"(…) te amo directamente, sin problemas ni orgullo (…)".
El Día del Estudiante
Hermione volvió a hundirse en la espesura de sus ojos negros, observándolo totalmente absorta y en silencio.
"No", le había dicho. Ya no volvería a rechazarla, a decirle que se alejara. Aquello sí que era el comienzo de algo.
No supo qué decir.
Él no dejaba de mirarla, apreciando cada segundo a su lado, como si no existiera nada más que pudiera hacer en ese momento. Quería abrazarla, besarla y decirle tantas cosas, pero su cuerpo ya no respondía. Estaba demasiado aturdido.
De pronto ella se puso en puntas de pie y depositó un suave beso en sus labios. El profesor cerró los ojos ante el contacto, sintiendo cómo se le erizaba la piel, y un escalofrío sacudiéndolo por completo, hasta los huesos. Estremeciendo su alma.
Pasó un brazo por detrás de la cintura de la chica, atrayéndola hacia él con delicadeza, preguntándose si a ella le gustaría tanto como a él. No estaba muy seguro de cómo besarla, lo había hecho muy pocas veces en su vida. ¿Lo haría bien? Y si no, ¿ella no le diría nada para no herir sus sentimientos?
Decidió dejar de pensar por un segundo para disfrutar… luego habría tiempo para eso.
A ninguno pareció importarle el polvo en su ropa y cabellos, o la estrechez de la chimenea. Seguían perdidos en aquel espiral de nuevas sensaciones.
Hasta que unos golpes en la puerta del apartamento los sobresaltó, haciendo que se separaran abruptamente, como si lo que estaban haciendo fuese indebido.
Hermione se sonrojó a más no poder y miró hacia la puerta.
"No, no, no… ahora no", pensó desesperada. Había olvidado que Ginny iría a visitarla. Consideró fingir que no estaba en casa, mandarle una carta luego excusándose y juntarse otro día con ella. Sin embargo, Snape habló antes de que se le pudiera ocurrir algo:
— ¿Tiene visita? — preguntó mientras se sacaba el polvo de los hombros. Hermione volvió la vista hacia él, parecía tenso, incómodo.
— Eh…
— No se preocupe— dijo Severus, comprendiendo que era momento de marcharse, que estaba sobrando. Granger estaba en todo su derecho de verse con quien quisiera….y por supuesto que eso que sentía no eran celos, se dijo—. De todas formas tengo que volver— Buscó en todas direcciones el recipiente con los Polvos Flu, y por suerte los encontró rápidamente en el suelo (no podía recordar cuándo llegaron ahí), antes de que la situación se tornara más extraña. Se puso de pie al tiempo que Hermione salía de la chimenea con pasos vacilantes sin dejar de mirarlo.
Ella quería disculparse por la interrupción… pero la expresión en el rostro de Snape no dejaba lugar a justificaciones. Le dio la impresión de que sólo quería largarse cuanto antes.
Además, ¿cómo debía decirle ahora?: ¿Profesor? ¿Señor? ¿Severus?... no tenía la más mínima idea. Todo le sonaba raro.
— Lo siento mucho… olvidé que… lo siento— murmuró mirándose los pies. Otro golpe en la puerta los hizo volver a la realidad.
— Buenas noches— dijo Snape en un murmullo apenas audible, y al ver el rostro compungido de ella, añadió: —. Nos vemos.
Hermione vio cómo el profesor esbozaba algo parecido a una "sonrisa" tranquilizadora, y no pudo evitar ruborizarse aún más y sonreírle de vuelta.
— Nos vemos— se despidió justo antes de que él arrojara los polvos al suelo y desapareciera.
La chica permaneció de pie unos segundos, percatándose de lo terriblemente acalorada que se sentía. Se echó aire con las manos para poder respirar mejor y que el rubor se esfumara de sus mejillas. Sabía que Ginny tenía muy buena intuición como para no darse cuenta de que algo le pasaba.
Se acomodó la ropa, respiró hondamente, fue hasta la puerta y la abrió.
Apenas tuvo tiempo para pensar, ya que de inmediato se vio envuelta en un fuerte abrazo.
— ¡Hermione! ¡Cuánto me alegro de verte! — exclamó Ginny, estrujándola, casi con tanta vehemencia como los mejores abrazos de Hagrid.
— También me alegro— respondió Hermione con sinceridad. Y es que a pesar de que su amiga hubiera "arruinado" un momento glorioso, de verdad ansiaba mucho verla.
Se separaron y Hermione la hizo pasar. Ginny miró en todas direcciones, como si estuviera buscando algo.
— ¿Estabas con alguien? — preguntó haciendo un movimiento con las cejas que causó que la castaña se inquietara.
— No…— respondió Hermione sonriendo y haciendo una mueca como si fuera la pregunta más estúpida que hubiera escuchado en su vida—. ¿Por qué?
— Me pareció oír voces.
— ¿Voces?... tuvo que haber sido la televisión…— resolvió ella, y velozmente condujo a Ginny hacia la cocina para preparar algo para comer.
El profesor Snape regresó a su despacho y caminó directamente hacia su habitación. Las manos le temblaban como nunca antes. No tenía idea qué le estaba pasando a su cuerpo, no lo podía controlar… y nunca le había sucedido algo parecido.
Se sentó al borde de la cama, dejando el recipiente de Polvos Flu sobre la mesa de noche. Apretó los puños con fuerza, respirando profundamente.
Jamás pensó que sería él el que impulsaría que eso pasara con Granger. Pero no se arrepentía en absoluto.
Por primera vez no se arrepintió…
Ahora sí que Minerva y Sybill tendrían motivos para fastidiarlo con todas esas idioteces que le insinuaban y decían casi a diario, y no sólo con palabras directas, sino también con esas molestas miradas.
¿Qué más daba? Lo que él hiciera con su vida no tenía por qué incumbirles.
Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación. No era capaz de quedarse quieto ni de tranquilizarse. Su cerebro era un torbellino de no sabía qué… ni siquiera sabía qué era lo que pensaba, sólo sabía que estaba ella en todo. Ella y todas las cosas que él siempre negó ser.
Y la única conclusión a la que pudo llegar era que los días siguientes serían diferentes a todo lo que había vivido antes… y que no sabía cómo debía actuar.
Por primera vez en su vida, estaba en una especie de… relación.
"Por Merlín que Albus no se entere".
— ¿Cómo ha estado todo? — preguntó Ginny con una humeante taza de té entre sus manos.
— Bien, mucho trabajo como siempre— dijo Hermione sonriendo nerviosa. Realmente se le hacía muy difícil mentirle—. Intentando avanzar en el caso.
— ¡Ah! — Exclamó la pelirroja de repente, haciendo que su amiga diera un respingo— Me contaste que estuviste en Hogwarts— Hermione sintió que su corazón daba una sacudida—. ¿Cómo están todos? ¿Ha cambiado mucho? ¿Y los profesores? — Ginny se inclinó hacia adelante, ávida por respuestas.
