CAPÍTULO 2
"EL PRISIONERO"
Muy lejos de Camelot, se levantaba un viejo castillo custodiado por el mismísimo diablo. Pocos y valientes caballeros se habían aventurado para liberar el lugar de tal poderoso mal. Pero ninguno había regresado airoso, todos habían muerto en el intento. En una de las frías salas se hallaba un joven durmiente. En su sueño, el cual le había acompañado todos esos años, escuchaba la voz asustada de una niña llamándolo sin cesar. Pero lo único que veía era un blanco corcel similar a su actual montura, relinchando y él, a lomos del caballo, adentrándose en un oscuro bosque.
Abrió los ojos de golpe, confuso como todos los días desde que era pequeño. Su padre le había dicho que no le diese importancia, que con el tiempo olvidaría ese mal sueño y desaparecería. Sin embargo, no había sido así. Había estado escuchando la voz de esa niña en sueños durante los últimos 9 años. Refunfuño por lo bajo y se levanto del viejo trono y camino hasta uno de los balcones. Su hogar era oscuro, la ceniza caía como una eterna nieve. Los árboles de troncos negruzcos y escasas hojas. Admiro la totalidad del reino de su padre, cuando un aleteo le llamo la atención. Ahí, a pocos centímetros, un pequeño gorrión estaba posado en la barandilla de piedra. El erizo, dudoso, extendió su mano hacía el animal. Pensó que se asustaría de él, como muchos tendían a hacerlo, mas el animal se subió a su mano y dejo que él lo acercase hasta casi rozar su pico con la punta de su nariz.
- Que hermosa criatura. Sois libre de ir y venir a dónde os plazca. No sabes la envidia que me das, pequeño amigo – El ave pió una especie de canto y el oscuro príncipe sonrió. Algo que estaba prohibido. – Vuela, sé libre y ve a un lugar mejor.
El príncipe observo como el pequeño gorrión alzaba el vuelo hasta perderse en el cielo. Entonces sintió una sensación extraña en el pecho pero se rehúso a prestarle atención. Si el rey se enteraba de lo que había ocurrido, seguramente le castigaría por no haber sucumbido totalmente a la oscuridad aún. Un criado llamo y abrió la puerta.
Su alteza desea verle en los jardines del palacio, mi príncipe – Hizo una reverencia y se perdió en los pasillos del castillo.
Cuando encontró a su padre en el jardín este apenas reparo en su presencia. Admiraba un arbusto de belladona en el cual las pequeñas bayas negras habían empezado a crecer. El erizo de tez morada parecía estar maravillado ante este suceso natural.
- ¿No son hermosas? Un fruto negro como la noche más oscura, tentador, hermoso y… mortal. Con sus raíces o sus frutos se puede matar o dejar en un eterno sueño a una persona. Cosas así hacen que mi incline ante las maravillas que nos brinda la tierra. – El rey sonrió dejando a la vista sus afilados colmillos. Miro a su hijo que lo miraba serio, expectante. Lo miró de arriba abajo y lo miró disgustado – Parece que aun no has terminado de unirte totalmente a tu oscuridad. Puedo ver que hace unos momentos has sentido bondad en tu corazón.- El erizo palideció y balbuceo mientras negaba con la cabeza.
- Padre…yo… os juro que no volverá a pasar. Aceptaré la oscuridad, me volveré uno con ella pero por favor no me castiguéis, no… ¡AGH! – El joven se llevo las manos a la cabeza mientras se retorcía de dolor. Gemía y rogaba que se detuviese, pero el rey lo miro con ojos fríos y llenos de oscuridad.
- Aun eres débil y queda luz en ti. Pero no te preocupes mi príncipe, me encargaré personalmente de sustituir vuestros puros sentimientos por odio y maldad. Y al fin entonces seréis un digno hijo y rey.
El joven intentaba aguantar las lágrimas mientras se mordía el labio inferior. Un sabor metálico le vino a la boca, sangre, su sangre. Siguió retorciéndose unos instantes más hasta que el rey decidió liberarle del hechizo y retirarse. El príncipe, en cambio, quedó tendido en el suelo con un hilo de sangre derramado de sus labios. No era la primera vez que su padre le castigaba por tener buenas intenciones, había soportado todo tipo de torturas, embrujos y agonías hasta que la oscuridad empezó a tomar parte de su ser. Pero la luz que había en él se resistía a desaparecer y eso provocaba que él terminase herido o dolorido.
