Capítulo 3: Insomnio

Me pasé una mano por el flequillo que se adhería sudoroso en mi frente antes de mojarme la cara. El agua fría ayudó a que mis ideas se aclararan un poco. Después me miré en el espejo de ese espacioso baño escolar.

Mi cabello era verdaderamente un desastre, mis ojos tenían una espantosa línea roja contorneándolos y el poco maquillaje que llevaba se había corrido odiosamente, las manos me temblaban a más no poder y mi ropa podía llegar a ser viejos jirones en la basura. Fue cuando verdaderamente sentí vergüenza de asistir a la universidad luciendo así.

Después de aquel atentado, no había conseguido las palabras para decirle al joven de los ojos dorados que creía en su historia. Mucho menos darle las gracias. Pero cuando quiso llevarme a casa me negué rotundamente a seguirlo, convenciéndolo de que quería y podía ir a la escuela, y sin esperar una aprobatoria por parte suya, me apresuré a salir de aquel andrajoso y maloliente lugar, dejando a un desconcertado chico. Ésta vez me había seguido de cerca.

Yo no dije nada.

Una vez en la escuela, no tuve el valor para verlo a la cara. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, y seguramente una mirada tan insistentemente penetrante como la suya no me dejaría pensar con lucidez al momento de hablar. Así que después de tragarme el estorboso nudo que se había formado en mi garganta, me despedí con un ademán de mano antes de salir casi huyendo del lugar…y de él.

Tal vez haya parecido cobarde, pero no encontraba escapatoria alguna, y, en realidad, necesitaba un respiro.

A lo lejos el timbre de clases anunció que debía entrar, andrajosa o no.

Me escabullí por los pasillos intentando no ser notada, algo fácil para mí, la pequeña y quisquillosa Kagome. Escuchaba las burlas de algunos que se hacían entre sí, y las pláticas habituales de las del club de porristas. Otros simplemente iban en camino a su cotidiana vida de nuevo. Normalmente habría reparado mucho en ello, ésta no era la ocasión. No me importó mucho ver a mi alrededor esa mañana.

Me alisé la blusa por enésima vez ese día cuando vi a mi amigo de la infancia acercarse con su típica pose despreocupada. Su sonrisa era intachable, y yo sólo me sentí más miserable.

"Éste será un día que no vas a olvidar en mucho"

-Vaya ¡Qué sorpresa! No sabía que te unías al grupo de actuación ¿Representarás a un vagabundo? - dijo burlón, y aproveché para fruncir más mi ceño.

-Cierra la boca, Bankotsu- mascullé irritada. Él no pareció notar el sentido de mis palabras, en cambio, lo confundió con otro de nuestros juegos.

-Cielos Kag, no me digas que vivir sola te está convirtiendo en una amargada huraña- soltó con una carcajada.

Ante mi despectiva sobre su chiste, me miró serio, y se dio cuenta que ésta no era otra de nuestras bromas. Entonces tomó una actitud seria y me miró directamente al rostro.

-¿Qué sucedió?

-Nada especial…simplemente dos tipos quisieron asaltarme allá afuera

Hice un ademán y me mordí la lengua. Yo y mi lengua floja me recordaba que no debía decirle nada. Sabía a mis adentros que no sería productivo contarle a Bankotsu la realidad de las cosas, mucho menos cuando recién las había descubierto. Y tampoco creía que se las tragara. Simplemente estaba orillada a decir una mentirilla blanca para salvar lo poco que quedaba de mi cordura.

Si es que quedaba un poco.

-¿Te encuentras bien? Por Kami, Kagome ¿Por qué no me llamaste?- ahora si se oía preocupado, y un poco siniestro cabe decir. Ese era Bankotsu. Mi mejor amigo Bankotsu.

-Descuida, no me ha pasado nada…sigo viva- respondí con una sonrisa para quitar lo espantoso que se estaba poniendo el ambiente. No lo logré, en cambio, me miró siniestro.

-¿Alguna vez te he dicho que tienes un macabro sentido del humor?- levantó una ceja y yo temblé por mi broma. Cierto, Bankotsu estaba preocupado y yo no ayudaba nada con mis pésimos chistes.

