Los párpados de Adrien temblaron ante la luz repentina y se incorporó, mirando desorientado a su alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pa...?

Su cabeza se llenó de recuerdos borrosos de la noche anterior y se miró las piernas, alarmado. Éstas habían vuelto y eran normales; un poco sucias con polvo, pero definitivamente suyas. Se tocó la cara y el cuello y notó con alivio que las escamas y branquias también habían desaparecido.

Se puso en pie con dificultad y observó la cueva en la que había pasado la noche. Tenía una pequeña laguna con un túnel que conectaba con el mar, y el resto de la cueva era amplia con techos altos. La noche anterior no se había fijado, pero a la luz parecía un espacio demasiado geométrico como para ser natural. Lo que había confundido con estalagmitas en la oscuridad eran en realidad conos afilados de roca, colocados siguiendo un orden que no sabía si era estético o tendría alguna función. También había grabados en las paredes, claramente visibles con la luz solar que entraba por los orificios del techo.

Se acercó a una de las superficies y tocó las pequeñas marcas. Podrían ser decoración o algún tipo de mensaje, pero no podía entenderlos; no se parecían a nada que hubiera visto antes.

Se encogió de hombros y buscó su ropa por el suelo. Cuando ya había recorrido la cueva tres veces sin encontrar ni un mísero jirón de tela, decidió que correr desnudo a casa era mejor que morir de inanición en aquel lugar.

Salió por una abertura y se encontró a sí mismo sobre unas rocas que daban a la playa que tanto conocía, aunque se encontrara en el extremo opuesto y tuviera un largo camino por recorrer. El sol no estaba muy alto, por lo que aún no habría demasiada gente despierta para ver a su príncipe paseando desnudo, pero por suerte sí que había la suficiente luz como para que él viera con absoluta claridad lo que había a su alrededor. A su derecha había una ladera que, un poco más lejos, daba paso a la muralla que protegía su pequeña ciudad de los peligros del mar.

El mar. Adrien miró a su izquierda y lo vio extenderse, calmado y azul. Parecía mentira que apenas unas horas antes ese mismo mar hubiera intentado matarlo.

Sacudió la cabeza y empezó a andar siguiendo el curso de la muralla. Nunca se había alejado tanto de casa, pero calculaba que en menos de una hora estaría en el palacio y, presumiblemente, vestido.

Porque seguía sin entender qué había pasado con su ropa. La llevaba puesta cuando se había caído de la balsa, y después... recordaba haber abierto los ojos bajo el agua siendo un marino completamente funcional, y haber hecho un recorrido turístico por el fondo del mar.

Absurdo.

Sacudió la cabeza y apretó el paso. Todo era demasiado confuso y sólo quería que llegar al palacio y dar por terminada la aventura. Ya tendría tiempo para pensar en qué había pasado realmente durante la noche.

– ¡Alto ahí! Levanta los bra... ¿Majestad?

Adrien se detuvo con un sobresalto y miró al guardia que corría en su dirección. De pronto fue muy consciente de su desnudez, y se cubrió con las manos. El guardia evitó mirarlo.

– ¡Príncipe Adrien! Su padre estará muy feliz de saber que lo hemos encontrado. Ha mandado mucha gente a buscarlo en cuanto se ha dado cuenta de que había desaparecido –Se quitó su chaqueta de uniforme apresuradamente y se la tendió–. Tome, majestad.

Adrien cogió la prenda y se la puso rápidamente, siguiendo al soldado con gratitud. La chaqueta no era muy larga, pero su dueño era bastante más alto y corpulento que él así que tapaba todo lo necesario. Echó a andar tras el guardia, quien al ver que ya estaba medianamente vestido disminuyó el paso para que lo alcanzara.

–Gracias por la chaqueta, soldado...

–Chiến Lê, Kim Chiến Lê.

–Gracias, Kim –El guardia sonrió ante la familiaridad, y Adrien se dio cuenta de que no parecía ser mucho mayor que él–. ¿Y cómo es que mi padre se ha preocupado tanto?

Kim pareció escandalizado por un segundo.

– ¡Majestad! ¡Su padre siempre...!

–Sí, sí, tranquilo; no lo digo porque no crea que se preocupa, sé que lo hace. Pero siempre que... me ausento, mi padre tarda un poco más en dar la voz de alarma –La mirada de Kim seguía reflejando confusión, y Adrien Soltó una pequeña carcajada despreocupada–. La mayoría de las veces vuelvo a casa antes de que alerte a la guardia, así nos ahorro la vergüenza a ambos.

Kim no pudo evitar mirar de reojo las piernas pálidas de Adrien ante el uso de la palabra "vergüenza".

–Bueno, anoche hubo un avistamiento de marinos. Puede que su majestad tuviera miedo de que lo hubieran capturado.

– ¿Un avistamiento?

La voz de Adrien sonó mucho más aguda de lo que pensaba, y Kim lo interpretó como miedo.

– ¡Pero ya está todo controlado, majestad!

El joven rubio asintió intentando parecer aliviado, aunque por dentro de sintiera de todo menos tranquilo.

Los recuerdos de la noche anterior parecían reales, pero creer que lo eran atentaba directamente con todo lo que sabía y francamente, contra el sentido común. Pero por desgracia no era capaz de pensar en otra explicación para su desnudez, ¿Y ahora el avistamiento? ¿La misma noche que habían intentado arponearlo?

