Sangre Frio
Escudo de oro
Por Misako Ishida
Yamato seguía al joven médico hasta su consultorio. Detestaba hospitales, sin embargo, era el medio más rápido y eficaz de poder encontrar a Joe Kido.
- Todavía no entiendo por qué tengo que asistir a estos eventos sombríos. - gruñó de buen humor el rubio.
- Porque tú es quién es. - respondió Kido riendo, conteniendo una carcajada al ver la expresión de desaliento forzado del amigo. - ¡Vamos, no es tan malo así! Piense en los frutos que puedes obtener al final de la noche. - sugirió el médico.
Yamato sonrió para sí. Sabía exactamente lo que su amigo se refería. Pero, notó que por primera vez en mucho tiempo los frutos que quería eran otros.
- Sí... Preveo obtener muchos frutos esa noche. Todos directamente a mi bolsillo. - dijo contento.
Kido lo miró sorprendido. Realmente, su amigo se había convertido en un verdadero hombre de negocios, pensando en los beneficios y las transacciones exitosas. Eso le causaba gracia. Hasta hace unos meses, Ishida era sólo un tipo despreocupado que le gustaban las mujeres y las bebidas. Ahora, le gustaba bebidas y dinero. El poder del capitalismo.
Estaban casi llegando al consultorio de Joe, cuando éste percibió que Yamato había parado. Observó al amigo.
- Yamato?
El rubio, sin desviar los ojos del pasillo delante de él, le respondió.
- Vaya adelante. Ya te alcanzo. - y salió caminando.
Joe ya estaba acostumbrado a las salidas repentinas de Yamato. Suspiró y continuó su camino.
Yamato, por su parte, estaba intrigado. Paró delante de la puerta de la habitación. Takenouchi Toshiko.
- Takenouchi... - susurró para sí mismo.
Las cosas empezaban a tener sentido. Pero todavía necesitaba más información. Por la pequeña abertura en la puerta, miró cómo la chica allí adentro estaba sentada delante de un lecho. La forma en que estaba sentada denunciaba que debería estar cansada. Reparó que llevaba pantalones vaqueros y camiseta. Un aspecto totalmente diferente al que estaba acostumbrado.
'Ella se pone bien mejor así... A pesar de que... Sin nada ella se queda mejor'.
No supo exactamente de dónde vino ese pensamiento e intentó alejarlo lo más rápido posible. Después de aquella noche, no volvió a buscar por la chica. Y eso ya hacía más de un mes. Estaba curioso para saber lo que estaba pasando. Probablemente esa mujer podría ser su madre. Miró el nombre en la puerta de nuevo. Tenía que conseguir más información de alguna manera.
Podría pedir a Joe... Pero, descartó la idea inmediatamente. Él haría demasiadas preguntas y, pensando con claridad, no era algo que le afectaba. Él suspiró y estaba dispuesto a salir de allí cuando oyó un gemido. La chica dentro de la habitación estaba llorando.
Vio como ella intentaba sostener las lágrimas. La cabeza baja, las manos en la cara, los sollozos discretos. Se sentía algo molestar por dentro. Era algo como tristeza. ¿Por qué estaba triste de repente? ¿Por la chica? No sabía quién era... Pero se acordó perfectamente de su mirada despectiva, de sus curvas perfectas, de sus gemidos enloquecedores.
Agitó la cabeza. ¿Qué pretendía ahora? ¿Descubrir lo que pasaba por la vida íntima de sus conquistas? Ella había sido eso: su conquista. Había conseguido lo que quería y listo. Eso bastaba. Dio media vuelta y se dirigía al consultorio de Joe cuando una enfermera pasó a su lado.
Intentó resistir. Dio tres pasos y luego retrocedió. Estaba nervioso consigo mismo por lo que haría. Pero, queria saber de todo... ¡Necesitaba saber de todo!
- Con licencia, señorita... - empezó a hablar y miró la insignia de la enfermera. - Srta. Mizumi. - dio una de sus mejores sonrisas, dejando a la muchacha ruborizada. – Lo siento interrumpir su trabajo, pero realmente necesito que alguien me ayude...
No supo decir cuánto estaba siendo bueno en actuar o cuánto la muchacha estaba tratando de no dejarse llevar por su apariencia. Yamato hizo una expresión de preocupación mezclada con dolor, mientras conducía la mirada aterrorizada hacia el cuarto que estaba observando atentamente.
- Mi novia... Takenouchi... Sora.. - añadió rápidamente. - Ella ha estado un poco extraña últimamente y me ha dejado muy preocupado. - respiró profundamente y prosiguió. - Yo sabía que había algo sucediendo, pero ella no quería decirme lo que era... Me quedé aún más aprehensible cuando... Cuando ella... Ella casi se desmayó ayer cuando nos encontramos y... - Yamato pasó la mano en el día cabello angustiado.
