Hikaru.

Capitulo 10: "Una larga espera"

Cincuenta y una horas. Lo sabía gracias al reloj de pared que colgaba a exiguos metros de donde estaba la puerta.. Itachi no creía que se le hubiese escapado ni una sola hora. Había dormitado, pero no había dormido. Las campanadas del reloj lo despertaban cada vez que sonaban.

Al poco tiempo, había empezado a sentir hambre y sed, incluso a través del dolor. Había pasado casi toda la noche dormitando y despertándose empapado de un sudor frío, seguro de que se estaba muriendo. Al poco rato tenía la esperanza de que fuese así. Cualquier cosa para salir de aquello, Nunca había sospechado hasta qué punto podía llegar el dolor. El Tsukiyomí era cada vez más sofocante. Alrededor de las tres, cayó en una crisis de gritos inútiles.

Al mediodía siguiente, hora veinticuatro, comprendió que además del dolor de sus piernas, algo lo estaba atormentando. Era la carencia. Necesitaba las cápsulas por más de un motivo.

Pensó en hacer un esfuerzo por salir de la cama; pero el golpe de la caída y la consiguiente escalada de dolor lo disuadían. Podía imaginarlo muy bien...

("¡Tan vivida!")

cómo se sentiría todo eso. Podía haberlo intentado de todas maneras, pero ella había cerrado la puerta con llave. ¿Qué podía hacer, aparte de arrastrarse como una babosa y quedarse tendido ante la puerta?

Desesperado, tiró de las mantas por primera vez, esperando contra toda esperanza que lo que iba a encontrar no fuese tan malo como lo sugerían las formas que tomaban las ropas de la cama.

No era tan malo, era peor.

Itachi se quedó mirando horrorizado aquello en lo que él se había convertido de las rodillas para abajo.

"¿Dónde está el resto de mi cuerpo?"

El resto de su cuerpo estaba allí y tal vez pudiese salir con vida. Ese pronóstico parecía cada vez más remoto; pero, técnicamente, era posible..., aunque probablemente nunca volviese a caminar, al menos hasta que le volviesen a romper las piernas, tal vez en varios sitios, le unieran los huesos con clavos de acero y lo sometieran a medio centenar de manipulaciones indignas, desquiciantes y dolorosas.

Ella se las había entablillado. Eso ya lo sabía por los elementos rígidos, cuya presencia notaba; pero hasta ahora no sabía con qué lo había hecho. La parte inferior de ambas piernas estaba rodeada con varillas de acero que parecían los restos aserrados de unas muletas de aluminio. Había vendado enérgicamente las varillas, así que de las rodillas para abajo parecía la momia Imhotep al ser descubierta en la tumba. La parte baja de sus extremidades seguía formas tortuosas, aquí torcidas, hundidas más allá. De la rodilla izquierda, un foco palpitante de dolor, parecía no quedar nada en absoluto. Había una pantorrilla, un muslo y, en el centro, un bulto asqueroso que parecía una cúpula de sal. La parte superior de sus piernas estaba muy hinchada y daba la impresión de arquearse hacia fuera.

Creía que la parte inferior de sus piernas se hallaría rota. Resultó que no. Estaba pulverizada.

Volvió a cubrirse con las mantas gimiendo y llorando. Nada de dejarse caer de la cama. Mejor quedarse allí, morir allí, mejor aceptar aquel nivel de dolor con todo lo horrible que era y esperar que cesara por completo.

Serían las cuatro de la tarde del segundo día; hacia tiempo que sentía la boca y la garganta secas, pero ahora la sensación era insoportable. La lengua parecía demasiado larga, pesada. Tragar, dolía. Recordaba el jarro de agua que ella había tirado.

Dormitó, despertó, dormitó.

Pasó el día. Cayó la noche.

Empezó a creer que Sakura había muerto. Estaba profundamente desequilibrada y la gente desequilibrada se suicida con frecuencia y por un momento, la mente activa de Itachi le hizo imaginarlo todo con una aterradora y soberbia realidad.

La vio aparcar a un lado de la carretera en su vieja camioneta, sacar debajo el asiento una cuarenta y cuatro, ponérsela en la boca y disparar.

