III

And the cry goes out

They lose their minds for us.

Tres días después, Louis se despertó en una cama que no era suya.

El asesino se revolvió incómodo, y parpadeó con aturdimiento hasta que el telón blanco del techo se hizo nítido ante sus ojos.

En aquellos instantes, el mundo era una perfecta interrogación. Las cortinas estaban corridas, los candeleros apagados, sumiendo la sala en un mundo de matices grises demasiado tenue para dilucidar los detalles. Podría haber estado en cualquier sitio, desde una desvencijada bohardilla en la ciudad, al salón de invitados en una modesta casa de campo. No sabía cómo había ido a parar a aquel sitio. Ni siquiera sabía si era de día o de noche. Y lo más alarmante de todo… no tenía ni la más mínima idea de cómo iba a escapar de allí.

Algo se movió en el otro lado.

El rincón más alejado de la sala estaba ocupado por un sillón bajo de color vino. Y sentado cómodamente sobre él, la espalda ligeramente inclinada hacia delante, los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas en un gesto de espera, aguardaba el príncipe Harry.

Louis se intentó incorporar, pero algo le retuvo con brusquedad. Desconcertado, deslizó la mirada hacia la cama y contempló con ingrata sorpresa cómo su muñeca derecha estaba firmemente anclada a los barrotes de la cama por unas rudimentarias pero resistentes esposas de metal.

Un regalo de bienvenida, supuso.

"Me habéis encadenado," Louis soltó una risa amarga. "Otra vez."

"¿Te gustan?" preguntó éste desde el otro lado. "Aún las tenías puestas cuando te trajeron de vuelta al campamento."

El campamento. Louis frunció el ceño, totalmente descolocado. Lo último que recordaba era un golpe sordo y un torbellino de profunda oscuridad. Lo que había sucedido después oscilaba en una estrecha línea entre dos mundos, y el mero esfuerzo por intentar esclarecerlo solo conseguía agravar aquel punzante dolor de cabeza. ¿Era posible que le hubieran sedado?

Harry observaba su reacción en silencio. "Debo admitir que estoy impresionado," comentó, inclinándose cómodamente sobre su asiento. "Venciste a uno de mis hombres con las manos atadas."

A Louis se le ocurrió media docena de habilidades que impresionarían al príncipe en mayor medida que su recién adquirida destreza, pero en aquel instante, una idea rondaba su mente con mayor urgencia. "¿Dónde estamos?" preguntó.

Harry paseó la vista por toda la sala, como si la respuesta estuviera oculta en cada uno de los detalles que encontraba en ella. Finalmente, contestó, "En el palacio real."

Oh, mierda. Louis maldijo en ocho idiomas y se dejó caer de nuevo sobre la almohada. Eso significaba que su intento de huida no había dado resultado. Aunque, claro, la mera presencia del príncipe en su cuarto debería haber activado todas las alarmas.

"No podía arriesgarme a que cometieras otra locura," siguió diciendo, y suspiró con gloriosa paciencia, "Estúpido necio, ¿de verdad creías que podía llegar a salir bien? Supongo que no merece la pena gastar saliva preguntando por qué lo has hecho".

Louis alzó las cejas en un gesto que contestaba sin palabras todo lo que el príncipe necesitaba saber.

"Mis soldados apuestan por una locura transitoria. Niall, por su parte, opina que simplemente tienes una enorme carencia de sentido común que sustituyes con tus irrefrenables deseos de llamar la atención."

"¿Y vos, alteza? ¿Qué opináis?" preguntó Louis, esperando que la petulancia de su tono ocultase su curiosidad. ¿Sabría el heredero apreciar su gran talento?

"Creo que te crees mejor de lo que eres. Puede que seas el mejor entre todos los vulgares rateros que te han rodeado desde la cuna, pero tus artes no tienen nada que hacer aquí, bajo mi mando."

"A lo mejor solo quería acabar encadenado en tu cama," contestó Louis, "Estoy seguro de que todas las doncellas del reino querrían estar en mi lugar."

"Siento decepcionaros, pero no acostumbro a compartir mi cama con asesinos."

"Oh, mi querido príncipe, ¿no os han enseñado que no debéis descartar algo hasta que no lo habéis probado al menos una vez?"

Harry sonrió maliciosamente. "Semejante desfachatez no va a llevarte a ningún sitio."

