+III+

Sasuke e Itachi

Desde que se mudaran, veía a Konoha con ojos distintos. Según su madre, el traslado no se parecía en nada al de nueve años atrás, cuando fueran confinados después del ataque del kyubi. Ya no había muros ni estaban recluidos en una de las esquinas de la aldea, ahora las casas eran pequeñas y menos ostentosas ―la mayoría eran construcciones viejas―, sin embargo, a él le gustaba mucho más este lugar.

Todos estaban de acuerdo en dejar el antiguo distrito Uchiha después de lo ocurrido. Era como si cada uno quisiera olvidarlo. Aunque una parte de él estaba de acuerdo, otra no. Pero estaba seguro de que nadie viviría tranquilo si se quedaban ahí.

En el nuevo conjunto había una amplia calle principal y otras más angostas que provenían de ésta, de modo que era difícil perderse y todos estaban bien comunicados entre sí. Lo cual era ideal para mantenerse protegidos.

Se detuvo en la tienda de sus tíos, situada en la entrada del barrio; al menos eso no había cambiado. Recibió la habitual bolsa de senbei que su tía Uruchi le daba cada mañana a su regreso de entrenar. El tío le pidió que informara a su madre sobre el estado de su pedido, que llegaría en cuatro días. Sasuke lo agradeció y se apresuró a llegar a casa.

Ésta estaba al fondo de la avenida principal, de modo que para llegar a ella debía recorrer toda su extensión y encontrarse con mucha gente. Esto era antes una experiencia incómoda porque casi nadie le prestaba atención, ahora todos lo saludaban: «Sasuke-sama», «Sasuke-san» o «Sasuke-kun». Al llegar finalmente a la puerta, se permitió una sonrisa de satisfacción. Ya no era «Sasuke-chan», «el hermano de Itachi» o «el hijo del Jefe Fugaku», todavía era en ocasiones «el hijo de Mikoto-sama» pero ya era él, y no la referencia de alguien más.

—Sasuke-sama, Mikoto-sama ya espera por usted —dijo Chie al verlo dejar sus sandalias en la entrada.

—Gracias, Chie.

La chica de servicio asintió educadamente y regresó a sus labores. Debía reunirse con su madre para el desayuno, pero en su trayecto hacia allá se detuvo un momento para disfrutar el silencio. Desde que Itachi hizo lo que hizo, la casa no había estado tan vacía. Su mamá se pasaba buena parte del día haciéndose cargo de los asuntos del clan, sin embargo, él nunca se había sentido más en casa como en ese momento. Era un pensamiento que le generaba cierta culpabilidad, pero no podía negarlo. Sin su padre ni su hermano, su mundo había cambiado mucho, y no todo para mal.

—¿Por qué has tardado tanto? —su madre le preguntó amablemente después del saludo habitual.

—Esperaba mejorar el jutsu de shurikens que me enseñaste, pero todavía no he conseguido dar en el blanco.

Su madre rió suavemente al escuchar eso, y él también. Las muertes de su papá y todos los demás habían hecho caer una atmósfera lúgubre en el humor de todo el clan. Fue hasta casi cuatro meses después, cuando ya estaban todos instalados y los edificios del viejo barrio habían sido demolidos, que comenzó a sentirse un ambiente más apacible. Su madre volvía a parecerse a la que era antes, aunque ahora que habían pasado nueve meses, Sasuke sabía que no iba a ser la misma. Él tampoco, seguramente nadie lo sería.

—Tío Teyaki dijo que tendrá tu pedido en cuatro días —se contuvo de preguntar de qué se trataba, ya que ella lo tomaría como una falta de educación.

—Son los ingredientes para preparar una receta que recibí de Yoshino-san. En cuanto lleguen, liberaré mi tarde para que podamos prepararlo. Creo que te gustará —explicó al notar su curiosidad.

Sasuke sonrió y luego asintió. Quizá su madre ya no pasaba todo el día en casa como antes, pero eso no le impedía buscar momentos para estar con él, a veces cocinando, otras entrenando o ayudándole a estudiar.

Terminaron, y cada uno se alistó para sus actividades diarias. Él se despidió para ir a la Academia mientras su mamá iba al estudio donde Tetsu, el contador, ya esperaba por ella. Le había confiado que la situación económica del clan finalmente mejoraba, y que antes de que comenzaran las lluvias podrían cambiar los techos de las casas en la parte este.

Sasuke no sabía mucho de economía, aún menos de cuestiones políticas de alianzas y relaciones entre los clanes, pero el escuchar que finalmente había dinero suficiente en el clan le generaba una gran sensación de alivio. El emblema Uchiha había sido retirado de los cuarteles de la Policía cuando fueron removidos de ésta; eso había sido un duro golpe para todos, de pronto muchos de los integrantes se vieron en la necesidad de regresar al servicio como ninjas en activo para obtener recursos.

Todo eso había sido un trance muy complicado, pero ahora los Uchiha estaban empeñados en demostrar que seguían siendo uno de los clanes más importantes, aún si muchos ya no los veían así.

En las puertas del barrio se encontró con los tres chicos que iban con él a la Academia: Tatsuya, dos años mayor, Miu y Seichi, que recién habían ingresado al curso preparatorio. Por orden de su madre, él y Tatsuya estaban a cargo de los más pequeños. Muchos niños habían muerto y de entre los que se habían salvado, sólo ellos cuatro eran los que asistían a la Academia; los demás, bueno, algunos padres aún tenían miedo de lo que pudiera pasarles.

—¿Estás listo, Sasuke-sama? —Miu siempre era la primera en saludarlo.

