Nota de autora: Poco a poco voy avanzando los Fics cortos (espero que este lo sea). Recomiendo leer el final del capítulo anterior, al retomar cierta escena. Ojalá sea de su agrado este Takari… ¿surrealista? No… ¿paradójico? Bueno, un Takari algo extraño.
Aviso: Clasificación "M" por temas a futuro.
Disclaimer: Digimon no me pertenece. Si fuese así, me hubieran despedido por la tragedia que le metería en cada capítulo.
II
El mundo llora en falsa felicidad
Tras escuchar la alarma del estrepitoso reloj, desganado extendí mi brazo buscando aquella fría y metálica superficie que congela mi cuerpo por breves instantes cada mañana. La palma de mi mano daba contra la madera de la mesa de noche, siendo capaz de percibir su aspereza. Una aspereza que marcaba el paso del tiempo con cada abertura que poseía. Tras encontrar el objeto, lo aplasté sin pensarlo dos veces. El chirrido se detuvo, el delicado eco que dejó atrás esfumándose. Cubrí mi rostro con las sábanas, hundiéndome al sentir la calidez de estas contra mis mejillas, moldeando el resto de mi cuerpo que descansaba sobre finas plumas. Impedían que empezara mi día de forma productiva. Aquella canción que se encarga de levantarme todos los días a las seis era tan solo un ridículo incentivo para acudir al lugar que más indiferencia me genera. El sol que se rehusaba a dejarme tranquilo por más que mis cortinas estuvieran cerradas hacía la tarea aún peor. Deseaba dormir un par de minutos extras. Había pasado una mala noche con una ilusión en mi mente, evocando recuerdos que suprimí con el andar de los años.
Volví a hundirme bajo la almohada, bloqueando todo rayo que provenía de mi pequeña ventana. La habitación en la que me encontraba no era del todo espectacular, constando de suficiente espacio para una cama barata y el escritorio. Le di la espalda a la puerta, dando directo con la pared. Medité que era hora de comprar un futón para así jugar un poco con mis alrededores y ganar más espacio. Siendo sincero, no debería estarme quejando. Fue una bendición del cielo encontrar un lugar dónde vivir a un precio asequible. La paga de mi trabajo a medio-tiempo no era de las mejores, y la ama de llaves no me pidió tanta documentación al todavía ser un estudiante. No exigió motivos. Tampoco inquirió sobre mi familia. Al ser un ser repugnantemente avaro, se me hizo sencilla la tarea. Las cosas que más desprecio en este mundo resultan tener un beneficio alto para mí. El tan solo recordarlo dejó un desagradable sabor en mi boca, la cual gritaba una urgente limpieza. Cerré mis ojos en frustración, malhumorado. Desde el fondo de mi corazón deseo saltearme las clases del día de hoy. También las de mañana. Y todas las que siguen por el resto de la eternidad.
Solté un suspiro invisible, uno de los muchos que dejo escapar, deleitándome en la corta vida que poseen. Si mi vida fuese un suspiro, esta hubiera acabado hace mucho. Deseo que acabe pronto. Amigos. Familia. Compañeros de clase. Profesores. Novio. Novia. Jefes. Superiores. Todos son falsos, pretendiendo. Tengo que vivir de ellos algún día. No quiero que mi vida sea entregada a manos de personas que podrán manipularla con sencillez, jugando con mi corazón. Rompiéndolo con un martillo es el inicio, para luego volverlo a unir. Una vez más lo aplastan y el ciclo se repite hasta que, en un momento, no se puede reparar. Las piezas no calzan en su lugar, muchas se pierden en el camino. Te tratan como una marioneta. Cortan los hilos para volverlos a atar a su gusto. No pienso estar atado a alguien de esa manera. Por eso, todos los días, imploro que mi vida, que esta agonía del simple hecho de respirar, caminar, comer, existir, cese por completo.
La segunda alarma del reloj comenzó a sonar.
Torpemente, una vez más, estiré mis brazos hacia este. La acción de rodar mi cuerpo fue una imprudencia de mi parte. Andaba enredado entre las delicadas sábanas, abrigado con la esponjosa almohada. Todavía con los ojos cerrados, fruncí el ceño al no encontrar el maldito botón. Mi cuerpo cada vez se acercaba al borde del abismo. Una vez que volví a encontrarlo, perdí el equilibrio, cosa que imaginaba que sucedería eventualmente dada mi pereza. Sentir el caer de mi cuerpo, un vacío momentáneo que fueron simples fracciones de segundos fue hermoso. La inseguridad de saber si dolerá o no. El instante en el que el estómago se hunde por el vértigo. El dolor que vendrá después. Si tan solo una caída de estas fuese suficiente para extinguir mi vida con un simple golpe en la cabeza. Disfrutando el suceso, un nuevo sonido se hizo paso en mi mente. Fragmentos del sueño que no deseaba recordar aparecieron, causando que apretar los dientes. Maldecí por lo bajo luego de mi cabeza rebotara en el piso de madera. Abrí los ojos, encontrándome con el techo. Me costaba mover mi cuerpo, al estar atorado entre las sábanas. Estas seguían colgadas hasta la mitad con mi cama, mientras que la otra porción andaba en mí. Estaba por levantarme pero, el odioso sonido de un efímero verano olvidado volvió.
