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Contradicciones

Cuando el sol de la tarde le dio de lleno en el rostro y en los mechones de cabello rojizo que caían por sus hombros, comprobó con satisfacción que ni uno ni otro habían sufrido daño permanente después de su loca aventura de rescate. Sonrió débilmente, ¿se habría imaginado alguna vez su padre que sería un Lannister el responsable de que ella volviera sana y salva a casa? Sabía con certeza que hasta el momento final ella había sospechado de sus intenciones, a pesar de que él y Lady Brienne aparecieron en el momento exacto, como si los dioses mismos los hubieran enviado a su lado, cuando la sangre de Petyr aun manchaba sus manos y estaba a punto de morir de frío y hambre.

Todos sus instintos la prevenían de confiar en un Lannister o en cualquiera de sus fieles servidores, en cuya categoría entraba Brienne de Tarth, quien lo seguía lealmente como el mejor entrenado perro de caza lo haría.

No le tomó más de una tarde darse cuenta de que la mujer estaba estúpidamente enamorada de Lannister. No pudo evitar sentir cierta piedad por ella; la experiencia le había enseñado de la forma más cruel posible toda la maldad que la belleza de los Lannister podía esconder. En varias ocasiones había tratado de advertírselo pero la mujer cerraba los oídos a cualquier critica y se limitaba a asegurarle que ella no lo conocía.

Durante los primeros días había jugado con la idea de escapar, pero tanto Lannister como la mujer se portaban respetuosos con ella y, por lo que podía decir, verdaderamente se dirigían al norte. Decidió esperar y mantenerse con ellos mientras siguiera pareciéndole más segura su compañía y no tuviera mejor opción.

Conforme avanzaban por el camino los rumores que escuchaba la hacían sentir suspicaz e insegura; sin embargo, incluso a la chiquilla fantasiosa y romántica que alguna vez había sido le costaba dar crédito a las insensateces que escuchaba sobre Brienne y Jaime Lannister, o el Matarreyes y su Zorra como eran más conocidos.

Viajaban siempre con nombres supuestos por lo que en las posadas o mercados nadie se mordía la lengua para circular los chismes más recientes sobre los Lannister. En varias ocasiones le había preguntado directamente a la mujer si había algo de verdad en esos rumores, pero Brienne simplemente se sonrojaba hasta la raíz del cabello, bajaba el rostro y le aseguraba que ella no era la amante de nadie.

Sansa suspiraba, asentía y con una voz suave le preguntaba, como lo habría hecho con alguna de sus amigas de la infancia, si estaba enamorada de él.

—Él ha sido muy bueno conmigo —le aseguraba sin realmente contestar con palabras, aunque la forma en que se sonrojaba al contestar y el brillo de sus ojos al mirarlo eran respuesta más que suficiente. Sí, ella estaba tan tontamente enamorada de Lannister que la pena que Sansa sentía por ella se incrementaba.

Y él, en efecto, la trataba bien. Siempre cabalgaban lado a lado y conversaban en voz baja con confianza e intimidad. Si alguna vez Sansa encontraba sospechoso algún innecesario contacto físico entre ellos, desechaba la idea al contemplar la deslumbrante belleza de Lannister; l parecido que le encontraba con su gemela todavía la hacía estremecer en ciertas ocasiones.

Sansa le creyó a la mujer porque su sentido común le gritaba que era absurdo no hacerlo: sin importar lo largo de su abstinencia, un hombre rico y tan bien parecido como el Matarreyes jamás tomaría por amante a una mujer tan desgraciada físicamente como Brienne, no después de haber tenido por tantos años a la misma Cersei Lannister para compartir su lecho.

Los días pasaron y ella empezó a sentirse tranquila y confiada por primera vez en mucho tiempo. El frío que cada vez con más fuerza le entumía el rostro la hacía sentir en casa. Todo iba bien hasta que cierta tarde buscando a Brienne acudió a los establos de la humilde posada donde iban a pasar la noche. Se detuvo antes de entrar por los ruidos que escuchó en el interior: risas, jadeos y susurros.

—Se acabaron tus pretextos, moza. Conseguí una obscena ración de hierbas para preparar el té de luna. No tienes más razones para castigarme —la voz de Lannister sonaba ronca y Sansa tuvo que esforzarse mucho por entender lo que él le murmuraba a su compañera al oído.

Lannister la sostenía por la cintura y presionaba su cuerpo al de ella con tanta fuerza que parecía querer enterrarla en la pared entre la cual la tenía arrinconada. Ella, sin embargo, no ponía la menor resistencia, sonreía y sus dedos acariciaban con ternura el cabello en la nuca del hombre.

—Tenemos que ser discretos, Sansa puede darse cuenta de lo que pasa...