Seichi saludaba tímidamente y Tatsuya le daba una palmada en hombro. Sasuke asintió a cada uno y se dirigieron a la escuela. No le molestaba cuidar de ellos, le hacía sentir importante tener esas responsabilidades, pues se esperaban muchas cosas de él como nuevo heredero.

Al llegar fueron saludados por muchos. Antes era una marea de miradas desconfiadas, ahora eran en su mayoría sonrisas y movimientos amistosos de manos. Tatsuya fue el primero en separarse para dirigirse a su aula, pero Sasuke debía acompañar a los otros dos hasta la de ellos para después dirigirse a la suya.

Esa mañana, al cruzar delante del salón de último nivel, cuatro chicos rieron cuando pasaron delante de ellos. Sasuke los ignoró y apuró a Seichi y Miu, porque sabía quiénes eran y qué era lo que pretendían. Shizen Handa era el cabecilla, el hijo de la lideresa del clan Handa, una de las familias que creían que Itachi no había matado a todos los conspiradores.

—Oye, Sasuke, tengo un acertijo para ti.¿En qué se parece un Uchiha a un cuervo? —exclamó Shizen en voz alta y haciendo que varios los miraran.

Sasuke empujó a los dos pequeños a entrar a su salón y pensó aprisa qué contestar, pero miró hacia atrás y vio que Tatsuya lo había escuchado y, si no hacía algo, el otro intentaría golpear a Handa. Su madre había sido bastante clara en evitar tantos conflictos como pudieran. Los Uchiha aún estaban reconstruyendo su prestigio, y hasta un pleito infantil sería mal visto. Ella siempre le decía que había ocasiones en que las palabras herían más que los golpes, pero en ese momento no se le ocurría nada.

—Pero qué molestia, ¿no puedes pensar en una nueva? —la voz de Nara interrumpió la risa de Shizen—. Además, te equivocas de hermano, no es a éste a quien le gustan los acertijos. ¿O no, Sasuke?

Volteó para mirar a Shikamaru, que se tapaba un bostezo, como siempre, y a Chouji, que estaba detrás de él. Kiba ya estaba a su lado con Akamaru gruñendo. Sonrió un poco y devolvió la mirada a Shizen.

—Es cierto. Se lo contaré a Itachi si lo veo, le diré que te busque para darte la respuesta.

Como era de esperarse, la sonrisa se esfumó de las caras de cada uno, el rostro de Shizen incluso palideció, y sin decir otra cosa se apresuraron a entrar a su propio salón. La primera respuesta fue la carcajada de Kiba, y luego la de Naruto, al que Sasuke ni siquiera había visto.

—Ésa fue buena, Shikamaru, ¿vieron sus caras? —clamó Inuzuka con una sonrisa.

Entró acompañado de todos: Nara, Aburame, Akimichi, Inuzuka y el lastre de Uzumaki. Se había habituado a su compañía, al no tener nadie máscon quien entrenar, así que terminó acercándose a sus compañeros de clase. Ellos lo recibieron bien, o tan bien como era de esperarse con niños de nueve años, considerando que la antipatía hacia Naruto era mutua.

—¡Sasuke-kun, le diste su merecido a ese tonto! —gritó Ino desde su asiento.

Otras niñas comenzaron a llamarle entre risitas tontas, pero él se limitó a cruzarse de brazos en su asiento. Los demás también se habían acomodado, cada uno muy a su modo, y esperaron a que Iruka llegara.

...

Cuando finalmente Iruka dio por terminada la clase, el salón comenzó a desocuparse en el orden tradicional, en el que ellos siempre esperaban al final. Pero ese día estaban tardando más de lo habitual y Sasuke comenzó a impacientarse, pues seguramente los niños ya estaban esperando por él. No quería arriesgarse a dejarlos solos después del incidente con Shizen.

Se puso de pie y miró a los otros, ninguno parecía tener prisa realmente. Era extraño que a pesar de ser el más holgazán, Shikamaru siempre era el que decidía en qué momento debían irse. Éste abrió un ojo con pereza al notar sus intenciones.

—¿Hoy te vas solo?

—Deja que se largue, ni que nos hiciera falta —Naruto tenía que abrir su gran boca.

—¿Falta para qué, Naruto? Si se te ocurre hacer otra idiotez, Hokage-sama te va a refundir en una celda —Inuzuka soltó una carcajada.

—¡Déjalo! Va a decir que debe llevar a sus niños —exclamó Naruto señalándolo—. Pero a mí no me engañas, te largas primero para que no te quitemos la atención de las niñas.

No pudo evitar detenerse en su camino a la puerta, volteó a verlo con una ceja levantada y contempló cómo los demás tenían el mismo gesto de descrédito. Ese rubio tenía una opinión muy alta de sí mismo; jamás le había interesado la atención que sus compañeras le daban, pero estaba seguro que si todos salían al mismo tiempo, Uzumaki sería el último al que voltearían a ver las ruidosas aspirantes a kunoichi.

—Eso es ilógico, la atención que recibes de las compañeras es ínfima comparada con la de Sasuke-kun, por la forma en la que te expresas diría que consideras importante la opinión que ellas tienen de ti, o que estás celoso. Me inclinaría por la segunda opción.

—Gracias, Shino, por la explicación —dijo Kiba sarcásticamente —. Aunque tienes razón, este idiota está celoso porque las niñas no le hacen caso.

Naruto abrió y cerró la boca varias veces sin saber qué decir. Kiba siguió riendo, Shikamaru se puso de pie y asintió hacia Sasuke.