El silbato no escapaba de mi mente.
—Mentirosa.
Luchando contra el enredo, fui capaz de levantarme. El buzo con el cuál dormía se atoró un poco a la hora de realizar la actividad, mas no fue suficiente para detenerme. Perdí mi mirada sin vida alguna en el reloj de la mesa, la irritación corrompiendo cada rincón de ficticia amabilidad de mi alma. Seguía marcando la misma hora, el mismo minuto y el mismo segundo. El tiempo sigue avanzando, por más que las manecillas del reloj se hayan detenido, sigue y sigue por toda la eternidad. Esbocé en mis labios un gesto inusual, sin ser capaz de definirlo. Aquél pensamiento había iluminado mi día. Todas las personas siguen avanzando en un estado estático, incapaces de ir más allá al estar detenidos en una interminable espiral, atados hacia una vida que deben de mantener atada hacia sus amigos, superiores, jefes, novio, novia, compañeros o profesores. Jamás permitiré que me suceda eso.
—No de nuevo—mascullé, ignorando dichos recuerdos de estar vinculado con alguien, sea por tiempo corto o prolongado. —Siendo la hora que es debería ir a clases al no tener nada mejor que hacer. Después de todo, me resulta entretenido ver los rostros perdidos de aquellos corderos perdidos, buscando un pastor inexistente.
Escuela
—¿Hiciste la tarea de literatura?
—¿Había? ¡Tiene que ser una broma! Lo olvidé por completo…
—¿Alguien tiene la de inglés?
—¡Yo tengo la de estadística y química!
Odiosas voces. Diferentes tonalidades. Diferentes matices. Sé de qué boca proviene cada una, y eso me resulta repugnante. Para ser una persona a quien no le interesa en lo mínimo interactuar con sus compañeros de clase, identificarlos con tan solo las preguntas, la forma de caminar o el estilo del uniforme es suficiente. Giré mi rostro con delicadeza, pretendiendo estar sumido en mi lectura de Lipovetski: «La felicidad paradójica». Coloqué mis audífonos por lo bajo, para luego sacar una libreta de notas y apuntar datos interesantes del libro. Esta actividad era la única que apaciguaba toda sensación desesperanzadora de mi corazón. Desearía, en un futuro, poder publicar por lo menos una novela antes de que mi vida termine o yo acabe con ella. El suicidio de estudiantes japoneses en su último año de preparatoria es elevado, así que sería una excusa perfecta para los periódicos explicar mi muerte empleando el común denominador, cuando realmente se equivocan.
Desvié sutilmente la mirada, mis ojos azules dando con el grupo de adolescentes entre diecisiete y dieciocho años de edad, quienes seguían discutiendo sobre los deberes que olvidaron realizar, intercambiando tareas por otras, o simplemente planeando qué harían al acabar las clases. Asisten con tanta expectativa para solo emocionarse por las actividades que sucederán pasadas las tres y treinta de la tarde. Pobres almas, destinadas a vagar en un mundo dedicado al consumismo absurdo y barato entretenimiento. Analicé a cada uno de ellos, tras haberme cansado un poco la densa lectura. Después de todo, había avanzado considerablemente tras desvelarme la semana pasada luego de haberlo recuperado de una caja abandonada con objetos antiguos.
Primero clavé mi mirada hacia el hombre de piel ligeramente bronceada, Masaki Miyazawa.
Su sonrisa está menos encorvada que el día de ayer. Sus padres deben seguir discutiendo hasta altas horas de la noche. Las ligeras ojeras que pasaban desapercibidas antes los demás se hacen cada vez más evidentes, indicando que consola a su hermana menor quien llora ante los eventos. El tan solo ver una herida en el brazo izquierdo asumo que el maltrato ha incrementado.
Luego me posé en el corto cabello salmón de Iku Hakamada.
