¡Hola de nuevo! Aquí vengo con el capítulo tres, un domingo más. Mil gracias por haberos leído el anterior y dejarme esos reviews tan bonitos, de verdad. Me alegra que os guste la historia y espero que lo que venga no os defraude ^^ Permitidme que este capítulo se lo dedique a una persona muy especial para mí. Mi abuelo. Él es la persona en la que se basan los ancianos de mis historias. Samuel Riley de Buscando un Corazón y Peter Evans, del que pronto sabréis más en este capítulo. De hecho, le he puesto como nombre Peter, en homenaje a él. Gracias por darme tanto, abuelo.
Y también gracias a: Maru (jajaja La mente fría xD En este capi conoceréis la historia de Sam ;) Sí, lo corté ahí justito, y algo me dice que tampoco te gustará cómo corté este capi xDD Pues sí, no vas tú muy desencaminada en el corte xD A ver qué te parece, ya me dices ^.^ Un beso, Maru); a Rosa Elena (jejeje ¿Coincidencia? Quizás sí, quizás no. Quién sabe xD Mis labios están sellados, no diré nada jaja No, gracias a ti por leerlo y dejarme saber qué te parece ^^ Un abrazo y un beso, Rosa Elena!); a María Elena (¡Sí! Se lo merecía xD Nos los mató y ni siquiera nos dijo cómo :( ¿Muchos misterios? Umm, quizás no tantos xD Mil gracias, María Elena. Besos!)
La canción del capítulo es "La respuesta no es la huída" de Maldita Nerea.
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 3: No todo está perdido
Mas si miras, verás unos ojos convencidos,
De que soy lo que soy por nacer donde he nacido,
El latir más sincero, el misterio en que creo,
Aun sigue aquí, aun sigue aquí...
¡Aquí ahora y siempre!
Y aunque ahora el mundo gire en otra dirección,
Eres tu quién le da, sentido,
A lo que dice tu dormido corazón.
No todo está perdido.
—No tengo familia, Merce —dijo él, negando con la cabeza.
Y con aquellas palabras, la chica tuvo que resistir la tentación de abrazarle de nuevo y resguardarle entre sus brazos. Porque él era mucho más grande que ella pero eso no le importaba. Solo deseaba que el chico comprendiese que ella estaría ahí para él, siempre.
Sin embargo, Mercedes no se levantó, guardando silencio mientras le escuchaba abrir su corazón.
—Mi abuelo era lo único que me quedaba y se murió hace tres años.
—Lo siento mucho, Sam.
El chico esbozó una pequeña sonrisa antes de seguir adelante.
—Daría lo que fuese por haber nacido en una familia como la tuya.
Mercedes abrió la boca asombrada. ¿Acaso él no había sido feliz? La curiosidad de saber más acerca de su pasado la invadió. Quiso hablar, pero él la interrumpió, empezando a relatarle la historia de aquella familia infeliz de la que hablaba.
—Mi madre era una soñadora. Una chica que creía en los cuentos de princesas encerradas en una torre esperando que un príncipe viniese a rescatarlas.
Mercedes sonrió levemente al oírle. Ella también había tenido aquellos sueños siendo niña.
—Se enamoró. Pero ese chico no era un príncipe, sino un ladrón que le robó el corazón con engaños y la sacó de su casa, exponiéndola a mil y un peligros a ella y a su bebé —Sam se calló durante unos segundos, antes de proseguir. Él era aquel bebé del que le hablaba. Su voz había temblado al referirse a sí mismo—. Mi abuelo sabía que ella se encontraba con él en secreto y le prohibía que lo hiciese, encerrándola en casa, haciendo más grandes las fantasías de mi madre. Una princesa encerrada en su torre esperando que él viniese y la salvase, llevándosela lejos. Y así lo hizo. Huyeron. Dónde mi abuelo no pudiese encontrarles. Fue ahí cuando ella se enfrentó a la realidad. Él no era un príncipe de cuento y jamás lo sería por mucho que le prometiese a ella que cambiaría. Vivían en la carretera y robaban, para luego vender lo sustraído al mejor postor. También traficaba con droga. Él lo era todo menos un buen hombre.
Mercedes se sintió pequeña, oyéndole hablar de su familia. Ellos habían tenido vidas tan diferentes. La mano que había unido a la de él, sentía sus temblores encima de la mesa, pero Mercedes se rehusaba a mirarlas, quizás temiendo que él fuese a romper aquel contacto.