—Mejor nos vamos, qué fastidio. Iré a mi casa a dormir.

Sasuke admiraba la capacidad de Shikamaru de hacer que la gente lo siguiera, estaba seguro que lo hacía casi inconscientemente, pero sus decisiones parecían ser las de todos. Así pues, se pusieron en pie y dejaron el salón.

Kiba los llevó por otro corredor para evitar las aglomeraciones y los grupos de fanáticas de Sasuke. Había algunas que eran tan necias como para esperar hasta que él saliera, sin importar la hora. Finalmente, en los patios traseros, se miraron unos a otros. Shikamaru y Chouji fueron los primeros en despedirse, Shino dijo algo sobre una búsqueda con su padre y se fue.

Kiba y Naruto decidieron acompañarlo para encontrarse con los otros Uchiha. Así que cuando dejaron la Academia, Miu llevaba en brazos a Akamaru mientras le preguntaba cosas a Kiba, Seichi bromeaba con Naruto, y Sasuke y Tatsuya caminaban detrás de ellos. Él sabía que al otro Uchiha no le gustaba relacionarse tanto con Naruto, pero nunca se quejaba en voz alta si Sasuke iba con ellos.

Unas cuadras más adelante, Akamaru se liberó de los brazos de la niña y echó a correr. Miu iba a ir detrás de él, pero Kiba la detuvo y, después de olisquear un poco al aire, sonrió.

—Son Hana y los hermanos.

Sasuke sonrió al escuchar a Miu reír emocionada al ver a Hana Inuzuka llegar acompañada de una jauría. Su sonrisa desapareció al reconocer al cuarto canino, que no era uno de los que siempre iban con ella. Él no dijo nada, pero Naruto sí, pues rió y llamó al perro.

—¡Amigo-extraño! ¿Qué haces por aquí? ¡Ah, ya te vas a casa!

Nadie prestó atención a Naruto y al perro, y Sasuke lo agradeció.

—Lo siento, chicos, debo llevarme a Kiba —dijo Hana con una sonrisa. Luego volteó a su hermano—. Vamos, mamá nos requiere en casa.

Inuzuka se indignó alto y claro cuando los tres perros de su hermana comenzaron a empujarlo lejos del grupo, pero se despidió de todos, al igual que Hana, y ambos echaron a correr. Los cuatro Uchiha voltearon a mirar Naruto, quien miró a un lado y otro.

—Creo que iré al Ichiraku a comer —se inclinó delante de Miu y Seichi—. Cuídense, no dejen que ese par de gruñones los contagie.

Naruto se esfumó entre las risas de los más pequeños. Tatsuya suspiró, tomó de la mano a los otros dos y reinició la marcha. Sasuke comenzó a caminar detrás de ellos mientras pensaba en el perro. Si iba a casa, eso significaba que su hermano ya estaba en la aldea. Ese momento era tan bueno como cualquier otro para hacerle una visita.

Después de unos cinco minutos de discutir consigo mismo, se detuvo y los otros tres voltearon a él.

—¿Puedes llevarlos tú a casa? —preguntó a Tatsuya.

El otro asintió sin decirle nada, ahorrándole la vergüenza de tener que inventar algo que justificara su cambio de planes. Pero Miu no entendía de sutilezas. Se soltó de Tatsuya y se acercó a él.

—¿A dónde vas, Sasuke-sama?

—Tonta, no debes preguntar eso, Sasuke-sama tiene obligaciones más importantes que cuidar de nosotros —Seichi tomó a la niña de la mano y regresaron con el mayor.

Se despidieron, y Sasuke hizo su camino hasta el sitio donde Itachi había decidido buscar casa. Estaba alejada del centro y eso le venía bien. Su madre había dado por perdida la batalla y había dejado de prohibirle que lo visitara, pero había insistido en que fuera discreto. Él entendía que había mucha gente que no comprendería por qué estaba visitando a su hermano después de todo lo sucedido.Él mismo no terminaba de entenderlo.

Le tomó casi medio año conciliar las ideas contradictorias en su mente: aquellas que le confirmaban que lo correcto era odiarlo y matarlo para vengar a los muertos, o las que le decían que su hermano sólo había cumplido con su deber, y que los traidores fueron los que quisieron atacar Konoha.

Su madre le dio completa libertad de tomar una decisión por cuenta propia, le dijo que trataría de apoyarlo sin importar su decisión, pero que no se apresurara, porque era demasiado joven para amarrarse a una vida de odio o para comprender la magnitud de lo que Itachi había hecho. Le dijo que algún día tendría la madurez para tomar una decisión y seguirla. Así que no tenía prisa por aclararlo.

Al estar delante de la casa se detuvo un momento y dudó estar haciendo lo correcto, igual que las otras cinco visitas que había hecho desde entonces. Si lo pensaba realmente, encontraría más razones para darse la vuelta. Por eso no planeaba nada, simplemente dejaba que la oportunidad y la situación se encontraran, ya que de lo contrario jamás hubiera ido a verlo.

Movió la cabeza y llamó a la puerta, decidiendo que sí quería ver a Itachi.

—¿Sasuke? —llamó Itachi al abrir la puerta, y se le oía sorprendido de verlo ahí, aunque su cara no transmitía otra cosa que cansancio.

Se hizo a un lado para dejarle pasar. Sasuke depositó sus cosas en el sillón donde el perro estaba sentado. Se miraron por un momento y el niño alcanzó a su hermano en el comedor.

—¿Cómo supiste que estaba en la aldea?

