Capítulo 3: Injusta vida

Su sangre, esparcida por toda la habitación de cadáveres a punto de incinerar. Mis ojos no parpadeaban, mis pulmones no respiraban, mi corazón no palpitaba; mi amor roto de nuevo por los que se hacen llamar normales. Era como si me presionaran tan fuerte el pecho que mi vida se esfumara por momentos. Pensé en su alegría, su sonrisa, en ella en sí, en Lin. Sacrificada por mi culpa, por enseñarle a ser una Ilusionista; era tan traumático ver todo su cuerpo sin vida y destrozado por el virus que le habían metido en el cuerpo para matarla.

Me fui de allí, no podía soportar la idea de que se hubiera ido. Sabía que ahora estaría en un lugar mejor, pero no hacia más que pensar en como se sentiría ella al ver que todos la trataban como a un animal peligroso, cogiéndola con fuerza, encerrándola una hora antes de llevársela al otro mundo. Seguro que tenía miedo, estaba aterrada y me llamaba en su subconsciente; debí quedarme con ella toda la noche. Y por eso me arrepentiré toda mi vida, de perder otra persona querida para mi solo por como soy.

Caminando por la acera hacia la cuidad, ya que esa prisión estaba a las afueras de esta, miraba el suelo con descontento. ¿Cómo pude querer tanto a alguien en tan poco tiempo? Simplemente, me trató como nunca nadie lo había hecho, era la única persona que me daba confianza y en la que podía poner toda mi vida en su hombro. Me pregunté si pensó en mí cuando estaba atemorizada, si pensó malamente o con bondad y tolerancia. Me habría gustado meterme en su mente para saber exactamente como me quería; como un hermano, como un amigo, como un consejero, como un padre… ¿O cómo algo más?

¿Cuánto la quería yo? Demasiado para ser cierto…

Llegué al lugar donde solía dormir la mayoría de las noches, un local sucio, a medio construir y deshabitado. Pegué un salto hacia el primer piso, donde estaba tumbada una sombra, fumando un cigarrillo y adormilada. Se movió hacia mí y se levantó, tirando su vicio al suelo y apagándolo de un solo pisotón.

-Hombre, Ryu, hacía tiempo que no te veía por aquí –sonriente, con su boca grande y de labios finos.

-Estuve ocupado –dije con desanimo, sentándome y apoyando la espalda en otra columna; como estaba antes mi compañero.

-¿Ocupado? No sé por qué pero lo dudo. Jajaja –se carcajeó.

Solo le fulminé con una mirada de seriedad y dolor. Él era Hayaku, era como un fiel amigo de toda la vida y, a la vez, el mayor rival en todas las cosas que pudieras hacer. Era muy cabezón y tozudo, siempre quería tener la razón pero no solo tenía cosas malas. Era simpático y divertido, muy juguetón la mayoría de veces; en cambio no admitía, para nada, que era muy protector con sus amigos. Por supuesto, lo era. Pero como le sacaras el tema ya lo tenias de morros todo el día.

Sus cabellos oscuros hacían resaltar el turbante rojo fosforito que llevaba para apartarse el pelo de la frente. De debajo de las orejas le salían dos abultados y gruesos tirabuzones, tenia la tez morena, ojos castaños y una fuerza descomunal. Nunca debías retarlo a un pulso, ya tuve que estar con la muñeca vendada 4 meses, y son poder hacer nada. Me la dejó destrozada. También es Ilusionista. "El Ilusionista de las Armas". Tenía un revolver y una metralleta que, al concentrar energía en las balas, podían salir del elemento que quisieras, ya fuera agua, fuego, hielo, hojas… Por esa parte tenia mucho potencial en la mente de Ilusionista, pero era tan bestia que no podía controlar bien sus ataques y siempre refunfuñaba de que era muy malo. No sé a qué vendría eso después de destrozar un árbol entero, quemarlo y al dejarlo en cenizas hacer que se lo llevara el viento lejos de allí. En fin, era un quejica de primera clase.

