Capítulo 3

Principios. Ideales. Las duras realidades de la vida anterior de Jake nunca habían permitido tales cosas. Pero la constante exposición a los Swan le había cambiado, elevando sus pensamientos a consideraciones más allá de la mera supervivencia. Desde luego nunca sería un erudito ni un caballero. Pasó años, sin embargo, escuchando las animadas discusiones de los Swan sobre Shakespeare, Galileo, el arte flamenco contra el veneciano, democracia, monarquía y teocracia, y cualquier otro tema imaginable. Había aprendido a leer, e incluso había aprendido algo de latín y unas pocas palabras de francés. Había cambiado hasta convertirse en alguien a quien su anterior tribu nunca habría reconocido.

Jake nunca había considerado a los señores Swan como padres, aunque habría hecho cualquier cosa por ellos. No tenía ningún deseo de formar lazos con la gente. Eso habría requerido más confianza e intimidad de la que él podía reunir. Pero cuidaba de toda la camada Swan, incluido Emmett. Y después estaba Nessie, por quien Jake hubiera muerto una y mil veces.

Nunca degradaría a Nessie con su toque, o se atrevería a asumir un lugar en su vida aparte del de protector.

Ella era demasiado delicada, demasiado única. Cuando creció hasta convertirse en una mujer, todo hombre en el condado quedó cautivado por su belleza.

Los desconocidos tendían a ver a Nessie como una doncella de hielo, pulcra, serena y falta de cerebro. Pero los desconocidos no sabían nada de la ingenua astucia y la calidez que acechaban bajo su perfecta superficie. Los desconocidos no habían visto a Nessie enseñando a Esme los pasos de una cuadrilla hasta que ambas se habían derrumbado en el suelo entre risas. O cazando ranas con Alice, su delantal lleno de anfibios saltarines. O la forma risible en la que leía a una novela de Dickens con un montón de voces y sonidos, hasta que la familia entera aullaba ante su ingenio.

Jake la amaba. No de la forma en que los novelistas y poetas describían. Nada tan domesticado. La amaba más allá de la tierra, el cielo o el infierno. Cada momento lejos de su compañía era una agonía; cada momento con ella era la única paz que conocía. Cada toque de sus manos dejaba una impronta que carcomía su alma. Se habría matado a sí mismo antes de admitirlo ante nadie. La verdad estaba profundamente enterrada en su corazón.

Jake no sabía si Nessie le correspondía. Todo lo que sabía era que no quería que lo supiera.

—Ahí —dijo Nessie un día después de que hubieran deambulado a través de prados secos y descansaban en su lugar favorito—. Casi lo estás haciendo.

—¿Casi estoy haciendo qué? —preguntó Jake perezosamente. Estaba reclinado junto a una aglomeración de árboles que bordeaban una corriente, un arroyo que se quedaba seco en los meses veraniegos. La hierba estaba salpicada de un rampión púrpura y filipéndulas blancas, las últimas extendían una fragancia almendrada a través del cálido y fétido aire.

—Sonreír. —Apoyó los codos junto a él, sus dedos rozándole los labios. Jake dejó de respirar.

Un petirrojo desde un árbol cercano sobre alas tensas, arrancó una larga nota mientras descendía.

Atenta a lo suyo, Nessie arrastró las comisuras de la boca de Jake hacia arriba e intentó mantenerlas allí.

Excitado y divertido, Jake dejó escapar una risa ahogada y le apartó la mano con delicadeza.

—Deberías sonreír más a menudo —dijo Nessie, todavía mirándole fijamente—. Estás muy guapo cuando lo haces.

Ella era más deslumbrante que el sol, su cabello como seda cremosa, sus labios de un tierno tono de rosa. Al principio su mirada no parecía nada más que de amigable curiosidad, pero mientras sostenía la de él, Jake comprendió que estaba intentando leer sus secretos.

Deseó tirar de ella hacia él y cubrir su cuerpo con el propio. Habían pasado años desde que se había ido a vivir con los Swan. Cada vez encontraba más y más difícil controlar sus sentimientos por Nessie.