"Y sin embargo, aquí me hallo," Louis no pudo ocultar un brillo triunfante en sus ojos. "En una de las lujosas alcobas del palacio real." Paseó la mirada por sus alrededores, aún sin saber a ciencia cierta si sus palabras confirmaban los hechos.

"No por mucho tiempo."

El asesino arrugó el ceño. "¿A qué os referís?"

Harry se encogió de hombros y se puso en pie. "Por muy atractiva que me parezca tu osadía, te arrepentirás de ello en cuanto suene el primer latigazo."

La sangre se congeló en sus venas. ¿Pero no era divertido? Quizá ahora la batalla entre el príncipe y el asesino empezase a cobrar sentido. Aunque qué insensato por su parte no haber contado con aquella despiadada arrogancia en sus planes.

"Oh, verás. He estado dándole vueltas y… supongo que no puedo dejar que te debilites antes del torneo," comentó, tan indiferente que el terror en sus ojos pronto dio paso a una incontenible furia. Las cadenas tintinearon débilmente y Louis cerró los puños para evitar que le temblaran. "Es una pena, sin duda, pero eso interferiría en gran medida en mis probabilidades de ganar. Y como bien sabrás, no pienso aceptar otra cosa que no sea la victoria." Harry alzó la vista desde el esplendoroso pomo de su espada hasta él. Sus ojos brillaban con una inquietante calma, verdes como los bosques de Bosworth en mitad de verano. "Pero tampoco puedo dejarte ir sin un castigo. Debo mostrar al resto de competidores qué es lo que ocurre cuando alguien intenta rebelarse. Lo entiendes, ¿no?"

"¿Por qué no ejecutarme entonces?" soltó.

Harry abrió los ojos con sorpresa. Sin duda Louis no podía ser tan engreído como para formular semejante deseo suicida. ¿Verdad?

"Sería un excelente ejemplo. Sádico y dramático, muy a vuestro estilo," concluyó.

"Por muy tentador que suene, lo cierto es que no tengo intención de matarte, Louis," informó por encima del hombro, una mano rozando el dorado picaporte. El asesino contuvo un escalofrío al oír su propio nombre en los labios del príncipe. "Lo haré, si me obligas, pero por el momento… tengo otros planes para ti." Entonces abrió la puerta y Louis observó petrificado la docena de guardias que aguardaban en dos impecables filas al otro lado. "Llevadle a las mazmorras," ordenó.

Los soldados asintieron una vez antes de irrumpir en el cuarto. Bajo el marco, Harry observó con frialdad cómo sus hombres desataban al asesino. Doce hombres, armados y entrenados contra el mejor asesino de Inglaterra. Si no tuviese planes urgentes, quizá podría haberse quedado a ver el resultado.

Louis se retorció y gritó bajo el peso de los guardias que le mantenían sujeto al colchón. Dos a sus brazos y dos a sus pies. Y uno más presionándole el pecho con las manos enfundadas en unos guantes metálicos que se clavaban agónicamente en su piel. El asesino cogió impulso y le dio un cabezazo.

"¡Maldito bastar…!"

El soldado soltó un alarido, y por un instante la presión sobre su pecho aminoró considerablemente. Louis cogió aire, dos, y tres veces, mareado. Encogió el cuerpo y propinó una patada, que aterrizó de lleno en el estómago de uno de ellos. El hombre retrocedió, encogido por el golpe. Después un codazo. Y otra patada. Entonces le llegó el amargo sabor de la sangre, y Louis rio, rio con un deje histérico mientras el soldado le pegaba otro puñetazo y otro y la sangre se deslizaba por su barbilla como la lava de un volcán. Pero antes de que pudiera contraatacar y seguir resistiendo, el resto de guardias se abalanzó sobre él, le inmovilizaron con cien garras de piedra. Cada vez más y más. Una jauría de rostros contraídos y enojados. Demasiados para conseguirlo.

Cuando finalmente las esposas se desanclaron de los barrotes con un chasquido, los guardias tiraron de Louis y lo pusieron en pie.

Harry se aproximó sinuosamente hasta él, tan cerca, tan salvaje, que sus rizos rozaron una de sus mejillas con un cosquilleo. Louis respiraba entrecortadamente, el aire silbando a través de sus dientes mientras intentaba enfocar el hermoso rostro que se movía ante él.

"Mañana, al atardecer, en el patio principal," anunció el príncipe con un tono cadencioso, completamente inhumano.