Notó que la enfermera escuchaba atentamente cada palabra y que parecía dispuesta a ayudarle en lo que fuera.
- Y yo realmente no sabía qué hacer... Ella es terca, ¿sabes? Muy terca. - sonrió y fue una verdadera sonrisa. - Ella no me contaría jamás... Sólo que necesito saber... Sólo así puedo ayudarla. Ella no necesita quedarse con todo el peso sola. - dijo suavemente.
El pensamiento del rubio estaba trabado, pues percibió que realmente estaba preocupado por ella, que realmente quería ayudarla. Se sentía en la obligación de protegerla. ¿De dónde había salido eso? ¿Cómo llegó a esa conclusión?
- Entonces la seguí hasta aquí y descubrí que su madre está... - faltaba las palabras correctas. - Internada... - bajó la cabeza avergonzada. - Y no puedo dejarla saber que yo... Ella me mataría. - y era la más pura verdad. - ¿Acaso no podrías informarme del estado actual de la señora Takenouchi? - preguntó finalmente.
El momento de encanto de la enfermera sólo aumentaba. Como aquella niña era afortunada. Tenía un novio hermoso y extremadamente preocupado por ella. Morir los labios inferiores un instante. La información de los pacientes era confidencial. No podía simplemente salir por ahí hablando.
Pero, sólo de mirar en los ojos de él veía cuánto debía amar a aquella chica. ¿Qué mal estaría haciendo? Sonrió amigablemente para el rubio y le contó el cuadro grave en que se encontraba Toshiko Takenouchi.
XxXxX
Estaba paralizada. El Choque había sido grande. Imaginaba que jamás tendría que verlo de nuevo. No pensó que volvería. ¿Por qué estaba allí? ¿Ya no había conseguido lo que quería? ¿No había llevado de ella lo que nadie había logrado antes? Todo eso era un juego para él y ella sabía muy bien. Supe desde el primer día.
Suspiró profundamente. Resignada continuó su camino. Ya había entrado en ese juego y a esta altura no podía salir tan fácilmente de la competición. Sabía que no había más cartas en sus mangas y que debía dejarse llevar por la marea. Sin embargo, aquello era una verdadera caja de Pandora. No tenía idea de lo que podría suceder después. ¿Sería algo bueno o malo?
Se rió para sí misma. Desde cuando había salido algo bueno de aquella caja? Al verlo de cerca su corazón comenzó a golpear violentamente. Por primera vez, no sabía lo que era el aire. No sabía lo que era andar. Ni lo que era hablar. Todo a su alrededor parecía estar mezclándose y sólo la figura masculina era resaltada en medio de tanta desorden. Respiró profundamente. Respirar en tres y soltar en seis. Eso nunca fallaba. Este era el secreto para las situaciones de desesperación. Respirar en tres y soltar en seis.
La chica estaba pálida cuando se sentó. Estaba nerviosa y cuando miró hacia la cara impasible del rubio su cara se volvió tan roja como los hilos de su cabello. Yamato percibió que incluso aquella postura desafiante que ella tenía anteriormente para con él había desaparecido completamente. La mirada de ella estaba clavada en el suelo. Lo encontró muy tierno. Y fue con una risa sutil que él cogió un buque de flores que estaba a su lado y se colocó delante de ella.
Sora se sorprendió con aquello. Se volvió hacia él y vio que él sonrió. Parecía una sonrisa sincera y espontánea.
- Sé que estoy completamente atrasado, pero... son para ti.
La pelirroja, con manos trémulas, tomó las flores y las miró. Su mirada estaba perdida. Parecía recuperarse de su trance cuando percibió que el rubio estaba abriendo una botella de champagne y servía dos copas. De repente sentía que su sangre estaba hirviendo.
- Tú... Tú es mismo... - mordió el labio inferior con fuerza y respiró profundamente. - ¡Increíble! Enhorabuena... Nadie jamás había conseguido dejarme así... Me sentí tan... Especial. - completó con un tono cargado de sarcasmo.
Yamato se quedó parado mirando a la niña delante de él. Estaba parado, pues se había quedado sin reacción. Comenzaba a arrepentirse de haber aparecido allí cuando notó que aquellos ojos escarlatas estaban siendo invadidos por lágrimas que luchaban por no caer.
- Gracias. - dijo Sora mientras se levantaba con el buque en las manos y en una breve reverencia comenzó a caminar apresuradamente. Necesitaba huir de allí. De él.
Exasperado, Yamato se levantó y la siguió. Logró alcanzarla cuando la misma ya estaba en el exterior y empezaba a correr por la calle. El rubio la agarró por la muñeca, impidiéndole dar un paso más.
- Suéltame. - exigió en un murmuro.
- No. No hasta que me escuchas. - dijo con determinación. - No quise ofenderte. Yo sólo... Sólo quería... - estaba frustrado, porque no sabía lo que podía hablar. Era la primera vez que usaba tantos 'no' en una misma oración.