La voz le falló cuando él empezó a darle suaves besos en la mejilla mutilada mientras intentaba torpemente desatarle la túnica con su única mano.

—¡Me mintieron! —rugió Sansa furiosa—. Fui una idiota por creerle —añadió mirando a Brienne con desprecio antes de echarse a correr lejos de ellos.

Apenas había dado unos pasos fuera del establo cuando escuchó pasos y una voz a su espalda. Se detuvo porque la furia la había hecho perder el rumbo y había caminado en dirección contraria a la posada, mas no por el tono suplicante de la mujer.

—¡Por favor, escúchame! No es lo que piensas, créeme —le suplicó tímidamente colocando una de sus oscas manos en su hombro.

Sansa no se sentía con fuerzas para ser gentil y elegante, sin mayor consideración se sacudió la mano de la mujer y se alejó de ella un par de pasos.

—¿Cómo espera que crea en su palabra? Me mintió. Me mintió una y otra vez al asegurarme que todo lo que la gente decía no eran más que chismes y habladurías. Me dio su palabra y acabo de verlos juntos! —le gritó y por una vez no se molestó en reprimirse.

—Las cosas no son como parecen, Sansa, por favor, ¡déjame explicarte!

—Los vi yo misma, ¿cómo puede seguir negando que es... —la furia entumecía su lengua casi tanto como le nublaba los pensamientos.

En el fondo todos seguían viéndola como a la niña estúpida que cualquiera puede engañar. Se sintió especialmente tonta porque verdaderamente estaba empezando a confiar en la mujer.

—Todos decían la verdad, usted es la... la amante de Lannister — le gritó antes de perder la paciencia y darle una bofetada con todas sus fuerzas en la mejilla cicatrizada.

La mujer apenas cerró los ojos al recibir el golpe, debía estar tan acostumbrada al dolor que el cambio en su expresión debió ser a causa de la sorpresa y no por el daño que ella hubiera podido causarle. Antes de que también ella tuviera tiempo de reaccionar alguien la tomó fuertemente por la muñeca para impedir que pudiera golpear nuevamente a la sorprendida "Doncella de Tarth".

—Me importa un comino si te sientes Reina del Norte, de todos los Siete Reinos o de los apretadísimos infiernos, niña, pero ni tu ni nadie va a ponerle una mano encima a mi esposa enfrente de mi. ¿Te quedó claro? —La voz de Lannister, a pesar de ser serena era incapaz de disimular la amenaza implícita en sus palabras.

—¿Esposa? —repitió ella confundida.

Brienne bajó la mirada y por toda respuesta se acercó a Jaime, a su marido, para tomarle la mano y hacerlo soltar a Sansa.

—No soy su amante —aseguró sonrojada Brienne—. Hace cuatro lunas nos casamos.

—Si no eres capaz de mostrar gratitud por la mujer que está a punto de regresarte a ese infierno congelado que los Stark llaman hogar, te exijo que muestres un poco más de respeto hacia Lady Lannister, después de todo, en este momento ella es la señora de Roca Casterly.

Lannister arqueó una ceja de forma arrogante y rodeó la cintura de la mujer con el brazo izquierdo mientras tomaba una de sus manos para besarla con delicadeza. Brienne giró los ojos y tuvo el buen juicio de lucir incómoda.

—Fue mi idea ocultarte nuestra relación —le confesó Brienne, tentativamente dando un paso hacia ella, pero sin soltar la mano de su esposo—. Creí que te sentirías más confiada de esa forma. Pero, Sansa, te juro por mi honor que haré todo lo que esté en mis manos para regresarte sana y salva con tu gente.

Tomó entre sus manos la única mano de Lannister y por un largo rato ambos se miraron en silencio, pero con una intensidad tal que a la muchacha le pareció que trataban de leerse mutuamente hasta el último de los pensamientos.

— Por la fuerza tu madre me hizo jurar que te devolvería a tu hogar, y por voluntad propia le prometí lo mismo a mi señora esposa. Sé que para tu familia mi honor no vale nada, pero aun así, te aseguró que estoy dispuesto a dar mi vida para honrar mi palabra y la de mi mujer.

Brienne le dirigió a su marido una sonrisa cálida, llena de satisfacción y orgullo, apretó su mano con mayor intensidad. Cuando ambos se volvieron hacia ella y en silencio esperaron su respuesta, Sansa fue incapaz de encontrar rastro alguno de falsedad en ellos. Quizás estaba entrando por voluntad propia a la guarida de los leones, quizás volvía a pecar de ingenua, pero les creyó, probablemente porque no tenía ninguna otra alternativa.

