CAPITULO II
Uno.
No quiso cerrar los ojos. Con valentía miró a lo que sería su peor amenaza.
Ahora, en el momento de su muerte, Minerva McGonagall no tenía miedo. Si eso había de venir, eso vendría. Su cabeza estaba clara como nunca. No había que temer. Nada era suficiente contra ella. Aunque fuese a morir en ese instante, nada podría matar su alma. Lo sabía bien.
Así que se paró firme a esperar que llegara.
Pero, cuando la criatura cruzo la línea y entró al claro comprendió que no iba a morir. Que se había equivocado. La criatura enfocó sus ojos en ella y expresó temor en la mirada. Lo habían descubierto.
Conocía al muchacho que la miraba. Estaba en su año. Rubeus Hagrid.
- ¡Diablos! – dijo en un precario inglés que Minerva nunca aceptaría – Me descubrieron.
El despeinado cabello del enorme muchacho se disponía en grandes torzadas enredadas, con ramas entrecruzadas. Seguramente había caído en el suelo. Su ropa estaba desgarrada en una parte y sangraba por el hombro. Miró bien el lugar donde estaba desgarrado.
No, no había caído. Lo habían rasguñado.
- ¿Tú estas en mi año? – preguntó el enorme muchacho esperando una reprimenda
- Sí. – respondió Minerva aun mirando su hombro con algo de asco. Tenía sobre la lastimadura algunas hojas secas y barro. Eso se iba a infectar.
El muchacho notó de inmediato la mirada. Se bajó la túnica un poco para esconderlo, tirando sobre el enorme rasguño mas tierra y hojas que caían de su manga. Al apoyar la túnica hizo una mueca de dolor y luego de un segundo, la ropa volvió a su lugar original.
- Deberías ir a la enfermería, – dijo Minerva – Eso luce grave.
Rubeus rió por lo bajo.
- Claro. ¿Cómo he de explicar lo que me pasó? Se supone que no debo estar aquí, y lo sabes. – hizo una pausa y enfocó sus enormes ojos negros en los de ella – Me has seguido para acusarme ¿No es cierto?
- Eso es algo horrible para decir. – dijo Minerva alzando su ceja otra vez, para volver a retomar su mirada aguileña – El mundo no gira alrededor tuyo, deberías saber.
El muchacho cambió por completo su expresión. Parecía sorprendido.
- ¿No me has seguido para ver lo que hago aquí?
- Por supuesto que no. – dijo Minerva – No tengo nada de que acusarte. Yo también estoy aquí ¿O es que no me ves?
- Oh – dijo Hagrid arrepentido – Yo… lo… siento. – parecía ahora avergonzado – Yo… Abraxas Malfoy ha estado tratando de inculparme por algo. Me vio entrar al bosque el otro día y desde entonces tengo que esconderme de él para que no me acuse de nuevo con Slughorn. – hizo una pausa y murmuro por lo bajo – Idiota…
Minerva lo miró imperturbable.
- ¡Diablos! ¡No debería estar contándote esto! – la miró - ¿No le contaras a nadie, cierto? – se pegó un golpe en la cabeza – Que imbécil que soy.
- Esta bien – dijo Minerva – No le diré a nadie si no dices que me has visto aquí. A nadie. Ni siquiera a tus amigos.
- Bien – dijo Hagrid – Eso no será un problema. – rió amargamente – No tengo amigos. – se miró los pies con un poco de vergüenza – Me tienen miedo.
Minerva pudo explicarse sencillamente por que eso era así. Rubeus Hagrid era gigantesco. Habían, de hecho, rumores que indicaban que era un gigante demasiado pequeño. O un medio gigante, quizás.
- Eso facilitara las cosas – dijo fríamente
Silencio. Los dos se miraron. De repente, Minerva observó que el muchacho llevaba en sus manos un saco que chorreaba una sustancia oscura, amarronada, que manchaba la nieve. Tembló. Era sangre.
Lo miró.
- No… - dijo el extendiendo sus manos y acercando el saco hacia ella – No te asustes. No es lo que piensas. – hizo una pausa – Bueno tal vez si.
Minerva alzó una ceja y Hagrid suspiró.
- Escucha… es… que… - la miró preguntándose si podía confiar en ella – En el bosque… Hay un hipogrifo bebé.
Minerva alzó una ceja, incrédula. Retrocedió un paso dispuesta a echarse a correr si se acercaba otro paso.
- Su madre murió. Se la devoró un licántropo. Y él no puede alimentarse. – la miró anhelante – Le he estado trayendo pollos vivos, para que aprenda a cazar. Pero nada mas. No he asesinado a nadie, te lo juro. – metió la mano dentro de la bolsa y sacó una masa informe emplumada cubierta de sangre – ¿Lo ves? Pero no puedo dejar a los pollos muertos cerca, por que atraerían a otras criaturas y lo lastimarían.