— Con Hikaru muerta, ya no quiero seguir viviendo. Adiós, mundo cruel —gritó Sakura a través de un torrente de lágrimas, y apretó el gatillo.

Itachi se rió, después gimió y luego gritó. El viento gritó con él..., pero nadie más le escuchó.

O tal vez un accidente... ¿Era posible? Si, señor. La vio conducir sombría, demasiado rápido, y entonces...se quedó en blanco y se salió del lado derecho de la carretera. Cayó... y cayó... De pronto, chocó y explotó en una bola de fuego muriendo sin siquiera darse cuenta.

Si ella había muerto, él moriría allí como una rata en una trampa.

Creía que la inconsciencia vendría a liberarlo, pero no llegaba. En su lugar, llegaron la hora treinta y la hora cuarenta.

0—

Al verla entrar, creyó al principio que se trataba de un sueño, pero entonces la realidad, o el puro y brutal instinto de supervivencia, se impuso y empezó a gemir y a suplicar con voz rota, como desde un pozo cada vez más profundo de irrealidad. Sólo vio con nitidez que ella llevaba un vestido azul oscuro y un sombrero floreado, exactamente el mismo atuendo con que él la había imaginado en el banquillo de acusados de la corte en Suna.

Tenía la cara encendida y los ojos le brillaban con vivacidad. Estaba todo lo cerca de la hermosura que Sakura Haruno podía llegar a estar. Cuando, más adelante, trataba de recordar la escena, las únicas imágenes que podía evocar con claridad eran sus mejillas sonrosadas y el sombrero floreado.

Llevaba en la mano un vaso de agua, un gran vaso de agua.

—Tome —le dijo poniéndole en la nuca la mano, aún fría por la intemperie, para ayudarle a incorporarse. Tomó tres buches rápidamente y el agua se le derramó en la barbilla y en la camiseta. Entonces ella le retiró el vaso.

Gimió suplicándolo con las manos temblorosas extendidas.

—No —le dijo—. No, Itachi-sama. Poco a poco o vomitará.

Al cabo de un ratito, volvió a darle el vaso y le permitió dos sorbos.

—La medicina —dijo él, tosiendo.—Las cápsulas..., dolor..., por favor, Sakura-san, por favor, el dolor es horrible.

—Ya sé que lo es, pero debe escucharme —le dijo mirándole con aquella expresión a un tiempo severa y maternal—. Tuve que marcharme a meditar. He reflexionado profundamente y espero haber pensado bien. No estaba muy segura. Mis ideas son a veces confusas; lo sé, lo acepto. Por eso, cuando me preguntaban, no podía recordar dónde había estado todas aquellas veces. Así que recé. Hay un Dios, ¿sabe?, y responde a las oraciones. Siempre responde. Así que recé y dije, querido Dios, Itachi Uchiha puede estar muerto cuando regrese. Pero Dios dijo: no estará muerto. Yo le he preservado para que tú puedas enseñarle el camino que debe seguir.

Sakura dijo empujarle, en lugar de enseñarle, pero Itachi apenas la oía. Sus ojos estaban clavados en el vaso de agua. Le dio otros tres sorbos. Los tragó y gritó cuando los escalofríos y los calambres le recorrieron el cuerpo.

Mientras tanto, ella lo miraba con benevolencia.

—Le daré su medicina y aliviaré su dolor —le dijo—; pero antes tiene algo que hacer. Volveré en seguida.

Se levantó y se dirigió a la puerta.

—¡No! —gritó Itachi.

Pero ella no le hizo caso. Y se quedó allí, encapsulado en su dolor, tratando de no gemir, pero gimiendo.

Capítulo 11: "Sacrificio"

Al principio creyó que deliraba. Lo que veía era tan extraño que no podía ser normal.

Sakura Haruno regresaba empujando un asador portátil.

—Sakura-san, tengo un dolor horrible.

Las lágrimas le corrían por la cara.

—Lo sé, querido. —Le besó en la mejilla con la suavidad de una pluma cayendo—. Pronto.

Se marchó y él se quedó mirando estúpidamente el asador, algo destinado a un patio de verano que ahora estaba allí, en su habitación, evocando imágenes inexorables de ídolos y sacrificios.