Ella necesitaba salir de allí antes de que no pudiera frenar las lágrimas que necesitaban salir. Toda su angustia y dolor estaban concentrados en aquel líquido salado. Pero el agarre fuerte no la dejaría ir más lejos. Y empezó a percibir lo débil. En respuesta a su descubrimiento, sus piernas fallaron y ella estaba cayendo. Se detuvo arrodillada en el suelo y empezó a llorar.
De alguna manera podía sentir todo el dolor que ella sentía. Se arrodilló junto a ella y la abrazó. Sora quiso desprenderse, pero él la abrazó aún más fuerte.
- Calma, todo está bien. Me imagino cuánto debe ser difícil para ti. Pero pasará.
Sora lo empujó, haciéndole caer al suelo y se levantó. Lloraba descontroladamente.
- ¿Qué sabes? Tú no es nadie... No sabe absolutamente nada... No te atrevas hablar... Estas palabras de consuelo para mí.
En un acto de deslizamiento, Yamato se levantó y habló, sin antes pensar.
- Yo sé sobre su madre. Y yo... - no terminó su raciocinio, pues la pelirroja lo interrumpió.
- ¿Me has seguido? - preguntó incrédula.
- No... No, sólo te vi en el hospital. Fue una mera casualidad. Yo no te seguí.
Sora le dio la espalda.
- Sólo quería ayudarte... De alguna manera. - continuó el rubio.
- ¿Cómo? - dijo agresivamente volviéndose de nuevo para quedarse frente a él. - ¿Esperando que yo venda mi cuerpo para ti de nuevo? - sugirió con ironía.
- Si es lo que quieres... ¿Por qué no? -respondió Yamato cruzando los brazos.
- Tú... Es repugnante ... Es despreciable.
- ¿Por qué? Sólo veo que me gustó estar contigo y tú necesitas mucho dinero. ¿Qué está mal en pagar por su compañía? No haces el estilo de niña que sólo quiere hacer el amor con un príncipe encantado. Y eso es un elogio - agregó al ver la expresión de ira en el rostro de la pelirroja. - Combinas más con una mujer madura que disfruta de una noche de sexo sin compromiso. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿El dinero?
Ella no sabía qué decir. Él hablaba como si fuera algo coherente y normal. Podría ser para él. Cuántas mujeres él ya debe haber 'comprado'. Cuántas noches de sexo él ya habría pagado. Ella se quedó allí parada mirándolo, sin decir nada. Sus ojos eran neutros y su expresión vacía. Eso era un juego, era un desafío. Para saber quién era más fuerte. Quien cedería primero. Y no sería ella. No de nuevo. Ya había caído en ese juego antes. No caería una segunda vez.
- Para ti es todo tan fácil, ¿no es así? ¿Piensas incluso que acepto naturalmente esta condición? ¿Algo como una prueba divina, en la cual yo paso por muchos sufrimientos y al final recibo una gran recompensa? ¿Crees que creo en eso? - bajó la cabeza y respiró profundamente. - Tú realmente no sabes nada. No entiende absolutamente nada. ¿Y DAÍ QUE SABES SOBRE MI MADRE? ¡TÚ NO ES NADA MÍO PARA ESTAR PREOCUPADO... TÚ NO PASA DE UN COMPLETO DESCONOCIDO QUE QUIERE BRINCAR CONMIGO!
Yamato se acercó lentamente a la pelirroja. Su estado era completamente lamentable. Al mirar a esa chica se sentía desconcertado y aquella voluntad de hacer algo para hacerla parar de llorar apareció de nuevo. Paró frente a ella y con una mano levantó su cabeza. Su rostro bañado por las lágrimas poseía una inocencia que jamás podría perderse. No supe si estaba hechizado por aquella mirada intensa o si se había tomado por el deseo compulsivo, pero se pegó sus labios con los suyos. Un beso. Inesperado. Calmo. Delicado.
Sora estaba sorprendida. Pero la sensación de confort, de cariño y de protección (que tanto ansiaba, que tanto necesitaba, que tanto quería) estaba allí. Uno de sus más profundos deseos era el de ser cuidada, no sólo cuidar. Y en aquel gesto repentino su corazón se estaba calentando. Permitió que la caricia continuara, porque era así como lo sentía: una caricia. Sutil. Luz. Quería que su dolor pudiera ser descargado fuera de sí en aquel momento con ese toque.
El beso terminó de la misma forma que comenzó: lentamente. Más que rápidamente, el rubio la tiró contra su pecho, abrazándola apretado.
- Sea lo que hayas hecho conmigo, crea ... Sólo quiero poder tener su compañía. Cueste lo que cueste. No interprete mal mis palabras. - acariciar ese pelo pelirrojo se tornaba cada vez más fácil, más tentador. - ¿Podemos pensar en ello como un intercambio de favores que beneficiará a los dos? Cada uno a su manera... - fue su sugerencia.