— Bueno… todo sigue más o menos igual. Tampoco es que haya pasado mucho tiempo desde que nos fuimos. Hay una nueva profesora de Transformaciones que es muy agradable, la verdad— contestó, queriendo evitar por todos los medios que no le preguntara por Snape… sabía que se delataría con sólo mencionar su nombre.
— Claro… ¿has podido progresar con tu investigación yendo allá? — inquirió Ginny. No quería preguntar directamente cómo había sido su reencuentro con el profesor, dado que Hermione nunca más habló de él, así que ella tuvo que asumir que ya todo había terminado, que finalmente lo olvidó.
— Sí, bastante— La castaña se animó por el cambio de tema. Aunque si ahondaba mucho, de todas formas él sería parte de la historia—. ¿Recuerdas la P.E.D.D.O.? — Ginny asintió con la cabeza—. Bueno, pues al parecer en Hogwarts se lo tomaron enserio, y los elfos tienen contratos, salarios y todo. Es mucho más de lo que me esperaba.
La charla continuó así por largos minutos. Ginny parecía muy entusiasmada con el relato, y evitó hacer más preguntas acerca de los profesores o cualquier cosa que tuviera directa relación con el colegio. Y Hermione sólo dijo que "encontró" un libro muy útil.
Ciertamente, si lo que fuese que tenía con Snape salía adelante, en algún momento tendría que contárselo… pero ese no era el momento. No con los sentimientos tan a flor de piel.
— ¿Y qué hay de ti? — Preguntó Hermione, aliviada de haber concluido su parte sin más inconvenientes—. Lo último que supe es que querías ser jugadora profesional de Quidditch— Ginny se rascó la cabeza y sonrió.
— Aún lo quiero. De hecho hace un par de días, las Arpías de Holyhead me convocaron a un entrenamiento— Hermione se atragantó con el té, y la miró con los ojos muy abiertos.
— ¡¿Las Arpías de Holyhead?! ¡¿Estás bromeando?! — vociferó sin poder creérselo—. ¿Qué piensa tu madre al respecto?
— Ya sabes cómo es— dijo Ginny, encogiéndose de hombros—. Odia la idea. Dice que no permitirá que desperdicie mi futuro en un juego que no tiene sentido. Que tiraré a la basura toda mi educación, y esa clase de cosas… típico. Mi padre no quiere parecer muy emocionado para no discutir con ella, pero sé que lo está. Y Ron… bueno, él es el que más la intenta convencer de que no piense así.
— Tu mamá nunca cambiará— bromeó Hermione—. Yo pienso que te irá fantástico. ¡Tienes que ir!
— Iré, claro. Por más que no le guste— Ambas sonrieron y permanecieron un momento en silencio, reflexionando sobre el futuro de cada una.
— ¿Cómo está Harry?
— Bien— respondió Ginny rápidamente—. Trabajando duro como tú. ¿Sabes? Al verlos a los dos, lo último que querría sería trabajar en el Ministerio— Hermione no pudo evitar reírse a carcajadas—. Pero está bien, ama lo que hace, y aunque esté cansado, se ve feliz. Está viviendo en Grimmauld Place, y quiere que luego yo me vaya con él, pero… no lo sé — Notó cómo de pronto la expresión en el rostro de Ginny se ensombrecía—. Digo… sé que le tiene mucho cariño a la casa por haber pertenecido a Sirius… pero no me convenzo de vivir ahí. Es un poco… tétrica, ¿no? — Hermione lo pensó un instante. Bueno, sí que la casa le parecía espeluznante por decirlo menos.
— Sí… pero seguro que con unos cuantos retoques queda de maravilla. Supongo que Harry hará hasta lo imposible porque así sea.
— Eso espero— murmuró Ginny un tanto cabizbaja—. No importa, eso lo veremos después… si es que consigo pasar las pruebas en el entrenamiento.
— Por supuesto que las pasarás— La animó Hermione. Por momentos lograba olvidar el aturdimiento que no la quería dejar en paz luego de su último encuentro con Snape.
Continuaron platicando animadamente hasta que Ginny se tuvo que ir, no sin hacerle prometer que no dejaría que pasara tanto tiempo hasta volverse a ver. Hermione tuvo que jurárselo un par de veces para dejarla tranquila, pero cuando la pelirroja se adentraba en la chimenea para viajar directamente a su casa, se detuvo y la miró, contemplándola con esos ojos de que ya no podía contener más la curiosidad.
— Hermione… necesito preguntarte algo… no es necesario que respondas si no quieres— sentenció, con absoluta firmeza en la voz. Hermione sintió que se le congelaba la sangre. Asintió apenas con la cabeza, que comenzó a darle vueltas—. Al final… ¿qué pasó con Snape?
"Sabía que no podría aguantarse", pensó, intentando mantener una expresión despreocupada.
— Nada… eso pasó— dijo Hermione sin dejar de verla a los ojos, rogando porque se lo creyera. Ginny lanzó un suspiró que le pareció muy extraño, como si estuviera decepcionada.
— Lamento haberte animado a intentarlo… de verdad pensé que él… bueno, no pensé que terminaría así— Hermione hizo un ademán como diciendo "qué remedio", como si nunca hubiera sentido que agonizaba de dolor por culpa de él.
— Las cosas son como son.
— Cierto… pero, ¿no te incomoda ir a Hogwarts y verlo? Quiero decir… debe ser un poco… extraño.
— La verdad es que no. Ten en cuenta que simplemente voy a trabajar, no tengo mucho tiempo para distraerme— dijo Hermione, casi desesperada por tantas mentiras.
Ginny sonrió por última vez, la abrazó y desapareció por la chimenea.
Hermione se dejó caer en un sofá. resoplando y liberando por fin toda la tensión. Le hubiera encantado tener un poco más de tiempo con Snape para hablar y aclarar las cosas… no quería que volviera a pasar lo de siempre. Sopesó seriamente ir a su despacho en ese mismo instante, pero descartó la idea, puesto que quizá para él resultaría un tanto invasivo, y también necesitaría tiempo para reflexionar.
Así que fue directo a su alcoba para dormir, se sentía sumamente agotada. Y contra todo pronóstico, logró conciliar el sueño muy rápido.
A la mañana siguiente, se levantó temprano para ir a trabajar. Sentía que la sonrisa en su rostro no se le borraría jamás.
Tomaba desayuno tranquilamente leyendo El Profeta, y no podía dejar de pensar en él, en lo que estaría haciendo y si también pensaría en ella… y por primera vez, no le cupo duda que así era. No podía estar más feliz.
Varias veces estuvo a punto de mandarle una lechuza, sin embargo, no sabía qué escribirle, cómo comenzar, cómo firmar. Entonces decidió que era mejor dejar pasar un par de días más para tener una idea clara de qué rayos decirle.
