El Gigante Egoísta

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante.

-Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que

nadie más que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:

"Prohibida la entrada.

Los transgresores serán

Procesados judicialmente."

El gigante Egoísta, Oscar Wilde

Una cosa fue la cremación de Kendra, y otra muy distinta el lugar donde sus cenizas reposarían para siempre. Albus sabía bien que el deseo de su madre era reposar junto a su esposo, lo cual suponía un problema, puesto que había muerto (y había sido enterrado) en Azkabán.

Resulta bastante obvio que no muchos acuden a esa clase de funerales. Un entierro es de por sí bastante triste como para que encima se efectúe junto a la mayor concentración de dementores del mundo. A esto hay que agregar que la familia Dumbledore vivía en aislamiento y el resultado es que nadie acudiría excepto los ahora huérfanos.

Albus y su hermano se dirigían a la enorme y gélida roca que era la prisión de los magos, sobre una exigua barca que al parecer no se hundía más por magia que por su estabilidad. Sentado en la barca, el remero empujaba con mecánica y fría constancia: era uno de los inhumanos guardianes de Azkabán.

El bote se balanceaba solitario a través del mar del Norte, mientras ambos jóvenes lucían pálidos, las emociones sufridas en los últimos días eran bastante para explicar su estado, además del esfuerzo supremo de soportar el aura que despedían las tenebrosas criaturas que cuidaban el lugar, les daba la apariencia de dos pasajeros de Caronte dirigiéndose al inframundo.

Cuando el dolor es muy grande, nos impide pensar. Es una de esas maravillosas defensas que nos da nuestro subconciente para sobrevivir, cuando los hechos son más terribles de lo que podemos soportar. Es una pena que el poder de los dementores rompa esa protección.

Los recuerdos se agolpaban en la mente de los hermanos… la ocasión en que su hermanita fue dañada para siempre, el día que papá llegó llorando a esperar a que los aurores fueran por él, y el día en que se lo llevaron, cada una de las visitas a la cárcel, mientras veían cómo la vida y la cordura de su padre se perdía por los barrotes de la desesperación, la muerte de su madre… y en Albus, la culpa que venía con eso. Nunca en su vida se podría reponer, estaba hundido, atrapado en sus obligaciones por su propia culpa, había destruido lo más bello que tenía, su madre…

Conforme se acercaban a la isla, un sentimiento de repulsión hacia ese lugar iba creciendo dentro de ellos. El frío los calaba hasta los huesos, mientras entraban a Azkabán, donde nunca llegaba el Sol, y donde nunca brillaban las estrellas.

Mustias antorchas iluminaban el camino hacia el panteón, como si en cualquier momento fueran a apagarse, mientras los dementores volaban por todas partes, haciendo parecer a la isla una macabra colmena. Al llegar a la isla, Albus levantó su varita, y una neblina plateada lo rodeó un momento, pero pronto de dispersó.

Kendra era la mujer más fuerte que conocieron, no es que fuera insensible, al contrario: su enorme capacidad para sentir y amar era lo que le había dado una fortaleza más allá de lo normal. Era de las que ya no se hacen. Fue capaz de seguir de pie cuando mutilaron la mente de su hija, cuando su esposo cometió lo indecible con esos niños muggles, no se detuvo a lamentarse y sacó adelante a su familia, ahora Dumbledore lo veía muy bien. Pese al dolor, ella siempre había estado a su lado. Nunca se había dado cuenta, pero si ahora se había convertido en un hombre, era gracias a su madre. Nunca se había fijado en cuantas cosas había hecho por él… ahora estaba solo. Abandonado a su suerte sin un hombro en el cual llorar, sin un consejero a quien preguntar, sin la única mujer en la que había confiado. El mundo entero la necesitaba, y ahora no iba a estar nunca más.

Albus y Aberforth caminaron través de las tumbas del cementerio más triste que jamás haya existido con desafortunada costumbre hasta la tumba de su padre. Un hoyo fresco, profundo, no tan grande para un cuerpo, pero sí suficiente como para meter la urna de su madre los esperaba frente a la sencilla tumba de Percival Dumbledore. Para sorpresa, ahí se encontraba alguien más: Bathilda Bagshot acompañada de un joven rubio que Albus no conocía.

Sintió la necesidad de bloquear el torrente de recuerdos que lo acosaban.