—¿En qué piensas cuando me miras así? —preguntó ella suavemente.

—No puedo decirlo.

—¿Por qué no?

Jake sintió una sonrisa gravitar sobre sus labios de nuevo, esta vez cargada de ironía.

—Te asustaría.

—Jacob—dijo ella decididamente—, nada que pudieras hacer o decir, me asustaría. —Frunció el ceño—. ¿Alguna vez vas a decirme tu apellido?

—No.

—Lo harás. Te obligaré. —Fingió golpearle el pecho con los puños.

Jake atrapó las delgadas muñecas en sus manos, conteniéndola fácilmente. Su cuerpo siguió el movimiento, girando para atraparla bajo él. Estaba mal, pero no podía detenerse a sí mismo. Y mientras la estaba sujetando con su peso, la sintió contonearse instintivamente para acomodarle, quedó casi paralizado por el placer primario de ello. Esperaba que luchara, que se opusiera a él, pero en vez de eso se quedaba pasiva en su agarre, sonriéndole.

Débilmente Jake recordó una de las historias mitológicas con las que los Swan estaban tan encariñados... la griega acerca de Hades, el dios del inframundo, que secuestró a la doncella Perséfone en un campo florido y la arrastró hasta abajo a través de una abertura en la tierra. A su mundo oscuro y privado, donde podría poseerla. Aunque las hijas Swan se habían sentido indignadas por el destino de Perséfone, las simpatías de Jake habían sido secretamente para Hades. La cultura romana tendía a teñir de romance la idea de raptar a una mujer para casarse, incluso fingirlo durante los rituales de cortejo.

—No veo porque el mero hecho de comer media docena de perlas de granada debería haber condenado a Perséfone a quedarse con Hades parte del año —había dicho Esme indignada—. Nadie le contó las reglas. No fue justo. Estoy segura de que nunca habría tocado ni una, si hubiera sabido lo que ocurriría.

—Y no serían un bocado muy apetitoso —había añadido Alice—. Si hubiera sido yo, habría pedido un pudding o paté de jamón, al menos.

—Tal vez no se sintiera del todo infeliz, teniendo que quedarse —había sugerido Nessie, con ojos brillantes—. Después de todo, Hades la había hecho su reina. Y la historia dice que poseía «las riquezas de la tierra».

—Un marido rico —había dicho Bella—, no cambia el hecho de que la residencia principal de Perséfone es una localización indeseable lo mires como lo mires. Sólo hay pensar en las dificultades para alquilarla en los meses en los que estuviera fuera.

Todas habían estado de acuerdo en que Hades era un completo villano.

Pero Jake había entendido exactamente por qué el dios del inframundo había secuestrado a Perséfone para ser su esposa. Había deseado un poco de luz del sol, de calidez, para sí mismo, abajo en la lúgubre tristeza de su palacio oscuro.

—¿Así que a los miembros de tu tribu que te dieron por muerto... —dijo Nessie, atrayendo los pensamientos de Jake de vuelta al presente—... a ellos se les permitía conocer tu apellido, pero a mí no?

—Así es. —Jake observaba el juego de luz y sombras en su cara. Se preguntó cómo sería presionar los labios contra esa suave y ligeramente engañosa piel.

Una arruga deliciosa apareció entre las leonadas cejas de Nessie.

—¿Por qué? ¿Por qué no?

—Porque eres una gadji. —Su tono fue más tierno de lo que pretendía.

—Tu gadji.

Ante esta incursión en territorio peligroso, Jake sintió su corazón contraerse dolorosamente. Ella no era suya, no podría serlo nunca. Excepto en su corazón.

Se apartó rodando de ella, poniéndose en pie.

—Es hora de volver —dijo cortantemente. Extendió el brazo, aferrando su pequeña mano extendida, e impulsándola hacia arriba. Ella no se dejó disuadir por el momento sino que en vez de eso se dejó caer con naturalidad contra él. Sus faldas revolotearon alrededor de las piernas de Jake, y la delgada forma femenina de su cuerpo se presionó contra la parte delantera de él. Buscando fuerzas desesperadamente, voluntad, la empujó a un lado.