Parecía absurdo que sólo hace un par de horas estuviera escuchando la loca historia de un chico de ojos dorados que juraba ser mi guardián. Ni que estuviera al acecho de un par de hombrecillos de ojos carmín que quisieron asesinarme para tomar mi alma y crear así una nueva perla que decidiría el futuro de los tiempos y todo por ser la reencarnación de una poderosa sacerdotisa de tiempo feudal. Y mucho menos que hubiera cerrado un contrato de invocación de quién sabe qué términos sin darme cuenta.

Nunca me detuve a preguntar por ello.

Mi mejor amigo me miró con algo parecido a la dulzura y protección. Después de todo había regresado a ser el mismo chico burlón que conocí en la primaria, mostrando su blanca dentadura. Él bien podría confundirse con un artista de televisión.

-Ya sé- dijo de pronto –qué te parece si voy a tu nueva casa después de la escuela y vemos una película.

Me lo pensé un momento, y estuve a punto de asentir, pero me detuvo un pequeño problema.

Inuyasha.

El chico de los ojos dorados que seguro seguiría hospedado en mi casa ¿Cómo se supone que le explicaría eso a Bankotsu? Hasta donde él sabía, me había mudado de casa sola, sin alguien más que me acompañara, por lo bien que se oía la idea. No esperaba que se encontraran ambos e Inuyasha le contara el verdadero incidente de la mañana. Eso sería un riesgo, porque ¿Y si implicar a mi amigo en esto lo ponía también en riesgo? ¿Si esos hombres que me buscaron hace unas horas iban tras de él después de que se le confesara la verdad?

No podía ponerlo en peligro de esa manera.

Mi madre solía decir a menudo que la verdad no siempre era buena. Bien, nunca había puesto en práctica esa teoría, así que tendría que averiguar si funcionaba o no. No es que me agradara esconder un asunto tan importante a mi mejor amigo, pero no había de otra. Esa sería mi manera de protegerlo.

Me aclaré un par de veces la garganta, mientras en mi mente formulaba una excusa que pareciera creíble. Bankotsu era muy bueno atrapándome mientras mentía, por eso debía esforzarme esta vez.

-Disculpa, Bankotsu, pero dudo que te agrade encontrarte con el gran almacén de cajas que es mi casa ahora. No podría invitarte un café hasta no saber dónde fue que empaqué mi vajilla. Tal vez después- dije aparentando despreocupación y riendo nerviosamente.

-Si, tal vez sea mejor- mi amigo sonrió como siempre mientras me deshacía de la pesada carga –escucha, debo ir a clases… pero antes.

Se quitó su oscura chaqueta para pasármela por los brazos y cerrar el cierre al frente. Después chasqueó la lengua, como cuando algo le gustaba.

-Listo, mucho mejor.

Yo sólo atiné a sonreír con gratitud. No me imaginaba entrar al aula con la ropa de esa manera.

-Gracias Bank. Nos veremos luego.

Lo vi asentir y después guiñarme un ojo para retirarse con ese aire despreocupado.

Las siguientes horas pasaron demasiado lento y rápido a la vez. No sabía lo que encontraría en mi casa al llegar, pero tampoco podía estarlo evitando por siempre. Debíamos hablar, era inevitable, y la simple idea hacía que mi tiempo quisiera correr a maratón sobre el reloj.

No es que pudiera poner mucha atención a clase tampoco. De vez en vez volteaba a mí alrededor porque el sofocante bochorno de sentirme observada inundaba mi cabeza. Pero sólo encontraba personas y personas concentradas en sus propios mundos.

Después de clase no me apresuré mucho a ponerme en marcha, porque sabía que cierta persona estaría vigilándome desde lo lejos. Lo sentía, y eso, por extraño que sonara, hacía que me sintiera segura.

Absurdo, tomando en cuenta que lo conocí esa misma mañana.

Así que, después de tomar algunas rutas alternativas –rutas que me tomarían más tiempo recorrer- me puse en marcha sobre el verdadero camino. Había aprovechado mi vagancia por las calles para comprar comida.

Lo había pensado lo suficiente, y no encontraba manera alguna para aplazar lo que venía. Ciertamente estaba metida en un lío bastante gordo que llevaba antecedencia de cientos de años. No podría evitarlo después de todo. Tampoco es que quisiera hacerlo.

Al llegar a mi edificio, busqué las llaves en mi bolso y metí con cautela una de ellas en la cerradura.