Y lo que ella tenía en mente era, por supuesto, el sacrificio. Cuando volvió, traía en una mano el manuscrito de "Shinobi", el único producto existente de sus dos años de trabajo. En la otra, llevaba una caja de fósforos de madera.

Y enseguida averiguó de que se trataba.

—No —dijo él, temblando.

Le asaltó un pensamiento quemándole como ácido corrosivo. Por menos de cien ryos podía haber fotocopiado el manuscrito antes de salir del hotel. Todos (Kisame, sus dos ex mujeres, demonios, hasta su madre) le habían dicho siempre que era una locura no hacer al menos una copia de su obra para guardarla, pero Itachi Uchiha constantemente se había negado sin ningún motivo racional. Simplemente, le parecía que hacer copias era cosa de maniáticos.

Pues bien, aquí estaban la manía y el desastre natural coaligados. Aquí estaba el huracán Sakura. A ella no parecía habérsele pasado por la cabeza la posibilidad de que hubiese otras copias de "Shinobi" en alguna parte, y si él hubiese hecho caso, sí hubiese invertido esos miserables cien ryos...

—Sí —Sakura le replicó, casi alegremente, alargándole los fósforos.

El manuscrito, en papel "Bond", limpio y blanco, con la página del titulo encima, descansaba en su falda. Aún tenía la expresión tranquila y despejada.

—No –dijo Itachi, volviéndole la cara ardiente.

—Si. Es sucio. Y, además, no es bueno.

—Usted no podría reconocer lo bueno aunque se le echase encima y le mordiese la nariz —le gritó sin importarle ya nada.

Ella rió con amabilidad. Al parecer, el mal genio se le había ido de vacaciones; pero, conociendo a Sakura, Itachi sabia que podía regresar de improviso en cualquier momento.

—Lo primero —le respondió ella—, es que lo bueno no me mordería la nariz. Lo malo puede que si; pero lo bueno, no. Y lo segundo es que yo sí sé reconocer lo bueno cuando lo veo. Usted es bueno, Itachi-sama. Todo lo que necesita es un poco de ayuda. Ahora, tome un fósforo…

Él sacudió rígidamente la cabeza.

—No.

—Si.

—¡No!

—Sí.

—¡No, maldición!

—Puede maldecir todo lo que quiera. He oído de todo.

—No voy a hacerlo —Itachi cerró los ojos.

Cuando los abrió, ella tenía una caja de cartón, cuadrada, con la palabra NOVRIL impresa en letras de color azul brillante. MUESTRA, decían las letras rojas bajó el nombre. CON RECETA MEDICA. Bajo la advertencia había cuatro cápsulas encerradas en ampolletas de plástico. Trató de apoderarse de ellas; pero la mujer retiró la caja y la puso fuera de su alcance.

—Cuando haya quemado eso —le dijo Sakura, casi deletreando cada sílaba—. Entonces le daré sus cápsulas, las cuatro, creo, y se le pasará el dolor. Volverá a serenarse y, cuando se haya dominado, le cambiaré las sábanas. Para entonces, ya tendrá hambre y le daré un poco de sopa. Tal vez un pan sin mantequilla. Pero hasta que no queme esto, Itachi-sama, no puedo hacer nada, lo siento.

Su lengua quería decir: ¡Si! ¡Si! ¡Está bien! Se la mordió. Volvió la cara para no ver aquella caja incitante, desesperante, con sus cuatro cápsulas blancas dentro del plástico transparente.

—Usted es el demonio —dijo.

Otra vez esperaba un ataque de furia y obtuvo en cambio una risa indulgente con un tono de enterada tristeza.

—Ya, ya. Eso es lo que piensa un niño cuando mamá entra en la cocina y lo encuentra jugando con la botella de lejía que ha sacado del armario del fregadero. No lo dice así, por supuesto, porque no tiene una cultura como la suya. Sólo dice: ¡Mamá, eres mala!

Le retiró el pelo que le cubría la frente ardorosa, deslizando los dedos por su mejilla; luego, bajaron por su cuello y le apretaron un hombro, breve y compasivamente, antes de retirarse.

