FALSAS ESPERANZAS
Epílogo
El poni de la mirada triste.
Aquel día fue a ver a sus padres al cementerio.
Era pequeña cuando ocurrió, tendría la edad que hoy tiene Apple Bloom, y todavía no puede entender bien lo que pasó. Era un día como cualquier otro: habían desayunado juntos, y saludó a sus padres con un beso en la mejilla para cada uno. Big Macintosh había ido a arar un trozo de tierra, mientras ella iba a alimentar a las gallinas, la Abuela Smith se quedaba con su hermanita menor, y sus padres entraban a buscar algo al granero.
Sólo oyó cuando la estructura de madera se derrumbó, con sus padres atrapados en su interior.
No es algo que quiera recordar, le duele bastante. Lloró tanto ese día, que sentía que sus ojos ardían como brasas ardiendo, y desde ese momento Big Mac fue un poco más callado. Incluso Apple Bloom sintió la pérdida de sus progenitores.
El día anterior había descubierto algo muy importante sobre sus padres. Descubrió que Buttercup en realidad se llamaba Pear Butter, y su amor fue tan grande que renunció incluso a su nombre. Debía ir a verla, a dejarle flores, y por eso compró a las tres floristas los dos ramos más grandes que tenían, para luego dirigirse al cementerio y dejárselas a sus dos padres. Aún los extrañaba, los extrañaría toda la vida.
Buttercup y Bright Macintosh.
Pear Butter y Bright Macintosh.
Sin embargo, algo la sorprendió muchísimo al llegar.
Vio a un poni terrestre inclinado sobre la tumba de su madre. Era enorme, más grande que Big Macintosh, y estaba totalmente envuelto en oscuras ropas viejísimas y ajadas, tan antiguas que podía imaginar su aroma a humedad y tiempo. Daba toda la impresión de ser un mendigo o un indigente, y ella no pudo evitar sentir lástima por él. Caminó para preguntar de dónde conocía a su madre, pensando que podría iluminar un nuevo aspecto desconocido de la vida de su madre.
Pero el poni terrestre se giró para marcharse por el lado contrario. Applejack le pidió que se detuviera, corriendo hasta quedar a corta distancia. El poni la miró a los ojos, lo único que lograba verse en su rostro oculto por una añeja bufanda gris, unos ojos tan tristes que ella sintió que lloraría ahí mismo. Jamás había visto tanta melancolía en un poni, y eso la dejó congelada ahí, incapaz de decir nada mientras el poni se marchaba.
Cuando fue a ver la tumba de su madre, notó que había dejado una solitaria rosa roja. Ella se sorprendió aún más, pues siempre que va a ver las tumbas de sus padres, encuentra una rosa frente a la lápida de Pear Butter.
Quiso seguir tras el poni inundado de melancolía, pero no lo vio por ningún lado.
Y cuando volvió a casa, se preguntó durante todo el trayecto sobre la identidad de aquel poni terrestre que acostumbra a visitar la tumba de su madre. No podía imaginar quién sería aquel poni de la mirada triste, y sólo puede pensar en algún miembro de la familia Pear, pero esa explicación no la convence del todo. Al pensar en él, no podía evitar llorar, pues su deprimida mirada no solo estaba cargada de dolor y pena. Era la mirada de un poni que no sabía por qué existir, la mirada de un poni que espera la muerte.
