Tercera entrega de los dorados ejerciendo como Patriarca. Nuevas fuentes de problemas surgen…¿qué hará Aldebarán?


3. Patriarca Aldebarán

El caballero de Tauro se despertó muy temprano. Con sumo cuidado trató de no hacer nada de ruido en el templo, puesto que no quería despertar a los pequeños.
Realmente no le apetecía nada ejercer de Patriarca, pero no tenía otra opción. Él era un hombre sencillo, que disfrutaba entrenando a sus "terneros" y con el día a día en el Santuario. Además, ver a su amigo Mü tan tenso y nervioso, no le auguraba buenos presagios. Si el más sereno y razonable del Santuario estaba desbocado, no imaginaba qué pasaría con el resto.

Con estos pensamientos salió de su templo y se dirigió a su destino. Al llegar al templo de Piscis, llamó a su morador.
Afrodita estaba despierto y recogió unos utensilios mientras subían el último tramo de escaleras.
—No pareces muy entusiasmado con la idea ¿verdad?— preguntó el sueco a su compañero.
El brasileño negó con la cabeza y declaró que era algo arriesgado que todos fueran Patriarca, aunque entendía las razones que llevaron a Shion a hacer esa pirueta.
—Lo peor es que me temo que por ser el último, me voy a comer todos los marrones que hagan nuestros compañeros. Como si no lo viera— declaró el sueco, con semblante de preocupación.
Aldebarán sonrió y los dos entraron en el templo del Patriarca.

Atravesaron la sala principal y subieron por las escaleras que daban con el piso de arriba, donde estaba la habitación de Shion.
Los dos jóvenes tocaron a la puerta suavemente y al ver que Mü no respondía, la abrieron.
Al ver el estado de la habitación, se alarmaron. Corrieron por el pasillo para buscar a Urania y dar la voz de alarma.
— ¿Pero qué hacéis? Váis a despertar a todo el mundo— recriminó una voz familiar. Los dos caballeros se giraron y vieron al lemuriano asomándose desde la puerta de la habitación de Arles.
— ¿Qué ha pasado en la habitación de Shion?— exclamó Afrodita.
—Un incendio, gracias a Ikki. Una larga historia…pero pasad venga, antes de que os vea nadie—susurró Mü, invitando a sus compañeros.

Ya dentro del cuarto, respiraron aliviados.
—Se me olvidó decir ayer que vamos a dormir aquí, porque hasta que Urania no limpie y acondicione el cuarto no podemos hacer nada. De hecho hoy tendré que mirar muebles y camas para reemplazar los destruidos— dijo tendiéndole la túnica negra a Aldebarán.
El caballero de Tauro comenzó a desvestirse.
— ¿Pero qué haces?— le preguntó Afrodita.
—Pues…desnudarme para ponerme la túnica ¿no?— declaró el brasileño.
Mü se llevó una mano a la cara.
—Aldebarán…podemos llevar ropa debajo tranquilamente. ¿Acaso crees que Shion va por ahí en pelotas?
Afrodita se tornó colorado y desvió la mirada.
—Esto…no es por meterme con tu maestro pero…sé de buena tinta que él no suele llevar nada debajo.
Sus dos compañeros le miraron desconcertados.
— ¿Cómo lo sabes?— preguntó curioso el brasileño.
—Solamente digo que lo sé. Nada más. Y está corroborado— declaró el sueco.
—Sí…mejor no me digas cómo te diste cuenta…— dijo Mü con un gesto de desagrado en la cara.

Así que Aldebarán se colocó la enorme túnica negra encima de la ropa que llevaba. Afrodita le hizo el moño pertinente y le colocó la peluca. Tras esto, le dieron el casco, que ocultaba parte del rostro.
Mü y Afrodita se alejaron para ver su obra de arte y no quedaron muy convencidos.
—Es que Aldebarán tiene la piel más oscura y se ve…aparte tiene unos rasgos bastante marcados que se pueden distinguir fácilmente, aunque el casco oculte lo más evidente— declaró Afrodita – Afortunadamente, me he traído mi bolsa de maquillaje y voy a retocarte— dijo sacando un bote de maquillaje líquido.