"¿Es esto una cita?"

"Depende de cómo lo quieras ver…"

Louis sonrió. "Seré puntual."

Harry entrecerró los ojos, pero el verde aún translucía entre las dos rendijas, reluciendo como un mar de esmeraldas. "No tienes otra opción." Su mirada se deslizó de sus ojos a sus mejillas. Después a sus labios y de ahí de vuelta a sus ojos. "Seis latigazos. Eso bastará para darte una lección."

"¿Eso crees?" siseó el asesino.

Sin cortesías.

Entonces el príncipe retrocedió un paso y sus labios se curvaron en una sonrisa sutil. "Ya lo veremos."

Y Harry marchó por el interminable corredor, con la espalda erguida y la cabeza alta, ajeno a los incesables gritos de Louis mientras los guardias le arrastraban por los pasillos hasta la insondable oscuridad de los calabozos.

Solo había recorrido ese camino una vez en su vida, medio inconsciente y ciego por el dolor y la pérdida. Pero aun así, Louis había memorizado cada paso, cada latido y cada respiración antes de que la rabia y el odio se instalasen en cada parte de su mente.

La puerta se abrió con un cruel chirrido, y el guardia encapuchado, que hasta entonces había mantenido un agarre de hierro sobre su hombro herido, apretando sin piedad en el profundo corte, empujó a Louis al interior de la celda y cerró la puerta. Louis se levantó al instante, y se lanzó contra las rejas, golpeándolas con su brazo sano, lanzándose contra ellas, propinándoles patadas... lo que fuera con tal de escapar. Trató de aislar todo, de aislar el dolor, la sangre, la muerte que había precedido todo, y se concentró en las rejas. Las rejas, la libertad. Louis. No había ventanas allí, las paredes eran de gruesa y sólida piedra; nadie vendría en su ayuda. Louis no podría escapar. Una pequeña parte de él lo sabía, y le suplicaba que se rindiese, que aceptase su futuro con la mayor dignidad posible. Pero ignorar todo era más fácil. Así que Louis ignoró la sangre que goteaba por su brazo en una lenta y dolorosa procesión; ignoró el agotamiento y el miedo. Y allí, en la profunda oscuridad de su celda, Louis ignoró todo y volvió a lanzarse contra las rejas.

Había pasado un año, y aun así, cada paso y cada giro le resultaba tan familiar… La humedad del ambiente, el olor a moho y cerrado, el miedo. Pero Louis no tendría miedo, no esta vez. Ni ninguna otra.

Plop. Plop. Plop.

Louis inclinó la cabeza y enfocó la mirada.

Plop.

Había sido una tarde larga. Y una noche larga. Y un día tortuosamente interminable.

Louis había gritado, y peleado, y había vuelto a gritar, pero había acabado en la mugrienta esquina de una celda de igual modo. Acogedor. Al menos se había divertido con aquellos cinco soldados. Cinco soldados de trajes dorados. Cinco soldados enclenques y estúpidos. Cinco soldados menos.

Cinco de doce… qué derrota más patética.

Era cierto que aún mantenía las manos atadas por las muñecas, y su estado después de aquel impreciso viaje a la inconsciencia no había sido nada favorecedor… Pero estaba débil. Y solo. Y hambriento.

Pronto, la soledad había dado paso al aburrimiento y el aburrimiento a la curiosidad. Louis se había puesto en pie y asomado la cabeza por los barrotes de la puerta. El pasillo estaba oscuro y frío. Inesperadamente silencioso para su propia complacencia.

Hasta que una voz habló.

"Con que… tú eres el mejor asesino de Inglaterra," murmuró en un apagado susurro.

Louis agudizó la mirada, alerta. La voz había sonado inquietantemente cerca, en alguna parte del pasillo a su derecha. ¿En la celda de al lado, tal vez?

"Eso dicen…" contestó, cauteloso.

La voz se convirtió en una risa fría y contenida. Siniestra. "Pues para serlo, has acabado en mal sitio."

Louis sonrió con tristeza al pensar en ello. Hacía solo una semana, el polvo y la oscuridad de las minas de Doncaster habían sido todo su mundo. Hacía solo tres días, el cielo azul había brillado sobre su cabeza, la promesa de otra vida brillando en el horizonte, y ahora... Había salido del lugar de su condena, atraído por los cánticos de libertad y aventuras solo para regresar al mismo oscuro rincón donde había aguardado el veredicto. Todas sus esperanzas lanzadas por la borda.

