CAPÍTULO 3. — NEGOCIACIÓN

1

Sebastián era muy pequeño cuando su madre murió, no en realidad, fue asesinada.

Un balazo directo en la sien, con mucha sangre, alguna que otra suplica…la imagen estaba marcada a fuego dentro de su mente, igual que una fotografía con la diferencia de que esta tenía movimiento y no sólo eso, sino olores y hasta niveles de tonalidad que se tornaban cambiantes a cada segundo; una habitación oscura, donde el sol se esforzaba por entrar debajo de las rendijas y las motas de polvo jugueteaban a cada movimiento, creando graciosos halos, figurillas sin forma que dentro de su imaginación infantil resultaban graciosas.

No amaba a su madre, al menos no con la pasión suficiente para lamentar su muerte durante un largo tiempo. Ella nunca lo había cuidado realmente, apenas aprendió a caminar se vio en la necesidad de conseguir su propio alimento y tan pronto comenzó a hablar a trabajar para el hombre al que llamaba "Papi".

Él que lo humillaba y golpeaba a diario, cuando no traía suficiente dinero o sólo porque necesitaba desquitarse con alguien o algo, poco importaba que esa "cosa" tuvieras fibras sensitivas y un cuerpo frágil.

Así que cuando su padre asesino a su madre, no la amó más a ella, ni odió más a él. Observó la escena con impasibilidad, distante, frío. Ella era una mujer bonita que incluso en medio de toda la suciedad e inmundicia que le rodeaba resplandecía, su largo cabello largo, su hermosos ojos negros que a contraluz podían tornarse rojos y la delgada figura que en otros tiempos escondieron unos voluptuosos senos y unas pequeñísimas, pero torneadas caderas. No quedaba mucho de la adolescente de quince años que en otro tiempo fue vendida por su padre para pagar una deuda de apuesta. Dientes amarillos, uñas sucias, calvicie prematura…estaba muerta en vida. Aquel hombre que se declaraba "Su Dueño" le había matado mucho antes de que incluso arribara en este mundo, él sólo conoció un cascaron vacío e insípido, carente de vida.

Ella lo culpaba.

¿De qué?

De todo, incluso de existir. Le decía todos los días que sería mucho mejor que hubiera nacido muerto, lo despreciaba, en verdad lo odiaba.

Suponía existió un tiempo en que esas palabras debieron haberlo lastimado y hacerlo llorar hasta quedarse dormido; pero no estaba seguro de esto, no lo recordaba.

Por lo que a muy corta edad aprendió a sobrevivir por si mismo, seguro de que en este mundo nadie te daría algo sin antes recibir algo del mismo valor a cambio.

Si traía suficiente dinero tendría comida, si por el contrario, no cumplía con su cuota mínima establecida, pasaría la noche con hombre y dolor, producto de la golpiza que le propinaría su "Papi" y amigos.

Eran reglas simples de entender, más no de cumplir.

Sus primeros recuerdos infantiles se mezclaban con las imágenes de un niño de su misma edad cuyos movimientos torpes siempre le valían puntapiés y empujones en el mejor de los casos.

Su nombre era Claude, pequeño, callado, de semblante opaco.

La madre de Claude también le pertenecía a Papi. Era una demente, estaba completamente loca. Nunca conoció su historia y con frecuencia se preguntaba si él otro niño la conocería, ¿acaso era una mujer igual que su madre, quién fue vendida por su propio padre; o por el contrario, era una de las jovencitas que fue secuestrada a base de engaños y promesas falsas?

A Claude tampoco le gustaba su madre, le temía casi tanto como a "Papi". En un momento podía rodearlo de mimos, palabras dulces y caricias y al siguiente estamparlo contra la pared o incluso algo peor, como apuntarle con un cuchillo con toda la intención de asesinarlo. La mujer sólo conocía dos tipos de estados de ánimo: el éxtasis total o la depresión profunda. Sin puntos medios. Lo que le valía constantes golpizas por parte de "Papi".

Aprendieron a vivir juntos y permanecer tanto tiempo como podían lejos de sus padres. Los odiaban a ambos, pero le temían a él. Tan sólo escuchar su voz les revolvía el estomago y pensar que durante la noche debían regresar a "casa" los hacía detenerse de pronto durante el día, estremeciéndose de terror.

Pero las calles no eran un lugar sencillo en el que vivir, no para niños de cinco años. Estaba tan lleno de monstros y peligros como el más fantasioso libro de cuentos infantiles para antes de dormir. No recordaba cuando o como aprendieron a leer o escribir, sólo breves destellos de dos niños demasiado pequeños para su edad pasando con dedos mugrientos las páginas de libros y revistas tiradas en la basura. Algunos hablaban de magos y duendes, otros de hombres inteligentes que resolvían crímenes e incluso existían esos donde los niños comían tres veces al día, dormían siete horas e iban a la escuela donde jugaban con sus compañeros. Le gustaba leerlos, aunque pensar en que ellos jamás tendrían algo parecido les entristecía un poco. Y lo más difícil era el regreso al rincón oscuro que llamaba "Hogar"; si las calles no fueran tan frías ni estuvieran tan mal iluminadas, quizás permanecerían más tiempo allí, el resto de su vida; pero tan siquiera necesitaban un techo sobre sus cabezas para sobrevivir a una vida que no conducía a ningún lado.

Sebastián y Claude tenían siete años cuando vieron por primera vez al hombre que llamarían "Padre" y al que, aunque nunca llegarían a amar o sentir algún tipo de aprecio, si le estarían agradecidos el resto de su vida.

Ambos recordaban ese momento con precisión porque justo un día antes la madre de Claude se había suicidado, se cortó las muñecas y dejo que la sangre escurriera hasta que cubrió todo el piso y al aterrado niño que sostenía entre sus brazos, acurrucándolo con la misma delicadeza que si fuera una muñeca sin vida y no su propio hijo. Claude permaneció durante horas entre los brazos inertes de su progenitora antes de que alguien lo encontrara, helado hasta los huesos, bañado en sangre y con una mirada en el rostro demasiado cansada para llorar o expresar algún otro tipo de emoción que no fuera la indiferencia total.

Sebastián lo encontró horas más tarde, lo ayudó a lavarse y vestirse, el cuerpo del niño respondía a las señales de un autómata.

—¿Te encuentras bien?—le preguntó sosteniendo sus manos fría.

—Lo estaré—fue su sencilla respuesta y Sebastián lo comprendió, le ofreció una sonrisa fría a modo de respuesta que Claude no respondió en ese momento ni en los años venideros.

A veces, en las noches frías, silenciosas…en las que se alejaba de las mujeres, el alcohol, las drogas, cocina, escuela y todo aquello que constituía su "fachada", se preguntaba que habría sido de ellos si "Padre" no hubiera aparecido y arrastrado a ese mundo monstruoso y retorcido.

Tal vez su padre biológico los habría vendido a un enfermo, probablemente habrían crecido hasta convertirse en lo mismo que él y explotarían a mujeres y niños o quizás hubieran escapado a las calles donde tendrían una muerte que a nadie le importaría ni lloraría. El abanico de posibilidades era amplio, prefería no pensar en ello porque jamás lo descubriría.

De una cosa estaba seguro, no habrían sobrevivido. Ellos estaban destinados a morir incluso antes de nacer.

¿Al haber ido en contra de sus destinos se habían erigido en Dioses de la Muerte?

Jamás lo sabría.

Como fuera, "Papi" se metió en problemas y no pago su cuota a la mafia, entonces ellos vinieron con la intención de asesinarlo.

Él yacía sosteniendo el cuerpo de Claude en una esquina de la fría habitación quién no terminaba de asimilar o aceptar la muerte de su madre, en el instante en que todos esos hombres grandes y musculosos irrumpieron en la casucha haciendo ruido y rompiendo todo lo que encontraron a su paso, lo comprendieron y anhelaron. "Papi" iba a morir.

Bien. Lo merecía. Pero en el instante en que aquel hombre de aspecto imponente y aire bonachón le extendió una arma a Claude y le ordeno que le disparara a su "Papi" supo que ellos también.

Claude era unos meses menor que él o eso creía, físicamente siempre había sido el más grande y fuerte de ambos; pero también era el más débil emocionalmente; cuando no se sumía en una apatía e indiferencia profunda, se entregaba por completo al sentimiento que lo poseyera, incluso el miedo.

Las manos temblorosas de Claude sostuvieron la pesada arma y tambaleante se dirigió hasta él hombre que tanto dolor les causó, apuntó y comenzó a llorar…cálidas lágrimas escurrían por sus aterciopeladas mejillas y sus piernas temblorosas apenas lo sostenían, de un momento a otro se derrumbaría, lo sabía con sólo verlo.