—Con el tiempo, ella también se convirtió en lo que él era. Y su hijo... —El chico cerró los ojos al decir aquello. Confesarle su historia le estaba costando demasiado, pero no podía detenerse, no ahora que ella oiría toda la verdad—. Era un crío cuando mis padres murieron al precipitarse por un terraplén el coche en el que escapaban de la policía. Yo no iba en él. Mi padre me había dejado en una gasolinera cercana, prometiéndome que regresarían a por mí cuando consiguieran despistarles. Pero no lo consiguieron. Las autoridades me llevaron a un centro de acogida, donde no tardaron en buscar una familia que cuidase de mí.
La chica sonrió al pensar en la suerte que él había tenido de poder empezar de nuevo con otra familia, pero Sam negó con la cabeza, mordiendo su labio inferior, haciéndole ver que aquello no había sido así.
—Eran buenas personas, Merce. Y yo era el hijo de mi padre. Él mismo se había encargado de hacerme ver todos aquellos años, que tarde o temprano, acabaría siendo como él. Tenía los mismos rasgos, los mismos gestos. Él quería que fuese igual a él. Un ladrón. Un criminal.
Ella negó en silencio, sin poder creer lo que estaba oyendo. Sus rasgos podían ser idénticos, pero no eran la misma persona. El corazón de Sam no tenía maldad. Él no...
—Hice lo posible para que me devolviesen al centro y lo conseguí —dijo, mientras Mercedes reprimía otro "No" —. Pasé por varias familias hasta que ya nadie quiso hacerse cargo de mí. Me había hecho mayor en aquel entonces y las familias solo buscaban bebés y niños inocentes para darles todo el cariño del mundo.
El hecho de oírle decir aquel "niños inocentes" hizo que su pecho le doliese. Sam no se había visto como un niño inocente, sino uno roto, defectuoso, que no merecía el cariño de una familia. Su padre le había hecho muchísimo daño y lo más probable era que, aún muerto, todavía siguiese haciéndoselo.
—No quería arruinarles la vida a aquellas familias, Merce. Tenía un pasado. Todavía lo tengo —dijo, demostrándole así, que ella estaba en lo cierto. La chica recordó en ese momento la facilidad con la que había roto la ventana del coche y el puente que le había hecho para poder arrancarlo. Quién sabe cuántas más cosas habría aprendido de su padre—. Cuando ya pensaba que estaría solo toda mi vida, Peter me encontró y me llevó a su casa, cambiándome el apellido y poniéndome el suyo y el de mi madre, Evans. Todavía recuerdo sus palabras la primera vez que me vio en el centro de acogida. "Eres idéntico a él, hijo, pero no eres tu padre".
Mercedes sonrió al oír aquellas palabras. Su abuelo tenía razón, Sam no podría ser como su padre. Él no.
—Mi abuelo fue quién me enseñó que yo no estaba destinado a convertirme en lo que mi padre había sido. Peter me ofreció un futuro. Pagó mis clases de pintura y me dio todo el cariño que tanto me había hecho falta. Hasta el último día de su vida.
La chica sintió cómo las injusticias de la vida caían sobre él. Sam había encontrado a su abuelo, o más bien, su abuelo le había encontrado, pero había tenido muy poco tiempo para disfrutar de su cariño.
¿Por qué?
—Él era mi ancla, Merce. Y cuando se fue, el temor de defraudarle creció dentro de mí. Le prometí que nunca lo haría. Le prometí tantas cosas... Pero se fue, y me dejó solo —Las lágrimas que había tratado de guardar durante todo ese tiempo, salían ahora al exterior al recordar su muerte.
Mercedes elevó su mano libre para borrar una de aquellas lágrimas, al tiempo que él cerraba sus ojos y reposaba su mejilla en aquella mano, provocando que el corazón de la chica empezase a latir como loco queriendo salírsele de su pecho.
Déjame ser tu ancla.
Habría querido decirle.
Déjame cuidarte y hacerte ver que nunca podrías ser él.
Pero se calló, entrelazando los dedos de su mano derecha con los de él y acariciando con su mano izquierda su rostro.
—No soportaba mirarme al espejo y verle a él —dijo Sam, abriendo los ojos para mirarla de nuevo.
—Oh, Sam... —Se lamentó, negando con la cabeza—. La barba y el pelo largo... —No era para que no le reconociesen, sino para que él no se reconociese como la imagen de su padre. Ahora entendía aquello que él le había dicho acerca de sus gafas.
—Tenemos que deshacernos de ello —dijo, rápidamente, levantándose de la silla—. Necesitamos unas tijeras y cuchillas de afeitar. Busquemos.