Por un momento no creyó que estuviera meditando acerca de aquella propuesta. Realmente, estaba a un paso de ceder de nuevo. Sabía que ese dinero estaba casi al final. Los gastos aumentaban, las divisiones subían, las cuentas se acumulaban. Se sentía estúpida y presuntuosa. Todo giraba alrededor de dinero. Sin embargo, por un breve momento, su único pensamiento fue el de aprovechar ese raro momento en que podía recibir afecto, cuidado, cariño. Aunque fueran ilusorios, momentáneos e irreales. Pero, para un corazón tan gélido, para un alma tan cargada de dolor, parecía verdadero.
No sabía lo que había dicho, lo que había hecho o cualquier cosa que había ocurrido en aquellos pocos minutos que duraron hasta la llegada al hotel. Sólo tenía conciencia de su decisión y de que de nuevo estaba en una habitación con aquel hombre atractivo, hábil y cariñoso. Cuando las manos fuertes tocaron su cuerpo y su boca fue tomada nuevamente, se olvidó del resto del mundo. No habría más como volver atrás. Y, pensando bien, no quería.
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Después de que Toshiko se quedara dos meses internada, su condición se había estabilizado. Sora creía que podría quedar más aliviada por tenerla en casa, pero no era así. Su madre necesitaría cuidados especiales, cuidados que sólo una enfermera podría ofrecer. Fue cuando percibió que estaba aún más perdida.
Al mismo tiempo que se sentía feliz de ver a su madre en casa, se sentía triste al ver su condición. Y desesperada al ver su propia condición financiera. Toshiko había tenido pérdidas notables de sus memorias. Todavía era capaz de reconocer a Sora y de hablar sobre algunos hechos del pasado, pero se olvidó con facilidad de las cosas del día a día. Necesitaba ayuda en las tareas más básicas. Era necesario que tuviera siempre a alguien cerca para vigilarla.
Por eso, Sora necesitó contratar un servicio especializado. Había solicitado dos enfermeras para quedarse con su madre. Ella requería cuidados las 24 horas y Sora todavía necesitaba trabajar para conseguir todo el dinero necesario. Además del pago de las enfermeras, todavía había las medicaciones. La cantidad de medicamentos había aumentado, además de los remedios para la esquizofrenia, ahora había los medicamentos para Alzheimer. Esto sumado al alquiler, a las cuentas de la casa y al plan de salud generaba una cantidad enorme de gastos.
Lo que demandaba ir diariamente al hostess club. Lo que le ayudaba (y mucho), debía reconocer, eran los encuentros ocasionales que tenía con el rubio arrogante. Habían ocurrido tantas cosas en los últimos meses que ni se importaba más con principios, valores y moral. Para las personas desesperadas, eso no contaba mucho. Sólo tenía conciencia de que no estaba haciendo mal para nadie, sólo a sí misma. Era una consecuencia que podría aguantar (hasta el momento). Estos últimos tres meses después del regreso de su madre a casa fueron especialmente difíciles.
En cierta forma, a pesar de no querer reconocer (de forma consciente, en alto y buen tono), en su íntimo sabía que ir a la cama con el rubio arrogante le ayudaba a aliviar su estrés. El dolor continuaba allí, los sentimientos de auto depreciación también. Pero la tensión se iba y, sólo eso, ya ayudaba bastante. Claro, el dinero también. Había tenido ocho encuentros. En cada uno de ellos, ella percibía que él quería que ella se sintiera la voluntad y que aprovechara el sexo.
Él era atractivo, su cuerpo era fantástico y lo que conseguía hacer sentir era indescriptible. Se decía para sí mismo que el sexo en sí no era algo del que debía avergonzarse, pero era inevitable asumir esa postura tímida y frágil cuando de su presencia. Él siempre respeta su tiempo y su espacio. Le daba libertad. Y, un día, de repente, ella descubrió gustarlo. Fue teniendo curiosidades. Curiosidades que él sanaba, aunque ella no dijera una sola palabra, pues parecía que él era capaz de leer sus pensamientos.
Todavía repudiaba lo que hacía. Todavía se sentía una basura. Todavía se sentía sucia. Pero cuando estaba encima de una cama con él se apropiaba del placer. Descubrió que bañarse (muy caliente, muy caliente) después del acto le ayudaba a disminuir la sensación de sentirse sucia y el agua llevaba el resto de las tensiones.
En aquella semana ya había tenido un encuentro con el rubio. Aquel hombre arrogante que se transformaba en un caballero indecente cuando sacaba su ropa y le daba placer aparecía de repente. Solía pasar por allí algunas veces para beber en su compañía, pero era angustioso saber cuando él quería tener sexo con ella. Se descubrió en una ruleta rusa.
Se preguntaba cuando él aparecería. Y en las veces en que el camino entrando en el lugar, comenzaba a preguntarse si él la llevaría a un hotel aquella noche o apenas bebería su vino mientras la miraba de esa manera superior, expresando que era él quien dictaba las reglas. Aquel juego ya se había vuelto agotador, pero Sora no parecía cansada. Parecía seducida por la sorpresa.
