Capitulo III: CARTAS Y GUARDIANES
Había llorado mucho en el funeral de su amiga, pero ella le había hecho prometer que se divertiría y disfrutaría su vida al máximo aunque no estuvieran juntas, y lo haría; una promesa es, después de todo, una promesa.
Seguiría con su vida, pero antes, tenía que vengarse, y eso es lo que haría:
Se quedó en la habitación hasta ser la última persona dentro de la ésta, ya lo había decidido, seguiría creando cartas, y el reto más difícil en la magia que se le había heredado: guardianes…
Tomó el viejo diario que guardaba con recelo debajo de su cama, aquel del que nunca se separaba, comenzó a leer:
``Querido diario:
Después de un largo tiempo, por fin ha llegado el día en que Clow me enseñó a crear lo más maravilloso de la magia: al fin me reveló cómo creó al simpático Kerberos y al serio Yue.
Lo único malo es que me aseguró que no podría hacerlo; según él yo no tengo el poder suficiente para crear a mis propios guardianes, pero yo estoy segura de que puedo hacerlo y lo haré, no importa cuanto tiempo me tome lograrlo, yo crearé cartas y guardianes muy poderosos para demostrarle a Clow quien soy, sé que lo haré… lo haré por mi hermano; Kanou me tiene mucha fe, fue por eso que convenció al tonto de Clow de que me enseñara. No sé cómo pueden ser amigos.
Debo despedirme.
Masuda Kanoe´´
Sus ojos se humedecieron un poco, al recordar a Kanou; aquella no había sido su vida y él no había sido su hermano, antes lo pensaba así, pero ahora sabía que no había sido así. Ella solo portaba los recuerdos de la vida de Kanoe, pero los tenía tan presentes que sentía como si fueran suyos, y extrañaba y quería a todos a los que recordaba aunque jamás los hubiera conocido; inclusive extrañaba a… a Clow… a pesar de todo lo que había pasado, lo extrañaba…
Talló sus azules ojos y comenzó a revisar el hechizo que se encontraba en seguida de la firma de Kanoe, era el conjuro para crear a los guardianes; revisó los ingredientes, había batallado mucho para encontrar algunos, pero después de una semana, ya estaba lista para realizar la ceremonia.
Había decidido hacer el conjuro en el armario de la habitación; era muy amplio, a pesar de que no lo utilizaban mucho, pero esa era la mayor ventaja, ahí no entraba nadie; todas las niñas pensaban que estaba encantado, porque era oscuro y en las noches se escuchaban algunos ruidos, pero Daisy contaba con que se tratara de un ratón o algún insecto.
Entró en el armario con todo lo que necesitaba, se acomodó y encendió algunas velas que había logrado conseguir en la iglesia a la que las Hermanas los llevaban todos los domingos. Suspiró y acomodó la mochila en que llevaba sus objetos más preciados, a su lado. Sacó de ésta su caja en forma de libro, en la que llevaba su monte de cartas, y lo colocó frente a ella, con una pequeña flor, un cabello, algunas especias y una vela encendida sobre de éste; sacó, también, un cuchillo que había tomado de la cena anterior:
Suspiró y, con los ojos cerrados, cortó la palma de su mano hasta que la sangre goteaba sobre el libro, y comenzó a decir las palabras del conjuro, pensando en los que habían muerto, pero más en Kanou, Dafne y Brenda: no podía dejar de recordarlos, ellos habían sido muy especiales en su vida…
Un humo blanco que estaba saliendo del libro encendió los apagadores de incendios, todas las velas, a excepción de la que se encontraba con los demás ingredientes, se apagaron, dejando al armario en total oscuridad, pero Daisy no se dio cuenta y siguió pronunciando el hechizo sin darse cuenta de cómo tres siluetas aladas iban definiéndose frente a ella…
-¿Hermanos…?- fue lo único que alcanzó a pronunciar antes de quedar inconsciente por completo.
Las tres sombras se quedaron mirando el pequeño y frágil cuerpo inconsciente de la que sería su creadora.
