CAPITULO 3

—Señor Becket, es un placer conocerle —lo saludó Barton, tendiéndole la mano de manera amigable. Raleigh hizo lo propio sin dejar de mirarlo con los ojos abiertos como platos.

—Igualmente, señor —le respondió, no muy seguro de su voz.

El maestro de kwoon se giró hacia María Hill, que los observaba con atención, pasando su mirada de uno a otro, sin comprender.

—El señor Becket y yo hemos tenido un encuentro en el kwoon hace un rato—, le indicó Barton, con una sonrisa sesgada y las manos unidas delante de sí, a la altura de sus caderas.

Raleigh no sabía bien hacia dónde mirar: si al jaeger que tenía a sus espaldas o al hombre que acaba de aparecer. Se había cambiado de indumentaria. Los pantalones que llevaba puesto en el kwoon habían sido reemplazados por unos de faena de color azul oscuro. La camiseta era del mismo color, de manga corta. Completaban su vestimenta unas gruesas botas negras, acordonadas hasta el tobillo.

Sus ojos viajaron una vez más hacia aquella preciosidad que se erigía, imponente, tras ellos. No sabía si iba muy desencaminado al proclamar que aquel jaeger que era lo más bonito que había visto en mucho tiempo, tal vez en toda su vida. Lo envidiaba; envidiaba a Barton por haber pilotado aquella preciosidad y no lograba comprender cómo era que no estaba subido en él en cada ocasión que se le presentara. Lo miró, primero a él y luego a Hill para, en último lugar, recalar su mirada en el hombre.

—Discúlpeme, señor, pero ¿ya no pilota el jaeger?

La sonrisa que hasta ese momento había lucido el masculino rostro de Barton se desvaneció paulatinamente. Por unos segundos temió haber metido la pata. A veces le pasaba, hablar antes de recapacitar qué iba a salir por su boca. Su hermano le decía que debía controlarse. Estaba claro que aún era una tarea pendiente.

No conocía a Barton. Apenas sabía de su existencia una hora atrás así que, cuando el semblante del hombre comenzó a ensombrecerse, no sabía si era por un incipiente enfado por haberle preguntado algo inapropiado, o era otra cosa bien distinta. Intentó que el escrutinio al que lo estaba sometiendo no se notara demasiado, pero se temía que iba a perder la partida. Los hombros de Barton descendieron ante sus ojos y, despacio, alzó la vista hacia el jaeger.

—Estoy seguro de que Hill le habrá informado adecuadamente.

Raleigh miró por el rabillo del ojo a la técnico de comunicación, que había bajado la cabeza, a todas luces incómoda. Regresó a Barton y dio un paso al frente. No, no era enfado lo que había visto en su rostro. Ahora sabía lo que era, lo veía en Yancy cada vez que hablaban de sus padres y el tiempo en que vivían felices en Anchorage. Antes de los Kaijus, antes de la enfermedad. Era la misma expresión: añoranza.

—¿Cómo es? —se aventuró a preguntar, sin que la cuestión pasara antes por su cerebro. Simplemente, salió por su boca.

Unas pequeñas arrugas aparecieron en torno a los ojos de Barton cuando estos recalaron de nuevo en el joven.

—¿Cómo es qué?

Raleigh señaló con la cabeza hacia el coloso que tenía a sus espaldas.

—Pilotar el jaeger.

Como si estuviese luchando contra ello, los labios del hombre terminaron por curvarse en una escueta sonrisa. Bajó la cabeza, haciendo un gesto negativo con ella una y otra vez.

—Es lo mejor del mundo, muchacho.

Se dio cuenta de que, hasta ese momento, en el que Barton le hubo respondido, Raleigh había estado conteniendo la respiración, a la espera de su respuesta. Inconscientemente, irguió la cabeza y cuadró sus hombros, echándolos hacia atrás. Sólo pudo asentir.

Clint Barton lo miró con seriedad para, a continuación, sonreírle.

—¿Cuánto va a estar por aquí?

Con rapidez, Raleigh se encogió de hombros.

—No lo sé. Dos semanas, tal vez. Puede que menos.

Barton anduvo hacia él. Rebasó el lugar en donde se encontraba Raleigh para dar un par de pasos más en dirección al jaeger. Entonces se detuvo y alzó la mirada hacia él.

—Es bonito, ¿no es cierto?

Raleigh se giró y anduvo hasta donde se encontraba el hombre. Se colocó a su lado, hombro con hombro, para imitarlo y mirar hacia el robot, que parecía otear la inmensidad del Shatterdome con su impasible mirada.

—Es precioso.

Por un instante, a Raleigh le pareció que el bullicio que los rodeaba era menor y que estaban ellos solos, al pie de aquella colosal mole de acero y titanio.

—Cuando estás ahí dentro —dijo al fin Barton, sin mirarlo, en voz baja, como si estuviese hablando sólo para sí mismo—, te sientes como si pudieras con todo. Tienes el mundo a tus pies. Tienes la sensación de que no existe nada que puede doblegarte. No es cierto, claro, pero, mientras dura es… lo mejor. ¿Sabes de lo que hablo, Becket?

No podía dejar de mirar al jaeger. Quería saber de lo que hablaba Barton. Era lo que más quería en el mundo. Se había preparado para ello y quería experimentarlo. Giró su cabeza en dirección al hombre que estaba a su lado y negó con la cabeza.

