplia sonrisa- se solicita su presencia en el Santuario-
Las dos lo miraron, extrañadas del tono tan calmado que usaba Aioros.
-¿Qué sucedió ahora?- dijo Sofi, un poco alarmada por lo que dijo su chico- ¿un nuevo enemigo?-
Aioros se echó a reír.
-Para nada- dijo Aioros, ofreciendo la mano a su chica- por alguna razón, el maestro Shion quiso hablar con todos los santos del Santuario. Y todas las chicas- guiñó un ojo- creo que nos quiere dar "la charla"-
Cathy y Sofi se miraron entre ellas, y se echaron a reír.
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Marsella, Francia
Tras un par de horas de vuelo entre Grecia y Francia, Julián Solo e Isaac llegaron a Marsella. La belleza de la ciudad los impresionó, y Julián entendió inmediatamente porqué la había escogido Anfitrite para su reencarnación en esa ocasión. Tan pronto como pisaron tierra, Julián Solo había cerrado los ojos y buscado con su cosmo el de su nereida. No lo sintió cerca. Decepcionado, hizo una señal a Isaac, y ambos se adentraron en la ciudad.
-¿Conoces esta ciudad, Isaac?- preguntó Julián.
-Una vez vinimos Hyoga y yo con Camus de vacaciones- dijo Isaac en voz baja, recordando viejos tiempos- hace muchísimos años, cuando éramos niños. Creo que por allá está la bahía. Si mal no recuerdo, hay una antigua prisión en una isla en la bahía-
-Vamos- dijo Julián, cruzándose de brazos- seguramente Anfitrite querrá estar cerca del mar-
Isaac asintió, y le mostró el camino. Julián lo siguió de prisa. Su corazón latía con fuerza. Pronto iba a encontrar a su esposa.
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Bahía de Marsella
Céline salió a caminar junto a la bahía, junto con François. Quería hablar con él sobre el asunto de la noche anterior. No sabía que le había dicho su padre a su hermano mayor. Ambos miraron la bahía.
-Diez euros a que te gano de nuevo, François- dijo Céline, olvidando un poco su preocupación y sonriendo emocionada ante la sensación de la brisa salada en su rostro.
-No creo que debamos nadar hoy al Chateau d'If, Céline- dijo su hermano- hay muchos turistas, los ferrys están llenos, nos meteremos en problemas…-
Céline se encogió de hombros, resingada. Ambos decidieron tomar un Ferry hacia la isla de la bahía sobre la cual descansaba el antiguo castillo, ahora convertido en museo. Mientras iban subiendo, la chica se volvió hacia François y lo tomó del brazo.
-¿Le contaste a nuestro padre lo que te dijo Fleur de Lys?- preguntó Céline, y su hermano asintió- ¿y qué dijo?-
François bajó la mirada, y Céline tuvo un mal presentimiento.
-¿François?- dijo Céline.
-Nuestro padre dijo que…- comenzó el chico- no cree que tu estatus con Poseidón… sea necesariamente un impedimento si es que Eugéne llega a pedir tu mano-
-¿Qué dices?- dijo Céline- nuestro padre no puede estar hablando en serio. Tú viste como me mira, François. Sé que en este momento estoy en el cuerpo de una niña, pero sé muchas cosas sobre…- se interrumpió, y sacudió la cabeza- sabes lo que quiere. Es asqueroso…-
François asintió, preocupado, y miró hacia la costa de Marsella mientras cruzaban la bahía hacia el castillo de If. Suspiró. Sabía que su padre estaba muy equivocado. Lo que era Céline, la esposa de Poseidón, no podía borrarse. Y él conocía a Eugéne desde su infancia: no parecía tener intenciones honestas con su hermana. Tenía que protegerla. De Eugéne y también de Poseidón, al parecer.
Mientras tanto, Julián Solo iba caminando por la costa, y sintió el cosmo de Anfitrite en uno de los ferrys que iban en dirección a la isla que estaba en la bahía. El corazón del joven dios dio un vuelco de contento, y lo reconoció en seguida. Detuvo a Isaac y señaló el castillo.
