Capítulo III: Paseos por cubierta
Faltaban cinco minutos para que soltaran las amarras y Harry todavía estaba de pie, como inmóvil, aturdido por las últimas palabras de Ron acerca de su hermana. Habían sonado cinco pitidos y ninguno de ellos lo escuchó. Había una actividad efervescente en cubierta: marineros deambulando de un lado a otro, entrando y saliendo por puertas, haciendo aseo de última hora o esperando las órdenes del capitán para levar anclas y soltar amarras. Los últimos pasajeros estaban subiendo por la rampa, corriendo con sus bolsos, mochilas o carritos.
Harry salió de su ensimismamiento y salió de su habitación, mirando en todas direcciones, como si el ambiente que le rodeara fuera una auténtica revelación. Se sentó en uno de los banquillos, reflexionando, pensando en alguna razón contundente para que Ginny estuviera lejos de su vida, pero no hallaba ninguna plausible. Tal vez había pasado demasiado tiempo e ignorara varias cosas, porque en los seis años que pasaron desde la última vez que se vieron las caras no había tenido ninguna carta o alguna cosa que le recordara que ella existía. ¿Qué, de entre todas las cosas que habían sucedido entre los dos, era capaz de crear una brecha tan grande? No alcanzaba a imaginar algo. Al fracasar en su intento por responder tantas cuestiones, se puso de pie nuevamente, justo cuando Ron salía de una habitación que estaba dos puertas más allá de la suya. Haciendo como que no se había dado cuenta de nada, Harry caminó por el extenso pasillo hasta el enorme vestíbulo, descendió por una escalera mecánica hasta el nivel de la cubierta, momento en el que toda la nave vibró. Los gigantescos motores del buque habían cobrado vida, dando comienzo a, según anticipaba él, una de las experiencias más deprimentes de su vida.
Salió a la iluminada cubierta, viendo a cientos de personas arrimadas a las barandas, despidiéndose alegremente de sus seres queridos, amigos, amantes… Harry hizo caso omiso de la gente y se dedicó a esquivar a marineros, oficiales y pasajeros que todavía no hubieran reconocido su habitación. Notó que el sector de proa estaba menos abarrotado que los lados y se dirigió hacia allá, caminando casi como un androide, indiferente a la felicidad de los demás. La marea de gente comenzó a ralear y, cuando estuvo a metros de la proa, se dio cuenta que había una sola persona mirando hacia el horizonte: su cabello se agitaba a la brisa marina, el sol los iluminaba, y Harry se dio cuenta de quién estaba allí.
Por momentos, Harry quiso que sus pies cobraran conciencia propia y lo llevaran lejos de allí, de vuelta a su habitación y ver algo de deportes para distraer su mente y decidir sus prioridades reales. Pero, parecía que no respondían, o peor, que hubieran pisado pegamento de secado rápido, porque no podía moverse en ninguna dirección. Y, la mujer que miraba hacia el horizonte se dio cuenta que alguien la observaba y se volvió, y vio la cara que había evitado desde hace varios años ya.
-¡Harry!
Ginny se llevó las manos a la cara, entre la sorpresa y la nostalgia. No sabía que decir ante lo que estaba pasando, no esperaba que él apareciera de forma tan repentina en su vida, sabiendo la forma en que lo había amado, pese a tener que soportar el hecho que debiera seducir a otras mujeres para conseguir sus objetivos. Había sido una prueba muy dura y, al final, no fue capaz de aguantar las circunstancias y había encarado muy amargamente a Harry.
Ahora estaba arrepentida de haber sido tan inmisericorde con él.
Pero había hecho un compromiso de matrimonio y no podía deshacerlo, por mucho que amara al hombre que tenía frente a ella. Además, habían pasado tantas cosas en los últimos seis años que, sencillamente, no tenía más alternativa que aceptar casarse con un sujeto al que odiaba con toda su alma. Debía fingir amor y deseo por un hombre a quien no amaba ni deseaba, pero la necesidad motivaba a hacer muchas cosas, a veces, en contra de la voluntad de uno.
-Hola Ginny –saludó Harry de forma acartonada.
-¿Co… co… cómo estás? –balbuceó Ginny, juntando las manos y las piernas, haciéndole ver más como una chica insegura que como una mujer atractiva y deseable.