—No lo sé, señor. Pero quiero saberlo.

Barton sonrió.

—Eso está bien.

Raleigh se movió incómodo, pasando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra.

—¿Por qué dejó de pilotarlo?

Antes de que la frase hubiese abandonado del todo sus labios, Raleigh ya se había arrepentido de pronunciarla. No conocía al hombre lo suficiente para preguntarle algo que, a todas luces, era muy personal. Le perdía su curiosidad, de nuevo. Y su gran boca. Un visible tic, como si estuviese apretando los dientes, apareció en la mandíbula de Barton. Una arruga surcó la frente del hombre de un lado al otro mientras continuaba con la mirada puesta, fija y severa, en el jaeger.

—¡Lo… lo siento! No… no debí preguntar —se excusó Raleigh, con torpeza, las palabras atropellándose en su boca antes de salir de ella. Sintió el estómago encogerse dentro de su abdomen.

Barton levantó una mano, girando la cabeza lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—No importa. No es un secreto de estado, ni nada que esté oculto. Simplemente, cuando a Nat… cuando a la comandante Romanoff le ofrecieron el puesto en el Shatterdome, creímos que era incompatible con ser piloto —comenzó diciendo—. Ser piloto no es sólo montarte en el jaeger e intentar patearle el culo al kaiju de turno, no. Tienes que entrenar duro para estar preparado las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. De día o de noche. Llueva o haga un sol espléndido. Dirigir un Shatterdome tiene un nivel de entrega muy parecido. Todos están bajo tu mando. Aunque haya personas en las que puedas delegar, la última responsabilidad es la tuya. No tienes horarios, ni fines de semana. El tiempo no te pertenece. No todo es compatible.

—¿Y por qué no buscaron un nuevo piloto? —preguntó Raleigh, inquieto—. Quiero decir… seguro que había alguien compatible con usted. Alguien que quisiera ser su copiloto.

El hombre asintió con gravedad.

—Seguro que lo hay, no tengo dudas. Pero, cuando dejas entrar a alguien en tu cerebro, muchacho, no puedes ocultarle nada. No estoy muy seguro de querer dejar entrar a alguien más ahí dentro —le respondió, señalando con el dedo índice a su cabeza.

A pesar de que aún no había pilotado ningún jaeger, Raleigh podía entender a la perfección de qué hablaba Barton. Cuando, en la Academia Jaeger, descubrieron que él y Yancy eran neurológicamente compatibles e hicieron los primeros simulacros de deriva, los pensamientos de su hermano lo apabullaron. Cierto, era su hermano y lo conocía desde siempre. Pero una cosa era conocerlo y otra muy distinta saber de todos sus pensamientos, los más íntimos, lo que estaban tan dentro de él que jamás le había contado, ni a él ni a nadie. Y que él conociera los suyos. Cuando llegaron a ese punto, su vínculo se hizo más fuerte, más inquebrantable. Estaba seguro de que nadie podría reemplazar a Yancy nunca.

—Pero es dejar un jaeger inactivo, ¿no cree? Son billones de dólares parados —preguntó, de nuevo su cabeza y su boca jugándole malas pasadas, hablando antes de pensar.

Barton sonrió apenas.

—Lo sé. Y si llega el momento, tendremos que hacer algo al respecto. Pero, mientras tanto, a nadie le gustaría enfrentarse a Romanoff, créame.

Raleigh no se cansaba de mirar aquella obra maestra de ingeniería. Por las noches, a menudo, soñaba con el jaeger que les estaban construyendo en Anchorage. Había visto los planos y el diseño, por supuesto, pero esa noche, cuando se durmiera y soñara con él, su Gipsy Danger tendría el aspecto del mortífero Black Hawk. Bajó la mirada cuando notó que Barton se retiraba.

—Gracias, señor Barton.

El maestro de kwoon le saludó con un cortés gesto de cabeza.

—No hay de qué, señor Becket —respondió con amabilidad.

Antes de que Barton pudiese girar sobre sus talones para marcharse, Raleigh dio un paso hacia él y puso la mano sobre su hombro.

—Una cosa más, señor. ¿Podría, algún día, enseñármelo por dentro?

Barton pareció considerar la propuesta durante unos segundos antes de terminar asintiendo.

—Por supuesto – contestó—. Y quién sabe, a lo mejor es usted el próximo piloto del Black Hawk.

Sin darle tiempo a agradecérselo, Barton se retiró con paso ligero, acompañado de Hill, que se había mantenido en todo momento separada de ellos. Los vio alejarse a los dos, pasando entre los trabajadores y los técnicos, que los saludaban al pasar. Cuando se hubieron perdido, Raleigh dio un paso hacia adelante y luego un par más, hasta quedar más cerca de la base del jaeger. Quería tocarlo, quería sentirlo bajo las yemas de sus dedos y notar la frialdad del acero bajo las palmas de sus manos. Tenía que admitir que las palabras de Barton sobre ser el piloto del robot le habían puesto nervioso. No iba a ser cierto, eso lo sabía. Él tenía un jaeger que lo estaba esperando. Pero era un buen pensamiento con el que estar ocupado mientras tanto.

