Capítulo 2, espero que os guste.
Disclaimer: La historia pertenece a Susan Mallery y los personajes a Stephenie Meyer, yo solo hago la adaptación.
Capítulo 2
Bella les devolvió el abrazo, un abrazo en el que pudo captar desesperación y alivio. Eran demasiado pequeñas como para estar solas. ¿En qué había estado pensando la mujer de Emmett?
Añadió esa pregunta a la lista de dudas que tenía y que iba en aumento, pero ya les buscaría respuesta más tarde. Por el momento quería que las niñas se sintieran a salvo y que comieran bien.
—¿De verdad estás aquí? —le preguntó Lilian.
—Sí. He recibido tu email esta mañana y he venido directamente.
Lilian, delgada y casi tan alta como ella, respiró hondo.
—Me alegro mucho. Me he esforzado mucho por hacerlo bien, pero no he podido. El dinero que nos dejó Siobhan se nos acabó enseguida.
Claire, un poco más baja y también muy delgada, se mordía el labio inferior.
—¿Eres nuestra tía?
—Sí. Vuestro padre es mi hermano.
—Eres famosa.
Bella se rió.
—No mucho.
—Pero tienes libros en la biblioteca. Los he visto —Claire miró a su hermana—. No los leo porque Lilian dice que me darán pesadillas.
Bella alargó la mano y tocó la mejilla de la niña.
—Creo que tiene razón, pero podrás leerlos cuando seas un poco mayor.
—O podrías escribir un libro para niñas de mi edad.
—Pensaré en ello —desvió la mirada y vio a Anthony de pie junto al vestíbulo—. Chicas, tenéis un primo. Mi hijo Anthony ha venido conmigo. Anthony, son tus primas, Lilian y Claire.
Las niñas se dieron la vuelta y Anthony les sonrió.
—Hola —dijo más con curiosidad que vergüenza.
—Hola —respondieron las niñas al unísono.
—Anthony tiene once años —les dijo Bella—. Hoy ha terminado las clases.
Lilian arrugó la nariz.
—Nosotras tenemos que ir hasta el viernes y después nos dan las vacaciones de verano.
Un hecho que lo haría todo mucho más fácil, pensó Bella. Si terminaba llevándose a las niñas a Seattle, no tendría que preocuparse por tener que sacarlas del colegio a mitad de curso.
Claire se giró hacia ella.
—¿Dónde está el padre de Anthony, tia Bella?
No era una pregunta que Bella quisiera responder en ese mismo momento. Vio la expresión de su hijo endurecerse, como si esperara que fuera a darles algo de información, pero ella no lo veía muy probable, pensó mientras deseaba que las cosas hubieran sido distintas y que Edward por lo menos hubiera querido formar parte de la vida de su hijo.
—No está con nosotros —dijo Bella intentando quitarle importancia al tema—. ¿Por qué no vamos a la cocina y os preparo algo para comer? He comprado un pollo asado y unas ensaladas de camino. Después, podremos conocernos un poco más y me contaréis qué está pasando.
Tenía más que decir, pero las niñas salieron corriendo hacia la cocina, como desesperadas por comer.
Les sirvió a cada una unos buenos trozos de pollo junto con ensalada de col y patata.
Las niñas prácticamente engulleron la comida. Bella les puso unos vasos de la leche que había comprado y se bebieron dos cada una. Mientras las veía devorar la comida, se sintió furiosa. ¿Cómo podía haberlas abandonado sin más la mujer de Emmett? ¿Qué clase de mujer dejaba a dos niñas solas? Lo mínimo que podía haber hecho era llamar a los servicios sociales mientras se marchaba del pueblo.
Decidió que lo descubriría todo sobre Siobhan y que crearía un personaje como ella en su próximo libro al que mataría. Sería una muerte espantosa, se prometió. Lenta y dolorosa.
Anthony miraba a las niñas con los ojos como platos, pero no dijo nada. Parecía que estaba dándose cuenta de que llevaban tiempo sin comer, lo cual era muy triste, pero probablemente una buena lección para él. No todo el mundo tenía la suerte de tener tres comidas al día.
Bella se fijó en sus camisetas, desgastadas y no muy limpias. Sus vaqueros también habían visto mejores días y hacía falta tirar esas sandalias que llevaban. Sabía que la mayoría de niñas de catorce años se sentirían humilladas por no llevar ropa de última moda y un suave toque de maquillaje. ¿Había Lilian elegido prescindir de ambas cosas?
