Un poco de dulce para el fin de semana. Gracias por los reviews! :)
Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo twilight me pertenecen.
LOS CHICOS BUENOS SIEMPRE DICEN LA VERDAD
La oferta: ser el mejor novio que Bella pudiera tener. La recompensa: una promesa que Edward está dispuesto a cobrarse… a pesar de que Bella no recuerde haberla hecho. Los chicos buenos nunca mienten y Edward lo va a demostrar. Precaución: fluff y azúcar. Minific.
CAPÍTULO 3. BUENAS Y MALAS IDEAS
I've been holding back this feeling so I have some things to say to you
Edward arrancó el coche y, en apenas un par de minutos, nos sumergimos en el ajetreado tráfico de Seattle en hora punta. Me acomodé en el asiento del Volvo, nos quedaba un largo viaje hasta Forks y mi intención era llegar puntuales para el cumpleaños de Charlie.
—Tranquila, Bella —murmuró Edward, despegando brevemente su mano derecha del volante para llevarla a mis labios y, con un suave movimiento, obligarme a que dejara de mordérmelos.
Continuó conduciendo en silencio durante lo que me pareció una eternidad y, justo cuando estaba a punto de soltar cualquier tontería para romper con esa quietud insoportable, Edward volvió a hablar.
—Ni siquiera sé porqué te pones tan nerviosa.
—Las reuniones familiares me ponen histérica —farfullé, volviendo a morderme el labio de forma inconsciente—. Cuantas más tengo que aguantar, más insoportables me resultan.
No sabría explicar porqué. Pero había algo en el ambiente, en el hecho de tener que reunirse de forma obligatoria en las fechas señaladas, que me enervaba de forma irracional.
—A ti no te afectan —observé de repente, volviéndome hacia él—. Cuéntame tu secreto.
Edward dejó escapar una sonora carcajada que reverberó con fuerza en la cabina del coche y, a pesar de mi enfado, no pude evitar sonreír.
—No hay ningún secreto, cariño —respondió, entonando sus palabras con suavidad, antes de tentarme con una media sonrisa pícara—. Pero tengo que admitir que disfruto embaucando a tu padre. Me adora.
Crucé los brazos y fruncí el ceño, arrebujándome en el asiento del pasajero.
—Ni siquiera sé porqué lo hace —refunfuñé entre dientes—. Charlie tiene alergia a los extraños. Excepto a ti.
Por el rabillo del ojo, vi como Edward esbozaba una sonrisa de perdonavidas.
—Le tengo comiendo de la palma de mi mano desde el primer día.
Jamás lo admitiría en voz alta, pero tenía toda la razón. Desde el primer maldito día, Edward se las había apañado para ganarse la confianza y la admiración de Charlie, taciturno y alérgico a entablar conversación con extraños para más señas.
Y lo peor de todo es que, cinco años después, no tenía ni la menor idea de cómo lo había conseguido. Aunque podría asegurar que conspirar en mi contra le había sido de gran ayuda.
Cinco minutos.
Cinco minutos para el examen de Español y mi vejiga no era capaz de darme un respiro.
Subí los escalones de dos en dos, sin importarme mi torpeza congénita y el hecho de que caer rodando por las escaleras era una posibilidad demasiado factible. En cuanto alcancé el segundo piso, me concedí un par de segundos de respiro. Tomé aire profundamente y llevándome una mano al costado, emprendí mi carrera desenfrenada a lo largo del pasillo hasta los baños de las chicas. Cuando llegué al final, abrí la puerta de un tirón, tiré la mochila al suelo y…
—¿Qué demonios estáis haciendo?
Si creía que no había nada peor después de que, meses atrás, Rosalie y Emmett anunciaran que estaban juntos, estaba equivocada.
Muy equivocada.
Jodidamente equivocada.
—Bella, yo…
Alice murmuró unas cuantas palabras ininteligibles. Se separó de Jasper rápidamente y se alisó la falda, pero nada de lo que hiciera iba a borrar la imagen grabada a fuego en mi mente de dos de mis mejores amigos dándose el lote en los baños de la segunda planta.
Definitivamente, el cielo iba a caer sobre nuestras cabezas.
—Podemos explicártelo —logró articular Jasper.
Resistí el impulso de poner los ojos en blanco. Qué típico.
—A no ser que en el comedor me hayan servido setas alucinógenas, creo que no hay nada que explicar —espeté, cruzándome de brazos con fuerza.
Hora y media y un examen de Español probablemente suspenso después, paseaba de un lado a otro en mi desordenada habitación, incapaz de asimilar el espectáculo vomitivo que había tenido la desgracia de presenciar en los baños del segundo piso del instituto. Se trataba de Jasper y Alice… en fin, Jasper y Alice. Amigos. De esos que se reían, discutían a veces, se volvían a reír y a los que nunca se les había pasado por la cabeza la idea de enrollarse. O eso creía yo. Con Rosalie y Emmett había sido dolorosamente fácil de adivinar lo que iba a ocurrir, pero jamás se me habría ocurrido que Jasper y Alice pudieran acabar también dopados de hormonas del amor. Lo que antes había sido un feliz grupo de seis amigos, de repente se había convertido en un reunión de parejitas y…
Edward y yo.