Tiene más maquillaje que otros días. Es evidente que Miyazawa no le está prestando la debida atención a sus encantos, por ende la desesperación. Que patéticas acciones, vendiendo una falsa apariencia ante una persona que deseas que te acepte tal y como eres. Una mentira disfrazada en colores brillantes. Por esa marca en el cuello que oculta con su bufanda es evidente que tuvo sexo con su ex-novio, quien no deja de perseguirla. El amor sigue ahí, atándolos, ella siendo incapaz de dejarlo ir por más que ame a otra persona. Qué triste su vida.
La hiperactividad del muchacho de dieciocho años conocido como Hayato Ieyasu fue capaz de romper mis tímpanos a través de la música de mis audífonos.
Cada vez se muestra más alegre. La relación con sus padres debe atormentarlo. Ver a las personas pretender alegría deja mucho que desear. Siguen empleando máscaras, vendiendo una identidad falsa. Las ataduras que uno tiene con los demás ocasionan que les mientas a las otras personas a las que también estás amarrado. Tiene la mejilla derecha levemente inflamada, indicando un fuerte golpe, probablemente de su madre al haber unas ligeras marcas de uñas largas. Anda usando la chaqueta celeste del uniforme en pleno verano. Deduzco que debe haber cortes de navaja o cuchillo en sus muñecas, un motivo más para anunciarle al mundo que está sufriendo por medio de sonrisas.
La silenciosa chica que siempre cumplía con sus deberes, Suzu Tsunoda, era la más interesante al ser la que mejor ocultaba sus problemas.
Anda sujetando con fuerza su llavero en forma de un conejo hecho de felpa. Su padre debe haber fallecido en estos días. El movimiento era leve cuando comentó a sus amigos que su papá andaba en cuidados intensivos. Permaneció en silencio por semanas, el movimiento incrementando. Ahora anda más fuerte que nunca y nadie lo nota, sumidos en sus mundos compuestos de mentiras para engañar a los demás y a sí mismos.
—Cada uno de ellos son una mentira compuesta por ellos mismo. ¿Entonces cuál es el punto de tener un verdadero yo si al final resulta ser una falacia? —me dije a mí mismo, volviendo a sumirme a mi lectura. —Realmente, los seres humanos somos una raza patética. Esos grupos lo único que hacen es un círculo en donde todos estos perdedores se aferran a una lástima grupal.
Tras finalizar mi charla personal me percaté cómo mi compañera de carpeta, Mayuko Okabe se cohibía al sacar su silla para sentarse. Su cabellera color ceniza se meció, ocultando sus ojos para así no tener que mirarme. Lo mismo sucedió con el de la izquierda, Taisho Nagata. Nadie se acerca hacia mí. Procuran guardar silencio a mí alrededor, tienen extremo cuidado en hacer algún ruido o establecer contacto directo con mi persona, inclusive con mi pupitre. Por los rumores que hablan en los casilleros, por las historias inventadas que se corren. Unos dicen que soy un pandillero. Otros que trafico drogas. Algunos van tan lejos como para decir que abuso de mi apariencia para engañar a chicas y hacer que se acuesten conmigo. Finalmente están esas que juntan todo, dándome una imagen de una persona hundida en la depravación.
Pero no me interesa lo que piensen, ya que no me interesan ellos ni sus palabras.
—Clase, muy buenos días—alcé mi cabeza del ensayo de Lipovetsky, prosiguiendo a retirarme los audífonos. El maestro del aula había entrado por la tutoría. —¿Cómo han amanecido esta mañana? Espero que de maravilla.
Los susurros se escucharon, anticipando qué estaría tramando el profesor tras empezar el día con una charla sin sentido. Seguía sin entender cómo todos formaban hipótesis ordinarias, para dejarme caer sobre las páginas del libro. Me hundí en las letras, deseando ser uno con ellas. Son solamente un conjunto de caracteres que, si están de manera individual no significan nada pero, a la vez, mucho. Las palabras son misteriosas. Son únicas.
—El día de hoy quisiera presentarles a una nueva persona que se unirá a nuestra aula—una vez que esas frases escaparon, silencié mis alrededores. Era el típico estudiante de intercambio. —Por favor, les pido que sean amables y le ayuden a incorporarse a nuestra escuela.
—¡Me pregunto si será chico o chica! —la chillona voz de Iku Hakamada me estremeció al no ser nada discreta.
—¡Tiene que ser una chica! Una muy hermosa—enfatizó Hayato Ieyasu.
—¿Por qué no un chico? Me hace falta un compañero para jugar voleibol tras tu retirada, Ieyasu—suelta Masaki.
—Tan solo es un estudiante más, tranquilícense—finalmente la única centrada, Suzu Tsunoda, los silenció. —Lo más normal sería preguntarse por qué este repentino cambio de escuela siendo la época que es, encima en este tercer y último año.
