—Tranquilo, te encantara este lugar—menciono una mujer rubia de grandes ojos verdes, a su pelinegro compañero de viaje. Él desvió su vista de la ventana del auto para mirarla de manera comprensiva, era increíble cómo se estaba esforzando por hacer su viaje y mudanza más agradable.

—Es espero, mamá—suspiro tomando su delicada mano—. Pero es muy diferente a Nueva York, lo veas por donde lo veas.

—¡Oh, Blake!—exclamo riendo y estrechando su mano con firmeza—sé que es diferente, todas las ciudades lo son, pero Berlín tiene un aura especial que nunca encontraras en otro lugar y no puedes quejarte, aquí está el mejor conservatorio de música en el mundo—él sonrió de medio lado, dándole la razón— . Y lo más importante, estaremos cerca de tu padre y tu hermano, ¿no los echas de menos? —le pregunto angustiada por no ver una respuesta positiva de su parte. En parte Blake tenía grandes motivos para no aceptar la mudanza, pues la única justificación que encontraba para abandonar su vieja y tranquila vida, por una nueva en un lugar que le era tan ajeno era que sus decisiones dependían-vergonzosamente-de la vida política de su padre. Sin embargo, el estar más cerca de su padre y su hermano, también era un alivio para todos.

—Sí, mucho—respondió—. No te preocupes por mi mamá, estaré bien. Solo necesito aclimatarme y acostumbrarme, no debe ser tan difícil—. Anneliese, sonrió abiertamente. Esa era la clase de respuesta que estuvo esperando en catorce horas de viaje y se sentía satisfecha. En cambio, Blake no estaba tan seguro de lograr lo que le había dicho pero ver un poco de tranquilidad en el rostro de su progenitora, era suficiente por el momento. El resto del camino se quedaron en silencio.

El joven trataba de distraerse mirando por la ventana del lujoso auto que los escoltaba hacia su nuevo hogar. Estaba muy nervioso por mudarse a Berlín y sonaba como una tontería, pero no lo era. Aunque era alemán de nacimiento, nunca había vivido en Alemania. Su padre, el Ministro de Defensa Alemán: General Otto Lütke; había sido transferido a Estados Unidos cuando él nació, pero en su treceavo cumpleaños, Otto fue requerido de nuevo en Alemania. El General, era una de las doce personas más importantes de la política del mundo Occidental; entre las múltiples tareas que tenía a su cargo ser el presidente del Consejo de Seguridad del Parlamento de los Países Hermanos, acompañar activamente al Presidente Alemán en sus viajes al extranjero y atender el Ministerio de Defensa de su país. Era incuestionable el patriotismo nato de Otto, una persona que con mucho esfuerzo y dedicación se había ganado todas sus condecoraciones y grados.

Su madre, la retira Capitán Anneliese Lütke, decidió quedarse en Nueva York con sus hijos para que terminaran sus estudios primarios tranquilamente, pues en ese momento no era seguro que ellos vivieran en Berlín, ya que eran blancos de varios grupos contrarios al sistema. Un par de años más tarde, su hermano mayor Maximilian Lütke, decidiría enrolarse en el ejército y tomo un vuelo de regreso a su tierra natal. Aunque nunca lo expresara, Blake le tenía una gran admiración a Max, quien se desempeñaba como Mayor de su batallón. Al pelinegro siempre le había parecido curioso el que personas tan jóvenes adquirieran puestos tan altos en el gobierno y la milicia, pero eso tenía su origen en el desastre demográfico mundial. Luego de la época del cataclismo, al mundo le estaba costando recuperar el nivel de crecimiento de la población, porque las parejas tenían miedo de engendrar muchos hijos y tener que hacerlos pasar por una guerra, tal como había pasado con sus antecesores. Era muy común que las parejas tuvieran solo un hijo, ver una familia con dos o tres hijos era muy extraño. Los gobiernos trataban de incentivar a las parejas para que tuvieran más de tres niños con becas completas, pensiones, facilidades de crédito, pero no lograban el efecto esperado. Como consecuencia, muchas de las razas del antiguo mundo había o estaban desapareciendo.