El resto del mundo desapareció y se convirtió en menos que un borrón, había otras mujeres dentro de la habitación, también niños mayores…no recordaba sus rostros, gemidos o gritos de pánico; sólo la acuciante sensación de que debía hacer algo, lo que fuera o los matarían. Se dirigió hasta Claude, se colocó tras él, sujetó sus manos y sostuvo el arma.

"Lo haremos juntos. Yo lloraré por ti de ahora en adelante"

Y disparo.

2

—Si le dijeras que no quieres hacerlos, tal vez entenderían. ¿Por qué no lo haces?—le preguntó Alois mirando el lento, pero constante andar de una gota de rocío que se deslizaba por el cristal de la ventana—. ¿Yo podría hacerlo por ti? Si me dejas…

—No es necesario—atajó Ciel de golpe y continuó jugando con su juego de barajas—. Porque no quiero…—añadió en poco más que un susurro para si mismo.

—¿Por qué?

La pregunta lo tomó desprevenido por un par de segundos, no porque desconociera la respuesta, sino porque se negaba a aceptar lo que implicaba.

—No podemos huir de lo que somos. ¿Entiendes?

Alois lanzó una carcajada estruendosa antes de recargar su rostro sobre la fría superficie de la ventana.

—Podemos huir de lo que somos—añadió sin mantener contacto visual—yo lo he hecho toda mi vida. De lo que no podemos huir es de lo que los demás esperan que seamos.

—Juguemos…—dijo Ciel extendiendo la baraja hacia Alois, el rubio asintió con una sonrisa triste dando por zanjado el asunto.

A los padres de Ciel no les gustaba Alois, a Vincent no podía importarle mucho, pero a Rachel la presencia pretenciosa del menor se le antojaba intolerable, una pésima influencia para su hijo. Había algo malicioso en el niño, no sabía como definirlo o de que manera explicarlo y aceptaba que su sentir estaba injustificado; después de todo, el otro niño había también había experimentado cosas por las que un ser humano jamás debería pasar, sin embargo desearía que Ciel tuviera otro tipo de amigos, desde que había entablado amistad con el rubio su pequeño se había vuelto más meditabundo y solitario si era posible; todo el tiempo que no estaba en casa o escuela, lo pasaba con Alois, ya fuera encerrado en su habitación o en la casa del otro. Al principio había intentado integrar al pequeño Alois a su vida como familia; pero le fue imposible…no eran sus palabras, modales o gestos, en los que debía admitir no encontraba fallo alguno, sino su presencia…algo en ella le incomodaba. Aunque no intento disuadir su amistad, a duras penas la toleraba, en todo caso para evitar un enfrentamiento con Ciel.

Una sirvienta vino a avisarle de la llegada del señor Gregory, dio la orden de que lo hicieron pasar de inmediato. Aun podía despedirlo, no tenía porque obligar a Ciel a volver a pasar por ese trago amargo, aun tenía tiempo de…Apretó con fuerza su falda. El psicólogo había dicho que estaba bien, no había riesgos, Ciel había mostrado grandes progresos en su recuperación física y mental, compartirlo con el mundo, saber que había otros como él ahí fuera, que su historia, todo lo que él vivió no había sido completamente inútil, sino que podría marcar la diferencia, le ayudaría a su autoestima y a enfrentar su trauma durante el resto de su vida.

Cuando le comunicó a Ciel su intención de que un reportero le entrevistará, el niño se negó de inmediato, no tuvo un ataque de furia, sólo se negó; entonces ella le dedicó una suave sonrisa, le acarició el cabello y besó su mejilla.

"Hazlo por mi" se lo pidió una vez más.

Y su hijo aceptó. Por amor o aprobación, ¿quién sabe? A Rachel ningún hombre que la conociera era capaz de negarlo algo.

"Lo hago por su bien" se dijo a si misma por centésima vez, con cada vez lo creía un poco más.

Les pidió que llamaran a su hijo que estaba en su habitación con Alois; quién estaría presente en la entrevista, observando en las sombras. En minutos bajaron, si tan sólo sonrieran, sino tuvieran esa expresión de odio y resentimiento contra todo el mundo, si fueran niños normales…

"Quiero su amor" pensó Ciel observando el trajinar de cámaras, muebles y lámparas por su sala de estar. "Lo deseo más que cualquier otra cosa"

Probablemente Alois comprendiera esto, por eso se había ofrecido varias veces a darle voz y voto en un asunto en el que había mostrado una completa y falta de control. No podía decepcionarla más. No debía continuar causándole más dolor.

Durante los días que estuvo encerrado, rogando por una muerte que jamás llegaba, le juró a Dios que si le permitía ver a su madre una vez más antes de morir, sería el mejor hijo del mundo, no le desobedecería en nada y amaría en todo. Ahora mismo no creía en Dios, así que no había sido fiel a su palabra. Pero continuaba amando a su madre, por lo que no quería escuchar sus gemidos o ver sus lágrimas; con los suyos era suficiente. Si a ella le hacía feliz que él se lanzará por un precipicio, él escalaría tan alto como fuera para complacerla.

Alois desaprobaba esta conducta, pero él rubio había perdido a toda su familia. ¿Cómo esperar comprensión en este aspecto, más que en cualquier otro?

Su nombre era Gregory, un reportero de buen aspecto, dientes blancos y postura confiada. Le saludo amigablemente y él respondió encogiéndose de hombros. La expresión amable y el rictus afable no escondían más que un ego desmesurado, una hipocresía latente y una sed de dinero y éxito profesional. Los medios que usará para conseguirlo, no importaban.

—Acabemos rápido con esto—dijo sentándose en medio de las cámaras, luces y miradas escrutadoras de fondo. La más incriminatoria, la de Alois.

Y las preguntas vinieron en avalancha. Y los recuerdos en cascada también.

¿Qué sintió cuando lo secuestraron?

¿Cómo definiría su experiencia?

¿Creyó que moriría?

¿Qué mensajes les daba a todos los niños como él, qué habían sido victima de abusos o eran portadores del virus del VIH?

No lloró, no se vino abajo, su expresión apenas cavilo entre la indiferencia y el aburrimiento y probablemente la entrevista había nadado por estos rumbos hasta concluir satisfactoriamente para todos los interesados, sino fuera por la intervención de Alois.

—Ya es suficiente. ¡Vámonos, Ciel!

Sólo en el momento en que el rubio sujetó su muñeca y lo arrastró lejos del sillón, supo que había estado temblando y clavándose con tal fuerza las uñas en las palmas de las manos que se había sangrado.

Su madre los siguió y detuvo en el recibidor, Alois de pie, frente a ella, enfrentándola. Él estaba demasiado aturdido para pensar o reaccionar. Lo recordaba. Había ideado esa táctica de protección cuando las cosas escapaban por completo de su control y él era incapaz de hacer algo para remediarlo, era mucho mejor refugiarse en un rincón dentro de su mente donde nadie era capaz de alcanzarlo o lastimarle.

—Ciel, regresa, querido…recuerda, siempre debemos terminar lo que iniciamos—era su madre, avanzó un par de pasos hacia ella con la intención de obedecerle.

—Él no volverá—respondió Alois sujetándolo con mayor fuerza—. Todos ustedes son unos imbéciles y usted es la peor de ellos. ¡Nos vamos! Ese idiota no sabe nada de nada…Sólo porque ha leído un par de libros se cree que nos entiende.

Su madre dijo algo sobre que ellos sólo eran unos niños y no sabían casi nada de la vida.

—Sabemos más que todos ustedes juntos, estúpidos de mierda…

Y la discusión grababa a todo color por cámaras de varios tipos y clases se extendió. Ciel escuchaba las palabras, más no comprendía, ni hacía asomo por intentarlo. Llegó un punto en que se soltó del agarre de Alois y sin decir palabras o fungir como intermediario entre él y su madre, subió las escaleras en completo silencio, abrió la puerta de su habitación, la cerró con llave y se acostó sobre la cama.

—Sólo quiero que me dejen morir…—murmuró antes de sumirse en un febril e inquietante sueño, desconectado no sólo en mente, sino también en cuerpo de la realidad.

3

Afuera llovía, gotas densas y pesadas formaban una pared invisible de agua que golpeaba contra el suelo, el ruido era estrepitoso e igualmente molesto…hacía frío y el silencio de la casa no ayudaba a evadir la sensación de abandono y soledad que se apropiaba de hasta el más recóndito hueco de la habitación.

Alois escuchó el suave y casi silencioso deslizar de Hannah por la alfombra y asió la manta que le lanzó sobre los hombros, hasta el momento en que reparo en lo cálida y suave que era descubrió cuanto frío había sentido antes…

Se incorporó sobre el suelo y envolvió en la tela, aceptó con un asentimiento de cabeza la taza de humeante chocolate caliente que Hannah le ofreció. No tenía ganas de discutir, tampoco de llorar, estaba demasiado cansado para…quizás para cualquier otra cosa que no fuera respirar.