-¿Qué haremos?- preguntó una de las sombras con voz femenina.
-Ocultarnos- susurró la que tenía forma animal, también con voz femenina, mientras la tercera tomaba a Daisy en sus brazos y abría la puerta para sacarla del armario.
-Sí- respondió la tercera sombra con una voz masculina, mientras recostaba a la niña en la primera cama a su alcance-, rápido- susurró al oír que alguien se acercaba; acto seguido, todas las sombras entraron en el armario dejando a Daisy sola, para ser encontrada por una hermana que suspiró al sentir su pulso, mientras la sacaba de la habitación.
-Nos ocultaremos hasta que nuestra ama regrese- susurró la voz masculina mientras se transformaba de un ser alado a un joven alto, de alrededor de dieciséis años, con tez blanca, cabello castaño y unos hermosos ojos azules parecidos a los de su creadora.
-Como digas- suspiró con resignación una de las voces femeninas, quien se convirtió en una chica rubia de tez blanca, con unos profundos ojos verdes y de la misma edad que el chico, y viró la cabeza para ver a la tercera silueta que llevaba la forma de una loba alada, blanca como la espuma, esbelta, con grandes y pícaros ojos grises, que cambió a una pequeña gatita con los mismos ojos y color de antes.
-Esperaremos- dijo la pequeña gatita-, esperaremos…
Daisy abrió sus ojos y bostezó con cansancio, se encontraba en la enfermería del orfanato. Sonrió; había reconocido el lugar pues había estado muchas veces ahí, cuando se lastimaba por alguna travesura a la que había sido inducida por… en ese momento su expresión cambió: recordó que su amiga estaba muerta, y todo por la culpa de los del concilio.
Estaba totalmente segura de que habían sido ellos: quien más podría haber dejado una esencia mágica en esa habitación, además la muerte de Brenda no era natural…
Se sentó en la cama y observó la venda en su mano: por alguna razón no recordaba lo que había pasado. En su mente sólo estaban esos tres pares de ojos frente a ella; unos grises, verdes y azules…
-¿Cómo te encuentras, cariño?- preguntó una hermana a su lado.
-Bien- sonrió con expresión de susto; se había asustado pues no había notado la presencia de la hermana hasta ese momento.
-No te asustes Daisy, aquí estarás protegida…
-¡Es verdad!- la interrumpió recordando el conjuro que había hecho-. ¿Qué fue lo que ocurrió?- se preguntó en voz alta.
-Las alarmas de incendio se activaron, tal vez por alguna vela encendida; nos asustamos muchísimo y más al ver que no despertabas, pero el doctor nos aseguró que sólo necesitabas dormir un poco. Pero ese poco se convirtió en tres días- susurró mientras a ambas les salían enormes gotas de sudor en la cabeza.
-Bueno, creo que ya dormí lo suficiente- rió con nerviosismo mientras se preguntaba si a Clow le había pasado lo mismo.
-Si tienes hambre puedo subirte algo de desayunar- ofreció la hermana.
-No, gracias. Yo puedo hacerlo sola- aseguró mientras se ponía unos zapatos que había al lado de su cama-. Adiós y gracias por todo- se despidió y salió corriendo a su habitación. Tenía que ver si lo había logrado, tenía que ver a sus guardianes…
Abrió la puerta de la alcoba con entusiasmo y suspiró al ver que no había nadie.
-¡Es ella!- se escuchó desde el armario y los ojos de Daisy se iluminaron al ver que frente a ella la puerta se abrió y dio paso a dos chicos, con un aspecto tan familiar que la impresionó al grado de no notar a una gatita alada que se le acercaba con lentitud.
-Tu eres nuestra ama- dijo la gatita al estar a unos cuantos pasos de distancia frente a ella, acto seguido los tres seres se convirtieron en hermosas criaturas aladas parecidas a ángeles con vestimentas que Daisy recordaba de la borrosa memoria de Kanoe.