"¿Y tú quién eres?" preguntó, apartando aquellos oscuros pensamientos de su cabeza.

"Solo un miserable prisionero más," contestó, casi con resignación.

"¿También participas en el torneo?"

"Oh, no. No. Yo no soy más que un mero espectador."

Louis contuvo un quejido altanero. "Pues no creo que vayas a ver mucho desde esa celda."

"No planeo quedarme mucho tiempo por aquí," comentó. Tenía un acento peculiar, joven y delicado. Louis intentó averiguar de dónde procedía, por qué le resultaba tan desconcertante, pero con la reverberación del susurro en las abovedadas paredes de piedra era tarea imposible.

"¿Ah no? ¿Y qué piensas hacer? Es imposible escapar." Ya lo sabía. Lo había intentado. Había pasado los días desde su captura hasta su condena final encerrado en una celda casi exacta, y había tratado de escapar de más maneras de las imaginables. Todo había sido en vano, por supuesto.

La voz se mantuvo en silencio durante unos instantes. Y durante aquellos segundos, Louis se arrepintió de lo que había dicho. La esperanza era la única llama que se mantenía con vida en lugares como aquel, titilante, desvanecida; y él era el último con derecho a apagarla. Sacudió la cabeza y decidió cambiar de tema.

"¿Cuánto tiempo llevas aquí?"

El prisionero no se lo pensó mucho. "Cuatro meses, dieciséis días y tres horas".

El asesino abrió los ojos con sorpresa. Eso era… mucho tiempo. Demasiado tiempo para un sitio como aquel. Si su delito había sido de tal magnitud, el rey se habría deshecho de él mucho tiempo atrás. Una muerte fría y poco piadosa. ¿Pero mantenerlo en las mazmorras durante tanto tiempo? Eso era impensable. A menos que…

El rey quisiese sacar algo de él. ¿Información? ¿Una reacción del exterior? No había forma de saberlo. Pero lo que sí sabía, era que no deseaba estar en su lugar.

"¿Por qué…?" las palabras se atascaron en su garganta antes de salir. Probablemente debía callarse y dejarlo estar. No le haría ningún bien saberlo. Pero la curiosidad tiró de él. "¿Qué fue lo que hiciste?" preguntó al fin.

Louis escuchó como el preso se removía en su celda. Un lamento, un siseo de tela contra la incompasiva piedra. El silencio se prolongó de modo interminable, durante tanto tiempo que Louis supo que ya no iba a responder. Estaba en su derecho, después de todo. Él solo era un entrometido.

El asesino se alejó de la puerta y se dejó caer de nuevo en una esquina de la celda. El suelo estaba frío y húmedo. Y desprendía un olor a polvo y herrumbre que le recordó a sus días en Doncaster. Polvo y roca.

Entonces la voz se alzó de nuevo. Fue solo un murmullo apagado, un desconsolado susurro, pero cargado de tal cantidad de sufrimiento y rencor que Louis lo sintió correr por sus propias venas.

La palabra rondó sus sueños durante el resto de la noche.

"Traición."

La gota se balanceó temerariamente en la esquina, cada vez más y más cargada, más y más osada. Con un deje suicida. Hasta que dijo adiós a sus vecinas y cayó.

Plop.

El prisionero no había vuelto a hablar después de aquello. Y Louis no había tenido ganas de entablar más conversación. Había sido una tarde larga. Y una noche larga. Y aquel nuevo día parecía que nunca iba a acabar.

Al menos le habían dado de comer. Dos veces había escuchado ruido en los pasillos y dos veces se había abierto la rendija bajo la puerta. Louis no se había molestado en mirar quien era el canalla encargado de tan ruin tarea. Había esperado a que el ruido desapareciera de los pasillos y había arrastrado la bandeja hasta su esquina, donde había masticado sin ganas aquel trozo de pan duro y había bebido su agua.

Tres mil quinientas ochenta y seis gotas. A juzgar por la silenciosa penumbra que envolvía las mazmorras, quedaba poco menos de una hora para el atardecer. Louis se recogió en su rincón, rodeó las rodillas con sus manos y esperó.

Al poco tiempo lo escuchó. El chirrido oxidado de la puerta. El traqueteo metálico de sus armaduras. Los pesados trotes de las botas sobre el suelo.