Albus no quería seguir pensando, no ahora. Temblando, se secó las lágrimas con el dorso de la túnica. Volvió a intentar su patronus. Se concentró en lo que sintió al ser nombrado el mejor alumno de su generación.

Expecto -su imagen mental lo llevó a recordar el rostro de su madre mientras él daba el discurso de graduación- patronus!

Dumbledore observó cómo en vez del león plateado que solía convocar empezó a formarse una nube plateada que, de nuevo, terminó desvaneciéndose en volutas que nada pudieron contra el ataque de los dementores.

No le pareció justo. Recordó el día del funeral de su padre. Todos estaban tristes, pero Kendra, sobreponiéndose a las lágrimas, invocó a su patronus para proteger a sus hijos. Cada que iban a visitarlo, ella los reconfortaba con abrazos y enormes barras de chocolate. Albus volvió a secarse las lágrimas y se concentró en el día en que recibió el Premio Barnabus Finkley de Demostraciones Excepcionales de Hechizos.

Expecto… -sus ojos se perdieron en el cuadro de su madre cuando le dijo: "…cuídala por mí…"- patronus!

Una vez más, el hechizo falló. Estaba muerto, pensó. Su magia y sus sueños. Enterrados junto a su madre, la que sustentaba sus esperanzas. Todo se había ido con ella.

-¿Puedo ayudarr? ¿Cuál es el conjurro…?

Albus levantó los ojos. El joven se parecía remotamente a Bathilda, sólo que de su edad. Como todos los presentes, se encontraba sufriendo la cercanía de los dementores, y se veía deseoso de alejarlos de sí lo más pronto posible.

-La palabra es "Expecto patronus". Debes tener un pensamiento felíz. –El joven mostró de inmediato una intensa concentración. A Dumbledore le recordó bastante a sí mismo.- No te preocupes si no lo logras…

Expecto patronus!

Sorprendentemente, una nube plateada y brillante salió de la varita del chico, que se fue condensando en un poderoso oso. Éste corrió alrededor de ellos protegiéndolos del ataque de los dementores.

Aberforth estaba inconsolable. Ambos hermanos tomaron la sobria urna negra y la depositaron con cuidado en el agujero. No se necesitaron muchas palabras, el pesar que oprimía sus corazones era suficiente homenaje. Haber dicho algo habría estado de más. Tras unos minutos de terrible silencio, Albus levantó la varita con la intención de cubrir el agujero, pero su hermano lo detuvo.

-Déjame, yo, quiero despedirla… como lo habría hecho Arianne.

Albus guardó su varita, y ambos, hincados en el suelo, taparon con sus manos el agujero. La dura y fría tierra agradeció en silencio la vida que la tocaba. Mucho tiempo había pasado desde que la última planta había muerto, a causa de los dementores. Este sitio, cuya alma era reprimida y

destruida por las terribles criaturas, acogía en su seno un recuerdo más, un triste recuerdo que sin embargo le daba la fortaleza e identidad que le eran arrebatadas.


-Gracias por venir –musitó Albus mientras descendían de la barca de regreso en tierra firme.

-Cuenta conmigo, con lo que necesites –respondió Bathilda con un apretón de manos-. Mi sobrino nieto está de visita, así que si necesitas compañía o lo que sea, sólo tienes que mandar una lechuza y…

-Gracias por su apoyo, señorita Bagshot –respondió Dumbledore cansinamente-. Pero ahora, sólo queremos estar solos.

-Entiendo –respondió la mujer, pese a seguir preocupada-. Hasta pronto.


Enervate!

Arianne se despertó de su desmayo inducido. Albus se había visto obligado a dejarla así puesto que nadie podía cuidarla. Odiaba hacerlo, pero de otra forma no habrían podido acudir a enterrar las cenizas de su madre.

Poco a poco Arianne fue reconociendo el lugar en que se encontraba. Su cuarto permanecía tal cual era hacía ocho años, lleno de unicornios de peluche y muñecas de porcelana. Sin embargo, desde hacía varios días parecía buscar algo más. Ella miró con sus grandes ojos azules a su hermano. Su mirada, llena de la inocencia más pura, solía estar perdida en mundos que sólo ella conocía. Pero ese día, sus ojos (idénticos a los de su madre, y a los suyos propios) parecían atravesar el alma de su hermano por completo, como hacía mucho tiempo que no lo hacían. La jovencita empezó a respirar rápidamente, con los labios apretados, como forzándose a actuar.

-¿M-ma-má?-preguntó en un susurro.