Como esperaba, el extraño chico de los ojos dorados, Inuyasha, me esperaba con su pose serena y perfecta. Miraba fuera de la ventana, aunque yo sabía bien que se había percatado de mi presencia desde hace rato. Así que intenté sonreír antes de dejar mis cosas a un lado.

-Regresé- anuncié remarcando lo obvio.

Él no se movía, y en verdad temí que se hubiera petrificado. Pero su pecho subía y bajaba con el rítmico vaivén de su respiración. Después, como si hubiera escuchado mis pensamientos, me entregó su dorada mirada, como cien soles salientes y ligeramente ardientes clavados en mi rostro. Tuve que tragar fuerte.

-¿Tienes hambre? Debes tenerla- mencioné girándome de improvisto a la cocina –No he visto que comas algo más que ese café. He ido de compras.

Levanté a penas las pesadas bolsas a mis costados con algo de dificultad. Vi que sonrió con esa burla tan característica suya, para después hablar.

-¿Por eso huías?

Yo no quise voltear a ver su petulante mueca de yo lo sé todo.

Me vi atrapada. Sabía que él me vigilaba por las calles y aun así me aventuré a dar una vuelta cuando me dijo que era peligroso.

-¿Huir?- musité nerviosa antes de acomodar un mechón de cabello detrás de mí oreja.

-Si- habló decidido –te vi dar como diez vueltas antes de venir directamente.

Rayos.

-Debía hacer las compras. Eso es todo- mentí, aún quedaba algo de orgullo en mi sangre.

El chico de ojos dorados asintió quedamente, como si escrutarme de esa manera hiciera que le dijera la verdad ¿Y desde cuando tenía que darle las cuentas? No era mi padre, sólo un extraño sujeto de 500 años de edad que se había infiltrado en mi casa mientras yo hacía la limpieza.

Comencé a vaciar las bolsas de comida y a meterla a los estantes, sin olvidar que tenía un invitado inspeccionando mis movimientos. Presentía que algo le molestaba, porque a pesar de su buena actitud, tenía el ceño levemente fruncido. Lo escuché hablar de nuevo…

-¿Quieres decirme por qué estás tan de buen humor? Creí que estarías molesta.

Me lo pensé un momento. Ciertamente ya lo había meditado un millón de veces antes. Pero no podía dejar de lado el hecho de que eso era lo que lo había molestado: mi inexplicable tranquilidad a los hechos ocurridos.

-¿Debería?- mencioné con algo de sarcasmo. Estuve a punto de tirar una lata de verduras, pero la detuve a tiempo -Bueno, pensé que, ya que nos veremos más seguido las caras…deberíamos intentar llevarnos…bien.

Su cara demostró que no esperaba esa respuesta, y yo sonreí para mis adentros.

No estaba mintiendo. Tenía el propósito de dejar intentar golpearlo con cualquier cosa que se me pusiera enfrente, siempre y cuando dejara esa actitud orgullosa y altanera a un lado. Era un precio accesible, contando que desde ahora nos veíamos obligados a pasar más tiempo juntos, quién sabe hasta cuándo.

Lo vi meditar un momento, después asintió como si yo no lo hubiera visto y tomó algunas latas de la bolsa más grande.

-Te ayudo con eso.

-.-

Giré en mi cama de nueva cuenta. No sabía en cuántas posiciones me había acomodado para poder conciliar el sueño. Muchas, podía suponer, porque mi cama estaba hecha un nudo de sábanas que se enredaba en mis piernas.

Al final terminé boca arriba con una mano sobre la frente. Afuera podía escuchar perfectamente el maullido de un pequeño gato pequeño, o los autos rugiendo alocados sobre la acera. A pesar de ello, mi habitación se sumía en un silencio conciliador de oscuridad, y el latido de mi corazón era sonoro dentro de mi pecho.

Fue cuando supe que intentar pegar los ojos era más que inútil.

Me levanté de mi cama con algo de pesadez y me acomodé las pantuflas. Saldría a dar un paseo por el edificio en pijama. Por suerte era lo suficientemente grande para mantenerme ocupada por un buen rato.

Primero me cercioré de que no había nadie merodeando por los pasillos, después salí y caminé sin dirección alguna. La verdad solo quería caminar hasta que los ojos me pesaran. Sabía que no sería fácil.