-Tenemos que llegar a esa isla, Isaac- dijo Julián, su rostro mostrando una enorme sonrisa- ya la encontré…-
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Templo del Patriarca, Santuario de Athena
Con los santos dorados reunidos, así como los de bronce, Shion se cruzó de brazos para comenzar la reunión. Las chicas también estaban presentes. Satu estaba aferrada a Kanon, furiosamente ruborizada, pues ya sabía de que se trataba esa reunión. Casandra tomaba la mano de Saga, y ambos se dirigían sonrisas cómplices. Cathy y Sofi estaban cruzadas de brazos, con más curiosidad que otra cosa, pues no sabían que iba a pasar. Y Lydia, al ser aprendiz dorada, pero no ver a los otros aprendices, ni siquiera a Kiki, levantaba las cejas, confundida de haber sido llamada a esa extraña reunión.
Cuando supieron de que se trataba, toda la sala se sumió en un silencio incómodo. Los santos dorados que se encontraban solteros en esos momentos miraban a los no solteros con curiosidad, como si quisieran saber cual de ellos metió las patas. Mu miraba a su maestro con interés, mientras que a su lado Lydia jugaba con sus dedos, demasiado apenada como para levantar la mirada. Casandra y Saga lo miraban aburridos, ya habían escuchado ese discurso. Aioros y Sofi estaban apoyados uno en la espalda del otro, y tomados de las manos, pero ninguno levantó la vista para mirar al Patriarca. Milo estaba muy sonrojado, preguntándose si los demás lo estarían culpando a él.
Kanon intentaba verse lo menos culpable posible, pero no estaba haciendo un buen trabajo al respecto. Se limitó a guardar silencio, sin soltar la mano de Satu.
Una vez que el Patriarca estuvo satisfecho, los despidió y salió de la habitación. Una vez que se quedaron solos, Dohko se volvió a los otros.
-Ahora sí, confiesen- dijo el santo de Libra- ¿quién de ustedes, niños, metió las patas?-
Inconscientemente todos se volvieron a mirar a Milo. Éste sacudió la cabeza insistentemente.
-¿Qué me miran así?- dijo Milo, entre sorprendido y ofendido por el hecho de que los demás sospecharan de él- ¡yo no fui! Cathy y yo nos hemos portado muy bien…-
Los demás santos se encogieron de hombros y, aburridos por el discurlso, regresaron a sus templos. Cuando Kanon y Satu comenzaron a bajar hacia Géminis, miraron hacia el cielo. La mañana había sido hermosa y despejada, pero tan pronto como llegaron al tercer templo, el cielo se empezó a nublar.
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Castillo de If, Bahía de Marsella, Francia
Céline y François caminaron juntos entre las ruinas del castillo, para total deleite de la chica. El clima era inusualmente fresco y agradable para ser mediodía, y la brisa estaba de lo más agradable, como si el mar supiera que estaban ahí y quisiera complacerlos. François miró de reojo a su hermana y sonrió, preguntándose cuando faltaba para que Céline manifestara sus poderes. O para que Poseidón la encuentre. Hizo una mueca con el último pensamiento.
Ambos entraron al castillo y, entre los pasajes y corredores, llegaron a una de las celdas que estaban en exhibición. Ese era el lugar favorito de Céline.
-Se supone que en esta celda estuvo Edmund Dantés- le dijo Céline a François, tocando las paredes- de la novela Le Comte de Montecristo. ¿No lo has leído aún?-
Su hermano bufó, aburrido.
-Jamás, hermanita. Luego nos aburres con tu amor platónico, Alexandre Dumas- dijo François.
Céline se echó a reír. Era su libro favorito por mucho, y ahí estaba, en la celda de donde el prisionero Edmundo Dantés se escapó para convertirse en el conde de Montecristo.