Barton siguió a Hill hasta el tercer piso sobre el muelle del Shatterdome. La mujer se adelantó y traspasó la puerta de cristal translúcido que daba acceso al departamento de ingeniería, donde los esperaban a ambos. Él, sin embargo, se detuvo antes de llegar y miró hacia el muelle bajo él. La barandilla de barrotes de metal apenas ofrecía protección. Los trabajadores y todo aquel que anduviese por allí debía tener cuidado con dónde pisaba. Así se lo recordaban las líneas rojas dibujadas en el suelo con la palabra "peligro" escrita en mayúsculas. Barton miró una vez más hacia abajo. La vista era abrumadora: cientos de personas iban y venían, ajetreadas. Vehículos gigantescos que transportaban de un sitio a otro las cargas pesadas que no podían ser llevadas por los más pequeños. Su vista recaló al fin en aquel muchacho, el joven Becket, que miraba hacia arriba, en dirección al jaeger, con la expresión de quien está adorando a una deidad.

Alzó la mirada a su vez, hacia el Black Hawk. Se encontraba a la altura del pecho del gigante de metal, allí donde se escondía el núcleo de energía; el corazón de la bestia. Conocía tan bien la fisionomía del jaeger como si se tratara de su propio cuerpo. Sabía dónde estaban sus puntos fuertes, y también los débiles. Había estado presente en el ensamblaje y la primera vez que lo conectaron. Recordaba a la perfección aquel día, de pie, junto a Natasha, mirando al jaeger que les habían construido para luchar contra la amenaza que emanaba desde el Pacífico.

Raleigh continuaba allá abajo, intentando empaparse de todo cuanto le rodeaba. No sabía si él, en algún momento, había sido así: tan ansioso por el conocimiento, por entrar en la batalla, con aquel brillo en la mirada. Posiblemente no.

Cuando Natasha y él se alistaron en el PPDC, hacía ya algunos años que trabajaban juntos. Habían viajado por medio mundo, haciendo lo que mejor sabían hacer: neutralizar potenciales enemigos del país. Así habían continuado hasta que dichos enemigos dejaron de tener sentido, cuando los más peligrosos eran vomitados desde lo más profundo del océano. La agencia para la que trabajaban cerró y ellos, en lugar de dedicarse a vivir una merecida y tranquila vida, alejados de la costa, entraron en el PPDC.

A ninguno de los dos le sorprendió que, tras los exámenes de ingreso a los que les sometieron, los test, los escáneres y los estudios encefalográficos, les dijeran que eran neurológicamente compatibles. Tampoco les hacía falta ningún examen para saberlo. Llevaban años trabajando juntos, codo con codo, pasando por situaciones en las que debían confiar ciegamente el uno en el otro, y saber qué iba a hacer el compañero sin haber intercambiado ni una sola mirada. Si aquello no era compatibilidad, no sabía bien qué podía ser.

La primera deriva fue… extraña, por denominarla de alguna manera, pensó Clint, dejando vagar su mirada por la figura del jaeger, pero sin verlo realmente. Les dijeron que abrieran su mente al otro, que no reprimieran nada, y eso hicieron. Natasha no le escondió nada, al igual que hizo él. Y terminó aflorando lo que habían estado fraguando y construyendo durante todos aquellos años de compañerismo, de batallas compartidas, de guardias a medias y cómodos silencios. Fue tras aquella deriva iniciática cuando aceptaron, al fin, lo que sentían el uno por el otro. Fue la primera vez que compartieron una cama sin tener que guardarse la espalda el uno al otro en una misión. Llevaban juntos desde entonces.

Clint miró de nuevo hacia abajo, a los pies del jaeger. El joven Becket se las había ingeniado para acercarse a los mecánicos que trabajaban en el robot y había entablado conversación con ellos. Suponía que estaba sediento de emociones, lo veía en su manera de mirar. Era joven e inexperto. Había visto en su mirada la ilusión de quien no ha entablado ninguna batalla aún, del que todavía no ha perdido nada. Desgraciadamente, lo terminaría haciendo. Amigos, conocidos, rivales. En algún momento acabaría por perder a alguien que le importara. Y esa inocencia y esa pasión que veía en los ojos del joven Becket terminarían por desaparecer. Como le pasó a él.

La primera misión a la que se enfrentaron como pilotos del Black Hawk se llamaba Leviathan. Era un kaiju categoría dos, una mole de músculos, dientes afilados y saliva venenosa. Y la brecha lo había vomitado un hermoso día de primavera, quince meses atrás.

El kaiju, Leviathan, dejó atrás la costa de Hawaii sin que nadie ni nada pudiese hacer gran cosa por ellos. No pudieron llegar a tiempo para frenar el rastro de desolación que dejó el engendro a su paso por la isla. Sin que nadie se hubiese interpuesto en su camino, el kaiju puso rumbo hacia la costa oeste del continente americano. Tres jaegers fueron movilizados para intentar detener el avance del monstruo: El Romeo Blue y el Black Hawk, desde el Shatterdome de Los Ángeles, y el Demon Impala, desde Lima.

Clint cerró los ojos y se agarró con fuerza a la barandilla. Sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas al recordar aquel día. Como si estuviese ocurriendo en aquel preciso instante, podía ver lo que sucedió tras sus párpados.

El Romeo Blue y el Black Hawk llegaron al punto en donde se encontraba el kaiju cuando éste ya había encontrado al Demon Impala y estaba enfrentándose a él. Los Winchester, los hermanos que pilotaban el jaeger, hicieron lo que pudieron por neutralizarlo. El kaiju, en un arrebato inhumano, les clavó sus poderosas zarpas en el pecho del gigante y, con un giro, le arrancó la cabeza en un estallido de chispas y metal volando. El Black Hawk estaba a su lado y él y Natasha fueron testigos mudos de la desaparición de los dos hermanos.

