Horcrux
Por Muinesva
III
El señor Burke leía silenciosamente El Profeta, sentado en un rincón cuando Tom Riddle llegó al negocio. Se le veía tranquilo e imperturbable, como siempre. Burke levantó la mirada del periódico para responder al lacónico saludo de su ayudante.
—¿Has visto El Profeta hoy, muchacho? —preguntó dejando el diario en la mesa y levantándose.
—No, señor —respondió Tom quitándose la gruesa capa y colgándola en el armario de la trastienda —¿Ha sucedido algo?
—La pobre señora Smith ha muerto envenenada por su vieja elfina. Un accidente, dice El Profeta —chasqueó la lengua. Se dirigió a un estante y cogió una pequeña caja.
—Es una pena —comentó el joven con el rostro inexpresivo.
—Mmm… —corroboró el señor Burke distraídamente, concentrado en el contenido de la caja.
Nadie habló el resto de la mañana mientras trabajaban con ciertos objetos. Ocasionalmente se rompía el silencio con algún comentario sin importancia. Más tarde Burke mencionó que Tom debería volver a la casona Smith un día, pues le interesaban algunas cosas que Hepzibah no le había vendido aún, y creía que los familiares sí lo harían.
Pero una semana más tarde, Tom apareció en la tienda con cierto aire decidido. Burke se quedó de piedra cuando el joven le dijo que renunciaba.
—¿Ha habido algún problema? —le preguntó, creyendo que podría tratarse de un malentendido.
—Ninguno, señor —respondió Tom, acercándose al mostrador, detrás del cual se encontraba el hombre—. Simplemente quiero explorar nuevos horizontes.
El momento en que Tom Riddle abandonó la tienda, Burke tuvo la inconfundible sensación de estar perdiendo algo. El joven Riddle era sin duda su mejor ayudante. En el poco tiempo que había trabajado para él, el ingreso de oro se había multiplicado a niveles insospechados, logrando que el negocio fuera mejor que nunca. Pero si ahora el joven debía irse, no había remedio. Le había prometido una mejor paga semanal, y varios beneficios, pero nada había logrado que cambiara de opinión, Tom estaba decidido a irse.
Aun así, no perdió el tiempo y llamó a Marlow, otro ayudante. No era tan brillante como Riddle, pero tenía cierto carisma. Marlow trabajaba en una doncella de hierro en el sótano y tardó un poco en responder a la llamada, pero una vez arriba, en la tienda, se puso al día en todo lo relacionado con los objetos de Hepzibah Smith y, tomando la empresa con entusiasmo, se dirigió a la casona. Burke hizo un especial hincapié en el hecho de que quería recuperar un antiguo medallón.
Al caer la tarde Marlow regresó. Burke estaba tan ensimismado que, al contrario de lo que siempre sucedía, se sobresaltó ante el fuego verde de la chimenea, ocasionado por los polvos flu. Su ayudante salió de la chimenea, sacudiéndose el hollín de la túnica y acercándose a su jefe. Sacó del bolsillo un pergamino y se lo entregó.
Burke leyó deprisa la lista de objetos que la familia Smith deseaba vender, pero, a pesar de repasar una y otra vez las palabras no encontró lo que buscaba.
—¿Y el medallón? —preguntó con los ojos muy abiertos.
Marlow negó con la cabeza.
—Me hablaron sobre él, pero no lo encuentran. Creen que Hepzibah lo ocultó en otro lugar junto a otra reliquia. Los parientes están poniendo la casa patas arriba, buscándola.
—¿Qué reliquia es esa? —preguntó el mago entrecerrando los ojos.
—La Copa de Helga Hufflepuff.
—¡Por las barbas de Merlín! ¡La copa de Hufflepuff! ¿Cómo es que Hepzibah nunca la mencionó?
Burke no dejó de pensar en ambos objetos el resto del día, preguntándose si conseguiría tenerlos. Pero unos días más tarde envió a Marlow de nuevo a la casona Smith y cuando él regresó, sus esperanzas se esfumaron. Las reliquias habían desaparecido de la casa, y sus habitantes estaban desesperados. ¿Cómo podrían perderse los dos mayores tesoros? ¿Quién podría haberlos robado? Burke supo por Marlow que la familia había comenzado a hacer listas de las personas que habían pisado la casa, sonsacando información a la vieja elfina de la familia, que ahora estaba siendo juzgada por el Ministerio por el asesinato involuntario de su ama.
Por un minuto, Burke pensó en las veces que Tom había ido a la casona Smith, cada vez con mayor frecuencia. Recordó el casi imperceptible entusiasmo que vio en sus ojos cuando le contó sobre el medallón y cuando prometió encontrarlo. Y también recordó, que tras la muerte de la señora Smith, Tom había perdido el interés en encontrar el medallón, y había decidido irse. Por un segundo, Burke relacionó los hechos, y se preguntó si el joven había sido capaz de llevarse dos objetos de gran valor que no le pertenecían.
Podría ser una simple coincidencia. O tal vez no. Lo que sí sabía era que no abriría la boca. Si Tom era un ladrón, no tenía por qué delatarlo. No era asunto suyo.