—Vi a la hermana de Kiba pasar con tu perro, Naruto dijo que lo llevaba a casa.

—Ah —respondió, se le oía decepcionado, pero sonrió—, te he dicho el perro no es del todo mío, y Hana-san no me ha dicho su nombre.

—Sí, sí, sigo creyendo que es una tontería, ¿cómo no puede ser todo tuyo si vive aquí? —agitó las manos, ese debate ya lo habían tenido antes y nunca obtenía respuestas, seguía siendo un misterio cómo la madre de Kiba le había dado uno—. ¿Cuándo regresaste?

—Hoy por la mañana.

—Entonces estabas dormido.

La sonrisa de su hermano le disminuyó la sensación de culpa, pero sólo dio paso a un silencio que de inmediato se hizo incómodo. Era ejemplo de lo mucho que había cambiado la situación entre ambos, la distancia que siempre hubo ahora era un abismo imposible de cruzar.

—No tengo comida preparada, ¿quieres que compre algo? —preguntó el mayor.

Sasuke cerró los ojos un momento y negó, miró a su hermano y le contagió la sonrisa. El mayor asintió y se puso de pie para acercarse a la cocina, dónde cogió un par de recipientes llenos de arroz, uno de los cuales le entregó a él.

Sus visitas a Itachi se habían reducido a eso, a realizar actividades juntos sin una verdadera conversación. Se hacían preguntas casuales, pero nunca tocaban los puntos sensibles como la clase de vida que Itachi tenía viviendo solo o lo que Sasuke sentía ahora que era el heredero. Mientras estaba ahí, Sasuke trataba de ignorar lo que había pasado y lo que se decía de su hermano, esperando recuperar la relación que tenían, pero se daba cuenta de que sólo iba a poder tener una versión parcial, y muy en el fondo aceptaba que no buscaba que todo fuera como antes.

Cocinaron onigiri y las comieron. Itachi le preguntó acerca de su desempeño en la Academia, y Sasuke le contó sin planearlo acerca del incidente con Shizen Handa. Itachi sólo respondió con una sonrisa y esperó en silencio a que continuara. También le habló de sus compañeros y de las niñas ruidosas.

—¿Todos ellos son tus amigos?

La pregunta de Itachi lo tomó por sorpresa y tuvo que meditar su respuesta. Cuando su hermano vivía con él nunca había considerado necesidad de tener amigos, pero ahora que convivía constantemente con Shikamaru y los otros no sabía si podía llamarlos como tal.

—No sé, me gusta cuando entrenamos y descansamos después de clase, pero son muy ruidosos. Naruto me ha declarado su enemigo.

—Y eso te molesta.

—¿Por qué? —el chico frunció el ceño— es torpe, débil e inútil, y...

—No rechaces a las personas por la primera impresión —murmuró Itachi pensativo—. Te puedes llevar una buena sorpresa si les das una oportunidad.

—Pero también puede ser mala.

Itachi lo miró un momento sin poder negar su respuesta, tan sólo asintió, y permanecieron nuevamente en un silencio interrumpido sólo en ocasiones por la tos de su hermano. Si acaso estaba enfermo, no sabría decirlo, pero no preguntó nada. Para romper ese momento, el mayor le dijo que hiciera su tarea, y que cuando terminara de limpiar la vajilla le ayudaría.

...

—Creo que debo volver a casa antes de que mamá venga por mí —dijo cuando terminó de guardar sus útiles de la escuela.

Su mamá debía haberse imaginado a dónde había ido. Si tardaba más, ella podía ser capaz de repetir lo que hizo las primeras veces que lo visitó: ir hasta allá y exigirle regresar. Era vergonzoso y triste, no quería pasar nuevamente por eso.

—Tienes razón. Te acompañaré a casa.

Sasuke estaba sorprendido de escuchar eso, porque era la primera vez que Itachi decidía ir hasta allá. Las otras lo había acompañado hasta una parte del camino. Asintió, preocupado de preguntar la razón.

Los dos hermanos tomaron una ruta que los mantuvo ocultos la mayor parte del camino. Cuando llegaron al punto donde Itachi solía dejarlo, éste se inclinó delante de él.

—Debo entregar un mensaje a madre, tenía pensado llegar contigo pero no será buena idea que nos vean llegar juntos. Lo siento, vete y yo llegaré después, tienes una imagen que cuidar.

—No...

—No puedes decir que no te importa porque lo hace, ni que no es cierto, porque sé que quieres ayudar al clan. Así que no te preocupes, ve, estaré ahí en cuarenta minutos —Itachi sonrió—. Lo lamento.

Sasuke frunció el ceño cuando le dio la espalda a Itachi, al final seguía siendo igual, prometía y después con un simple «lo siento» se quitaba la culpa. Aunque conforme se alejaba, echó de menos ese molesto movimiento que hacía con los dedos al picarle la frente.

Al llegar a casa sólo encontró a Chie, quien le dijo que su madre había ido a una reunión con el clan Nara, pero que no tardaría. Él se dedicó a leer un libro que había encontrado entre las cosas de su padre, narraba las batallas más importantes del clan. Estaba tan absorbido por su lectura que no notó a su madre de pie en su puerta.

—Me alegra que hayas decidido regresar temprano, ya comiste e hiciste la tarea, ¿verdad?

Sasuke controló su sobresalto y asintió. Ella se sentó a su lado y le contó de su día en la Academia. Ni preguntó ni él le dijo nada de su visita a Itachi, su madre sólo sonrió y tomó el libro en sus manos.