-¿Cuál es tu nombre?- preguntó la chica con una sonrisa. Llevaba un vestido largo, con el cabello largísimo y rubio tan claro que parecía blanco. Su vestimenta constaba de algunas armaduras llamativas de colores entre amarillos y rojizos y con el emblema del sol en el pecho.
El chico vestía con un estilo similar al de la muchacha, pero con un toque masculino y con colores variables del blanco al azul, que combinaba perfecto con sus ojos; en la espalda llevaba el dibujo de una media luna, y su cabello alborotado y castaño no era demasiado largo.
La tercer guardiana era una loba blanca y alada con un arete en forma de margarita en su oreja izquierda y algunas esclavas plateadas con esmeraldas en sus patas.
-Daisy- sonrió la niña al verlos ahí, todos para ella, eran sus guardianes, y lo mejor de todo era que se parecían a las tres personas que habían estado más cerca de ella-, mi nombre es Daisy Grayson.
Ahora era el tiempo, era la hora de escapar. Daisy había hecho un plan, lo había organizado lo mejor posible, sólo faltaba poner manos a la obra: primero, usaría una de sus cartas, "Fantasía", para engañar a la Madre superiora y hacerla creer que sus guardianes eran una pareja responsable que deseaba adoptarla.
Después trataría de sacar identidades falsas para sus guardianes. Sabía que eso le costaría bastante dinero, pero ya tenía la solución:
Desde el día en que su hermana Dafne había nacido, sus padres habían abierto una cuenta bancaria, para que, en el caso de que algo malo les ocurriera, sus hijas tuvieran los recursos necesarios para subsistir; por supuesto que durante dieciséis años, habían logrado juntar una considerable suma entre ambos y, aunque Daisy jamás le había dado importancia a esa cuenta, ahora le sería de gran utilidad.
El tercer paso sería ir en busca de aquel o aquello que la llamaba, no sabía exactamente a donde iría ni que haría cuando llagara, sólo sabía que debía ir y que nada ni nadie se interpondrían entre ella y su destino.
Ya no tenía miedo, porque no estaba sola, ahora tenía a sus guardianes y juntos se alejarían de todos los problemas que ese lugar encerraba…
************En Tomoeda************
"¿Quisieras ser mi novia?", esas palabras habían retumbado en su cabeza desde el momento en que Eriol se las había dicho. No era que él no le gustara, había que aceptar que su amigo era realmente apuesto; el problema era que aún no olvidaba a Shaoran, a pesar de que lo más seguro era que él ya no recordara nada de lo que habían vivido juntos.
En tanto tiempo no se había logrado comunicar con ningún Li. Por más que trataba de contactar a Meiling por correo electrónico, todo su esfuerzo era nulo, jamás le respondió.
Ella ya se había cansado de que le devolvieran todas las cartas que enviaba a cualquier integrante de la familia Li, ¿Qué había hecho para merecerse tal desprecio?
-¿Le dirás que sí?- preguntó Kero, que se encontraba sentado a su lado en la cama.
-No lo sé- susurró con la vista en el piso.
-Yo creo que deberías aceptar, es lo mejor; además, considerando todo el tiempo que pasan juntos, creo que sería lo más lógico…
-Sí… supongo que sí…-susurró mientras se levantaba de la cama, y se dirigía a su escritorio. Se detuvo enfrente de un cajón, en posición de abrirlo, pero…
-Sakura, ¿estas ahí?- se escuchó desde la puerta.
-Sí, ¿Qué sucede, hermano?- preguntó apartando la mano del cajón.
-Vengan a cenar- dijo incluyendo a Kero-, papá salió, pero dejó la cena lista.
-¡Por supuesto!- gritó el guardián con emoción mientras se apresuraba a obedecer a Touya- ¿No vienes?- preguntó al ver que Sakura estaba totalmente distraída y no se había movido en lo más mínimo, solo observaba el cajón.
-¿Ah?- preguntó quitando la vista del cajón-. Sí claro, en un momento- sonrió mientras su hermano salía corriendo para evitar que Kero se comiera toda la cena.