—La madre se siente mal cuando el niño le dice que es mala o cuando llora por lo que le ha quitado, como usted está llorando ahora. Pero ella sabe que está haciendo lo correcto y cumple con su deber. Como yo estoy cumpliendo con el mío.

Golpeó el manuscrito con los nudillos. Tres golpes sordos, rápidos. Ciento noventa mil palabras y cinco vidas que a un Itachi Uchiha sano y sin dolor le habían importado muchísimo. Ciento noventa mil palabras y cinco vidas que cada vez le estaban pareciendo más prescindibles.

Las cápsulas. Las cápsulas. Necesitaba esas cápsulas.

—¿Itachi-sama?

—¡No! —sollozó.

El apagado repiqueteo de las cápsulas en su envoltura. Silencio. Luego el repiqueteo de las cerillas en la caja.

—¿Itachi-sama?

—¡No!

—Le estoy esperando, Itachi-sama.

En el nombre de Dios, ¿A quién estás tratando de impresionar? ¿Te crees que esto es una película o un programa de televisión y que hay una audiencia que va a puntuar tu valentía? Puedes hacer lo que ella quiere o puedes aguantar. Si aguantas, te vas a morir y ella va a quemar el manuscrito de todos modos, ¿Qué harás entonces?, ¿quedarte aquí sufriendo por un libro que no hubiese vendido ni la mitad de ejemplares que el de menos éxito de Hikaru, y en el que Sasori No Akasuna se hubiese lucido con su estilo elegante y desdeñoso cuando hiciese la crítica en Konoha Newsweek, el gran oráculo literario? ¡Vamos, vamos, piensa!

—¿Itachi-sama? Le estoy esperando. Puedo esperar todo el día. Aunque tengo la ligera sospecha de que usted puede caer en coma de un momento a otro. Creó que ahora se encuentra en un estado precomatoso y yo he tenido much...

La voz se perdió en un zumbido.

¡Si! ¡Deme los fósforos! ¡Deme una antorcha! ¡Deme un lanzallamas! ¡Estoy dispuesto a tirarle encima una bomba incendiaria si eso es lo que usted quiere, jodida bruja!

Eso decía el oportunista, el que quería sobrevivir a toda costa.

Pero otra parte que estaba ahora fallando, casi comatosa, clamó en la oscuridad: ¡Ciento noventa mil palabras! ¡Dos años de trabajo!

Los muelles no crujieron cuando ella se levantó.

—¡Bueno! ¡Es usted un niño muy testarudo y no puedo estar sentada en su cama toda la noche! He estado conduciendo casi una hora para llegar pronto. Volveré dentro de un rato a ver si ha cambiado de...

—Entonces quémelas usted —Itachi le gritó de pronto.

Ella se volvió a mirarle.

—No, no puedo hacer eso, aunque bien quisiera evitarle la agonía que está sufriendo.

—¿Por qué no?

—Porque —le respondió, puntillosa— debe hacerlo usted por su propia voluntad.

Entonces él rompió a reír y la cara de la mujer se ensombreció por primera vez desde que había llegado, y abandonó la habitación con el manuscrito bajó el brazo.

Cuando regresó una hora después, él tomó los fósforos mientras ella ponía la página del titulo sobre la parrilla. Trató de encender una; pero no pudo porque, o no acertaba la lija de la caja, o porque se le caían constantemente.

Sakura las cogió, encendió una y se la puso en la mano. Él la acercó al borde del papel, la dejó caer en la barbacoa y contempló fascinado cómo la llama la prendía y luego la devoraba. Ella tenía esa vez un tenedor de cocina y, cuando la página empezó a retorcerse, la metió entre las rendijas de la parrilla.

—Vamos a tardar una eternidad en esto —dijo él—. Yo no puedo...

—No, haremos un trabajo rápido, pero usted debe quemar unas cuantas hojas, Itachi-sama, como símbolo de que ha comprendido.

Entonces puso en la parrilla la primera página de "Shinobi", palabras que él recordaba haber escrito unos veinticuatro meses atrás en su casa en Konoha.

¡Ay, la página quemada le devolvió aquel día como los Éxitos Dorados de la radio!

Recordó haberse sentado.

Cómo siempre, el bendito alivio de empezar, una sensación que era como caer en un agujero lleno de luz radiante.