Ciel había huido de su hogar, sus padres habrían irrumpido en su casa a medianoche el día anterior exigiendo que les devolvieran a su hijo o al menos le dijera su paradero, sea cual fuera.

—No se donde esta—les contestó ocultando lo turbado que estaba porque Ciel no hubiera acudido por él en busca de ayuda. Ellos creyeron que mentía, pero no era así; ni siquiera tuvo oportunidad para hacerlo. Tras la desastrosa entrevista que nunca salió al aire, los padres de Ciel le prohibieron verlo y su amigo se sumergió en una terrible y profunda depresión, por lo poco que sabía se encerró en su habitación y se negó a comer durante días; sus padres estudiaban la posibilidad de internarlo en un hospital psiquiátrico cuando una noche desapareció de su habitación. Sin cartas, ni notas de por medio.

En un principio se pensó que se trataba de un secuestro, a falta de una exigencia de rescate o algo similar, la idea estaba casi desechada.

Él no necesitaba que se lo dijeran.

"Huyamos juntos a algún lugar donde nadie nos conoce" le dijo a Ciel una tarde en que alimentaban a los patos de un parque cercano que les lanzaban ligeros gruñidos y ariscos mordiscos cuando intentaban acariciarlos. "¿No sería acaso divertido ir a un lugar donde nadie sabes quién eres?"

"¿Divertido?"

"Si…algo como una utopía o un cielo" un suspiro se le coló entre los labios que disfrazo lanzando un puñado de alimentos a los patos.

"Tal vez…"

"Entonces hagámoslo un día juntos, los dos. ¿Lo prometes?"

Ciel dirigió hasta él una esperanza soñadora y por un momento, tal vez un segundo o dos creyó que le diría que si, aunque fuera una mentira…no contestó, en cambio continuó viendo videos de youtube en su tableta electrónica, rehuyendo su mirada y sin darle una respuesta.

Ahora Ciel se había marchado lejos, muy lejos… ¿A dónde? Oh, bueno…si habría de ser franco, no tenía la más mínima de donde empezar a buscar. Si fuese el caso contrario, si Ciel fuera quién le buscará a él, se le ocurrían al menos una docena de lugares a donde ir, pero el heredero Phanthomhive era todo un misterio, en gustos y acciones.

—Sólo quedan dos semanas para la sentencia. ¿Estas seguro de que quieres ir?

Su atención retornó al presente al escuchar las palabras de Hannah, ocultó su mirada tras su flequillo y depositó suavemente la taza de chocolate caliente sin probar a un lado.

No respondió, sólo se lanzó contra el pecho de la mujer y comenzó a llorar.

Si ella era una mujer mala como todas las otras que se había topado en su vida, si Lucas había muerto por su culpa, si sólo lo acogía por lástima y pena…en ese momento no le importó, necesitaba que el frío se alejara.

Al menos en el infierno siempre hacía calor.

4

Sebastián no tenía tiempo para eso, en otras circunstancias, en otros momentos, tal vez habría ofrecido un hombro donde apoyarse, una mano donde sostenerse o un puñado de palabras tranquilizadoras; más que nada para pasar el tiempo que por verdadera empatía o afecto; pero ahora no era el momento.

Su padre moría y con un demonio, no terminaba de hacerlo. Agonizaba y sufría y daba espasmos de dolor y se retorcía y vomitaba y gritaba, pero no terminaba por emprender el viaje hacia el otro mundo.

Y aunque todavía no había pedido la opinión de Claude en este aspecto, suponía que al igual que él, su hermano estaba más que cansado de esperar un desenlace que no terminaba por llegar. Y es que si su Padre fuera un venerable anciano rodeado de adorados nietecitos o el Patriarca de una poderosa familia de empresarios, podían sentarse con rostro compungido a esperar su muerte e incluso fingir que lloraban. Pero en su caso era diferente, porque cada día que pasaba los enemigos crecían y los muertos que arrastraban con ellos también.

En la ciudad existían cinco familias principales, cada una dirigía una parte de esta, los Pachelli tenían la zona este y se especializaban en el juego tanto legal como el que se llevaba a cabo en los peores tugurios, los Cotrins dirigían la zona oeste y todo el sexo que se vendiera, ningún Padrote trabajaba en la ciudad sin su autorización, los Melfite controlaban la zona sur y el flujo de alcohol, drogas y demás estupefacientes que no tenían siquiera un nombre "oficial" pasaba por sus manos y los Mitson la zona norte cuya especialidad eran el tráfico de todo tipo de objetos extranjeros, desde las baratijas sin valor que se vendían a centavos hasta obras de arte cuyo precio se sufragaba en millones, finalmente, los Michaelis dirigían el centro y su trabajo consistía en crear un suave equilibrio entre lo legal e ilegal, hacían tratos y tratados en las cortes y las calles, fungían como mediadores entre traficantes y burócratas y extendían una amplia red de información y espionaje por cada rincón de la ciudad que vendían a muy buen precio a todo tipo de clientes.

Su Padre había dirigido el Imperio ilegal durante más de treinta años, tenido una cantidad innombrable de amantes y una sola y primera esposa estéril que murió antes de que lo conocieran. No tenía hijo ni herederos directos, debía elegir a alguno de ellos, Sebastián y Claude, sus hijos adoptivos. Si a él le preguntaran, cualquiera de ellos seria una opción desastrosa, no porque estuvieran falta de talentos o cortos de recursos, sino porque a ninguno les interesaba pasar el resto de su vida temiendo que cada día que asomarán la cabeza por su ventana, una bala o algo peor les volará los sesos.

La otra y quizás más importante razón era que durante generaciones el heredero del apellido Michaelis había sido un descendiente sanguíneo directo y ellos tenían en sus manos toda la sangre de la que carecían como hijos adoptivos. Los Melfite y Mitson se habían declarado en contra de cualquiera de ellos como elección y declarado la guerra, los Cotrins mostraban abiertamente su apoyo y los Pachelli simplemente mantenían una postura neutral, iguales a aves rapaces esperaban que la balanza se inclinará a favor o en contra de un bando para mostrar su apoyo, como maestros del juego por excelencia que eran siempre apostaban para ganar.

El tercero y último problema era que incluso dentro de los Michaelis muchos de sus miembros se negaban a aceptarlos como herederos o se inclinaban hacia alguno de ellos, los que deseaban expandir sus relaciones políticas opinaban que él debía tomar el mando; en cambio aquellos cuyo deseo era regresar a sus orígenes donde sus actividades se realizaban en la clandestinidad y el anonimato creían que Claude era el indicado para tomar el mando.

Sacó la pasta del horno y roció con aceite de oliva la ensalada. Lo decía una vez más, no tenía tiempo de encargarse de un niño cuando debía vigilar a un padre moribundo y vigilar que un hermano indiferente, pero deseoso de reconocimiento y aprobación, lo traicionara. Esto no significaba que se cuidará todo el tiempo las espaldas de Claude, pero si un día le disparaban por la espalda o envenenaran mientras comía en un restaurante, sus sospechas caerían de inmediato sobre él.

"Ten cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos"

Esa mítica frase tan propia de la ficción se apropiaba de su realidad, a su Padre les gustaba recordárselo casi a diario mientras les criaba y enseñaba todo lo concerniente al negocio familiar. A veces creía que los había educado juntos con la intención de que uno se matará y sólo el mejor prevaleciera, entonces finalmente se despediría de este mundo y los dejaría en paz. Escapar no era una opción, a donde quiera que fuera los encontraría y entonces…

Quien sabe, tal vez sus indagaciones sólo existían en su fantasiosa mente y no en los delirios de un vejestorio senil.

Sirvió la pasta y la roció con una considerable capa de queso parmesano, a su lado colocó dos copas de cristal, en una sirvió vino tinto, en la otra leche, la ensalada la dispuso en el centro.

No había tiempo, pero él lo encontraría.

Ciel se encontraba sentado en el sofá, envuelto en un cobertor y varias capas de ropa, el suave y constante fuego de la chimenea crepitaba y a contraluz le confería un aspecto sonrojado a sus mejillas, casi sano.

—La cena esta lista—anunció extendiendo el brazo y señalando hacia la sencilla mesa de caoba sin acabados ni recubrimientos, no había electricidad en la cabaña, por lo que la luz de las velas y candelabros regados por toda la habitación le daban un toque gótico, a la vez que romántico.

—No tengo hambre—respondió el otro niño envolviéndose en las mantas hasta cubrirse por completo.

Tomó un plato de pasta y un tenedor y arrodillándose frente al menor se lo extendió.

—Abre la boca—le ordenó con tono autoritario, aunque bondadoso—. Tiene un sabor exquisito, te lo puedo asegurar, yo lo preparé.

—¿Me enviarás de nuevo a casa, verdad?

