Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling, Warner Bros y etcéteras. La autora de este fanfiction se sirve de los nombres propios así como de los personajes, los símbolos y elementos relacionados con dicha marca sin que con ello quiera beneficiarse económicamente. Su único pretexto para escribir esta historia es la satisfacción propia y el amor al arte.


CAPÍTULO 3:

Entrevistando a Harry.


En casa de los Potter el reloj marcaba las 12:00 p.m. Harry y Ginny descansaban del agotador día que cada uno había tenido por su cuenta, cuando el estridente timbre del teléfono truncó súbitamente sus sueños.

—¡Mmmph! —rezongó Ginny molesta, frunciendo sus cerrados parpados y echándose el cobertor por encima de la cabeza—. Harry, contesta.

—Contesta tú. —A Harry, que estaba acostado sobre su costado dándole la espalda a su esposa, no parecía afectarle el ruido en lo más mínimo.

El teléfono continuaba sonando, firme en su empeño de llamar la atención.

—Yo no; tú —insistió Ginny.

Al fin, Harry acabó por prender la lámpara de noche.

—¿Por qué no mandan una lechuza? —gruñó, calándose los lentes.

—¿Ya olvidaste que estamos en el mundo muggle de "vacaciones"?

—Estaríamos en nuestra casa del valle de Godric si no fuera porque a la señora no le basta con ser Jugadora Profesional de Quidditch. ¡Ah, no! Hay que engrosar la apantallante lista de cualidades con investigaciones extracurriculares que a final de cuentas a todo el mundo le vienen sin cuidado.

Ginny resopló con fastidio, incorporándose un poco sobre el codo para mirar a su esposo.

—Harry, ya hemos hablado sobre el tema y no pienso cambiar mi decisión por más que te quejes. Algún día ya no tendré edad para dedicarme al Quiddditch y para entonces no pienso pasármela en casa haciendo crochet. Después de que me retire, quiero contribuir con mi comunidad disipando las tinieblas en ciertos temas que a la mayoría no les han interesado, porque son unos idiotas que no se dan cuenta del verdadero peso que tienen en nuestra sociedad. —Ginny terminó acostándose nuevamente, esta vez de forma contundente—. Venga ya: calla de una buena vez ese teléfono.

Harry rodó los ojos. En lo que se refería a ese tema, Ginny y él zanjaban sus discusiones exactamente igual. Prometiéndose a sí mismo que la próxima vez no le dejaría espacio para sus trillados argumentos, Harry contestó el teléfono.

—¿Diga?

¡Vaya, hasta que contestas! —reclamó una voz al otro lado del auricular.

—¿Ron?

Sí, soy yo. ¿Estás listo? Hoy veremos a mi jefe. Ya le conté del arreglo al que llegamos tú y yo y está de acuerdo en que tú desempeñes el trabajo. Arréglate para que te vea.

Harry empalideció de repente.

—P-pero… —por más que se devanó los sesos, no encontró una excusa que lo eludiera de cumplir su absurda apuesta—. Ron, ¡son las doce de la noche y estaba dormido! —acabó diciendo. Miró con nerviosismo a su esposa un momento antes de cubrir la bocina con una mano y susurrar: —¿Y Ginny? Ella no sabe nada ¡No puedo decírselo! ¿Qué va a pasar con nuestra relación si ella se entera de que soy un stripper?

¡Harry, Harry, Harry! —se compadeció Ron —¿No me digas que eres un mandilón?

—¡Nunca más… —los dientes de Harry chirriaron —vuelvas a llamarme… mandilón!

¿Entonces? —retó Ron. En seguida, su tono sonó más liviano, como si quisiera quitarle gravedad al asunto—. ¡Anda, vamos! Si Ginny te pregunta que a dónde vas, tú dile que qué le importa.

Harry rodó los ojos nuevamente. Igual que pasaba con Ginny, cuando Ron se proponía a llevar a cabo un proyecto absurdo, no había poder humano que lo hiciera cambiar de opinión.

—Está bien. ¿En dónde estás? —Harry comenzó a garrapatear en un papel la dirección que le dictaba Ron—. Ajá, sí… ¿Estás seguro de que esa es la calle? Está bien, voy para allá. Ginny, yo… —Harry se volvió con una excusa en la punta de la lengua para justificar su salida, pero calló al ver que Ginny volvía a dormir. Aliviado, se secó el sudor de la frente y comenzó a vestirse.

—.—

La entrada del Galaxy, el club nocturno donde se había quedado de ver con Ron, estaba abarrotada de grupos de mujeres, todas con diferentes edades, que cuchicheaban entre ellas esperando ingresar para ver el espectáculo. Harry perdió la oportunidad de checar por sí mismo qué era lo que se esperaba exactamente de él, cuando Ron apareció y lo arrastró, jalándole de un codo, de la fila donde él hacía cola hasta un callejón donde había una entrada alterna.

—¿Estás loco? ¡Cómo se te ocurre formarte con las clientas! —se escandalizó Ron—. ¿Has visto cómo te miraban las que estaban enfrente de ti? Han de haber creído que eras gay.

