Previously, on "Summer".

—No sé si tenga ese gusto... ¿y si se lo toma a mal?

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—Oye, Dani..., che... ¿No habrá otra playa con menos personas?

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—¿Por donde vas a empezar?

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—Vos me estabas provocando. Echame el bloqueador y haceme masajitos, por favor.

—Masajitos...


—Mmm, sí... —a Daniel le da algo de cosquillas y se revuelve ahí como puede—. Me da...

—¿Te da? —Sebastián le esparce el bloqueador hacia los hombros, masajeando con el pulgar mientras que con la mano presiona y esparce, le rodea el cueeellooo, leeentooo. El otro se ríe sin contestar hasta que le va acariciando zonas más profundas, rodeándole el cuello y ahí sí que Daniel suelta soniditos de placer.

—¿B-Basti, por qué... ? ¡Yo debería hacer esas tácticas! —de seducir, de hacerle sentir bien.

—Porque me pediste que te pusiera el bloqueador, ¿no? —baja por el pecho, vuelve a subir, y sigue hasta que siente la mano ya seca, le da la respuesta como si no tuviera una doble intención, con esa maestría que tienen algunos para realmente parecer que están diciendo todo muy inocentemente.

—Sí, pero... ¿Me podés dar un beso?—mucha coordinación, eh.

—Claro que puedo —pero no se lo da. Usa la mano como cuenco para el bloqueador y se embarra con éste un dedo, se le acerca aún de rodillas. Le acerca el dedo a la nariz. Daniel frunce la punta de ésta cuando Basti lo hace.

—Pero ahora... No en mil años —todos soltamos un jijijiji.

—Ah, pero pedímelo —le embarra la nariz y una mejilla, siendo un desgraciado (¿quién lo diría?). Danielito se relame los labios.

—¡Ah! Basti, ¿desde cuándo? —desde cuándo no... Ya sabemos que Sebastián es un agrandado y siempre busca verse «superior» a su estándar—. ¿Desde cuándo tengo que pedirte besos yo? —pero Daniel tiene esa sonrisa tooooonta del que está en medio de un juego de enamorados.

La rubia, apoyada en sus codos, bronceándose, les mira de reojo sólo porque sí. Sebastián se muerde el labio y tiene que luchar por no abalanzarse a darle el dichoso beso.

—¿Ah, entonces querés un beso mío? Pensé que sólo preguntabas sí podía dártelo. Y Dani, casi siempre puedo dártelos.

—Claro que quiero un beso de vos, en la boca —sube las manos a su vincha para quitársela y dejarla a un lado y así acomodarse el cabello—. ¿O sos más feliz cuando te los robo?

El movimiento, a ver de Seba, es sensual. Deja de masajearle y se inclina sobre su rostro.

—Entonces decilo. Decime que te lo dé.

El sujeto de cabello rubio le pasa la mano a la rubia por la cintura, la deja allí y le pregunta, en el oído, qué está mirando. Ella se ríeeeee y acerca más al chico, al que le responde en el mismo tono bajo «ellos, los de adelante, fíjate». El chico levanta las cejas y observa disimuladamente.

Daniel mira a Sebastián unos segundos porque el que se incline genera más sombra y ya no hay necesidad de que achique los ojitos.

—Dame un beso, por favor, te lo pido.

Y Sebastián se lo da, un pico, y se embarra su propia nariz con bloqueador, haciendo fuerza con los brazos para no desplomarse... De a poco cambia a los codos, uno a la vez, para estar más encima. El mayor le sigue, muy interesado en el beso y con el calor que le azota cada fibra del cuerpo. Cuando nota los codos, trata de acomodarse para que Basti se le ponga encima.

La rubia levanta una ceja, con una sonrisa de lado «WUah».