Había encontrado a Ciel en un callejón oscuro y sucio en medio de la ciudad, vistiendo sólo una delgada pijama de la seda más fina y abrazándose a si mismo, totalmente perdido y derrotado, desnutrido, deshidratado y al borde de una pulmonía. Igual que una muñeca rota, maltratada y desechada. Lo tomó en brazos y llevó consigo.

Conocía a su padre, Vincent Phanthomhive tenía profundas conexiones con el bajo mundo; su obligación sino moral, pero al menos mercantil habría sido llevarlo de vuelta a casa, con sus padres, pero él niño le dijo que lo dejará allí, sólo quería dormir durante un largo tiempo.

Había asesinado a muchas personas en sus vidas, en su mayoría se limitaban a ser rostros borrosos en su memoria, pero de entre todas había dos personas cuyo ojos miradas jamás olvidaría, una de ellas, su padre biológico, la incredulidad y el deseo ferviente de aferrarse a esta perra vida; la otra, una prostituta con un rostro similar al de su madre quién acababa de sufrir un aborto y era considerada un objeto inservible, algo parecido a basura; pero sin ninguna utilidad.

Le rogó que la matara, se lo suplico, sin gemidos o llantos desaforados…simplemente se lo pidió y había en su mirada una total y falta de esperanza. Fue una de las pocas, las podía incluso contar con los de dedos de una mano, en que sintió que lo que hacía era algo, no bueno, ni malo…sino algo.

Resignación o negación total. Cuando las personas creían que iban a morir era todo cuanto había en sus ojos.

Él lo había visto en los ojos de Ciel.

"Sólo déjame dormir" no significaba otra cosa que "Quiero morir"

La pequeña cabaña quedaba a las afueras de la ciudad, nadie, a excepción de Claude sabían de ellos, ni siquiera su Padre o sus hombres. La habían encontrado cuando tenían quince años en unos de sus muchos días de vagancia, medio destartalada, a punto de caerse y siendo hogar de más de una rata de campo. A Claude le había gustado y era extraño, porque a él casi nadie parecía agradarle y aunque sus palabras no lo delataron, su rostro irradió por un segundo una sonrisa placentera.

"Reconstruyámosla" le dijo a sabiendas de que Claude se negaría, pero tras unos dimes y diretes termino por ceder y pasaron los siguientes meses trabajando a escondidas, cortando arboles, diseñando muebles e intentaron con poco éxito, aunque sin mucho empeño si había de ser sinceros, instalar un sistema de electricidad. Finalmente aceptaron que había cierto encanto en pasar las noches leyendo a los pies de una chimenea y tras llenarlo con todo tipo de provisiones, muebles y comodidades lo convirtieron en su "lugar secreto". Para aquel entonces estaban lejos de ser chicos inocentes o algo similares, pero era la última cosa que recordaron haber hecho juntos. Poco después se distanciaron y cada uno se centró en sus propios asuntos.

Tenías más de un año que no iba, su "lugar secreto" era el mejor sitio para ocultar a un niño que no quería ser encontrado.

—¿Por qué no quieres volver a casa?—le preguntó obligándole a comer un poco de pasta y a beber un sorbo de leche.

—Eso no es algo que te interesa—le contestó empujándolo y regando el vaso de leche—. Sino me quieres aquí, me iré.

—No dije que no te quisieras.

—Tampoco dijiste que si.

Era un muchacho astuto, pero continuaba siendo un estorbo. Se lo repetía cientos de veces a si mismo, entonces… ¿Por qué no se deshacía de él de una buena vez?

Le sonrió dulcemente y obligo a darle otro bocado a la pasta.

—¿Sabes quién soy?

Ciel negó suavemente.

—No me importa—agregó—. Si quisieras lastimarme ya lo habrías hecho, has tenido muchas oportunidades. Eres un asesino, ¿no es así? Mi padre tal vez también lo sea y aún así lo amo y si yo fuera un niño "normal" y no me hubieran hecho "eso"…—guardó un momento de silencio sopesando el peso de sus palabras y tragando saliva, como si el sonido de su voz le rasgará la garganta y le lastimará—quizás yo me habría convertido en lo mismo. No importa que no me gustara o no quisiera hacerlo, las vidas y las circunstancias nos arrastran a hacer cosas que no queremos o juraríamos no hacer. Mi Tía dice que la terquedad de una persona honesta termina donde su vida peligra.

Sebastián esbozó una sonrisa divertida, era cierto…las personas tendían a asustarse ante la mención de asesinatos y secuestro, pero cuando tu vida misma o algo muy importante para ti peligraba, no dudabas en tomar cualquier alternativa. Probablemente esa fuera la razón de que cientos de crímenes pasionales se cometieran cada año, dulces madres que pasaban sus tardes horneando galletas y leyendo novelas románticas, castraban a sus esposos de por vida y mutilaban a sus amantes.

—¿Tú también quieres venganza?—le preguntó apartándole un par de mechones de la frente sudorosa. Ciel asintió y agregó.

—¿Por qué debo de morir cuando ellos están vivos?

—No es justo…

—La justicia no es algo que exista en este mundo.

Sus manos juguetearon con los dedos del menor, era delgados y suaves…demasiado frágiles, al igual que el resto de su cuerpo, sentía el impulso de protegerlo, pero también de lastimarlo. Un sentimiento encontrado.

Tomó al menor por el talle y lo abrazó, esperaba que Ciel forcejeara e incluso se resistiera.

—¿No sientes repulsión de mi? Te podría contagiar y podrías morir. Es mejor que te alejes.

—¿Y qué me dices de mi, pequeño amigo?

Sus ojos se encontraron con los azules orbes del niño, dos cuencas vacías sin esperanzas, ni sueños.

—Nadie sabe que estas aquí, podría matarte y enterrar tu cuerpo en alguna parte de este inmenso bosque. Nunca te encontrarían—y su voz delataba un matiz depredador, realmente se sabía capaz de hacerlo.

—Todos moriremos algún día—añadió con una sonrisa picara el menor antes de ocultar su rostro sobre su pecho—. Si a ti no te importa morir, a mi menos aún.

—Te protegeré y tomaré venganza por ti—dijo en voz alta acariciando sus mechones—. Pero deberás pagar un precio.

—¿Cuál es el precio?

—Moriremos juntos…

Ciel rió suavemente y pudo sentir las lágrimas húmedas manchando su camisa italiana.

—Ni siquiera podrás disfrutar de mi pago—comentó entre lágrimas en un tono burlesco—no es un buen negocio.

—Al contrario—reprendió convencido—será el mejor trato de nuestras vidas.

—Estúpido…

Y el silencioso llanto se prologó hasta altas horas de la noche, incluso cuando el fuego se apagó y el frío se adueño de la cabaña una vez más.

No quería darle razones al niño para vivir, pero tal vez encontrarían juntos motivos para no morir.

Si eran tales como la venganza, el odio y la muerte, no importaría. Cualquier cosa valía en este mundo para sobrevivir.

5

—¿Estás seguro de que quieres entregarlo?

Claude se encogió de hombros y asintió, antes de añadir.

—Yo no bromeó con los negocios. Esta es la única salida. Yo me encargaré de que parezca un ajuste de cuentas, sólo asegúrense de estar ahí.

Su expresión no denotaba sentimiento alguno, ajustó sus lentes y salió del bar. Una niña de cabellos rubios se le asió al brazo a su salida.

—Hola, guapo… ¿Qué tal si me invitas a tomar algo?—su voz era femenina, sus labios al rozar su mejilla también e incluso sus manos tenían una delicadeza impropia de los hombres; sin embargo no tardo mucho en recordar al poseedor de esos ojos azul celeste, una mirada demencial como aquella era difícil de olvidar.

—Alois…

—Me descubriste… ¡Vamos a otro lugar!—exclamó emocionado el niño arrastrándolo por las calles—. No soy nada exigente, incluso el infierno estaría bien para mí.

—¿Qué haces aquí?—preguntó ocultando su sorpresa—. ¿Cómo me encontraste?

—Te he buscado por todos lados—respondió Alois en voz baja masajeándose sus manos, la punta de los dedos comenzaba a adquirir un tono azulado poco saludable. Apestaba a sudor, cigarro y alcohol barato—. Ellos saldrán, falta muy poco… ¡No puedo permitirlo! Dime, ¿con qué quieres que te pague?

Y sintió el como las piernas temblorosas se tambaleaban de un lado para otro amenazándolo con arrastrarlo al suelo. Fue en ese momento que reparó en su ropa, vestía una falta obscenamente corta de color rojo y una blusa de tirantes que apenas cubría su pecho, una chaqueta de un horroroso color azul metálico cubría sus brazos constituyendo todo tipo de protección contra el inclemente frío y unas botas de tacón a duras penas le sostenían. Su ropa estaba desgarrada y repleta de jirones y la larga peluca rubia ocultaba un terrible moretón en su mejilla derecha.