Derrotaron al kaiju tras dos horas de lucha encarnizada, in extremis, pero lo consiguieron. Con un alto coste: el de la vida de dos pilotos y la desolación que había dejado en el archipiélago hawaiano. Fue ahí cuando él y Natasha entendieron que, por mucho que derrotaran al kaiju en cuestión, jamás ganarían la batalla hasta que La Brecha fuera cerrada. Algo de su alma dejarían por el camino.

Dos kaijus más se cruzaron con el Black Hawk antes de que a Natasha le ofrecieran la comandancia de Shield, el Shatterdome de Los Ángeles. Desde entonces, el jaeger estaba inactivo. Clint parpadeó, volviendo a la realidad. Levantó la cabeza, hacia la cabina del jaeger, que se encontraba a varios metros por encima de él.

La puerta de cristal a su espalda se deslizó por la guía al abrirse. La voz de María Hill le llegó, fuerte y clara.

—Barton, le están esperando. La conferencia está a punto de comenzar.

Clint miró una última vez al muelle. No había rastro del joven Becket por ningún sitio, pero apostaba que aún revoloteaba alrededor del jaeger.

—Ya voy —respondió sobre su hombro. Palmeó con ambas manos rítmicamente sobre la barandilla, produciendo un metálico sonido y, con un último vistazo, giró sobre sus talones en dirección a María Hill.

Clint atravesó la gran sala de conferencias, entre mesas vacías y ordenadores apagados, hacia las dos grandes pantallas que dominaban la pared principal. Ante ellas, de espaldas, estaba Natasha, con las manos unidas tras de sí, la espalda recta y la cabeza alzada, regia e imponente. Anduvo en su dirección, siguiendo los pasos de Hill, que se apostó al lado de la comandante, a su izquierda. Él lo hizo a su derecha, tan cerca que sus hombros casi se rozaron. Natasha giró la cabeza hacia él y, le sonrió. Una mueca apenas, agradeciéndole en silencio que estuviese allí. No hacían falta palabras para eso. Había estado en su cabeza. La conocía. De repente, las dos grandes pantallas se encendieron al mismo tiempo.

La que tenían a su izquierda mostró el logotipo de las Naciones Unidas antes de que un rostro de hombre apareciese en ella. El semblante era serio y el parche que lucía en el ojo izquierdo le confería un aire de ferocidad que a nadie le pasaba inadvertido. Natasha y él lo conocían desde antes de alistarse en el PPDC, aunque sólo de oídas. El nombre del coronel Nick Fury le precedía allá donde fuese.

La pantalla de la derecha se conectó casi en ese mismo instante. En el centro de ella apareció el símbolo del PPDC, el cuerpo de defensa creado por las Naciones Unidas y cuyo objetivo era luchar contra la amenaza kaiju. El rostro del mariscal Stacker Pentecost los miraba con ojos entornados y una expresión de absoluta concentración.

Natasha Romanoff fue la primera en romper el silencio.

—Mariscal Pentecost. Coronel Fury. Es un placer saludarlos —comenzó diciendo con solemnidad, girándose levemente hacia cada uno de ellos conforme los saludaba.

—Comandante Romanoff, no tenemos mucho tiempo para esta entrevista, así que vayamos al grano —respondió el representante de las Naciones Unidas, Fury—. Hemos sido informados de que una nueva amenaza kaiju se está gestando.

—Así es —intervino el mariscal Pentecost, con voz profunda y autoritaria, lo que hizo que los tres, Barton, Romanoff y Hill, giraran sus cabezas hacia la derecha, en dirección a la pantalla en donde se proyectaba el rostro del mariscal. El hombre prosiguió—: Se ha detectado actividad en la Brecha, aún sin ningún resultado, pero debemos estar alertas.

—Estamos preparados para cualquier acción en la que se nos requiera —les contestó Romanoff, dando un paso hacia el frente. Clint se movió hacia la izquierda, quedando justo a su espalda.

Pentecost asintió sin dejar de observarlos con aquellos ojos negros e inquisitivos.

—Sé el trabajo que están realizando en el Shatterdome, Romanoff, y estamos contentos con ello.

—Pero todo esfuerzo es insuficiente para intentar combatir la amenaza kaiju, comandante —terció Fury. Tres pares de ojos recayeron en la enorme figura del coronel.

Clint bajó la mirada, para fijarla en las manos de Natasha, que las tenía unidas tras de sí. Para cualquier otro que no la conociera lo suficiente, aquel ligero apretón que él pudo apreciar, de una mano oprimiendo los dedos de la otra, no le diría nada. Él sabía que era un signo de que estaba nerviosa. Presionó los dientes, conteniendo las ganas de tomarlas entre las suyas e infundirle así tranquilidad. Levantó la cabeza y respiró en profundidad.

—El intervalo entre un ataque y otro es cada vez menor, comandante —dijo Pentecost, con aquel tono de barítono que llenó por completo la sala—. Cualquier esfuerzo que hagamos es poco. Millones de personas confían en nosotros.

Clint oyó cómo Natasha tomaba aire y cuadraba sus hombros. La melena pelirroja, que le rozaba el cuello, ondeó graciosamente.