—¿Alguna vez intentarás encontrarlos, Jake? —preguntó—. ¿Alguna vez te alejarás de mí?

Nunca, pensó en un fogonazo de ardiente deseo. Pero en vez de eso dijo:

—No sé.

—Si lo hicieras, te seguiría. Y te traería de vuelta a casa.

—Dudo que el hombre con el que te cases permitiera eso.

Nessie sonrió como si la declaración fuera ridícula. Se apartó y soltó su mano.

Comenzaron a caminar de vuelta a Hampshire House en silencio.

—¿Tobar? —Sugirió después de un momento—. ¿Garridan? ¿Palo?

—No.

—¿Rye?

—No.

—¿Cooper?... ¿Stanley?

—No

Para orgullo de toda la familia Swan, Emmett fue aceptado en la Academie des Beaus Art en París, donde estudió arte y arquitectura durante dos años. Tanprometedor era el talento de Emmett que parte de su instrucción fue asumida por elrenombrado arquitecto Rowland Temple en Londres, que decía que Emmett podríacompensarle trabajando como delineante.

Pocos habrían discutido que Emmett había madurado hasta convertirse en un hombre firme y de buen talante, con un ingenio agudo y una risa presta. Y en vista de su talento y ambición, existía la promesa de incluso más logros. A su regreso a Inglaterra, Emmett fijó su residencia en Londres para completar sus obligaciones con Temple, pero también iba frecuentemente a visitar a su familia en Primrose Place. Y a cortejar a una preciosa chica del pueblo llamada Nikki.

Durante la ausencia de Emmett, Jake había hecho lo que podía por cuidar de los Swan. Y el señor Swan había intentando en más de una ocasión ayudar a Jake a planear un futuro para sí mismo. Tales conversaciones habían acabado siendo un ejercicio de frustración para ambos.

—Estás malgastándote —había dicho el señor Swan a Jake, pareciendo suavemente apurado.

Jake había resoplado ante eso, pero Swan había insistido.

—Debes considerar tu futuro. Y antes de que digas una palabra, déjame declarar que soy consciente de la preferencia romaní de vivir en el presente. Pero tú has cambiado, Jacob. Has avanzado demasiado para no apreciar lo que ha arraigado en ti.

—¿Quiere que me vaya? —preguntó Jake quedamente.

—Cielos, no. En absoluto. Como te he dicho antes, puedes quedarte con nosotros mientras así lo desees. Pero siento que es mi deber hacer que seas consciente de que quedándote aquí, estás sacrificando muchas oportunidades para auto superarte. Deberías salir al mundo, como hizo Emmett. Colocarte de aprendiz, aprender un negocio, tal vez alistarte en el ejército...

—¿Qué sacaría de eso? —había preguntado Jake.

—Para empezar, la posibilidad de ganar más que la calderilla que yo puedo darte.

—No necesito dinero.

—Pero tal y como están las cosas, no tienes posibilidad de casarte, comprar tu propia parcela de tierra...

—No quiero casarme. Y no puedo poseer tierra. Nadie puede.

—A los ojos del gobierno británico, Jacob, un hombre desde luego puede poseer tierra, y hasta una casa en ella.

—La tienda perdurará cuando el palacio caiga —había replicado Jake prosaicamente.

Swan había dejado escapar una risa exasperada.

—Preferiría discutir con cien eruditos —había dicho a Jake—, en vez de con un gitano. Muy bien, dejaremos en paz la cuestión por ahora. Pero tenlo en mente, Jacob... la vida es más que seguir los impulsos primitivos. Un hombre debe dejar su marca en el mundo.

—¿Por qué? —preguntó Jake con genuino desconcierto, pero Swan ya había ido a unirse a su esposa en la rosaleda.