—¿Qué haces aquí?—sus palabras no salieron con el tono glacial e indiferente que le caracterizaba, no podía dejar de preguntarse, ¿cuán desesperado debía de estar el menor para arriesgarse a tales límites?

—¡Ellos le quemaron vivo Claude, durante horas lo violaron, golpearon y escupieron y me obligaron a ver! ¡Mi hermano gritaba por ayuda y yo no pude hacer nada para ayudarle, sólo ver y rogar porque muriera rápido…pero no murió, no murió, no murió, no murió, no murió, no murió, no murió, no murió…!—sus palabras se convirtieron en desgarradores chillidos y empezó a arañarse el rostro con las manos, los transeúntes se detenían a admirar la escena con fascinación y asco a la vez.

Su Padre tenía a ahombres protegiéndole y sobretodo vigilándolo, estaban llamando demasiado la atención. Sujetó a Alois de la muñeca y obligó a abordar un taxi, con un poco de suerte y astucia, lo perdería la vista y podría llevarlo hasta un lugar seguro.

Quizás no fuera demasiado tarde para Alois, para su madre lo había sido.

Cuando era pequeño veía a su madre frecuentemente golpearse contra las paredes e hiperventilarse mientras maldecía a personas cuyo nombre no reconocía. En aquel entonces, sólo sentía miedo y se alejaba a toda prisa de su lado, ahora comprendía que eso se conocía como "Ataques de pánico", la distancia entre estos y la locura no la separaban más que un par de pasos.

Sujetando sus brazos lo obligó a estarse quieto, impidiendo que continuara lastimándose.

Quería salvarlo, realmente deseaba hacerlo. Por que, por que, por que…seguramente existían razones egoístas detrás y también motivos perniciosos, pero el más importante y que tal vez realmente importará fuera…

"Por que no deseo que terminé al igual que mi madre"

6

Las manos de Sebastián eran suaves, delicadas y sedosas; se deslizaban sobre su piel con dulzura, a la vez que presteza, aunque también convicción.

Al principio, los primeros días, incluso aquella primera noche, estaba tan confundido y tenía tanto frío que su mente apenas fue consciente de la intensa carga sexual y erótica que implicaban; al día siguiente se sentía sucio y asqueado, indigno hasta de una mirada compasiva.

—¿Sentiste como si te violará?

Lo directo de la cuestión le impacto, no se trataba sólo de lo que implicaba la pregunta, sino del uso de esa palabra.

"Violar"

No se consideraba una palabra ofensiva o malsonante, sin embargo, todos dentro de su mundo evitaban usarla, incluso su psicólogo se refería a esta como "ese incidente" o "el abuso". Lo que escondía detrás era demasiado horroroso y terrible como para expresarlo en voz alta.

No contestó, porque no sabía.

Todas sus experiencias sexuales previas habían sido más que desagradables, tener contacto de esta manera con otro ser humano fue algo que jamás imagino volver a hacer.

—No me gusto—contestó, fiel a la verdad.

—¿Pero tampoco te desagrado?—le preguntó Sebastián extendiéndole un plato de avena caliente y él no supo que responder.

Acarició sus mejillas, le arrojó el plato de avena y se alejó hasta un extremo de la habitación; temeroso de ser lastimado. No se podía confiar en las personas.

—Te enseñaré que el sexo puede ser placentero, incluso para ti—dijo el adulto dedicándole una sonrisa confiada. Un profundo sonrojo se apropió de sus mejillas, pese al intenso frío.

Salió de la cabaña y no volvió durante el resto del día.

Desde esa noche y todas las que le siguieron, Sebastián volvía cuando el sol se ponía, le cocinaba una deliciosa cena y lo embriagaba con un par de copas del más exquisito y costoso vino de uva que recordaba haber probado. Cómodo y aletargado por el alcohol y la calidez del fuego, se dejaba desnudar en parte y permitía que Sebastián le acariciara los muslos, el pecho, los pies…besaban su cuello e incluso acariciaba sus piernas.

"¿Es agradable? ¿Te gusta esto? ¿Se siente bien?"

Nunca dejaba de hacer preguntas, si su cuerpo se estremecía en una ocasión o temblaba por el miedo; Sebastián se detenía y le obligaba a repetir su nombre.

—Se…bas…tian…—tartamudeaba entre gemidos y al borde del llanto.

Si alguna vez le pidió que se detuviera, el otro lo hizo de inmediato. Nunca se sintió obligado, aunque algo dentro de él le repelía.

—Podría contagiarte…—le decía.

—Eres muy pequeño para que pasemos al siguiente nivel y no estás listo—objetaba el otro—quizás cuando crezcas, dentro de unos años, tú y yo…—entonces esbozaba una sonrisa traviesa, casi perversa—. Sólo no debes temerle a tu cuerpo ni a las sensaciones que te regala. No debes huir de lo que eres, sino mostrarle a los demás que estas bien siendo "eso", aunque no les guste, incluso si les desagrada.

Ciel no respondía en ese momento, perdido en la espiral de placer y emociones recién descubiertas.

Por la mañana Sebastián le recibía con una taza de humeante té y pastelillos recién horneados.

Entonces mantenían largas y profundas conversaciones sobre cualquier tema, cargadas de dramatismo, convicción e irascibilidad por igual.

—Yo mato para mi padre—le dijo una mañana especialmente fría en que ambos yacían abrazados y veían con resentimiento el montón de cenizas en la chimenea apagada.

—¿Te gusta hacerlo?

—No me desagrada, todos habremos de morir en algún momento.

—Se supone que esta es la parte donde digo que eres un "monstro repugnante".

Sebastián rio suavemente.

—Conozco al menos un centenar de mujeres que no estarían de acuerdo con esa afirmación.

—Lo eres…—Ciel giró sobre su cuerpo y se colocó sobre el pecho de Sebastián, una sonrisa infantil escapó de sus labios—todos lo somos de cierto modo— besó sus labios y dejo un rastro de saliva por su cuello—. ¿Me matarás?

—¿Por qué lo haría?

—Tus ojos me dicen que conozco demasiado de ti, podría ir con la policía y contarles todo lo que se…

—No eres de esos chicos—concluyó Sebastián sin esquivar su mirada—además, prometimos que moriríamos juntos…

Sebastián tomó su cabeza y lo beso, un contacto profundo, directo, sin preparación…mordió su labio y un hilillo de sangre les escurrió por las comisuras de los labios.

Placer y dolor. ¿Eso era el eufemismo de lo que les deparaba el futuro? No deseaba conocer la respuesta.

Sebastián no era igual a él o siquiera a Alois, él no buscaba satisfacer a nadie, sólo a si mismo. Era egoísta y egocéntrico, arrogante e incluso narcisista.

Era alguien a quién no podría amar, en realidad era el tipo de personas que todo mundo dice que es malo querer, pero que para él era perfecto.

—¿Me quieres…?—le preguntó Sebastián atrayéndolo hacia si y oprimiéndolo contra su pecho.

—¿No hemos cambiado de roles? Debería ser yo el quinceañero deseoso de amor y palabras dulces.

Esperaba ver asomar a los ojos de Sebastián una mueca divertida declarando que todo era una broma, pero sus ojos nunca antes se mostraron más serios.

—¿Me quieres?—preguntó de nuevo.

—Al final de cuentas… ¿Qué es el amor?—preguntó adoptando un aire indiferente.

Por una fracción de segundos una sombra de tristeza oscureció el rostro de Sebastián. Soltó una carcajada y lo apartó de su lado con delicadeza.

—Haces bien, el amor siempre cobra las cuotas de intereses más altas—añadió el adulto poniéndose de pie.

Y retomaron a una de sus habituales conversaciones que versaban entre el vacío de la filosofía y los coloquios de la sociedad.

A Ciel le habría gustado continuar de esta forma por siempre, aunque sabía que eso era imposible.

Y cuando esa mañana Sebastián le preparó el almuerzo y dejó la cabaña para volver hasta la noche, entre susurros y sin más testigos que el crujir de la madera y el crepitar de la manera al arder confesó.

—Si, te amo…

7

Metió al niño desnudo en la bañera, el agua se tiño de un ligero toque carmesí. Arrancó la peluca y la arrojó a un rincón del cuarto del baño, las hebras doradas del menor llamaron su atención, olían a manzanilla…usaba un shampoo para adolescentes aun y tenía el cuerpo cargado de cicatrices y moretones, incluso algunos cortes, los rectos, superficiales y frescos seguramente fueron hechos por su propia mano. Estudió sus pupilas, no estaba borracho o siquiera drogado, sólo aturdido...

Tenía un aspecto miserable, casi patético, e incluso ahora era hermoso.

Había conocido a muchas personas hermosas en su vida, en su búsqueda inalcanzable de la belleza se codeaba regularmente con modelos y actores; bajo la luz de los refractores y las capaz de maquillaje, toda la magia y luz se desvanecía. Con este niño era diferente.

Y eso era algo malo.

Porque él amaba la belleza.