El caballero de Piscis empezó a maquillar a Aldebarán pormenorizadamente, dándole un color blanquecino a su piel, en lugar del habitual moreno que lucía. Aparte, gracias al dominio de las brochas, fue pincelando los rasgos duros del brasileño, para que a simple vista pasara desapercibido.
Al terminar, se quedó quieto frente a su compañero con una mano en la barbilla. El caballero de Aries se mordía el labio inferior para no reírse.
—Afrodita, que Mü se esté aguantando la risa no me inspira mucha confianza…— masculló Aldebarán.
El sueco le hizo incorporarse y verse en el espejo.
— ¿¡Pero qué…!?¡Parezco un drag queen!— exclamó irritado el brasileño.
Mü estalló en carcajadas mientras Afrodita se hacía el ofendido.
— ¡Pues dime tú cómo ocultamos tu amplia boca, tu mandíbula cuadrada, tu nariz aguileña y tu piel bronceada!— dijo cruzándose de brazos.

Cuando Mü terminó de reírse, se levantó y avanzó hacia los dos.
—A ver, que no cunda el pánico, la armadura de Arles posee una máscara de metal. Podemos ponérsela, ya que sus rasgos son los más diferentes de entre nosotros. Y aunque el casco del Patriarca es cerrado y ejerce una buena sombra, sí hay posibilidad de que se distingan los rasgos de Aldebarán. Así que será mejor que busquemos la máscara de Arles.

El brasileño suspiró contrariado.
—Me agobiará llevar esa máscara.
—Pues tienes dos opciones, llevarla y que nadie te reconozca o no llevarla y estar maquillado a lo Caballero de Oro de la constelación del Travesti— dictaminó el lemuriano.
Aldebarán se enfurruñó y decidió buscar la máscara junto a sus dos compañeros.

No tardaron en encontrarla, puesto que estaba en un cajón del armario de su habitación. Afrodita se quedó mirando la armadura roja de Arles.
—Me vendrá de perlas para el disfraz de Lady Gaga que tenía pensado llevar…— murmuró acercando la mano. Mü le dio un manotazo.
—Ni se te ocurra, que ya bastantes problemas tenemos como para que encima empieces otro.

El sueco retrocedió y cerró el armario.

Aldebarán se probó la máscara. No le ocupaba todo el rostro, pero cuando Mü le colocó el casco del patriarca, éste ocultó los espacios descubiertos por la máscara.
— ¡Ahora sí!— exclamó Mü

Y efectivamente, ahora sí que Aldebarán parecía el Patriarca…en versión titánica. Pero eso no importaba, puesto que iba a permanecer sentado todo el día.

—Bien Aldebarán, ¿ya sabes lo que tienes que hacer hoy?— preguntó Mü recogiendo la carpeta de su compañero y ojeándola. Su amigo respondió que sí.
—Por cierto, hoy te toca a ti cuidar de mis terneros. Están en mi templo y Kiki duerme con ellos. Si no te importa echarles un vistazo mientras entrenan….no quiero que anden holgazaneando por ahí.
El lemuriano asintió y agarrando a Afrodita, los dos se marcharon para dejar unos instantes al brasileño mientras se preparaba para ocupar su lugar.