Por momentos, Harry no supo qué contestar. Esa no era la Ginny de antes. Parecía una desconocida a quien él acababa de conocer. Estaba acostumbrado a la mujer atractiva, alegre y graciosa con la que había salido hace ya media década.
-Bien –mintió Harry, aunque le puso cierto aplomo a su voz, como para que creyera que todo estaba bien, cuando eso pudiera definirse como un contrasentido en esos momentos tan tensos. Ginny no respondió. Era como una traición a ella misma decir que estaba bien, porque su cuerpo hablaba por ella como si llevara una gran pancarta proclamando "soy infeliz".
-¿A qué lugar de Chile vas? –preguntó Harry con voz trémula, aunque tratando heroicamente de modularla para que sonara más decidida y menos miserable-. ¿Algún lugar bonito para el matrimonio?
Harry sintió un horrible nudo en el estómago cuando pronunció la última palabra. Estaba a días de perderla, quizá para siempre. Suponía un esfuerzo similar al de Atlas para soportar el peso de esa verdad, saber que otros brazos la iban a soportar, que otra boca la iba a besar, que otro hombre la haría suya. Aquel último pensamiento traía nubes de tormenta a la mente de Harry, sabiendo que era la única mujer que conocía con la que no había hecho el amor. Estaba tan cerca, pero la sentía a años luz de distancia… era como las estrellas; las podía ver, pero tocarlas jamás… sueños sin posibilidad de materializarse. A veces, cuando estaba solo en su cama e incapaz de conciliar el sueño, se hacía las mismas preguntas: ¿qué había sucedido? ¿Cómo era capaz de soportar la agonía de no tener a la mujer de sus sueños en sus brazos? ¿Cómo podía tolerar el paso de los días, las semanas, los meses… los años sin tocar su piel de seda, sin besar sus labios? ¿Cómo podía pensar sólo en ella, cuando había estado con decenas de chicas? Preguntas sin respuesta, noches en vela tratando de responderlas… frustración en aumento. Lo único que tenía por cierto era que había algo especial en ella que lo volvía loco, y que iba más allá de lo obvio, de lo que estaba a la vista. Tenía algo que las demás no, de eso estaba seguro.
-El sur es lindo –dijo Ginny, tratando de sonar casual-. Hay más verdor allá. Pensé en un campo extenso, verde, con flores… aunque no creo que haya muchas en esta época de año.
Harry acababa de tragarse una pregunta que podría haber espantado a Ginny al punto de caerse por la barandilla. Era la típica pregunta que un ex novio le hacía a alguien cuando está a punto de casarse y Harry se dio cuenta justo a tiempo y se quedó en silencio, mirando hacia el mar, como queriendo obviar a la mujer que lo miraba sin poder descifrar su expresión. Normalmente le bastaba una mirada para saber qué le ocurría, cuando eran novios y sus manifestaciones de amor, como siempre, hablaban de un romance eterno. Pero ahora, parecía haber una misteriosa niebla entre los dos que les impedía reconocerse bien, haciéndolos ver como si fueran conocidos ocasionales, como si jamás hubieran tenido algo más.
-¿Tienes visto el vestido que vas a usar?
Ginny hizo una mueca parecida a la que uno hace cuando le pisan el pie. Después de unos momentos, ella contestó, aunque miró levemente hacia abajo cuando lo hizo.
-Mi mamá tenía un vestido de novia precioso guardado en su habitación. Era el mismo que había usado cuando se casó con mi padre. Pero Narcissa no quiso. Decía que era demasiado anticuado y que mi madre tenía un pésimo gusto por la moda y, por eso, mandó a hacer un vestido más al estilo actual. A mí no me gustó mucho, pero a Draco le encantó y, por fuerza, tendré que usarlo-. Ginny se encogió de hombros-. Bueno, es sólo un vestido, de todas maneras. Supongo que no será un suplicio llevarlo puesto.
Harry, cegado como lo estaba ella, no pudo ver que, pese a la voz calma de Ginny, tenía los hombros caídos y los brazos lánguidos, como resignada a aceptar que no iba a ser feliz.
-Supongo –dijo Harry por puro compromiso, sintiendo otro ligero temblor. El Queen Mary II se había puesto en movimiento. El viaje más aburrido de su vida había comenzado, o al menos eso creía.
-Bueno, supongo que debo marcharme –dijo Ginny, mirando de repente hacia Harry, y él se sorprendió de lo sería que lucía-. Harry, te voy a pedir, por favor, que no trates de encontrarte conmigo, no me mandes mensajes. No hay nada que puedas hacer para evitar mi casamiento.