—¿Quieres morir?—le preguntó acariciando sus mejillas y pasando una esponja sobre su pecho—. ¿Ese es tu deseo?

—Mi deseo es vivir para verlos morir…no quiero morir, no quiero hacerlo…—exclamó entre gemidos—. Pero voy a hacerlo, ¿cierto? No tengo escapatoria y ellos serán libres y tendrán hijos y nietos y habrá otros niños igual a Lucas, pero ninguno será él o siquiera parecido. Quiero morir…

—¿Qué te hicieron?

Alois no respondió, se abalanzó sobre Claude y lo asió del cuello depositando un cálido beso en sus labios.

—¿Tú no me repudias? ¿Tú no me tienes asco? ¿Para ti, no soy un monstro? Dímelo…—y en poco menos que un susurró añadió—. Por favor…

"Para ti no soy un monstro, Claude…tu mami no es un monstro"

Recordaba la voz delirante de su madre apresándolo del cuello en sus múltiples intentos de asfixiarlo.

"Mami te ama, sólo quiero protegerte"

Cuando las personas intentaban proteger a alguien, sólo terminaban lastimándolo. El amor oprimía, laceraba, dañaba. Sólo las cosas bellas, superficiales y carentes de sentimientos y emociones merecían ser amadas.

Alois era bello, pero también tenía sentimientos. No podía amarlo, no sin antes…

—Te mataré…—le dijo dibujando círculos de jabón sobre su espalda desnuda—. Le pondré fin a tu vida. Ese es el precio. Esta misma noche y mañana los mataré a ellos.

—¿Cómo? ¿Cómo lo harás?

—¿No tienes miedo de la muerte?

—No, si no hay otra forma de conseguir lo que quiero. Yo no tengo la fuerza ni el poder y tampoco tengo tiempo para adquirirlos. Eres todo cuanto me queda. Todos se han ido, mamá, papá, Lucas…—y al pronunciar este nombre su voz se quebró una vez más a causa del llanto.

—¿Quién es Lucas?—preguntó motivado por el deseo de descifrar una pieza más de ese enorme rompecabezas.

—No importa, no merece que mancille su nombre hablando sobre él…

—Entonces es un trato… ¿Tú vida por las de ellos?

—Es un trato…

Y un breve silencio se dispersó por el cuarto, inundando cada rincón.

—Te amo, Claude…te amo…te amo tanto…

—¿Amar?—preguntó sorprendido apartándolo para observar su rostro, rojo por el llanto y el vapor del baño. Imposible, él era su verdugo, no se merecía más que sentimientos de odio y repulsión, quizás de esta forma Alois le parecería menos precioso.

—Harás mi deseo realidad, eso es suficiente para amarte. ¿Tú me amas?

Y los ojos azules ardían en deseos de una respuesta positiva.

No contestó.

"Amo las cosas hermosas" pensó "Y destruyó todo lo que amo"

Una vez Alois estuviera muerto, él sería libre de sus sentimientos, aunque jamás escaparía de sus demonios internos.

Cuando al día siguiente Alois se despertó, descubrió que estaba solo y Claude le había mentido, seguía vivo.

8

Sebastián le arrojó a Ciel un par de periódicos, en todas ellos su foto ocupa la primera plana. Arqueó una ceja con escepticismo, sus padres estaban movilizando medio mundo con el objeto de encontrarlo, su rostro se había difundido por televisión, radio e incluso Internet. Todos le buscaban.

—Debes de volver—declaró el otro sentándose en el sillón frente a si, tenía el semblante más cansado de lo habitual y unas profundas ojeras. Ciel juraría que había bajado varios kilos desde que lo conociera—. Yo no puedo protegerte—declaró con pesar—. No ahora.

—¿Por qué? Creí que eras un asesino a sueldo, "El Cuervo"—. Intentó parecer indignado, aunque por dentro estaba asustado. Siempre había visto a Sebastián haciendo acopio de una seguridad y confianza envidiable, verlo ahora dudando, iba en contra en todo lo que creía que era.

—Tal vez me asesinen dentro de los próximos días. Mi padre acaba de morir ayer en la noche y Claude se ha declarado con el control sobre el negocio familiar; ahora mismo yo soy un estorbo. ¿Comprendes?

Ciel asintió en silencio, sin dar muestras de temor, con la misma mirada inteligente, profunda y aguda que cuando Sebastián le contó sobre el "Padre" y lo que se esperaba de él. Los Phanthomhive también estaban involucrados en el bajo mundo, su padre nunca le había dicho hasta que nivel, ni dado detalles de ningún tipo, pero comprendía que era peligroso, un día estabas vivo y al siguiente te asesinaban, podían culpar a un inocente o hacerlo ver como un suicidio. Sebastián era un asesino obligado por las circunstancias y al mismo tiempo por voluntad propia, sin remordimientos ni culpas; debía estar aterrorizado, pero de cierta forma admiraba esa credibilidad con que se enfrentaba a la vida.

—Dentro de poco tiempo encontrarán este lugar y entonces…

—Supongo que es hora de que regrese a casa—exclamó poniéndose de pie y echando un vistazo a su alrededor, la madera vieja, los lujosos muebles, la rudimentaria mesa. Le gustaba ese lugar, más de lo que le admitiría en voz alta y le gustaba Sebastián y deseaba que ellos se hubieran conocido de cualquier otra forma, en otro lugar y tiempo; uno donde él no fuera tan dependiente de las personas que amará, ni Sebastián se encontrará tan atado a su pasado.

—Oye Sebastián—llamó al descubrir que no tenía nada que quisiera llevar o al menos que pudiera ser empaquetado y metido dentro de una maleta—. Si pudieras elegir ser algo, ¿qué serías?

El otro alzó una ceja y tomándolo de los brazos lo obligó a dar varias vueltas por la habitación a modo de baile, sonreía a la vez que se burlaba de él y su escaso talento para la danza.

—Un, dos, tres, cuatro…supongo que tras repetirlo un millón de meses quizás mejores un poco…

—¡Silencio!

—Sería un demonio…

—¿Qué dices?

—Si pudiera elegir el ser otra cosa, sería un demonio…—respondió dándole a su respuesta un aire inteligente que apartó todo sentido infantil que pudiera interpretarse—

—¿Por qué?

—No lo sé, tal vez sería divertido no tener conciencia del bien y el mal. ¿No lo crees?

—Hum, quizás…—agregó dubitativo sopesando las implicaciones filosóficas de tal concepto—. ¿No morirás sin mí?—preguntó con una seriedad mayor a la que deseaba mostrar.

—Lo prometí, moriremos juntos…

—Eso no tiene nada de romántico.

—¿Quién dijo que debería tenerlo?

—William Shakespeare en Romeo y Julieta.

—Edgar Allan Poe también dijo que nadie podía escapar de la Muerte Roja, ni siquiera, el rico y poderoso—agregó y deteniéndose de pronto lo atrajo hacia su cuerpo de la cintura—. No hay belleza ni romance en la muerte, sólo gusanos y olor a pudrición.

—Hermoso final el que nos espera…—comentó con ironía

—No moriré antes que tú… ¿De acuerdo?

Sebastián depositó un último beso sobre su mejilla y mordió el lóbulo de su oreja izquierda, provocándolo cosquillas, obligándolo a reír.

Entonces recordó que antes de su secuestro siempre reía, ahora era la primera vez que lo hacía desde que volvió. Guardo silencio, sentía como si hubiera cometido un pecado, hacía algo incorrecto, el sonido de su risa lo desgarró por dentro.

—¿Me lo dirás?—preguntó Sebastián aprisionándolo contra la pared.

—¿Por qué te interesa saberlo?

—¿Y si te dijera que eso sólo te hace más especial? ¿Qué pensarías?

—Que eres un psicópata—respondió mordiéndose el labio inferior con nerviosismo—. ¿Me podre quedar contigo si te lo digo?

El otro negó con la cabeza.

—Los enemigos de mi padre me secuestraron y vendieron a un prostíbulo en un país extranjero, se lo hicieron saber—confesó sin apartar la mirada de los intensos ojos carmesí de Sebastián, esperaba ver algo similar al odio, quizás furia…en cambio sólo había un breve destello de escepticismo, como si en al algún momento de su vida hubiera visto cosas tan terribles y atroces que ya nada lograra impactarlo. Quizás así había sido—. Estuve casi seis meses en ese lugar antes de que mi padre me encentrará, en un país donde ni siquiera conocía el idioma. Me acosté con cientos, quizás miles de hombres durante ese tiempo, también mujeres. Cuando volví me hicieron pruebas y me explicaron con gran amabilidad que estaba enfermo y condenado a muerte, pero podía mantener un alto nivel de vida si seguía sus instrucciones.

Cerró los ojos y se perdió en el susurrante masaje que Sebastián esparcía sobre sus hombros, alejando la presión y el estrés.