La noche era fresca para ser verano, y parecía que los animalillos nocturnos lo disfrutaban en grande. Subí algunas escaleras, siempre iluminadas por un par de focos de luces amarillentas, hasta llegar a una puerta de metal maciza que seguro me llevaría a la terraza. Me abrí paso y la atranqué con un madero para no quedar atrapada.

La noche desde arriba era simplemente perfecta. Tenía una hermosa visión de gran parte de la ciudad en oscuridad. Las farolas de la calle resplandecían como pequeñas luciérnagas alineadas, y el ligero viento mecía las copas de los árboles como haciéndolos bailar.

Respiré hondo y pasé mis dedos entre la maya que se alzaba grande frente a mí.

Pude divisar entre las penumbras de la terraza algunos tanques de gas y agua. Maderas apiladas haciendo una perfecta torre, una escalera de metal y uno que otro juguete de niño. Nunca me había detenido a observar qué personas tenía como vecinos, pero no parecían malas. Tampoco sabía si frecuentaban mucho ese sitio.

Me había quedado sumergida en mis pensamientos, hasta que un par de maderas en una de las esquinas oscuras se cayó estrepitosamente.

Temblé.

No estaba completamente sola. Había alguien acompañándome desde algún escondite en las sombras. Miré rápidamente la puerta y vi que permanecía igual como la dejé, eso me serviría por si acaso necesitaba abrirla con rapidez. Luego caminé algunos pasos hacia el frente, con una mano sosteniendo mi alocado corazón. A mi mente vinieron imágenes del ataque de esos seres por la mañana, y mi razón me alertó de ello, pero mi burda valentía me empujaba a seguir adelante. Tal vez terminara siendo un gato, o un pequeño ratón…o ambos.

Algo ondeó al viento, como una ligera manta plateada, y después unos ojos dorados me observaron desde la oscuridad con inquisitiva atención. Entonces liberé el aire acumulado y relajé mi cuerpo.

-Ah, Inuyasha, eres tú- sonreí aliviada y me acerqué un poco más hacía donde se encontraba. Él desvió la mirada hacia la el cielo con rapidez, yo lo ignoré –Cuando dijiste que encontrarías un lugar para descansar, no me imaginé que te referías a es…

De pronto me vi acorralada entre la fría pared y un firme pero cálido pecho masculino.

Mi cara se convirtió en un tomate y mi corazón retomó su carrera de hace un rato. Inuyasha me había apresado contra la pared, con las manos a mis costados y su cuerpo muy cerca del mío. Sentía su aliento caliente sobre mi coronilla, y, desde mi posición, podía apreciar perfectamente su perfume masculino. Una extraña mezcla entre lluvia y tierra, que era sencillamente exquisita.

Me vi mareada de su cercanía, mientras bajo mis párpados quedaba grabada la forma dura de su perfil, lo fuerte que parecía su mandíbula y lo tersa que se veía su piel en la oscuridad. Sin notarlo, estaba detallando cada rasgo de su rostro cerca, desde la nariz hasta el cuello.

Sentí mi cara arder, tanto que tuve que forzarme a cerrar los ojos por un momento y respirar profundo.

No sabía que lo había llevado a cometer tal acto, pero pude comprenderlo un poco cuando me miró un momento y puso un dedo sobre sus labios, indicándome que debía guardar silencio. Entonces pude escuchar alguien moverse y rozar sus dedos por la maya desde fuera. Imposible. Estábamos a más de tres pisos de alto, y nadie, a menos que pudiera volar, podía estar a nuestra altura y tocarnos desde fuera.

Simplemente ilógico.

El cuerpo de Inuyasha se apretó más al mío, como si tratara de crear un escudo con su propio cuerpo, logrando escondernos aún más de él. Era claro que lo que fuera esa cosa no podía vernos por la oscuridad. Hasta que la Luna lo iluminó, y pude ver un ave del tamaño de un halcón, con el plumaje rojo y los ojos enormemente oscuros, detenerse a analizar el lugar con extremo cuidado. Era su pico lo que hacía sonar contra la maya.

El chico de ojos dorados puso una mano en mi boca, callando el pequeño grito que no pudo retener mi garganta justo a tiempo, hasta que el ave retomó su vuelo varias manzanas al norte. Yo seguía a la expectativa por si decidía regresar hasta que lo escuché suspirar aliviado y después el calor que me brindaba su pecho desapareció cuando se retiró unos pasos hacia atrás. Me froté los brazos sin darme cuenta.