—Trabajamos duro. Todos lo hacemos, desde el último mecánico hasta yo misma.

Pentecost asintió, con una sutil sonrisa dibujada en el rostro.

—Sabemos que es así, pero tenemos que optimizar los recursos.

—¿Qué quiere decir con ello? —preguntó la comandante, con un tono de voz monocorde. Se adelantó un nuevo paso, como si al hacerlo y estar más cerca de las pantallas, quisiera intimidar a los dos hombres que se encontraban a miles de kilómetros de distancia de ellos.

Fue el turno del representante de las Naciones Unidas de intervenir.

—Tienen parado un jaeger que le costó billones de dólares a los contribuyentes. Necesitamos que esté operativo para la próxima oleada.

Inconscientemente, Clint contuvo la respiración. Toda la mañana se había estado preguntando por qué habían convocado la reunión con tanta urgencia y, más aún, por qué querían que él estuviese presente. Acababa de obtener su respuesta.

El cuerpo de Natasha se tensó. Soltó sus manos y las colocó a ambos lados de su cuerpo, convertidas en puños.

—¿Me está pidiendo que deje la comandancia del Shatterdome y que vuelva a pilotar el jaeger? —preguntó Natasha, elevando una octava su tono de voz. Clint apretó la mandíbula, a la espera de la respuesta que dieran los dos representantes. Si, en realidad, lo que querían es que ella dejara de dirigir el Shatterdome, es que estaban más locos de lo que él había pensado.

Fue el representante del PPDC quien tomó de nuevo la palabra.

—Le estamos pidiendo, comandante, que busque un nuevo copiloto para el jaeger.

—Eso lleva tiempo, señor —contestó Romanoff al punto.

Stacker Pentecost asintió con pesadez.

—Lo sabemos. Por eso hemos comenzado a escoger algunos rangers en la academia que sean compatibles con Barton. El señor Choi, nuestro jefe de misiones, les enviará via intranet los perfiles de los elegidos.

Clint se sintió extraño de repente. Estaban hablando de él estando presente y nadie le pedía opinión. Pero confiaba en Natasha. Sabía que ella resolvería aquello de la mejor manera posible.

—Perdone que insista, señor —agregó la mujer—, pero eso llevará tiempo. Si dice que se aproxima un nuevo ataque kaiju, no le garantizo que hayamos completado el proceso de selección. Además, nadie le ha preguntado a Barton qué opina de ello.

Aunque los dos hombres no estaban físicamente en la habitación, Clint sintió dos pares de ojos clavarse en él a través de aquellas grandes pantallas. Tragó saliva y enderezó los hombros.

—Comandante, ¿puedo intervenir? —solicitó Clint, dando un paso al frente y colocándose de nuevo junto a Natasha. Ella lo miró con los ojos entornados y una expresión de sorpresa en el rostro.

—Adelante —contestó ella.

Clint miró a una pantalla y luego a la otra, para terminar recalando en la que tenía más a su derecha, en el mariscal Pentecost.

—Señor, tenemos de visita a un par de rangers. Los hermanos Becket —dijo, mirando a su superior.

Pentecost asintió.

—En efecto.

—Creo que uno de ellos sería compatible conmigo —soltó de improviso. Todas las personas, presentes o no en la sala, lo miraron con expresiones que oscilaban entre la absoluta sorpresa y la más profunda incredulidad. Los ojos de Natasha recayeron en él, preguntándole sin palabras a qué venía todo aquello.

Fue Pentecost quien rompió el silencio que se había adueñado del lugar.

—Barton, ¿sabe que estamos construyendo en Anchorage un nuevo jaeger que ellos pilotaran? Ninguno de los Becket puede convertirse en su copiloto.

—Lo sé, señor. Pero si el ataque es tan inminente como quieren hacernos creer y es importante que el Black Hawk esté operativo para ese momento, tal vez podríamos contar con el joven Becket para ese momento.

El rostro de Pentecost se oscureció de repente. Bajó la mirada, como si estuviese considerando seriamente su proposición. Clint desvió la mirada unos segundos hacia Natasha, que continuaba mirándolo con fijeza. Él le hizo un pequeño gesto con la cabeza, casi imperceptible, al que ella contestó con uno idéntico.

Al fin, Pentecost volvió a hablar.

—No estoy muy seguro. ¿De cuál de ellos se trata?

—Del más joven, Raleigh —contestó Clint.

Una especie de bufido grave y sordo salió de los labios del representante del PPDC.

—No ha pilotado aún ningún jaeger. Es bueno, muy bueno, pero inexperto. Y algo alocado.

Clint asintió.

—Lo sé. Y es algo que tengo en cuenta.

Antes de que el mariscal diera por finalizada la conversación, Clint dio un paso al frente, colocándose junto a Natasha.

—Señor, pido permiso para realizar una deriva con el chico. Así sabremos si es realmente compatible o no.

Pentecost tardó un segundo en contestar.

—Lo estudiaremos, señor Barton. Mientras tanto, seguiremos con nuestro programa de encontrarle un nuevo copiloto. Señorita Hill, le haremos llegar los informes.

María Hill, que se había mantenido hasta ese instante en silencio, presenciando la escena, asintió con vigor.

—Sí, señor.