Edward, su inexplicable comportamiento en los últimos meses y yo.
¿Dónde nos dejaba aquello?
Un par de golpes contra el cristal de mi ventana interrumpieron mis cavilaciones. Sonreí de forma automática al tiempo que cruzaba la habitación para abrir la ventana de par en par. Abajo, en el jardín de mi casa, Edward desafiaba el frío otoño de Forks, vestido con una camiseta de manga corta. En las manos tenía unas cuantas piedras de canto redondo y, como siempre, prefería golpear mi ventana con ellas antes que llamar al timbre.
—¿Qué tal el examen? —preguntó, esbozando una amplia sonrisa—. Saliste huyendo, no me dio tiempo a preguntarte.
—Suspenso seguro —respondí sombríamente.
—Lo que es seguro es que exageras —replicó él, al tiempo que ponía los ojos en blanco.
Me apoyé contra el marco de la ventana para verle mejor.
—Ni lo más mínimo. Pero el suspenso en Español no me preocupa —aseguré—. ¿Sabes lo que me pasó antes del examen?
Edward se cruzó de brazos y alzó las cejas, expectante. Guardé silencio en una pausa dramática antes de volver a hablar.
—Me encontré a Alice y a Jasper en los baños de la segunda planta.
Ahí estaba. La noticia bomba.
Él se limitó a encogerse de hombros, impasible.
—¿Y?
Oh, por favor. ¿Cómo podía ser tan obtuso?
—¡Besándose, Edward! —exclamé, alzando los brazos al aire porque la ocasión era dramática y lo requería— Be.sá .se. Intercambiando saliva, fluidos y quién sabe cuántas cosas más.
Analicé su rostro en silencio durante un par de segundos. Había apretado sus labios hasta formar una fina línea y me observaba con una expresión de fingida inocencia. Y lo peor de todo es que no parecía sorprendido en absoluto.
—Un momento, ¿tú ya lo sabías?
Su mueca inocente se transformó en una sonrisilla condescendiente.
—Todo el mundo lo sabía. Todos menos tú, Bella.
Abrí la boca, horrorizada ante tal traición. ¿Por qué nadie me había dicho nada? ¿Por qué Edward no me había dicho nada? Y lo que era más importante, ¿por qué a Edward no parecía importarle el hecho de que su hermana y su mejor amigo estuvieran enrollados? ¿No se daba cuenta de que el cielo estaba a punto de caer sobre nuestras cabezas?
—¿Y por qué estás ahí tan tranquilo? —estallé, histérica ante su calma irracional— Primero, Rose y Em. Ahora, Alice y Jasper. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Tú y yo?
Una media sonrisa apareció de la nada en los labios de Edward.
—No sería una mala idea.
Le observé en silencio, incapaz de decir nada. No sabía si lo decía en serio o si lo hacía para echarse unas risas a mi costa. En los últimos meses parecía haberse propuesto demostrarme que ningún chico iba a cubrir mis expectativas, ninguno excepto él. Pero lo hacía para disuadirme de salir con el resto de chicos del instituto, no porque tuviera un interés real en mí.
¿Verdad?
—Tenemos que ir a hablar con Alice —dije de repente, resuelta a no darle más vueltas a su extraño comportamiento—. Igual tú puedes hacerla entrar en razón. Eres su hermano mayor, a ti te tiene que hacer caso.
Sin esperar su respuesta, me encaramé con cuidado sobre el marco de la ventana y me agarré a las ramas de ese árbol que Charlie había plantado demasiado cerca de la casa. Edward lo había utilizado en un sinfín de ocasiones para colarse en mi habitación o huir de ella sin tener que pasar por la puerta de entrada y evitar así las miradas severas de mi padre, así que no podía ser tan difícil bajar por él.
—Bella, ¿se puede saber qué haces? —preguntó Edward.
—Bajar. Tenemos que ir a hablar con tu hermana —repetí; ¿acaso no me había oído?
—Te vas a caer —dijo, como constatando un hecho evidente—. Utiliza la puerta.
—No me va a pasar nada —aseguré, con un aplomo que no sentía en realidad.
Me apetecía probar si era capaz de hacerlo. Y no quería dejar atrás los diecisiete años sin haber hecho algo tan típicamente adolescente.
Con las manos bien sujetas a la gruesa rama, inspiré hondo un par de veces y estiré la pierna. El fuerte tronco del árbol se encontraba cerca de la ventana, por lo que me fue relativamente fácil apoyar el pie sobre un saliente; lo jodido ahora era hacer lo mismo con la otra pierna y abandonar la red de seguridad que me proporcionaba la ventana.
Miré hacia abajo sin poder evitarlo y aunque la altura no era demasiada, sentí un retortijón de miedo en el estómago. ¿Por qué demonios aquello me había parecido una buena idea?
—No mires hacia abajo —me aconsejó Edward; por lo visto, se había dado cuenta de que disuadirme de mi suicida idea iba a ser tarea imposible—. Agárrate fuerte y muévete deprisa, no lo pienses. Es fácil.