Ella le contaba sobre algunos detalles de una vieja batalla cuando escucharon una sucesión de golpes que iban creciendo en intensidad y volumen. Su madre se incorporó de inmediato y corrió a la ventana.

—¿Qué significa esto, Sasuke? —preguntó con ese tono que le conoció hasta que tomó el lugar de su padre.

Él no tenía que preguntar de qué se trataba, ese sonido no era otra cosa que la alarma que ella había diseñado. Cuando una persona ajena era vista, cada uno comenzaba a golpear la madera de sus ventanas. Esa alarma permitía avisar de visitas indeseadas o peligros potenciales, no exponía a nadie y daba tiempo al escuadrón de protección para salir al encuentro de la amenaza.

Aunque estaba seguro de que nadie saldría esta vez, nadie se atrevería a confrontar a Itachi.

—Me dijo que tenía que entregarte un mensaje.

—No te muevas de aquí.

Él se asomó a la ventana y guardó silencio cuando la sinfonía de madera también se silenció. Su madre había quedado de frente con su hermano, que ya estaba delante de la casa.

—¿Qué haces aquí? —ella preguntó severa.

—Tengo un mensaje de parte de Hokage-sama.

—Pudo haber enviado a cualquiera.

—Me envió a mí.

—Un mensaje del Hokage no debe entregarse en la calle, sin importar el mensajero.

Sasuke corrió escaleras abajo, emocionado y temeroso de lo que pudiera pasar. Era la primera vez que su mamá dejaba entrar a su hermano.

—Sasuke, te pedí que esperaras en tu habitación —la voz de su madre era firme.

No discutió, pero dirigió una mirada a Itachi, que le sonrió, y subió a su habitación. No tenía caso desobedecer, por un instante pensó que podía ser la primera señal de que ella lo perdonaría en un futuro no muy lejano y le permitiría volver a casa.

Tomó el libro que había estado leyendo y trató de concentrarse en su lectura, pero su mente sólo lo hacía debatirse entre si quería que Itachi regresara o no. No pudo llegar a una conclusión, cada vez era más difícil decidir si lo quería o lo detestaba.

(oooo)

Su madre le había permitido entrar primero. Itachi no le discutió, ambos sabían que ella ya no confiaba en él y que por ningún motivo le daría la espalda.

Al ser la primera vez que le permitía entrar, revisó aprisa el lugar y se lamentó de que lo primero de lo que tomara nota fuera de las posibles salidas y no de que el sitio era demasiado parecido a la antigua casa. Faltaban muchas de las fotografías y la gran estancia, pero estaba la mayor parte de los detalles de la casa anterior.

Tomaron lugar en la mesa de la cocina, donde ella le sirvió té y él alejó la tensión que había crecido en su pecho, como si no existiera un distanciamiento del tamaño del mundo entre ellos. Se comportaron diplomáticamente.

—Esto te ayudará con ese resfriado.

—Sí… gracias —tomó la taza con manos firmes que contrastaban con la sensación en su cabeza.

Los dos bebieron. Sus modales eran tan impecables como siempre, pero a pesar de eso, Itachi notó que su madre aún sentía desprecio porque él no se mostrara avergonzado en su presencia, aunque cada vez lo disimulaba mejor. Habían sido meses de vergonzoso rechazo y, al parecer, habían decidido que si bien él jamás volvería a ser admitido como parte del clan, ella tendría que aceptar que Sasuke no iba a borrarlo de su vida. Al menos por el momento.

Mientra bebían, él le entregó el mensaje del Hokage, que había sido la oportunidad ideal para ese encuentro. Además, hablaron de los sucesos en las fronteras y en qué situación se encontraban las alianzas entre los clanes grandes. Itachi comprendió que la invitación, no era motivada por la preocupación de su madre hacia su malestar, sino para tener la conversación ocasional que sostenían, intercambiando informaciones importantes para la labor de ambos, nunca nada personal. Admitió para sí mismo que estaba un poco decepcionado.

—Escuché que estabas entrenando a la heredera Hyūga y al siguiente en la rama secundaria, además de al hijo de Shikaku —dijo sin cautela—. ¿Buscas que algún clan te acepte?

—No —respondió sin ser muy explícito —, ahora requiero de más ingresos. Además, es una buena forma de aprender de otros.

—¿Kakashi te ha convencido de usar el sharingan para robar técnicas? —arremetió de nuevo, aunque su tono irónico se matizó gracias a que sorbió un poco de su té.

—No, es otra clase de conocimiento el que busco —terminó su té, bajó la taza, se puso de pie e hizo una leve reverencia; no iba a entrar en esa clase de discusiones con ella—. Gracias.

Ella no dio señales de levantarse, sólo asintió y esperó que él se fuera. Itachi comprobó que el desprecio que ella sentía por él seguía siendo mayor que la nostalgia, así que no esperó que le acompañara a la puerta. Al cruzar la estancia se topó con Sasuke. Se miraron unos segundos y entonces él se despidió con un movimiento de mano.

Su hermano no trató de ir tras él, permaneció estático en las escaleras viéndolo irse. Itachi sabía que Sasuke ya no volvería a pedirle que se quedara.

En su camino de regreso ya no lo acompañó el sonido de la nueva alarma de los Uchiha, pero podía sentir las miradas de todos siguiendo su camino, asegurándose que saliera lo más pronto posible.

Una vez que hubo dejado atrás la pesada atmósfera del nuevo distrito Uchiha, Itachi echó fuera de su cabeza las emociones que sus esporádicas visitas le provocaban. Había cosas más importantes en qué pensar.