Aproximadamente un año después de que Emmett hubiera vuelto de París, la tragedia golpeó a la familia Swan. Hasta entonces ninguno de ellos había conocido nunca el verdadero pesar, el miedo o la pena. Habían vivido en lo que parecía ser un círculo familiar mágicamente protegido. Pero el señor Swan se quejó de extraños y agudos dolores en el pecho una noche, conduciendo a su esposa a concluir que estaba sufriendo dispepsia después de una cena particularmente rica. Se fue temprano a la cama, callado y con la cara gris. Nada más se oyó en su habitación hasta que rompió el alba, cuando la señora Swan salió llorando y dijo a la atónita familia que su padre estaba muerto.

Y eso fue sólo el comienzo del infortunio de los Swan. Parecía que la familia hubiera caído bajo una maldición, por la cual la medida completa de su anterior felicidad había sido convertida en pena.

«Los problemas vienen de tres en tres» era uno de los refranes que Jacob recordaba de su niñez, y para su amargo arrepentimiento, probó ser cierto.

La señora Swan estaba tan desesperada de pena que guardó cama tras el funeral de su marido, y sufrió tal melancolía que apenas podía ser persuadida para comer o beber. Ninguno de los intentos de sus hijos por traerla de vuelta a su acostumbrado yo resultó efectivo. En un asombrosamente corto tiempo, se había quedado en nada.

—¿Es posible morir de un corazón roto? —preguntó Emmett sombríamente una tarde, después de que el doctor se hubiera marchado con la declaración de que no podía discernir ninguna causa física para el declive de su madre.

—Debería querer vivir por Esme y Alice, al menos —dijo Bella, manteniendo la voz baja. En ese momento, Esme estaba llevando a Alice a la cama en otra habitación—. Son todavía demasiado jóvenes para estar sin una madre. Sin importar cuánto tuviera que vivir con un corazón roto, yo me obligaría a mí misma a hacerlo, sólo para cuidar de ellas.

—Pero tú tienes un centro de acero —dijo Nessie, palmeando la espalda de su hermana—. Tú eres tu propia fuente de fuerza. Me temo que Madre siempre sacó la suya de Padre. —Miró a Jacob con desesperación en sus ojos—. Jake, ¿qué prescriben los romaní para la melancolía? ¿Alguna cosa, sin importar cuán extraña fuera, que pueda ayudarla? ¿Cómo se ocuparía tu gente de esto?

Jacob sacudió la cabeza, pasando su mirada hacia la chimenea.

—La dejarían sola. Los romanís tienen miedo a la pena excesiva.

—¿Por qué?

—Tienta a los muertos a volver y hechizar a los vivos.

Los cuatro se quedaron en silencio, escuchando los siseos y crujidos del pequeño fuego.

—Ella quiere estar con Padre —dijo Nessie finalmente. Su tono era pensativo—. Dondequiera que haya ido. Su corazón está roto. Desearía que no fuera así. Cambiaría mi vida, mi corazón, por el suyo, si tal intercambio fuera posible. Desearía... —Se interrumpió con un rápido jadeo cuando la mano de Jake se cerró sobre su brazo.

No había sido consciente de estar extendiendo la mano hacia ella, pero sus palabras lo habían provocado irracionalmente.

—No digas eso —masculló. No estaba tan alejado de su pasado romaní como para haber olvidado el poder de las palabras que tentaban al destino.

—¿Por qué no? —susurró ella.

Porque no era suyo para darlo.

Tu corazón es mío, pensó él salvajemente. Me pertenece.

Y aunque no pronunció las palabras en voz alta, pareció que de algún modo Nessie las había oído. Sus ojos se abrieron, se oscurecieron, y un rubor nacido de una fuerte emoción se alzó en su cara. Y allí mismo, en presencia de su hermano y hermana, bajó la cabeza y presionó la mejilla contra el dorso de la mano de Jake.

Jacob anhelaba reconfortarla, envolverla en besos, rodearla con su fuerza. En vez de eso le soltó el brazo cuidadosamente y arriesgó una mirada cautelosa a Bella y Emmett.

La primera había recogido unas pocas piezas de yesca de la cesta del hogar, y se estaba ocupando de alimentar con ellas el fuego. El último observaba a Nessie intensamente.

Menos de seis meses después de la muerte de su marido, la señora Swan yacía descansando junto a él. Y antes de que las hermanas hubieran comenzado a aceptar que había quedado huérfanas con tan cruda rapidez, ocurrió la tercera tragedia.

