Davis, como rematado idiota que era, no prestó atención a mis sugerencias, de modo que al día siguiente Yoko y él ya habían cortado. La pobre estaba los ojos enrojecidos de haber llorado toda la noche. En cambio, Davis hacía gala de su habitual insensibilidad masculina importándole un rábano aquel trágico acontecimiento; comentaba como si no hubiera pasado nada el mundial de fútbol con sus amigos, reía a carcajadas cada vez que alguien decía un chiste grosero y era el que más disfrutaba en las guerras de tizas. Cada vez que uno de sus amigos mencionaba a Yoko, él trataba de cambiar de tema, lo cual hacía que Yoko apoyara la cabeza en el cristal y llorara silenciosamente, víctima del primer desamor. Yo quería estar junto a ella para abrazarle y decirle decirle que Davis no la merecía, porque, aunque a veces me cabree con ella, los recuerdos del pasado siempre nos acaban uniendo. Desafortunadamente, la arpía de Keiko se me adelantó. Me quedé pegada cerca de la puerta, pudiendo oír la conversación que mantenían:

-No te preocupes, cariño. Luego iremos a tomar un café y se te olvidará todo.

¿Café? Yoko siempre había odiado el café.

-Es que duele tanto –dijo entre lágrimas mi amiga.

-No sé a quién se le ocurre. –La voz de Keiko se volvió de repente más ponzoñosa-. Flirtear con el novio de tu mejor amiga.

Apreté fuertemente los puños, pues estuve a punto de entrar a la clase y propinarle un puñetazo en la cara.

-Es raro –sollozó-. Yolei siempre ha odiado a Davis, no me explico cómo puede de repente… No, debe ser un malentendido. Aunque está claro que a Davis ya no le importo, y eso es lo importante –y volvió a descomponerse en lágrimas.

-Que se fastidie, es un niñato que no te merece. Y si quieres mi opinión acerca de Yolei, me parece que no es de fiar. Siempre está tratándote como si fueras una niña, cuando ella no es muy madura que digamos. Y, para colmo, te hace esto.

-¿Co-cómo? Pero si Yolei lo odia. Ni si quiera quería que estuviera con él.

Keiko suspiró, y probablemente pensó que ella sabía mucho más de la vida que cualquiera de nuestra edad, porque dijo lo siguiente:

-¿Y por qué crees que te dijo que no te acercaras a él? Porque a ella le gustaba. Todas vimos que había algo entre ellos, incluso tú.

No pude reprimirme más; entré a la clase dando un portazo, me paré frente a ellas y miré a Keiko despectivamente.

-¡Entre Davis y yo no hay nada! –le espeté-. No la creas, Yoko,

Yoko tenía los ojos en lágrimas. Keiko no dijo palabra alguna, solo me miró como si tratara con una lunática. En esos momentos mis gafas habían resbalado un poco por mi nariz y mi cabello estaba sin peinar, así que era un poco cierto que tenía aspecto de chiflada, pero eso no excusaba su comportamiento. Hasta Davis y los chicos dejaron de jugar. Yo aproveché el momento para ordenarle que viniera. Sorprendentemente, el chico no se mostró rebelde conmigo y vino a mí con cierto temor, provocando las risitas de sus cómpañeros.

-Díselo -ordené.

-No hay nada entre Yolei y yo –dijo mirándome más a mí que a Yoko

-¿Lo ves?

-Bueno, está claro que esto te aclara muchas dudas, Yoko –rió Keiko-. Me voy a la cantina, te estaré esperando allí -salió de la clase.

Al fin, Yoko y yo nos encontramos cara a cara.

-¿No te creerás lo que dice, verdad? –inquirí-. Es una estúpida.

-No la insultes –me contestó-. No la conoces. Ella se ha portado muy bien conmigo.

-¿Insinúas que yo no lo he hecho? Siempre estoy tratando de protegerte y lo sabes.

-¡No! –exclamó, enfadada-. Sé como piensas. Tú me das consejos porque te crees superior o me tienes por estúpida.

-¿Cómo? –Mi lástima por Yoko repentinamente se transformó en indignación. Solía pasar mucho últimamente-. Esto es el colmo.

-No, es la verdad –contraatacó-. ¿Por qué no podías alegrarte y apoyarme cuando te dije que tenía una relación con Davis?

Davis, que había estado completamente fuera de lugar durante nuestra conversación, dirigió la vista a las cordoneras de sus zapatillas cuando Yoko mencionó su nombre.

-¡Porque es un estúpido y creo que te mereces algo mejor, te lo he dicho mil veces!

-¡Eh! –se quejó Davis-. Que estoy aquí.

-¡Silencio Davis, no te metas en nuestra conversación!

-¡Pero me acabas de insultar!

- Siempre estáis jugando, como si fuérais amigos de toda la vida –dijo Yoko con desdén-. Me parece que cada vez estoy más de acuerdo con Keiko con eso de que no lo consideras un completo idiota –remató, y no supe si lo decía en serio o solo para sacarme de quicio.

-Al contrario –salté-, somos enemigos de toda la vida.