Un gran silencio invadió la habitación; abrió el cajón con un largo suspiro, ahí había una foto. Aquella foto que su amiga Tomoyo le había tomado a ella y a… a Shaoran, el día que capturó la carta "Esperanza", aquel día en que ellos dos se habían hecho más que amigos.
En la foto se podía observar a Li y Sakura, sonriendo y abrazados; ambos parecían un par de tomates, por lo rojos que estaban. Pero se veían felices, mucho más de lo que ella se había sentido en toda su vida. Pero todo había acabado.
Guardó la foto en el cajón y de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas que se deslizaron con rapidez por sus mejillas; por más que le doliera, Kero tenía razón, aceptar la proposición de Eriol era lo más lógico y prudente, además, su hermano mismo le había aconsejado que diera el sí, ¿qué más podría hacer?
Todo estaba decidido, Eriol sería el que la ayudaría a olvidar a Shaoran…
Todo había resultado a la perfección; ahora, sin ningún problema, sus "primos" y ella viajaban con dirección a China.
-Ama…- llamó una chica rubia y de ojos verdes que se encontraba sentada al lado de Daisy.
-¡Shhh! No me digas así, ¿que no ves que hay demasiada gente?, dime Daisy, por favor- susurró mientras miraba en todas direcciones para ver si alguien las había escuchado.
-Comprendo- sonrió la chica-, pero… ¿me podrías decir a donde vamos?
-A China- repitió con paciencia por quinta vez.
-¿Para qué?- preguntó con emoción, despertando a la pequeña gatita que había dormido placidamente sobre el regazo de Daisy durante todo el viaje.
-¡Shhh!- les advirtió el muchacho de cabello castaño y ojos azules que venía sentado, con los ojos cerrados, a un lado de Daisy; alguien se acercaba, lo que significaba que debían guardar silencio y no hacer tan obvia su diferencia entre todas esas personas, en especial porque había algo extraño en el avión; alguien los observaba…
- ¿No sienten algo extraño?- preguntó Daisy, ignorando la pelea silenciosa entre sus dos guardianas.
-Sí- susurró el chico sin abrir los ojos- hay magia en este lugar, y en definitiva no somos nosotros…
- ¿Qué podrá ser?- preguntó la niña, con un notable temor en el tono de su voz, mientras se oía por el altavoz, al capitán anunciando que el aterrizaje sería en unos cuantos minutos.
-No estoy seguro, pero la magia es muy débil, casi no se puede sentir; me pregunto si la persona que la posee es peligrosa…- susurró el chico, levantando la vista.
Silencio; la adrenalina de Daisy recorría todo su cuerpo, haciéndola estremecer. Nadie habló hasta que bajaron del avión.
-Vámonos- susurró Daisy, mientras caminaba lo más rápido que podía, con sus guardianes siguiéndola.
-¿Se puede saber a donde va con tanta prisa, señorita?- se escuchó una voz ronca en frente de la niña.
-¿Quién es usted?- se adelantó el chico.
-Un amigo- aseguró el hombre sacando de su bolsillo un dije en forma de un narciso amarillo; el dije que el padre de Daisy usaba como protección.
-Usted es amigo de mi papá- susurró la niña enseñándole su dije en forma de margarita.
-Tu debes ser Daisy- sonrió-; eres la viva imagen de tu madre… estábamos tan preocupados por ti…- dijo con un tono lánguido y arrastrando las palabras- te hemos buscado desde que pasó aquel terrible accidente, y luego cuando nos enteramos de lo que pasó en el orfanato donde te encontrabas, temimos lo peor, pero ahora…
-Yo estoy bien, gracias por preocuparse- dijo la niña mirándolo a los ojos.
-Pequeña, no creo que sea una coincidencia el que te haya encontrado aquí, ¿qué viniste a hacer a Hong Kong?
-Discúlpeme, pero eso a usted no le importa…
-Claro que me importa; tú eres como de la familia y quiero ayudarte… es más, para que te convenzas; supongo que no tienes dónde quedarte, puedes quedarte en mi casa, ahí eres bienvenida- sonrió.