—Jacob —Nessie estaba de pie en la puerta delantera de la casa de campo, dudando en entrar. Había tal mirada extraña en su cara que Jake se puso en pie al momento.

Estaba rendido hasta los huesos y sucio, habiendo llegado de estar trabajando todo el día en la casa de un vecino, levantando una valla y una verja alrededor de su patio.

Para colocar los postes de la valla, Jake había cavado agujeros en la tierra que ya habían sido permeada por la escarcha del invierno venidero. Acababa de sentarse a la mesa con Bella, que estaba intentando limpiar las manchas de uno de los vestidos de Esme con un cañón de pluma sumergido en esencia de trementina. La fragancia del producto químico quemó las fosas nasales de Jake cuando tomó un rápido aliento. Sabía por la expresión de Nessie que algo iba muy mal.

—He salido con Nikki y Emmett hoy —dijo Nessie—. Nikki se sintió enferma temprano… dijo que le dolía la garganta, y la cabeza, así que la llevamos a casa al instante y su familia envió en busca del doctor. Él dijo que era escarlatina.

—Oh, Dios —jadeó Bella, el color abandonó su cara. Los tres se quedaron en silencio con horror compartido.

No había ninguna otra fiebre que ardiera tan violenta o se extendiera tan rápidamente. Provocaba un brillante sarpullido rojo en la piel, impartiendo una fina y arenosa textura como de papel de lija utilizado para alisar las piezas de madera. Y ardía y devastaba abriéndose paso a través del cuerpo hasta que los órganos fallaban.

La enfermedad se demoraba en el aire expirado, en mechones de cabello, o en la misma piel. La única forma de proteger a los demás era aislar al paciente.

—¿Está seguro? —preguntó Jake con voz controlada.

—Sí, dijo que las señales eran inconfundibles. Y dijo... —Nessie se interrumpió cuando Jake se acercó a ella—. ¡No, Jacob! —Y sostuvo una delgada mano blanca con tal desesperada autoridad que le detuvo en el acto—. Nadie debe acercarse a mí. Emmett está en casa de Nikki. No la abandonará. Ellos dicen que está bien que se quede, y... tú debes reunir a Esme y Alice, y Bella también, y llevarlas con nuestros primos en Hedgerley. No les gustará, pero las acogerán y...

—Yo no voy a ninguna parte —dijo Bella, sus modales calmados, incluso, aunque estaba temblando ligeramente—. Si tienes la fiebre, necesitaras que me ocupe de ti.

—Pero si la cogieras...

—Tuve una variante muy débil de niña. Eso significa que probablemente esté a salvo de ella ahora.

—¿Y qué hay de Emmett?

—Me temo que él no la tuvo. Lo cual lo pone en peligro —Bella miró a Jacob—. Jake, ¿alguna vez...?

—No sé.

—Entonces deberías quedarte con las niñas hasta que esto acabe. ¿Las recogerás? Fueron a jugar al arroyo. Yo empaquetaré sus cosas.

Jake encontraba casi imposible abandonar a Nessie cuando ella podía estar enferma.

Pero no había elección. Alguien tenía que llevar a las hermanas a un lugar seguro.

Antes de que hubiera pasado una hora, Jake había encontrado a Alice y Esme, cargado a las desconcertadas chicas en el carruaje de la familia, y las había llevado a Hedgerley, a medio día de viaje. Para cuando las hubo dejado con sus primos y vuelto a la casa de campo, había pasado hacía rato la medianoche.

Bella estaba en la sala, llevando su camisón y una bata, el cabello cayéndole por la espalda en una larga trenza. Sentada ante el fuego, sus hombros se encorvaban hacia dentro.

Levantó la mirada con sorpresa cuando Jake entró en la casa.

—No deberías estar aquí. El peligro...

—¿Cómo está ella? —Interrumpió Jake—. ¿Algún signo de fiebre?

—Escalofríos. Dolores. Nada de subida de temperatura, por lo que pueda decir. Tal vez eso sea una buena señal. Tal vez signifique que sólo la tiene ligeramente.