Se tragó su herido orgullo y regreso a sus aposentos arrastrando los pies. Dentro de su habitación se sentía algo más seguro, lejos de la dureza y los castigos de su padre. Miró su reflejo en uno de los espejos de cuerpo entero, examinó el color azul marino de sus púas. Estaba oscurecido pero aún muy lejos del color negro que le exigía su padre. Ya que, según él, en el momento que alcanzase ese tono de piel su oscuridad y él serían un único y poderoso ser. Y solo así podrían destruir los reinos vecinos y extender su reino de maldad. Resopló, tomó su espada y se tumbó en la cama.
Juró por mi espada que, a partir de hoy, seré el caballero más despiadado de todos. Cueste lo que me cueste.
Llevaban gran parte de la mañana reunidos discutiendo sobre el tema. El rey Jules descansaba sentado en su trono mientras escuchaba a su mejor caballero relatar las temibles imágenes que le había mostrado la Dama del Lago. Su esposa se había retirado en cuanto vio a Sir Lancelot irrumpir en la sala del trono con tanta premura. El rey pensó que seguramente estaría disfrutando de su desayuno o paseando por los jardines con la mirada perdida, esperando encontrar a su pequeño dormido entre las flores. Ese pensamiento cayó sobre el erizo como una jarra de agua fría.
Entiendo lo que queréis decirme, Sir Lancelot. Mas aún no hemos tenido noticia de ningún ataque a cualquier pueblo vecino desde hace tiempo.
Soy consciente de ello, su majestad, simplemente os ruego que aumente la vigilancia en las murallas de Camelot para evitar cualquier desgracia.
Hare cuanto esté en mi mano, podéis retiraros caballero. He de acudir al desayuno y mi esposa me estará aguardando – El rey le dedico una cálida sonrisa al joven antes de abandonar la sala y dejarlo solo.
Tras las imágenes grotescas que Nimue le había mostrado, Lancelot carecía completamente de apetito. Subió las escaleras para poder recostarse hasta que los entrenamientos comenzasen. Abrió la puerta y vio una sombra moviéndose tras la cama. Desenvaino su espada y se acercó cauteloso dispuesto a clavarle el arma en la espalda. El intruso estaba tendido en el suelo, confundido, la sabana había caído sobre el y le cubría entero. Iba a terminar el trabajo cuando un travieso rayo de luz se reflejo en su espada advirtiendo de su presencia armada a la persona tapada por la sabana. Este reacciono antes de que el erizo se diese cuenta, lanzándole lo primero que alcanzo con su mano. El caballero maldijo en voz alta intentando ver el rostro de su agresor, pero este no dejaba de lanzarle cosas: cojines, la silla de su escritorio, la botella de cristal donde guardaba la tinta… El fuerte golpe de una vasija de agua le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas al suelo. Confundido y desorientado se percato de una voz de una mujer asustada.
Intente hacerme algo y juró que os abriré la cabeza con el candelabro- La joven se acerco con el pequeño candelabro de metal en alto. Se arrimo cautelosa para levantar el yelmo manchado de tinta. Ahogo un grito y el candelabro se resbalo de sus manos. - ¡Sir Lancelot! Oh, por el Poderoso, perdóneme. Pensé que seria algún intruso. Aceptare el castigo que me imponga, lo lamento, lo lamento, lo lamento.
¿Chris…Christina? – Lancelot se llevo la mano a la cabeza, sino hubiera llegado a llevar el yelmo seguramente al día siguiente tendría un prominente chichón en la frente. Miro a la eriza amarilla que estaba arrodillada a su lado intentando ayudarle después de haberlo dejado K.O.
Si, mi amo, soy yo.
Veo que Lady Kayley te ayudo a mejorar tu puntería. Demasiado bien diría yo…- Comento sarcástico mientras se quitaba el yelmo y lo lanzaba a un lado. La joven miro la manta que se le había caído encima cuando tropezó, las ganas de que la tierra la tragase o meramente esconderse eran muy alentadoras.