Louis esbozó una sonrisa siniestra. Sí… justo a tiempo.

Los soldados se detuvieron frente a su celda. Podía escuchar sus murmullos y entrever sus coloridos uniformes a través de los barrotes. Nada más y nada menos que siete guardias. La mitad que la última vez. Mmm...

Estúpido y aburrido.

Con un tintineo de llaves la puerta quedó abierta. El Capitán Horan aguardaba al otro lado, envuelto en aquella máscara fría y formal que tan poco juego hacía con su enmarañada mata de pelo dorado. Oh, ahora todo tenía sentido.

"En pie," ordenó.

Su escolta se abrió paso a ambos lados de su armadura. Alzaron a Louis de un tirón y ataron las argollas a sus manos. Louis no se resistió. No mordió, ni gritó, ni luchó por deshacer la estrecha garra que aprisionaba sus brazos con brutalidad. Simplemente se limitó a obedecer como un exánime muñeco de trapo. Una vez enderezado, ambos jóvenes, soldado y asesino, intercambiaron una conversación sin palabras. La ardua mirada del capitán denotaba traición, desconfianza y una muda amenaza que nada tenía que ver con la forma en que mostró despreocupado el reluciente pomo de su espada. Louis se limitó a esbozar una divertida sonrisa que sólo se reflejó en sus zafiros ojos.

¿Me echabas de menos?

Niall asintió con la cabeza, y los guardias arrastraron a Louis fuera de su celda. Fuera de aquel rincón de polvo y arena y fuera de un mar de tenebrosas pesadillas. Si lo pensaba, el poste no estaba tan mal. Era mejor que una mano cortada. E indudablemente mejor que la guadaña o la horca.

El Capitán enfiló por el pasillo de celdas, tan húmedo y escalofriante como aquel primer día. Una espesa capa de polvo y óxido recubría las paredes y el suelo, tiñendo de rojo las esquinas y recovecos. El ambiente estaba cargado de un espeso olor a orín y sudor. Y las ratas…

Pero después de todo, ¿a quién le importaban cosas como la higiene en un sitio así? Por supuesto, nadie se había molestado en encender una mísera lámpara – el recipiente de hierrocolgaba vacío sobre el muro de la entrada, la antorcha apagada y melancólica en su interior. A su lado, el centinela permanecía erguido, apostado sobre el saliente del muro. La visera de su casco se encontraba alzada en lo alto de su cabeza, la espalda perfectamente encuadrada, el gesto hosco y firme… Vaya, parecía que al fin regresaba a su puesto después de su imperturbable e indefinido letargo, incluso se sorprendió de ver salir al asesino escoltado por semejante compañía. El capitán saludó al soldado con una inclinación de cabeza y entonces…

"Buena suerte, Tomlinson."

Louis se paró en seco. Sus huesos se congelaron, paralizados. Aquella voz…

El guardia que tenía a su espalda soltó un gruñido enojado, le metió un rodillazo y le obligó a seguir andando. Louis soltó un quejido, pero el asombro era suficiente para obviar el dolor. Aquella voz… no, no podía ser. Por delante, Niall se detuvo y le observó por encima del hombro, su mirada alerta en busca de problemas.

El asesino reanudó la marcha, impulsado por la mano del soldado sobre su cuello y las cadenas que tiraban de él hacia el frente, pero su rostro seguía fijo en la entrada de la celda, teñido por la fascinación y la sorpresa.

Aquella voz, alta y fuerte en el silencio de aquellos túneles… Ahora Louis entendía qué había sido ese deje extraño que tanto le había descolocado la noche anterior.

Aquel acento dulce y frío como el hielo era el de una mujer.

Tas una larga temporada resguardado por una fría manta de sombra y penumbra, aquel sofocante brillo se le antojó a Louis irritantemente molesto. Escoltado por la habitual comitiva – a estas alturas tan familiar que empezaba a sentirse inquietantemente solo cada vez que acudía al aseo – el asesino se percató con pasmosa lucidez del cambio entre la cosquillosa humedad de las mazmorras y la cegadora opulencia de los pasillos. Relucientes azulejos en grises y ocres que resonaban como un tambor de guerra con la coordinada marcha de los soldados. Brillantes frescos y vidrieras tapizando cada una de las paredes, bóvedas y galerías. Vasijas y espejos pulcramente cuidados, distribuidos al azar en las esquinas y tocadores. Hasta las impecables armaduras que lucían los guardas apostados en las esquinas reflejaban con disgusto el sudor y la mugre que arropaban a Louis como una segunda piel. Todo en aquel palacio resplandecía con vanidad y presunción. No es que hubiera esperado menos del palacio real, pero… Louis estudió sus alrededores con fines didácticos mientras caminaba con una fría calma grabada en el rostro.

