La primera coincidencia

Nada más terminar John de narrar su historia, todos los niños y Harry cayeron en un profundo sueño. Sherly, en cambio, parecía bien despierto, con la sonrisa pintada en el rostro de la satisfacción por haber escuchado lo que tanto le gustaba.

–Gracias, John. Será un placer dormir siempre después de una de tus historias.

–¿Siempre?... Sherly... ¿Cuánto tiempo tendré que quedarme?

–¿Porqué lo preguntas?¿No te gusta estar aquí?

–Sí, claro. Unos días está bien, pero para siempre... Mis padres están en Londres, Sherly. Y mi hermana y yo debemos estar con ellos.

–¡Pero crecerás si vuelves!

–¿Qué tiene eso de malo? Crecer tiene cosas buenas, Sherly. Puedes trabajar. Formar una familia.

–Yo te cuido. Y aquí no hace falta trabajar. Puedes divertirte eternamente—dijo realmente ofendido.

–Podrías venirte tú a Londres. Se podrían volver ciertas mis historias, Sherly. Sé que eres un genio.

–¡Claro que lo soy! ¡Tú me creaste! ¡Yo existo por ti, John Watson!

Alterado y furioso, Sherly se levantó de la cama y se marchó dando un sonoro portazo que hizo temblar a John.

–Sherly... –. La culpabilidad estrujaba su corazón, y era tan insoportable el dolor, que tuvo que salir corriendo detrás del niño. Pero nada más poner un pie fuera de la casa, unas manos lo silenciaron y aprisionaron.

No sabía quién le estaba sujetando, pero sí asumió que el capitán Moriarty era el que estaba frente a él, sonriendo triunfante.

–Y ahora, joven Watson, Sherly Holmes vendrá a buscarte y cuando lo haga, si te quiere con vida, tendrá que pagarla con la suya—dijo antes de dejar una nota pegada en la puerta.

Sherly voló y voló hasta bien lejos, y una vez se hubo calmado, decidió volver a casa.

No sabía cómo iba a hacerlo, pero John se quedaría con él. Harry podía volver si quería, pero John no. ¿Qué sería de él si John crecía y le olvidaba? No podía permitir que algo como eso sucediera. Quería a John en su vida, y para siempre.

Lamentablemente, a pesar de haber memorizado un monólogo al respecto que pondría la mano en el fuego porque funcionaría para que John se quedase; una extraña nota en su puerta echó todos sus planes al traste.

Tengo a John Watson. Si lo quieres, ven a por el. M.

Arrancó la hoja y la arrugó con rabia. Así que finalmente, Moriarty había descubierto su paradero. Y no solo eso, sino que también había descubierto una de sus debilidades. John Watson.

Esta tarea debía realizarla él solo, así que ni se molestó en despertar a los niños u a Harry. Partió rumbo a su destino. Acabar con Moriarty y rescatar a John. Ahora dejaba de ser un juego de críos. Su enemigo había cruzado la línea entre lo incorrecto y lo insoportable.

Llegó en lo que le parecieron segundos al barco de Moriarty, pero contrariamente a lo que se esperaba, estaba vacío. Ninguno de sus secuaces salió a recibirle.

–¡Moriarty! –gritó esperando que la puerta que daba a su camarote se abriera de un azote.

Nada.

–¡Moriarty, he venido a por John! ¡Será mejor que me lo devuelvas o...!

Mientras hablaba, se fue acercando a la puerta tras la que esperaba ver al capitán. O a cualquiera. La calma le ponía más nervioso.

Sacó la pequeña daga que llevaba escondida bajo la gabardina y abrió con cautela la puerta.

No se esperaba lo que vio.

Moriarty estaba detrás de una gran mesa, sentado, pero su cabeza reposaba sobre la superficie de madera, como si se hubiera dormido.

Al acercarse más, comprobó que no estaba sumido en un profundo sueño. Sino que estaba muerto. La sangre se extendía por la mesa, y goteaba al suelo por uno de los laterales. Y Moriarty tenía los ojos muy abiertos, pero sin enfoque alguno.

–Esto es... –musitó Sherly a medida que lo tenía más y más cerca. Le resultaba familiar. Y no había armas. Nada. Alguien le golpeó en la cabeza. Un solo golpe. Certero. Determinante. Final.

–¡Sherlock!

–...

–Sherlock.

Una mano firme le tocó el hombro y le zarandeó con delicadeza. Al abrir los ojos se topó con John.

–¿John?

–¿Esperabas a alguien más? –preguntó con un deje divertido. –Te has dormido en el sofá. Ve a tu cuarto. Te destrozarás la espalda.

Sherlock se incorporó en el acto. Aturdido. Alterado. Realmente estaba en el salón de su casa en Baker Street.