-Es verdad –convino rápidamente Davis.

Pero Yoko se fue, más dolida si cabe. Pero eso a mí ya no me importaba porque había herido mi dignidad.

Me di por vencida y me senté lo más lejos que pude de ella durante el resto de la clase, que me hizo eterna, a pesar de que, para variar, el profesor presentó un nuevo alumno a la clase. Era un chico llamado Juro, y tenía toda la pinta de haber salido de la cárcel; tenía un cuerpo fornido y lleno de cicatrices y tatuajes, y el pelo rapado al cero. Respondió al profesor con bastante mala educación, cosa el resto de la clase consideró un acto de suma valentía. A mí no me lo pareció. Además, nuestro profesor está tan desinteresado del mundo que no es ningún logro contestarle; de hecho, yo me dirijo con mucho menos respeto a él cuando exijo una segunda corrección de mis exámenes. Tanta fascinación provocó el nuevo, que cuando el profesor dijo de hacer un trabajo por parejas, todos querían tenerlo como compañero (excepto Ken, por supuesto, quien lamentablemente ahora lo sentía más distante que nunca). Así que, como nadie se podía de acuerdo, tuvo la brillante idea de elegir él mismo los grupos. Y tuvo la no menos maravillosa idea de ponerme junto a Davis.

De verdad, a veces me siento la protagonista de fanfic absurdo en el que se fuerzan las situaciones para que esté con la persona que menos deseo en el momento que menos deseo solo para regocijo del autor y los lectores. Y al parecer no eran los únicos que disfrutaba enormemente al verme en esta situación; cuando expresé enfáticamente mi deseo de trabajar junto a un tiranosaurio antes que con Davis, el profesor sonrió y me dijo tranquilamente que me aguantara. Supongo que fue su venganza por hacer tantas preguntas y reclamar tantas segundas correcciones.

Decidimos comenzar el trabajo en su casa. Su hermana, quien parecía una versión femenina y más adulta que Davis, nos recibió llena de desagrado, ya que le fastidiamos su plan de quedar en la casa con unas amigas del club de fans de Matt Ishida, un chico de bachiller que tenía casi tantas fans como mi querido Ken (los chicos de aquí son unos seres inmaduros y brutos que no tienen en cuenta los sentimientos ajenos, por lo que es normal que nos emocionemos cada vez que alguien esquiva esta regla general). A los dos minutos ya estaba discutiendo acaloradamente con Davis sobre cosas sin importancia, cosa que hizo que se ganara mi admiración.

-¿Quién es ella, tu novia? –preguntó justo antes de salir de la casa con una pancarta de un chico rubio con ojos azules envuelto en un enorme corazón.

-¿Qué? ¡No, qué asco! –me indigné.

Eso hizo que yo también le cayera en gracia, y al poco tiempo estuvimos hablando de lo insoportable que era Davis. El chico tuvo que cerrarle la puerta en las narices a la pobre Jun para que termináramos nuestra conversación.

-¡Cuando vuelva a casa te la vas a cargar, Davis! –gritó desde el otro lado. Luego dulcificó su tono-: Encantada de conocerte, Yolei, pásate por aquí cuando quieras.

-Me cae muy bien tu hermana –le comenté a Davis.

-Es una tonta –repuso el chico con fastidio.

-Eso lo único que hace es reafirmar lo interesante que es tu hermana, ¿sabes? Ya sabes, como eres el centro del mal gusto… -Y me reí de mi propio comentario.

Necesitaba disfrutar un poco después de mi discusión con Yoko, y no había otra cosa más divertida que meterme con Davis.

-Pues tú no eres precisamente una reina de la belleza con esa falda y esas gafas de abuela –replicó el muy atrevido.

-Para tu información, estoy siguiendo la moda de occidente –y le saqué la lengua. Davis siempre conseguía sacar mi lado más infantil-. Y es imposible que pienses que yo iba mejor que las chicas el otro día. –Me sorprendí sacando de nuevo el tema tabú. A veces pasa que, inconscientemente, siempre terminas sacando el tema de conversación más desagradable, como si en lo más profundo de nuestra mente se encontrara un deseo masoquista.

-No estaba muy guapa ese día –admitió Davis.

-¿Qué pasó exactamente? –pregunté.

-Nada, ya te he dicho que nada.

-Ya comprendo –dije al ver cómo sus mejillas habían adquirido un tono ligeramente rojizo-. Siempre haces esas cosas con el balón para impresionar a las chicas, pero a la hora de la verdad te escondes detrás del balón.

-No es eso –se defendió el muchacho-. No es culpa mía. Yo no pensaba que fuerais todas tan complicadas. No quiero hablar más de esto.

Había pasado de ver a Davis como un lujurioso adolescente a encontrarlo un inexperto en el tema sexual. Ahora podía deleitarme imaginando como trataba de rehuir de un beso de Yoko.

Subimos por las escaleras con cierta dificultad, pues había toda clase de objetos desperdigados por ella. Yo casi estuve a punto de tropezarme con una pelota de tenis, pero Davis me sujetó a tiempo.