—¿Alguna noticia de Nikki? ¿De Emmett?

Bella sacudió la cabeza.

—Nessie dice que Emmett tenía intención de dormir en la sala, y acudir con ella siempre que se lo permitieran. No es del todo apropiado, pero si Nikki... bueno, si no sobrevive a esto... —La voz de Bella se espesó, e hizo una pausa para tragar las lágrimas—. Supongo que si se llegara a eso, no querrían privar a Nikki de sus últimos momentos con el hombre al que ama.

Jacob se sentó cerca y resopló silenciosamente por las banalidades que oía a los gadjos decirse unos a otros. Cosas sobre aguantar, y aceptar la voluntad del Todopoderoso, y sobre mundos mucho mejores que este. No podía obligarse a repetir ninguna de ellas a bella. La pena de ella era demasiado honesta, su amor por su familia demasiado real.

—Es demasiado —oyó susurrar a Bella después de un rato—. No puedo soportar perder a nadie más. Tengo tanto miedo por Nessie. Temo por Emmett. —Se frotó la frente—. Sueno como una rancia cobarde, ¿no?

Jacob sacudió la cabeza.

—Serías una tonta si no tuvieras miedo.

Eso provocó una pequeña y seca risa ahogada.

—Definitivamente no soy una tonta entonces.

Para cuando llegó la mañana Nessie estaba ruborizada y febril, sus piernas se movían inquietamente bajo las mantas. Jake fue a la ventana y abrió la cortina, admitiendo la débil luz del amanecer.

Ella despertó cuando se acercó a la cama, sus ojos se abrieron en una cara bruñida de rojo.

—No —graznó, intentando apartarse de él—. Se supone que no deberías estar aquí. No te acerques a mí; la cogerás. Por favor, vete...

—Calla —dijo Jake, sentándose al borde del colchón. Atrapó a Nessie cuando esta intentaba apartarse rodando, y posó la mano sobre su frente. Sintió el pulso ardiente bajo la frágil piel, las venas iluminadas por la rabiosa fiebre.

Mientras Nessie luchaba por empujarle, Jake estaba alarmado por lo débil que estaba ella. Ya.

—No —sollozó Nessie, retorciéndose. Lágrimas débiles se deslizaron de sus ojos—. Por favor, no me toques. No te quiero aquí. No quiero que enfermes. Oh, por favor, vete...

Jake la empujó contra él, su cuerpo era una llama viva bajo la fina capa del camisón, la pálida seda de su cabello fluía sobre ambos. Y le acunó la cabeza en una mano, la poderosa mano maltratada de un luchador a puño desnudo.

—Estás loca —dijo en voz baja—, si piensas que te dejaría ahora. Te veré a salvo y bien sin importar lo que haga falta.

—No sobreviviré a esto —susurró ella.

Jake estaba sorprendido por sus palabras, y más aún por su propia reacción a ellas.

—Voy a morir —dijo Nessie—, y no te llevaré conmigo.

Jacob la aferró más estrechamente, dejando que su respiración le golpeara la cara. Sin importar cuánto se retorció ella, no la soltó. Respiró el aire de ella, tomándolo profundamente en sus propios pulmones.

Basta —lloró ella, intentando desesperadamente retorcerse para apartarse de él. El esfuerzo hizo que su rubor se oscureciera—. Esto es una locura... ¡Oh, miserable terco, suéltame!

—Nunca —Jake alisó su despeinado y fino cabello, los mechones oscurecidos donde las lágrimas habían caído—. Tranquila —murmuró—. No te canses. Descansa.

La lucha de Nessie se ralentizó cuando reconoció lo fútil de resistirse a él.

—Eres tan fuerte —dijo débilmente, las palabras nacidas no de la alabanza, sino de la condena—. Eres tan fuerte…

—Sí —dijo Jake, utilizando gentilmente una esquina de las ropas de cama para secarle la cara—. Soy un bruto, y siempre lo has sabido, ¿no?

—Sí —susurró ella.

—Y vas a hacer lo que digo. —La acunó contra el pecho y le dio algo de agua.