–Creí que me había ido a dormir a la cama...

–¿Si? Pues en algún momento debiste salir y te echaste en el sillón—dijo John recogiendo algunos papeles que habían tirados bajo la mesita de centro.

–Sí. ¿No recuerdas que salí de la cocina y me fui a mi habitación?

Algo no encajaba.

–¿Cuándo?

Miró detenidamente a John. Llevaba una ropa diferente, así que quizás era el día siguiente y había dormido más horas de las que creía.

–Estaba soñando, John. Algo muy extraño... Creo que fue la influencia de ese libro maldito.

–¿Hablas de los cuentos infantiles?

«¿De eso sí que se acordaba?»

–Lo más extraño del asunto, John, no es que soñara con una historia de esas. Sino la parte final, antes de despertarme. Había un asesinato. Un asesinato que yo ya había visto antes. Tú y yo.

–Sólo tú podías soñar una cosa así... ¿De qué caso se trataba?

–La primera maqueta. ¿La recuerdas?

John se acomodó en el pequeño sillón junto a la chimenea y le miró con interés.

–El hombre muerto en la mesa de la cocina. Cómo olvidarlo.

–Pues en mi sueño... Alguien moría en la misma posición, y diría que en las mismas circunstancias.

John sopesó sus palabras unos instantes.

–Es un caso sin resolver, Sherlock. Comprendo que sueñes con ello. ''El miniaturista'' te trae de cabeza.

Tal vez John tuviera razón. ''El miniaturista'' o ''Asesino de las maquetas'' se había convertido en su obsesión en las últimas semanas. Un asesino tan perfecto a su modo de ver, que no dejaba rastro alguno que seguir para encontrarle. Era un artista. Capaz de recrear maquetas extremadamente realistas de los lugares de sus crímenes. Hasta el último detalle planificado. Incluso los muñecos que simulaban las víctimas, escondían en secreto el motivo de la muerte, lo cual alucinaba más a Sherlock, que, claro está, le atribuía su merecido mérito.

''El miniaturista'' era alguien inteligente. Tenía que serlo. Conocer a sus objetivos, para plasmar tan correctamente los escenarios. Y sobretodo, alguien adicto. Adicto a la muerte. Un asesino en serie de guante blanco.

–He hecho la compra—dijo John sacándole de su burbuja de pensamientos. –He comprado tantas cosas que me ha tenido que ayudar un empleado a traerlas. Deberías haber venido conmigo, Sherlock. No soy tu criada. Compartimos gastos. Tú también comes...

Sherlock le miraba, sin hacerle caso realmente. Le veía mover las manos y los labios. Parpadear. Resoplar. Pero las palabras que pronunciaba no era capaz de escucharlas. Como si John le hablase a kilómetros de distancia.

–Saqué el tarro lleno de dedos de la nevera. Se descompondrán más de lo que están. Lo siento, pero era necesario. Primero la comida.

–¿Alguna vez he visto fotografías tuyas de pequeño, John?

El discurso del mencionado fue interrumpido. John le miró con los ojos entrecerrados.

–¿Qué?

–¿Hay alguna en esta casa?

Se levantó con gracilidad, pasando por encima de la mesa de centro y acercándose al otro.

–¿Cómo eras de niño? ¿Me lo has enseñado alguna vez?

–No que yo sepa. Pero tú haces lo que te da la gana, Sherlock. No me sorprendería que le pidieras unas pocas a mi hermana, sólo para satisfacer tu retorcida curiosidad. ¿Por qué?

Sherlock se acercó tanto a el, que lo puso nervioso. Se agachó a su altura, para que sus rostros quedaran a la par. Escudriñándole con aquellos ojos azul cielo.

–Soñé que eras un niño... –como hipnotizado, alzó una mano para posarla en su mejilla con delicadeza. John se quedó estático. Sherlock, nunca, jamás tocaba a nadie si no estaba ya muerto o se trataba de una situación de extrema necesidad. –Eras un niño muy lindo, John.

–Sherlock, ¿qué...?

Erase una vez, en un país lejano, un joven príncipe que vivía en un resplandeciente castillo. A pesar de tener todo lo que podía desear, el príncipe era solitario, frío y bastante reticente a relacionarse con los demás, a los que consideraba seres inferiores a el, intelectualmente hablando.

Pero una noche llegó al castillo una anciana mendiga que le ofreció una bella rosa a cambio de que le dejara pasar la noche refugiada de la ventisca. Horrorizado ante la idea de compartir techo con una persona a la que consideraba tan insignificante, el príncipe despreció el regalo y expulsó de allí a la anciana. Sin embargo, ella le advirtió que no rechazara a todas las personas de su alrededor, porque algún día, podría necesitar a alguien más de lo que jamás lo había hecho en toda su vida. Argumentando que la inteligencia de una persona no lo es todo.