Su voz serena me dio ese extra de valentía que no sentía y que tanto necesitaba. Impulsé mi cuerpo hacia delante y logré colocar el otro pie sobre el mismo saliente. Sonreí nerviosa al comprobar que la parte más difícil ya estaba superada. Ahora sólo tenía que ir bajando poco a poco hasta tocar el suelo. Me concentré en la tarea, pensando bien antes de hacer ningún movimiento y, antes de darme cuenta, estaba ya a medio camino, relativamente cerca del suelo.
—Tenías razón —logré decir, con la respiración agitada por el esfuerzo físico—. No es tan compl…
Las palabras se quedaron atascadas en mi garganta en cuanto mi pie derecho resbaló y perdí mi agarre, cayendo hacia atrás.
—¡Mierda, Bella!
El suelo estaba jodidamente duro. En serio, esa alfombra de césped verde era engañosa. No era suave y no absorbía el impacto de las caídas. Sentí un agudo dolor recorrer toda mi espalda y no pude reprimir el gemido que se escapó de mi boca.
—Te lo dije —murmuró Edward a mi lado y, a pesar del exasperante comentario, la preocupación era evidente en su voz—. No te muevas y dime qué te duele.
—Todo. Hasta el alma.
Escuché su risa entre dientes y, a pesar de que el dolor no había remitido, una mueca sonriente involuntaria se dibujó en mis labios.
—Voy a llamar a Carlisle, ¿vale? No te muevas —repitió, agarrándome la mano con fuerza.
Mis visitas al centro médico de Forks habían sido recurrentes y numerosas desde mi infancia, pero nunca había tenido el privilegio de hacerlas en ambulancia. Hasta esa tarde. Hice mi entrada más triunfal hasta el momento, en camilla y con el acompañamiento de la sirena de emergencia como perfecta banda sonora. Edward iba a mi lado y no me había soltado la mano en ningún momento.
Carlisle, el padre de Edward, me dedicó una sonrisa cómplice al entrar en la habitación. Los dos habíamos perdido la cuenta de las veces que esa escena se había repetido, era una especie de déjà vù en constante repetición. Me examinó con atención, encargó hacerme una radiografía de la espalda y tras un minucioso análisis, determinó que el golpe podría haber sido mucho peor pero que, afortunadamente, en cuanto el dolor remitiera, no tenía nada de lo que preocuparme.
Pero Carlisle estaba equivocado. Mi padre apenas tardó quince minutos en encontrar un sustituto para su turno de tarde en la comisaría y presentarse en el centro médico, con placa, uniforme y arma reglamentaria incluidas.
—Intenté disuadirla —dijo Edward, después de explicarle el aparatoso accidente—. Pero ya sabes cómo es —añadió, lanzándole una mirada cómplice a Charlie.
Me volví hacia Edward, vocalizando en silencio la palabra "traidor".
—Menos mal que estabas ahí, chico —masculló Charlie, palmeando la espalda de Edward en lo que probablemente fuera su mayor muestra de afecto para con un extraño—. Tengo que volver a la comisaría, Bells. ¿Crees que serás capaz de llegar a la cena sin tener que pasar otra vez por urgencias?
—Lo intentaré —farfullé, con las mejillas rojas por la rabia y la vergüenza.
—Cuídala, chico —dijo mi padre, volviéndose hacia Edward.
Él esbozó una amplia sonrisa de suficiencia.
—Siempre lo hago.
En cuanto Charlie desapareció tras la puerta de la habitación, volví a dirigirle a Edward mi mirada más asesina. Esperaba que fuera lo suficientemente intimidante.
—¿Desde cuándo te alías con mi padre para dejarme en ridículo?
—Sólo intentaba ganarme su aprecio —replicó él, encogiéndose de hombros—. Ha sido bastante fácil.
Entrecerré los ojos con suspicacia, observándole en silencio.
—¿Qué tramas? —quise saber.
—Nada que no te haya dicho ya —murmuró Edward.
De repente, era más que consciente del agitado ritmo de mi respiración. La estúpida promesa que Edward me había hecho no paraba de dar vueltas en mi cabeza y sus palabras me resultaban confusas.
Levanté la mirada y me sorprendí al encontrarme con sus ojos verdes a escasos centímetros de distancia. Sus labios se curvaron en una sonrisa serena y, como siempre, correspondí a su gesto de forma involuntaria.
—Espero que pronto te des cuenta de que tú y yo, juntos, no es tan mala idea.
Susurró sus palabras tan cerca de mí que su aliento acarició mi piel, poniéndome el vello de punta. Sin decir nada más, me besó fugazmente en la mejilla y salió de la habitación.
En cuanto me quedé sola, me llevé la mano a la cara, acariciando el punto exacto que habían rozado sus labios. Era la primera vez que Edward me besaba y, por alguna extraña razón, estaba deseando que volviera a hacerlo.
Los reviews son mejor que cualquier Edward tierno. Bueno, mejor no, pero se le acercan ;)
Nos leemos.
Bars