Me sentía tan mal, tan hundido en la miseria, tan muerto en alma… Sabía que superaría esto sin dificultades si entretenía mi mente, pero Hayaku no podría ayudarme mucho.

-¿Te sientes mal tío? –se sentó a mi lado, preocupado.

-No.

-No te creo, tienes una mirada de desesperación que no puedes con ella –me informó mirándome fijamente a los ojos. Luego, al ver que no le hacia el menor caso, se acercó más a mí.- ¿Has conocido a alguien especial?

-¿Eh? –me asombré.

-No te habrá pasado como con Jennifer… ¿No? Porque sabes que te volverían a hacer daño –comentó preocupado.

-No… Ella… No era como Jennifer… -suspiré.

-¿Era? –pensó un momento, luego se me dirigió de nuevo.- No me digas que la niña de esta mañana…

-Lin. Se convirtió en Ilusionista del Vuelo por mi culpa, porque sabía que podría. Y tenía tanta ilusión en tocar el aire sin estar en tierra firme… -cerré los ojos, intentando que mi corazón no se rompiera en mil pedazos.

Hayaku calló. Se sintió mal, se le notaba tanto en la cara. Además que era un hombre divertido y simpático, siempre con la sonrisa en la cara; pero este tema nos tocaba tanto a uno como al otro.

El silencio se apoderó de todo, solo al final Hayaku pareció que una bombilla encima de su cabeza se encendió como señal de alguna "idea".

-¿Quieres que vayamos a buscar algo de comer? De paso podríamos visitar a la antigua finca de Reishi, para ver como van por ahí –propuso con ilusión. Se levantó y, al cogerme de la mano, pegó tal empujón que tuve que aterrizar en el suelo con las manos para no irme de morros.

-¿De Reishi? Ese chico ya está más podrido que cuando fuimos hace dos meses. Desde que apareció allí ese hombre tan extraño, una presencia de ilusión maligna se apoderó de todo el edificio –resumí, recordándoselo.

-Sí pero creo que solo salió afectado él, los demás siguen viviendo allí pero se hace cargo otra persona. Creo que un primo de la anterior novia de Reishi –dijo sin estar del todo seguro.

-Bueno, da igual. Averigüemos qué tal va todo por ese sitio de mala muerte –concluí, poniendo punto y final a la conversación.

Los dos nos fuimos de nuestra casa a medio construir, que llevaba siglos igual. Los propietarios encontraron un solar mejor y para que los constructores no se quejaran les pagaron el doble y aparte la otra casa para que les construyeran. Es lo que tiene ser muy rico.

Llegamos en un abrir y cerrar de ojos ya que los dos, de caminar tanto por la cuidad sin hacer nada, nos sabíamos todos los atajos posibles a sitios donde los Ilusionistas escondían su presencia. Ese edificio era un ejemplo de los lugares que habían tan escondidos por allí. Justamente, este era de un amigo nuestro que se unió a las fuerzas del mal. ¿Quiénes son? Son Ilusionistas como nosotros, pero usan sus poderes de ilusión para el mal y contra los humanos e, incluso, otros Ilusionistas que solo queremos vivir en paz. Ellos quieren la paz con humanos, pero la oscuridad se apoderó de sus deseos más egoístas y rencorosos y los hizo ser así, atacando a todo el mundo y haciendo que los humanos nos sacrifiquen por miedo. Por eso nosotros, cuando vemos a alguien así, actuamos rápidamente. Normalmente los matamos porque se resisten a ir por las buenas, pero no somos tan agresivos como parece que nos pinto. Simplemente es que ellos están descontrolados y no hay otra manera de detenerlos.

-Ya llegamos –entrando, sonando la campanita que colgaba del techo.- ¿Hola? –gritó profundamente por la portería.

-Creo que no hay nadie, todos fueron absorbidos por la oscuridad –serio.

-¡No! ¡No piensen eso! Lo que pasa es que creíamos que eran la policía… -saliendo de su escondrijo un portero lleno de canas, arrugas, encorvado y con un cuerpo que pedía a gritos que le jubilaran.

-¿La policía ronda por aquí? –preguntó extrañado Hayaku.