Esa era la versión sencilla de la historia, omitía todos los detalles de mal gusto…como los tres meses que paso internado en el hospital recuperándose del severo cuadro de desnutrición severa que presentaba o las constantes peleas de sus padres que se originaban debido a que Rachel culpaba a Vincent de todo cuanto pasaba, las cientos de horas en que paso ante médicos, psiquiatras y policías repitiendo la misma historia, hasta que sentía la cabeza le explotaría de un momento a otro y aún así le obligaban a continuar y sobretodo los constantes calmantes, somníferos y narcóticos que le proporcionaban ocultos en la comida, creyendo que lo engañaban con fin de mantenerlo tranquilo aunque sólo conseguían entumecerlo.

—¿Esos hombres están en prisión? ¿Vivos? ¿En este país?

—Mi padre tiene el poder para matarles, pero mi madre le suplicó que dejará atrás ese mundo. Él la ama demasiado…si ella se lo pidiera le obsequiaría la luna y las estrellas. Ella le pidió que no les hiciera daño, quería enseñarme una lección sobre la liberación del perdón y el amor—trago saliva con dificultad sintiendo como la hiel le subía por la garganta provocándole arcadas, se apartó rápido de Sebastián y vomitó en una esquina.

Sebastián lo sostuvo del estomago temiendo que se desmayará en cualquier momento.

—Esta noche, ellos morirán…sólo dime sus nombres—le susurró al oído Sebastián inclinándose sobre su hombro, la frialdad con que lo dijo lo estremeció por completo.

Lanzó una carcajada, la redención y el perdón sólo era propio de los cuentos de hadas, la suya…no era más que una historia de terror.

9

Ellos no lo sabrían, él jamás se los diría; pero Horacio los eligió incluso antes de conocer sus nombres. En ese entonces eran unos niños hambrientos y vestidos con harapos pidiendo limosnas en una concurrida calles de la ciudad, su esposa, Clarissa los defendió ante el despotismo de la policía y ella los adoró desde el primer segundo.

—Son los niños más hermosos que he visto—le contó esa noche durante la cena—. ¿No sería maravilloso tener unos niños como esos?—y la tristeza y decepción propia de las mujeres estériles se coló entre sus palabras. Ella nunca se quejaba, sufría en silencio…igual a una muñeca de porcelana cuyos ojos espían los movimientos de todos aquellos que son capaces de andar y reír. De esta manera veía a los niños, algo hermoso, pero que jamás podría alcanzar.

Él le llevaba al menos veinte años, la había conocido un día después de clases, cuando ella sólo tenía diecisiete años y calzaba el uniforme de una colegiala propio de una escuela de monjas. Era la hija menor de una familia extranjera y conservadora de cinco hijos, no sería la principal heredera, pero si le tocaría una considerable parte de la fortuna familiar el día en que se casará.

Era inteligente, sabía cocinar y limpiar, también le gustaban los animales y los niños.

Era una señorita perfecta cuyo compromiso matrimonial fue concertado apenas nació.

Él le robó todo esto o al menos así se decía cada mañana en que tenía la suerte de despertar al lado de una mujer tan extraordinaria.

"Yo te elegí a ti por encima de todos y lo volvería a hacer un millón de veces más si fuese necesario" le decía ella siempre que él le dirigía una mirada lastimera, suplicante del temor de ser abandonado.

Clarissa renunció a su posición, amigos e incluso familia. Todos los que la conocían le dieron la espalda en cuanto se enteraron de su matrimonio con "ese bastardo", tal y como se dirigían a él, incluso en su presencia. Eran comerciantes cautelosos que repudiaban todo aquello relacionado con la mafia.

Él podía darle todo cuanto hubiera en este mundo, excepto un hijo.

—Podemos adoptar a uno—le dijo esa noche tal y como llevaba haciéndolo por más de quince años.

Clarissa negó con la cabeza suavemente y le dijo que "Estaba bien, ella tenía a sus niños, seguros y a salvo"

Horacio mando a construir una serie de orfanatos que ella dirigía y él mantenía, de esta manera tenía a un puñado de niños que querer y cuidar. No lo diría con palabras, pero ella aborrecía todo lo que él representaba, pero lo amaba de tal forma que era capaz de sufrir en silencio y fingir que eran un matrimonio más.

"No quiero que mis niños sean asesinos" le decía con su silencio.

Pero esa noche, hablando de esos niños y su particular tono de ojos, ella sonaba especialmente fascinada, igual a una niña que describe los encantos de una muñeca que vio en un aparador, la desea con todas sus fuerzas, pero no se cree digna de ella.

"Los conseguiré para ti" se prometió en silencio.

Días después, Clarissa fue asesinada. Los hombres como él no tenían derecho a sentir dolor ni demostrar su tristeza. Vengó su muerte y se olvidó de los niños.

"Es algo que tarde o temprano iba a pasar" se dijo en silencio y se dedicó a la búsqueda de los infantes que prometió entregarle.

Los encontró en ese cuartucho mugriento y al momento de verlos supo que no debía dejarlos vivir.

"¡Asesínalos!" gritó la voz dentro de su mente que durante tantos años lo mantuvo a salvo. "Son peligrosos"

Y lo eran, sólo con ver esos ojos, profundos y negros, iguales a dos cuencas vacías, carentes de vida, predijo que si los dejaba con vida algún día lo matarían.

Pero eran los niños que su amada Clarissa había querido.

Les puso una prueba y para su bendición y desgracia, la aprobaron.

Tenían siete años y sin ningún tipo de entrenamiento previo balacearon a su padre hasta quedarse sin municiones. Al escuchar el molesto "click—click" del cartucho vacío, se giraron hasta él y le entregaron el arma. Esperaron en silencio, una palabra de afecto, un gesto de aprobación, la muerte.

"No quiero que mis niños sean asesinos" la dulce voz de Clarissa se repitió dentro de su cabeza y comprendió que más que un lamento, había sido una desesperada petición. Quizás ella había visto lo mismo que él, esos niños eran asesinos por naturaleza, las circunstancias habían ayudado a su desarrollo, pero estaba dentro de su personalidad. No podían ser salvados de ningún modo.

Y tarde o temprano uno de ellos le mataría.

"Mátalos" ordenó la voz dentro de su mente "Mátalos ahora que son pequeños y débiles, aplástalos como cucarachas"

—Vengan conmigo—les dijo haciéndole una seña a ambos para que salieran de la casa.

No habían caminado ni siquiera tres metros cuando escucharon los gritos de suplica, agonía y angustia de los que dentro de la casa eran asesinados, esperaba que al menos uno de los niños se detuviera y mirara atrás, pero asidos de la mano, ambos continuaban avanzando, hacia delante.

"Mi deber es enseñarles, Clarissa lo habría querido así"

Por supuesto que ella habría luchado con todas sus fuerzas contra lo que eran, les habría mostrado que el amor, perdón y la bondad eran lo más importante en este mundo y que incluso en la oscuridad existía la esperanza.

Y por un momento agradeció que ella estuviera muerta y no viviera para ver en lo que se convertían. ¡Que grande y profundo dolor le habrían causado!

Y en ese momento, mientras Claude le mostraba la jeringa vacía con que pensaba matarle y observaba su rostro, carente de sentimientos y emociones, deseo haber escuchado a la voz dentro de su cabeza hace doce años. Siempre supo que ese momento llegaría, aunque creyó que caería a manos de Sebastián y no ante muchacho opaco de miopía severa y carácter reservado.

Los ojos del muchacho no demostraban odio o amor, sino la sinergia de quién debe de realizar una trabajo por razones tan obvias y lógicas que ni siquiera vale la pena pensar en las consecuencias o las razones.

—¿Quieres…poder…?—preguntó con la garganta reseca por el miedo y el cuerpo adolorido.

Estar tan cerca de la muerte te obligaba a apreciar la fortuna que representaba estar vivo.

—No—contestó Claude quitándose sus gafas y colocándolos sobre su mano derecha, temblorosa y rígida. Horacio pensó en que debería estar feliz de tener una muerta plácida y bondadosa, cuantas de sus víctimas habrían suplicado por un final tan beneplácito—. No puedo llegar a mi objetivo si usted sigue con vida. No quiero ni necesito el poder, lo puedo conseguir por mi cuenta.

—Entonces… ¿Por qué?—la pregunta prohibida, la conmiseración y lastima al margen.

"¿Por qué me asesinas si te he dado todo?" quería decir en realidad, pero sus fatigados y famélicos pulmones eran incapaces de formular tal cantidad de palabras, ni hablar del arrojo y autoridad que una vez le otorgó a una voz débil y sumisa por naturaleza, endurecida por las circunstancias.

—Necesitamos que mueras para alcanzar nuestro objetivo.

—Tú y Sebas...

Claude llevó su mano hasta su rostro y cubrió su boca, amortiguando cualquier petición de ayuda o quejido.