Repasó el contenido de su carpeta.
"Aldebarán, caballero de Tauro. El segundo en tomar las riendas del Santuario durante 24 horas. Tu condición física es un hándicap a la hora de representarme, pero no te preocupes, ya que permanecerás sentado todo el día. Procura que nadie vea incorporarte del trono y asegúrate de que nadie te vea pasear por el templo ya que tu descomunal altura y corpulencia te delatarían. He ordenado a Urania que atienda tus peticiones básicas. Ella te ayudará para que te avise y que puedas moverte sin problemas. Le he entregado una campanilla que ella debe darte a ti. La usarás para reclamar su presencia. Dicho esto, estos son tus deberes.
Orden del día (prioridad):
—Repaso de las tropas. Tienes que llamar a los caballeros de bronce, los caballeros de plata y a las amazonas ante tu presencia y pasar revista. A tus compañeros debes llamarlos al final del día, como siempre hago. En este caso es más para que comentéis los problemas que surjan y ponedle solución.
—Entrega de informes de misiones. Aquellos caballeros que hayan regresado de sus misiones la semana anterior, deben entregarte los informes. Te adjunto una lista de aquellos que están fuera. En el repaso de tropas, los que hayan regresado, infórmales de que necesitas esos documentos.
—Avisé a Mü de que se espera la visita de Poseidón y Sorrento. Supongo que ya habréis acordado qué hacer. Si se le ha pasado, recuérdaselo a tus compañeros.
—Presiona a mi alumno para que termine de arreglar la armadura del Kraken.
—Serás Patriarca en funciones desde que Mü te entregue las vestiduras hasta las 06:00 de la mañana del día siguiente. Dormiréis en mi cuarto. A las 06:00, el compañero que te releve tiene que presentarse en mi templo para poder realizar el traspaso de poder.
Esto es todo por hoy. Recuerda tu forma física, por favor. No vayas a liarla. Hazlo lo mejor que puedas.
Cuídate. Fdo: Patriarca Shion"

El brasileño suspiró, sabiendo lo que se le venía encima. No sólo tenía que hacer todo eso, sino que tenía que estar pendiente de los acontecimientos sucedidos el día anterior. Pensó en las palabras que le dijo Afrodita y concluyó que era mejor estar de los primeros.

Se incorporó de la silla y asomó la cabeza por la puerta. Llamó a Urania y esperó unos minutos. Como la mujer no se dignaba a aparecer, decidió aventurarse. Se asomó al pasillo y miró en ambas direcciones. Prestó atención por si escuchaba algún ruido. Nada. Con sumo cuidado, salió del cuarto de Arles y caminó despacio por el pasillo.

La túnica era tan larga que, a pesar de ir despacio, terminó pisándola. Trastabilló, pero fue capaz de recuperar el equilibrio. Notó que la peluca se había movido un poco, así que se la recolocó. Era complicado moverse con esa larga túnica y la máscara que le impedía la visión.

Gruñó una maldición mientras se recomponía. Hizo brotar su cosmos para poder ver a través de la máscara y se arremangó la túnica con una mano, mientras caminaba de puntillas por el pasillo.
Al escuchar unos pasos, fue a esconderse detrás de una columna.
Dos sirvientes caminaban charlando portando unas cestas con ropa sucia.
Ambos se pararon en seco al ver el "exceso" de cuerpo de Patriarca tras la columna, completamente inmóvil.
—Buenos días Patriarca— musitó uno, agachando la mirada. El otro le imitó.
Aldebarán no respondió. Se quedó unos segundos pensando que cómo era posible que le vieran si estaba oculto tras una columna.
—Buenos días— farfulló, agudizando la voz para asemejarla a la de Shion. Al verse descubierto, decidió agacharse para que los dos muchachos no se percataran de su altura.

Una vez correspondido el saludo, los dos chicos prosiguieron su camino.
— ¿No te parecía que se estaba escondiendo?— preguntó uno al otro.
—Sí…juraría que fue a ocultarse tras la columna…como si no se le pudiera ver— rió el otro.

"Bravo Aldebarán…con 130 kilos de peso y 2'10 metros de altura, tratas de ocultarte tras una columna de un metro de diámetro…" se regañó a sí mismo.

Prosiguió su camino cabizbajo por su metedura de pata, pero parecía que no había que preocuparse demasiado.
Llegó a la sala del trono dorado y subió las escaleras. Volvió a pisar la túnica, y esta vez tuvo que apoyar las manos en las escaleras, emitiendo una maldición.
—No, si al final acabaré partiéndome la cara por la puñetera túnica…— murmuró sentándose.

Se quedó allí parado unos minutos. Sólo podía estar sentado de una manera, ya que su cuerpo se ajustaba al asiento. No podría ni cruzar las piernas.

Afortunadamente otro sirviente hizo acto de presencia para repasar la alfombra. Aldebarán le pidió que fuera a avisar a Urania. Éste se marchó corriendo en busca de la mujer.