Nunca se imaginó que una "relación" pudiera resultarle tan extremadamente complicada.
Snape no fue a desayunar al Gran Salón, y es que si no hubiese sido por una poción para dormir, no habría pegado ojo en toda la noche.
No solía recurrir a ese tipo de artimañas para dormir, pero la situación lo ameritaba. Hasta llegó a pensar que no podría dar clases ese día. Era una locura, claro, creer que algo así lo tenía hasta el límite de sus capacidades.
No obstante, pudo cumplir con sus obligaciones sin contratiempos. Al parecer nadie sospechaba absolutamente nada de lo sucedido. Él se mantuvo al margen de todo, como siempre.
Y no mostró mayor interés cuando McGonagall anunció a los alumnos durante la cena que ese fin de semana se celebraría por primera vez en Hogwarts el Día del Estudiante, en el que los alumnos podían inscribirse en numerosas actividades y concursos que les ayudarían con creces a ganar la Copa de las Casas.
Los niños soltaban gritos de sorpresa y felicidad. Snape se sentía un poco agobiado. Odiaba tener que relacionarse con los chiquillos por más del tiempo necesario o para algo más que no fueran los castigos, y bufó molesto cuando lo asignaron para organizar un concurso con Horace y Agatha, ya que Pociones y Transformaciones serían una actividad conjunta… y no entendía por qué. Era como si esa mujer hubiese querido entrometerse a propósito para fastidiarlo.
Pasaban los días y ninguno tenía noticias del otro. Hermione, a pesar de devanarse los sesos pensando en algo para escribirle, aún no podía dar con las palabras precisas; Snape se sentía tan perdido, que no era capaz ni de imaginar lo que le diría… y el fin de semana se acercaba con una velocidad espantosa.
Durante la noche del jueves, Severus se hallaba en su despacho acompañado de un par de alumnos de Gryffindor que cumplían un castigo, limpiaban y rebanaban unas enormes sanguijuelas, sin poder evitar poner muecas de profunda repugnancia mientras el profesor leía un libro tras su escritorio sin prestarles la más mínima atención cuando se oyeron unos leves golpeteos provenientes del dormitorio. Snape alzó la cabeza con violencia ante la atenta mirada de los chicos.
— ¿Qué miran? — bramó poniéndose de pie al tiempo que los niños volvían al trabajo sin atreverse a mirarlo. Entró a su habitación lo más rápido que pudo, y vio que en la ventana había una lechuza moteada que se le hacía familiar. Abrió, desató la carta de la pata del animal, que no dudó en salir volando casi instantáneamente, y vio el sobre: era pequeño y no tenía remitente, pero sabía de sobra de quién se trataba.
Comenzó a temblar ligeramente sin poder evitarlo. Volvió al despacho y se sentó tras el escritorio, sumido en el silencio sepulcral que mantenían sus alumnos, sólo roto por el viscoso sonido de las navajas atravesando la piel de los bichos.
El profesor Snape permaneció observando el sobre por más del tiempo necesario, no sabía por qué le costaba tanto juntar valor para leer la carta. Tal vez temía que Granger pudiera haberse arrepentido… pero no era posible.
Sin embargo, no lo sabría si se quedaba como idiota ahí sin abrirla.
Cuando los niños terminaron y salieron casi corriendo de su oficina, la abrió y distinguió la impecable caligrafía de ella. Había leído tantos de sus ensayos que era imposible no reconocerla: esa letra siempre perfecta y sin ningún error ortográfico que sacaba a relucir aún más su lado sabelotodo.
Contenía apenas una simple y breve línea:
Iré este fin de semana. Podríamos salir.
"¿Salir?... ¿A dónde?", se preguntó con franca curiosidad. Luego recordó que, aunque quisiera, no podría salir allí donde sea que Granger tuviese pensado ir, pues el fin de semana era el "el estúpido día del más estúpido estudiante". Se sintió decepcionado y aliviado a la vez. ¿Acaso era… una cita? Él nunca había tenido una, no sabía qué tenía que hacer en una, dónde ir, cómo vestirse, si llevar un regalo… no sabía nada de nada.
Caviló unos minutos antes de tomar pergamino y tinta y escribir una rápida respuesta que, obviamente, enviaría al día siguiente.
Hermione estaba tan ansiosa que apenas y pudo dormir esa noche. No sabía a qué atenerse, siendo Snape podía responder cualquier cosa.
Despertó al otro día sintiendo que apenas y había dormido un par de minutos. Se desperezó y se levantó de la cama con el estómago revuelto.
Cuando salió del baño, ya aseada, vio algo de lo que no se había percatado: un pequeño sobre encima de la mesa de la cocina. Seguramente la lechuza que había llevado el recado entró por la ventana que había dejado abierta "por si acaso".
Comenzó a comerse las uñas compulsivamente, yendo de un lado para otro y mirando de reojo la carta, como si ésta pudiera convertirla en piedra si la observaba durante demasiado tiempo. Sin embargo, no podía demorarse más si no quería llegar tarde al trabajo.
Inhaló y exhaló con fuerza y se decidió a leer:
Este fin de semana hay actividades.
De igual manera puede venir.
"¿Sólo eso?", se preguntó, notando cómo sus ánimos se desinflaban como si fueran un globo perdiendo todo el aire de una vez.
¿Qué actividades tan importantes podrían haber en Hogwarts que hasta él participaría? Por un efímero instante pensó que estaba inventando alguna excusa para no verla, pero descartó sus sospechas casi de inmediato. No podía querer comenzar una relación desconfiando desde el día uno.
Además le dijo que podía ir… entonces sí quería verla.
Arrojó el trozo de papel sobre la mesa con enfado contenido, y partió al ministerio.
Llegó el sábado y no habían vuelto a escribirse. Hermione porque no quería parecer latosa, y Snape porque simplemente no lo consideró necesario.
La chica se apareció como siempre en Hogsmeade. Pensó que no lograría llegar al desayuno, ya que se había retrasado más de lo acostumbrado por el nerviosismo.
El aire frío le entumeció el rostro; octubre acababa de comenzar, junto con las primeras heladas, y lamentó no haber llevado ropa más abrigadora.
Sacudió la cabeza y emprendió el camino al colegio.
El profesor Snape, después del desayuno, se encontraba en el Gran Salón, que para la ocasión, todas las mesas habían sido sustituidas por un gran escenario situado donde antes estaba la mesa de los maestros, y enormes gradas que circundaban el salón.
El barullo era impresionante, Severus no había visto tamaño alboroto desde el Torneo de los Tres Magos: se encontraba reunida allí la totalidad del alumnado, como contadas veces podía verse además del primer y último día de clases.
Él estaba parado sobre el escenario junto a todos sus colegias, salvo por Firenze el centauro, que no se aparecía ni siquiera para las reuniones. Se preguntó por qué a ese caballo no lo fastidiaban como a él por no ser participativo.