El tema es que... Podemos dejarles un rato, unos minutos, porque Sebastián termina por echarse casi completo encima de Daniel, le sube las manos (¡sucias!) a su cabello, metiéndole los dedos y masajeando, más que cuando tiene la vincha. Cierra los ojitos oscuros. Daniel sonríe entre beso y beso por todo y nota las manos grasosas por el bloqueador en su cabello, pero no le da importancia, porque... Algo entre sus piernas... Cof, parece muy feliz en que Basti se le haya montado, cerró los ojos cuando empezó a masajearle el cabello.

—¡HOMOSEXUALEEEEEEEEEES! —grita alguien que se va camino al mar al tiempo que Daniel sube sus manos a la cintura de Sebastián—. ¿Creen que he venido con mis hijos a verlos? ¡Largo de aquí!

Sebastián pega un salto, abriendo los ojos con el grito, y SENTÁNDOSE sobre el estómago de Daniel, mira mal alrededor, buscando a quién le haya gritado.

—¡Pero qué buen ejemplo le da a sus hijos! ¿Les digo yo o usted sobre su amante? —le devuelve, diciéndole lo primero insultante (sin ser insulto) que se le ocurre. Se trata de un hombre de piel cobriza, con el ceño fruncido y cabello negro, que se ha quedado parado observando cómo se besan, con los brazos en jarras. Maldita sea con este boliviano.

Daniel parpadea, DESUBICADO.

—Basti, dejalo, no tiene importancia —susurra, porque logró oír.

—¿Te comió la lengua la vergüenza, eh? —le espeta el menor, con el ceño fruncido, y luego se voltea un segundo a Daniel, le pone la mano en el pecho para que le deje sacar la cara por ambos, porque para él tiene importancia.

—¿Quieres que te calle de dos puñetazos, mocoso? ¿O mejor me haces caso y te largas? —eludiendo el tema de la amante que es un recurso barato.

Daniel se muerde el labio con la mano en su pecho, tras lo que sube sus manos a la cara de Sebastián y le obliga a bajar un poco para seguir besándole, mientras él se estira todo lo que puede, desesperado porque ese hijo de puta mire más de sus mimos. Sebastián batalla, pero finalmente se deja bajar, a regañadientes. Se nota en sus besos.

Daniel susurra frasesitas inconexas en guaraní mezcla de español, para tranquilizarle, en un beso violento que se va disipando a calma. El boliviano se ENOJA MÁS CARAJO PORQUE EL QUERÍA BAÑARSE POR PRIMERA VEZ EN EL MAR TRANQUILO que ya tiene bastante con su hermano Miguel y los amigos homosexuales que le tocan el culo muy descaradamente con sus risitas alegres. Si supiera a quién le está gritando, el pobre.

Sebastián está distraidísimo, no puede concentrarse porque hay algo que le quema por dentro y no en el buen sentido. Aun así, Daniel no quiere problemas, y si Daniel no los quiere, él no debe buscarlos. Debe tranquilizarse, ser amable, sonreír y encogerse de hombros. Suelta aire por la nariz, largo, pidiéndole a Daniel una tregua de cinco segundos para poder rearmarse y ya tranquilo, besarle.

El rubio, que ha estado mirando, niega con la cabeza. Qué tiene de malo, se dice él que tiene amigos gays... Y él mismo no se hace problemas en amar a quién sea, sin importar su sexo.

Daniel se separa, abriendo los ojos y observándole ahí, solo respirando.

—No tiene importancia porque es un tipo que de acá a dos horas no vamos a volver a ver nunca más —explica, bajito.

A la rubia le da morbo... Porque en su país ese tema es algo controvertido.

—Me da... —se explica, se disculpa (para Dani, sólo para Dani)—, me molesta. No voy a vivir dejando que me digan... —le mira angustiadito—, escondido, ¿me entendés? —tan joven y tan rebelde. Como corresponde a su edad.

—Te entiendo, pero no vamos a luchar contra los testarudos del mundo —le arregla el cabello un poquito, tras la oreja—. Ni menos estropear un día en una pelea cuando hoy es importante...