Estaba lejos, sus pensamientos paseaban por los acontecimientos recientes de su vida y apenas oía la broma que su cliente borracho estaba contando. Sólo sonrió y rió levemente. Le sirvió otra copa y fue cuando lo avistó. Parecía que tenía un súper poder: el de paralizarla. A ver cuando el rubio caminó hacia ella y se sentó en la mesa detrás de ella. No necesitaba palabras concretas para saber que él estaba exigiendo su presencia.
Minutos después, se sentó delante de él. Antes de que pudiera decir algo, él se levantó.
- Vamos.
Abrió los ojos. - ¿Para donde? - preguntó en un hilo de voz en tono de sorpresa.
Los ojos azules recayeron sobre ella y parecían devorarla. Entonces supe. Mordió el labio inferior (costumbre que adquirió cuando percibía que tendría un 'encuentro' con él). Se levantó despacio y asintió con la cabeza. Él se retiró del recinto y ella fue a buscar su bolsa. Sabía que él le esperaba en su coche desde el exterior. Se sentía una corriente eléctrica recorriendo su cuerpo cuando se acordó de lo que esos labios eran capaces de hacer.
No quería admitir. No podía admitir. Pero, le gustaba tener sexo con aquel hombre. Intentaba locamente evitar que se entregara, pero fuera imposible. Su cuerpo hablaba más alto que su razón. Se miró en el espejo y vio (percibió por primera vez) que sus ojos destilaban deseo. Tuvo miedo. Se asustó. Necesitaba mantener su guardia. Se aprovecharía de toda aquella situación, pero no caería en la misma trampa que un día su madre había sido presa.
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Definitivamente eso no era un hotel. Estaban en un gigantesco edificio en el barrio más caro de Odaiba en el único apartamento que había en el último piso. Era espacio y bien decorado, limpio y agradable. Y por el balcón era posible avistar el mar. Sin embargo, estaba incómodo.
- ¿Dónde estamos? - preguntó con la voz cargada de incertidumbre.
Yamato sólo sacó la chaqueta, el traje y la corbata. - En mi apartamento.
Se volvió hacia la chica. Ella estaba usando un vestido negro que le hacía parecer más... Mujer. Se acercó lentamente a ella y no quería esperar. Se alejó un mechón de su pelo y besó con urgencia los labios rosados de Sora. Jugó su abrigo hacia el lado y la tiró hacia él. La cogió en el regazo y la colocó sobre el sofá. La necesitaba. Necesitaba sentirla. Necesitaba tocarla.
Sora estaba asustada. Y al mismo tiempo excitada. Aquel hombre nunca actuó de esa forma antes. Él siempre había sido paciente y respetaba su tiempo. Estaba acostumbrada con él siendo cariñoso y delicado, pero en aquel momento sus caricias eran pura lujuria con un toque de pasión. No podía imaginar que se sentiría bien con eso. Estaba gustando (de cierta forma). Era sensual. Era deseo. Parecía que en sus manos había fuego, que despertaban y quemaban cada célula de su cuerpo.
Percibió que ya estaban sin ropa cuando fue colocada sobre el cuello del rubio. Mientras estaban en medio de un frenesí de movimientos, su boca estaba ocupada con los senos de la pelirroja. El ritmo aumentaba cada vez más hasta que ocurrió una explosión. Se sintió invadida por un líquido caliente mientras su propio cuerpo vibraba en éxtasis. Sí, eso era un juego. Sí, él la estaba usando. Sí, ella se estaba vendiendo. Y sí, ella estaba adicta a sentir ese placer.
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Estaba acostada sobre el pecho másculo, aún en el sofá, cuando Yamato la cogió en el regazo y se dirigía a algún lugar del apartamento. Sentía una extraña sensación con toda esa proximidad. Vio como él la colocaba en el suelo lentamente cuando llegaron al baño. Había una bañera flanqueada con azulejos blancos. Él abrió el registro y dejó el agua caliente correr para llenarla. Ante la expresión de la pelirroja apenas aclaró:
- Tú siempre se bañas después. Pero, hoy iré te acompañar.
Cuando la bañera estaba llena, estiró la mano para que pudiera ayudar a Sora a entrar. La misma todavía estaba ponderando sobre aquello, pero acabó cediendo. Estaba ya en la bañera, con el rubio detrás de ella, masajeando su espalda con una esponja. El agua estaba muy caliente, como le gustaba, y llena de espuma. Su cuerpo comenzó a relajarse y luego ya estaba a voluntad.
- Podrías quedarse aquí esa noche. - propuso el rubio.
- No puedo. - respondió simplemente.
- ¿Por qué? - preguntó curioso. Sabía que recibiría una negativa.