Cuando dejaron de comer con tanta ansia, Bella se situó en frente de Lilian. Anthony estaba a su lado y ella lo rodeó por la cintura.
—¿Cuánto tiempo hace que se fue Siobhan?
—Un poco. Casi tres meses. Nos dejó cien dólares y cuando se nos acabó... —bajó la mirada al plato y lo apartó.
Bella pensó en las bolsas vacías de patatas fritas que había en la basura y en la pequeña manzana de la encimera. Si no tenían dinero ni nadie que las cuidara, la única posibilidad era que Lilian hubiera estado robando comida para poder sobrevivir.
—Hablaremos de eso más tarde. En privado. Podemos ir a hablar con los dueños de las tiendas y explicárselo todo. Yo les devolveré el dinero.
Lilian se sonrojó y tragó saliva.
—Yo... eh... gracias, tía Bella.
—¿Y si me llamas «Bella»? Tía Bella es demasiado largo.
—De acuerdo. Gracias, Bella.
—¿Sabían vuestros amigos que Siobhan se había ido?
Claire sacudió la cabeza.
—Lilian dijo que no se lo contáramos a nadie porque entonces se nos llevarían, viviríamos en casas distintas y jamás volveríamos a vernos.
—No iba a permitir que me quitaran a Claire— dijo Lilian con fiereza y con su verde mirada brillante y cargada de determinación.
Se trataba de un sentimiento admirable, aunque muy poco práctico cuando la alternativa era morirse de hambre. Claro que Bella no era la persona adecuada para hacer una crítica al respecto; ella había adorado a su hermano mayor y él se había marchado sin decirle ni una palabra y dejándola sola.
—Algunos de mis amigos se lo han imaginado —admitió Lilian—, y a veces nos han traído comida. Ha sido duro. De verdad creí que podría ocuparme de las dos.
—Es una gran responsabilidad —dijo Bella—. Lo has hecho lo mejor que has podido, pero la situación era imposible. Me alegra que me hayas escrito.
Claire sonrió.
—Ha leído todos tus libros, igual que papá. Los tiene todos arriba. ¿Podemos ir a verlo?
—Primero dejad que me entere de lo que está pasando —les explicó Bella. Ni siquiera sabía dónde estaba Emmett, y mucho menos por qué razón estaba encarcelado.
—Papá está orgullosísimo de ti —le dijo Lilian—. Habla de ti todo el tiempo.
Bella no estaba segura de cómo se sentía por ello ya que, por muy orgulloso que estuviera, no parecía estarlo tanto, porque de lo contrario se habría puesto en contacto con ella. Como sus hijas acababan de demostrar, localizarla no era tan difícil.
Claire levantó la mirada al techo.
—Han conectado la luz —sonrió—. Ya no volveremos a estar a oscuras.
—Os lo han conectado todo, incluso la televisión por cable.
A las niñas se les iluminaron los ojos.
—¿Podemos ver la tele? —preguntó Claire.
Anthony miró a Bella y sonrió como recordándole que él no era el único niño que quería estar viendo la televisión todo el día.
—No, hasta que hayáis hecho los deberes —les informó Anthony—. Y no todas las noches.
Bella se rió.
—Es verdad. Insisto en que todas las semanas dediquemos una noche a la lectura, y nos sentamos tranquilamente a leer.
—Me gusta leer —dijo Lilian—, pero papá y Siobhan nos dejaban ver la tele todo el rato.
Ya se ocuparía de ese asunto más tarde, pensó Bella.
—Si habéis terminado, ¿por qué no lleváis los platos a la pila y los aclaráis? Después haremos una lista de la compra e iremos a la tienda.
Una vez hubieron lavado los platos, Bella mandó a Anthony al baño de arriba para que comprobara si había papel del baño y a Claire a comprobar si tenían detergente de la ropa junto a la vieja lavadora que había en el garaje. Lilian y ella se sentaron en la mesa y empezaron a hacer la lista.
—Compraremos lo básico, pero no demasiado. No estoy segura de cuánto tiempo estaremos aquí.
Lilian frunció el ceño mientras se echaba su larga melena sobre el hombro.
—No vamos a marcharnos. No voy a dejar que nadie me separe de Claire.
Bella le acarició el brazo.