—Si nadie lo hace, no cambiarán nunca —le responde Sebastián más calmado, ya resignándose. Inspira profundo para olvidar el tema.

—¿Y a vos en qué te afecta que cambie ese tipo y ya no nos diga homosexuales? —intenta razonar aunque su voz es muy dulce. Sebastián suelta el aire, y los hombros se le destensan.

—Que los demás no pensarán que es correcto —le responde, como un alumno a su profesor—. Perdón, Dani, me da rabia. Es eso.

—Tendríamos que lavarles el cerebro de todos los estereotipos de amor y parejas que tienen establecidos, lo sabés —sonríe y le acaricia alguna parte de su cuerpo que tenga cerca—. Las películas, la normatividad, los tabúes tontos...

—Para eso tendría que esperar a una nueva generación. Y educarla distinto —suena a queja, y aun así, sonríe, apenas, pero sonríe, de medio lado—. Imposible.

—Mientras eso se dé, ¿lo vamos a desperdiciar o...? —sonríe igual mientras llega la sonrisa de medio lado de Sebastián—, ¿me seguirás besando mientras ellos se encolerizan, eh?

Y mientras conversan, el boliviano, Julio, está a lo ARGHHHHH bañándose furiosamente en el mar, y una mujer de cabello corto le salpica agua.

—Che... Vos sabés —Sebastián sonríe más—, cómo convencerme —vuelve a inclinarse sobre él, acerca sus labios para acariciarle los suyos. Daniel le besa suave y dándose el tiempo de saborear ese momento en público, ahora ya sumado a ese grito que le agrega adrenalina al caso. Julio mira de reojo a la chica castaña que le salpica, hija suya.

—Cascarrabias —le dice ella.

Seba, cuando se separa, le acaricia a Daniel la punta de la nariz con la suya, bloqueador everywhere. Daniel le mira como si fuera un ángel.

—Podés hacerme el amor acá y yo tranquilo, la verdad, pero es ilegal —dramita.

—Dejá eso para la casa, nene —le molesta el menor, y le esparce mejor el bloqueador que le había puesto, con cariño, por toda la mejilla.

—No vamos a poder... —se sonroja porque le dice nene. Cierra los ojos—. Sí, dale... mejor haz eso... —cuando le acaricia la mejilla para esparcirle el bloqueador, le vuelve a bajar las manos a la cintura y sus dedos juegan entre sus costillas. Sebastián traga saliva.

—Pasame el bloqueador, por favor —le pide, para seguir con lo que les interrumpieron, ejem ejem. Le acaricia con el pulgar la mejilla a pesar de no tener más crema.

—¿Dónde lo dejaste?

Sebastián mira hacia los lados, a pesar que sus hombros le tapan.

—Allí, junto a tu mano —no se sale de encima, como si así pudiese echarle, ejem ejem—, la derecha.

Daniel levanta las cejas y abre los ojos.

—¡Oh! —baaaaaja su mano de la costilla de Sebastián y tantea encima de la toalla, consigue la botella y se la pasa. Sonríe—. ¿Me vas a poder echar así? Aunque me gusta esta pose, eh, no vayás a pensar que no...

—Mientras pueda, para qué cambiar —no se la recibe rápidamente, sino con un movimiento lento, tocándole los dedos. Le mira a los ojos, creyéndose sensual con sus espinillas y todo. Daniel le sostiene la mirada y desde sus dedos le recorre un espasmo por eso, el amor.

—No cambiés, mirá la ultima vez que lo hiciste, lo hiciste con porros —medio bromea y le da otro beso en los labios, como una caricia. Sebastián cierra los ojos con el beso.

—Sin porro entonces —es un trato, abre los ojos de golpe al tiempo que se endereza para posicionarse más decentemente (otra vez a su lado y no encima), pero antes de que se mueva Daniel le tironea un tanto para que no se quite.

