Holaa jejej aki sta lo nuevoo

recuerden d ke nada me pertenece

Capitulo 3

Tenía que actuar de forma natural. Según su forma de pensar, si Rosalie se daba cuenta de que ella quería realmente la casita amarilla, se negaría a alquilársela.

A Rosalie le encantaba llevar la contraria.

En realidad, la mejor manera de cerrar el trato sería pedirle a Bella que interviniera para suavizar las cosas ya que Rosalie sentía debilidad por ella. Pero la idea de utilizar a alguien para allanar el camino le resultaba mortificante. Se dejaría caer como de pasada por la librería de Rosalie, tal y como venía haciendo casi a diario desde que Bella se había hecho cargo de la cocina y de la repostería del café.

Así, de un solo golpe, podría conseguir comida decente y un nuevo alojamiento.

Caminó por la calle principal con paso enérgico, más por afán de dejar el asunto resuelto y cerrado que porque hubiera comenzado a soplar el viento, que jugaba con su corta cola de caballo, a la que normalmente iba dando tirones a través de la abertura trasera de la gorra que solía llevar.

Cuando llegó a la librería se detuvo, y frunció los labios.

Rosalie había remodelado el escaparate. Un pequeño escabel con borlas, una mullida colcha de color rojo oscuro, una pareja de candelabros altos con gruesas velas rojas estaban colocados entre montones de libros, aparentemente al azar. Como sabía que Rosalie nunca hacía nada de forma casual, Alice tuvo que admitir que el conjunto tenía un aire acogedor, de calidez hogareña. Y era sutilmente, muy sutilmente, sexy.

El escaparate parecía decir: hace frío fuera, pase y compre algunos libros para leer cómodamente en casa.

Por mucho que Alice pudiera hablar de Rosalie, y podía decir muchas cosas, la verdad era que dominaba su negocio.

Entró en el cálido interior, y automáticamente se quitó la bufanda. Las estanterías de color azul oscuro estaban repletas de libros y daban al conjunto una apariencia de salón. En vitrinas de cristal se exponían preciosas baratijas y curiosas chuminadas. En la chimenea ardía un fuego con llama baja de color dorado, y otra colcha, ésta de color azul, estaba artísticamente echada sobre una de esas sillas profundas que parecen decir «acomódate». Desde luego, Rosalie sabía lo que hacía. Pero eso no era todo. En otras estanterías se presentaban candelabros de varias formas y tamaños. Piedras pulidas y cristales llenaban grandes cuencos. Aquí y allá había cajas de colores con cartas del Tarot y runas.

Todo ello también muy sutil, pensó Alice frunciendo el ceño. Rosalie no anunciaba que aquel lugar era propiedad de una bruja, pero tampoco lo ocultaba. Alice supuso que el componente de curiosidad, tanto por parte de los locales como de los turistas, aportaba un considerable porcentaje a los beneficios anuales de la tienda. Pero eso no era asunto suyo.

Detrás del tallado mostrador, la encargada de Rosalie, Lulú, que estaba terminando de marcar las compras de un cliente, se bajó las gafas para escudriñar a Alice por encima de la montura de plata.

—¿Estás buscando algo para tu mente y de paso para tu estómago?

—No. Tengo mucho en lo que mantener ocupada la cabeza.

—Cuanto más se lee, más se aprende.

Alice sonrió abiertamente.

—Yo ya sé todo lo que hay que saber.

—Nunca lo he dudado. Ha llegado un libro nuevo en el envío de esta semana que es precisamente lo que te va: 101 formas de ligar. Indicado para ambos sexos.

—Lu —Alice le dedicó una sonrisa burlona antes de comenzar a subir a la segunda planta de la tienda—, yo escribí ese libro.

Lulú rió a carcajadas.

—Hace tiempo que no te veo acompañada —replicó.

—No he sentido necesidad de compañía últimamente.

Había más libros en la segunda planta y más curiosos hojeando por las estanterías, sin embargo la gran atracción era la cafetería. A Alice le llegaba el olor de la sopa del día, un olor rico y espe ciado.