Conforme se acercaban al Norte la comida escaseaba, el frío era más intenso y las posadas y lugares dónde pasar la noche bajo techo resultaban más escasos. A pesar de haberse prometido no hacerlo, Sansa volvió a confiar en Brienne, irremediablemente la mujer se ganó su respeto y aunque en esos momento no estaba dispuesta a aceptarlo, también su cariño. Cuando tenían que racionar las porciones de alimento ella, disimuladamente, separaba la mitad de su alimento y la distribuía entre Sansa y Pod, pensando que nadie lo notaba.

—¿Morirte de hambre forma parte de tu cruzada, moza? —le preguntó el Matarreyes cierta tarde, mientras compartía una generosa porción de sus alimentos con ella, como lo hacía siempre que la descubría haciendo sus trucos con la comida.

—No me estoy muriendo de hambre. Como lo necesario, ellos son casi unos niños aún están creciendo y… —se quedó sin palabras cuando él la miró con expresión severa—. Tú no necesitas sacrificarte ni pasar hambre por ellos…

—No lo hago por ellos —le aseguró antes de besarla—. ¿Qué clase de esposo sería si no proveo a mi mujer con el alimento necesario para no caerse del caballo?

Aquella misma noche fue el turno del Matarreyes de hacer la guardia. Pod y Hunt dormían tranquilamente cerca del fuego, pero ella se hallaba demasiado incómoda para conciliar el sueño, de modo que se mantuvo envuelta en las pieles, recordando tiempos felices cuando su mayor inquietud era el mal comportamiento de su hermana Arya. La mujer, Lady Lannister, había luchado contra el sueño por un largo rato, pero finalmente se había rendido y, con la cabeza recargada en el hombro de su marido, dormía profundamente. Solícitamente el hombre se movió un poco y colocó la cabeza de su esposa sobre sus rodillas. Luego la cubrió con las pieles y comenzó a acariciarle el sucio y enmarañado cabello con suavidad.

—¿De verdad la ama? —preguntó Sansa sin pensarlo.

Por un momento Lannister pareció sobresaltado. Aparentemente la creía dormida y sus palabras lo sorprendieron. Se repuso casi de inmediato y, sin dejar de acariciar la cabeza de Brienne, chasqueó la lengua y la miró, aparentemente ofendido.

—¿Quién podría amar algo así? Seguramente no yo, después de todo, durante años tuve en mi cama a la mujer más bella de los siete reinos —afirmó en voz baja.

—Entonces, ¿por qué se casó con ella?

—Por su dinero, ¿acaso no es obvio?; Por supuesto, si las cosas salen bien, encontraré alguna forma creativa de deshacerme de ella y me buscaré una esposa más adecuada —aseguró con descaro—. Pero no te preocupes, niña, todo eso será después de haberte devuelto a tu casa.

Sansa apretó los labios y se negó a ser parte de una conversación tan denigrante. La mujer, quizás afortunadamente, parecía seguir dormida, ajena a las crueles palabras que acababan de ser pronunciadas respecto a ella.

Y sin embargo, con el transcurso del tiempo Sansa notaba cada vez más el marcado contraste entre las palabras del hombre y sus actos. Para alguien que estaba tan dispuesto a sacrificar a su esposa por conveniencia, ponía demasiado esfuerzo en mantenerla a salvo e incluso cómoda, aunque claro, todo aquello bien podía ser solamente un acto para mantenerla enamorada mientras le fuera útil.

El amor podía adivinarse en Brienne a través de sus ojos y, en ocasiones, por la forma en que Lannister miraba a su mujer, a Sansa le parecía encontrar sentimientos muy ajenos al desprecio y la indiferencia, había lujuria, cierto, pero no era eso solamente lo que hacía brillar los ojos del Matarreyes cuando estaba cerca de su mujer. Sea cual fuera lo que albergaba el corazón del hombre, Sansa lo creía a él en particular, incapaz de sentir amor; y al resto de los hombres en general incapaces de sentir algo distinto a la piedad por una mujer como la maltrecha Brienne.

Una parte de ella, la que aún conservaba el corazón inocente y romántico, la que creía que las canciones hablaban de amores que alguna vez fueron reales, le decía que el Matarreyes verdaderamente amaba a la fea y desgarbada Brienne, pero esa parte de su corazón le había mostrado en más de una ocasión el poco juicio que tenía al empeñarse en ver bondad en las personas más despreciables. No, de ningún modo un hombre como Lannister sería capaz de sentir amor por un ser tan deforme.

No obstante... quizás...

Sansa sacudió la cabeza cansada, a pesar de todo ambos le habían salvado la vida y gracias a ellos estaba de vuelta en su hogar. Les debía por lo menos el intento. Releyó la carta de Lady Lannister y volvió a conmoverse con la suplica desesperada para que intercediera ante la reina para salvar la vida de su marido. Sansa tomó asiento en el mismo lugar que su padre tantas veces ocupó y, tomando pluma y tinta, se esforzó por ser lo más persuasiva posible.