Al cabo de unos cuantos minutos apareció ella, con su habitual parsimonia.
— ¡Buenos días Urania! Me ha dicho el Patriarca que usted tiene una campana para poder llamarla. ¿La tiene ahí?— preguntó a la mujer.
Ella negó con la cabeza lentamente, quedándose frente al caballero. Se creó un silencio incómodo.
—Pues ¿qué espera para ir a por ella? ¡Y tráigame algo para desayunar, por favor!— indicó el brasileño.

Ella asintió y dándose media vuelta, fue en busca de lo pedido por Aldebarán.
—Qué pachorra tiene esta mujer…— se dijo.

Cuando reapareció, no sólo traía la campana sino que también un carrito con comida. Aldebarán agradeció el servicio y se dispuso a desayunar en el trono.
Fruta y cereales.
Antes de que ella se desvaneciera de nuevo, Aldebarán la reclamó.
— ¡No hombre no, que yo necesito más comida! Hágame unos huevos fritos, salchichas, panceta, tostadas y mantequilla. Y un café solo, con dos de sacarina. Que no quiero engordar.

Urania alzó la ceja incrédula. Se llevó el carro de vuelta a la cocina.
—Espero que la última frase fuera con ironía…— se dijo la mujer.
Un poco más tarde trajo el carro lleno de lo pedido por el Patriarca. Aldebarán se relamió de gusto mientras contemplaba los exquisitos manjares.

Se quitó la máscara y empezó a degustar ese desayuno tan completo, cuando la puerta principal se abrió. Rápidamente, Aldebarán engulló lo que tenía en la boca y se colocó la máscara.

Era Seiya, acompañado de Hyoga.

— ¡Buenos días Patriarca, aquí nos presentamos yo e Hyoga para la oportuna revisión semanal!— dijo el caballero de Pegaso, agarrando a su compañero de los hombros.

Aldebarán tragó la bola de comida incrédulo. "Juraría que no les he mandado llamar aún" pensó.
—El burro delante, que nadie lo espante— murmuró el brasileño antes de proseguir –Muchachos, son casi las siete y media de la mañana, es muy pronto aún y como véis estoy desayunando —espetó molesto.

—Si ya se lo dije Patriarca, pero éste es un manojo de nervios y me ha traído hasta aquí— se excusó el ruso, deshaciéndose del brazo del japonés.

—Pues ale, marchad, que aquí no hay nada que hacer hasta dentro de hora y media— dijo Aldebarán, acompañando sus palabras de un gesto de expulsión.

Seiya se rascó la cabeza y se cruzó de brazos.
—Pero Shion…
—Patriarca, Seiya, Pa-tri-ar-ca— matizó Aldebarán aún más molesto. Quería desayunar tranquilo y ese mocoso estaba impidiéndole comer.

En ese momento entró Marin en el templo jadeando por el esfuerzo de haber subido todos los templos corriendo como una gacela.
Al ver a Aldebarán en el trono, hincó rodilla en tierra haciendo la reverencia oportuna.

—Mi señor— le saludó. Y acto seguido se giró hacia los dos caballeros de bronce.
—Vamos, los dos, fuera de aquí. Que siempre os lo tengo que repetir, que dejéis tranquilo al Patriarca— masculló entre dientes.

Hyoga puso los ojos en blanco.
— ¡Pero si es éste, que me arrastra! Yo estaba feliz estirándome a la entrada del templo de Acuario y me obligó a acompañarle.
— ¡Pues no le sigas!— espetó la amazona.
—No es por nada pero…estoy aquí— se quejó Seiya, mientras Hyoga lo sacaba a rastras del templo.
Cerraron la puerta con fuerza. Una vez asegurados, Marin pudo respirar tranquila.
—Discúlpale Aldebarán…no tiene la culpa…es que se cayó de los brazos de su madre cuando era un bebé y…