Los clientes de primera hora que ya habían de vorado los bollos y galletas de Bella, o cualquier otra sorpresa que hubiera preparado para ese día, habían cedido paso a los de la comida. En un día como aquél, Alice suponía que buscarían algo caliente y reconfortante, antes de regalarse alguno de los postres de Bella, que eran de pecado.

Echó un vistazo a lo expuesto en la barra y suspiró. Pasteles de crema. Nadie en sus cabales rechazaría los pasteles de crema, aunque también hubiera para elegir éclairs igualmente tentadores, tartas, galletas, y lo que parecía ser un pastel compuesto por varias capas de golosina pura.

Detrás de semejantes tentaciones se encontraba la artista preparando un pedido. Sus ojos eran de un profundo color chocolate claro y su cabello de hermoso color caoba, alrededor de un rostro que relucía de salud y bienestar. Se le formaron dos hoyuelos en las mejillas al decir adiós a un cliente de una de las mesas del café situada junto a la ventana.

Alice pensó que el matrimonio sentaba bien a cierta gente. Bella Swan Cullen era una de ellas.

—Te veo muy dinámica hoy —comentó.

—Me encuentro muy bien. Se me pasan las horas volando. La sopa del día es de verdura y el emparedado es...

—Tomaré sólo la sopa —interrumpió Alice—, porque hoy necesito un pastel de crema para ser feliz, y un café.

—Marchando. Estoy preparando jamón al horno para cenar —añadió—, o sea que nada de comer pizza antes de llegar a casa.

—Sí, sí, está bien —Alice recordó la segunda parte del asunto que le había llevado hasta allí. Cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, y lanzó otra amplia ojeada al lugar—, no veo a la bruja por ningún lado.

—Está trabajando en su despacho —Bella sirvió un cucharón de sopa, añadiendo un crujiente panecillo que había horneado por la mañana—, espero que aparezca pronto. Te has ido tan rápido esta mañana de casa que no he podido hablar contigo. ¿Sucede algo?

—No, no, nada. —Quizás fuera una grosería hacer planes relativos a irse a vivir a otro sitio sin decir nada antes. Alice se preguntó si esto entraría dentro del ámbito de las habilidades sociales, un asunto siempre complicado para ella.

—¿Te importa que coma en la cocina? —le preguntó a Bella—, así puedo hablar contigo mientras trabajas.

—Por supuesto. Pasa. —Bella puso la comida de Alice sobre su mesa de trabajo—. ¿Estás segura de que no pasa nada?

—Nada de nada —aseguró Alice—, hace un frío del demonio fuera. Supongo que Edward y tú se están arrepintiendo de no haberse quedado en el sur hasta primavera.

—La luna de miel fue perfecta —sólo con pensar en esos días sintió una cálida y satisfecha sensación de bienestar—, pero es mejor estar en casa —Bella abrió la nevera para sacar uno de los recipientes con la ensalada del día—. Todo lo que quiero está aquí: Edward, la familia, los amigos, una casa propia. Hace un año no hubiera imaginado que podría estar en la isla así, sabiendo que dentro de una hora más o menos llegaré a casa.

—Te lo has ganado.

—Sí —A Bella se le oscurecieron los ojos y Alice pudo ver en ellos la esencia de su fuerza, una fuerza que todos, incluida la misma Bella, habían subestimado—. Pero no lo hice sola. —El claro «ding» de la campanilla del mostrador anunció que había un cliente esperando—. No dejes que se te enfríe la sopa —dijo y salió elevando la voz para saludar.

Alice tomó una cucharada de sopa y suspiró de placer al probarla. Se concentraría en la comida y pensaría más tarde en el resto. Sin embargo, había probado la primera cucharada, cuando oyó a Bella pronunciar el nombre de Rosalie.

—Alice está en la cocina. Creo que quiere verte.

¡Mierda, mierda, y mierda! Alice frunció el ceño y se dedicó a llenarse la boca.

—Vaya, vaya, creí que estabas en casa. —Rosalie Hale se apoyaba graciosamente en la jamba de la puerta, con su melena gitana de cabello rubio cayendo sobre la espalda de un vestido largo color verde bosque. Su rostro resultaba asombroso: tenía altos pómulos, como hielo afilado, y una boca llena y bien dibujada, que llevaba pintada de un rojo tan intenso como el de su aura; una piel suave como la crema y ojos azules como el cielo. En ese momento, miraba a Alice detenidamente, con una ceja levantada en un arco perfecto y burlón.