Minerva corrió la cara con asco y con un vomito atragantado. Esa había sido, sin duda, una visión repugnante.
- El profesor Hudgens, de Criaturas Mágicas, no quiso hacer nada al respecto. Pero no podía dejar morir a ese pequeño polluelo. Deberías ver lo adorable que es. – La miró anhelante metiendo el pollo en la bolsa – Por favor, créeme.
- Esta bien, no me interesa. Ahora vete. Estoy ocupada – dijo enfocando sus ojos en él
La miró de vuelta y miró hacia todos lados.
- ¿Qué estas haciendo?
Ella lo miró de vuelta.
- Que tu me hayas contado tu vida no significa que yo haré lo mismo. Simplemente vete. – dijo alzando una ceja
Hagrid la miró.
- Bien, si así quieres que sean las cosas, me iré, pero te advierto. Ya es tarde y hoy es luna llena. No deberías estar aquí. De noche salen todas las criaturas del bosque a cazar.
- ¿Ya es de noche? – preguntó la niña mirando hacia el cielo, donde no se veía nada, debido a la espesura.
- Bastante. Deberías presentarte a cenar, o tus amigas se preocuparan.
- Eso no es un problema. – Dijo la muchacha – Yo tampoco tengo amigas.
Él alzó una ceja.
- No me extraña – dijo él caminando hacia donde estaba la salida del bosque – Eres bastante antipática, McGonagall. – esbozó una sonrisa – Pero me agradas. Te he estado observando en las clases que compartimos, eres inteligente. Quizás deberíamos ser amigos.
¡Por supuesto que no! dijo su voz interior Es un fenómeno
- Veremos – dijo ella alzando una ceja mientras él sacaba algo de su mochila. Su varita.
Murmuró lumus e iluminó el camino.
- Vamos. En serio deberíamos irnos. – dijo tomándola de la muñeca. De repente se detuvo y se agachó. – Se te cayó esto – dijo extendiéndole el pequeño pergamino con el secreto
- Gracias – dijo Minerva tomándolo de inmediato para que no lo viera. Sin embargo, notó un brillo en él. Una letra que no había visto antes. – Adelántate, tengo que tomar algo que dejé por allí.
- Está bien – dio Hagrid dándole la espalda – Entendí la indirecta. No quieres acercarte, crees que soy extraño. Bien, como quieras.
Se adentró sin decir nada más. Minerva rodó los ojos, pensando por que la gente era tan dramática. Sacó su pergamino y lo miró con impaciencia. Nada nuevo.
¡Pero lo había visto! ¡Algo distinto! ¡Una letra en tinta verde! ¡Algo más que el "quema esto" en letra negra! ¿Dónde estaba? ¡No estaba loca!
Lo movió, tratando de hacer refringencia con la luz. Nada. Quizás faltaba luz.
Sacó su varita de la mochila y dijo en voz baja lumus, haciendo que su varita se prendiera de inmediato. Y de repente, como si siempre estuviese ahí, apareció un nuevo texto en tinta verde esmeralda.
Si estas leyendo esto, quiere decir que eres lo suficientemente buena para nosotros. Te esperamos a medianoche en el pasillo derecho del tercer piso. No llegues tarde y no le digas a nadie de esto. Si vienes acompañada, nadie te recibirá.
Todo parecía tener sentido. Tinta de luz, milenaria como pocas, rara como menos, cara como ninguna. La única manera de verla era con luz mágica. En las guerras mágicas los alemanes la usaban para comunicarse entre ellos sin que nadie pudiera saber que se decían. Si interceptaban los mensajes, solo encontraban papeles vacíos. No había otra forma de revelarla mas que con el simple y olvidado hechizo lumus que se creía que usaban solo los magos principiantes.
Lo más sencillo era la respuesta.
Volvió a mirar el pergamino sorprendida. Quema esto al terminar de leerlo. Parecía obvio. Agitó la varita y luego de un segundo, el pergamino cayó hecho cenizas al suelo.
Cuando Hagrid había prendido su varita había reflejado sin querer el papel. Se sintió un poco desconsolada. Él había descubierto el secreto por ella. Aunque hubiese sido un accidente. Que decepción.
Medianoche. ¿Iría? Era ilegal salir de la cama después de las diez. ¿Se atrevería a romper de nuevo las reglas? Eso era algo obvio. Ya estaba en el Bosque Prohibido, en noche de luna llena.
Estaba claro que la decisión había sido tomada de antemano. Antes de saber que había en el mensaje, ella sabía que era para ella y que fuese lo que fuese lo que dijera, que ella lo aceptaría sin rechistar. Aunque eso le llevara a romper más reglas.
Todo el mundo sabía que si había reglas… era para romperlas.