-o-
No tenía muchas posesiones, pero las pocas que estaban en su poder eran muy valiosas. Trofeos. Tom Riddle se preparó para dejar su habitación alquilada del Caldero Chorreante, en la que había vivido los últimos meses. Ahora el mundo le esperaba. Se llenaría de conocimientos ancestrales, de magia poderosa que ningún ser humano se atrevía a usar.
Pero no podía irse sin antes haber dejado ciertos resguardos. Por eso, decidió ir a un lugar que no había visitado desde hacía años. Un lugar donde un día demostró su poder. Una magia que aún no era capaz de controlar y que sin embargo, era sorprendente. Por primera vez sintió que era dueño de la situación. Benson y Bishop jamás volvieron a burlarse de él. Tom sonrió con malicia al recordar los rostros de esos niños al ver las cosas de las que Tom era capaz. Sabía que no dirían nada porque nadie les creería, y que si hablaban los creerían locos. Eso hizo que se sintiera aún más poderoso.
Al pasar por las silenciosas calles del Londres nocturno, buscando a alguien que pudiera servirle para su oscuro propósito, Tom aferró la varita en el bolsillo. No pasó mucho tiempo hasta que divisó a lo lejos una silueta acurrucada en el suelo. Al acercarse comprobó que se trataba de un hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Los pasos de Tom eran el único sonido en aquel momento, y resonaban en las paredes fuertemente, ocasionando que el hombre girara la cabeza hacia él.
Cuando lo tuvo cerca, Tom pudo observar mejor al hombre. Claramente era un vagabundo, que sin duda era muggle. Bajo la suciedad de su rostro, podía adivinar que tenía casi la misma edad que él. Unas palabras que había escuchado hacía tiempo se le vinieron a la cabeza "Traumatizados a causa de la guerra muggle". Con una mueca de desdén y aminorando la marcha se acercó al muggle, que continuaba sentado. Pudo ver la alerta en su mirada, ocultando momentáneamente el hastío.
Tom esbozó una sonrisa maliciosa mientras pensaba que él podría considerarse como alguien piadoso. Por eso ayudaría a ese muggle a llegar a un lugar mejor. Sacó su varita y quiso soltar una carcajada de burla al ver la mirada de confusión que el joven le dirigía.
Unas palabras y un rayo de luz verde eran suficientes para acabar con la vida de alguien.
El cuerpo del vagabundo se deslizó hacia el suelo, donde claramente podía pasar por alguien dormido.
.
Las olas rugían, rompiéndose contra las rocas, ocultando la entrada a la cueva.
El silencio sepulcral y la oscuridad fueron lo primero que espantó a Benson y Bishop, recordó Tom con burla. Ellos suplicaron salir de allí, pero Tom les convenció para que siguieran.
Unos años antes sería un problema para él crear poderosas barreras para proteger el guardapelo, pero ahora tenía todo solucionado. Haber trabajado por tantos meses en Borgin & Burkes traía muchos beneficios. Y tener una librería dedicada a las Artes Oscuras en el mismo callejón era una de ellas.
Una poción protegería al medallón. Una poción que tenía que beberse obligatoriamente si se quería coger el tesoro. Una poción que llevaría hasta la locura a quien osara beberla. La fuente descansaría en una pequeña isla al medio del lago, bajo los elevados techos de la caverna, protegida por magia antigua. Sin olvidar el sacrificio de sangre hecho al inicio de la travesía.
Tom Riddle sonrió satisfecho. Su medallón estaba a salvo.
Lo que había ocurrido en ese lugar con Benson y Bishop le había dado la idea para colocar cientos de Inferis en las oscuras aguas del lago. Antes de su incursión aquel año, alguien ya había lanzado un cadáver al lago, creyendo que lo ocultaba para siempre. O quizás fue un accidente. Tom pasaba las tardes en el orfanato pensando en las posibles situaciones que pudieron haber acaecido en la cueva antes de que ellos llegaran. Porque aquella tarde que él, Amy y Dennis entraron en la caverna, se encontraron con el cadáver de bruces en la orilla, con la mitad del cuerpo todavía en el agua, en un avanzado estado de descomposición.
Cuando Amy y Dennis gritaron presas del terror, Tom se limitó a reír. Quiso asustarles aún más, imaginando que el cadáver se movía. Y se sorprendió tanto cuando pasó que se sintió más poderoso de lo que ya se sabía en ese entonces. Un cadáver reanimado accidentalmente, por pocos segundos por supuesto, era una demostración de magia maravillosa.
Amy y Dennis estaban al borde de la histeria, paralizados del terror ante la visión del cadáver arrastrándose hacia ellos. Una especie de broma infantil, pensó Tom, recordando con exactitud el chillido de Amy, quien se había tapado los ojos con ambas manos, al sentir las gélidas y putrefactas manos aferrar su tobillo.
Tom soltó una fría carcajada que reverberó en las paredes y el techo de la caverna. Qué extraños eran esos tiempos, cuando aún no conocía el origen de ese poder. El oscuro eco de su risa permaneció flotando en el ambiente, incluso después de que él haya abandonado el lugar, dejando atrás un nuevo Horcrux.