—No estoy sugiriendo nada parecido, pero no podéis quedaros aquí solas. Tenéis que vivir con un adulto. Hablaré con vuestro padre sobre la situación. Si tenéis más familia habrá opciones que podremos barajar. Si no, Claire y tú vendréis con nosotros a Seattle.
La niña se puso de pie.
—No, no iremos. Vivimos aquí. En Forks—los ojos se le llenaron de lágrimas.
Bella se levantó.
—Lo siento. No debería haber dicho eso. Toda esta situación es nueva para mí y ni siquiera nos conocemos. No te preocupes por eso de momento.
—No iré. Y Claire tampoco irá —su mirada era desafiante, a pesar de las lágrimas—. Lo digo en serio, Bella. No puedes obligarnos.
Bella sabía que si le daban la custodia de las niñas, podría hacerlo y lo haría, pero ahora mismo no había necesidad de insistir en el tema.
—Lo comprendo. Como te he dicho, deja que hable con tu padre y que veamos cómo está la situación. No haré nada sin hablar primero contigo. ¿Podemos dejar el tema de lado por el momento?
Lilian parecía querer discutir, pero asintió lentamente.
Bella se sentó y retomó la lista.
—¿Champú y acondicionador?
Lilian se dejó caer en la silla.
—También se nos ha acabado.
—Tendréis que decirme cuál os gusta. ¿Y maquillaje?
Era un soborno, claramente.
—Ah, no llevo mucho, pero me gustaría.
Bella sonrió.
—Compraremos máscara de pestañas y brillo de labios por el momento, pero dentro de unos días iremos a la perfumería y nos entretendremos comprando muchas más cosas.
Lilian se inclinó hacia ella.
—¿Llevas mechas?
Bella se pasó los dedos por su ondulada melena cortada a capas. Le caía justo por debajo de los hombros y era un largo que le permitía recogérselo en una coleta, en un moño o ponerse rulos para hacerse unos preciosos y marcados rizos.
—Unas pocas. Tenemos el pelo prácticamente del mismo color y si le echas un poco de dorado rojizo le añades volumen. Ahora mismo estás preciosa sin más, pero dentro de unos años querrás mejorar.
Lilian se sonrojó.
—Claire odia su pelo.
—Acabará gustándole. Cuando eres pequeña, cuesta ser diferente.
—Eso era lo que decía mi madre —apretó los labios—. Murió.
—Lo siento.
—Fue hace mucho tiempo. Claire no la recuerda.
—Pero tú sí.
Lilian asintió.
Bella se preguntó por la mujer con la que se había casado su hermano y dónde había estado él todo ese tiempo. ¿Cuándo había vuelto a Forks? ¿Había sido al morir su madre? Bella sospechaba que le había dejado la casa a él, pero ¿cómo lo habrían localizado? La única posibilidad era que él hubiera estado en contacto con su madre todo ese tiempo.
Más preguntas que dejarían para más adelante, pensó.
Anthony bajó las escaleras.
—No hay papel del baño y tampoco hay gel.
Claire volvió a la cocina para decir que tampoco había detergente de la ropa.
—No sé si mi coche es lo suficientemente grande para todo lo que tenemos que comprar —dijo Bella bromeando—. Puede que tengamos que ataros a alguno en el techo del coche para dejar espacio dentro.
Claire se quedó un poco impactada, pero Anthony se rió.
—¡A mí! ¡Átame al techo del coche, mamá!
—Gracias por presentarte voluntario.
Claire los miró a los dos y sonrió, como si ahora estuviera captando el chiste.
—A mí también podrías atarme.
—Vaya, gracias —dijo Bella, acariciándole la mejilla—. Eres muy considerada. Bueno, ¿estamos listos? Estaba pensando que podríamos cenar spaghetti. ¿Qué os parece?
—Es mi comida favorita —dijo Anthony.
—Y la mía también —añadió Claire.
—¿Con pan de ajo? —preguntó Lilian.
—No serían spaghetti de verdad si no llevaran pan de ajo —le dijo Bella.
Lilian sonrió.
Una jornada de compras, una cena y una limpieza de cocina compartida más tarde, Lilian estaba haciendo un último trabajo para el colegio mientras Claire y Anthony se sentaron en el sofá para ver una película.
Bella se sirvió una copa de vino y salió al porche para tomársela. Aunque sus sobrinas eran fantásticas, la situación era muy intensa y sentía la necesidad de estar a solas unos minutos.