-Se ha ido- musitó despacio, como si comprobara que sus palabras eran ciertas

-Déjame adivinar ¿Otro demonio invocado?- mascullé con mi corazón aún enloquecido. Agradecía a la oscuridad, o entonces mis mejillas me delatarían.

Él simplemente asintió y me miró para después hablar de nuevo.

-No han dejado de dar vueltas por la zona. Rastrean los posibles lugares donde pudieras esconderte. Por suerte tu gran paseo de la tarde logró desorientarlos un poco, habría sido diferente si te hubieras dirigido directamente a casa, entonces habrían localizado este lugar…bien hecho.

Me dio unas cuantas palmaditas en la cabeza y sonrió un poco. Yo me sentí como una mascota al que le aplauden grandes hazañas. Entonces recordé algo.

-Espera…¿Me han seguido desde entonces?- dije despacio, como si alguien pudiese oírme. O peor aún, algo.

Asintió de nuevo.

-Desde que llegaste a la escuela. Pude deshacerme de algunos de ellos, pero son escurridizos como ratones - murmuró frunciendo el ceño. Aun en la oscuridad podía notarse aquello -Es mejor que no salgas más que lo necesario, y evites llamar mucho la atención.

Sabía que el chico de ojos dorados no había dejado de vigilarme en todo el día, pero saberlo de sus labios inconscientemente me hizo sentir bien. Nunca nadie me había cuidado tanto, aunque claro, era su trabajo después de todo.

Tenía tantas preguntas en mi mente con respecto a ese tema, pero me mordí la lengua antes de preguntar cualquier cosa. No me parecía la terraza un lugar apropiado para tratar ese tipo de asuntos. Así que le pedí bajar conmigo y no se resistió en lo absoluto, farfullando que después de todo debía vigilarme de cerca, con su siempre presente altanería irrefutable. Yo sólo pude fruncir el ceño y mirarlo con ojos amenazantes.

Después de llegar a mi departamento, cerré la puerta con llave. Ahora si estaba segura de haber cerrado cada puerta y ventana. No quería más visitas.

-Tal vez pueda improvisar una cama en uno de los sillones. La habitación de huéspedes aún no está lista, así que tendrás que conformarte con esto- le dije mientras acercaba algunas mantas.

-Como sea- me respondió desde la pared, con la espalda apoyada y los brazos cruzados.

En realidad no era mucho lo que habíamos conversado en el día. Inuyasha parecía ser verdaderamente callado, o muy tímido en su caso, lo que dudaba. No lo había visto hacer nada más que quedarse en un sitio y pensar por largos periodos de tiempo, normalmente hasta que le decía que era hora de cenar, o que debíamos descansar, pero siempre recibía como respuesta un asentimiento con la cabeza y cualquier monosílaba. Era cuando me preguntaba cómo pudieron soportarlos sus anteriores protegidos sin volverse verdaderamente locos.

Ese chico representaba para mí un completo enigma. Decía tener 500 años de existencia, pero no aparentaba más de 20, y su actitud era de un chiquillo de 15. Para haber vivido demasiado era un tanto inmaduro y arrogante. Normalmente permanecía con el ceño fruncido, y en ocasiones su semblante cambiaba a uno más sereno, casi nostálgico, pero desaparecía antes de que alguien pudiera notarlo por completo…o de que él se diera cuenta.

-Y dime- musité sacándolo de sus pensamientos -¿Cómo es que llegaste a ese libro? ¿Vivías antes aquí?

Bien, ya me había atrevido a preguntarle algo. Pareció meditarlo un momento, con la mirada totalmente posada en mi rostro, como si me inspeccionara profundamente. Después desvió sus ojos tan rápido como vinieron.

-En realidad no recuerdo como terminé en ese libro de nuevo. Solía vivir con la antigua sucesora en este lugar. Ha cambiado mucho desde entonces, casi no puedo reconocerla- su voz sonó melancólica, y pude deducir que estaba teniendo otro de sus viajes al pasado.

-La chica de la que hablas…es la del retrato- sonó más como afirmación que pregunta

Asintió de nuevo. Sus ojos nostálgicos regresaron, pero sólo por un momento que fue casi nada, luego regresó a la actitud fría y sin expresión de siempre.