Albus la miró. Sus ojos se humedecieron, pero trató de ser fuerte.

-Ella se fue, Arianne. No volverá.

La niña se levantó, temblorosa, y se asomó a la ventana. Albus pudo oír sus sollozos.

-Mi…culpa…

El joven Dumbledore se quedó petrificado ¿Acaso era posible? ¿Ella recordaba el suceso? Su hermana no sólo extrañaba a su madre, sino que se culpaba de la situación.

Albus fue con su hermana, la abrazó fuertemente, y lloró con ella.

-No fue tu culpa. Nunca, jamás fue tu culpa, ¿entiendes? Mamá te amaba, y nunca se enojaría contigo, ni ella, ni nadie.

-¿En… tonces?

Entonces era su culpa. Él lo sabía en el fondo, nunca había sido su intención, amaba a su madre con todo su corazón, el no había imaginado lo terrible de sus consecuencias.

Ambos se quedaron inmóviles mucho tiempo, observando pasar a lo lejos a Aberforth, quien por el momento deseaba estar solo con sus cabras y pasaba todo el día tras la colina. Las horas corrieron, y Albus se quedó dormido recargado en la ventana…

Alguien jaló la túnica de Albus, tirándolo al suelo. Éste despertó sobresaltado, y se topo con su hermana menor, con los ojos llorosos, pero ahora de miedo. Ella temblaba, y se aferraba con fuerza a su túnica. Unas risas llamaron su atención en el jardín.

Eran los Chellew, unos de los pocos niños muggles del pueblo. Al parecer habían entrado a hurtadillas en busca de un balón perdido, y habían terminado bromeando en el jardín mientras buscaban entre la hierba crecida. Esto enfureció a Albus.

-¿CÓMO SE ATREVEN A ASUSTAR A MI HERMANA? ¡FUERA!

Los niños se apresuraron a ponerse a salvo del otro lado de la cerca.

-Pero, nuestro balón…

-¡Ya les daré su balón! ¡Accio!

La pelota voló a manos de Albus ante los asombrados ojos de los niños. Este se la pasó al mayor, quien la dejó caer de la impresión. El joven Dumbledore refulgía con un enojo desmesurado, por un momento había perdido el control de sus emociones. "Vamos" se dijo mentalmente. "Respira, así. Tranquilo. Hay que deshacer las evidencias."

Obliviate!

Los cuatro Chellew desenfocaron los ojos y mostraron una sonrisa bobalicona. Dumbledore los saludó cuando partieron corriendo con la vaga sensación de que su madre los llamaba. Se habían ido. Al entrar a la casa, Dumbledore notó la puerta del sótano cerrada.

Toc, toc, toc…

Algo, él intuía qué, se golpeaba contra una columna de la casa.

Era Arianne, de nuevo golpeándose la cabeza. Albus corrió hacia ella y la sujetó con fuerza. Esta vez, no existía peligro alguno, pues toda la magia que solía acumular la había liberado cuando la muerte de su madre. Albus deseaba que no ocurriera algo así otra vez. No lo permitiría. Después de todo, su destino, hasta el final de su vida, sería dedicarse a su hermana.

Era hora de cerrar cualquier vínculo en el mundo, ese mundo que ya no era para él. La admiración de la gente las promesas... los sueños de grandeza se habían asfixiado y era hora de ponerlos en su lugar. No permitiría que nadie, ni nada, volviera a acercarse a su hermana. Al parecer, era hora de hacer un poco de remodelación en casa…

Protego totalum!


Un par de horas después, el trabajo había sido terminado. Gracias al encantamiento fidelius que había hecho con Ab nadie, mucho menos un muggle podía ver la casa a menos que Albus le hubiese revelado su ubicación. En el terreno donde anteriormente se alzaba la casa, cualquiera podía ver un montón de ruinas tras una cerca rodeada de hiedras y espinos, mientras un tétrico letrero rezaba:

"Prohibida la entrada.

Los transgresores serán

Procesados judicialmente."

Y los muggles, además, experimentaban la extraña e inexplicable sensación de que no deberían estar ahí.


Muchas gracias por su paciencia. Agradezco a todos los lectores que me estimulan con sus reviews. En especial a Huachi-sama por darme la persuación necesaria para acabar con este cap. antes de terminar el fin de semana largo. Ahora me retiro a acabar mi tarea. Ja, ja, ja. Y como diría Ron:

"Creo que ella debe organizar sus prioridades"