La nueva estructura social que se creó luego del mal llamado cataclismo, permitía la vida laboral desde los quince años, lo que ocasionaba que los mayores se jubilaran muy jóvenes y estos a su vez, tuvieran muchas más oportunidades laborales.

Los pensamientos de Blake se disiparon, cuando sus ojos contemplaron la imponente construcción que obstruía su panorama. Por primera vez en su vida se encontraba con aquel famoso muro y como había leído en una descripción de algún boletín de su conservatorio, era una estructura deprimente. Sintió un vacío en el estómago, pues la sencillez de la construcción, contrastaba con la bella ciudad restaurada. Tan consternado estaba por el muro, que no noto cuando el auto aparco justo delante de este y su madre descendió. Cuando se giró y vio la puerta abierta, trago saliva con miedo, inhalo profundo y siguió a Anneliese. Apenas había puesto un pie sobre el concreto, cuando escucho que lo llamaban:

—¡Blake, hijo!—exclamo una gruesa voz, el joven inmediatamente dirigió su mirada hacia el hombre de su misma estatura, pero de complexión robusta, una peculiar nariz chueca y pequeños ojos azules que lo observaban con una ternura rara vez vista en un hombre tan duro como él.

—¡Papá!—lo saludo, sonriéndole mientras se acercaba a él para darle un fuerte abrazo.

—Qué bueno que estés aquí—le susurro con alegría, estrujándolo fuertemente para después soltarlo. Blake sonrió, no tenía nada que decir—. ¡Vamos! Pasen, espero que les guste la casa—señalo el General. Blake se detuvo un momento para observar su nueva residencia, una casa de cuatro pisos, color beige, con molduras blancas y grandes ventanales. Pensó que era hermosa, pues nunca antes había vivido en un lugar tan grande, se había acostumbrado a su pequeño departamento cerca del Parque Conmemorativo Central. Siguió a sus padres hasta el interior y al dar un paso dentro se encontró con una cómica escena que le robo varias carcajadas. Su madre tenía aprisionado entre sus brazos a un corpulento joven enfundado en su traje militar color verde:

—¡Mama!—exclamo el muchacho casi sin voz.

—¡Qué grande y guapo estas!—decía Anneliese con emoción. Le dio dos sonoros besos en cada mejilla y finalmente lo soltó—Blake, ven a saludar a tu hermano—le ordeno. El pelinegro asintió con la cabeza. Cualquiera que los conociera dudaría que eran hermanos, pues Max era castaño de ojos celestes, robusto y un poco más bajito que Blake, por lo que físicamente no tenían ningún parecido.

—¡Hermanito! Vaya que has crecido en estos años—comento el castaño con una sonrisa sarcástica dándole un fuerte abrazo.

—Max, que gusto verte otra vez—dijo aceptando el abrazo con una tímida sonrisa. Aunque no fueran más expresivos, los dos estaban muy contentos. Habían pasado cerca de cinco años desde la última vez que se habían visto en persona, aunque mantenían comunicación por e-mails y llamadas, sin embargo eso no se sentía tan real como tenerlo de frente.

La reunión familiar continúo con una comida. Anneliese y Blake escuchaban atentamente a Otto que hablaba de las últimas noticias que circulaban en el gobierno. Durante todo ese tiempo, Blake se sintió fuera de lugar y paso el rato jugando con la comida en silencio. No era porque estuviera aburrido, en realidad se sentía muy frustrado. En la mesa todos eran militares menos él y eso lo avergonzaba. Blake era conocido por ser la oveja negra de la familia Lütke, pues todos sus ancestros-al menos los que él conocía-tenían una carrera militar y habían hecho grandes cosas en el ejército, la fuerza área o la marina, todos menos él. Aunque el pelinegro intento enrolarse al ejército, fue rechazado inmediatamente por una enfermedad que lo aquejaba desde que tenía memoria. Pensó que su padre estaría desilusionado por haber fallado, pero Otto era un hombre benevolente y no se molestó en lo absoluto con hijo menor. Al contrario, lo reconforto pues él jamás espero que Blake quisiera enrolarse en el ejército.

