Capitulo 3
-¡Arleen!- Grité. Luego miré la cara conmocionada de José, que sostenía aún en las manos la pala con la que la había golpeado- ¡Grandísimo hijo de puta!- Rugí mientras me abalanzaba sobre él. Soltó la pala y se protegió con las manos.
-¡Espera! ¡Creí que erais caminantes!
-¿¡Caminantes que abren puertas con picos! ¡No me hagas reír!- Enfurecida, le agarré del cuello de la sudadera. Una sudadera gris con rallas oscuras. Le miré de arriba abajo. Tenía el pelo sucísimo, algo sorprendente sabiendo lo que es para él. Estaba muy delgado.
-Vaya, veo que has aprovechado para perder un poco de peso- Él se sonrojó.
-No… no he… salido de aquí. Yo… Cuando atacaron, intenté defenderles, pero… Les atraparon, y yo… No podía soportarlo. Así que me he escondido aquí. Ya casi no me quedaba comida y estaba planeando salir cuando habéis montado todo ese barullo ahí fuera. Estaba… asustado.
-¿Tú admitiendo eso? Ésto se pone interesante- Sonreí con malicia. Luego me acordé de Arleen y le solté.
-Arleen, ¡Arleen!- Susurré. Le di suaves palmadas en la cara, y su mano vacilante me paró.
-No… te atrevas- Gruñó- Ya me duele suficiente la cabeza…. ¿José?- Éste se acercó y se acuclilló a su lado.
-¿Estás bien?- Sonaba preocupado.
-Que sepas… que como me salga un chichón te hago eunuco- Masculló como respuesta. No pude evitar reírme.
-¿Te encuentras con fuerzas para salir? Te recuerdo que un caminante manco nos espera en…- Maldecí al mirar a José de nuevo. Éste se la quedó mirando, extrañado.
-¿Un caminante manco?
-Olvídalo- Gruñí apoyando a Arleen en mi hombro y ayudándola a levantarse.
-Eh… no recuerdo haber dicho que me encontrara ya bien- Gimió. Le di unas palmaditas en la espalda.
-No podemos perder más el tiempo, un placer volver a verte, ¡Hasta luego!- Arleen me paró.
-¡Espera! ¿No puedo ir con vosotras? ¡No quiero estar solo!- Gimió José.
-¿Cómo que no se viene?- Dijo Arleen entre mosqueada y acusadora.
-¿Qué? ¿En serio?- La miré de hito en hito- Antes hablábamos de sodom…- Su mirada me dijo que no era buena idea seguir.
-¿Sodomizar? ¿Se puede saber a qué habíais venido en realidad?
-Pues a…
-A por provisiones- Me cortó Arleen- Pensábamos que estaríais todos zombificados, y para no decaer el ánimo, bromeamos con… cosas macabras- Se excusó. Luego comenzó a subir las escaleras, tambaleante- Por cierto José…- Dijo mirando hacia abajo- ¿Y tu perro?- Éste bajó la mirada, entristecido- No me digas que…
-Me salvó… de mi madre. Ella lo descuar…- Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Era raro ver a ese chico llorar.
-No, José, no era tu madre, ya nadie es quien era. Venga, vámonos antes de que aparezcan más- Se echó el pico al hombro, se tambaleó un poco, y salió por la puerta.
-Tiene cojones, lo que tengo que aguantar, ahora a un egocéntrico malcriado…- Seguí farfullando casi todo el camino, con José detrás. No sabía si quería o no que me escuchara. De todas formas, después de ver su cara, pensé que ni aun gritándoselo a la cara se largaría. No caería esa suerte. Obviamente, dejamos al hermano manco de José en la casa, sin comentarle a él nada de lo que teníamos pensado hacerle. Él se sentó en la parte de atrás del coche, y empezó a mirar por la ventana, ausente. De pronto, una cabeza desdentada y semipodrida se aplastó contra el cristal de detrás, el que separaba el compartimento del coche con el gran maletero, y José dio un grito.
-¡Gilipollas! ¿¡Qué quieres? ¿¡Que nos maten! ¡Para eso te quedas en tu casa!- Él miraba horrorizado al zombi, que trataba de romper el cristal, o atravesarlo. Iluso.
-¡Hay un zombi ahí! ¡Hay un zombi ahí!- Gritaba cada vez más alto.