Gracias, Tsunoda.
Historias empezaron a formarse tras la simple mención de un nuevo integrante. Los rumores comenzaron a correr sin que el famoso estudiante ingresara al salón. Una vez que resonó la puerta corrediza, indicando la entrada del individuo, dejé de prestar atención. No me importaba en lo más mínimo. Era tan solo una persona que se iba a acoplar a alguno de los círculos por poco tiempo, al estar por terminar el año de estudios. Estamos en la quincena de enero, siendo este el tercer semestre, el último. La última vez que veré estos rostros mentirosos amantes de los chismes. Con tan solo saberlo es suficiente para alegrar mi sombrío día. Solo los tendré que ver hasta la graduación que es en marzo.
A lo lejos, podía escuchar cómo el profesor terminó de introducir al alumno tras apuntar su nombre en el pizarrón. Los delicados pasos que siguieron no fueron suficientes para distraerme. Con seguridad, se dirigía al asiento vacío de la esquina, cerca de la ventana. Una posición reservada para los protagonistas de los mangas, dándole una esencia única y especial. Esta es la vida real, y tomar una posición protagónica tan solo trae malos resultados. Cabe resaltar que no existen protagonistas en este mundo. Cada uno es el cuenta cuentos de su propia historia. Nada más ni nada menos.
—De acuerdo, los dejo para que tengan un grandioso día de estudios. Nos vemos a la hora de salida, muchachos—dicho y hecho, la campana sonó tras la retirada del profesor, indicando el inicio de la tortura.
Lo único que pude notar fueron sus piernas por un breve instante cuando pasó a mi lado, indicando que era una chica.
Hora del almuerzo
Sigo sin comprender por qué siempre acudo al patio abandonado de la escuela. Ciertamente, nunca hay nadie, siendo perfecto para comer en soledad, divagando en pensamientos o soñar despierto. Una nueva forma de evadir a todas las personas, navegando en tu propia mente deseando nunca salir. En mi mano derecha cargaba una cajita de jugo de durazno, saboreándolo al andar. No soy fanático de las cosas dulces, mas esta bebida es la única que tolero. En la otra mano cargaba un pan de curry que compré en la cafetería antes de que se llenara de personas. Detesto las multitudes pero, a la vez, las amo. Es una relación amor-odio. En ellas eres solo una persona más entre miles. Lo que no me gusta es el hecho de estar rodeado de tantas personas iguales. Ser uno más de esas miles. Es muy extraño al decir que adoro el hecho de ser una persona entre miles pero, a la vez detestar que sea una de esas miles al estar cerca a ellas. Un suspiro volvió a escaparse de mis pálidos labios, mordiendo con gentileza el inferior. Levanté mi cabeza, perdiéndome en el marchito árbol de cerezo. De a poco empezaba a recuperar el color, luchando contra el frío del invierno actual. Por más que muchos estudiantes decidan ir con su camisa de manga larga o inclusive corta para lucirse los interesantes y fuertes contra el terrible clima, la belleza que tienen estos árboles para luchar contra la tempestad es mucho más noble y admirable que esos pobres adolescentes con las hormonas en la cabeza. Me recosté en el hombro, para dejarme caer hacia el césped. Unos dientes de león se mecían, aquellas bolillas blancas flotando en el viento. Tomé un sorbo más del jugo, dejándome arrullar por la dulce melodía.
Hasta que escuché el silbato de nuevo.
Me expresión cambió radicalmente, el desagrado apoderándose de mí. No sabré sin considerarlo afortunado pero, en ese preciso instante, dos personas aparecieron tras la reja. Esta reja bordeaba la escuela, para que así, supuestamente, los alumnos no escaparan. Ingenua seguridad, sin saber cantas veces lo han hecho. Parpadeé, mis ojos azules dando contra dos zafiros idénticos, salvo que con una desbordante alegría brotando de ellos. Un cabello dorado sin peinar en la mañana lo acompañaba, junto a una vestimenta casual improvisada. Andaba cargando en su mano derecha una lonchera hecha en casa, ocasionando que mi estómago rugiese un poco al pensar en comida casera en vez que un pan cualquiera. A su costado, andaba otro hombre, la principal causa que salvó mi humor. Andaba trepado en la mitad de la reja, su piel morena reluciendo en el gris cielo. Su cabellera castaña se asemejaba a la melena de un león lleno de valor, agregando una carismática sonrisa al final tras caer del otro lado. A diferencia del primero, este no traía nada de comer.
—¡Takeru, hola! —gritó entusiasmado tras verme. Luego, miró a su compañero quien seguía del otro lado. —¿Qué tanto esperas, Yamato?