Ella siempre había hecho que él la llevara. Nunca tuve la oportunidad de despertar a la mañana siguiente con la pelirroja a su lado. Y se preguntaba constantemente si un día podría tener esa experiencia. ¿Cómo sería? Antes de que sus pensamientos comenzar a divagar y su mente creara fantasías al respecto, la voz de la chica se hizo presente.
- Mañana temprano tengo que ir a trabajar.
- ¿Dónde? - preguntó desconfiado.
Sora notó el tono implícito, pero decidió pasar. No quería detener una guerra de discusiones a esa hora de la madrugada. - En el mercado Inoue.
Yamato asintió con la cabeza mientras empezaba a acariciar los brazos de la pelirroja, subiendo y bajando lentamente, deslizándose con facilidad con la ayuda de la espuma.
- Entiendo que trabajas tanto, pero... ¿Por qué trabajas en ese mercado? Sin contar que mañana es domingo.
- ¿Y qué es el domingo? No hace ninguna diferencia para mí. - y se quedó en silencio.
Él había tocado en un asunto delicado. Recuerdos cruzaban su cabeza. Su pensamiento comenzó a contaminarse con los acontecimientos del pasado y la rabia se apoderó de ella. No podía dejarse dominar por la desesperación de un pasado no muy lejano.
- Tú no me respondió. - insistió.
- ¿Qué?
- ¿Por qué trabajas allí?
- Porque... Debo mucho a los Inoue. - su mirada se perdió en un punto cualquiera. - Soy extremadamente agradecida a ellos. Si no fuera por el Sr. y la Sra. Inoue y sus hijos, no sé cómo habría aguantado todo lo que sucedió... - necesitaba desahogarse y, admitía, era bueno tener a alguien para oírla. Y sabía que no sería juzgada. No por aquel hombre. - Hace unos dos años, después de que mi madre se enfermó y nosotros perdimos todo lo que teníamos, fueron los Inoue quienes nos abrigaron y nos alimentaron... Aquellos fueron los días más terribles de mi vida... Y ellos estaban allí, a nuestro pero no se importa en mí juzgar... Y hasta hoy... Ellos cuidan de mí... Es por eso que... Lo que yo pueda hacer por ellos, lo haré... Incluso trabajar en el mercado un domingo. - añadió suavemente.
Yamato podía notar la sinceridad de esas palabras. Se imaginó las cosas por las que ya debería haber pasado. Estar sola en el mundo con la madre en ese estado. Comenzaba a entender por qué era de esa forma. Alguien debe haber hecho que sufriera mucho y, por ese motivo, no podía confiar en las personas. Colocó la barbilla en el hombro pequeño y apartó el pelo largo hacia el lado. Vio de relance la expresión de suavidad de ella, parecía que se había librado de una parte de aquel peso que la estaba sofocando. Se sintió feliz.
- Te llevaré a casa. -respondió en un susurro lleno de comprensión y apoyo. La abrazó mientras besaba la cara suave y luego depositó un beso en el cuello mojado. Se sintió impetuoso de seguir besarla y luego las manos, como si tuvieran vida propia, paseaban por el pequeño y frágil cuerpo. Estaba viciado en sentirla, en poseerla, en tenerla.
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Ya estaban vestidos y Sora iba en dirección a sus pertenencias. Yamato la seguía de cerca, como si fuera un cazador en un bosque en la temporada de caza.
- Eres bienvenida a volver a mi apartamento cuando quiera. - dijo con malicia.
- No gracias. Muchas mujeres deben asistir a este lugar. - respondió con desdén mientras cogía su bolsa.
- Ahí que se equivocas. -repuso Yamato mientras cogía la llave del coche. Paró al lado de la pelirroja con una mano en la pared y se acercó a ella. - Tú fue la primera mujer que entró en este apartamento. Se sientas privilegiada. Incluso honrada.
- Tal vez me sienta así cuando tener un cuarto de la mitad de su ego. - ironizó.
Yamato se rió. Aquella chica tenía el poder de no dejarse llevar y no darle ninguna apertura. A pesar de las innumerables veces en las que ella refería que aquello era un juego y que era él quien estaba dictando las reglas, sentía que por más reglas que pudiera dictar, ella siempre estaría en el mando. Tal vez fuera la mirada. O la postura de dominio. O la frialdad acompañada del orgullo. O la inocencia escondida en las tímidas caricias que intentaba impedir.
- ¿Jamás recibiré un elogio de su parte?
- ¿Por qué esta necesidad narcisista de recibir mis elogios?
- Siempre alabas a sus clientes. Excepto a mí. Y soy el mejor de todos. En varios aspectos. - protestó cortésmente.
Sora se quedó mirando. Sabía que estaba con todas las cartas en la mano. Vio la expectativa en los ojos azules. Pero no le daría ese sabor. - Para el inicio de la conversación, ni su nombre lo sé. - concluyó con una sonrisa cínica.