—Comandante Romanoff —la voz grave del coronel Fury reverberó en la sala. Todos giraron sus ojos hacia él. El hombre, serio y circunspecto, hizo un gesto con la cabeza—. Si no hay nada más que añadir, podemos dar por finalizada esta reunión.

Clint observó cómo Natasha asentía y, casi de inmediato, ambas pantallas quedaban en silencio, de nuevo a oscuras.

—Si me disculpa, comandante —oyó decir a Hill. Natasha apenas se giró hacia la mujer y asintió sin más. En cambio, se giró hacia él en cuanto la técnico hubo abandonado la sala, enfrentándolo.

Se encontraban a unos pocos pasos de distancia. Natasha los acortó, quedando frente a él.

—¿A qué ha venido eso, Clint? —le preguntó, con ojos entornados, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, observándolo inquisitiva.

Clint bajó la mirada hacia el suelo antes de regresar a ella. Antes de que pudiera contestar, Natasha se adelantó.

—Tendrías que haberlo comentado conmigo antes—. No había reproches en su voz, ni tampoco advertencias veladas. Clint cubrió el último paso que los separaba, obligándola a alzar la cabeza para mirarlo a los ojos. Buscó a tientas sus manos y la apretó con fuerza. Podía perderse en aquellos perfectos ojos verdes que lo miraban. En aquel momento no era la comandante Romanoff, sólo era Natasha, su compañera.

—Lo sé. Y lo siento —contestó, en voz baja, sólo para los oídos de ella. Se mordió el labio inferior, algo inseguro, antes de proseguir—: Pero creí que, de esta manera, les daba algo en lo que pensar y te dejaban tiempo para actuar a tu manera.

—Si te soy sincera, no me gusta la idea de que te subas de nuevo al jaeger.

Se sostuvieron la mirada durante un instante. Se moría de ganas por besarla, por morder aquellos labios que tan bien conocía. Pero no lo haría. Nunca, jamás, hacían alarde de su relación mientras estaban trabajando. Aunque estuviesen solos, como en ese instante, era una sala en la que podía entrar alguien en cualquier momento. Respiró profundamente.

—Pero hay que hacerlo, Nat. Llevan razón. No podemos tenerlo parado, inactivo, sin pilotos.

Ella desvió la mirada hacia algún punto a su derecha, por encima de su hombro.

—No me gusta que hagas eso sin mí, Clint.

Un dedo bajo la barbilla femenina la obligó a mirarlo de nuevo.

—Sé que tú harías lo mismo que yo en mi lugar.

Aún a regañadientes, Natasha asintió con un único gesto de su cabeza. Apenas le sonrió.

—Lo haría, sí.

Clint mantuvo un poco más el contacto, sus dedos en la barbilla de ella. Los movió ligeramente, acariciando la suave piel de la mujer. Sabía que debía parar porque, de lo contrario, su voluntad iba a quedar seriamente dañada. Buscó el reloj que había en la pared que tenía a su izquierda. Casi las ocho de la tarde. Quedaban apenas dos horas para que la jornada terminase y ellos pudieran estar juntos, en su habitación. O en la de ella, le daba igual. Con un último esfuerzo, dio un paso atrás, dejando caer su mano con pesadez.

—¿Qué te hace pensar que Raleigh Becket es compatible contigo? —quiso saber Natasha, enderezando de nuevo los hombros y levantando la cabeza, altiva, siendo de nuevo la comandante Romanoff.

—Esta tarde me encontró entrenando en el kwoon. El chico es bueno, Natasha. Muy bueno. Si tan importante es que el Black Hawk esté listo, Raleigh podría ayudarnos.

Natasha bajó la mirada, pensativa. Un momento después, volvió a levantarla.

—Clint, ¿estás seguro que podrías pilotar con ese muchacho?

Él se encogió de hombros y le sonrió.

—No, ¿Y tú?

Raleigh apareció por su habitación dos horas después, cuando la adrenalina que había estado recorriendo su cuerpo durante todo el día hubo desaparecido y el cansancio tomó su lugar. Iba en contra de sus principios morales el sentirse tan agotado, pero el día había sido extenuante y las emociones habían sido muchas. Una voz interior le decía que era normal que se sintiera tan molido como se sentía, pero sólo la escuchaba para no sentirse peor. Descansar era un verbo que rara vez él usaba.

Abrió la puerta de la habitación. Yancy aún seguía en la cama, dormido. Bocarriba y con las piernas y los brazos extendidos, ocupando todo el colchón. Dejó los sándwiches que había cogido en la cantina sobre la mesa y se arrojó en la cama, rebotando sobre ella con fuerza. ¡Dios, adoraba aquel lugar!

—¿Eres tú, Ray?

Levantó la cabeza de la almohada y miró en dirección a su hermano. Yancy estaba incorporado a medias sobre uno de sus codos, con los párpados hinchados y los ojos a medio abrir. Se pasaba una mano sobre el pelo, una y otra vez, despeinándoselo aún más de lo que ya estaba.

—¿Quién quieres que sea? —le respondió, divertido.

Yancy masculló algo que no logró descifrar. Raleigh, incorporándose, se sentó al borde del colchón y alcanzó unos de los bocadillos que había dejado sobre la mesa, arrojándoselo a su hermano.

—Toma, te has perdido la cena.

Su hermano miró lo que tenía sobre el regazo como si fuera el objeto más extraño del mundo. Levantó la mirada, extrañado.