-Es una obra de ficción, Céline- dijo su hermano con paciencia- creo que debes de dejar de creer en le comte de Montecristo así como dejaste de creer en Papá Noel. Ya no tienes cinco años, ¿sabes?-
Céline suspiró.
-Lo sé, François- dijo Céline con un tono resignado- aún así, sería maravilloso que fuera cierto, ¿no lo crees?-
Ambos hermanos subieron a la superficie, y a su alrededor. Aquel día parecía haber muchos turistas en la isla, pero a ellos no les importaba: ya conocían ese lugar de memoria. Había una pareja con su ruidoso hijo. Había dos hombres ricos y elegantes, de espaldas a ellos, que parecían estar buscando algo. Y de pronto, Céline lo vio. Otra vez Eugéne estaba ahí. ¡Ese hombre la acosaba! La chica tiró de la manga de la camisa a François y éste, al darse cuenta, tomó a su hermana de la mano y se apresuraron a subirse a uno de los ferrys que los llevara de regreso al viejo puerto de Marsella.
Una vez a bordo, Céline se acercó a estribor del ferry, y observó la isla que comenzaba a alejarse, sobre todo para cerciorarse de que Eugéne no los estuviera siguiendo. No había rastro del hombre, pero sus ojos se fijaron en uno de los dos hombres elegantemente vestidos que se habían quedado en el mirador del castillo. Ojos color aqua, y cabellos celestes, portando un traje elegante de color blanco. El hombre, por su parte, también pareció fijar su mirada en ella.
Céline nunca había tenido esa sensación. ¡Era hermosa! Eran como mariposas en su estómago, era como saborear un delicioso chocolate. No sabía como describirlo, pero estaba feliz, como si se estuviera perdiendo en los ojos de ese desconocido.
Por un momento, Céline estuvo a punto de saltar por la borda y regresar nadando a la isla, si su hermano no hubiera llegado tras ella y la tomara de los hombros para tranquilizarla. Eso rompió el trance en el que estaba. Pero supo que era lo que había pasado.
-Poseidon…- susurró Céline para sí misma, al ver al chico, y a la isla, alejándose cada vez más.
-No te preocupes, ese Eugéne no nos siguió- dijo François en un tono tranquilizador, abrazando a su hermana, sin escuchar lo que había dicho por el ruido del motor del ferry. No tenía idea de lo que acababa de pasar.
Tan pronto como el ferry llegó a tierra, el cielo se oscureció, y comenzó a caer una terrible tormenta.
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Castillo de If, Bahía de Marsella, Francia
Al mismo tiempo
Julián Solo la había visto. ¡La había encontrado! Esa chica, mirándolo desde la cubierta del ferry. ¡No le cabía la menor duda! Era su hermosa esposa. Ni siquiera la alcanzó a ver de cerca, o apropiadamente. La vio pequeña, con unos hermosos rizos castaños, y ojos color café. Ambos se miraron, hipnotizados, y el joven Poseidón tuvo que resistir el impulso de tirarse al mar para alcanzarla, y lo hubiera hecho, de no ser porque Isaac lo detuvo, poniéndole la mano en el hombro y sacándolo de su trance enamorado.
Y fue entonces cuando todo su mundo se desmoronó de pronto. Vio a un hombre mayor que ella tomándola de los brazos con ternura y abrazándola, haciéndola romper el contacto visual que habían compartido los dos. ¿Quién era ese hombre?¿Cómo se había atrevido a ponerle las manos encima? ¡Ella era su esposa!
Entonces, Julián sintió como un balde de agua fría caer sin piedad sobre su cabeza. ¿Y si ya pertenecía a otro hombre? ¡No! Lo mataría lentamente y luego le pediría a Hades que siguiera haciéndolo sufrir en el Inframundo por poner sus manos sobre su esposa. Pero, ¿y si ella amaba a ese hombre? No podía ser, Anfitrite supuestamente era solo una niña, no podía amar a nadie. ¿O sí podía?