Harry no podía sentir sus vísceras en su interior. Ron, Hermione, y ahora Ginny, le decían prácticamente lo mismo. Mientras contemplaba a su media naranja alejarse de él, creyó seriamente que debía hacer caso a su consejo y alejarse de su vida… para siempre. Con algo más de decisión que antes, Harry caminó hacia popa, mirando cómo la gente se iba retirando de las barandas y entrando al edificio principal o, como él, paseando por cubierta. Cuando estaba a medio camino entre las dos puntas del buque, en medio del gran pasillo que conectaba el sector de proa con el de popa, se podía ver un gran agujero, el cual correspondía al monumental vestíbulo. Pero, lo que lo sorprendió (aunque no tanto a estas alturas) era la cantidad de restaurantes y locales de comida rápida que abarrotaban la "planta baja" del transatlántico. Incluso había uno cuyos ventanales daban una espectacular vista del océano. Curioso, Harry se dirigió a una mesa que estaba justo allí y se sentó, creyendo que comiendo algo y distrayéndose con el discurrir de las gaviotas en el mar iba a poder olvidar el incómodo episodio que vivió recién.
Estaba en lo cierto y estaba equivocado a la vez.
Cuando salió del restaurante, Harry había recordado lo que era comer de verdad, y las coreografías de las gaviotas habían sido memorables. No recordaba nada que hubiera ocurrido entre cuando entró al local y cuando salió. Tenía el estómago lleno y deleitaba la vista con las coloridas pinturas que decoraban las paredes entre local y local. Era más hermoso que un centro comercial, y la atención era más personalizada.
Pero, poco tiempo pasó para que el rostro de Ginny, marcado por la seriedad, apareciera de nuevo frente a él. Y supo que, no importaba lo que hiciera para distraerse, iba a pensar en ella de todas formas. Lo único que podía realmente hacerle olvidar a las chicas era hacer su trabajo: y supo que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Era tiempo de abandonar las niñerías y dedicarse a trabajar, a convertirse en un político de verdad y vender con palabras la verdad.
La tentación estaba a la vuelta de la esquina.
Harry vio una cabellera rojiza en la barandilla, pero esta vez, estaba en la popa. ¿Se acercaba a ella, o daría media vuelta y seguiría con lo que se había propuesto? No recordaba qué iba a hacer ahora, apenas podía escuchar a su propia conciencia, la cual le repetía hasta el punto de la irritación que fuera sensato y le hiciera caso para no meterse en problemas.
Se acercaba más rápido de lo necesario a esa persona, a veces tropezando con un oficial de a bordo, quien lo acompañó por unos cincuenta metros sólo para gritarle que tuviera más cuidado o lo encerraría en la bodega de carga hasta que llegaran a Alejandría. Cuando el oficial se fue, Harry se quedó pensando en otra cosa que le quedó dando vueltas en su mente.
Con la vista fija en la mujer del cabello rojo, Harry masticaba una sola palabra: Alejandría. Esa ciudad era el principal puerto de Egipto, donde había sido quemada la famosa biblioteca. Eso significaba que no irían por el Atlántico hasta Chile, sino que atravesarían el Canal de Suez para navegar por el Índico, el Sudeste Asiático y toda la extensión del Océano Pacífico hasta anclar en el dichoso puerto de Valparaíso. ¡Pasaría más de un mes en el mar! Un mes de papeles, un mes de lectura de documentos, un mes de preparación de discursos… ¿por qué los encargados de Logística Mágica no le reservaron un pasaje de avión? Hubiera ensayado en su casa y después, habría tomado el avión para llegar a Chile en un par de días y hablado con su par chileno, todo en una semana, como máximo.
No tenía forma de saber que, un mes después, se haría la misma pregunta.
Estaba a metros de la chica pero, se dio cuenta, entre la desilusión y la sorpresa, que había sido el efecto de la luz del sol de la tarde el que había teñido de rojo unos cabellos que en realidad eran castaños. Y, por lo enmarañados que estaban, supo de inmediato de quién se trataba, aunque no entendía qué hacía a bordo del transatlántico más lujoso del mundo.
-¿Hermione?