En cambio, Max estaba muy atento a cada palabra que su padre pronunciaba. El Ministro les estaba hablando de uno de sus más fieles hombres: el Teniente Coronel Braun, quien pronto seria transferido a su campo. El Mayor ansiaba conocerlo, pues Braun tenía una reputación que causaba escalofríos hasta el más duro de los soldados, pero no a Max, él estaba ansioso por conocerlo y terminar con su fama. Quizás Braun tenía un gran temperamento, pero nada se comparaba al carácter de un Lütke y menos si se trataba de Maximilian. Sin dudarlo dos veces, su mente empezó a maquinar un plan para pisotear el enorme ego del Teniente Braun.

Anneliese, observo los rostros de sus hijos. Mientras uno parecía estar planeando una travesura, el otro estaba muy avergonzado. Una sonrisa se dibujó en su rostro, definitivamente había echado de menos tener a su familia reunida. Pero ella no quería hacer sufrir más a su hijo menor y decidió darle un giro a la conversación, para que todos pudieran participar sin sentirse fuera de lugar, lo que hizo mucho más llevadera la tarde que pasaron juntos. Luego de que ambos militares tuvieron que regresar a sus labores, Blake y su madre comenzaron a instalarse en su casa.

El pelinegro eligió una habitación del segundo piso como su recamara, como aún se encontraba muy cansado por el largo viaje, solo dejo su maleta en la recamara y decidió darle un vistazo a la casa.

Tenía seis habitaciones, un estudio, un despacho, una enorme cocina, patio trasero y el que posiblemente sería uno de sus lugares favoritos, la sala que resguardaba el piano que su padre le dio como regalo de bienvenida.

Blake se acercó al piano negro de cola larga, lo recorrió delicadamente con la yema de sus finos dedos. Brillaba tanto que lo embelesaba, era un piano perfecto. Se sentó frente al instrumento, paso sutilmente sus dedos sobre las teclas sin dejar de mirarlas con ternura; aquello le producía una sensación extrasensorial que nadie más que él podría comprender.

Inmediatamente toco algunas notas de una canción muy conocida y querida para él, la había escrito para su ex novia, Angélique. Con cada nota que tocaba, le daba una punzada en el pecho. La echaba tanto de menos y la tristeza lo abruma al darse cuenta que nunca la volvería a ver. Angélique, era una chica que había conocido en la Escuela de Artes de Nueva York, donde estudiaba teatro. Era la persona más simple, mundana y despreocupada que hubiese conocido en su vida, pero cuando subía al escenario se transformaba de tal manera que nadie podía asegurar que se tratase de la misma persona. Eso fue lo que lo enamoro, se convirtió en su musa y casi enseguida iniciaron una relación muy pasional.

La última vez que la vio fue en el Parque C. Central, recordaba estar muy nervioso y triste por tener que comunicarle los planes de mudanza. Ella tranquilamente, escucho todo lo que Blake trato de decirle, pues las palabras apenas tenían un sentido lógico cuando salían de su boca. Angélique, no lo interrumpió en ningún momento, de hecho no parecía que la noticia le hubiese afectado en lo más mínimo. Cuando él termino de hablar, ella sonrió y le susurró al oído: "Cuídate", le dio un beso en la mejilla y se fue. Blake, concluyo la pieza dando un largo y doloroso suspiro. Quisiera o no tenía que acostumbrarse a su nueva vida, tendría que empezar de cero por más difícil que pareciera. Se levantó del banquillo para seguir con el recorrido por la cálida sala. Sobre la chimenea estaban varias fotografías de sus abuelos, de Max y él cuando eran pequeños y otra más de sus padres cuando eran jóvenes. Tomo el portarretratos entre sus manos para mirarlo más de cerca. Sintió envidia del amor que se tenían sus progenitores, que a pesar de la distancia y de las muchas dificultades que tuvieron para poder estar juntos, no se dieron por vencidos y lograron su sueño de casarse y formar una familia. ¿Qué fue lo que logro mantener a ese amor vivo? , se preguntó. Quizás lo que ellos sintieron era esa clase de amor del que tanto había oído hablar y que Angélique nunca sintió por él como él lo sentía por ella. Frustrado, dejo la foto en su lugar y salió de la habitación. No quería seguir pensando en ella, pero en ese momento parecía que era lo más difícil de hacer. Estar enamorado era algo que dolía más que una enfermedad.