Pronto, Minerva logró apaciguar el ambiente, dando el discurso de rigor para dar por iniciadas las actividades, y todos los chicos comenzaron a ponerse en fila delante de los profesores, inscribiéndose en los concursos en los que deseaban participar.
Para desgracia de Snape, se anotó en su asignatura un número mucho mayor de alumnos de los que esperaba, y como la mayoría era de primero a quinto año, pensó que se debía a la indulgencia con la que los trataba Horace… y quizá también a la empalagosa simpatía de la profesora de Transformaciones, que a su parecer, ese día estaba especialmente parlanchina.
No podía dejar de echar vistazos hacia las puertas de roble, esperando que de un momento a otro, Granger entrara. No obstante, las inscripciones habían terminado, y ella nunca llegó.
El ímpetu de los alumnos se incrementaba a medida que transcurrían las horas, y como las competiciones estaban divididas por horarios, a Severus no le quedó más remedio que hacer de jurado durante toda la mañana hasta que llegara el turno de Pociones y Transformaciones, que tenían lugar después del almuerzo.
Todo se desarrollaba en el Gran Salón, los alumnos subían al estrado y daban lo mejor de sí, demostrando sus mejores habilidades.
Lo más aburrido para él fue cuando llegó el momento de Adivinación, en donde se sentaban en silencio frente a bolas de cristal. La mayoría predecía desgracias y fatalidades, creyendo que eso era más que suficiente para satisfacer los deseos morbosos de la profesora Trelawney.
Por suerte, pensó Severus, para Historia de la Magia, los alumnos que se inscribieron sólo debían presentar un ensayo larguísimo al final del día, así que ellos salieron disparados a la biblioteca, y él no tendría que atormentarse con lo que le parecía hubiese sido algo extremadamente tedioso.
Encantamientos fue desastroso: la gran mayoría sólo consiguió hacer explosiones que dejaron una humareda considerable en el salón, y sólo unos pocos lograron realizar correctamente lo que se les pedía. Lo que lo hizo confirmar (otra vez) que los niños eran unos completos ineptos.
Llegó el almuerzo y ni rastro de ella.
Hermione estaba en la biblioteca, enfrascada en la lectura de aquel libro.
Apenas llegó a Hogwarts, se asomó para ver lo que ocurría en el Gran Salón, donde oyó una gran algarabía, y vio que se estaban desarrollando las actividades que Snape le había mencionado.
Era tanto el caos, que ni siquiera pudo divisarlo entre la multitud.
Prefirió no entrar, dado que no le encontró mucho sentido. ¿Qué haría allí más que sólo mirar y perder el tiempo? Y no era que no le sobraran ganas de hacerlo, pero el tiempo apremiaba, y necesitaba terminar lo más pronto posible con el bendito caso que tantos dolores de cabeza le estaba trayendo.
En la biblioteca, numerosos grupos de alumnos escribían afanosamente y hablaban más alto de lo normal. Le pareció muy peculiar que un sábado a esa hora estuvieran estudiando. También lo atribuyó a las "actividades", y sintió tanta curiosidad por saber de qué se trataba, que estuvo a punto de preguntarles, pero se retractó a último momento… no debía distraerse.
De pronto sintió muchísima hambre, y recordó que el día anterior no había comido casi nada, por lo que se levantó y se encaminó de vuelta al Gran Salón, deseando con todas sus fuerzas que lo que fuera que estuvieran haciendo, hubiese terminado para poder comer algo.
Al llegar, se encontró con el mismo escenario y las mismas gradas, pero con unas pocas mesas apiladas de forma desordenada en el centro, y se alegró de ver que ya todos estaban almorzando.
Titubeó unos segundos en el umbral de la puerta sin saber muy bien qué hacer. Como ya no estaba la mesa de profesores, no sabía dónde sentarse. De repente alguien la llamó a viva voz, era Agatha, que agitaba sus manos desde una mesa ubicada al fondo, cerca del escenario.
Hermione caminó velozmente mirándose los zapatos. Sentía las miradas de todos sobre ella, provocando que se sonrojara.
Llegó donde la profesora, y le pareció que su corazón dejaba de latir cuando lo vio a él sentado al lado de la mujer.
Snape apretó los dientes y pretendió poner mucho interés en su comida. Oyó cómo su colega le ofrecía un asiento a Granger, que se sentó saludando a todos tan educada como de costumbre.
Ahí estaban ellos, sentados a la misma mesa, separados sólo por la profesora de Transformaciones... y Severus, por primera vez desde que la conoció, agradeció su existencia.
La chica no dudó en preguntarle a Agatha qué era lo que estaba pasando. La profesora le explicó que era el Día del Estudiante, y que hacían competencias para sumar puntos para ganar la Copa de las Casas. Ella sintió un poco de envidia, le hubiera gustado que durante sus años escolares hubiese habido actividades así.
— La próxima es de Pociones y Transformaciones— informó Agatha, y Hermione notó cómo la mujer miraba de soslayo a Snape—. Será una competición conjunta. Verás, los alumnos deberán transformar los ingredientes que se les darán para poder realizar las pociones.
— Vaya… es una muy buena idea— declaró la chica con franqueza.
— ¿Verdad que sí? — Dijo la profesora con un dejo de orgullo en la voz—. Y Severus aceptó participar—. Añadió, esta vez observando directamente al profesor. Hermione se alegró de tener una excusa para hacerlo también.
Snape les devolvió la mirada alzando las cejas y asintiendo levemente con la cabeza a modo de respuesta. Ella no pudo sostenerle la mirada por mucho tiempo, le dio la impresión que de súbito su estómago había cobrado vida propia y empezaba a bailar dentro de su cuerpo.
— ¿Te quedarás a ver, Hermione? — Inquirió Hagrid, que estaba sentado frente a ella. La chica abrió la boca pero no supo qué decir. Deseaba quedarse por el simple hecho de verlo a él, sin embargo, el deber llamaba.
— Me gustaría… pero aún tengo mucho trabajo.
— Vamos, serán sólo unas horas, todos necesitan distraerse de vez en cuando— insistió el profesor Slughorn. Hermione quería que se la tragara la tierra. Sonrió de forma muy poco convincente.
— Sí, pero…
— Seguro que te divertirás— agregó Agatha—. Anda, tómate un descanso.
— Está bien— concluyó Hermione al verse tan presionada.
Pero no podía estar más feliz.
Cuando terminó el almuerzo, todos se pusieron de pie y las mesas desaparecieron. Los alumnos que estaban en los jardines volvieron al poco tiempo, y comenzó la siguiente competición.
Los tres profesores que supervisaban el concurso, ya se hallaban sobre el escenario esperando que los chicos subieran.
A Hermione le pareció de lo más cómico ver cómo Snape se contenía de gritarles en la cara todo lo que estaba segura que pensaba de ellos. El profesor observaba con cara de asco cómo los niños preparaban las pociones.
