Título: Awaken

De nuevo, gracias a todos; en especial a Anel, que me hace seguir con el fanfic. No lo pienso dejar, ni de broma :3 No suelo ser una de esas escritoras que van mendigando reviews, pero uno no me importa… que no muerdo (?)


Y durante esos días tu vida da un giro de 180 grados, pasando a tener que volver a aprender cosas básicas como hablar, andar o comer de nuevo. Aunque realmente no sabes si a eso se le puede llamar vida, ya que no sabes qué es peor; si estar dormido durante tiempo indefinido o estar despierto pero tener que salvar tu culo sin saber qué coño está pasando. Aunque ahora no tienes tanto tiempo para pensar esas cosas como antes.

No te ha sido difícil encontrar alimento, ya que te encuentras en la planta baja de aquel lugar -que acabas de descubrir que es un hospital- y hay un almacén allí cerca con comida para sobrevivir durante bastante tiempo. El suficiente hasta que aprendas otra vez las funciones básicas de un ser humano y tu agilidad de aventurero vuelva a ti. Y el dormir no es inconveniente ya que aquel lugar está rodeado de camas por todas partes, y mantas para resguardarte del frío.

Pero pese a estar bien abastecido, aún te asustas al salir al almacén ya que la vista no es muy agradable. Aún hay sangre fresca pegada en las paredes, y en tu primer viaje -el cual fue bastante patético, ya que te arrastrabas por el suelo cual inválido- te encontraste una enorme cantidad de cadáveres en tu camino que tuviste que esquivar con bastante delicadeza. Y lo peor de aquel retrato mortal fue ver a un niño de aproximadamente diez años tirado en medio del lugar.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Por eso al día siguiente, aun tambaleante y apoyando tu cuerpo en la pared, decidiste moverlo a alguna de las habitaciones que había allí, cerrando la puerta la cual tenía una enorme "x" hecha con sangre, seguramente producto de la desesperación de alguna de aquellas personas en sus últimos minutos de vida.

Y ahora te encuentras en tu habitación tras un día más después de tu despertar. Concretamente, ocho días han pasado desde aquel extraño acontecimiento. Has recuperado bastante movilidad, y te puedes mantener en pie durante un par de segundos, aunque tus piernas aún se sienten como si fueran gelatina. Pero lo que no ha mejorado es tu habla. Te sientes algo raro -por no decir retrasado- al hablar y que lo único que salga de tu boca sean gruñidos en plan Chewbacca. Y aunque te de vergüenza, sabes que debes intentarlo para así poder mejorar con la práctica.

Miras al suelo, y ves cómo la luz de la farola alumbra levemente el suelo aun levemente sangriento de la habitación. Por un momento te planteas en mirar hacia afuera, pero pese a estar a un par de metros de altura de la calle, lo ves algo arriesgado. Pero aún así, la curiosidad te puede. Siempre te ha podido.

De manera prudente y arrodillado como estás, te agarras del borde de la ventana y comienzas a ascender. Sin pausa, pero tampoco sin prisa. Tus piernas tiemblan, pero aún así alzas tu cabeza, lo suficiente como para ver con tu vista borrosa debido a la falta de gafas, lo que hay más allá de esas cuatro paredes.

Y en ese momento se te para el corazón y vuelves a tu posición, dejándote caer pero sin hacer mucho ruido.

Intentas respirar, como si aquello que hubieras visto hubiera sido sólo cosa de tu imaginación. Pero oh, sabes bien que aquellas manchas grises que acabas de ver esparcidas por la calle son aquellos seres. Aquellos que viste el día de tu despertar. Y te asusta, porque empiezas a pensar en qué cojones habrá pasado durante todo el tiempo en el que has sido la bella durmiente. En la cantidad de cosas que te habrás perdido, las cuales deben de ser imprescindibles para entender lo que le ha pasado a tu planeta.

Te acurrucas bajo la ventana, poniéndote una manta encima debido a que el cristal está totalmente roto y reventado, y el frío te entra por todas partes. Suerte que cayeron hacia afuera, seguramente en un intento suicida de algún doctor o enfermera o paciente dispuesto a caer en mejor vida.