—¿Me he perdido la cena?

Raleigh se echó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas y dejando que una enorme sonrisa iluminara su rostro.

—Y no sólo la cena. He conocido al maestro de kwoon. Hemos luchado y le he arrancado dos puntos. ¡Y he visto al Black Hawk! ¡Es impresionante, colega! —le dijo, sintiéndose más eufórico a cada palabra que salía de sus labios.

La efusividad de Raleigh hizo que Yancy se incorporara un poco más mientras se restregaba los ojos con el dorso de la mano.

—Un momento, ¿qué es el Black Hawk?

—El otro jaeger del que nos habló Hill. El jaeger de Barton y Romanoff.

Yancy se despertó de inmediato.

—¿Romanoff? ¿La comandante Romanoff?

Raleigh asintió exageradamente.

—¿Era un piloto de jaeger?

Las cejas de Raleigh se levantaron hasta el nacimiento de su pelo.

—¿Me has estado escuchando o aún estás dormido?

Yancy resopló con fuerza, intentando deshacerse del sopor que aún sentía. Raleigh se levantó de su cama y se sentó junto a su hermano, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso.

—Deberías verlo, Yance. Es una preciosidad —le respondió, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro mientras rememoraba la imponente figura del robot.

—¿Y quién es Barton? —quiso saber. Raleigh estaba comenzando a perder la paciencia. Elevando los ojos hacia el techo, contestó a su hermano.

—El copiloto de Romanoff. Ahora es el maestro de kwoon.

Tras unos segundos para asimilar la información, Yancy asintió con lentitud. Se removió en la cama, girándose hacia su hermano. Parpadeó varias veces, como si estuviese librando una nueva batalla contra el sueño y estuviese perdiendo.

—Mira, mañana me lo vuelves a contar, porque me temo que no me acordaré de nada de lo que hemos estado hablando, ¿hace?

Antes de levantarse, Raleigh puso una mano sobre el hombro de su hermano y, con fingida animosidad, lo empujó hasta que éste estuvo de nuevo tumbado en la cama.

—Anda, duerme, viejales.

Yancy le sonrió antes de darse media vuelta y seguir durmiendo.

Yancy conoció al maestro de kwoon al día siguiente, al igual que vio por primera vez al Black Hawk. Mientras lo hacía, Raleigh lo miraba por el rabillo del ojo. Se había quedado tan impresionado como él se quedara. Y aún seguía impresionado.

A ninguno de los hermanos Becket les quedó mucho tiempo en el día para estar ociosos. Según su horario, su rutina comenzaba temprano, con un entrenamiento en el gimnasio. Después, María Hill, supervisada por la Comandante Romanoff, les había organizado un programa para cada momento de la jornada, en donde tenían que personarse en todos los departamentos y aprender de ellos.

Intentar seguir el ritmo de Hill cuando estaba al frente del departamento técnico era como pretender atrapar a un tornado en una botella. La mujer se movía como pez en el agua y todos y cada uno de los miembros del equipo bailaban al son que ella marcaba. A Raleigh le gustaba aquello. Y, a juzgar por la cara de absoluto deleite de Yancy, a él también.

Le gustaba ver cómo se desenvolvía en aquel ambiente, segura de sí misma y sabiendo qué hacer en todo momento, y cómo hacerlo. Si llegara el caso, no estaba muy seguro de que él pudiese afrontar aquel desempeño con la misma eficiencia con la que lo hacía Hill.

Ni Yancy ni él acusaron todo el tiempo que pasaron en aquel lugar. Sólo cuando María Hill se acercó a ellos y les dijo que los esperaban en el kwoon después de comer se dieron cuenta de la hora que era.

No perdieron ni un minuto durante la comida. Se conformaron con un plato frío y un bocadillo y, tras soltar la bandeja de mala manera en la pila de las usadas, corrieron hacia el lugar de entrenamiento. Frenaron su carrera antes de llegar a la puerta, intentando sosegar sus agitadas respiraciones. Se miraron el uno al otro y sonrieron antes de traspasar a la vez la puerta de entrada al kwoon. Barton ya estaba allí, esperándolos.

—Llegan tarde, señores Becket —les dijo, dándoles la espalda, sin mirarlos. Raleigh pensó que, o bien el hombre no esperaba a nadie más o tenía ojos en el cogote. Miró a su hermano de reojo y sonrió escuetamente. Ambos dieron un par de pasos más hacia él y se detuvieron.

Barton tardó unos segundos en girarse para enfrentarlos, como si la demora no le molestara especialmente. Cuando lo hizo, fue de manera pausada, sin movimientos apresurados ni alterados. Los saludó con cortesía, asintiendo con la cabeza, gesto que los dos hermanos retribuyeron.

—Ayer tuve el placer de enfrentarme a su hermano —comenzó diciendo Barton en dirección a Yancy. Raleigh vio cómo éste enderezaba la espalda, echaba los hombros ligeramente hacia atrás y levantaba la barbilla—. ¿Le parece que comencemos usted y yo?

La respuesta de Yancy no tardó en llegar más de un segundo. Dio un paso al frente y asintió, seguro de sí mismo.

La espalda de Yancy golpeó por tercera vez el suelo de tatami. Raleigh cerró los ojos y bajó la cabeza, hundiéndola entre los hombros, sintiendo ganas de esconderse debajo de una piedra. Yancy no estaba sabiendo adelantarse a los movimientos de Barton y, por tercera vez en pocos minutos, su hermano había terminado con sus huesos en el suelo de manera estrepitosa y con el extremo del hanbo a pocos centímetros de su rostro.