—Sam, por favor, no puedes... No lo hagas —le pidió, deteniéndole. No quería que el chico se derrumbase de nuevo al mirarse en el espejo.
—Dijiste que buscaban a alguien como yo —le recordó él.
—Entonces no sabía a qué se debía todo esto —respondió, acariciando su pelo largo y rubio.
—Tengo que hacerlo, si queremos dificultarles el encontrarnos —dijo, haciendo lo mismo con su pelo negro.
—¿Cuándo acabará todo esto, Sam? ¿Qué más tendrá que pasar hasta despertar de esta pesadilla? —Mercedes trató de no volver a llorar. Sentía cómo si ya no le quedasen lágrimas en su interior.
—No lo sé, Merce —respondió, tomando su rostro entre sus manos. ¿Cómo podía ser tan hermosa? Aún cansada y rendida después de toda aquella huída, ella era la chica más bonita y dulce que había visto en su vida. Mentiría si no reconociese que se moría por besar sus labios. Aún viviendo aquella pesadilla cada minuto, su cuerpo no dejaba de gritarle que la besase. Pero no podía. Ella era la hermana de Bobby y él nunca podría ser merecedor de un beso suyo. Él nunca podría merecer nada bueno en su vida, y ella era lo más bonito que existía en el mundo—. Necesitamos unas tijeras y unas cuchillas de afeitar —le recordó, evitando así que sus labios tomasen vida propia y le obligasen a besarla.
—Sí —Ella asintió con la cabeza, al tiempo que sentía el vacío que sus manos dejaban al abandonar su rostro.
Sam salió disparado hacia los demás cuartos de aquella cabaña y ella lo hizo también, buscando unas tijeras que le sirviesen para aquel trabajo. Un trueno se oyó a lo lejos, haciéndola temblar como una hoja.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó de nuevo antes de aplicarle el jabón en su rostro.
—No mucho... Intenta no cortarme una oreja.
—Lo digo en serio, Sam. Has estado años escondido detrás de ella.
—Hazlo Merce. Hazlo ya. Sam Smith volverá tarde o temprano. No importa cuánto deje crecer mi pelo o mi barba. He matado a un hombre, mi padre tenía razón en todo lo que decía —El chico tomó su mano con fuerza y la dejó sobre su rostro, instándole a que comenzase el trabajo.
—No... No digas eso. No fue así — ¿Por qué razón se empeñaba en hacerle daño con sus palabras? ¿Es que acaso no comprendía lo que causaban en ella? —Sam Smith no volverá. Mírame —dijo, dejando la cuchilla a un lado y tomando su rostro entre sus dos manos—. Sam Smith no existe y nunca existirá.
—Merce...
—Eres Sam Evans, ¿me oyes? Y no me importa cuánto te parezcas a él. Nunca, escúchame bien, nunca te convertirás en lo que él fue —diciendo esto, su mano buscó finalmente la cuchilla y comenzó a afeitarle.
Sam la observaba fijamente mientras ella hacía desaparecer poco a poco su barba, y sus ganas de besarla aumentaban. Estaba tan cerca que podría rodearla con sus manos y volver a abrazarla, pero si lo hacía, aquello le causaría un buen corte en su cara.
—Volvería a hacerlo de nuevo para protegernos —le aseguró.
—Sí. Sam Evans lo haría sin duda alguna. Y también Mercedes Jones —le dijo, haciéndole ver que Sam Smith nunca formaría parte de sus vidas—. Tu abuelo sabía que podrías conseguirlo, Sam. Él confió en ti, igual que yo lo hago.
El pecho del chico se hinchó de amor al oírla.
No. No de amor. Sino de ilusión. Ella confiaba en él a pesar de todo aquello que le había contado. Confiaba en él y Sam no hacía más que desear besarla y rodearla con sus brazos para sentirla pegada a su cuerpo. Le había embrujado y él había caído en la trampa que la chica había tejido a su alrededor.
Se moría por probar sus labios, su piel. Sabía lo que era abrazarla, y no podía dejar de hacerlo. Cada vez se le hacía más difícil estar cerca de ella sin que sus manos buscasen sus mejillas. Ahora eran las de él las que permanecían cubiertas por las manos suaves de la chica. Ya no quedaba barba en él y Mercedes le sonreía mientras sus dedos viajaban por la línea de su cuello, haciéndole cosquillas.
—Supongo que ahora toca ese corte de pelo.
—Supongo —respondió, nervioso, mientras ella limpiaba el jabón y secaba su rostro.