-Sí –tartamudeó.- Se ve que un Ilusionista Maligno apareció por este barrio y se creen que está escondido por estas casas. Por eso estamos escondidos y tenemos miedo –explicó con un tembleque en las piernas.

Pasó un silencio que pareció eterno; menos mal que sabía que eso significaba que Hayaku pensaba en algo.

-Bueno, pues nosotros vigilaremos para que la policía no les pille señores –consiguió decir después de tanto cavilar.

-¡Oh! ¡Muchas gracias buenos hombres! –Exclamó tan agradecido.- ¡Nos lo agradeceremos eternamente! Que Dios esté con vosotros –mientras entraba en su casa que era una al lado de la portería.

Nos miramos los dos a la vez, bajamos la cabeza agotados y suspiramos.

-Qué buena idea Hayaku –le agradecí con cierto tono irónico.

-Lo siento, pero es que ese pobre hombre me daba tanta pena… -dijo con arrepentimiento.

Los dos estuvimos como horas sentados en sillas, mirando a la puerta fijamente, con todos los sentidos alerta, para oír cualquier ruido y ver cualquier sombra. Me quedé pensativo durante todo ese tiempo, todavía le daba muchas vueltas al tema de los Ilusionistas con los humanos. Además que las presencias oscuras tendrían que venir de algún lugar, ¿no? No podrían aparecer de la nada, alguien debería estar controlándolas y haciendo que todos los contaminados por ello le obedecieran.

-Ah… Veo demasiadas películas… -murmuré para mí mismo. Miré de reojo a mi compañero, llevaba puesto su turbante rojo del cabello en los ojos y le caía el flequillo que siempre se recogía con él por la frente. Sonreí por gracia. Pensé algo tan tonto como que nunca le había visto con el flequillo o sin turbante ya que no le gustaba que le vieran dormir. Y nada más despertarse es lo primero que hace, ponérselo.

Las mañanas normalmente eran tranquilas, bueno, tranquilas para nosotros porque ya era la costumbre. Algún coche que otro de policía, movidas de jóvenes y peleas de borrachos que se pasan la noche en vela, el olor a alcohol y droga en la acera de enfrente que lleva a un descampado… Eso es lo normal. Lo raro es que esté todo tranquilo. En cambio, cuando era pequeño, todo lo normal era diferente a lo que ahora resulta más cómodo y relajante. Cosas que no te ponían nervioso, pero ahora nos lo pondrían, como el silencio absoluto en la noche, escuchar el viento pegar contra los árboles. Y sobre todo, prestarle atención a las caricias de tu madre o padre antes de dormir. Ellos murieron, en un accidente de demolición de una casa. Mis padres llevaban una constructora y un día que estaban mirando la casa que iban a demoler para construir otra por dentro, la máquina de demolición se llevó la casa por delante con mis padres y conmigo. Yo estaba allí porque mi padre me llevó a verlo, ya que me hacia ilusión ver como rompían una casa en miles de pedazos. Pero fue una desgracia. Desperté en el hospital y no recordaba nada, me había dado un golpe en la cabeza y por eso estaba algo en shock. A partir de entonces viví con unos padres adoptivos 3 años, pero cuando se dieron cuenta de que había adquirido un poder de Ilusionista, me quisieron mandar a la famosa prisión. Pero me escapé.

Seguro que piensan que era un loco que con solo nueve años me fuera a una prisión a matar a alguien y adquirir a Llama de Dragón. Pero estaba tan enrabiado conmigo mismo y por perder a mi familia en una cosa así, encima salir yo solo vivo y no quedar nadie con quién estar. Me sentía muy triste y desolado.

De repente se oyó un portazo que Hayaku cayó hacia atrás con la silla de cabeza, y yo pegué un sobresalto que me puse de pie. Una mujer vestida con una camisa azul, corbata negra y falda azulada y ajustada entró. Los dos nos extrañamos pero enseguida, gracias al sol, nos pudo iluminar su placa que mostraba unas letras de color oro. "Policía Anti-Ilusionistas".