Según tenía entendido, los demás maestros eran un jurado que emitía un único veredicto, pero los que estaban encargados del concurso, eran quienes deliberaban en última instancia quién ganaba.
Y ella no podía dejar de mirarlo. Era una verdadera suerte que todos estuvieran poniendo total atención en lo que ocurría en la tarima, ya que pensó que era muy obvio el rostro de embobada que tenía.
Lo que no sabía era que la profesora McGonagall era la única que no estaba atenta al concurso.
Más pronto de lo que hubiera deseado, la competencia llegó a su fin, y los estudiantes bajaron del escenario, algunos cubiertos de mejunjes malolientes producto de pociones muy mal ejecutadas.
Hermione pensó que debía retirarse, pero volvieron a insistirle en que se quedara un poco más… y así lo hizo.
Así pasó la tarde entera, muy contenta y animada, pero sin poder hablarle a Snape ni una sola vez.
Él tenía que hacer uso de todo su esfuerzo para poder concentrarse y no desviar la vista hacia Granger. Se le hacía sumamente complicado.
Habían tenido que trasladarse a los jardines para la prueba de Cuidado de Criaturas Mágicas y Herbología, que duraron hasta que llegó la noche y tuvieron que volver al castillo para la cena. Las competencias continuarían al día siguiente con Defensa Contra las Artes Oscuras, Aritmancia, Runas Antiguas (que Hermione pensó que aunque estas últimas le gustaran, serían un poco aburridas) y Quidditch para finalizar.
La chica decidió saltarse la cena para poder adelantar la investigación, y fue derecho a la biblioteca, seguida de cerca por la oscura mirada de Severus.
Pasaron largas horas en que no despegó ojo del libro, pasando las páginas con rapidez pero sin lograr hallar lo que con tanto afán buscaba. Había pasado la mitad del texto y comenzaba a desesperarse cuando una voz la sacó de su ensimismamiento, aunque sin lograr sobresaltarla.
— Supuse que se encontraría aquí… no la vi en la cena— El imperturbable tono incisivo de Snape la hizo sonreír.
Hermione no levantó la mirada de inmediato. Hizo como que seguía leyendo unos segundos y luego giró la cabeza con lentitud para encararlo.
— No tenía hambre— explicó ella sintiendo cómo ese calor tan típico al estar junto a él comenzaba a recorrer lentamente su cuerpo, pasando por su espalda hasta la punta de los pies. Se moría de ganas de arrojarse sobre él y besarlo, pero en Hogwarts no podía fiarse de nada ni nadie, ni siquiera de la biblioteca que tanto amaba—. Además tengo que recuperar el tiempo perdido— El profesor dio un par de pasos hasta quedar detrás de donde ella estaba sentada, y desvió la vista de sus ojos para posarla sobre las páginas del libro abierto.
— ¿Aún no lo encuentra? — preguntó sin mirarla. Hermione bajó la cabeza al tenerlo tan cerca.
— No, todavía no— dijo con voz débil—, pero seguro que pronto lo hallaré— Marcó la página con un perezoso movimiento de varita y cerró el libro suavemente, esta vez volteando su cuerpo por completo para mirar al profesor de frente.
Severus se irguió al notar la poca distancia que había entre ellos. No dejaba de tener en cuenta que Madame Pince estaba por ahí, quizá escuchando todo lo que decían.
— Estoy seguro que los mencionan. Sin embargo… me extraña que no lo haya terminado aún— observó él alzando una ceja. Lo dijo con acostumbrada malicia, pero sin malas intenciones… simplemente no podía dejar de ser como era.
Hermione soltó una risa seca, no le sorprendía para nada que Snape le dijera algo así.
— Sí… no he tenido mucho tiempo para leer. He estado muy ocupada— El profesor se limitó a asentir con la cabeza y echar un vistazo a la biblioteca vacía.
Ella se estiró en su asiento sin lograr contener un gran bostezo. Snape volvió a mirarla.
— Está cansada… debería dormir— murmuró con la voz ronca. Hermione tomó el libro con ambas manos y se puso de pie.
— No puedo negarlo— Severus se percató de las grandes ojeras que había debajo de los ojos de la chica, tenía mal semblante. La vio caminar a su lado y quiso preguntarle si se sentía bien, si podía ayudarla en algo… pero por alguna razón no lo hizo. Sólo esperó unos minutos para seguirla, así la bibliotecaria no se daría cuenta que iban juntos.
Se enfadó consigo mismo porque le importara tanto lo que esa mujer pensara.
Se encontró con Granger en el pasillo afuera de la biblioteca, ella lo esperaba pacientemente.
— ¿Hará ronda esta noche? — preguntó Hermione. Él lo meditó un momento antes de responder:
— Tal vez unas horas — La chica le dedicó una leve sonrisa, pero le pareció tan radiante que se vio obligado a desviar la vista a cualquier parte.
— Entonces podrá acompañarme a mi habitación — murmuró, y notó cómo Snape se tensaba. Al menos sabía que ahí nadie los oía, no había ni un alma, ni siquiera cuadros que pudieran estar husmeando.
— Sí… por qué no— resolvió el profesor jugueteando con sus manos detrás de la espalda—. ¿Dónde queda?
— En el séptimo piso, cerca de la torre Gryffindor.
— No sé por qué no me sorprende — Esta vez, Severus le sostuvo la mirada por varios segundos, alzando una ceja y con una sonrisa ladina dibujada en el rostro. Hermione rió tapándose la boca. Le parecía tan increíblemente encantador.
No dijeron más y comenzaron a caminar con calma. Cruzaron unas pocas palabras en el camino, no más de las necesarias por si llegaban a toparse con alguien.
Subían escaleras y atravesaban corredores desiertos, sumidos en un silencio que de a poco los iba envolviendo, haciendo que comenzaran a sentir que se encontraban completamente solos en el castillo.
Apenas y se dieron cuenta cuando llegaron a la puerta del dormitorio de Hermione. Se detuvieron en seco, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
La chica abrió la puerta y se giró para mirarlo una vez más antes de irse a dormir.
— Gracias por acompañarme— susurró Hermione. Tenía el pulso acelerado y un escalofrío recorrió su cuerpo haciéndola estremecer.
— No fue nada— dijo él con las manos en los bolsillos de la túnica para que ella no las viera temblar.
En otra situación, Hermione se habría despedido de inmediato y cerrado la puerta para luego tirarse en la cama a pensar en miles de cosas… pero no haría eso.