Cómo siempre, la triste certeza de que no escribiría tan bien como quería hacerlo.

Y el terror de no ser capaz de terminar, de ir avanzando contra un muro blanco.

La eterna sensación de alegría nerviosa, la maravilla del viaje que comienza.

Miró a Sakura Haruno y dijo en voz baja, pero clara:

—Sakura, por favor, no me obligue a hacer esto.

Ella mantuvo las cerillas ante su cara sin moverse, y declaró:

—Puede hacer lo que usted quiera.

Así que Itachi Uchiha quemó su libro.

Le hizo prender fuego a la primera página, a la última y a nueve pares de páginas de diferentes partes del manuscrito, porque el nueve, según dijo, era un número de poder y el nueve doble daba suerte. Vio que ella había tachado las palabrotas con un rotulador, al menos hasta donde había leído.

—Bueno —exclamó cuando se había quemado el último par—, se ha portado como un buen chico y un buen perdedor. Sé que esto le duele tanto cómo las piernas, así que no lo prolongaré más.

Quitó la parrilla y metió el resto del manuscrito en la barbacoa aplastando los restos negros y crujientes de las páginas que él ya había quemado. La habitación apestaba a cerillas y a papel carbonizado. Huele como el vestidor del diablo, pensó delirante. Si hubiese habido algo en la arrugada cáscara de nuez que una vez había sido su estómago, lo habría vomitado.

Sakura volvió al cabo de un rato. Estaba canturreando.

Lo sentó y le metió las cápsulas en la boca.

Él se las tragó y volvió a echarse, pensando: La mataré.

Capitulo 12 : "Hikaru Revive"

—Le he traído un obsequio —Sakura irrumpió en la habitación, la mañana del día siguiente al tremebundo "sacrificio".

Itachi no dijo nada. Sólo pudo levantar levemente la espalda.

Y entonces la vio.

Era un modelo de oficina, de una era en que las máquinas eléctricas, los televisores en color y los teléfonos digitales eran sólo ciencia ficción. Negra y severa como un par de zapatos con botones delanteros. Tenía paneles de cristal a los lados enseñando sus palancas, muelles, tuercas y varillas. La palanca de retroceso era de acero y sobresalía a un lado como el pulgar de un autostopista. El carro se hallaba polvoriento, la goma dura, rayada y picada. En el centro, las letras REMINGTON aparecían en un semicírculo. Gruñendo, se la puso a los pies de la cama entre las piernas después de haberla sostenido en el aire durante unos segundos para que él la inspeccionase.

Se quedó mirándola. ¿Sonreía?

Kami, parecía que la máquina estaba sonriendo.

De todos modos, presagiaba problemas. La cinta era de dos colores, rojo y negro, y estaba gastada. Había olvidado que existían esas cintas. Su visión no le produjo ninguna nostalgia agradable.

—Bueno —dijo ella sonriendo con ansiedad—, ¿qué le parece?

—Es muy bonita —le respondió en seguida—, una auténtica antigüedad.

La sonrisa se le ensombreció.

—No la compré como antigüedad. La compré de segunda mano. Una buena pieza de segunda mano.

Él cambió la trayectoria de inmediato.

—La conseguí en "Novedades Usadas". ¿No le parece un nombre estúpido? Pero Temari No Sabaku, la mujer que lleva la tienda, es una estúpida.

Sakura se ensombreció un poco; pero Itachi se dio cuenta de que no iba contra él. Estaba descubriendo que el instinto de supervivencia creaba unos atajos sorprendentes, hacia la empatía. Se encontró más sintonizado con sus estados de ánimo, sus "ciclos". La escuchaba sonar como si fuese un reloj estropeado.

—Pero, además de estúpida, es mala. Se ha divorciado dos veces y ahora vive con un tabernero. Por eso, cuando usted dijo que era una antigüedad...

—Se ve muy bien —le dijo.

Ella calló unos instantes y luego murmuró como en confesión.

—Le falta la H.

—¿Ah, si?

—Si, mire.

Levantó la máquina para que él pudiese ver el semicírculo de letras y entre ellas la palanca que faltaba como una mella en una dentadura vieja, pero completa.