-Está bien. Acepto su proposición- dijo Daisy, tomando en cuenta que era cierto, no tenían dónde pasar la noche, y también sabía que aquel hombre era amigo de su padre, alguna vez lo había visto en las reuniones mágicas del trabajo de su papá; eran casi de la familia…
Una vez que ya estaban en la gran mansión del hombre, él se presentó, su nombre era Tian Huan Ran; era un nombre que su padre había mencionado varias veces, pero no estaba segura si podía confiar en esa persona; sus ojos negros eran turbios, no le inspiraban confianza, pero… la había tratado tan bien, que empezaba a sentirse segura en ese lugar.
El señor Ran vivía solo, a excepción de una muchacha que lo ayudaba a limpiar y cocinar. Ella había aceptado quedarse unos días y le habían ofrecido una alcoba gigantesca para ella sola y otras tres para sus guardianes (el hombre los había descubierto, a los tres, muy rápido, y había preguntado un centenar de cosas acerca de éstos, pero Daisy no había querido decirle nada), sin embargo, ella había preferido que una de sus guardianas durmiera con ella, para sentirse más segura.
Después de haberse instalado, los cuatro habían bajado a cenar:
-¿Y cómo me dijiste que se llamaba esta encantadora criatura?- preguntó Ran acercando su esquelético dedo a la pequeña gatita alada.
-Mi nombre es Wolfri Flower- anunció la gatita mientras hacia a un lado la mano del hombre.
-¿Y los otros dos?- preguntó el señor observando con detenimiento a los guardianes de forma humana.
-Mi nombre es Sunang Fire, y él es Moonang Water- dijo la chica con una sonrisa.
-Hermosos nombres- dijo el hombre sin expresión-, pero no has pensado en nombres comunes, ¿piensas presentarlos ante la gente como simples guardianes, o los tendrás escondidos?
-Ellos tienen nombres e identidades, para usar con las personas sin magia: son falsas, pero se ven muy reales; sus nombres son Mamoru Koyama y Alice Sheridam…
-Koyama… ese era el apellido de tu madre, ¿cierto?- la interrogó con entusiasmo.
-Si, ella era de origen japonés, la ultima de su clan, es todo lo que sé sobre ella…- susurró con tristeza.
-Yo te puedo ayudar cariño… si tú me ayudas a mí…-susurró mientras ordenaba a su criada y a los guardianes que salieran de la habitación.
-¿A qué se refiere?- preguntó con curiosidad, haciendo caso omiso de las quejas de sus guardianes femeninas mientras salían del lugar.
-Sé que viniste a buscar algo aquí, no sé qué es, pero yo te puedo ayudar a conseguirlo… ¿Qué es lo que buscas?
-… Venganza…- susurró con coraje en su voz quebrada.
-¿Contra quién?- preguntó con curiosidad.
-Contra aquellos que provocaron la muerte de todos los que han sido importantes para mí… mi familia- bajó la mirada para ocultar las lágrimas que estaban apunto de brotar de sus ojos.
-¿Sabes quién lo hizo?- preguntó con nerviosismo.
-Sólo sé que fueron magos pertenecientes al concilio de oriente…
-Qué casualidad- suspiró el hombre con una sonrisa-; eso es lo mismo que yo quiero, venganza contra los del concilio. Ellos son personas muy malas que se han apoderado de un mandato alto para dañar a los demás- susurró con verdadera tristeza en sus negros ojos-. Pero nosotros, juntos, podemos cambiar eso-susurró cambiando drásticamente su expresión.
-¿Cómo?- preguntó con mucho interés la pequeña.