Se sentó en los escalones del porche. La noche era clara y las estrellas se veían mucho más grandes y más cercanas que en Seattle. Ahí no había luces de la gran ciudad que enralecieran el cielo. Podía distinguir las montañas al este alzándose en el cielo y las cumbres casi parecían rozar las destellantes estrellas.
El sonido de la película que los niños estaban viendo dentro la hizo sentirse bien, segura.
Claire y Lilian eran unas buenas chicas que se enfrentaban a una imposible situación y por eso su furia ante el hecho de que Siobhan las hubiera abandonado iba en aumento a cada segundo. ¿Cómo podía un adulto alejarse de unas niñas así, sin más? Aunque no las quisiera, podría haber hecho algo para asegurarse de que alguien se ocupaba de ellas.
Una parte de Bella quería llamar a la policía y denunciar a esa mujer, pero no lo haría. No, hasta que todo estuviera aclarado. Involucrar a los asuntos sociales era una complicación que no necesitaban. Además, primero quería hablar con Emmett.
En la cena, Lilian había mencionado que su padre estaba en Folsom. A pesar de que Johnny Cash había hecho famosa esa cárcel con una canción, era un lugar viejo y una prisión como otra cualquiera. Bella se había documentado al respecto para uno de sus libros y aún tenía contactos allí, por lo que le sería relativamente fácil entrar para ver a su hermano.
Sin embargo, saber eso no hacía que la idea de verlo después de tantos años fuera más agradable. ¿Qué iba a decirle?
Decidió no pensar en ello y volvió a centrar su atención en la preciosa noche. Eso era más sencillo que pensar en el pasado, o incluso en el presente.
Después de tanto tiempo, había vuelto a Forks. ¿Quién se lo habría imaginado?
El momento de las compras se había sucedido sin incidentes; sólo una dependienta la había reconocido lo suficiente como para llamarla por su nombre. La mujer, ya mayor, no le había resultado familiar, pero sabía muy bien cómo era la vida en los pueblos y por eso había fingido estar encantada ante el encuentro. La mujer le había comentado que era maravilloso que hubiera vuelto para estar con las hijas de Emmett.
Un comentario inocente, pensó Bella mientras daba un sorbo de vino. No había habido razón para contestar a la mujer, para decirle bruscamente cómo era posible que un pueblo entero no se hubiera dado cuenta de que había dos niñas viviendo solas. Claro que ése era el mismo pueblo que años atrás había visto muchos golpes en sus brazos y piernas y nadie le había preguntado nada tampoco.
—No vuelvas a pensar en ello —se dijo. Estaba allí para ayudar a las hijas de Emmett y marcharse lo antes posible. Nada más.
Oyó a alguien caminando por la acera e instintivamente se puso tensa antes de recordar que estaba en Forks y que allí nadie asaltaba a nadie. Alzó la mirada y vio a un hombre que se detuvo en el portón de su casa y entró. Casi se le cayó la copa de entre los dedos cuando vio que ese hombre que se dirigía hacia ella era Edward Cullen.
—Hola, Bella.
Era tan alto y guapo como recordaba. Más ancho de constitución y un poco mayor, pero había envejecido muy bien. Estaba demasiado oscuro como para que pudiera distinguir sus rasgos, pero creía poder decir que se alegraba de verla. Por lo menos, estaba sonriendo.
No podía creerse que fuera real. ¿Por qué iba a estar Edward alegre de verla de vuelta allí?
Aferró la copa de vino con las dos manos. Levantarse sería lo más apropiado y educado, pero dudaba que pudiera mantenerse en pie. Le temblaban las piernas mientras miraba al primer hombre que había amado. Si se hubiera tomado otra copa de vino, probablemente habría admitido que era el único hombre al que había amado, pero ¿por qué pararse a pensar en eso ahora?
—Edward —dijo sorprendida de volver a pronunciar ese nombre después de tanto tiempo.
Le había gritado, lo había maldecido, había llorado por él, le había suplicado... pero sólo en su mente. En los últimos doce años, no había vuelto a pronunciar su nombre. Excepto una vez... ante su esposa.
—Me había parecido verte antes —dijo él, acercándose y metiéndose las manos en los bolsillos con una leve sonrisa—. En la carrera. He intentado alcanzarte, pero había demasiada gente. Has vuelto. Estás muy bien.
¿Qué estaba qué?