Ella se dio la vuelta, mirando por un par de segundos a Harry antes de darse cuenta que era su amigo. Y tardó otros dos en extender sus brazos y abrazarlo fuerte contra ella. Cuando Harry se separó de ella, vio que estaba llorando, pero una amplia sonrisa se dibujaba en su cara.
-¡Hola Harry! –exclamó ella, como si él estuviera en la proa antes que frente a ella-. ¿Cómo estás? ¿Has seguido mi consejo?
Por un momento, Harry vaciló, sopesando la posibilidad de decirle a ella que había hablado con Ginny hace una hora atrás. Decidió que ella se había ganado el derecho hace tiempo ya, por lo que optó por la verdad.
-No pude, no con intención –dijo Harry con una rápida excusa-. No sabía que era Ginny hasta que fue muy tarde. Aunque hablamos poco. Me contó sobre su casamiento y otras cosas intrascendentes.
La expresión de Hermione era inescrutable.
-¿Por casualidad, te dijo lo mismo que te dije yo? ¿Eso de que te mantuvieras lejos de ella?
Harry asintió levemente.
-¿Y estás preparado para cumplir con esa promesa?
Harry recordó la seriedad del rostro de Ginny cuando le dijo que no se acercara más a ella, evocó la forma en que hablaba acerca de su casamiento. Todas aquellas señales le indicaban que enfrentaba algo inevitable. Sabía lo que debía hacer.
-Lo estoy –dijo Harry, alzando la vista y sonriendo, aunque de forma algo tosca.
Hermione estaba radiante.
-¿Te parece si paseamos un poco?
Ella accedió, y tomó del brazo a Harry, quien se sintió un poco incómodo, y caminaron por un pasillo lateral que pasaba por encima de la planta baja. Semejaba a un mirador, pero más largo que uno normal, la brisa entraba a éste y alborotaba los cabellos de ambos. A mitad de camino, se detuvieron y miraron hacia popa. El puerto de Liverpool se veía como un línea marrón en el horizonte, el cielo estaba haciéndose un poco más oscuro, lo que motivó a Harry a mirar su reloj.
-Son las seis de la tarde –informó. Pero a Hermione no parecía importarle mucho la hora. Miró intensamente a Harry y se acercó un poco a él, pero no tenía intención de nada más. Pero su amigo tenía la vista fija en otro lugar.
Un grupo reducido de gente, todos pelirrojos, se acercaban desde la proa. Todos hablaban animadamente, aunque sus voces sonaban algo forzadas. Harry, con un desagradable sobresalto, vio a Ginny, hablando con su madre, algo más contenta que antes. Sin embargo, cuando ella lo vio, transitó de una moderada alegría a ¿enojo? No entendía por qué Ginny estaría furiosa con él, si se habían despedido en términos neutrales ni había dicho algo que la hubiera herido.
Cuando la familia se alejó de él, Hermione miró al mar casualmente, como si su peculiar comportamiento fuera algo normal en ella. Harry desvió la vista hacia su amiga y vio que estaba pensativa, como recordando algo que le causara dolor.
-¿Qué sucede?
Hermione no respondió. Harry supo interpretar su silencio y le ofreció el brazo una vez más. Ella lo tomó y siguieron caminando hacia proa, a veces señalando algunas macetas con flores exóticas.
-Lástima que no se puedan coger –dijo Harry, tratando de animar un poco a su amiga-. A mi casa le falta un poco de color, pero creo que ya te diste cuenta.
Hermione sonrió.
-Me olvidé de comprarte algunos crisantemos y varias rosas para decorar tu antejardín –dijo ella, olvidando el mal momento de hace unos minutos atrás.
-Elige lo que quieras pero, bajo ninguna circunstancia compres jazmines.
Ambos rieron. A Harry los jazmines le recordaban a Ginny, pues su cabello siempre olía a aquella flor y era un aroma irresistible, le hacía desearla a todos los niveles. Y, relativizando aquel hecho, lo ayudaban bastante a ver su relación con ella como algo trivial y sin tanta importancia. Hermione ayudaba bastante a olvidarse de Ginny y concentrarse más en sus deberes: ella no iba a cambiar nunca.
-Te invito a cenar –dijo Harry.
-De acuerdo.
Y ambos, hablando acerca del trabajo de Hermione, se encaminaron hacia un local de comida en el pasillo principal. Pero, a varios pisos de altura, en una habitación lujosa y tirada sobre su cama, Ginny estaba recostada de cara a la cama, llorando en silencio.