—Ya veo.

Volvió a ponerla en su sitio. La cama se movió un poco. Itachi calculó que la máquina debía pesar unos veinte kilos. La "Remignton" le sonrió prometiéndole problemas.

—Ella quería cuarenta y cinco ryos, pero me rebajó cinco por la letra que le falta —explicó Sakura con una sonrisa socarrona que decía: no soy ninguna tonta.

Itachi le sonrió a su vez. El Tsukiyomi se acercaba. Eso hacía que le resultase fácil sonreír y mentir.

—¿Se la rebajó? ¿No será que usted regateó?

Sakura se atiesó un poquito.

—Le dije que la H era una letra importante —concedió.

—Hmp…supongo que esta bien.

Había hecho un nuevo descubrimiento. Comprender a un psicótico es fácil cuando se le ha cogido el paso.

Sakura le sonrió con astucia como invitándole a compartir un secreto delicioso.

—Le dije que la H era una de las letras del apellido de mi escritor favorito.

—Y es la letra inicial del apellido de mi enfermera favorita.

La sonrisa le resplandeció. Increíblemente, sus sólidas mejillas se sonrojaron. Itachi pensó que así se vería un horno.

—Adulador —sonrió alelada.

—No, no la estoy adulando en absoluto.

—Bueno —pareció desconectarse por un momento, no en blanco, sino complacida, un poco turbada, tomándose un momento para organizar sus pensamientos.

Itachi podía haber disfrutado hasta cierto punto del modo en que se estaban desarrollando las cosas; sí no hubiese sido por el peso de la máquina y si él no estuviese tan fuera de forma y tan debilitado. Parecía sonreírle prometiéndole problemas con el diente que le faltaba.

—La silla de ruedas me salió mucho más cara —dijo ella entonces—. Los aparatos de ortopedia se han esfumado desde que yo...—y Sakura se cortó, frunció las cejas, se aclaró la garganta, y volvió a mirarle, sonriendo—. Pero ya es hora de que empiece a sentarse y no lamento el precio ni un poquito. Usted no puede escribir acostado, ¿verdad?

—No...

—Tengo una tabla..., la corté a la medida..., y papel... Espere.

Salió corriendo de la habitación como una niña dejando a Itachi y a la máquina para que se observasen mutuamente. La sonrisa del hombre desapareció en cuanto la mujer le dio la espalda. La de la "Remington" no había cambiado.

Sakura volvió con un paquete de papel opalina lisa, envuelto en un empaque castaño y una tabla de un metro de ancho por uno y medio de largo.

—¡Mire!

Puso la tabla en los brazos de la silla de ruedas que estaba al lado de la cama como el solemne esqueleto de un visitante. Itachi vio en seguida al fantasma de si mismo sentado tras la tabla, como aprisionado en un cepo.

Colocó la máquina sobre la tabla, de cara al fantasma, y el paquete de opalina, el papel que él más odiaba en el mundo por la forma en que se borraban las letras cuando las hojas se rozaban entre si. Acababa de crear una especie de estudio de inválido.

—¿Qué le parece?

—Se ve muy bien —dijo soltando la mentira más grande de su vida con absoluta naturalidad, y entonces hizo una pregunta cuya respuesta conocía perfectamente—: ¿Qué cree usted que voy a escribir ahí?

—Pero, Itachi-sama —le respondió volviéndose a mirarle, con los ojos bailando en su cara sonrojada—, yo no lo creo. ¡Yo lo sé! Usted va a utilizar esta máquina para escribir una nueva novela. ¡Su mejor novela! ¡El retomo de Hikaru!

El retomo de Hikaru. No sintió nada en absoluto. Supuso que un hombre que acabase de cortarse una mano con un serrucho eléctrico debía sentir esa misma especie de nada mientras se miraba con estúpida sorpresa la muñeca sangrante.

—Sí. —La cara de Sakura resplandeció como un faro, y sus frágiles manos se parapetaron a la altura de sus pechos—. ¡Será un libro sólo para mí, Itachi-sama! ¡Mi pago por haberle devuelto la salud! ¡La única copia del último libro de Hikaru! ¡Tendré algo que ninguna persona en el mundo podrá poseer, por más que lo desee! ¡Imagínese!