—Estamos sudando, ¿sabés? Y si te levantas... se me va a ver... —sonrojito, refiriéndose a lo que tiene demasiado feliz entre las piernas.

—Si ya estás semi desnudo —pero no insiste en salirse—. Y se me está quemando la espalda —confiesa. Y lo confiesa porque hace un rato decía que no quería ponerse bloqueador, o sea que ahora sí que lo quiere.

Y Daniel abre los ojos grande con eso último, como si la hubiera re cagado, básicamente, lo que ha hecho.

—¡Vos! No debés quemarte vos, salí mejor y yo te echo, ahora mismo —suda y está hecho nervios porque luego a Basti le va a arder el cuerpo por SU culpa y va a tener cáncer a prematura edad y su piel tan linda se va a llenar de llagas o eso y lloramos todos. Se remueve, apoyándose en sus codos.

Julio hace un «tsss» al «cascarrabia» que le suelta la niña.

—Algún día aprenderás que eso es malo y te molestarás con justa razón —le explica, sereno, bañándose con miedo de que se lo trague el agua.

—No he terminado contigo, nene —Sebastián sigue a su doble sentido sensual—, o... ¿Pasó algo? —agrega más concernido al notar que hubo un cambio repentino.

—Basti, te vas a quemar —le rodea con los brazos en el estómago y le abraza fuerte.

—Sí —se encoge de hombros—, luego me pongo Aloe Vera —le sonríe con confianza, y la boca de Daniel llega ahora hasta el ombligo de Sebastián seguro... así que le besa ahí, mirándole desde su posición.

—¿Y si no podés dormir por que la piel te arde? ¿Y me paso el mal rato de la riñas con vos? —lamida—. ¿Ah? —lamida y beso—. No quiero que te quemes, por favor, haceme caso —lamidas alrededor del ombligo y dentro de él. Sebastián se ríe por culpa de los besos y le abraza la cabeza para «ocultarse» y que se deje.

—¡Ganaste, Dani! —le pide por las cosquillas sensuales—. Ponémelo, andá —risas. Daniel asiente sonriendo y se medio se levanta con Sebastián encima, cargándolo, para cambiar de sitio.

—Ya me tocaba ganar, siempre lo hacés vos.

Sebastián le deja, pero hasta allí nada más, cuando le tiene más arriba se mueve para bajarse.

—Che, que nos pueden ver —avergonzado.

—Y-Ya sé que nos pueden ver... —sonrojito. Sebastián toca con la punta de los pies el suelo. Su vergüenza va más por parecer hermano mayor-hermano menor que el porque les vean como pareja, de allí que se apresura, para no «disminuirse». Daniel se acomoda encima de sus piernas, deslizándose para luego erguirse. Ahora sí achina un poquito los ojos y observa alrededor, inspira profundo el aroma marino y fresco. Sus manos arreglan su cabello mientras se queda así...

—¿Te acordás cuando en la orilla escribías tu nombre y hacías huecos en la arena, Sebita?

El nombrado se recuesta en la toalla, y cuando Daniel se levanta, se da la vuelta para quedar con el estómago hacia abajo, tiene la espalda enrojecida.

—Recuerdo que siempre el mar se llevaba mis castillos —sonrisa.

—Y yo te ayudaba a armarlos otra vez —asiente Daniel y se vuelve a él, bajando la mirada, se sonroja por lo que va a decir pero...—. ¿Te gusta como estoy así?

—¿Así cómo? —tuerce el cuello para verle—. ¿Sin ropa? Claro —como si fuera lo más normal del mundo. Daniel se relame los labios y asiente, tomando el bloqueador y echándose un chorro en la mano.

—¿Y que es lo que te... gusta de mí?


Y así es la vida. Unos discuten promover cambios mientras otros enseñan a sus hijos lo que debe ofenderles.

Tigrilla resalta a Julio porque le encanta su participación, ¡no le den xanax! está bien como está XD