La tos lo asaltó de nuevo, no lo había dejado en paz en una semana. Sabía la receta del té que su madre le había dado, también que debía colocarse compresas de agua caliente alrededor de la garganta y disfrutar de largos periodos de reposo, pero no había hecho nada de eso. Y no lo haría tampoco esa noche, tenía asuntos que resolver para tener su agenda despejada y estar disponible para cualquier misión que lo mantuviera lejos de la aldea tanto tiempo como fuera posible.

Al llegar a casa, Itachi encontró al perro en el único sitio del sillón que le permitía usar. Aunque sus primeros momentos de convivencia fueron complicados, habían llegado a entenderse bien y comenzaba a sentir gratitud hacia Hana por haber insistido en dejarlo con él.

Sirvió una porción de comida al animal, echó agua a la planta a un lado de la puerta y entró a su habitación.

Momentos después la abandonaba.

—Salimos —dijo serenamente mientras se colocaba una vieja bufanda al cuello.

«Pero tendremos que regresar» comentó una voz en su cabeza.

El animal puso tiesas las orejas y se colocó al lado de la puerta esperando por él. Itachi se preguntó si poseería la habilidad de hablar, evidentemente él no tenía el conocimiento para estimularlo pero pensaba que sería interesante probar ese talento, quizá la madre de Hana-san pudiera enseñarle. Sin duda era un animal de notable inteligencia, aunque era algo extraño que nunca lo hubiera escuchado ladrar.

Ambos salieron a la calle, donde ya estaba oscuro. Las luces alumbraban tenuemente su camino, y él y el can se dirigieron a los campos de entrenamiento que estaban alrededor del antiguo distrito Uchiha. Estaba vacío, sus construcciones —salvo los altos muros y la entrada— habían sido demolidos y aún se ideaba qué clase de edificación pudiera levantarse ahí, nadie parecía apurado por tomar una decisión.

Cruzó a través de las ruinas hasta llegar al sitio donde había entrenado desde que tenía memoria. Las dianas que utilizaba en sus lanzamientos de kunai eran lo único que no había cambiado desde entonces. Nadie se acercaba ya ahí, salvo genins temerarios que pretendían probar su valentía sin comprender que lo que daba realmente miedo del lugar no eran los muertos, sino los que vivieron ahí.

Lanzó kunais y practicó sus técnicas básicas, no tenía suficiente energía para intentarlo con las más complejas. El perro no debía estar muy lejos, aprovechaba esos momentos para perderse entre la arboleda e Itachi se preguntaba si el animal no preferiría ser entrenado como los otros perros Inuzuka. Quizá, como muchas cosas que quería, lo haría algún día, pero no por ahora.

Se detuvo cuando consideró que no era prudente esforzarse más. Quería extenuarse pero no llegar al punto de la inconsciencia tan lejos de casa. Tenía que conseguir dormir un poco más esa noche, sabía que su cuerpo comenzaba a resentirlo. Había ocasiones en que se preguntaba si mucho cansancio y una enfermedad severa serían suficientes para asegurarle una noche completa de sueño.

«Pero nunca basta» dijo la voz que él ignoró sin problema.

—Vamos —dijo, y el perro apareció entre las sombras.

Caminando el uno al lado del otro, se dirigieron hacia el departamento de Naruto. Había unas cuestiones que quería discutir con el rubio. El animal reconoció de inmediato el trayecto y animó el paso. Finalmente llegaron delante del departamento de Uzumaki y llamó a la puerta sin fuerza. El rubio tardó en acudir y, cuando finalmente lo hizo, se quedó pasmado de verlo.

—¿Itachi? ¿Amigo-extraño? —preguntó al verlos, después de un momento de duda, y se hizo a un lado para permitirles el paso.

Sabía que Naruto solía dar nombres extraños a la gente basándose en la primera impresión que le daban, y que ni siquiera el Hokage se había salvado de eso. Era bueno que fuera intimidante para el chico como para no hacer eso, no sabía qué hubiera hecho si Naruto le hubiera dado uno de sus conocidos sobrenombres.

A pesar de que «Amigo-extraño» era el perro que aún no tenía nombre, al animal no parecía molestarle.

—Naruto-kun.

—¿Qué pasa?, ¿te vas otra vez? Nunca vienes... y... —balbuceó el rubio confundido, pues era cierto que casi nunca iba a su casa.

—¿Qué hace falta? —fue directo al punto antes de que Naruto se pusiera más nervioso.

—Comida, algo con que se entretenga... sólo eso.

Itachi asintió y miró alrededor, notando cada detalle del desastrado departamento. Recordó lo que le había llevado a confiar a Naruto el cachorro que Hana-san le dio a cuidar. La imagen constante del rubio asustado, furioso e inseguro vagando por la aldea, causando más daño que bien y recibiendo sólo más rechazo, en vez de la atención positiva de la que tanta hambre tenía, contrastaba con el recuerdo del Cuarto, por quien tanta admiración llegó a tener.

—Debes poner más orden en este sitio —dijo y señaló un rincón de la pequeña estancia —. Enfermó la última vez que estuvo aquí. Hana-san lo revisó, dijo que comió algo echado a perder.

Eso era mentira pero podía ser una buena forma de hacer que Naruto hiciera limpieza, a ese departamento realmente le hacía falta. El rubio sólo hizo una mueca.

—No digas tonterías —miró alrededor y se rascó la cabeza—, se me hizo tarde esta mañana, el fin de semana limpiaré.

—Todo es tan simple como dejar todo lo que utilices en el sitio indicado —dijo sin pensar, acordándose de las veces que dijo eso a Sasuke.