- Ah sí. Es verdad. Tienes toda razón. Como pude ser tan descuidado. - concordó con la misma sonrisa cínica. Se acercó aún más hasta que sus labios estuvieron cerca de la oreja de ella. - Yamato... Mi nombre es Yamato Is...
- Bonito nombre. - dijo Sora mirando sus uñas.
Yamato se rió y se alejó lo suficiente para mirar el rostro de Sora. - El primer elogio que me das.
- Técnicamente, no te he alabado. Lo dijo que su nombre era hermoso. Por lo tanto, en un raciocinio simple y lógico, se puede decir que en realidad hice un elogio a la persona que escogió su nombre. - terminó con una sonrisa victoriosa. - Ahora, si no te importa... - se dirigió a la puerta.
Yamato sonrió mientras pasaba la mano por el pelo. Esa pelirroja acababa con su salud mental. Tendría un colapso. Colocó las manos en la cintura mientras negaba con la cabeza. Estaba frustrado. Perplejo.
- Si no me lleva, me pague un taxi. - habló desde la puerta.
Su sonrisa aumentó. Definitivamente, los papeles estaban invertidos. Ella era la jugadora de la vez. - Ya voy. - dijo resignado.
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Los dos hombres, vestidos en trajes elegantes e impecables, adentraron en el recinto. Se fueron a un lugar más reservado.
- Ah, Matsuda. Hace varios años que no asistía a un club. - aseguró el más viejo.
El otro rió levemente. - Nunca es tarde Takarashi-san. Una buena bebida en una noche tan festiva como esa merece una buena compañía. -explicó alegremente.
En cuanto entraron, Shinji Matsuda había pedido por la botella más cara de la casa y por las mejores chicas. Horas después, los dos estaban animados con las cinco chicas que les hacían compañía.
- Y entonces, hoy estamos aquí... conmemorando el matrimonio de mi adorable hija con este gran hombre. - dijo Takarashi Minao mientras proponía un brindis. - ¡Kanpai!
- Es un honor estar en su familia, señor. - aseguró Shinjiro.
- Necesitamos conmemorar adecuadamente, ¿no crees? -gritó el más viejo. - ¿Qué tal pedir también por la chica más cara del lugar, mi querido yerno? - sugirió maliciosamente.
- Buena idea. ¿Uno de ustedes es la chica más cara de la casa? - preguntó Shinji, viendo todas negar con la cabeza. - Entonces, muchachas, pueden retirarse, por favor. Y pidan que esta chica venga hasta aquí.
Minutos después, la conversación animada de ellos fue interrumpida con la llegada de alguien. Una chica estaba en una breve reverencia. El vestido azul corto mostraba un cuerpo que dejaría a cualquier chica con envidia. El pelo era brillante y de lejos se notaba que era suave. Pero cuando su rostro apareció...
...
...
...
Takarashi quedó muy satisfecho. Era una niña con rostro perfecto. Tenía expresiones delicadas, labios bien delineados, ojos almendrados, cara rosada naturalmente y rostro suave, casi sin maquillaje. En el conjunto completo de la obra era una mujer muy deseable. Sentía que sus instintos masculinos eran aflorados. Una preciosidad de aquella no debería ser desperdiciada sólo en conversaciones. Era su noche de suerte. Podría disfrutar de un buen cuerpo joven y caliente.
Shinji comenzó a sudar frío. La expresión de sorpresa de ella había sido sustituida por una de desagrado y asco. Vio como ella se sentó en medio de un suspiro. Con la expresión seria y desafiante, sirvió la bebida en los vasos vacíos. De pronto, vio cómo su futuro suegro prácticamente comía a la niña con los ojos. No podía emitir ni una palabra siquiera. Entonces, era así que ella sobrevivía. Se tragó en seco e intentó hablar algo.
- Eres realmente maravillosa, mi joven. - dijo Minao. - No me sorprende que sea la mejor.
Sora estaba con una sonrisa irónica en la cara. - Gracias Señor. - respondió amablemente. - La belleza es de familia.
- ¿Ah, sí? - preguntó el viejo. - ¿Quién en su familia tiene genes tan buenos? - preguntó riéndose de buen grado.
- Creo que es mi madre. ¿No crees Matsuda-san? - dijo Sora inocentemente mirando de manera inquisidora para su padre.
Shinji sentía cada músculo temblar y un sudor frío comenzó a brotar de su frente.
- Oh, entonces se conocen.
- Sí, muy bien. Somos prácticamente íntimos. - aseguró con confianza.
Minao vio en esa frase la oportunidad perfecta. Aquella sería fácil de conquistar. Si ella ya había estado con su yerno anteriormente, significaba que también estaría con él mismo dentro de poco. - Bueno, en ese caso... Los dos también podríamos hacernos íntimos. - dijo tomando un trago de su bebida. - ¿Qué piensas?