El profesor Snape miró por sobre el hombro hacia el pasillo detrás de él: no había nadie, ni el más mínimo rumor se podía oírse. Volvió la vista a Granger, y ni siquiera pudo reaccionar cuando la chica se puso en puntas de pie y le robó un beso rápido. Fue como si sus músculos se hubieran convertido en piedra. Quedó petrificado… y los labios de ella seguían peligrosamente cerca… tentadoramente cerca. Exhaló y rozó su cintura con los dedos. No se atrevió a tocarla más. Acercaba y alejaba el rostro al de ella, dudando si debía besarla o no. Ambos mantenían los ojos entrecerrados al tenerse a tan corta distancia. Hasta que Hermione acarició delicadamente con su pulgar el rostro del profesor, que terminó por cerrar los ojos y dejarse llevar.
Unieron sus labios y volvieron a perder el sentido del tiempo y del espacio. Severus estrechó su agarre, atrayéndola hacia él apenas unos pocos centímetros; Hermione le rodeó el cuello con un brazo profundizando el beso, mientras que con el otro se esforzaba porque el libro no cayera al suelo.
Era una sutil caricia de sus bocas.
Se separaron luego de un par de minutos. Ella volvió a su posición pasando la mano por el pecho de Snape, que la soltó inmediatamente.
Hermione tuvo la impresión de que el profesor tenía un ligero rubor en las mejillas, pero no estaba del todo segura por la poca luz.
— Buenas noches— dijo la chica sonriendo de forma coqueta.
— Buenas noches— repitió Snape por inercia. Un estallido de calor dentro de su pecho no le permitía razonar como quería, era algo totalmente nuevo para él.
— Lo veré mañana durante su concurso— Hermione terminó de decirlo y cerró la puerta con suavidad.
El profesor no podía sentirse más atontado. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar muy rápido.
Había tenido la idea demencial de abrir esa maldita puerta y meterse al dormitorio de ella… y no debía caer en eso.
Definitivamente esa chica iba a terminar por desquiciarlo.
Al día siguiente, Hermione desayunaba en el Gran Salón, que nunca se había visto tan concurrido un domingo por la mañana.
Los concursos no tardaron en dar comienzo, partiendo por Defensa Contra las Artes Oscuras, que era una especie de Club de Duelo.
Los alumnos se enfrentaban sobre el escenario, lanzando y esquivando un sinnúmero de hechizos. Hermione pensó que tenían un nivel muy avanzado para su edad, y cómo no, si muchos de ellos habían participado de la guerra aun siendo menores de edad (y los que no, de todas formas se habían preparado).
Ver a Snape supervisar la competencia, para ella era magnífico, casi tanto como observarlo preparar una poción. Esa cara de devoción absoluta, de pasión por lo que hacía, podía apreciarla en muy pocas ocasiones. Se notaba a leguas lo mucho que le gustaba la asignatura.
El concurso terminó con varios alumnos en la enfermería, pero sólo con heridas menores, y sin embargo, todos coincidieron en que fue una de las mejores y más entretenidas pruebas.
Hermione se escabulló del salón un poco antes de que empezaran las siguientes competiciones para disfrutar del día en los jardines y así leer un poco más. Tenía un deseo indescriptible de ver a Snape y estar con él, pero era consciente de que ese no era el momento propicio.
De todas formas, pensó que podría asistir a los partidos de Quidditch después del almuerzo. Tenía poco menos de un mes para concluir la investigación.
Severus buscó de la manera más disimulada posible a la chica, pero no la vio por ninguna parte.
La noche anterior, luego de acompañarla a su habitación, pasó horas y horas caminando por los pasillos de la escuela sin lograr apaciguar esa llama que ardía en su interior, escociendo cada fibra de su cuerpo.
Y en ese momento sólo podía pensar en que esa noche ella se marcharía, y que quizá no volvería a verla hasta el fin de semana siguiente… era bastante tiempo.
Aritmancia y Runas Antiguas fueron aburridos en comparación con Defensa Contra las Artes Oscuras, aun así, y por algún extraño motivo que Snape no supo cuál era, los alumnos no perdían el entusiasmo. Los profesores nunca imaginaron que los chicos pudieran emocionarse a ese nivel, y estaban tanto o más felices que ellos.
Luego del almuerzo, en el que Hermione y Snape no se hablaron absolutamente nada, ya estaban todos reunidos en el estadio para presenciar los partidos de Quidditch. Como había sido un sorteo al azar, el primer partido sería Hufflepuff contra Ravenclaw, y el siguiente, Gryffindor contra Slytherin. Los ganadores de ambos duelos se enfrentarían en la final.
Sin embargo, a Hermione no le importaba demasiado que Gryffindor ganara, estaba sentada por primera vez en las gradas de los maestros… y para colmo había quedado justo al lado de Snape. Tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para no acercarse a él más de lo debido.
El primer partido comenzó, y rápidamente el buscador de Hufflepuff atrapó la Snitch, acabando con el encuentro en unos pocos minutos.
Luego comenzó el de Gryffindor contra Slytherin. Hermione no pudo evitar mirar de reojo al profesor, sabiendo que ambos querían que ganara su propia casa. Pensó que aquella sería una rivalidad que ni con el más puro de los sentimientos podría acabar. Era algo natural, casi… esperable.
No estaba demasiado interesada en el juego, y su atención fue despertada sólo cuando el relator hizo un comentario acerca de Harry. Decía que el buscador de Gryffindor jamás podría estar a la altura del "Elegido", que no volverían a ver a un jugador con más talento en muchos años más, lo que provocó una lluvia de chiflidos e improperios en su contra. Hermione vio cómo Snape hacía una mueca de desprecio al escuchar el nombre de Harry, y se sintió apenada. No le gustaba para nada que el profesor siguiera detestando a su mejor amigo. Sí, sabía que le tenía cierto cariño… pero también sabía que en el fondo lo odiaba un poco.
Decidió pensar después en la forma de arreglar eso.
Y tal vez el comentarista no estaba del todo equivocado, pues el buscador de Gryffindor daba vueltas y vueltas sobre el campo de juego sin lograr ni acercarse a la pelota dorada, mientras que el de Slytherin ya había dado con ella y comenzado su persecución, logrando atraparla sin ningún inconveniente.
Snape sonrió de medio lado, divertido con las palabrotas que Granger soltaba sin recato alguno. Dejaba muy en claro que era una chica apasionada.
— Gryffindor no jugaba así antes— le dijo Hermione a Hagrid, que estaba detrás de ella— Harry siempre lograba atrapar la Snitch (si no le ocurría una tragedia, claro), Ginny hacía un montón de puntos, Fred y George eran los mejores golpeadores de Hogwarts, y Ron también era muy bueno cuando se lo proponía— Ella no vio cómo el rostro de Snape se descomponía al oír el nombre de Ron, estaba demasiado ocupada en remarcar lo mala que era esa generación. Hagrid le daba su apoyo sin poder dejar de reír ante su fervor.
— Lo único que tenía Weasley era suerte— observó Severus, inclinándose un poco hacia el lado para que ella pudiera oírlo.