-¡No jodas! Y yo que pensaba que era una linda mariposilla que se había colado atrás. ¡Ya lo sabemos imbécil! Deja de llamar la atención- Arleen se reía entre dientes mientras conducía. De pronto, un zombi se echó encima del capó, y acabó convirtiéndose en un bache orgánico para nuestro auto.
-¿Para qué coño queréis zombis?- Ahora susurraba. Desde luego, éste tío era idiota.
-Para enseñar a los perros a defendernos- Gruñí.
-Pero si…
-¡Se acabaron las preguntas! ¡Aquí mando yo! ¿Entiendes?- Arleen carraspeó- Bueno, ¡Nosotras!, así que más te vale andarte calladito y no cuestionar nuestras órdenes, forastero, o acabas de patitas en la calle. En la más llena de zombis que encuentre, claro- José masculló algo y luego se sentó ligeramente ladeado, para ver por el rabillo del ojo a los bichos, y lo más alejado posible. Me reí. Miedica…
Y ese fue el papel que representé con cada añadidura al grupo. Sí, señores, reclutamos a más gente. Algunos del pueblo de al lado, otros de la ciudad cercana, y solo una persona más de este pueblo, Araxiel.
Era una amiga nuestra desde hacía alrededor de seis años, uno menos de los que hacía que nos conocíamos Arleen y yo. Fue gran amiga nuestra en su tiempo, pero luego la amistad se enfrió cuando empezó a salir con un chico obeso y universitario, que cambió su chip de pueblerina pro a pueblerina-casada-y-ama-de-casa, y dejando al resto del mundo de lado. Aun así, y para su suerte, no desapareció del todo.
Poco a poco parecíamos una comuna. Al principio, los nuevos lloriqueaban que habían perdido a sus padres, hermanos, etc. Luego, tras participar en una o dos limpiezas de zombis que hicieron del pueblo, en las que aprovecharon para descargar toda su adrenalina, volvieron a ser un poco más felices.
-Menos mal- comentó una vez Arleen- que el ser humano es capaz de hacerse inmune a cualquier cosa, por horrible que sea, e incluso comenzar a disfrutar de ello- Todos asintieron, comentando lo bueno que era, pero yo la miré, preocupada. Me había parecido notar un deje de amargura en su voz.
Nos fuimos repartiendo las tareas, haciendo grupos. Nunca jamás nadie iba solo al pueblo, mínimo una persona más, pero lo aconsejable eran tres. Seguimos practicando con las armas, y el entrenamiento de los perros fue mejorando notablemente. Ya cada vez teníamos menos miedo.
¡Pero bueno! ¿Qué modales son éstos? Se me ha pasado presentaros a los nuevos fichajes. En fin, empecemos por el principio.
José, como bien dijimos antes, era el exnovio de Arleen. Habían salido durante dos años, tras los cuales, en fin, la cosa se enfrió y lo dejaron. Y la verdad, por aquél tiempo le dio una neura de superioridad, pero se le pasó (cofcofparasubiencofcof). La verdad es que nos venía que ni pintado, por su cinturón marrón en kárate. Vale, no era un cinturón negro 5º down, pero contra cosas que sólo saben agarrar y morder, no está tan mal. Y funciona, créeme. Sobretodo cuando, al hacerle una llave a un bicho, en vez de lanzarlo al suelo simplemente, de paso te llevas un brazo medio podrido y cosas por el estilo. Además tocaba la guitarra, a la que, tras una semana en la que se tranquilizó notablemente, nos hizo ir a buscar, aunque sabía de sobra que de hacer mucho ruido nada, que nuestros nuevos vecinos mordían. Bueno, y a parte de todo eso, José había sido amigo nuestro cuatro años antes de su relación con Arleen, así que le teníamos un poco de aprecio. Pero solo un poquito ¿Eh?, que luego me tacháis de sentimentalista.
El segundo fichaje fue Araxiel, a la que su amado novio obeso casi se la come, literalmente. Lo admito, salvarla fue muy divertido, y mirarla desde el cadáver de éste, más. Obviamente se enfadó, pero bueno, luego entró en razones y se vino. Os contaré un secreto; en la cocina nos encontramos a una chica, Eulalia, muy amiga de su hermano, y una grandiosa zorra que había intentado amargar la vida de mi queridísima amiga Arleen. Digamos que llevaba poco tiempo convertida, y todavía no había sufrido los estragos de la putrefacción (Que es como la vejez pero en exagerado) y disfruté de lo lindo clavándole un brazo en la encimera de la cocina para dejar a Arleen el resto. Salió llena de tripas de cabeza a pies.