-Gracias –dije. Al percatarme de que estaba siendo amable con él cambié de tono-: ¿por qué dejas todas estas cosas por aquí? Tu hermana podría matarse.

-Ella también deja sus cosas por aquí.

-¿Y por qué no lo recoges? ¿Es que no tienes padres? –dije en tono de burla. Pero, al ver que Davis no contestaba, decidí no tocar más el tema.

Su habitación no podía estar mucho mejor ordenada que el resto de la casa. Si en la escalera tenías que saltar y dar volteretas para esquivar los obstáculos, en la habitación de Davis no tenías más remedio que nadar entre los trastos. No tuvimos más remedio que apartar las cosas para hacer espacio, pues era el único lugar dónde llegaba la conexión a Internet. Yo cogí una escoba y comencé a repartir escobazos para hacer más corta la tarea.

-Ey, para ya –se quejó Davis cuando le di con el palo de la escoba sin querer.

-Es para acabar cuanto antes. Además, no pienso tocar tu ropa interior con las manos desnudas.

-Pero vas a… Oh, maldita sea, no.

Y se lanzó a coger algo con tanta rapidez que no tuve tiempo de ver qué era. Asomé la cabeza por encima del hombro de Davis para descubrirlo: era un tren de juguete.

-¿Todavía juegas con esas cosas? –me interesé.

Davis pegó un salto y escondió de nuevo el tren.

-No, hace tiempo que no –se apresuró a decir.

-No tienes por qué avergonzarte, Davis, ya sé que sigues siendo un niño.

-Seguro que tú todavía conservas a tus barbies.

-Las tiré hace siglos –respondí con una sonrisa.

-Pero a Ken no.

Por alguna razón no me gustó aquello. Quizás era porque estaba acostumbrada a jugar con ventaja con Davis, ya que él no es muy espabilado, y que tuviera esos breves momentos de lucidez me desconcertaba.

-Vamos a hacer el trabajo –puse mi portátil en una mesita de plástico y me conecté a la señal-. Nuestro tema es "Las tendencias demográficas actuales".

-No suena muy divertido –gruñó Davis.

Tras estar dos horas buscando información y elaborando gráficas, sentí que no daba para más. Davis se había rendido mucho antes que yo: ahora dormía con el libro de sociales sobre la cabeza.

-¡Davis! –grité, despertándole al instante.

-¿Qué, qué pasa? –Saltó de repente, mirando asustado a todos lados.

-¿Qué estás diciendo? Estabas durmiendo –le informé-. ¿Cuánto tiempo llevas así? No pienso trabajar más de la cuenta, ¿sabes?

-Podrías haber sido más delicada. Ni mi despertador me da esos sustos –bostezó-. ¿Qué hora es?

-Las nueve y media.

-¡Oh, maldita sea! –Exclamó mientras buscaba el mando de la televisión-. Me voy a perder "Crimen y Penitencia".

-Oh, ¿tú también estás enganchado? –Pregunté, sorprendiéndome de que compartiéramos algo en común-. Me encanta el personaje de Carol.

-Carol es una pesada –respondió, y yo fruncí el entrecejo; ese chico no sabía respetar las opiniones ajenas-. En el capítulo de hoy va a morir un personaje.

Cenamos algo que había preparado Davis el día anterior. No sabía que era exactamente, pero estaba picante y podía ser digerible. No se lo dije, naturalmente. Luego vimos la televisión sin rechistar. Era sumamente extraño que compartiéramos un momento de felicidad.

Jun poco después de terminar la película y casi me obligó a quedarme a dormir allí.

-Hace mucho frío –dijo dejando la bufanda en la pechera-. En serio, a Davis no le importa dormir en el sofá.

-Sí que me importa –refunfuñó Davis.

-Gracias, pero tengo que ir a mi casa –contesté-. Tengo que ayudar a mi madre con algunas cosas.

Creo que tras pronunciar "madre", la sonrisa de Jun se desvaneció por un milisegundo. Minutos antes de que me fuera mantuvieron una breve conversación en la cocina que pude oír gracias a mi oído prodigioso. Maldita sea mi curiosidad.

-He hablado con mamá.

-¿Qué te ha dicho?

-No tiene planes de venir. Ya nos enviará dinero para pasar el mes.

-¿Y papá?

-Creo que sigue sin recuperarse.

-Podríamos llamarle.

-Ni hablar. Ya sabes cómo se puso la última vez.

-Pues yo pienso hacerlo.

-No seas idiota. Ve a despedir a Yolei y te sigo contando.

Davis salió de la cocina fingiendo normalidad, pero podía atisbar en sus ojos cierta emoción. Yo comencé a hablar, porque me estaba poniendo un poco nerviosa.

-¿Qué opinas del nuevo?

-No me cae demasiado bien –respondió arrugando la nariz-. Sé cree muy mayor.

-Sí, me han dicho que su padre trabaja en un bar y le deja emborracharse hasta el coma etílico. No es algo de lo que enorgullecerse.

-Ya. Nos vemos mañana.

-Adiós.