— ¡Claro que no! — exclamó Hermione, que no había reparado de quién estaban hablando—. Era muy bueno, es sólo que… le faltaba confianza— El profesor soltó aire por la nariz a modo de burla, y la chica por un momento olvidó que todos los profesores estaban ahí—. Lo dice sólo porque su casa nunca ganó cuando estaba él.
Snape giró la cabeza lentamente para mirarla.
— Eso me tiene sin cuidado, Granger. Sólo estoy siendo objetivo— Hermione se cruzó de brazos enfurruñada. A él le pareció graciosa la forma en que fruncía el ceño y apretaba los labios, dándole un aspecto infantil a su gesto maduro de siempre.
— Parece que es imposible que se pongan de acuerdo en algo— dijo Agatha, reclinándose en su asiento detrás de ellos para que pudieran oírla—. No he podido dejar de notar que siempre tienen una razón para discutir— El profesor Snape hizo oídos sordos, acomodándose en su lugar y volviendo la vista al campo. Hermione tampoco respondió a la intervención de la profesora, desviando la mirada a un punto cualquiera del estadio.
El partido final fue más reñido que los anteriores, duró alrededor de una hora hasta que finalmente, y luego de mucha expectación, Slytherin logró hacerse con la Snitch y ganar.
Severus aplaudió con desgana y miró a Hermione por el simple hecho de fastidiarla. Ella no se dejó caer en su juego y lo felicitó con unas pocas palabras.
Cuando se levantaron para abandonar el estadio, la profesora Jones se acercó a Snape raudamente.
— Severus, iremos a Hogsmeade ahora, ¿quieres venir? — preguntó la mujer poniéndole una mano en el brazo. El profesor arrugó el entrecejo, molesto por la cercanía.
— No puedo— dijo llanamente.
— No tardaremos mucho, tomaremos algo rápido y volveremos para la premiación— insistió Agatha, sonriendo para convencerlo—. Hasta la señorita Granger irá—. Snape volteó para mirar a Hermione, pero ella estaba conversando con Minerva, así que no le prestaba atención.
— Y supones que porque Granger irá, yo querré ir— La mujer se encogió de hombros.
— Me parece que se llevan bien, es todo— Él notó que, otra vez, los demás lo observaban con esas miradas de niños esperanzados, y volvió a sentirse entre la espada y la pared.
— Está bien— murmuró apenas, arrepintiéndose en el mismo segundo que lo dijo.
— ¡Fantástico! ¡Vamos!
En Las Tres Escobas, Hermione platicaba distendidamente con Hagrid, que, como siempre, tenía cientos de historias que contar. Sentía que volvía a ser una adolescente cuando hablaba con él. Y sin embargo, no podía impedirle a sus ojos dirigirse hacia Snape de vez en cuando. Era una suerte que Hagrid fuera distraído y no notara la insistencia con que miraba al profesor. Éste estaba sentado en una mesa cerca de la puerta, y mantenía una conversación con Agatha y la profesora McGonagall.
— La prueba de Defensa Contra las Artes Oscuras estuvo estupenda, Severus. Se nota que has hecho un excelente trabajo con los chicos— manifestó Minerva muy alegre.
— En eso coincidimos, Minerva— convino la profesora Jones—. Los niños tienen un muy buen maestro.
Snape permanecía absorto en el movimiento circular del vaso de whisky de fuego en su mano. No tenía deseo alguno de charlar con ese par de brujas, ni con ningún colega en realidad.
— Sólo hago lo que tengo que hacer— expresó él con apatía. Agatha lanzó una fuerte carcajada que Snape consideró fuera de lugar. Lo había dicho muy enserio.
— Siempre tan humilde, Severus. ¡Date más mérito! — exclamó la profesora, mientras McGonagall lo observaba con afecto.
De pronto, el profesor Slughorn apareció y se sentó junto a él, tenía el rostro muy rojo y el enorme bigote desordenado, como si hubiera estado de juerga todo el día.
— Tuviste una espléndida idea, Minerva— comentó Horace, y bebió un largo trago de cerveza de manteca—. Vi muchos chicos con un talento impresionante, muy impresionante la verdad.
Severus se apoyó en el respaldo cruzándose de brazos. Ahora debía soportar a Slughorn también. Y Granger no daba luces de querer acercarse para decirle algo… cualquier cosa.
— ¿Puedo hablar contigo un momento, Severus? — inquirió Agatha poniéndose de pie. Él no hubiera dudado en decirle que no, pero prefirió evitarse la discusión y los reproches y la siguió.
Se recargó en la barra con el codo y esperó a que hablara. La bruja se frotó las manos, incómoda con la mirada dura y fría del profesor.
— ¿Sabes? Últimamente me he preguntado… y no quiero parecer impertinente ni entrometida… si de verdad te gusta ser profesor, si no te gustaría hacer otra cosa—farfulló la maestra. Snape entrecerró los ojos y estudió sus gestos.
— Es lo que sé hacer— dijo en un murmullo, y como ella no parecía querer decir más, agregó: —. ¿Es todo?
— No— respondió de inmediato, como queriendo que por ningún motivo él se fuera—. Creo que no me expliqué bien… es que… es evidente que tienes un talento increíble para las pociones, y me surgió la duda nada más.
— Lo que yo haga o deje de hacer con mi vida, es asunto mío— sentenció Severus sin alzar la voz. No podía entender por qué esa mujer lo atosigaba tanto con esa clase de cosas, esas preguntas existenciales, como si él no se las hubiera hecho un millón de veces. Ni Albus era tan irritante.
— Lo sé— masculló Agatha—. Era sólo una observación. Disculpa la molestia— No dijo más y volvió cabizbaja a la mesa.
Él se quedó donde estaba, hasta se le habían quitado las pocas ganas que tenía de beber. Miró de reojo a Granger, que ahora conversaba con la profesora de Aritmancia, y esperó a que la reunión terminara… o a que ella se le acercara para hablar al menos unos minutos.
Y no pasó mucho tiempo para que eso último sucediera.
Hermione logró zafarse de la profesora con la excusa de que tenía una pregunta que hacerle a Snape acerca de su investigación.
Se puso al lado de él en la barra. No se miraron, conscientes de que Sybill Trelawney no perdía detalle de ellos.
— Me alegro que haya venido— dijo Hermione, dejando sobre la mesa un vaso con cerveza de manteca que ni siquiera había probado.
— ¿No tiene trabajo que hacer? — preguntó Snape pasando por alto el comentario de la chica.
— Sí— contestó ella con soltura—. Pero puedo hacerlo después— El profesor iba a decir algo justo cuando McGonagall anunciaba que debían volver, por lo que no pudieron continuar con la conversación que habían ansiado tanto tener durante el día.
En el camino de vuelta a Hogwarts, Severus y Hermione iban a la retaguardia, pero sin dirigirse la palabra. Aún no se sentían cómodos demostrando el trato "especial" que se tenían.
Al llegar, Hermione se acercó a la profesora McGonagall.