—A diferencia tuya, Taichi, llevo un almuerzo en mi mano y no pienso arruinarlo. Debo pensar bien cómo cruzar esto. —dijo con seriedad, meditando qué acción tomar.
—Hay un espacio roto a la izquierda, un poco más adelante. —mencioné con naturalidad, señalando la dirección a seguir.
—Genial, enseguida estoy con ustedes dos.
—¡Oye, no es justo! —empezó a quejarse Taichi, inflando sus mejillas. —¿Por qué no me avisaste?
—No preguntaste—contesté como si fuese algo obvio.
—¡Pero Yamato no preguntó!
—Es mi hermano, no tiene que preguntar—le recordé.
—Injusto—tras finalizar su berrinche, se sienta en el jardín con una pierna encima de la otra, colocando las palmas de sus manos en sus tobillos. —¿Otra vez pan de la cafetería?
—No entiendo por qué preguntas si ya sabes la respuesta.
—Todavía me sigo preguntando cuándo será el día en el que me trates con el respeto que merezco al ser mayor que tú—echó un suspiro, para luego alzar los hombros. Una amable sonrisa se apoderó de sus labios, incapaz de contagiármela. —¿Ni eso te alegra?
—¿Qué cosa? —dejé a un lado el jugo de durazno, viendo a que Taichi me bombardearía con preguntas para no quedarnos en silencio hasta que Yamato nos alcance.
—Ver una sonrisa no hace que quieras sonreír también. Por eso digo que, ¿ni esta que acabo de hacer te dieron ganas de?
—En lo absoluto—al ver que se trataba de lo mismo, regresé al jugo para indicar con un sorbo que la conversación había llegado al muere.
—Deja de hacerle las mismas preguntas a Takeru. Si no quiere es porque no quiere—mi hermano mayor apareció, golpeando ligeramente a su amigo en la cabeza. Tras ello, se sentó a mi lado. —¿Cómo te ha ido hoy?
—Como siempre, nada interesante ni fuera de lo ordinario. La efímera monotonía de todos los días—esta vez le di un mordisco al pan. No hay motivo para comentar sobre la nueva estudiante al no interferir con mí día a día.
—Por lo menos esperaba antes un, ¡gracias por venir a comer conmigo de nuevo, hermano! O algo por el estilo—Yamato abre su contenedor, revelando bocadillos muy bien preparados. Una pequeña envidia se abrió paso en mi corazón, deseando también poder comer algo así. Tan solo vivo de sopa instantánea de la tienda de la esquina o panes. —¿Quieres un poco?
—Yo sí—sin esperar respuesta, Taichi metió su mano hacia unas bolas de pollo empanizadas, saboreándola con gusto. Mi hermano se había quedado con los palillos abiertos, incapaz de procesar la rapidez. —Realmente te envidio por tener alguien quien te prepare la comida para llevar a las clases de la universidad. ¿Sabías que eres la envidia del campus? ¿Incluso solo de tu facultad? Casi todos compran su comida o la hacen ellos mismos en la mañana. Sora sí que te ama.
—Si estás tan celoso, ¿por qué no te consigues una novia? O si se te dificulta mucho podría alguien hacértela en casa si eres tan flojo—respondió mi hermano, omitiendo el hecho de que le haya robado un poco de comida al ser algo cotidiano.
—Nadie me quiere en casa—Taichi miró hacia un inexistente horizonte, dramatizando mucho más su situación. —Además, no tengo tiempo para buscar una novia. Sigo en las dos operaciones. La primera es fastidiar a Koushiro para que declare su amor hacia la reina de la universidad y la otra es conseguirle novia a Jou. No tendría sentido ponerme a buscar novia si estoy buscándole una, ¿no? —sentí cómo su mirada se plasmaba en mí. —¿Tú qué opinas, Takeru?
—Hmm…—fue la única onomatopeya que solté para demostrar cuánto me interesaba el tema.
—Su indiferencia duele—comentó el moreno, rindiéndose. —Ya no volveré.
—Siempre dices lo mismo, Taichi—mi hermano suspiró una vez más, —y mírate. Aquí mismo estás.
—Sí, sí, sí. Ya lo sé.
Una vez que Yamato le entregó la mitad de su almuerzo hecho por su novia que en mi vida he visto, y tampoco es que quiera, se acercó muchísimo más a mí. Por más que sea mi hermano, tengo un límite con respecto a mi área personal con las personas. Él estaba rompiendo poco a poco ese límite, provocando que me aleje un poco, empujándolo levemente con las manos. Preparé mi rostro para la pregunta que siempre hacía cada vez que nos veíamos. Siempre acude a mi escuela en las horas de almuerzo para platicar de lo que sea. No obstante, nunca cabe duda que preguntará sobre un tema en específico.