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, dejó la copa sobre el suelo del porche y se puso de pie. Se cruzó de brazos y tuvo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos. Estaba claro que el paso del tiempo no lo había hecho encogerse.
—No es lo que piensas. No he venido a crear problemas.
—¿Por qué ibas a hacer eso? —le preguntó él confuso.
—He venido por mi hermano y mis sobrinas. No se trata de nada entre nosotros.
La sonrisa de Edward se difuminó hasta convertirse en una fina línea.
—En cuanto a eso... —se encogió de hombros—. Fui un crío y un cretino. Lo siento.
No era una disculpa que estuviera a la altura de lo que la había hecho sufrir al rechazarlos a su hijo y a ella, pero a Edward nunca se le había dado bien eso de aceptar la responsabilidad en sus relaciones.
Después de todo, él era un Cullen, miembro de una buena familia; una chica de la zona pobre era lo suficientemente buena como para acostarse con él, pero un tipo como Edward nunca querría nada más con alguien así.
—Bueno, el caso es que no sabía que mi hermano había vuelto y no sabía que tenía dos hijas hasta que Lilian me ha escrito. Por eso estoy aquí. Estaré dos semanas, tres como mucho, y me mantendré alejada de tu camino, como me pediste —o, mejor dicho, como le «ordenó», pero estaba muy cansada y no le apetecía entrar en el tema. Una pelea con Edward complicaría aún más la situación .
Sacudió la cabeza e intentó mantener la calma.
—Pero tengo que señalar que no eres dueño de este pueblo y que no tienes ningún derecho a decirme dónde puedo o no puedo estar.
—Lo sé —dijo Edward dando un paso más hacia ella—. ¿Te ayudaría saber que no tengo la más mínima idea de lo que me estás diciendo?
Y esa sonrisa volvió, la misma que siempre había tenido la capacidad de hacerla sentir como si tuviera mariposas en el estómago.
—Quería darte la bienvenida y decirte que creo que es genial que hayas triunfado tanto con tus libros, aunque no estoy seguro de que me guste esa parte en la que me matas una y otra vez.
Ahora él no era el único que estaba confundido. ¿Quería hablar de sus libros?
—Te lo mereces y, técnicamente, no te he matado.
—Entonces, ¿por qué todas tus víctimas tienen más que un mero parecido conmigo?
—No sé de qué me hablas —lo cual era mentira.
—De acuerdo.
La sonrisa volvió a desvanecerse cuando dio otro paso hacia ella. Un paso que lo acercó demasiado.
—Hace once años fui un cretino. Lo admito y lo siento. Eso es lo que he venido a decirte.
—¿Qué? —bajó las manos hasta las caderas y lo miró—. ¿Eso es todo? ¿Después de todo lo que pasó la última vez que vine aquí?
—¿Qué última vez?
—Hace cinco años volví para hablar contigo, pero tuve una conversación bastante incómoda con tu mujer. Estabas fuera y unos días después recibí tu carta.
—¿Qué? —preguntó él extrañado.
Ella quería gritar.
—Vine a hablar contigo, a contarte lo de Anthony. Vi a Gianna y me dijo que no estabas en el pueblo. Unos diez días después, recibí una carta de tu parte diciéndome que no querías saber nada de nosotros, que me mantuviera alejada de Forks y que si volvía, te asegurarías de que lo lamentara.
—Acepto que lo que te hice hace tantos años fue estúpido y mezquino y lo siento, pero no metas a mi mujer en tus historias.
—¿Historias? ¿Crees que estoy mintiendo? Hablé con tu mujer hace cinco años y tú me escribiste una carta. Aún la tengo.
Él sacudió la cabeza.
—Yo no te escribí ninguna carta —vaciló—. No sé si viste a Gianna o no, tal vez yo estaba de viaje. Hoy te he visto aquí y he venido a saludarte y a pedirte disculpas. Eso es todo —la miró fijamente—. Y por cierto, ¿quién es Anthony? ¿Tu marido? ¿Estás casada?
¡Oh, Dios! Bella volvió a sentarse en el escalón. La invadieron los recuerdos y se le hizo imposible elegir sólo uno. El pasado más reciente fue lo primero que se coló en su mente recordándole cuánto había amado a Edward, cómo la había convencido para que confiara en él, cómo le había dicho que la amaba. Ella se había entregado a él una noche llena de estrellas junto al lago; una desesperada
emoción no había sido suficiente para evitar que su primera vez le doliera, pero Edward la había abrazado mientras lloró.