Las enormes puertas de roble se abrieron para dar paso a una fría y apagada tarde de finales de verano. Una de esas tardes grises de reunión al calor de una chimenea, de historias y fábulas con el silbido del viento barriendo las hojas a la puerta de casa.

Todo el mundo se había congregado allí aquella tarde. Duques y marqueses emperifollados con sombreros de ala y zapatos mojados, damas de la corte con vestidos abombados y complejos moños enroscados en la nuca, soldados de la guardia, ladrones y asesinos... todos alzaron su expectante mirada el momento en el que Louis atravesó el umbral hacia el patio. A pesar de ello, el asesino no encontró rastro de calidez en sus gestos, ni en el constante murmullo que se escapaba desde el otro lado de los abanicos, ni entre las miradas adustas y desconfiadas de sus compañeros competidores.

Realmente reconfortante.

Niall le acompañó hasta el poste. Un simple mástil de madera viejo y resquebrajado, con una argolla de hierro oxidada colgando en la parte superior. Louis ladeó la cabeza, divertido. Sí, eso estaba mucho mejor. Un poste viejo no era un poste viejo si el inepto que lo había anclado al suelo no lo había dejado torcido. Luego alzó la cabeza y descubrió un par de ojos verdes escrutándolo en la distancia. El príncipe Harry había acudido puntual a su cita. Tal y como había prometido. Para ser sinceros, Louis no las tenía todas con él. Después de todo, el príncipe heredero de Inglaterra tendría cosas más urgentes que hacer que vigilar el castigo de un preso rebelde. Incluso aunque éste fuera precisamente su futuro campeón.

Harry permanecía de pie en un extremo del corro, escoltado por un conjunto de nobles de aspecto pedante. A un lado una dama de aire regio y delicado. Llevaba el pelo largo, rubio, elaboradamente trenzado, y en sus labios se adivinaba una etérea sonrisa. Louis había visto esa sonrisa antes, en algún lugar. Pero no era el momento más indicado para ponerse a dilucidar. La acompañaba una doncella de rostro infantil, que – puede que todo fuese una absurda alucinación, sin duda tanto tiempo sin comer le estaba volviendo a Louis paranoico – sostenía en sus manos una coqueta taza de té. . De verdad. En la condena pública del asesino más peligroso de Inglaterra. Como si fuese una reunión social. Bajo un cielo que anunciaba tormenta.

Sin comentarios.

Al otro lado del príncipe destacaba un joven alto e increíblemente apuesto – ¿estaba bien pensar eso de otro engreído y malcriado miembro de la nobleza? Esto comenzaba a convertirse en una mala costumbre. Sin embargo, aquel noble… Oh, parecía tallado en bruto por las expertas manos del mismísimo Miguel Ángel. Todo ángulos afilados, con una perfecta mandíbula y el porte de un antiguo y poderoso dios griego. Aunque tal vez en lugar de Grecia, habría encajado mejor en algún otro país oriental igual de exuberante. Con su piel morena y su barba oscura perfectamente recortada, a juego con su pelo. Louis lo contempló con curiosidad – no solo porque fuese increíble y absurdamente apuesto. Y le encontró con sus pardos ojos clavados en él. Fue entonces cuando otro de ellos, un hombre que lucía una exagerada sucesión de condecoraciones en el pecho se inclinó hacia él y le susurró algo en el oído. Luego miró a Louis de reojo y rio como si aquel fuera el mejor chiste que había contado en su vida. El joven no se rio. No sonrió ni fingió tener un mínimo interés en lo que el noble le contaba. Toda su atención estaba fija en los ojos de Louis, como si intentase leer a través de su mirada.