—¿Cuándo piensas pasar a visitarnos a mí y a papá?
Bajé la mirada, hundiendo mis ojos con mi flequillo, preparado para dar la respuesta que le doy todas las tardes.
—No pienso ir. No tengo motivo—percibí la furia provenir de él, siendo calmado por la presencia de Taichi.
—¿Por qué eres así? —dijo entre dientes.
—Porque así soy—repliqué, decidido. Me levanté, indicando que la conversación, junto la visita, había llegado a su fin. —Sigo pensando que estas visitas tuyas son una pérdida de tiempo, Yamato.
—Igual seguiré viniendo. Mañana, pasado mañana, la próxima semana… ¡hasta que te gradúes! —amenazó.
—Sé que lo harás ya que fue la misma historia desde el inicio de preparatoria. Esas palabras ya no son una amenaza.
—Yamato, vámonos—lo incita Taichi, comprendiendo que la conversación no llegaría a ninguna parte. Ambos me dieron la espalda tras acomodar sus cosas, listos para irse. En eso, él se detiene, llamando mi atención. —Cierto, si mal no recuerdo tenía algo muy importante que decirles a ustedes dos.
—¿Algo muy importante? —por algún motivo me llamó la atención, cosa inusual.
—Lo mismo me dijiste esta mañana—agregó Yamato.
—Hm, ¿qué era…? Tenía que ver con la escuela de Takeru—cruzó sus brazos, meditando, mostrando su arduo trabajo en tratar de recordar. Repentinamente abrió sus ojos, llegando a una revelación—¡No me acuerdo!
—¡Y desde ayer andas diciendo que es importante! —mi hermano tuvo que contenerse de zarandearlo.
—No debe de ser tan importante para olvidármelo—se justifica.
Una vez finalizada la pequeña charla, ambos optan por salir por el lado de la reja rota. Emprendí mi camino de regreso a clases, saboreando el poco pan que me quedaba, tras botar la cajita del jugo de durazno a un bote de basura. Hundí mi rostro en la oscuridad, recordando la pregunta de Yamato.
«¿Cuándo piensas pasar a visitarnos a mí y a papá?»
Nunca. Por más que seamos hermanos, y te diga hermano, no tengo ninguna atadura hacia ti. Me desprendí de ustedes hace mucho y esa conexión no se recuperará. Solías ser una persona muy especial para mí que veía una vez al año. Una vez que regresé a Japón hace dos años me trataste como si nos hubiésemos visto ayer. ¿Cómo puedes pretender felicidad de esa manera tras no vernos por tanto tiempo? Para mí eras un desconocido, o un viejo conocido de mi yo de siete años de edad. Solo eres mi hermano en nombre y sangre. Para mi simplemente eres «Yamato», al igual que mi padre es solo «Hiroaki» y mi madre «Natsuko».
Miré hacia el cielo que andaba pintado de nubes grises. Si fuera capaz de sonreír lo haría en este preciso instante, al representar a la perfección la primera capa del interior de mi corazón.
Clases
El mundo es un lugar estático. Nunca parece avanzar, por más que lo haga. Rostros, emociones y sentimientos. Estos son la guía, el mapa que indica nuestro camino a seguir. Nos dejamos llevar por falsos ideales que abruman nuestra propia existencia. Por ese mismo motivo cerré mi corazón, alejándome de todo aquello que causa dolor. Desligarme de todas las personas que están a mis alrededores. No quiero depender de nadie. No quiero apegarme a nadie. Eso solo lleva al único camino conocido como el famoso sufrimiento.
El mundo sonríe en falsa felicidad, siendo hipócritas con ellos mismos.
Sonreír tan solo implica mover 650 músculos. Solo un número más que no ejercito. No es como si me fuera a hacer un daño permanente. El sellar mis sentimientos es tan solo una forma de protegerme de todo aquello que me lastima. Por ese mismo motivo no interactúo con mis compañeros. No me interesa que me etiqueten como un delincuente o rebelde.
Me pregunto, si este fuera otro mundo, ¿transmitiría tanta desesperanza? ¿O quizás sería la mismísima esperanza?
Fue en ese preciso instante cuando el silbato volvió a resonar, junto a una punzada en la cabeza.