Habían planeado que ella fuera a reunirse con él en la universidad porque estar juntos en Forks era imposible. Y no porque su familia fuera especialmente rica, sino porque eran una familia muy respetable y eso Bella Swan jamás podría serlo.
Lo recordó a él y a sus amigos en la cafetería donde Bella trabajaba después de clase, cómo su amigo Jasper había mencionado haberlos visto juntos y cómo Edward había dicho que ella no era nadie. La había negado, los había negado a los dos y Bella lo había oído todo.
Tal vez si ella hubiera sido mayor habría entendido por qué Edward había dicho lo que dijo, o si él hubiera sido más maduro o fuerte, podría haberse enfrentado a sus amigos. Por el contrario, le había hecho daño y ella había reaccionado ante ese ataque. Se había acercado a la mesa, había agarrado el
batido de chocolate que le había llevado hacía escasos minutos y se lo había tirado a la cara. Después, se había marchado; había dejado su trabajo, había metido sus cosas en una bolsa y había huido a Seattle.
Tres semanas después, se había enterado de que estaba embarazada.
Había regresado al pueblo para contárselo a Edward, pero entonces lo había encontrado en la cama con otra. Había huido de nuevo y en esa ocasión se había decidido a estar sola. Pero cinco años atrás, cuando Anthony iba a empezar el primer grado en el colegio, había decidido probar de nuevo con Edward y así había terminado hablando con su esposa y recibiendo la carta en la que él decía que no quería saber nada de los dos.
Pero nada tenía sentido. Edward era muchas cosas, pero no estúpido. No se olvidaría de su propio hijo a menos que no lo supiera, que su mujer no le hubiera hablado de la visita de Bella.
—¿Bella? ¿Qué está pasando?
—No lo sé —se levantó—. Aun corriendo el riesgo de repetirme, ¿Giann nunca te dijo que vine a verte?
—Así es.
—Tú nunca me escribiste una carta.
—No.
—Entonces, ¿no sabes nada de esto?
—¿De qué?
Ella respiró hondo. Había sabido que existían muchas posibilidades de volver a encontrarse con él, con su mujer, o con los dos, pero jamás se habría imaginado algo parecido.
—Hace cinco años volví para verte. Bueno, no, en realidad volví semanas después de marcharme, pero estabas en la cama con Jessica.
—¿Qué? Yo no... —dio media vuelta y volvió a girarse hacia ella—. No es lo que crees.
—Me pareció que los dos estabais desnudos en la cama —dijo intentando que su voz no se viera afectada—. No importa. Que te acostaras con Jessica no es la cuestión.
—Yo no me acosté con ella.
—¿No? Entonces, vuestra intensa relación tampoco es la cuestión. Volví para decirte que estaba embarazada y, cuando te vi en la cama con Jessica, me marché. Estaba demasiado herida, demasiado furiosa. Me habías negado en público y después te habías acostado con una de las chicas que encontraban una gran satisfacción atormentándome. Bueno, el caso es que siempre quise que lo
supieras y por eso vine hace cinco años para contarte lo de Anthony. Hablé con Gianna y se lo conté y entonces recibí una carta tuya diciendo que no querías tener nada que ver conmigo ni con Anthony y que nos mantuviéramos alejados de aquí —una carta que, al parecer, había escrito Gianna.
Edward la miró como si nunca antes lo hubiera hecho y en su rostro se vieron reflejadas muchas emociones, entre ellas incredulidad, confusión y rabia.
—¿Anthony no es tu marido?
—Es mi hijo. Tu hijo. Tiene once años. Y está aquí.
Ya se lo ha dicho. Sé que parece un poco pronto, pero el libro es muy bueno, y espero que os guste.
Dejádme reviews contándome qué os ha parecido el capítulo.
Siento no haber podido contestar a los reviews, pero los he leído y os lo agradezco infinitamente, ahora con las fiestas y tal apenas me da tiempo a subir el capítulo.
Os dejo un adelanto, y nos leemos el viernes.
—Turbinas de viento.
—¿Qué?
—Se llaman turbinas de viento.
—Gracias —Bella estaba incómoda y deseando no tener que contarle nada, pero eso era muy egoísta porque Anthony merecía conocer a su padre y Edward... merecía conocer a su hijo.
—Vive aquí, en Forks. Esta noche lo conocerás.
Besitos.