Si deseáis que deje de acudir a los entrenamientos con Lady Kayley solo decídmelo y obedeceré su voluntad – Se mordió el labio, no quería dejar de pasar esos pequeños ratos con la joven arquera aprendiendo a defenderse, pero Sir Lancelot era su amo y sabía que ese era un castigo benevolente tras su osadía. Sin embargo, Lancelot se limito a ponerse en pie y limpiarse los restos de tinta negra.
Déjeme, señor, yo le limpiare – Sacó del bolsillo de su delantal un paño de limpiar pero el erizo negro le sujeto por la muñeca- ¿Se-Señor?
Miraos… Aun seguís siendo igual de torpe – La miro fijamente a la cara y ella sintió como sus mejillas empezaban a arder debido a la penetrante mirada de su amo –Os lastimasteis la frente, será mejor curaros.
Christina se llevo la mano a la frente, no se había percatado que sangraba. Ni siquiera de la herida que se había hecho al resbalarse y caer al suelo. Lancelot le arrebato el paño de las manos y se alejo de ella. Le siguió con la mirada mientras él hundía la tela en una vasija con agua y volvía para ponérsela sobre la herida. Estuvieron en silencio hasta que la herida dejo de sangrar, el erizo cogió la sábana blanca que aun seguía en el suelo y desgarró una tira de tela. Rodeó la cabeza de la doncella con la tela e hizo un pequeño nudo para tapar la herida. Tras terminar rápidamente el improvisado vendaje, el erizo se puso en pie y le tendió la mano a la criada. Esta acepto con cierta reserva, no era propio de un amo tratar de esa manera a sus criados, pero luego cayo en la cuenta de que aquel erizo de pelaje negro con vetas rojas no se parecía en nada a cualquier caballero que habitaba el reino.
La próxima vez tened más cuidado o podrías terminar haciéndoos algo grave.
Muchas gracias, mi señor. En seguida arreglo es estropicio que mi torpeza a causado- Hizo una reverencia y dio la espalda a Lancelot.
No, dejadlo. Ya lo haré yo, ahora marchas seguro que tendréis otras tareas que atender.
Insisto, mi señor, es mi trabajo encargarme de la limpieza del castillo no sería una digna criada si ni recoger un par de sabanas y objetos caídos pudiera hacer. A fin de cuentas, a una no la pagan por hacer bonito.
Y dando por zanjada la conversación la eriza amarrilla tomo la sábana caída en el suelo y con agilidad la volvió a colocar sobre el colchón. Lancelot seguía los movimientos de la chica por sus aposentos, se movía con rapidez y algo de torpeza mas en menos que canta un gallo el cuarto estuvo recogido.
- Mi señor entregarme su queréis vuestra armadura y la llevaré con gusto a la lavandería para que os limpien los restos de tinta – El caballero asintió y se quito con dificultad la armadura que le cubría el pecho. Christina la tomo con la cabeza gacha y luego se agacho a tomar el yelmo. Hizo una reverencia y salio dejando al erizo bicolor solo.
No muy lejos de allí, Jules recorría los pasillos de piedra cubiertos de tapices en busca de sus aposentos. La gran puerta iluminada por dos candelabros de pared a cada lado se abrió justo cuando el rey iba a entrar. Una eriza de tez morada se choco en el pecho del erizo azul.
-¿Aleena? – La aludida alzo sus ojos azules enrojecidos por el llanto- Querida mía…
-Jules… Yo…- Su voz sonaba ronca y su fuerza se había esfumado. La reina hundió la cabeza en el pecho de su esposo en busca de consuelo.
- Shh… Tranquila. Estoy aquí con vos… - La rodeo con sus brazos y espero en silencio mientras ella lloraba en su hombro. Cuando se recompuso ambos entraron en el dormitorio. Una cama de matrimonio se encontraba en el centro de la habitación, doseles de terciopelo rojo caían a los lados hasta tocar el suelo. Las paredes estaban adornadas con pequeños tapices que ilustraban paisajes y criaturas mitológicas. Había también escudos de armas relucientes en escudos y dos espadas de acero cruzadas tras el formando una "X". También había un pequeño balcón de piedra que daba a los jardines traseros del palacio. La eriza morada se sentó en el borde de la cama y su esposo a su lado tomando su mano entre las suyas. La miro a los ojos con una tierna sonrisa de medio lado a la Aleena respondió con una tímida curva de sus comisuras hacia arriba.