Era un consejo que aunque siempre aplicaba, le resultó vital cuando comenzó a vivir solo.

—Eso ya lo sé —Naruto bufó y miró al perro—, mañana lo haré.

Itachi asintió y se dirigió a la puerta.

—Entonces te veré después.

Naruto pareció decepcionado de que se fuera tan pronto, sabía que le temía un poco pero no pensó que apreciara su visita.

—Espera... espera.

—¿Qué?

—¿El Hokage te envió a ayudarme? —preguntó el chico en voz baja—. Sé que eres ANBU y ustedes son los ayudantes del Hokage y...

No pudo suprimir una pequeña sonrisa ante la visión tan ingenua de lo que los ANBU hacían.

—No, no me envió el Hokage, necesitaba alguien que cuidara a este perro y me pareciste apto para el trabajo, es todo —dijo mirándole directo a los ojos.

La mirada del niño se iluminó un poco y sonrió seguro.

—Mientras no me falles con el pago, Amigo-extraño estará bien cuidado.

—De eso estoy seguro, hasta pronto.

—Sí, adiós —Naruto se detuvo antes de cerrar la puerta—. Vuelve cuando quieras.

Sólo asintió, prefiriendo no pensar en la última frase. Se concentró en la comprensión de que lo poco que estaba haciendo, lo estaba haciendo bien. Estaba decidido a ayudar al chiquillo, no a resolverle la vida, él mismo tenía demasiados problemas como para estar llevando encima los de otro, pero ese poco era buen comienzo.

«La amabilidad ayuda, la piedad arruina» le dijo Shisui alguna vez, y creía firmemente en eso, enseñar a Naruto responsabilidad y mostrarle confianza era mejor que acostumbrarlo a comida gratis a cambio de nada.

«Sin embargo, sabes que solo es una parte» la voz le completó el pensamiento, pero Itachi no hizo caso.

El perro trotaba tranquilo a su lado. Cuando Itachi cambió de dirección el animal pareció confundido.

—Todavía no hemos terminado.

Ahora se dirigió al distrito Hyūga. Había recibido un llamado de Hiashi en los cuarteles ANBU esa mañana, pero nunca había estado dispuesto a que el hombre se acostumbrara a tratarlo como cualquier empleado. El trabajo que realizaba para él era redituable, y seguía siendo un trabajo extra que no pensaba tener siempre, aún si lo necesitase.

Era razonablemente tarde, eso debía bastar para dejar bien claro que no estaba a la completa disposición del líder Hyūga.

Una mujer joven lo recibió, le permitió el paso y lo guió hasta el recibidor de visitas, donde le ofreció algo de beber. La chica miró con desconfianza al animal, pero evidentemente no se atrevió a decirle que no le era permitido llevarlo con él, y aunque lo hiciera, no la escucharía.

—Buenas noches, Itachi —Hiashi apareció momentos después.

La única cortesía del otro fue hacer una leve reverencia.

—Buenas noches, Hiashi-dono.

Hiashi ya no se dirigía con honoríficos excesivos hacia él, y éste jamás había aceptado hablarle con ese molesto «-sama» que parecían adorar los líderes. A pesar de lo precario de su situación, Itachi sólo lo reservaba para el Hokage y para Hinata, porque así se le había ordenado.

—Uno de los canes Inuzuka oí que recibiste uno —exclamó el líder admirado—, pero no lo hubiera creído, Tsume siempre ha sido muy celosa con sus cachorros —comentó con un tono que le sonó despectivo, pero no le prestó atención.

—Fui informado de su llamado —Itachi esperaba que el hombre hablara sin rodeos.

Si acaso el mayor se molestó con el tono, no lo dejó ver.

—Quiero que entrenes también a Hanabi. Me comentó lo que le dijiste, fue lo correcto pero no el modo adecuado, puede que algún día sea ella quien guíe al clan y no es el modo indicado de dirigirse a ella.

—Algo que todo Hyūga debe tener bien claro —respondió cansado, pues el día había sido demasiado largo y no necesitaba esa clase de cosas en su noche. Quizá lo habían echado los Uchiha, pero no ansiaba someterse a algún otro clan como su madre había sugerido.

—Pero tenlo presente —continuó Hiashi—. Necesitas ser más duro con mi sobrino, sólo recuerda hasta dónde debes llegar. Si requieres nuevas demostraciones del estilo, pídeselo a Kō.

Los Hyūga eran celosos con los secretos de sus técnicas, suponía que se los mostraban porque jamás sería capaz de realizarlas al carecer de Byakugan, y al ser considerado un subordinado leal, jamás las transmitiría. Pero en el fondo, era una forma de controlarlo: entre más confianza se otorgaba, más retribuciones se exigían.

Era bien sabido que los miembros de la Rama Secundaria no debían conocer la técnica completa del Puño Suave, pero Neji ya había aprendido bastante por cuenta propia e Itachi sólo le servía de oponente. Sólo ocasionalmente le hacía sutiles correcciones a su estilo. No alcanzaba a comprender si había sido contratado para ayudar a mejorar el desempeño de Neji o para controlarlo, porque tenía que hacer reportes periódicos sobre sus progresos.

Era algo contradictorio, suponía que el hombre se debatía entre el deseo de apoyar a su sobrino y la obligación que tenía de hacerlo a un lado. Debía de ser algo duro, pero era incapaz de ser comprensivo en ese momento; su visita al barrio Uchiha y su pasada misión habían sido demasiado, y en ese momento sólo podía ver al Hiashi Hyūga que ponía sus obligaciones por encima de sus deseos.