Y con esos horribles pensamientos te vas a dormir, como casi todas las noches.


Ahora mismo te encuentras en la misma posición de anoche, y has abierto los ojos tan rápido que te ha dado dolor de cabeza. Estás totalmente asustado y con tu corazón latiendo fuertemente. Has escuchado algo, lo sientes. El eco de los pasillos dudas mucho que sea cosa tuya o de tu cabeza trastornada, y en verdad no lo es. Te levantas despacio, sentándote en el suelo. Aún no puedes ver demasiado bien, pero has logrado afinar tu oído estos últimos días ya que tu vista no es demasiado buena.

Y tal como Jake afirmaba, sí que hay alguien afuera. Aunque más que una persona parece una sombra, ya que se desliza por los pasillos con una agilidad inhumana, casi felina. Por un momento esa sombra se detiene, delante de aquella puerta que es el almacén. Intentas ser ese chico de extrañas gafas picudas, pero es imposible porque está lejos de tu alcance. Y aparte, es demasiado pronto como para que seas él.

Ahora vuelves a ser Jake, y te encuentras asustado; porque tienes miedo a que esos seres de gris vengan a por ti. Ya has visto todo lo que han causado en la ciudad, aunque de lejos y mal enfocado por culpa de tu falta de gafas; y prefieres incluso que haya sido así. Porque de ese modo puedes evitar ver las caras de sufrimiento de la gente.

Sales de la sala a gatas, con miedo a levantarte y que te vean desde la ventana. Pero por lo que has podido comprobar, por la mañana no suele haber casi de esas "manchas grises" por la calle -por no decir que no hay ninguna-, sólo aparecen por la noche. ¿Serán vampiros?, te preguntas por primera vez después de mucho tiempo.

Dejas tus pensamientos y te concentras en lo que estabas a punto de hacer. Coges una barra de metal, la cual ha sido tu arma desde que empezó aquella locura. Hubieras preferido un par de pistolas, ya que era algo que llevabas manejando desde los once años, y ahora tenías quince. Bueno, en el 2012 habías tenido 15, porque ahora dudas seriamente de que sigas en el mismo año…

Abres la puerta y atraviesas el pasillo, aún pegado a la pared con las manos puestas en ella. Y escuchas ruidos, demasiado sigilosos como para ser humanos o de algún animal. Pero por un momento empiezas a pensar en que tal vez puedan ser de alguien que haya sobrevivido… aunque después de lo que está pasando ves descabellado la idea de que haya más personas aparte de ti.

Los ruidos se hacen un poco más audibles, pero no lo suficiente como para que alguien normal los escuche; y provienen del almacén. Aprietas aquella barra entre tus dedos, notando como éstas sudan debido al nerviosismo, y por ende el metal intenta resbalarse. Y con algo de fe y el corazón en un puño, pronuncias unas palabras; sin dudas las que más te han costado en tu vida.

— ¿Hay… al-guien? —te sientes algo avergonzado al hablar, es decir, tu voz suena ya lo bastante ronca y patética, como para que ahora salga alguien y te escuche. Pero te dan ganas de darte un golpe, y piensas que ese no es el mejor momento como para pensar en cosas sin importancia.

Contra todo pronóstico los ruidos cesan, y ahora viajas al otro lado de la puerta; donde un muchacho de pelo rubio y puntiagudo y gafas picudas busca en la oscuridad alimentos para poder sobrevivir. Pero se ha detenido al oír una extraña voz, que por parecer no parece ni humana; y hace que el corazón del chico se detenga por un milisegundo, para luego mantener la calma. Sus dientes blancos se aprietan, algo sorprendido por el buen oído de aquel del otro lado, ya que juraría que nadie podría oírle porque no es la primera vez que hace eso… Pero se equivocaba. Y vaya, parece que ahora sí puedes ser ese muchacho.

Tu nombre es Dirk Strider, y ahora mismo estás metido en el peor aprieto de tu vida.