—¿Y cómo iba a saber que había otra entrada? —replicó molesto Harry—. Ha sido tu culpa por llegar tarde.

Harry siguió a Ron por un pasillo cuyos muros no llegaban a amortiguar del todo la música tecno y los gritos entusiastas del local contiguo. Ron tocó una puerta y una falsa voz femenina los invitó a pasar cantarinamente.

Piere, el jefe de Ron, vestía su delgada silueta con el atuendo de un bartender. Harry no tenía manera de saber, a no ser que se guiara sólo por el bigote afilado con gomina y los rasgos prototípicos del engreído mesero francés de las películas, si su futuro patrón era de descendencia gala o sólo aparentaba serlo.

De cualquier manera, dejando de lado su habitual curiosidad, Harry se esmeró por parecer desgarbado y antipático cuando Piere lo invitó a sentarse. Inquisitivo y aparentemente insatisfecho por lo que veía, el afeminado paseó su alrededor, evaluándole con una copa de champagne en la mano. Complacido, Harry vio por el rabillo del ojo que Ron se había puesto tieso esperando un veredicto que sabía no le iba a favorecer. Encandilado por las prisas y la poca luz que obsequiaban las farolas de la calle, su pelirrojo amigo no se había dado cuenta de que él no se había peinado y se había puesto su ropa más fachosa y arrugada para acudir a la entrevista.

—¿Y bien? —presionó Ron, poco dispuesto a alargar la expectativa.

Piere suspiró cansinamente y se llevó una mano a la mejilla.

—¡Ay, no sé! —renegó con desánimo—. Cómo que le falta algo.

—¿Qué cosa? —inquirió Ron, clavando en Harry una mirada que le hizo replantearse si la idea del sabotaje había sido buena.

—Mmmph —de repente, las facciones concentradas de Piere se iluminaron con la alegría de una oportuna ocurrencia—. ¡Ay, ya sé: las gafas!

Piere se las sacó y Harry se encontró parpadeando por la miopía.

—¡Oye, no veo nada sin ellas!

—Aich, no hagas esos feos gestos de topo, ¡pareces un nerd! Tan interesante que te veías con esa facha de colegial renegado con la que llegaste… Hay mucha cuarentona que fantasea con que un pollito de esos la ronde, ¿sabías?

Harry no reprimió el retorcijón en el estómago que le provocó la risa burlona de Ron.

—Tranquilo, mi vida —continuó el gay—. Después podrás comprarte unos de contacto con tu sueldo ¡Hasta hay de diferentes colores! ¿Cómo te verías con unos violetas? Es tan poco común el violeta que resultarías exótico… ¡Ay, perdón! —Piere se llevó una mano a los labios y rió pícaramente—. Se me olvidaba que el dinero es para Ron.

Piere y Ron compartieron al unísono la carcajada, mientras Harry se retorcía de coraje sentado en su banquito, maldiciendo al par mentalmente.

—Aun así le falta algo —indicó Piere sin quitarle la vista de encima a su nuevo stripper, mientras tomaba sorbitos de su champagne para inspirarse—. ¿Qué será? ¡Ah, ya sé! —el hombre abrió la puerta que daba al pasillo y vociferó: —¡Chicas! ¡Chicas, vengan! —dejó la puerta abierta y encaró a Harry de nuevo—. ¿Cómo me dijiste que te llamabas, terroncito?

—¡Ah! Él se llama… —comenzó Ron, que calló con un adolorido "¡ay!" Cuando el talón de Harry le aplastó los dedos del pie izquierdo.

—Me llamo… —Harry balbuceaba, intentando por todos los medios salvar, aunque sea, la dignidad de su verdadera identidad con un alias —¡Percy…! —solucionó con el primer nombre que le vino a la mente. Por asociación de ideas, su cerebro le proyectó un bailarín vestido de traje, mocasines y sombrero blancos ejecutando el paso Moonwalk (caminar en la luna) sobre un escenario ¡…Jackson! Percy Jackson.

—Eso suena muy pegajoso —advirtió Piere, a cuya mente acudió cierto personaje que protagonizaba unas novelas y películas de corte mitológico que estaban de moda entre los jóvenes.

En el resquicio de la puerta se asomaron unas chicas de aspecto estrafalario, unas cargando con gigantescos estuches de maquillaje y otras arrastrando detrás de si armarios móviles repletos con disfraces.

—Chicas, háganme un favor: arréglenme a este muchachote. ¡Que quede bien sexy!

—.—

Tres horas después, Harry y Ron se encontraban enfrente de la casa temporal del primero. Piere no los había dejado marchar hasta que quedó satisfecho, después de probar con todas las combinaciones posibles, con el look con que Harry aparecería sobre el escenario.

—¡Esas mujeres casi me arrancan el cuero cabelludo! —se quejaba Harry, cuya cabeza palpitaba resentida por los jalones que las estilistas le dieron en su empedernida lucha por domar su enmarañada cabellera—. ¡Y este maldito maquillaje! —Harry se frotó la mejilla con furia—. ¿Para qué se supone qué es?