Sora cerró los ojos por un momento. Y se rió. Los abrió lentamente y sonrió provocativamente. - Más íntimos de lo que ya somos, Takarashi-san? - preguntó con una mirada fría.
- ¿Cómo? No estoy entendiendo... Matsuda-san, ¿qué está pasando?
- Bueno, Takarashi-san... Es que ...
- Por casualidad... - interrumpió Sora con malicia. - ¿No me reconoces... Abuelo?
El señor abrió los ojos, tomado por el susto. - ¿Qué?... ¿Qué me llamaste? ¿Abuelo?... ¿Qué está pasando aquí?
- Qué cosa fea, abuelo. - se burló con ironía y descuido mientras negaba con la cabeza. - Soy yo... Sora... Takenouchi Sora...
Shinji apenas bajó la cabeza inconformado con la situación. Minao no sabía cómo reaccionar, se quedó con la boca abierta en espanto sin poder emitir un ruido siquiera. Sora se levantó lentamente y se paró delante de ellos, llamando su atención.
- Después de todos estos años... Yo crecí bien, no es así? - preguntó con una gran sonrisa. - Si me dan licencia. - y por el mismo lugar que había entrado, salió. Con pasos altivos, dejándolos allí.
Pasó directamente por las personas del lugar. Caminó apresuradamente hacia la salida. Ni siquiera tomó sus cosas. Sólo fue a la calle. Aquel se había convertido en el peor día de su vida. Corrió sin rumbo por la calle. Estaba lloviendo fuerte y estaba frío. Nada de eso la incomodó, pues el dolor la estaba consumiendo totalmente. ¿Qué podría decir? Aquellos hombres eran la peor escoria del mundo. Una basura. Sucia. Lloraba desesperadamente. Estaba sofocada con tanto dolor, con tanto sufrimiento, con tanta humillación.
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Acordó asustado. Se sentó en la cama y se puso las manos en la cabeza aturdida. Miró el reloj en la cabecera. Eran dos y cuarenta de la mañana. Comenzó a murmurar e hizo mención de acostarse cuando nuevamente la campanilla tocó. Y tocó de nuevo. Y de nuevo. Y insistentemente. ¿Quién podría ser? Mataría a quien fuera si no hubiera una justificación plausible. Levantó con pesar y se encaminó hacia la puerta. Estaba enojado y de mal humor. Él suspiró profundamente cuando oyó de nuevo ese ruido resonar por la casa.
- ¡Ya voy! - gritó con furia.
Y entonces le gustó el silencio que se formó de nuevo. Destrancó la puerta sin preocuparse de verificar de quién se trataba. Sabía que el individuo detrás de aquella puerta estaba en serios apuros. Ya iba a vociferar algún insulto cuando sus ojos vieron una pequeña figura empapada de los pies a la cabeza.
Vio como el vestido azul, que alcanzaba la mitad del muslo, estaba clavado a las curvas del cuerpo femenino y goteaba agua por el suelo. El pelo suelto estaba pegado por su cuello, hombro, cara y espalda dándole un aire de sensualidad. El cuerpo temblaba sutilmente, tal vez debido al frío que debía estar sintiendo en ese momento. Y fue su rostro que más le llamó la atención. Su expresión era de ferocidad y determinación.
Cuando pensó en hablar algo, ella actuaba rápidamente. No llegó a ver lo que había sucedido, pero notó que ella lo había empujado hacia la pared, cerró la puerta al entrar y lo besaba sin pudor alguno. Aquel beso era totalmente diferente de todos los que habían compartido hasta el momento. En él contenía lujuria, deseo y rabia. Desgraciadamente, para su asombro y excitación, la muchacha empezó a acariciarlo por encima de las ropas de forma provocativa.
Yamato comenzó a gustar y entrar en el clima. Sus manos con destreza comenzaron a acariciar el cuerpo helado por encima de la ropa empapada. Verla mojada de aquella forma le había encendido completamente. Ella estaba tan sensual, tan provocativa, que de repente sus fantasías empezaron a tomar forma. Correspondería de la misma forma e intensidad la invitación de aquella alma roja que se incendia. La jugó en la pared al frente mientras devoraba los labios dulces de la pelirroja con ardor.
Sentía cómo el cuerpo frágil se estremecía, pero esta vez de placer. Comenzó a besar su cuello y delineando la figura ardiente, mientras las manos delicadas se aventuraban por debajo de su camisa, alisando su pecho y luego clavando las uñas por sus espaldas. Eso lo llevó a la locura. Ella parecía más una leona lista para atacarlo. Y de repente se cogió queriendo descubrir cómo sería dominado por toda aquella pasión desenfrenada e implacable. Notó cómo la chica lentamente se alejaba de la pared y lo empujaba hacia la habitación. Lo derribó en la cama y mirando a sus ojos comenzó a quitar las prendas, una a una, para deleite del rubio. La mirada ardiente de la muchacha le prometía una noche salvaje y aceptó la idea delirante.
CONTINÚA…