El Patriarca asintió divertido, mientras se levantaba de nuevo la máscara y pinchaba un trozo de panceta.
—Que me vas a contar de Seiya que ya no sepa…pobre Shion, si tiene a éste pegado a su trasero día y noche…bueno y tú. ¿Tienes hambre?— dijo ofreciéndole comida de su plato a la amazona.
Marin sonrió por el gesto pero declinó la oferta.
—No gracias, ya desayuné. A ver quería comentarte un par de cosas, la primera es que tengo un problema con Seiya que os atañe a vosotros. Vamos, a éstas circunstancias. Y es, precisamente, que persigue al Patriarca dondequiera que vaya. Por lo general, Shion se deshace de él rápidamente, pero puede llegar a ser muy insistente. Le he repetido hasta la saciedad que deje de ser tan cansino, pero le entra por un oído y le sale por otro. Así que mucho cuidado. Trato de retenerle lo máximo que puedo, pero muchas veces escapa a mi control. Shion tiene muchísimas paciencia, pero sé que muchos de vosotros no. Ojo con eso, porque si intuye algo que no le cuadra, va a tratar de desenmascararlo como sea. Por favor, sé que es mucho pedir, pero no le tratéis con rudeza, que se puede fastidiar todo este plan.

El brasileño untó una tostada con mermelada y la tragó de un golpe. Asintió con la cabeza mientras masticaba e indicó que no podía hablar, que prosiguiera.
Así pues, la amazona continuó.
—Y lo segundo es que hoy toca revisión de tropas. Me pidió el Patriarca que te echara una mano con dos compañeros plateados que llegaron hace un par de días, sobre la misión que tenían. Algol de Perseo y Asterión de Perros de Caza. Fueron enviados por Shion para investigar el hallazgo de unas urnas misteriosas en Irak, relativas a unas deidades aparentemente sumerias. Las han traído con ellos, cuando regrese Shion se encargará de ver qué son, que se las dejes en la sala de investigación. Y que no toques nada, que lo dejes tal cual te lo entreguen.

Nada más terminar de relatar, ella esperaba una orden del Patriarca. Pero Aldebarán seguía comiendo como una lima, hasta beber el café.
— ¿Has escuchado lo que te he dicho?— preguntó la amazona, con los brazos en jarras.
—Sí, sí…que traen urnas de Irak, sí— respondió el brasileño, pasándose una servilleta por la boca.

Marin sacudió la cabeza y se despidió del caballero de Tauro. Éste, viendo que aún quedaba tiempo para las revisiones, se quedó en el trono y aprovechó para echar una cabezadita.

Primero fue una voz. Después escuchó otra. Y cuando el sentido del oído terminó de despertarse, escuchó un murmullo.
Abrió los ojos y vio a Seiya y Marin discutiendo cerca de él. Bostezó para despejar sus sentidos totalmente y abrió los ojos. Nada. La maldita máscara le tapaba la visión.
Así que elevó su cosmos para despertar su sexto sentido y ver quiénes estaban ahí.
"¡Mierda!" exclamó para sus adentros. Se había quedado dormido y tenía ante él dos filas con caballeros de bronce a un lado y caballeros de plata a otro.

Aldebarán tosió para aclarar su voz y se recolocó en el asiento.
Marin arrastró a su alumno a su fila correspondiente.
—Buenos días caballeros y amazonas— saludó el Patriarca, von voz trémula.

Ikki cruzó una mirada con la amazona de Águila.
"Puedo sentir su cosmos, dile algo" indicó con un gesto acordado previamente a la mujer. Marin giró la cabeza y trató de gesticular a Aldebarán para que cesara.

— ¿Qué haces Marin? ¿Ahora das clases de logopedia o qué?— espetó alguien a su lado. A Shaina no se le escapaba nada.
La amazona del Águila tragó saliva y esperó que el brasileño hubiera entendido su ademán. Sintió el cosmos de Tauro apagarse rápidamente y respiró aliviada.
—No, no doy clases de logopedia…es que me he colocado mal el brazalete hoy y me molesta al brazo— dijo mostrando la parte de armadura.
Shaina achicó los ojos tras la máscara de metal, pero decidió no indagar más, puesto que el Patriarca mandó callar a todos para poder pasar lista.

Aldebarán fue a ponerse de pie para hacerlo.
— ¡NO!— gritaron Ikki y Marin al unísono. El Patriarca se sentó de golpe en el trono.
Sus compañeros giraron las cabezas extrañados por ese grito proveniente de los dos jóvenes.