—Para definir bien tus rasgos, ya te lo ha dicho Piere. —Ron hacía esfuerzos sobrehumanos para aguantar la risa y parecer serio, con tal de no alimentar más el enfado de Harry—. Las clientas situadas al fondo del escenario no pueden apreciar tan bien tus atributos como las que están sentadas al frente, por eso hay que retocarlos.

Harry gruñó mientras intentaba meter la llave en la cerradura.

—¡Bah! Vamos, Harry, no es tan malo. A todos los strippers los maquillan.

—Si no es tan malo por qué no lo haces tú.

—Ya hablamos sobre eso, no insistas. Por cierto, ¿Dónde voy a dormir yo? ¿En el sofá?

—No, en el retrete.

—Qué ardido eres.

Sin dar más importancia al mal humor de su amigo, Ron se instaló en el sofá, mulléndolo con el trasero.

—Tráeme una manta, ¿no? —pidió muy quitado de la pena. Harry sintió ganas de pegarle una patada.

Estaban dejando el sofá en óptimas condiciones para que descansara Ron, cuando un súbito repiqueteo en la cerradura de la puerta los puso sobre alerta. Al voltear, ambos vieron la silueta de una mujer recortarse contra el vitral de alcatraces que lucía la puerta de la entrada. La fémina en cuestión murmuraba algo que no entendieron.

—Ya es tarde —señaló Ron—. ¿Quién será?

—¡Mierda! ¡Es Ginny! ¡MUÉVETE! —Harry le arrojó el cojín—. Hazte el dormido.

Ron se acostaba y se arropaba con la manta y Harry corría hacia a la habitación principal en el mismo momento en que Ginny entraba en la sala y prendía la luz.

—¡Ese Harry! Cómo se atreve a irse sin avisarme —se quejaba Ginny—. De seguro se largó con sus amigotes, el muy canijo. —Soltó una exclamación indignada seguida de una irónica—. Lo bueno es que yo no perdí el tiempo. Si él se siente con derecho de abandonarme sin decirme nada, entonces no puede reclamarme porque yo me largara sola a…

Arrojó su abrigo y su pesado bolso sobre el mueble y el último aterrizó precariamente sobre la entrepierna de Ron. Ron se quejó sonoramente e intentó amortiguar el dolor presionando con sus manos, mientras se retorcía haciendo bizcos.

—¿Ron? —preguntó Ginny, que había reconocido la voz de su hermano. Extrañada, se acercó al bulto que se agitaba cual tlaconete salado sobre el mueble y retiró la manta. El rostro pecoso de Ron quedó expuesto.

—¡Ginny! —jadeó Ron, esforzándose por darle a su rostro contorsionado un aire de sorpresa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó una impávida Ginny, ajena al malestar de su hermano.

—Pues vine a visitarte —respondió el otro a duras penas—. ¿O qué? ¿No puedo?

—Sí, hombre. Pero avisa antes, ¿quieres? ¿Qué tal si para la otra que me quieras dar una sorpresita así, me asusto y te ataco pensando que eres un ratero?

Ron no quiso ni imaginárselo. Sí así lo recibía sin que la asustara, no quería saber qué haría Ginny si la tomaba por sorpresa.

—Disculpa por no haberte avisado, pero de repente me dieron ganas de verlos. Llamé a Harry, ¿no te diste cuenta? Él fue a recogerme. Creo que te está esperando… ¿Y tú? —Ron la miró de arriba abajo frunciendo el ceño, como si de repente cayera en cuenta de lo tarde que era —¿De dónde vienes, eh?

—Yo… eh, yo… —repentinamente nerviosa por la mirada inquisitiva de Ron, Ginny improvisó un bostezo—. Yo tengo mucho sueño —Ron acentuó más su gesto desconfiado, ¿eso qué tenía que ver con su pregunta?—. Hermione me llamó a última hora, quería decirme algo importante —vio a Ron cambiar su expresión recelosa a una desconcertada. Contenta de haber desviado su atención, Ginny continuó, más confiada: —Tendremos una reunión de amigas mañana, en Hogsmeade, así que tendré que levantarme temprano. Buenas noches, Ron.

Ginny apagó la luz y dejó a Ron preguntándose qué era eso tan urgente que Hermione tenía que decir a su hermana para hacerla levantar a las tres de la madrugada.


Gracias por sus reviews y sus lecturas. Me emociona mucho ver que hay caras nuevas por aquí :3 Siento haber demorado en subir el capi y contestarles sus comentarios, pero es que no cuento con internet propio. De todas maneras, me esfuerzo por acabar este proyecto y no dejarlo inconcluso como muchos otros que no he tenido tiempo de actualizar.

Respuesta a reviews anónimos:

Kassandra Potter: ¡Compañera! Parece que tú y yo ya hubiéramos hablado antes porque son precisamente esos puntos que tocas los que odié con todas mis fuerzas. Ojalá que el capi haya sido de tu agrado. Es corto, pero te aseguro que el que viene lo compensará.