El tercero fue un chico de nueve años que luego descubrimos que se llamaba Joanet. No sabía nada de su familia, y milagrosamente había sobrevivido solo encerrado en su casa. Cuando lo encontramos daba penita, pero luego, la verdad, es que el chico se convirtió en el alma del grupo, siempre feliz, siempre dando ánimos, con más energía que nadie… Con esa sonrisa de niño pequeño en la boca que le hacía adorable… Hasta aquél trágico día, pero no adelanto más, que esa es otra historia.
Luego estaba Rachel, amiga nuestra, con la que íbamos a quedar el día que ocurrió todo, y Dustin y Ayrton, que se habían encontrado tras lo ocurrido en Huelva y, junto con algunos más, habían sobrevivido. La verdad, que nos encontrásemos fue una suerte, pues en realidad iban a una urbanización bastante lejana, donde, por casualidad, nos encontrábamos buscando comida Araxiel, Joanet y yo. A Arleen casi le da algo de la alegría al verles… Y casi se muere al ver quién iba detrás, Dero, un rollete bastante… capullo, al que iban a salvar en el momento en el que nos encontramos Rachel, Dustin, Ayrton y nosotros. Con él sí os seré sincera; duró dos días. Unos zombis acorralaron a Dustin y Araxiel, y él se resbaló del promontorio por donde habían escapado, no pudieron hacer nada por él.
Y aquí estamos, Rachel, Dustin, Ayrton, Araxiel, Joanet, Jose, Arleen y yo, sobreviviendo a un apocalipsis zombi con picos, palas, arco y perros. Si me lo llegan a decir meses antes, ni me lo creo.
Hacía luna llena, así que pusimos la mesa fuera. Era un placer comer allí, a la luz de la luna y de unas velas, todos juntos. Esa noche tocaba un revuelto de dudosa composición, hecho por Lluvia, claro, pero bueno, quizás sus dotes culinarias no fueran las mejores, pero era lo que había. Y tampoco importaba mucho. Era un día feliz, y después de un duro día, cualquier cosa era un manjar.
Comimos manteniendo una animada charla. Joanet nos contó cómo Simba, uno de los perros, había destrozado a un zombi de un salto. Hacía muchos aspavientos con las manos, lo que nos hacía reír a casi todos, era increíble la pasión que le ponía a todo. Luego, Dustin nos dio la alegre noticia de que habían encontrado cómo entrar en cierto kiosco gracias al cual tendríamos más pan duro y comida, aparte de una ingente cantidad de chuches. Y más tarde me contó a mí relatar el fructífero paseíto que nos habíamos dado Araxiel, Lluvia y yo por una urbanización cercana. Ahora no sólo teníamos dos perros más a los que poder enseñar, que hacían un total de 12, sino mucha más comida canina gracias a un criadero abandonado y armas nuevas, entre ellas, una hoz como la que siempre le dibujamos al lado a la parca, que me agencié enseguida. Si la mantenía bien afilada, se convertía en una interesante arma a distancia que podía fácilmente cortar en dos a un zombi… O dos.
Mientras algunos acababan y otros iban a por los postres, con una pobre excusa de cansancio y de la necesidad de una ducha, me dirigí al baño. Allí me encerré, y con cuidado me quité la camiseta y la venda que me protegía el brazo izquierdo. Tres arañados un poco profundos se dejaron ver bajo éstas. Supuraban, infectados. Llevaba desde la unión de José al grupo con ellas, y ya casi me había acostumbrado a la continua sensación de entumecimiento de la zona y al dolor punzante cada vez que movía el brazo. Lo mantenía en secreto, aún a sabiendas de que era poner en peligro a todos. Pero no quería morir, y por el momento parecía que no eran peligrosas. Una vez más, las limpié cuidadosamente, las presioné para que echaran todo el pus, luego eché alcohol, aguantando las ganas de gritar. Lavé las vendas y me duché. Luego, después de secar las vendas con el secador y mi pelo, me eché una crema que teníamos de cuando a mi madre la operaron, que servía para hacer cicatrizar heridas, y las volví a vendar. Luego, me puse el pijama y salí del baño. Nadie podía enterarse, siquiera Lluvia, así que limpié todo a conciencia antes de que nadie entrase. Era un secreto que debía guardar por mi bien y por el de los demás. ¿Quién confiaría en mí si se enterara de que uno de aquellos zombis me había arañado?