Ella tomó unos pocos sorbos dolorosos.

—No puedo —se las arregló para decir, apartando la cara.

—Más —insistió él, volviendo a llevarle la taza a los labios.

—Déjame dormir, por favor...

—Después de que bebas más.

Jacob no se rindió hasta que ella obedeció con un gemido. Recostándola hacia atrás en las almohadas, la dejó adormecerse durante unos minutos, después volvió con algunas tostadas suavizadas con caldo. La instó a tomar algunas cucharadas.

Para entonces Bella se había despertado, y fue a la habitación de Nessie. Un rápido parpadeo fue la única reacción de Bella ante la visión de Nessie apoyada contra los brazos de Jacob mientras este la alimentaba.

—Líbrame de él —dijo Nessie a su hermana roncamente, con la cabeza descansando en el hombro de Jake—. Me está torturando.

—Bueno, siempre hemos sabido que era un demonio —dijo Bella con un tono razonable, fue a detenerse junto a la cama—. ¿Cómo te atreves, Jacob...? Entrar en la habitación de una chica desprevenida y alimentarla con tostadas.

—El sarpullido ha empezado —dijo Jake, notando la aspereza que se estaba alzando en la garganta y las mejillas de Nessie. Su piel sedosa se había vuelto arenosa y roja. Sintió la mano de Bella tocarle la espalda, aferrándose a un pliegue suelto de su camisa como si necesitara sujetarse a él para mantener el equilibrio.

Pero la voz de Bella fue ligera y firme.

—Mezclaré una solución de agua y soda. Eso debería aliviar la inflamación, querida.

Jake sintió una oleada de admiración por Bella. Sin importar que desastre se interpusiera en su camino, ella estaba dispuesta a enfrentar todos los desafíos. De todos los Swan, había sido la que demostrara ser más dura hasta ahora. Y Nessie tendría que ser más dura y más obstinada incluso, si iba a sobrevivir a los días venideros.

—Mientras tú la bañas —le dijo a Bella—, yo traeré al doctor.

No es que tuviera ninguna fe en un doctor gadjo, pero podía proporcionar a las hermanas paz mental. Jacob también quería ver como les iba a Emmett y Nikki. Después de haber cedido a Nessie al cuidado de Bella, Jake fue a casa de Nikki. Pero la criada que respondió a la puerta le dijo que Emmett no estaba disponible.

—Está allí con la señorita Nikki—dijo la criada con voz rota, enjuagándose la cara con un trapo—. Ella no reconoce a nadie; está casi insensible. Está cayendo rápidamente.

Jake sintió la tracción de sus abruptamente cortadas uñas contra la dura piel de sus palmas. Nessie era menos robusta que Nikki, menos fuerte en forma y constitución. Si Nikki se estaba hundiendo tan rápidamente, apenas parecía posible que Nessie fuera capaz de resistir a la misma fiebre.

Su siguiente pensamiento fue para Emmett, que no era un hermano de sangre pero ciertamente era un hombre de su tribu. Emmett amaba a Nikki con una intensidad que no le permitiría aceptar su muerte racionalmente, ni siquiera de algún otro modo. Jake estaba más que un poco preocupado por él.

—¿En qué condiciones está el señor Swan? —Preguntó Jake—. ¿Muestra algún signo de enfermedad?

—No, señor. No lo creo. No sé.

Pero por la forma en que la mirada acuosa se apartó de la de él, Jake entendió que Emmett no estaba bien. Quería apartar a Emmett de la guadaña de la muerte, ahora, y ponerle en cama para preservar sus fuerzas para los días que vendrían. Pero sería cruel negar a Emmett las últimas horas con la mujer a la que amaba.

—Cuando ella se vaya —dijo Jake secamente—, envíenle a casa. Pero no lo dejen ir solo. Que alguien le acompañe todo el camino hasta el umbral de la casa Swan. ¿Entiende?

—Sí, señor.

Dos días después, Emmett llegó a casa.

—Nikki está muerta —dijo, y se derrumbó en un delirio de fiebre y pesar.

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Gracias por leer!