- Aleena, se que a medida que se acerca el día el recuerdo de nuestro hijo martillea con más fuerza en tu cabeza. Se que no puedo exigirte más pero sabes tan bien como o que pronto se celebrará el Baile de la Cosecha y como reyes debemos estar presentes y no pueden vernos desolados y débiles.
- Lo sé, querido, lo sé. Ruego que me perdones. Os juro que el día del baile no mostraré ápice de tristeza ni…- Su frase quedó en el aire cuando unos labios cerraron los suyos en un beso. Jules le acaricio la mejilla y volvió a separarse.
- ¿A que viene tanto formalismo? Puede que en público seamos rey y reina y debamos hablar con respeto. Pero de las puertas de nuestra a alcoba al interior soy simplemente el tonto Jules del que te enamoraste, ¿o acaso me has tenido engañado fingiendo que me amabas todo este tiempo? – Puso una mueca de dramatismo demasiado exagerado haciendo reír a la reina por primera vez en bastante tiempo. - ¿Con que osa reirse de su majestad, señorita? Creo que merece un castigo
Aleena sonrío juguetona y se recostó en la cama mientras que el erizo azul se ponía sobre ella para evitar que pudiese escapar. Volvieron a juntar sus labios en un beso pero la eriza dejo de lado su papel pasivo. Con una mano acarició las púas del erizo haciendo círculos en la nuca y el cuello produciendo que el erizo gimiese. El cancán de la reina hacía que Jules no pudiese mover su atrevida mano por la pierna de la eriza. Gruño y maldito el momento en el que había sugerido al diseñador real que pusiese un cancan al vestido de su esposa. Con esfuerzo logro echar las faldas a los lados para tener el camino abierto hasta el pequeño paraíso. La eriza morada sonrío he hizo un gesto señalando su vientre.
¿Lo desea, su majestad? – Asintió con rapidez sin quitarle los ojos de encima – Entonces tómelo.
Oh no lo dudes bella dama, ahora mismo pienso hacerlo. Solo espero que disfrute de mi compañía.
Lo haré, mi lord….
Aleena… - Se acerco a ella para darle un apasionado beso mientras su mano se encargaban de los paños menores de la mujer. Estaba apunto de liberarse de sus enaguas cuando la puerta de la habitación de abrió de golpe.
Majestad traigo noticias de… - El joven soldado se quedo estupefacto al ver la escena que tenía ante sus ojos. Durante escasos segundos los tres ocupantes se miraron de hito en hito hasta que el caballero callo en la cuenta de que debía de salir de allí. Y rápido.
¡Lo siento, mi rey! ¡Juro que no he visto nada! – Exclamó mientras abandonaba raudo la habitación. Los reyes se quedaron mirando la puerta por la que el joven acababa de salir mudos de la vergüenza.
Maldita sea… - Jules refunfuño con las mejillas al rojo vivo. ¿Qué pensarían sus caballeros si se enterasen de que un misero mensajero le había descubierto oculto entre las faldas de su esposa? Era lo más normal, a fin de cuentas eran marido y mujer pero eso no le iba a librar del bochorno ante las miradas picarescas y burlonas.
Tranquilo, mi amor. Recuerda: estamos unidos ante el altísimo y podemos tener relaciones cuando gustemos. Aunque admito que eso ha sido bastante incómodo – La reina al segundo rompió el silencio con una sonora risotada.
¿Qué os causa tanta gracia?
La cara del muchacho ¿no te has fijado? Y tu cara roja como su fueses un mozo al que han pillado dando un beso a su novia. Te ves rejuvenecido.
Supongo que no siempre puedo ser el rey serio y formal desde que el sol sale hasta que se oculta tras las lejanas montañas. Aun así, será mejor que vaya a la sala del trono. Debe ser algo de gran importancia para que osen llamarme cuando estoy en mis aposentos. – Se puso la camisa que había lanzado en un arranque de pasión, se colgó la capa a los hombros y se coloco la corona en la cabeza.
Aguardaré impaciente su regreso – Se dieron un beso de despedida y tras eso el rey salió de la sala.