En mi mente imaginé que tal vez esa chica había significado algo en su vida, bueno o malo, pero le causaba recuerdos. Podían ser esos recuerdos lo que lo tenían tan entretenido. Entonces recordé nuestro primer encuentro.

-La persona con la que me confundiste la primera vez…Kikyo…ese era su nombre ¿cierto?

-Hablas demasiado ¿No crees que es hora de que te vayas a dormir y dejes de hacer preguntas?- me dijo cortante, con algo parecido al enojo. En sus ojos ya no habitaba esa calidez del dorado, sino que estaban reemplazados por algo parecido al instinto. Era absurdo, pero por un momento sentí como si temiese que yo fuera a atacarlo.

Eso me ofendió, pero fue reemplazado rápidamente por pesar. Verlo tan solitario me había provocado una sensación extraña y el deseo de acompañarlo para tratar de apaciguarlo un poco, además, imaginaba que estar encerrado en ese libro por años lo había limitado de ver el mundo, hablar, sentir, y simplemente quería alegrar un poco su huraño humor, quería que recordara las cosas buenas. Y me estaba esforzando a pesar de no ver resultado alguno.

Habría sido tan fácil dejar que se congelara en la terraza solo.

Terminé de colocar las almohadas en su cama improvisada para después caminar rápidamente a mi habitación y cerrarla tras de mí. No fue necesario usa fuerza, en verdad no quería. Así que solamente me tiré a la cama, sin preocuparme si pescaba un resfriado por no cobijarme, e intenté cerrar los ojos y olvidar lo humillado que se sentía mi ser.

-.-

-Vaya, Kagome, hoy no te vez en muy bien ¿Estás enferma?- me dijo Ayumi con preocupación. Intenté sonreír para ella.

-Sólo me he desvelado un poco, es todo- farfullé con dificultad.

-¿Segura que no necesitas que ayudemos con lo de tu nuevo departamento?- ahora fue Eri la que se ofreció. Yo negué levemente.

-Descuiden, sé que puedo hacerlo sola.

Agradecía sus intenciones, sabía que eran completamente buenas, pero no estaba lista para dar explicaciones sobre Inuyasha y el porqué estaba viviendo en mí departamento. Además, en éstos momentos que mi vida peligraba, no quería entrometer a otra persona más. Así es, estaba dispuesta a permanecer solitaria un tiempo, y esperaba con creces que lo comprendieran sin refutar. Después de todo faltaban algunas semanas para las vacaciones, entonces encontraría un pretexto más firme.

Luego de levantarme por la mañana no había visto al chico de los ojos dorados en ningún momento, sólo encontré las mantas que le di, dobladas perfectamente sobre el sillón, pero de él no había ni huella, lo que me hacía dudar en si en verdad había dormido ahí toda la noche. Tal vez había salido a vigilar desde temprano, lo que me pareció perfecto. No quería verlo.

No importaba cuan tonto fuera, una parte de mi orgullo había salido lastimado con todo eso…y lo sentía aun.

Nunca esperé que Inuyasha fuera amable, o se comportara como la persona más agradable del mundo…tampoco esperé llegar a caerle bien, ya que desde la primera vez que lo vi fue como si un bloque de hielo hubiera caído entre nosotros. Y sin importarme un rábano la primera impresión me esforcé por crear algo parecido a una amistad llevadera entre nosotros.

Tonta Kagome.

Al terminar las clases me decidí buscar a Bankotsu. Necesitaba de su radiante felicidad de siempre para subir un poco la mía. Lo encontré en el jardín, besando a una despampanante pelirroja. Era común en mi amigo tener lo que se decía "no poder estar solo por más de dos minutos".

No estaba segura de si era correcto molestarlos o no, pero en verdad necesitaba la compañía de mi amigos, así que carraspee un poco para llamar su atención, y lo logré, aunque ninguno de los dos se vio apenado en lo absoluto. Le hice una seña a Bankotsu para que me acompañara, y, después de besarle la mano y guiñarle el ojo con gran actuación a la chica, me siguió.

-¿Qué pasa Kag?- me dijo alegremente

-Perdón por interrumpir…sólo…me preguntaba si querrías ir a mi casa, no sé, a ver una película- comenté esperanzada, hasta que lo vi hacer una mueca.