Demasiadas casualidades.

– ¡¿Cómo puedes ser tan imbécil?!

Los gritos de Nino le sacaron de sus pensamientos, y se dio cuenta de que ya habían llegado al palacio. Su amigo le golpeó en el hombro y después lo abrazó.

–Si vuelves a hacer algo así te juro que te cortaré la garganta mientras duermes.

Adrien se separó con una sonrisa y comenzó a andar hacia el palacio.

–Siempre es un placer volver a casa.

– ¿Sabes lo que no es un placer? –dijo Nino con sorna mientras lo seguía–. Levantarte por la mañana y pensar que tú mejor amigo está muerto entre algas.

–Eres un dramático.

–No acepto críticas de un idiota desnudo.

Ambos estallaron en risas pero se cortaron inmediatamente cuando el Rey apareció en la puerta del palacio. Adrien tragó saliva, preparado para los gritos, pero su padre se limitó a abrazarlo de manera incómoda y mirarlo con frustración.

–Podrías haber muerto. No sé qué estabas haciendo... ni me interesa –dijo mirando la chaqueta que apenas lo cubría–, pero no quiero volver a pasar tanto miedo como he pasado esta noche. No volverás a pisar la playa, y esta vez espero que lo cumplas.

Adrien tragó saliva y asintió, sintiendo una punzada de culpabilidad. Parecía que todos habían pasado un mal rato con su desaparición, y una parte de él quiso complacerlos y no volver a acercarse al agua.

Pero no podía ignorar la noche anterior y todas las dudas que tenía. Necesitaba averiguar que había pasado, si sus recuerdos eran reales y en caso de no serlo, cuál era la verdad.

Así que prometió a su padre no volver a la playa, y se prometió a si mismo volver aquella misma noche.

Casi en el mismo momento, pero a una gran distancia, Ladybug se levantó con una gran sonrisa en el rostro. Sus compañeros no estaban acostumbrados a tanta vitalidad, y ella no explicó nada ante sus caras sorprendidas y cejas levantadas. Por supuesto, era difícil que comprendieran que si hasta ahora se levantaba cansada era por sus noches de investigación secreta, y que justo el día anterior se la había chafado un rubio desconocido.

Pero a Alya no tenía tantos miramientos.

« ¿Y esa cara? ¿Por qué no parece que acabas de salir de la heroína como el resto de las mañanas?»

Ladybug puso los ojos en blanco y agitó la cola al avanzar, moviendo el pelo de su amiga.

«Gracias por el chute de autoestima, pero... es sólo que ayer me pasó algo interesante» Alya la miró con curiosidad y Ladybug sonrió ampliamente « ¡Conocí a un chico en el lado de los secos!»

Alya frenó en seco mientras las implicaciones de esa frase resonaban en su cabeza.

«No me lo puedo creer» Su voz no sonaba enfadada, era más bien resignación «Fuiste al lado humano, ¿no? Otra vez. Otra maldita vez en esa cueva»

Ladybug se estrujó las manos, avergonzada.

«Pues... sí. ¡Pero no llegué ni a acercarme! Ese chico apareció de la nada, todo desorientado y...»

«Espera, espera» Alya levantó la mano, pensativa, y Ladybug dio gracias porque aceptara el cambio de tema « ¿Era un chico con escamas negras? ¿Con el pelo rubio y los ojos verdes?»

« ¡Sí! ¿Lo conoces?»

«Que va. Pero lo vi ayer un segundo, en el Arrecife»

El entusiasmo de Ladybug se esfumó en un instante.

« ¿En el arrecife? Mierda, estaba segura de que era del lado seco. Como no lo había visto nunca...»

«Pero puede que tengas razón» Alya estaba pensativa y, muy a su pesar, un poco emocionada por el misterio «Estaba aterrorizado cuando vio el Arrecife; salió pitando de ahí, como si no lo hubiera visto nunca. Y su cara no me resultó familiar en absoluto»

«Yo estoy segura de que no lo conocía, créeme. Me acordaría de él»

Alya soltó una carcajada.

« ¿Tan guapo te pareció? Vaya, vaya, ahora entiendo el interés»

« ¡Alya, no!» Ladybug sintió como sus mejillas se ponían rojo brillante «O sea, sí que era guapo, muy guapo de hecho, ¡Pero no es por eso!» Su amiga siguió mirándola con las cejas elevadas «Se seria, piensa en lo que implicaría que hubiera marinos viviendo en el lado seco»

Alya agitó la mano y siguió nadando, pero lo cierto era que no necesitaba que se lo explicara. Si era cierto que había marinos en el lado de los secos –marinos de los que no tenían constancia en absoluto– eso quería decir que ese lado de la isla no era tan peligroso como pensaban. Y también sabía lo que su amiga pensaba: que los secos no tenían por qué ser máquinas de matar, y que marinos vivos en su lado lo demostraba. Por fin tendría una oportunidad de establecer contacto con ellos, lo que siempre había querido.

Pero Ladybug no era la única marina que vivía en el Arrecife, y otros habían sufrido mucho a manos de los secos. Si se demostraba que los marinos podían acercarse a ellos sin morir inmediatamente... Alya lo tenía claro, lo primero que esos secos verían no serían sonrisas.