Aquella noche, Mei se acostó con la sensación de que había pasado una eternidad desde su salida de la Caja.

Y en realidad sólo han sido unas horas, y terminó el pensamiento, desde que he nacido para el mundo.

Sus recuerdos no iban más allá de la angustia que había sentido al subir por el túnel. Y algún recuerdo lejano, tan lejano que cuando trataba de agarrarse a él, éste se escurría como una serpiente.

Había comido bien. No estaba segura de si el nombre que todos daban al cocinero —¿Fritanga?— era un mote o un insulto. Se apuntó mentalmente no cruzarse en su camino hasta que no supiera exactamente cómo se llamaba. Le había horrorizado descubrir la gran maraña de pelo no sólo en la cabeza, sino en la barba y en los brazos. Después de verle, se había negado a repetir, a pesar de que a su alrededor los otros clarianos (como los había llamado Newt) engullían sin parar.

Más tarde había paseado por el Claro. El pelo-paja le había enseñado los Huertos, la Hacienda, la Casa de la Sangre y los Muertos. Mientras Newt le explicaba las funciones que realizaban en los distintos lugares, Mei se hacía notas mentales.

—Cada área tiene un guardián —decía Newt en aquellos momentos—. Fritanga es el guardián de la cocina, Winston —hizo una pausa y señaló a un tipo bajo y musculoso con la cara llena de acné— es el guardián de los cortadores. Luego está Zart que se encarga de los Huertos y Clint de los mediqueros…

Mei asentía y trataba de memorizar todos aquellos nombres: mediquero, deambulante, ladrillero, excavador…

—… y Minho, el de los corredores.

Una sonido de advertencia sonó en la cabeza de la chica.

— ¿Corredores? —creía intuir por donde iba aquello.

Como respuesta Newt asintió y se señaló a sí mismo. ¿Había orgullo en su gesto?

— Sí, cara fuco, son los que entran en el Laberinto. Los mejores de los mejores.

Mei levantó una ceja, escéptica.

— Ya claro… ¿qué quiere decir eso?

— Como te he dicho, pingajo, son los mejores de los mejores. Sólo ellos entran en el Laberinto, nadie más. De hecho, es importante que no olvides esto, la Regla número uno: nadie sale al Laberinto, sólo los corredores.

¿Hasta tienen reglas?

Esto iba a ser más interesante de lo que pensaban. Newt siguió hablando pero Mei ya no le escuchaba. Su mente volaba más allá de las cuatro paredes cubiertas de hiedra, más allá del Laberinto. Trataba… de descubrirse a sí misma.

¿Qué estoy haciendo aquí…?

El resto de la tarde transcurrió entre las explicaciones de Newt. El pelo-paja tuvo mucha paciencia, aunque lo cierto es que ella tampoco había preguntado mucho. Alby se había acercado un rato "a ver cómo va nuestro verducho" y a intercambiar impresiones con Newt. A Mei le imponía su voz ronca, y trató de ser aún más invisible. Luego se quedó sola hasta la cena, y aprovechó para inspeccionar un poco más el lugar. Sin embargo, al ver que el tipo de las cejas arqueadas, rondaba cerca, decidió no perder de vista a la Hacienda, donde Newt había desaparecido con Alby.

Ahora, estaba arropada en un saco de dormir, acostada sobre el suelo blando de hierba y con las manos cruzadas en la nuca. Las puntas de su pelo tan corto le pinchaban los brazos.

No me gusta nada. Odio este pelo.

Y de repente, sin previo aviso, tuvo un recuerdo de una Mei muy distinta… muy femenina. Una Mei que se peinaba aquella melena de color arena, que tenía mariposas en el estómago porque iba a ver a… Y tan silencioso como había aparecido, el recuerdo se desvaneció.

Gimió de rabia.

¿Yo soy esa o esta?

Aquel pensamiento empezó a torturarla. De la otra apenas sabía nada, y cada nuevo pensamiento acerca de ella la desconcertaba más. El roce de aquel pelo tan largo era una caricia tan familiar… Pero ahora no había tal pelo y todos la habían tomado por un hombre. Apretó los labios. Quienquiera que fuese que la había puesto allí, no quería que revelara su identidad femenina. Pues bien, no dejaría que nadie la descubriera. Sería un hombre. Mei, el pingajo, el verducho. Lo que fuera con tal de sobrevivir. Se juró a sí misma que saldría con vida de allá. Que saldría del Laberinto y encontraría respuestas. Estaba allí atrapada. Según le había explicado Newt, algunos de los muchachos llevaban allá casi dos años enteros.

Tengo que salir de aquí como sea. Pero mañana será otro día. Tranquila Mei, ahora duerme.

Mañana sería otro día. Cerró los ojos y el sueño le sobrevino.


Los picos de tensión que marcaba el monitor disminuyeron considerablemente. El Sujeto Ax estaba durmiendo.

— Ya está, ha terminado su día.

El chico que había hablado tenía el pelo oscuro. Tenía la mirada concentrado en aquellos diagramas complicados de la pantalla. Junto a él, un hombre mayor con el rostro afilado como el de una rata esbozó una media sonrisa.

— Parece que ha comprendido perfectamente que no han de descubrirla. Muy bien. Todo avanza como habíamos planeado. El Sujeto Ax tiene posibilidades de salir victorioso.

El hombre dio media vuelta para salir, pero al oír que el chico le llamaba se paró.

— Hay algo que no entiendo… —el muchacho dudó antes de continuar— ¿por qué la hemos mandado arriba si no había pasado las pruebas del Grupo B? Creo que no era el candidato ideal…

— Espera y verás, todo tiene sentido. El Sujeto Ax ayudará a que los otros sujetos expriman más sus habilidades. Obtendremos más resultados de los que hasta ahora hemos conseguido. Sacarán lo mejor de sí mismos, Thomas,… —mientras salía por la puerta, el hombre murmuró para sí mismo—… o no.

El muchacho volvió a concentrar en los monitores. Esta vez sus ojos se dirigieron a la pantalla que mostraba el interior de la Hacienda.


El fuego crepitó pero ninguno de los chicos pareció darse cuenta. Los tres tenían la mirada ausente, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

— Hoy han empezado a repetirse los patrones del Laberinto. Y otro judía verde más y sin novedad en el frente. No podemos seguir así eternamente —el muchacho moreno apretó los puños—. ¡Foder! Tenemos que encontrar una salida ya. Newt, ¿has averiguado algo del verducho?

El pelo-paja negó con la cabeza.

— Nop, estaba tan fuera de lugar como todos los nuevos, aunque ha recibido bastante tranquilo todos los cambios.

— Me juego lo que sea a que aspira a recogedor —el tono mordaz de Minho no pasó desapercibido a ninguno. — ¿Qué opinas Alby?

El chico se encogió de hombros.

— O corredor

— Esa ha sido la intervención más fuca de la historia. No cualquiera puede ser corredor —Minho se levantó y flexionó los brazos, marcando todo el músculo posible.

Alby silbó y Newt lanzó un zapato a al chico.

— Ya siéntate, ¿no?

El asiático esbozó una media sonrisa.

— Me voy a la cama. Mañana nos espera una intensa corrida. Alby deberías hacer lo mismo.

En silencio, ambos muchachos se levantaron para salir.


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