Normalmente, cuando entrenaba con su hermano, se compenetraban a la perfección y el puntaje iba oscilando entre ambos hasta terminaba cayendo del lado de uno. Conocía los movimientos de Yancy como si fueran los suyos. Se compenetraban de una manera en la que jamás soñó hacerlo con nadie. Eso había sido así hasta que, el día anterior, luchó contra Barton.

Yancy volvió a ponerse en pie, con el orgullo herido más que cualquier otra parte de su cuerpo. Su rostro estaba comenzando a ponerse rojo y el sudor a perlarle la frente. En cambio, Barton estaba fresco como una rosa. En lo que a él le concernía, no estaba acusando el esfuerzo que debía estar haciendo, luchando contra Yancy. Era como si estuviese tomando una copa, sentando en la barra de en un bar. Y eso no le gustaba. No le gustaba ver a su hermano tan apurado. Pero debía reconocer que no estaba haciendo las cosas bien.

El hanbo de Barton giró en su mano, describiendo un amplio círculo en el aire. El maestro lo atrapó con las dos manos un milisegundo antes de que, en su camino, encontrara las piernas de Yancy y, golpeándolo tras las rodillas, lo hiciera caer de bruces al suelo. Barton, a la espalda del mayor de los Becket, marcó el cuello del joven con el palo.

—Cuatro a cero, señor Becket.

Visiblemente contrariado por cómo se había desarrollado la sesión, Yancy se puso en pie de un salto, con la cara amoratada, más por la vergüenza que por el esfuerzo al que había sido sometido. Barton estaba en pie, a unos pasos de él, descansado en un extremo del hanbo que sostenía ante sí y con el peso de su cuerpo recayendo más en una pierna que en la otra. Yancy se giró en su dirección y, con solemnidad, se inclinó ante él, en señal de respeto. Barton hizo lo propio, aunque de manera más comedida.

—¿Puedo retirarme, señor? —preguntó Yancy, intentando controlar su agitada respiración.

—Si es lo que quiere, por supuesto —respondió Barton.

Yancy giró sobre sus talones. Dejó el hanbo en el suelo y tomó sus botas. Al levantarse, miró en dirección a Raleigh. Dio un paso hacia él, pero una mano levantada de Yancy lo detuvo antes.

—Voy a la habitación, Ray. Nos vemos después.

Raleigh leyó entre líneas que, en aquel momento, su hermano prefería estar solo. Lo conocía. Por muy apurado que estuviera, se las ingeniaría para sobreponerse y sacar la parte positiva de todo aquello. No le extrañaría que, pasados dos días, le dijera a Barton que quería volver a medirse con él en el tatami. Le respondió asintiendo una sola vez y éste, con un nuevo saludo, se despidió de ambos hombres.

El silencio se adueñó de repente del lugar. La voz de Barton lo hizo girarse.

—Su hermano es un buen luchador.

Raleigh resopló con fuerza, evitando mirarlo de frente.

—¿Ah, si? Viendo el resultado, nadie lo diría.

Barton bajó la cabeza, sonriendo.

—No se apresure en su juicio, Becket. Como le dije, esto no es una cuestión sólo de lucha, de superioridad —le dijo, apoyando una mano sobre otra en el extremo del hanbo y descansando así el peso de sus brazos y de su cuerpo en la madera—. Es una cuestión de compatibilidad. Él no ha sabido leer mis movimientos, ni anticiparse a ellos. Pero será un gran piloto con el compañero adecuado, estoy seguro de ello.

Raleigh también estaba seguro, al cien por cien. Había visto entrenar a su hermano, había estado con él en la deriva, había estado dentro de su cabeza. No había nadie que lo entendiera mejor que él. Ni que lo conociera como él lo conocía. Yancy era disciplinado y metódico. En ocasiones, lento para ponerse en marcha pero, una vez que lo hacía, podía dejarte exhausto. Sí, sería un buen piloto de jaeger. Y él quería estar a su lado cuando aquello sucediera. Se giró para mirar a Barton.

—Yo también lo creo —respondió al fin, en voz baja, más para sí mismo que para que lo oyera Barton.

Barton abandonó el tatami, dejando fuera de él el hanbo. Entonces, con lentitud, se giró hacia Raleigh.

—¿Le gustaría ver el interior del Black Hawk, señor Becket?

Lo tomó por sorpresa. ¿Qué clase de pregunta era aquella?, pensó, sintiendo cómo, en el interior de su pecho, su corazón comenzaba a bombear tan rápido que el flujo de su sangre al pasar por sus oídos lo ensordeció por momentos. Era como preguntarle a un niño si quería ver dónde vivían los gnomos del jardín. No tenía esa intención pero sabía que había abierto los ojos de manera desmesurada. Al igual que la boca. Barton lo miró, sonriente, y acabó por soltar una carcajada que lo hizo enrojecer hasta la punta del pelo.

—Por su expresión diría que sí, ¿no es cierto?

Raleigh asintió con exageración, sintiéndose incapaz de elaborar ninguna frase. Barton volvió a sonreírle, antes de extender el brazo ante sí, en dirección a la salida.

—Entonces, vámonos.