-Únete a mí, y cuando sea el momento, juntos podremos tener nuestra venganza…
-Pero, ¿Qué es lo que yo tendría que hacer?; en caso de que me una a usted…
-Solamente me ayudarás a vencer la magia y así podremos vengarnos…
Silencio. ¿Qué podía responder? Daisy sabía que no podría vengarse sola, pero… ¿Qué ganaría con vengarse?, ¿acaso se sentiría mejor? No lo sabía, sólo sabía que algo la impulsaba; tenía sed de venganza… No había otra opción, tenía que vengarse de aquellos que mataron a sus padres, a Dafne y a… a Kanou.
Ahora lo recordaba; ellos lo habían mandado a esa guerra mágica, por su culpa había muerto, los del concilio eran los culpables.
-Acepto- dijo con rabia-, te ayudaré cuando lo necesites.
-Gracias- sonrió el hombre-. Pero te vez muy cansada cariño, sería bueno que te fueras a acostar, mañana nos encargaremos de habituarlos, a ti y a tus guardianes, a una vida social y no te preocupes que ahora estas bajo mis cuidados- le dijo mientras la niña lo miraba fijamente a los ojos.
Ran esperó a que Daisy saliera de la habitación, para buscar acilo en una de los tantos aposentos de la casa; escogió uno que parecía que no había sido abierto durante un largo tiempo. Sacó una vieja llave de su bolsillo y abrió la puerta. Entró.
La habitación estaba muy oscura, lo único que alumbraba era una gran chimenea en donde un fuego negro y blanco se hallaba encendido.
-Jefe- lo llamaron desde una esquina a la que no llegaba luz alguna-. ¿Quién está en la casa?
-Daisy Grayson- susurró con enfado acercándose a la chimenea.
-¡Pero ella está…!
-¿Muerta? Parece ser que te equivocaste. Está viva y ya ha creado hasta guardianes para sus cartas mágicas.
-No se enoje mi señor, mi amo: No importa… la mataré de nuevo y cuantas veces sea necesario- susurró dudoso de que Ran lo perdonara.
-No, no tendrás que matarla; nos puede servir mucho en nuestra venganza… nos ayudará a vencer al concilio y después, cuando ya no nos sea útil… nos desharemos de ella muy fácilmente- dijo sonriendo-, será entonces cuando la mates y todas sus cartas junto con sus guardianes serán totalmente mías…
*************Cinco días después***************
Un leve rechinido indicó que la puerta se abría lentamente para dar paso a una persona, de la cual no se podían distinguir facciones, pues la habitación en la que recientemente había ingresado se encontraba en total penumbra. Sin embargo, sus ojos cafés, que se habían acostumbrado a la actual oscuridad, podían distinguir casi por completo lo que se encontraba a su alrededor.
Ella observo con detenimiento la señorial cama, en la que yacía un joven, del cual no se distinguía nada a excepción de su silueta, lo que daba por entendido que aún se encontraba allí. Él no se movía, y ella llegó al grado de creer que estaba… muerto… pero no, no podía ser, se acercó y pudo notar que respiraba, lo cual le provocó un suspiro de alivio. Localizó rápidamente una lámpara, ubicada en una mesita de noche al lado del lecho del joven, la encendió… entonces pudo contemplar el rostro preocupado del joven ante ella.
El muchacho parpadeo, se levantó y mostró un gesto de alivio, pero también de enfado mientras su alborotado cabello marrón brillaba elegantemente ante la luz artificial que producía lámpara.
-¿Qué haces aquí?- preguntó con una palidez sumamente inhabitual en su rostro y continuó aún mas confuso-¿Dónde estamos?
-Me alegro de que hayas despertado, pero me preocupa que no recuerdes ni tu propia habitación…
-¿Qué fue lo qué pasó?-la interrumpió frotándose la frente.
-Te desmayaste en medio de la reunión y….
-¡¿En medio de la reunión? ¡No me digas eso, por favor!-dijo sonrojándose un poco, y trató de levantarse, pero al hacerlo sus fuerzas se desvanecieron y por poco se derrumba en el piso, pero la chica lo detuvo y lo ayudó a sentarse nuevamente en la cama.
-No entiendo que me pasa, pero esto debe parar-aseguró observando detenidamente sus puños apretados, con una fuerza leve, a pesar de que hacía todo lo posible por apretar las manos hasta enterrar las uñas en sus palmas sin obtener algún resultado.
