16. Otros mundos
—¡Dios mío, mataron a Kenny!
—¡Hijos de puta!
Despertó tomando una bocanada de aire como si algo le hubiese estado cortando la respiración mientras dormía. Eric miró alrededor, después de unos segundos sus ojos se adaptaron a la oscuridad del inmenso cuarto de la mansión McCormick y recordó que esa noche él y sus amigos acordaron quedarse a dormir allí luego de que terminara la purga anual del Día de Acción de Gracias.
Kyle roncaba suavemente envuelto en una frazada. Stan dormía despatarrado sobre su saco de dormir, a los pies descansaba su macizo bate de béisbol revestido con alambre de púas, tenía sangre y algunos cabellos y restos de… Eric sacudió la cabeza sin querer pensar en ello. Él nunca participaba activamente de las purgas: acompañaba a sus amigos en calidad de enfermero y de paso ellos resguardaban su culo de quienes intentaban matarlo cada año. Si bien Kyle y Stan lo molestaba y golpeaban la mayoría de las veces, ninguno permitió jamás que un extraño se metiera con él y Eric tomaba eso como un gesto de cariño. Kenny por otro lado era menos agresivo pero también cargaba con un número de muertos sobre sus espaldas.
Eric abandonó su saco de dormir y se puso de pie, caminó evitando pisar a sus amigos y fue a la cocina a buscar un vaso de agua esperando no cruzarse con los hermanos de Kenny, no estaba de humor para bromas o esos bruscos coscorrones de daba Kevin. Abrió la nevera, bebió un gran vaso de agua y cuando dejó la botella en la nevera vio un cubo de alitas de pollo que había quedado de la noche; no lo pensó dos veces y lo tomó, prometiendo que al día siguiente el invitaría un cubo a cada uno de sus amigos para compensar la falta. En general siempre comía a lo último pero se había despertado con mucha ansiedad debido a la pesadilla.
Se sentó a oscuras en la mesa de la cocina y tomó una alita, estaba fría, la salsa se había endurecido un poco pero no le importó. La devoró en seguida, dejando los huesitos sobre una servilleta, luego otra y otra hasta que la cubeta quedó vacía. Eric pasó el índice por el fondo para tomar el resto de salsa que quedó.
—Deberíamos haber comprado más ahora que lo pienso —comentó una voz con tono divertido—. No te vayas a cagar de miedo en mi cocina, gordo —agregó Kenny entre risas al ver el susto que se llevó Eric.
—Kinny… —murmuró el chico y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Ah, Kenny, estás…
—Sí, sí, soy yo, Kenny. ¿Qué carajo te pasa? No me digas que volviste a soñar qu-
No lo dejó terminar. Eric lo rodeó con sus regordetes brazos y lo estrujó unos segundos, luego apoyó la cabeza contra su pecho esforzándose para no sollozar. Kenny puso los ojos en blanco y dio unas palmaditas sobre la cabeza del chico. Desde que se perdió en el universo paralelo que tenía esa pesadilla extraña.
—No fue un sueño, ya te dije que en ese lugar tu otro tú muere de alguna forma horrible…
—Pero luego vuelvo a la vida, ¿no? Así que no te preocupes por ese Kenny, y no te preocupes por mí. Soy el chico con más suerte en South Park, nada me va a pasar, ¿bien?
Eric asintió con la cabeza y sonrió, Kenny le guiñó el ojo y luego bajó rápidamente las manos para apretarle ambos glúteos.
—Cuando te asustas el culo te tiembla como flan… ¿nunca te lo han dicho? A mí me encanta.
—Cállate, Kenny —respondió el chico haciendo pucheros y sus mejillas se sonrojaron—. Lamento no dejarte alitas de pollo.
—No importa, bajé a fumarme un cigarro. Sabes que si Kyle me pilla fumando me va a meter el bate de Stan por el culo. Aunque es mi casa, debería poder fumar donde me dé la gana pero bueh, ya sabes como ese ese cabrón: no respeta nada.
—A nosotros nos respeta un poco más que al resto.
—A ti te respeta más querrás decir. Pero está bien, tú eres diferente, gordo, y en el buen sentido, sólo que a Kyle le cuesta reconocerlo. Cuando piense con la cabeza y no con sus puños o navajas, verás que no se va a querer despegar de ti —aseguró Kenny mientras tomaba un encendedor del cajón de la cocina y encendía un cigarro.
Eric se sonrojó un poco. Si bien Kyle y Stan del otro universo eran más amables y mucho menos violentos, él prefería seguir en su propia realidad, donde su mejor amigo no moría casi todos los días, el resto de las cosas malas podía afrontarlas. Aunque eso lo descubrió luego de que regresó a la fuerza y todos los chicos de South Park aplicaron la ley del hielo, algo mucho más doloroso que cualquier paliza. Todos menos Kenny, claro, él era su mejor amigo desde que podía recordar y estaba muy agradecido por eso.
—No sé qué haría sin tí, Kenny.
—Estarías muerto, culo de manteca, no te quepa duda.
Ambos rieron.