Shaina alzó una ceja.
—¿Estáis tontos? ¿A qué ha venido ese grito? ¿Os molesta que el Patriarca se levante de su trono?
Marin no sabía dónde meterse.
—Es que…me dijo que…tenía lumbago…y por eso tiene que estar sentado, si se levanta es peor.
La amazona de Ofiuco aguantó la risa mordiéndose el labio inferior.
—Claro…lumbago…— musitó sin que la escuchara su compañera.

Shaina estaba empezando a olerse la tostada y Marin se había percatado. No sólo tendría que lidiar con Seiya sino con su amiga también. Y ella era mil veces más escurridiza que su alumno.

El Patriarca seguía leyendo los nombres de los presentes, y apuntando en la lista los que estaban. Preguntó por quiénes faltaban y al terminar pidió audiencia con los caballeros de plata que habían regresado de sus misiones.

Algol y Asterión dieron un paso al frente, mientras sus compañeros abandonaban el templo patriarcal.
Marin se resistió a abandonar el templo, ya que no le agradaba la idea de dejar a Aldebarán con ellos dos a solas, pero Shaina la arrastró fuera.

Una vez se fue todo el mundo, Aldebarán se quedó solo ante el peligro.
—Bien contadme qué tal por Irak y qué habéis encontrado—dijo con voz trémula.

Los dos caballeros de plata, rodilla en tierra, explicaron sus aventuras por aquel país, y cómo encontraron en unas ruinas esas dos extrañas urnas.
Algol se las ofreció cuidadosamente envueltas en tela. El brasileño se quedó contemplándolas un largo rato, dándole vueltas alrededor, tratando de descifrar el mensaje labrado en ellas.

Los dos plateados observaron el proceder de su Patriarca. Por lo general, trataba con mimo aquellos objetos, porque solían contener algún tipo de sello divino. Y ver al Patriarca, con sus manazas, tratando de abrir las urnas delante de ellos, les produjo una sensación de inquietud.
—Mi señor, si no le importa, nosotros preferimos retirarnos, con su permiso— pidió Asterión.

Con un gesto de la mano, Aldebarán les indicó que se fueran del templo. Ambos se despidieron y salieron fuera.

El Patriarca continuaba empecinado en abrir una de las urnas, pero estaba fuertemente sellada. Resoplando, se incorporó de su trono, cuando Algol regresó para informar de una última cosa. Se quedó con los ojos abiertos como platos, al ver al descomunal Patriarca erguido sobre el trono.
—Ehm…se nos olvidó decirle que un lugareño nos aseguró que podrían contener algún secreto místico. El hombre estaba borracho pero aún así…que tenga cuidado— informó, cerrando la puerta.

Aldebarán se había mantenido en esa postura sin moverse. Mascullando un improperio, agitó la campanita para llamar a Urania. Quería poder acudir a la sala de investigación.

Algol salió asustado por la visión.
—No sé si es que ha engordado o se ha excedido haciendo ejercicio, pero el Patriarca está enorme— musitó a Asterión. Éste se encogió de hombros.
—Yo lo he visto igual que siempre, quizás es que al estar sobre las escaleras, te ha dado esa impresión.
Quitándole hierro al asunto, los dos jóvenes bajaron las escaleras rumbo al Coliseo.

La sala de investigación estaba repleta de antigüedades. Desde vasijas, ídolos de otras religiones y papiros con escrituras extrañas, hasta hermosas plantas de singulares propiedades, así como vasijas conteniendo extraños seres en formol.
Aldebarán había llegado allí, y se retiró la máscara. Quedó impresionado por todos aquellos tesoros. Pero tenía algo más importante que hacer, y se dedicó a investigar las urnas. Siguió en su empeño de abrirlas, pero no había forma. Las palabras de Marin retumbaron en su cabeza "No toques nada". Pero la curiosidad por conocer el contenido de esas urnas era más poderosa que el sentido común.