—Se acabó tu tiempo—le dijo deslizando el suave aguijón de metal por su carótida, la jeringa atravesó su piel delgada y arrugada con la misma facilidad que si se tratará de una naranja vieja y en estado de pudrición. Y así era, el cáncer le devoraba las entrañas, más no quería morir, pero la muerte le apresaba entre sus garras, ya no tenía escapatoria.

Claude se inclinó sobre su hombro y con una pérfida sonrisa le susurró.

—Gracias…

¿Gracias por salvarnos la vida?

¿Gracias por arrastrarnos a este mundo?

¿Gracias por entregarnos a este legado?

Jamás sabría la respuesta y el temido dolor en el pecho, quemándole como fuego lo atravesó de punta a punta.

Horacio jamás habría elegido a Claude, siempre lo supo y esté también, probablemente por esto lo habría matado.

Nunca lo había amado a esté o Sebastián. ¿Una especie de venganza? No, los ojos de Claude no expresaban odio o rencor alguno. Una cuestión puramente mercantil, un negocio que beneficiaba a ambas partes, sin culpas ni remordimientos.

Se iría al infierno sin conocer el porque de su muerte, sin embargo Claude acercó su rostro y en quince segundos le explicó el porque de su muerte, sujetando sus muñecas, presionando su cuerpo, impidiendo cualquier modo de escape.

—Quizás te otorguen puntos por esto al lugar al que te diriges y donde un día nos encontraremos…

Tras esto, todo se volvió negro…incluso el pálido rostro de su hijo adoptivo y sólo en los recovecos de su mente observó el rostro de su amada Clarissa una vez más. Al sitio donde ella estaba no era digno siquiera de rozarlo, se tendría que conformar con esto…y sonrió o al menos eso dijeron quienes lo encontraron más tarde, era una bonita forma de decirle a la mueca retorcida con que lo enterraron.

Horacio, el Todopoderoso Patriarca de la Familia Michaelis había muerto, fulminado por un ataque al corazón que ya se veía venir.

Nadie le lloró. Nadie lo lamento. Nadie le amo.

Porque no tenían razones para hacerlo.

10

Alois lo supo incluso antes de escucharlo, no podía ser de otra manera, no podía esperar otra cosa.

Y el intenso deseo de llorar se transformó en un ansia desesperada por morir. No le quedaba nada más en este mundo por lo que luchar.

"Libres por buen comportamiento" había dicho la Jueza encargada del caso de los asesinos de Lucas, que curiosamente estrenaba un nuevo automóvil y un lujoso departamento.

Ellos serían libres e irían con sus esposas e hijos, asistirían a la iglesia cada semana y fingirían culpa y arrepentimiento que no sentían ante las cámaras y los medios.

Lucas seguiría vivo sino fuera por ellos, Lucas…

Y una parte de si se rompió y creyó que enloquecería de dolor, odio e ira.

Los brazos de Hannah le rodeaban mientras el gritaba enfurecido.

—¡Asesinos! ¡Desgraciados! ¡Malditos! ¡Todos ustedes deberían morir! ¡Todos!

Y los flash de las cámaras le cegaban, las preguntas de los reporteros le taladraron la cabeza y el mundo nunca antes le pareció más podrido e injusto.

Claude no le mato ni cumplió su promesa. Incluso Ciel le abandonó. Todos eran unos malditos mentirosos, merecían morir.

Viviría, viviría, viviría…y se vengaría, lo juraba. Esos desgraciados tendrían que pagar.

Una punzada en el abdomen, se llevó las manos hasta su estomago y descubrió que su blanca camisa estaba manchada de rojo, acercó sus dedos manchados hasta su nariz, era su propia sangre. Estaba herido, pero no le dolía. Había alcanzado el pico del dolor de tal forma que ya nada podría lastimarlo, eso pensó hasta que cayo al suelo...el mundo se transformó en un borrón negro, ajeno a los gritos de auxilio, los gemidos de fingida preocupación y las expresiones compungidas, deseó que por una vez el destino tuviera misericordia de él y le permitiera permanecer allí por siempre.

11

Ciel le pagó al taxista y bajo del auto, el viento le golpeó las mejillas y se cubrió la boca y nariz con su bufanda, protegiéndose del intenso frío, bajo el gorro sólo sus ojos azules y orejas quedaron visibles.

Tocó el timbre, el portero le preguntó su nombre y que asunto le traía al Hogar de los Phanthomhive.

—Soy Ciel Phanthomhive—contestó con firmeza y autoritarismo—quiero ver a mis padres.

Y en menos de tres minutos tenía a un ejercito en miniatura de sirvientes, policías e incluso detectives privados frente a él, haciendo todo tipo de preguntas. ¿Dónde se había metido? ¿Se encontraba bien? ¿Había tomado su dosis de medicamentos? ¿Estaba herido?

Avanzó a base de empujones entre la pequeña multitud y atravesando el inmenso jardín que conducía hasta la entrada principal se dirigió hasta la sala, cerró la puerta y se retrajo del mundo, instantes después escuchó las voces de sus padres y el como Vincent le pedía a Rachel que esperará afuera mientras hablaba con él, los sollozos de su madre le desgarraron y creyó que de un momento a otro correría a suplicarle perdón.

Su padre entró a la habitación, se le veía cansado; se dirigió hasta él y cayo de rodillas al suelo, le sujetó de los hombros y lo abrazó, entonces lloró. Ciel permaneció en silencio, era la primera vez que veía a su padre derramar lágrimas.

—Perdónanos—le dijo al oído sin mostrarle su rostro—. Creíamos que estábamos haciendo lo correcto. No vuelvas a marcharte de esta forma. Te amamos Ciel, eres lo más preciado que tenemos en este mundo. Si hacemos algo mal, debes hacérnoslo saber. No somos perfectos.

—Las cosas nunca volverán a ser como antes—contestó pasando sus brazos alrededor de su cuello—. Mamá no lo entiende y tengo miedo de que lo descubra.

El llanto de Vincent cesó, apartó su rostro de su hombro y le vio a los ojos, la figura sabia y poderosa que vivía de su Padre en sus recuerdos de cuando tenía cinco años pareció escapar y materializarse una vez frente a si, poco importaba que tuviera los ojos rojos por el llanto.

—Lo sabemos, pero tu madre no quería aceptarlo. Las cosas serán diferentes de ahora en adelante.

—Yo no seré el Ciel que ustedes quieren.

—Para nosotros, tal y como estas ahora, eres perfecto. ¡No lo olvides, Ciel! Somos tus padres y sólo deseamos que seas feliz. Hemos cometido muchos errores, pero tenemos una vida para remediarlo. No importa cuanto tiempo tengas, sino como lo usas. ¿Entiendes?

Ciel asintió en silencio y se apartó lentamente del cuerpo de su padre.

El contacto físico continuaba sin gustarle, aunque gracias a Sebastián ahora podía tolerarlo.

—Tú madre desea verte—le dijo Vincent—ha sufrido mucho. Deja que te abrace y bese aunque sea un poco, sino quieres también esta bien…

Abrió la puerta y salió al pasillo, Rachel estaba de pie, junto a un bonito florero, su belleza marchitaba por la angustia y la preocupación. Se merecía que lo odiará, él…

—Ma…dre…—y ella corrió a abrazarlo y esparció besos sobre su cabellos, ojos, mejillas, incluso labios; mientras repetía una y otra vez que le perdonará.

Olía bien, casi lo había olvidado porque desde su secuestro no permitía que ni siquiera ella le acariciara, pero la fragancia de su madre era dulce, como flores en un campo silvestre. Ella jamás lo lastimaría, aún si lo intentará, porque él la amaba...y jamás podría odiarla.

El tiempo pareció detenerse, dejaron las preguntas para más tarde y pasaron a tomar el té y pastelillos en el recibidor, como si nada hubiera pasado y sólo fueran una amorosa familia compartiendo una tarde.

—Quiero ver a Alois—se atrevió a decir temeroso de que la sola mención del nombre de su mejor amigo rompiera el idílico ambiente.

Su madre intercambió una mirada de preocupación con su padre antes de que esté le respondiera y entonces lo recordó.

"Dentro de tres semanas será el juicio de los asesinos de mi hermano" le dijo Alois jugando con una mariposa de cristal azul que brillaba al contacto con el sol y las lágrimas escurrieron por sus mejillas, escondió su rostro entre sus rodillas "Ellos podrían salir libres. ¡No lo soportó Ciel! Dime que irás conmigo… ¡Promételo!"

"Lo prometo"

—¿Qué día es hoy?—preguntó buscando un calendario con que descubrir el día en que vivía.

Sebastián, su cabaña y compañía parecían un sueño, lejano e irreal.

Sus padres no respondieron, Vincent puso una mano sobre su hombro y dijo.

—Alois acaba de salir de cirugía, esta en el hospital…

CONTINUARÁ…

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