— Profesora, me tengo que ir. Lamento mucho no poder quedarme a ver la premiación— dijo fingiendo estar apenada.
— No te preocupes, Granger. Si necesitas mi chimenea, ya sabes la clave, puedes usarla con confianza.
— Muchas gracias, pero el profesor Snape ya me ofreció la suya— mintió Hermione, mirando al profesor a los ojos, que se tuvo que sumar a la mentira de forma improvisada.
Minerva abrió mucho los ojos, sorprendida por la súbita amabilidad de él.
— Bien… nos vemos entonces. Que tengas buena semana— la directora hizo un ademán con la cabeza como despedida y entró al el Gran Salón, seguida por los demás maestros.
La bruja sabía que Hermione podría haberse ido en Hogsmeade, haberse aparecido… pero no lo hizo.
— Es extraño… no recuerdo haberle ofrecido mi chimenea— dijo Snape comenzando a caminar hacia su despacho. La irreverencia de Granger lo tomó desprevenido, sin embargo, también se alegró de tener un pretexto para no asistir a esa estúpida premiación.
— Sospeché que no le molestaría… pero si prefiere ir al Gran Salón, puedo usar la chimenea de la profesora— soltó Hermione sarcásticamente. Él tuvo que hacer un gran empeño por no reírle la insolencia… y es que le hizo mucha gracia.
— No tiene remedio, Granger— Ella contuvo una sonrisa y no dijo nada más en el camino. Con Snape las palabras estaban de sobra.
Ya en el despacho, Snape no tardó en ofrecerle el recipiente de Polvos Flu, pero Hermione no quería marcharse tan pronto.
— No tengo mucha prisa— manifestó la chica, dejando el recipiente sobre el escritorio y sentándose en una silla frente a éste.
Él frunció el ceño y entrecerró los ojos, algo desconfiado, pero de todas formas tomó asiento, quedando frente a ella. Cruzó las manos sobre el escritorio, entreteniéndose con verla en ese estado de inquietud.
— ¿Y bien? — comenzó Snape con su habitual aire altanero. Hermione, sin embargo, no se dejó amedrentar.
— Quería comentarle que el ambiente que hay en Hogwarts es… no sé cómo explicarlo… sensacional. Me encanta— Se puso un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró profundamente—. Esa paz… nunca la había vivido en Hogwarts… todo gracias a usted.
Severus se rascó la mejilla, reflexionando las palabras de ella. Se sintió molesto.
— No sé lo que le habrán contado o escuchado de mí— dijo, mirándola con intensidad—, pero yo no soy el bueno de la historia— Hermione sonrió amargamente. Snape era tan terco, nunca admitiría todo lo bueno que había dentro de él. Puso los codos en la mesa y se inclinó hacia adelante.
— Depende la historia que quiera contarme.
El silencio que se produjo tras sus palabras fue absoluto. Se miraron a los ojos sin pestañear siquiera, hasta que el profesor bajó la vista y negó con la cabeza, pero no dijo nada más.
— Estoy segura que algún día se dará cuenta de todo lo bueno que hizo…
— Granger… los padres de su mejor amigo fueron asesinados por mi culpa. No soy un santo— objetó Snape, esforzándose por no levantar la voz. Realmente estaba harto de que todos pensaran que era un héroe, una gran persona.
— Nadie lo es… mucha gente murió, y no por culpa suya… fue de Voldemort. Él provocó todas esas calamidades. Deje de recriminarse— rebatió ella, intentando evitar que se asomaran lágrimas en sus ojos. Le dolía mucho que Snape dijera eso.
Él bufó impaciente, apoyándose en el respaldo y mirando a cualquier parte.
— Si quería venir para hablar de esto, le sugiero que se vaya.
— No. Sólo quería estar con usted— murmuró Hermione. Sin embargo, volvió a tomar el recipiente y se puso de pie—. Es una buena persona… no se lo niegue más— Severus entreabrió los labios, pero no habló, prefirió zanjar el asunto y quedarse callado.
Hermione sonrió ligeramente y se dirigió a la chimenea. Lo miró por largos minutos, instándolo a que se acercara. Él, luego de pensárselo un poco, se levantó y caminó hacia la chica dando grandes zancadas. Estaba enfadado, y no quería descargarse con ella. No era justo. Recibió el recipiente luego de que Hermione tomara un poco de Polvos Flu, y todo el enojo que había sentido se esfumó de golpe. No quería despedirse con mala cara.
— ¿Tiene que hacer algo el viernes por la noche? — preguntó Hermione desenfadadamente, como si no hubiera pasado nada. El profesor Snape quedó perplejo por el radical cambio de tema. La miró a los ojos y negó con la cabeza. Ella sonrió con clara y sincera felicidad—. Bien, saldremos, y no aceptaré un "no" por respuesta. Durante la semana le aclararé los detalles— No le dio tiempo para refutar, poniéndose en puntas de pie y atrayéndolo hacia ella por el cuello con su mano libre.
Lo besó en los labios con todo el cariño que le fue posible. A él le costó un poco reaccionar, pero no tardó en devolverle el beso, colocando su mano sobre la de ella.
Fue corto. Hermione se separó, sonriéndole con infinita dulzura, y viendo por fin cómo el profesor se ruborizaba.
Se adentró en la chimenea y volteó para verlo.
— Buenas noches— dijo, al tiempo que arrojaba los Polvos Flu al suelo y desaparecía.
— Buenas noches— murmuró Snape, pero ella no alcanzó a oírlo. Sonrió, moviendo la cabeza hacia los lados—. Es una atrevida…
Primero que todo, espero que hayan tenido una hermosa navidad (los que la celebren, claro), que disfruten las fiestas de fin de año, y que el próximo sea mucho mejor.
Me demoré en actualizar por las razones de siempre: falta de tiempo. Pero aquí estamos, con mi regalo de navidad para ustedes :) que lo merecen por seguir mi humilde historia.
Ahora, con respecto al capítulo, no se me hace que apenas comiencen su "relación", por decirle así, de inmediato empiecen con los arrumacos y eso... es un poco extraño en mi opinión. Por eso aquí los pueden ver un poco retraídos, acostumbrándose recién a demostrar ese cariño que por tanto tiempo reprimieron. Pero les aseguro que el próximo capítulo verán un acercamiento mucho mayor... en la primera cita 1313 xD
No les digo más para que no se me impacienten. Juro que trataré de actualizar lo más pronto que pueda. Mientras tanto, espero de corazón que disfruten este capitulillo, que escribí con todo mi amor(y el poco tiempo que me sobra xD)
¡Que tengan unas felices y maravillosas fiestas!
¡Besos y abrazos!
PD: para que entiendan mejor el por qué del escaso tiempo que tengo aún estando de "vacaciones" y en verano, sólo diré que trabajo en cocina, por lo tanto, estas fechas demandan muuuuuuuuucha comida (parece que las personas olvidaron cómo cocinar xD)