-Ouch…justo antes que llegaras le he prometido a ésta chica que la levaría al cine hoy…lo siento- volteó a verla y después a mí –pero puedo cancelar, si quieres.

-Déjalo- moví la mano restándole importancia –otro día…después de todo no tenía muchas ganas.

Él rió con ganas y luego desacomodó mi flequillo como cuando éramos niños. Yo sonreí con ganas. Ese era el poder que tenía en mí.

-¿Sabes? Desde que te conozco no has cambiado en nada- bromeó burlón

-Ni tú…no cambias en lo absoluto- hice un además con mi cabeza indicándole a la llamativa pelirroja que lo esperaba ansiosa.

-Bueno…yo lo llamo, aprovechar las bellezas de la vida.

Escuché una pequeña carcajada de su parte y lo golpee en el hombre antes de despedirme. No quería hacerlo perder más tiempo y que se fuera su conquista del día. Me giré sobre los talones yendo directamente a la salida. Una parte dentro de mí se sintió desilusionada. Esperaba tener a Bankotsu por el resto del día, bromear y pasarla bien un rato, pero tendría que esperar un día o dos.

Caminé hasta casa tomando otras rutas, como el día anterior. Era muy probable que esas invocaciones siguieran detrás de mí, contando cada uno de mis pasos, como me lo había dicho Inuyasha. Torcí algunas calles y regresé a las que me habían llevado ahí, hasta que tomé una ruta alternativa a mi departamento y entré, girando mi cabeza hacia todos lados, incluso al cielo, procurando no tener ningún par de ojos sobre mí.

Al llegar a casa me recibió la abrumadora soledad. Todo era exactamente igual como lo dejé antes de ir a la escuela. La taza de café a medias sobre la mesa, el control remoto del televisor a un lado…y las mantas sobre el sillón. Claro ejemplo de inactividad.

Suspiré y me pasé una mano por el cabello. Me sentía cansada y sucia. Todo lo que necesitaba era una ducha para sentirme mejor, así que fui directamente al baño, acompañada de una extraña sensación de vacío en mi pecho.

-.-

Eran las 10:30 p.m.

Las luces yacían apagadas, el ronco reloj tintineando por alguna parte de la sala, y mi irregular respiración inundando los rincones escondidos de mi habitación en penumbras. Incluso los árboles habían dejado de bailar, junto con todo lo que quisiera irrumpir la calma terrenal que estaba apoderándose de la noche.

Mis ojos se negaban a cerrarse desde hace un rato, no importaba lo más que lo intentara, el sueño se reusaba a venir a mí. Con esta sería la tercera noche seguida de insomnio. Comenzaba a preocuparme.

Giré en mi cama despacio, tomando una posición más cómoda a la anterior, pero nada parecía querer devolverme el sueo. Estaba decidida a darme por vencido para tirarme frente al televisor hasta que el cansancio me venciera, cuando escuché algunos pasos fuera, en el recibidor. Eran ligeros, pero no por ello desapercibidos.

Alertada, lo primero que hice fue esconder la cabeza entre las sábanas, como si esto pudiera servir de algo. Luego me levanté cautelosamente de la cama, dejando las pantuflas de lado, y me acerqué a la puerta para pegar mi cabeza en un intento de escuchar algo. Nada. Sólo el silencio mismo de hace horas. Mi mente seguía alerta de cualquier movimiento, por más ligero que se escuchara, debía poder sentirlo. Estaba segura que lo que había escuchado no había sido mero invento de mi imaginación, todo lo contrario.

Con sigilo giré la perilla y abrí la puerta, sólo lo suficiente para ver la silueta de alguien desplomarse pesadamente en el sillón. Luego sólo el sonido de respiraciones profundas y ligeras destruyendo el silencio morboso y tenaz. Suspiré, el temor se fue, reemplazado por la calidez de la compañía.

Inuyasha.

Estaba ahí después de todo.

Continuará…

Cómo se encuentran mis queridas lectoras? Espero que pasándola muy bien. Mis vacaciones aún siguen (si, arriba la vagancia!), y me he divertido de lo lindo escribiendo "guardián".

Gracias a todas aquellas que siguen "guardian" y me deleitan cada capítulo con sus reviews: serena tsukino, madeleinemarivop, akiju, Nina y Daniela, lunakokoro, akymaysesshomaru y sparrowniana.

Nos leemos el siguiente capítulo.

Ángel Nocturno…