—Aquí estoy. —Alice siguió comiendo—. Creo que a estas horas la cocina es de Bella. Si pensara lo contrario, estaría buscando en mi sopa alas de murciélago o dientes de dragón.

—Con lo difícil que resulta conseguir dientes de dragón en esta época del año... ¿Qué puedo hacer por ti, ayudante? —preguntó Rosalie.

—Nada. Pero yo sí he tenido por casualidad la idea de hacer algo por ti —replicó Alice.

—Ahora siento una enorme curiosidad —alta y delgada, Rosalie se acercó a la mesa y se sentó. Alice vio que calzaba unos tacones tan finos como agujas a los que era tan aficionada. Nunca entendería cómo alguien podía meter los pies en semejantes cámaras de tortura sin que le estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola.

Alice cortó otro pedazo de panecillo y masticó.

—Perdiste a una inquilina cuando Edward y Bella sellaron su compromiso. Imagino que no has hecho nada para alquilar la casita, y como estoy pensando en buscar casa propia, quizás yo te pudiera ayudar.

—Cuéntame —intrigada, Rosalie cortó un pedazo del panecillo de Alice para ella.

—Oye, la que lo paga soy yo.

Rosalie lo mordisqueó, ignorándola.

—¿Te parece que son demasiados en casa?

—Es una casa grande —Alice se encogió de hombros y puso el resto del panecillo fuera del alcance de Rosalie—. Tú tienes aquello vacío. Es pequeño, mono, y yo no necesito demasiado. Estaría dispuesta a negociar un alquiler.

—¿El alquiler de qué? —preguntó Bella que se dirigía directamente a la nevera para sacar los ingredientes con los que preparar un emparedado que le habían encargado.

—De la casita amarilla —contestó Rosalie—. Alice está buscando algo para ella.

—Pero... —Bella se dio la vuelta—, tú tienes un hogar, con nosotros.

—No hagamos esto tan difícil —era demasiado tarde para lamentar no haber hablado con Rosalie en privado—. Sólo estaba pensando que estaría muy bien tener un lugar propio, y como Rosalie tiene una casa abandonada...

—Al contrario —la interrumpió Rosalie con suavidad—, ninguna de mis posesiones está abandonada.

—¿No quieres que te haga un favor? —Alice alzó un hombro—. A mí me da igual.

—¡Qué considerado por tu parte pensar en mí! —El tono de Rosalie era dulce como un caramelo, lo que siempre era un mal presagio—, pero, lo malo es que he firmado el alquiler de la casa con un arrendatario no hace ni diez minutos.

—Mierda. Estabas en tu despacho y Bella no dijo que estuvieras con nadie.

—Ha sido por teléfono —continuó Rosalie—, un doctor de Nueva York. Hemos firmado un alquiler por tres meses vía fax. Espero que esto te tranquilice.

Alice no ocultó su contrariedad con suficiente rapidez.

—Te repito que a mí me da igual. ¿Qué demonios viene a hacer un médico durante tres meses a Tres Hermanas? Ya tenemos uno en la isla.

—No es un doctor en Medicina, sino en Filosofía, y como estás tan interesada, te diré que viene a trabajar. El doctor Whitlock es un investigador de fenómenos paranormales, y está deseando pasar una temporada en una isla que fue creada por brujas.

—Mierda—exclamó Alice.

—Siempre tan concisa —Rosalie, divertida, se puso en pie—. Bien, mi tarea aquí ha terminado. Voy a ver si puedo llevar alegría a la vida de alguien más —se dirigió a la puerta e hizo una pausa antes de volverse—. Por cierto, llega mañana. Estoy segura de que le encantará conocerte, Alice.

—Aleja a ese cazador de espíritus de mí. ¡Maldita seas Rosalie! —Alice mordió su pastel de crema—. Se lo va a tener que tragar.

—No te vayas —dijo Bella con firmeza—, Peg viene a las cinco. Quiero hablar contigo.

—Tengo que patrullar.

—Tú espera.

—Vaya, casi consigue que se me quite el apetito —se quejó Alice, pero consiguió devorar el pastel de crema.


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