El príncipe se rió de su apreciación, volviendo a echarla del castillo. Entonces, la anciana desapareció, mostrándose como una hermosa hechicera. El príncipe, sorprendido, no tuvo tiempo de reaccionar, porque la hechicera le lanzó una maldición, convirtiéndole en un ser de apariencia temible. Haciendo lo mismo sobre el castillo y todos sus habitantes.

La rosa que la hechicera le había ofrecido, era en realidad una rosa encantada, que seguiría fresca durante tres años. Y solo si era capaz de acercarse a una persona lo suficiente como para llegar a amarla y ser amado antes de que cayera el último pétalo, entonces se desharía el hechizo.

Sin embargo, con su nuevo aspecto, el príncipe se encerró más en si mismo, y nunca volvió a salir del castillo. A sabiendas de que si antes nadie se podía fijar en él por su presunción... Ahora menos.

–¡John! ¡John Watson!

Una cantarina voz llegó a sus oídos mientra iba calle abajo de vuelta a su casa. Apresuró los pasos, pero la chica hizo lo mismo y pronto estuvo a su altura. John se sorprendió, porque ella llevaba tacones y un entallado vestido largo digno de su posición social.

–Buenos días, Mary.

–¿De donde vienes? –se interesó ella, evidentemente incómoda por tener que andar con esos zapatos por sobre los adoquines.

–De una consulta a domicilio. La señora Huges tenía un resfriado, como cada cambio de estación.

–Siempre tan amable, John.

–No es amabilidad. Es a lo que me dedico, Mary—soltó un suspiro de cansancio, porque siempre que se cruzaba con la chica rubia, esta le hacía las mismas molestas preguntas.

–Ya sabes que no tendrías porqué trabajar en este lugar. Deberías de empezar a prestar atención a otras cosas—dijo ella sugerente, aunque el otro no pareció percatarse. –Si te casaras conmigo, John, podrías trabajar en la gran clínica de mi padre. Está deseando tenerte allí. Eres demasiado bueno para esta gente. Es mejor la gran ciudad.

John se detuvo.

–¿Esta gente? –miró a la chica con algo de rencor y se dio todavía más prisa para llegar hasta su casa. Tanta, que pronto la dejó atrás.

En cuanto entró en la casa, su padre le recibió con un saludo desde la cocina, donde preparaba un té.

–¿Cómo te ha ido con la señora Huges?

–Bien—agotado, se dejó caer en la silla y apoyó la frente sobre la mesa. –Papá, ¿tú crees que soy raro?

–¿De dónde has sacado una idea así? –preguntó su padre sirviéndole humeante té.

–Es que tengo la impresión de que este pueblo...no es para mi. La gente me mira extraño, y sólo porque todavía no me he casado y he tenido hijos como los demás.

–Bueno, no te has casado porque no has querido, John. ¿Qué me dices de Mary Morstan? Es una chica muy guapa.

–Sí, es guapa. Y egocéntrica. Mimada. Y se cree mejor que las demás chicas del pueblo solo porque tiene más dinero que nadie. No papá, no es para mi.

–No te preocupes, John. Te casarás cuando conozcas a la persona adecuada. Y si no ocurre... Pues que no te importe lo que piense la gente.

John se dio por satisfecho. Hablar con su padre siempre le animaba y le hacía ver las cosas con más positivismo. Y con esa actitud, pasó la semana llevando a cabo su trabajo habitual en colaboración con su padre. Hasta que un día recibió el aviso de que a las afueras del pueblo, alguien necesitaba de sus servicios. Una anciana enferma. Así que sin pensarlo, decidió ir a pie.

No estaba demasiado lejos. Sin embargo, él no contaba con la posibilidad de que se desatara una tormenta como la que se desató y le pilló por el camino. Empapándole y desorientándole por culpa de la incipiente oscuridad que generaron los nubarrones.

Llegó un momento en el que no sabía dónde se encontraba. Todos los árboles le parecían iguales. Las sendas se abrían en todas direcciones. Y calado hasta los huesos como estaba, empezó a caminar rogando porque fuera el camino correcto hasta la casa de la anciana.

Así estuvo durante lo que le parecieron horas. Cansado. Perdido. Hasta que vislumbró a lo lejos una muralla de piedra.

Al acercarse más descubrió una verja, y tras ella se alzaba un impresionante castillo.

Y por suerte...la entrada no estaba cerrada con candado.

Continuará...

* Para el mundo real me he basado en la serie C.S.I. Las Vegas. Serie que me chifla y que dándole ciertos toques pude usar UNO de sus casos importantes para esta historia slash. Por si acaso, C.S.I. Las Vegas fue creada por Anthony E. Zuiker, así que los créditos para el y los guionistas.