—Sakura-san, Hikaru está muerta.

Pero, aunque pareciera increíble, ya estaba pensando:

Puedo hacerla volver.

El pensamiento le llenó de cansancio y repugnancia, pero no de sorpresa. Después de todo, un hombre que puede destruir una de sus mejores obras quemándolas como una parrillada al aire libre, debe ser capaz de escribir lo que le manden.

—No, no lo está —replicó Sakura, embelesada—. Cuando yo estaba..., cuando estaba enfadada con usted, sabía que ella no se hallaba verdaderamente muerta. Yo sabia que usted no podía matarla realmente. Porque usted es bueno.

—¿Lo soy? —preguntó Itachi.

Miró a la máquina, la cual le sonrió susurrándole: "Vamos a ver cómo eres de bueno, amiguito."

—¡Si!

—Sakura-san, no sé si puedo sentarme en esa silla de ruedas. La última vez que quise sentarme en la cama me...

—La última vez le dolió, seguro que le dolió. Y la próxima también le dolerá. Puede que hasta un poquito más. Pero llegará un momento, y no tardará mucho aunque a usted se lo parezca, en que le dolerá un poco menos. Y luego cada vez menos...

—Sakura-san, ¿puede decirme una cosa?

—Por supuesto, Itachi-sama.

—Si le escribo esta historia...

—¡Novela! Una novela bonita y larga como las otras, tal vez más larga.

Cerró los ojos un momento, volvió a abrirlos.

—Está bien, si le escribo esa novela, ¿me dejará irme cuando esté terminada?

Por un momento, una nube de inquietud le barrió los ojos y entonces lo miró con atención, estudiándolo.

—Habla como si le tuviera prisionero, Itachi-sama.

Él siguió mirándola sin contestarle.

—Creo que para cuando haya terminado, estará hasta..., hasta la coronilla de ver gente aquí —le dijo—. ¿Es eso lo que quiere escuchar, Itachi-sama?

—Era eso lo que quería escuchar, si.

—Vaya, francamente, sabia que los escritores tenían el ego muy desarrollado, pero ignoraba que eso significaba también ingratitud.

Él no respondió y, después de un rato, ella desvió la mirada, impaciente y un poco turbada.

Itachi dijo, finalmente:

—Necesitaré todos los libros de Hikaru, si los tiene, porque no tengo ninguna concordancia.

—Claro que los tengo. —Y luego—: ¿Qué es una concordancia?

—Es una carpeta de hojas sueltas donde guardo todos los datos de Hikaru, personajes y lugares, casi todo; pero con índices interrelacionados de distintos modos. El tiempo, datos históricos...

Vio que ella apenas le escuchaba. Era la segunda vez que ella no demostraba ni más mínimo interés por un truco profesional que hubiese hechizado a una clase de futuros escritores. La razón, pensó, era la simplicidad en si misma. Sakura Haruno era la perfecta espectadora, una mujer que adoraba las historias sin que le importara el mecanismo de su construcción. Era la encarnación del odiado "lector constante". No quería saber nada de sus concordancias y de sus índices porque Hikaru y los personajes que la rodeaban eran, para ella, perfectamente reales. Los índices no le decían nada. Si él le hubiese hablado de los distintos campos de entrenamiento que esperaba verse en el período Edo, habría mostrado la misma indiferencia.

—Me aseguraré de que tenga sus libros. Están un poco usados, pero es señal de que un libro se ha leído y se ha amado mucho, ¿no es así?

—Si —le dijo sin tener que mentir esa vez—. Así es.

—Voy a aprender a encuadernar —dijo arrobada—. Voy a encuadernar El regreso de Hikaru yo misma.

—Eso está bien —dijo Itachi por decir algo, al tiempo que empezaba a sentir el estómago un poco revuelto.

—Ahora me voy para que pueda ponerse el gorro de pensar. Esto es emocionante. ¿No le parece?

—Sí, Sakura-san, seguro que sí.