Visiblemente incómodo, devolvió su atención al príncipe y le dedicó una sonrisa sutil. Una sonrisa que no provocó una reacción visible, pero que Louis estuvo seguro que Harry sabría apreciar. Instantes después, cuando pareció que al fin todo estaba en orden – la gente adecuada en el sitio adecuado, Louis atado frente al poste, el viento soplando en la dirección precisa y los astros perfectamente alineados, – Harry se alisó el bajo de su túnicay dio un paso al frente. El murmullo se apagó de pronto. Toda la audiencia se volvió hacia él al unísono e intercambió mudas miradas de intriga. Por un momento, Louis sintió celos de tanta atención – había habido un momento en el que la gente también había guardado un expectante silencio esperando oír su discurso – pero no pasó mucho antes de que la envidia se convirtiera en sofoco y sus entrañas se retorcieran en tensión.

El príncipe se aclaró la garganta.

Ahora, lo único que quedaba por hacer era dar comienzo al gran espectáculo.

"Louis William Tomlinson," pronunció con voz grave y áspera. Louis sintió descender un escalofrío a lo largo de su espalda. ¿Cómo sabía siquiera su segundo nombre? "Quedas sentenciado a seis latigazos por violar tu libertad condicional, intentar escapar y herir a varios de mis soldados." El príncipe se giró y dirigió una mirada altiva al resto de competidores. "Esto" añadió "es lo que le pasa a la gente que trata de desafiarme y a mi reino. Esto" dijo, y señaló a Louis como si no fuese nada más que una sucia rata a sus ojos "es lo que le pasará a cualquiera de vosotros si osa pasarse de la raya en cualquier momento."

Los murmullos comenzaron a extenderse entre el público. Niall puso una mano sobre su hombro, intentando ocultar sin éxito la empatía tras su mirada profesional. A Louis no le importó. Se dejó caer en el suelo sobre sus rodillas y mantuvo la vista al frente mientras le encadenaban al poste.

"Preferiría no tener que hacer esto," murmuró Niall, casi como una disculpa. "Es solo por si te desmayas."

"Tranquilo," respondió Louis. "No pienso desmayarme."

Niall se separó y Louis cogió aire en sus pulmones. No sabía quién sería el verdugo en su condena. No es que tuviera especial interés en saberlo. Si lo hacía, tal vez aquel hombre no saldría vivo de su próximo encuentro. En el caso de que alguna vez llegaran a coincidir. En el caso de que Louis decidiera por algún casual no contenerse y barrer la ciudad en su busca para devolverle el favor.

Soltó aire y respiró hondo, una vez más. La gente lo contemplaba como si fuera algún tipo de entretenimiento en un circo de extraños. Algunas caras eran de espanto. Otras reflejaban sin ningún tipo de disimulo una creciente morbosidad. Pocas sentían aquella inexplicable simpatía que había mostrado el capitán antes de atarle al poste. No les culpaba en absoluto, después de todo, Louis también sabía disfrutar de un buen show.

El príncipe Harry permanecía en su sitio, inmóvil y con rostro impasible. A su lado, un movimiento captó su atención y Louis contempló extrañado cómo el joven de mandíbula perfecta y rostro celestial daba media vuelta y desaparecía entre la multitud. ¿Es que acaso Louis no merecía un fragmento de su sagrado tiempo?

Los otros competidores parecían satisfechos en su gran mayoría.

Para cuando termine, estará tan destrozado que será como coser y cantar… Un estorbo menos en el torneo… Así que es esto lo que nos espera si tratamos de escapar… Quizá vale la pena intentarlo… La mascota del rey, atada a un palo como un sucio perro vagabundo… Será el primero al que derrote, a lo mejor el resto suponen algún tipo de reto para mí…

Louis recorrió sus rostros leyendo cada uno de sus pensamientos. Que pensasen lo que quisieran. Si le veían débil e inseguro, iba a ser todo un placer demostrarles de lo que era capaz antes de acabar con ellos uno a uno. Entonces su vista se detuvo en un joven de rasgos suaves y cabello corto color chocolate. No reía. Ni parecía intimidado o impresionado. Ni mínimamente complacido. El joven tenía la expresión exacta que Louis sentía en su propio rostro. Pánico e indignación ocultos bajo una máscara de férrea determinación.

El chasquido le pilló por sorpresa. Un latigazo vertical y contundente en el centro de su espalda. El segundo llegó demasiado pronto, demasiado traicionero. Louis sintió el frío, luego el calor, antes de que la sangre empezase a derramarse por su espalda. Segundos después llegó el dolor. Un dolor agónico e intenso. Pero Louis no gritó. Louis se obligó a abrir los ojos y alzó la vista hacia el príncipe.

No los despegó ni un solo segundo hasta que el látigo dejó de sonar.