No esperé a pedir permiso. Tampoco a que alguien lo notara. Con desdén, me puse de pie ignorando las miradas del profesor y alumnos, dirigiéndome hacia la puerta. La deslicé, sumiéndome al eterno y vacío pasillo. Los murmullos iniciaron una vez que la cerré, siendo incapaces de decirme todo lo que piensan en mi rostro. La enfermería no se encuentra tan lejos, localizándose en el primer piso, estando yo en el tercero. Sujeté mi frente, costándome caminar. Opté por apoyarme en las paredes del corredor, observando de reojo el patio de la escuela. El único árbol de cerezo florecía todavía, a pesar de la estación. Se aferraba a su vida, desafiando a la madre naturaleza que marcaba su muerte al pasar las temporadas. Mi uniforme celeste se atoró en una de las roscas, provocando a que estuviera de pie frente a ella.
Fue en ese preciso instante cuando vi una figura desconocida frente al árbol. Alguien andaba salteándose las clases.
Estiraba sus manos, los rayos de sol atravesando sus dedos. Una figura esbelta, delicada casi como una hermosa muñeca de porcelana, andaba fantaseando perdida en su propio mundo lleno de luz. Su falda de un azul muy claro, casi como el despejado cielo de un efímero sueño de verano se mecía con la canción de cuna del viento, cantándole en susurros al moverla con suaves caricias, flotando en ilusiones. Sumido en su apariencia, en breves segundo sintió mi mirada posada ella. Antes de percatarme en su apariencia física, retrocedí en terror.
Algo no me gustaba. Mi corazón rogaba en que me aleje. Eso mismo hice, huyendo hacia la enfermería.
Con el aliento cayendo hacia mis pies, me sujeté de ambas rodillas implorando por algo de aire. Una vez que ingresé a mi destino, tomé noción que no había nadie dentro que se encargara de darme alguna medicina. En primer lugar, tan solo deseaba recostarme. Fue por eso que una vez que abrí una de las cortinas que daba hacia una camilla, tuve la desagradable sorpresa de darme cara a cara con un compañero de mí mismo año, salvo que en una clase distinta.
Daisuke Motomiya roncaba, formando un gran estruendo en la limitada habitación. Una burbuja salía de su nariz, debatiéndome entre reventársela por pura crueldad y diversión propia, o no hacer nada al darme asco semejante acción. Opté por la segunda alternativa, solo para que, al cerrar la cortina, sienta su mano en mi muñeca con gran fuerza.
—No me delates, Takaishi…—murmuró somnoliento.
—No asunto mío si decides o no saltearte clases—repliqué indiferente.
—Por eso me agradas tanto—sonriente entre sus sueños, se alegra al saber que no iría a algún maestro diciendo que estaba durmiendo en lugar de aprender algo para un estúpido futuro en el aula.
Sin responder, fui a la del lado, echándome para sumirme a un mundo en el cual las punzadas se detendrían, ignorando aquél silbato que no dejaba de sonar en mi mente.
?
El cantar de las gaviotas me hizo despertar junto al rugir del mar. El olor a agua salada fue suficiente para despertar abruptamente en un lugar desconocido. Una sensación pegajosa se apegaba a mi rostro, causándome asco. Traté de retirarla con mis manos, estas corrompiéndose con sal marina en el proceso. Anonado, daba lo mejor de mí para comprender mi situación actual. El viento seguía jugando con mi rubio cabello, haciendo que cierre mis ojos y así sumirme en algún letargo que me permita retornar. Se me imposibilitó cuando dos niños corrieron a mi lado, ensuciándome con arena.
—Maldita sea—mascullé, deseando insultarlos. —Insensibles.
Mi corazón se detuvo al observarlos, recuerdos de mi sueño retornando como una barata película de bajo presupuesto frente a mí mirar. Voces comenzaron a jugar, mezclándose con las plumas que iban hacia un distante Paraíso que ingenuamente creímos que era real. Fragmentos de una conversación ingresaron, congelando mi cuerpo como copos de nieve.
—¿Por qué extiendes tus manos? —dijo el niño.
—Quiero que mi deseo llegue a esa ave—dijo la niña.
—Al parecer esa es mi especialidad. Robarlas.—el objeto plateado que llevaba en el cuello sonó cuando volvió a ladear el rostro.
—¿Robarlas? ¿Robar qué?
—Te estaré esperando, Takeru.
—Igual yo, _ _.
No soy capaz de escuchar, ni siquiera recordar, su nombre.