—Verás si se abre o no— dijo, mientras empleaba su fuerza para destaparla. La mala fortuna hizo que la vasija se escurriera de entre sus manos y cayera al suelo, haciéndose añicos.
Aldebarán emitió un grito de desesperación. Trato de recoger todos los pedacitos, pero la mayoría se habían pulverizado.
Sin embargo, de repente sintió una fuerza extraña, y un cosmos desconocido empezó a tomar forma en aquella sala. Todo alrededor se oscureció repentinamente.

Frente a él, las sombras conformaron una figura antropomorfa. De talle alto, cabellos rizados negros y barba poblada, igualmente negra. Los ojos eran oscuros y de piel morena. Vestía una larga túnica de color granate y un tocado extraño. Se quedó observando a Aldebarán unos segundos.
— ¿Quién eres tú y por qué me despiertas?— preguntó indolente al Patriarca.
—Eso debería preguntártelo yo— replicó Aldebarán, con una mano en el pecho.

El ser formó un fuego fatuo en su mano y se lo arrojó al caballero de Tauro, que lo esquivó in extremis.
— ¡No oses insultar a un dios!— rugió iracundo. La habitación se oscureció aún más.

Aldebarán se calló de inmediato, sintiendo un escalofrío recorriendo su espinazo.
—Ah…que…que eres un dios…— dijo temblando.

El dios conformó una cara de disgusto y señaló al brasileño.
— ¡Mortales de hoy día, que ignoráis a las deidades vetustas, condenándonos a un cruel suplicio! ¡Yo, que he gobernado durante milenios en Mesopotamia, obligado a dormir encerrado en una vasija! En cierto modo, te agradezco que me libres de esta prisión…— dijo abandonando toda pose ostentosa.
— ¿Pero vas a decirme quién eres o qué?— gritó desesperado el caballero de Tauro.
— ¡Oye, que te pregunté yo primero!— respondió ofuscado el dios sumerio.

Aldebarán se llevó un par de dedos al entrecejo.
—Soy Aldebarán, caballero dorado de la constelación de Tauro, protector de la diosa Atenea.

El dios alzó las cejas sorprendido.
— ¿Cómo? ¿Estoy en Grecia?
El brasileño asintió.
—Sí que estoy lejos de Sumeria…Pues yo tengo que irme a mi reino, a saber qué habrá pasado en tantos años sin poder regir el Inframundo...si no te importa, me voy. Por cierto, soy Nergal. Encantado de conocerte— y el dios abrió un agujero violáceo en el suelo. Antes de que pudiera saltar, se escuchó un gritó proveniente de ese agujero.

—¿¡PERO QUIÉN DEMONIOS HA ABIERTO UN AGUJERO EN EL TECHO DEL TEMPLO!?

El dios retrocedió asustado, pero se asomó al boquete.
—¡Disculpe! ¿Éste es el Inframundo?— preguntó al de abajo.
—¡SÍ Y ESTAMOS EN PLENO JUICIO, HAGA EL FAVOR DE CERRAR ESA PUERTA DIMENSIONAL O SUBIRÉ A CERRARLA YO MISMO!

Aldebarán reconoció la voz y fue a echar un cable al recién llegado.
— ¡Lune de Balrog, vete a zurrir mierdas con tu látigo a otra parte!
Nergal apartó al brasileño al escuchar un grito desgarrador de Lune.
— ¡Perdona, pero entonces, ¿éste no es el Inframundo Sumerio?
Se apartó a tiempo antes de que el espectro lanzara un ataque contra los dos, que fue a destruir un pedazo del techo de la sala de investigación.
—¡QUE NO, QUE ÉSTE ES EL INFRAMUNDO GRIEGO, EL REINO DE HADES!
Y antes de que pudiera lanzar otro ataque, el dios cerró el portal dimensional.

Abatido, se sentó en una silla.
—Vaya…qué mala uva tiene…pues no sé cómo hacerlo…en fin, qué se le va a hacer, me quedaré aquí hasta que pueda idear la manera de volver a mi patria—
El caballero de Tauro frunció el ceño.
—Ni de broma, no puedo dejarle aquí, tiene que irse.
Al enfurecerse de nuevo, la habitación se volvió a oscurecer.
—Espero no tener que enfrentarme a usted, así que será mejor que atienda mis pretensiones.