—Volveré dentro de media hora con una pechuga de pollo y puré de patatas y guisantes. Hasta un poco de gelatina, ya que se ha portado como un niño bueno. Y me aseguraré de que tenga puntualmente su medicina para el dolor. Hasta puede tomarse una cápsula más por la noche, si la necesita. Quiero estar segura de que duerme bien porque tiene que volver a trabajar mañana. Se recuperará más de prisa cuando esté trabajando; apuesto lo que quiera.

Se fue hacia la puerta, se detuvo un momento y luego, grotescamente, le tiró un beso. La puerta se cerró tras ella. Itachi no quería mirar la máquina de escribir y, durante un rato, logró resistirse; pero, al final, sus ojos rodaron impotentes hacia el artefacto. Estaba en la cómoda, sonriendo. Mirarla era como contemplar un instrumento de tortura, bota, potro, cuerdas, que está inactivo, pero sólo por el momento.

"Creo que para cuando haya terminado, estará hasta la coronilla de ver gente".

¡Ay, Sakura! Nos estabas mintiendo a los dos, Yo lo sabía y tú también lo sabias. Te lo vi en los ojos.

El panorama que ahora se abría ante los suyos era extremadamente desagradable: seis semanas de vida que pasaría sufriendo con sus huesos rotos y renovando sus relaciones con Hikaru Mikazuki.

Entonces no lo hagas. Enfurécela. Es como una botella ambulante de nitroglicerina. Agítala un poquito. Hazla explotar. Será mejor que quedarse aquí sufriendo.

Trató de contemplar las W dobles entrelazadas en el teclado, pero muy pronto se encontró mirando otra vez la máquina. Estaba encima de la cómoda, mellada, muda y densa; llena de palabras que él no quería escribir.

Eso no te lo crees ni tú, viejo amigo. Quieres seguir viviendo aunque te duela, Si eso significa sacar a la estúpida Hikaru otra vez a escena para que siga sus estúpidas aventuras, lo harás, o al menos lo intentarás. Pero antes vas a tener que tratar conmigo y creo que no me gusta tu cara.

—Estamos en paz —repuso Itachi.

Trató de desviar la mirada hacia el cielo gris a través de la ventana, pero muy pronto sus ojos volvieron, sin darse cuenta, a la máquina con una fascinación que era a un tiempo ávida y preocupada.

0—

Sentarse en la silla no le supuso tanto dolor como temía. Mejor. Sabía por experiencia que luego le dolería mucho.

Sakura había puesto la bandeja de comida en la cómoda, acercando luego la silla de ruedas a la cama. Le ayudó a sentarse y sintió un relámpago de dolor en el área pélvica, pero se le calmó en seguida. Entonces, ella se inclinó. Su cuello, se le había apretado contra el hombro haciéndole escuchar por un instante el latido de su pulso. Lo había tomado luego con el brazo derecho alrededor del cuello y el izquierdo en torno a las caderas.

—Trate de no moverse de las rodillas para abajo mientras haga esto.

Y entonces lo deslizó hacia la silla con la misma facilidad que si deslizase o introdujese un libro en el hueco de una estantería. Sí, era fuerte. Y la idea le aterraba más a Itachi, siendo que ella no tenía una apariencia meramente fuerte. Aunque él hubiese estado en buena forma, el resultado de un combate con Sakura habría sido dudoso.

Le puso la tabla delante.

—¿Ve lo bien que encaja? —le dijo, volviendo a la cómoda para buscar la comida.

—¿Sakura-san?

—Sí.

—¿Podría poner la máquina de cara a la pared?

Ella frunció el ceño.

—¿Se puede saber por qué quiere que haga una cosa así?

Porque no quiero que se pase toda la noche sonriéndome.

—Es una vieja superstición. Siempre pongo la máquina de cara a la pared antes de empezar a escribir. —Hizo una pausa y agregó—:Lo hago todas las noches mientras estoy escribiendo.

—Ah…entiendo —de nuevo apareció aquella sonrisa tonta en el rostro de ella—Es como aquello de que si pisas una grieta se muere tu madre—comentó—. Yo nunca piso una grieta, si puedo evitarlo. —Volvió la máquina de forma que ya sólo sonreía a la pared—. ¿Está mejor así?

—Mucho mejor.

—Qué tontito es —le dijo mientras empezaba a darle la comida.

CONTINUARA...