La escena se rompió, tornándose gris. Interferencia se apoderó de ambos niños, sus voces opacándose a la distancia. Se escuchaban los aleteos de las gaviotas que se habían esfumado, mientras que sus pies seguían siendo acariciados por el agua que les rozaba los tobillos. Un ave emprendió vuelo hacia el cielo, la misma en la que ella había vertido su deseo, sus alas resonando al sentir el viento cortando con ellas, apreciando la libertad que ambos niños no poseen. Parecía una mensajera, llevando algo al paraíso. Algo que ella entregó. Algo que no le pertenecía. Complicidad se formaba entre ella y la gaviota. Algo había robado. Anclados a la tierra, el mundo empieza a romperse en millares de pedazos quedando en blanco. Su figura se esfuma como burbujas, una efervescente bebida que se abrió dejándolas escapar hacia el infinito. Las voces retornaron al igual que aquél vapor que observaron juntos. Fragmentos flotaban. Risas flotaban. Nombres flotaban. Música flotaba. Los colores se volvían en sabores. Los sabores se volvían en letras. Las letras en sensaciones. Las sensaciones en colores. El ciclo se repetía. El mundo era incapaz de percibirse a sí mismo, de identificar la realidad que lo rodea.
Si no logra describir una sensación, ¿cómo la piensa recrear?
Fue por eso que aterricé en la habitación de un hospital. Me observé a mí mismo frente a una camilla, agachado, dando lo mejor de sí para contener un llanto. Sentado, toda mi fortaleza se vio derrotada con un subir y bajar de hombros, indicando el silencioso llanto que provenía de mi corazón. Mi uniforme escolar era el de secundaria, un verde tan intenso evocando el aroma de un lejano bosque. En ningún momento de mi vida me había encontrado en un hospital durante mis años de secundaria. Menos llorando frente a una camilla.
Una silueta que me costaba definir miraba una ventana, perdiéndose a la distancia. No se atrevía a mirarme, su cabeza dándome la espalda. Andaba sentada también, estrujando mi corazón con aquella actitud. El silbato sonó cuando se movió, su rostro cubierto en tinieblas.
«Lo siento mucho, Takeru. Lo siento tanto, lo siento… me pregunto si podrás llegar a disculparme algún día Cómo hubiera querido recordar desde un inicio.»
El mundo volvió a quebrarse, el blanco y negro apoderándose de mis alrededores. El silbato seguía resonando en la blancura junto a la oscuridad, formando un nuevo mundo, una nueva locación. Nuevamente, andaba en un lugar en plena soledad. Ella estaba de pie frente a mí, su uniforme verde siendo acariciando por el viento. El sonido del río estremeció mis tímpanos, indicando que andábamos en la ladera de un puente. Su figura iba cambiando, lo cual indicaba que no se encontraba definida. De a ratos era una niña; luego una joven de once; al final una de quince para luego definirse con una de diecisiete o dieciocho años, con un uniforme igual al mío.
Sus pálidos labios se abrieron, murmurando una vez más.
«Cómo hubiera querido recordar desde un inicio. Me pregunto, ¿hasta qué punto llegaré en formar parte de tu infelicidad?»
Su cálida sonrisa rompió mi mundo en dos.
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La enfermería no era un lugar seguro. El sueño empeoró. Vi cosas que jamás había vivido. Momentos de una juventud que jamás habían sucedido. La punzada no se detenida. El silbato tampoco. Mis sentidos se nublaban, inclusive impidiéndome respirar. Con la mirada borrosa, volví a recurrir a deslizarme en las paredes, luchando contra el cantar de los cuervos. Había pasado la hora de salida, ningún estudiante podía ser visto. Deseaba regresar a casa, al verme incapaz de ir a mi trabajo de medio tiempo. Mi respiración se detuvo de nuevo sin previo aviso, provocando a que caiga de rodillas al suelo. Atormentado, mi garganta ardía. Mi cuerpo cedió por completo, yo estirando mi brazo para ver si lograba ponerme de pie.
—No de nuevo…
Hace mucho tiempo que no me daba un ataque. Menos en la escuela. En plena soledad, luchaba para mantener mi sanidad en un nivel estable. Esto fue en vano cuando vi unas piernas acercarse a mí. Una chica me había encontrado.
Su grito fue lo último que escuché, junto al caer de los libros que sostenía. Estaba sucumbiendo ante mi propia debilidad. Me encontraba tranquilo, deseando morir.
Hasta que vi caer el silbato entre ambos, haciendo florecer algo que yacía dormido muy dentro de mí.
«Eres una mentirosa.»
Bueno, tenía escrito esto en una Tablet por partes, hasta que al fin pude publicarlo después de meses. Poco a poco voy a ir actualizando las historias cortas. ¡Espero disfruten lo que está por venir en esta historia! Sé que Takeru está OoC pero es parte de su personalidad en este AU/UA, y luego verán por qué se volvió así. Por cierto, al estar en su último año de preparatoria eso significa que utiliza el uniforme de Taichi y los demás en Tri. En pocas palabras, asiste a la preparatoria Tsukishima (¡Isla de Luna, qué lindo nombre!). Nos leemos pronto.
