III


Mi momento de satisfacción por hacer eso y poner al gato en el lugar que le corresponde se esfuma cuando Lenalee le sede su comida –como si fuera lo más normal en el mundo– al obeso gato.

–Toma, cometelo tú.

Menciona con dulzura y amabilidad que no sé cómo soy capaz de aguantar y no avetar a ese animal por la ventana.

«Es un pena que si lo haga, éste a pesar de su obesidad caiga parado»

–Espero que esos dangos le hagan daño.

«Aunque al maldito no le paso nada cuando se trago mi soba»

Y mi novia solo suelta un suspiro ante mi comentario.