Sin otra opción, Aldebarán admitió al dios en el templo patriarcal, pero con la condición de que permaneciera quieto y tranquilo, y que no saliera de allí.

Cerró la puerta, dejando a Nergal metido en esa sala y miró el reloj. Casi la hora de cenar.

Con tanto ajetreo, se había olvidado de que tenía que mandar llamar a sus compañeros.
Regresó a la sala del trono y se sentó, encajándose en el asiento.

Llamó uno a uno a sus compañeros dorados, que acudieron raudos.

Estando todos presentes, Aldebarán informó a sus colegas de todo lo acontecido en el día, pero callándose el accidente del dios sumerio. Mañana se lo llevaría con él al templo de Tauro.

— ¿Alguna novedad?—suspiró, retirándose la máscara de metal.

—No especialmente— dijo Shura, buscando con sus ojos algún comentario de sus compañeros.
— ¿Saga, Deathmask?— preguntó a los aludidos.

—No he visto a Radamanthys en el bar— resumió brevemente Saga.
—Estuve por el Inframundo, pero no vi a nadie. Sólo vi a Lune hecho un basilisco.

Aldebarán tragó saliva y sonrió.
—Bueno, eso significa que ninguno de los tres jueces está en su sitio, ya que Lune es sustituto, así que toca seguir buscando al Wyvern.

Camus alzó la mano y el brasileño le cedió la palabra.
—Ya se lo dije a Mü, pero que sepáis que Isaak vendrá la semana que viene, así que tranquilidad hasta entonces. Respecto a Poseidón y Sorrento, me indicó que seguramente sería el fin de semana.

Los caballeros suspiraron aliviados.
— ¿A quién le toca regir el finde?— preguntó Aldebarán.

Shaka y Dohko alzaron sus manos.
—No podía venirnos mejor— sonrió el brasileño.

Los caballeros se liaron a charlar animadamente, cuando Marin alzó la mano para hablar.
—Tengo malas noticias, y es que Shaina sospecha de esto. Así que habrá que hacer algo al respecto. Propongo que uno de vosotros la envíe fuera del Santuario a una misión, cuanto antes.
Los caballeros dorados asintieron y dejaron al cargo al siguiente, a Saga.

El caballero de Géminis sonrió maliciosamente, su reinado daría comienzo en menos de 12 horas. Y no podía aguantar más.

Aldebarán dio por cerrado el cónclave y se despidió de sus compañeros.

Habló con Mü unos minutos, para preguntarle por el día con sus "terneros". Tras esto, el caballero de Tauro se dirigió a la habitación de Arles a cenar y descansar del día agotador.

Al estar cansado, no se fijó en su andar pesado, y al subir las escaleras tropezó con la túnica una vez más, dándose de bruces contra el suelo.
—Qué harto estoy de ir disfrazado— masculló, frotándose la nariz.


NOTAS:
¡Hola!

Bueno, aquí se revela un dolor de cabeza en forma de dios sumerio, Nergal. No es tan malo como aparenta, es sólo que está solito, lejos de su hogar…y claro…
Si hay alguna expresión que no entendáis, decídmelo. "Tener pachorra" es ser lento, tener flema para hacer las cosas.

Cuánta gente nueva se ha unido a éste fic ^^ me hace muchísima ilusión :D
Desde aquí quisiera agradecer a Deneb de Cygnus, Mary Vega de Chiba, Megaterio, MexEmperorRamsesII y Sagittarius no Liz por dar como favorita esta historia, así como a Minako Uzumaki y Sylver—hunter por seguirla.

Y como no, a todos los comentaristas (seguidores y que habéis dado como favorita también) , Sanathos Ananke, Shionlover, Kaito Hatake Uchiha, PrincessVirgo, shiro24kuro, tomoechan100, lobunaluna, shaka—cherie y Alnash de Leo.

¡Mil gracias! Vuestro apoyo es indispensable para continuar.

And of course, I want to give special thanks to Raixander , who gives me support and makes the effort to read in Spanish, despite the language barrier. Thanks a lot hun!

Nos vemos en el siguiente capítulo, donde Saga vuelve a ejercer de Patriarca…y veremos qué hace Kanon…

¡Un abrazo!