«Exactamente como tú, no lo olvides». Movió la cabeza para despejar la voz.

—Mientras mis misiones lo permitan, así será. Y no hay necesidad de nuevas demostraciones, he memorizado perfectamente sus posiciones básicas.

Hiashi asintió después de mirarlo fijamente. Itachi le sostuvo la mirada esperando dejar claro que tenía prioridades, y que los Hyūga no eran una de ellas. Después del duelo de miradas, se percató de un gesto comprensivo que no le gustó, quizá el hombre había tenido un día igual de complicado que el suyo.

—Haría bien a Hinata y Hanabi si aceptaras mi propuesta, incluso a Neji.

—Le agradezco, no podría —Itachi replicó con educación.

Sí, Hiashi debió haber tenido un día difícil, quizá en ese momento recordaba la muerte de su hermano y la precaria situación en la que tenía a su sobrino., Sabía que la inestabilidad emocional era lo que llevaba al orgulloso líder del clan Hyūga a ofrecerle por tercera vez un sitio en su casa.

«La amabilidad ayuda, la piedad daña... pero tú necesitas más que amabilidad o compasión». La voz, otra vez la voz; necesitaba dormir.

—Tus condiciones podrían mejorar, no creo que tu salario actual te permita pagar una excelente calidad de vida —insistió el hombre mayor.

Itachi supo que debía poner un alto antes de que se pusiera de mal humor, porque si bien Hiashi quizá quería ayudarlo, también quería un guardián para sus hijas.

—Sólo es la mitad del salario por misión.

—Pero por cuánto tiempo —Hiashi insistió.

Aún si no le gustaba, sólo había un modo de detener el inútil diálogo.

—Una semana por cada adulto culpable, un mes por cada uno relacionado, cuatro meses por cada joven, un año por cada niño. —Itachi contestó con la frase memorizada.

Como magia, las palabras cumplieron el efecto deseado y Hiashi no insistió y se puso de pie mientras intentaba disimular su gesto perturbado,.

—De acuerdo, estaré pendiente de la evolución de Hinata. No está consiguiendo los resultados que esperaba —el tono del Hyuga ya no era afable, sino que recordaba al de un superior dando órdenes.

—Es parte del proceso —Itachi también se puso de pie y salió de la mansión.

Reinició el camino seguido del perro, mientras trataba de detener a su mente de hacer nuevamente las cuentas de por cuánto tiempo Konoha retendría la mitad de su sueldo, a pesar de, supuestamente, haber develado una conspiración violenta. La mayor parte de las personas influyentes habían insistido en que debía haber alguna clase de castigo, quizá por miedo a que a cualquiera se le hiciera fácil matar a su gente clamando complots irreales para aspirar al control de su clan.

La sentencia había sido sencilla: Konoha recortaría sus ingresos midiendo cada muerte en tiempo y destituyéndolo de su puesto como Capitán ANBU.

Aunque había vuelto a ganarse su puesto dos meses después, la disminución de su dinero continuaba, y se había visto obligado a aceptar la oferta de entrenar a los Hyūga y ayudar ocasionalmente al Líder Nara. Antes no se había preocupado por el dinero, entregaba íntegro su salario a las arcas Uchiha, pero ahora había tenido que aprender a distribuir sus ingresos para satisfacer todas sus necesidades: renta de vivienda, compra y pago de bienes y servicios…, hasta había entendido que iba a necesitar un fondo de emergencias en caso de que resultara herido, y uno de retiro en caso de que llegara a viejo o resultara incapacitado. Era consciente de que sería más probable terminar muerto que incapacitado, y aún menos posibilidades tenía de llegar a avanzada edad.

Llegó a casa, se dio un baño y se sentó a la cama. Cerró los ojos esperando que la voz de Shisui se dejara escuchar de nuevo. Venía en los momentos menos esperados, pero al menos no era la de su padre; cuando el agotamiento era grande, llegaba a ver a su amigo parado no muy lejos de él, con su sonrisa tonta y su mirada preocupada y vacía. Eso ya lo había aprendido a aceptar. Lo que aún no conseguía tolerar, era ver la cabeza de su padre hablándole por las noches cuando al despertar por un sueño indeseable el insomnio lo asaltaba.

Cualquiera diría que estaba volviéndose loco, pero estaba comenzando a comprender que era un mecanismo de defensa precisamente para no perder la cordura.

Se masajeó la nuca sin poder detener un bostezo. Tenía que dormir, aunque fuera por un momento, y con suerte mañana habría una misión de larga duración que lo mantuviera ocupado y lejos de Konoha tanto como fuera posible, aunque al regresar Sasuke aún batallara entre odiarlo y perdonarlo, su madre y el resto de los Uchiha siguieran marcándolo como paria y Konoha lo resintiera a pesar de considerarlo héroe. Mientras más lejos estuviera de todo aquello, mejor.

El perro fue a echarse al pie de la cama, y de aquel modo parecía invitarle también al sueño. Le hizo caso, se recostó y cerró los ojos, ignorando a un Shisui que negaba con la cabeza en silencio.

Eran las dos de la mañana cuando al fin la tos pareció dejarlo en paz y pudo dormir. Pero nuevamente le asaltó el pensamiento recurrente, uno que luego lo hacía sentirse culpable, de que todo habría sido en realidad más fácil si hubiera cumplido la misión como fue encomendada. Haber matado a todos habría facilitado demasiado las cosas.


Gracias a Silence Messiah por fungir como beta.