La chica se lo quedó mirando fijamente sin buscar todavía las tijeras. Lo que hizo que Sam se desesperase por saber qué le sucedía.
—Merce, ¿qué...?
—Tu herida —dijo sosteniendo su cabeza entre sus manos—. Deberíamos desinfectarla. ¿Te duele?
—La verdad es que no —Había dejado de dolerle hace tiempo, pero la chica tenía razón, deberían limpiarla y desinfectarla.
La herida podía verse debajo del pelo que le caía rebelde sobre sus ojos. La poca sangre que había salido de ella la había limpiado minutos antes en el baño.
—Córtalo. Te será más fácil después —le dijo, pasándole las tijeras—. No me cortes una oreja.
—No lo haré —sonrió ella, colocándose detrás de él y mirándolos a ambos en el espejo. Tomó uno de los mechones del chico entre sus dedos y le dio un buen corte dejando que cayese al suelo.
De vez en cuando, Sam cerraba los ojos cuando los dedos de ella tocaban su piel, su cuello o su mejilla. Cerraba los ojos y se abandonaba a las sensaciones que provocaban sus dedos en él. Necesitaba recordarse una y otra vez porqué no podía besarla, porque no la giraba y la colocaba en sus rodillas para apretarla contra él. Necesitaba recordase que debía devolverla sana y salva a su familia. Que la habían secuestrado por su culpa y que por aquello mismo habían matado a un hombre. Que ella era Mercedes Jones, la hermana de Bobby y él era Sam Evans, luchando por no convertirse en Sam Smith. Debía recordarse todas esas cosas y no perderse en sus hermosos ojos, ni en sus labios que ella mordía concentrada mientras le cortaba el pelo.
El suelo se había llenado rápidamente con mechones de todos los tamaños. La chica cortaba y cortaba sin detenerse, en todas direcciones. Confiaba en ella y aunque sabía que no era una peluquera profesional, no le sería difícil librarse de todo aquel pelo que le sobraba.
—Todavía sigues pareciendo una fregona —dijo, despistada.
—Vaya, muchas gracias —Sam quiso reírse, pero no le pareció lo mejor en aquel momento—. Córtalo un poco más.
—Pero sólo un poco más. No te queda bien corto del todo. ¿Lo ves? —Le mostró, escondiendo dentro de su mano unos cuántos mechones de pelo para que él viese cómo quedaría demasiado corto. La chica pegó su cabeza a la de él, para observarle mejor en el espejo.
—En realidad lo estamos cortando para que no me reconozcan —le recordó él, creyendo que aquello se le había olvidado por completo.
—Lo sé —respondió, cortándoselo un poco más—. Y luego me cortarás tú el mío.
El chico se quedó pálido cuando la oyó decir aquello. Cambiar su apariencia para que no les atrapasen podría hacerlo, pero jamás dejaría que ella se cortase el pelo. Deteniendo su mano, hizo que le mirase a los ojos.
—No.
—Sam, ¿qué sentido tiene que tú te lo cortes si yo lo sigo teniendo igual?
—No voy a cortarte el pelo, Merce. No me lo pidas.
No le cortaría aquellos hermosos y largos rizos. Cualquier cosa antes que eso.
—Pero nos atraparán por mi culpa —La chica quería hacerle ver que aquello sería lo que sucedería, pero él no parecía querer dar el brazo a torcer.
—Nos separaremos —dijo él de nuevo, sin soltar su mano.
—Te dije que no pienso separarme de ti. Pídeme cualquier otra cosa, pero no eso.
—¿Por qué no puedes entenderlo, Merce?
—¡¿Por qué no puedes entender tú que no quiero separarme de ti?! —Chilló, cansada de oírle. Demonios, había gritado demasiado y ahora el chico la miraba con los ojos como platos y la boca desencajada—. Estamos juntos en esto, desde el principio. Y se acabará para los dos al mismo tiempo —Le aseguró, con ojos suplicantes, dejando las tijeras sobre la mesa y observando el resultado final. Sin barba y sin pelo largo parecía otro hombre, uno completamente distinto. Según él mismo le había dicho, se parecía a su padre. Pero para ella, su corazón nunca cambiaría por muchos cambios físicos que se hiciera.
Sam la observó fijamente, igual que ella lo hacía.
—Dime, ¿te pareces a él? —Preguntó con miedo de oír su respuesta.
Sam se puso las gafas que había dejado encima de la mesa y volvió a mirarla mientras le respondía.
—Ahora no.