La sola idea de que otro hombre hubiera reclamado a su hermosa esposa lo hizo enfurecer. El mar se agitó, el cielo se nubló, y comenzó a caer una despiadada lluvia torrencial y una terrible tormenta. Los turistas corrieron a refugiarse al castillo, mientras pasaba la tormenta. Isaac intentó en vano tranquilizar a Poseidón, aunque sin mucho éxito. ¿Dónde estaba Sorrento cuando lo necesitaban?
En ese momento, en el Santuario de Athena, ésta se volvió al oeste y, al escuchar la tormenta desatándose a su alrededor, en la ciudad de Atenas, con fuerza desmedida, se llevó las manos a la boca.
-¿Poseidón?- murmuró la diosa, preocupada- ¿qué sucedió?-
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Honolulu, Hawaii
Sorrento había salido de su hotel y comenzado a caminar a toda prisa, con su maleta en la mano, hacia el aeropuerto cuando la tormenta azotó el archipiélago hawaiano. No era una tormenta común y corriente, y el general marino la identificó de inmediato. Algo no había salido bien. Algo había hecho enfurecer a su amo.
-Señor Poseidón…- murmuró Sorrento.
El joven general marino no tenía muchas opciones en ese momento. Tenía que llegar al aeropuerto lo más pronto posible, ya que la tormenta amenazaba con arrasar con todo Hawaii y, si Poseidón estaba realmente enojado, podría quedar bajo el agua en cualquier momento. Lo peor: Sorrento no llevaba consigo su escama, ya que se suponía que éste iba a ser un viaje de negocios, no un viaje relacionado con Poseidón. Bueno, sí lo estaba. Más o menos. El caso es que no se llevó su escama con él, pues no lo creyó necesario.
Sorrento se apresuró a correr al aeropuerto, llevando su GPS en mano y esquivando personas y coches que se interponían en su camino. Si las cosas seguían así, ningún avión tendría permiso de despegar, y se quedaría varado en Hawaii hasta que pasara la tormenta.
El general marino cerró el GPS de su celular, y marcó el número de Julian para intentar averiguar que había pasado, e insistir en que se tranquilice para poder salir de ahí. No respondió. El general de Sirena llamó de nuevo, y el dios no le respondió.
-Señor Poseidón- dijo Sorrento, dejando un mensaje de voz- por favor, detenga la tormenta, o me quedaré varado en Hawaii-
Iba a colgar, cuando un fuerte golpe lo hizo caer. Una enorme ola se desbordó de la playa de pronto y cayó sobre la calle, y sobre el general marino. El general marino fue arrastrado por la corriente hacia el mar abierto, a pesar de sus esfuerzos. Su celular resbaló de su mano mientras otra ola lo revolcaba y lo hacía hundirse, a lo profundo del mar. Sintió un agudo dolor en una de sus piernas, a la altura de la pantorrilla, sintiendo que le desgarraban la piel y los músculos. Y las aguas no estaban precisamente en calma. El terrible dolor no lo dejaba nadar y mantenerse a flote. Sorrento comenzó a preocuparse: era el colmo, si las cosas seguían así iba a ahogarse.
¡No! Era un general marino, la mano derecha de Poseidón. No podía morir así de estúpidamente, ahogado y sin poder hacer nada al respecto. Intentó nadar con todas sus fuerzas, ignorando el dolor en su pantorrilla, y regresar a tierra firme, pero las olas lo arrastraban de allá para acá sin darle oportunidad. El joven general se aferró a un trozo de madera flotante, para ayudarse a flotar también. Una enorme ola lo volcó de nuevo, y todo se volvió negro mientras se hundía en las profundidades del mar.
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CONTINUARÁ…
¡Hola a todos! Espero que les haya gustado esta historia. Muchas gracias por seguir leyendo, y por sus reviews. No voy a revelar aún el sexo del bebé de Kanon y Satu. Les mando un abrazo enorme. Nos leemos pronto.
Abby L.