Mercedes se aventuró a sacárselas de nuevo, mientras el chico se preguntaba porqué lo hacía. Pero ella no habló, se limitó a observar aquellos ojos que esperaban una respuesta.
—Merce, ¿qué...?
¿Qué era lo que le sucedía? Estaba empezando a asustarle. ¿Se había dado cuenta de algo malo?
—Es solo que... tus ojos... son preciosos —le confesó, notando cómo una lágrima resbalaba por su mejilla derecha.
Ella estaba llorando y Sam ni siquiera sabía el porqué.
—Merce...
—No deberían estar escondidos. Son... son hermosos.
¿Por qué lloraba? De un momento a otro, ella había empezado a derramar una y otra lágrima sin detenerse.
—Son como los de mi madre —dijo él, levantando su mano para secar una de sus lágrimas—. Y como los de mi abuelo.
Mercedes sonrió entre lágrimas, mientras las manos del chico trataban de secar sus mejillas. Aquellos ojos tan hermosos no podía haberlos heredado de su padre. Habría sido una injusticia y al parecer, Dios no lo había querido así. Sam debía dejar de acariciarla con sus dedos antes de que ella se decidiese a cometer una tontería. Como besarle. No podía. No podía aventurarse a hacerlo, pero no podía permanecer por más tiempo alejada de sus brazos. Su cuerpo la protegía cada vez que ella le buscaba y Mercedes no podía dejar de hacerlo. Sus pies la llevaron hacia él, deteniéndose enfrente de la silla. Las manos de Sam en su rostro actuaban como un imán.
Había dejado de llorar, pero no de temblar. La chica se movía nerviosa hacia él, y sus manos se habían quedado ancladas en sus mejillas. Se moría por besarla, probar su boca por fin. Pero no debía hacerlo. Tenía un sin fin de razones por las que no podía. Un sin fin de cosas que debía recordar y desterrar hacia el rincón más alejado de su mente. Pero aquellas cosas se hacían pequeñas ahora que sus dedos acariciaban sus pómulos y sus labios. Aquellas cosas se hacían diminutas conforme ella se acercaba nerviosa. Aquellas cosas desaparecieron completamente cuando ella acortó la distancia que los separaba, uniendo sus labios por fin.
Un beso.
Un beso que supieron hacer durar tratando de no detenerse. Quizás, si lo hacían, todo aquel sueño acabase para ellos. Sam la atrajo hacía sí aún más en el beso, sentándola en sus rodillas y ella, se apretó contra él, acariciando su pelo recién cortado mientras le besaba sin descanso.
Ella le estaba besando y él le correspondía. Se habían vuelto completamente locos pero no podían parar. No podían. Y tampoco podían seguir.
—No podemos —dijo ella, sin dejar de besarle.
—No. No podemos —respondió él, besando ahora su cuello y su mandíbula.
Aquellos eran más que simples besos. Aquello era una atracción descubierta mucho tiempo después. Qué tonta había sido de no haber dado ella el primer paso, Sam la deseaba tanto como ella a él. Sus labios se lo decían. Sus manos, que hurgaban debajo de su camiseta buscando su piel, se lo decían. Su corazón latiendo como un loco se lo decía, y ella no podía dejar de besarle por mucho que necesitase respirar.
Se miraron a los ojos, antes de volver a unir sus labios en otro beso. Uno más febril y urgente que el anterior. Se probaban como si lo hubieran deseado durante años y quizás había sido así. Se besaban sin detenerse, mientras sus manos pasaban de su pelo corto a su cuello, y las de él de su cintura a sus hombros. No podían parar y tampoco querían hacerlo.
—No deberíamos —dijo él, besando y mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja derecha.
—No. No deberíamos —respondió ella, cerrando los ojos, dejando que las manos de él hicieran contacto con su piel.
—Merce... Dime que pare. Por favor. Dímelo y lo haré —Sus manos regresaron a sus mejillas, obligándola a mirarle y a escucharle atentamente.
Pero ella negó con la cabeza, volviendo a unir sus labios en otro beso.
—No pares, Sam. No lo hagas.
El gemido que salió de la boca del chico le hizo ver que ambos estaban igual de perdidos. Se habían vuelto locos. Completamente locos. Pero no tenían ninguna intención de curarse de aquella bendita enfermedad.
Continuará...
¿Y bien? ¿Qué os pareció? Sed buenos y hacédmelo saber con un review ^.^ Me gustaría leer lo que pensáis de la historia :)
Y hasta aquí por hoy, el próximo domingo más. Ojalá que os haya gustado. Muchas gracias por leerlo. Un beso y un abrazo fuerte.
Syl