-No es raro que no tengas las fuerzas suficientes para mantenerte en pie… al contrario, me parece totalmente natural…
-Pero yo soy el…
-El jefe de la familia, y debes estar al pendiente de todo, proteger hasta al último miembro, mantenernos unidos, representarnos ante el concilio de magia, ser responsable y bla, bla, bla.
Ella recitó con tal facilidad aquel discurso, como si lo supiera de memoria, mientras el chico bajó la mirada y se sonrojó avergonzado.
-Parece que ya te tengo harta… pero tengo que asumir mis responsabilidades y…
El joven quedó mudo como queriendo decir algo sin encontrar las palabras apropiadas, su rostro indicaba que la desesperación y el nerviosismo estaban a punto de ocasionarle el llanto; a él, que jamás había derramado lágrima alguna frente a los demás, a él, que no debía flaquear ante nada… a él estaban a punto de acabársele los estribos y la paciencia…
-Shaoran, es cierto que has crecido, que eres maduro, responsable y que ya no eres un niño, pero tampoco eres un adulto, sólo tienes dieciséis años. Deberías ocuparte de cosas más sencillas como jugar fútbol, ser popular entre chicos de tu edad, estudiar la preparatoria, deberías ocuparte de vivir tu vida y no los problemas de los demás… preocuparte sólo por ti y por nadie más…
El chico quedó ensimismado, absorto en sus pensamientos, sin poder asegurar si lo que le había dicho la muchacha era cierto o no… la afrontó y miró directamente a su cara: los ojos cafés de la chica mostraban ante todo preocupación, horror, parecía presentir algo; desplazó su mirada al largo y negro cabello de su acompañante, se veía muy bien. En ese momento sintió una punzada en la cabeza, como si se la hubieran atravesado, cerró los ojos con rapidez y se froto las sienes.
-¿Estás bien?- se apresuró queriendo ayudarlo.
-Sí, no te preocupes- aseguró sin abrir los ojos. La jaqueca no le permitía siquiera parpadear.
-Deberías descansar más- sugirió asustada.
-No puedo, tengo que asegurarme de que todo esté bien.
-No creo que puedas hacerlo en estas condiciones. ¿Te duele la cabeza?
-Sí… un poco.
-¿Quieres pastillas para dormir…?
-¡No!, con aspirinas me basta…- dijo decididamente Shaoran.
Ella se levantó y fue a un maletín, donde encontró varios frascos, observó las aspirinas, pero a un lado se encontraban las pastillas para dormir de efecto rápido, dudó un instante y tomó cuatro de las últimas para llevárselas a Shaoran junto con un vaso con agua, llevándose el frasco con ella.
El joven no dudó ni un segundo para tomarse las pastillas sin fijarse en su acompañante. Parpadeó hasta vislumbrar a la chica ante él.
-Gracias Meiling, no se que haría sin tu apoyo…- se quedó atónito al ver el frasco en las manos de su prima, que obviamente no era el de las aspirinas.
-¿Qué fue lo que me diste?- replicó enfadado.
-Pastillas para dormir- sonrió nerviosamente.
-¡¿Qué?, pe-pe-pero, ¿Cómo pudiste?, sabes que tengo que estar despierto…- se quedó mudo, observándola por un largo rato, con furia en los ojos, hasta que su vista comenzó a nublarse y en algunos segundos después, se encontraba siendo arropado cariñosamente por su prima.
-Lo siento Shaoran… pero debes dormir, por lo menos esta noche, de lo contrario puedes morir- explicó como si él la estuviera escuchando- Yo no podría vivir sin ti, porque tú eres la fuerza que me hace existir, sin ti no soy nada… y últimamente, desde que te eligieron como jefe del clan, pude ver mi peor pesadilla tan cercana como nunca antes… el perderte por completo se estaba volviendo ya una realidad… no comes, no cuidas tu salud, has llegado al punto de no dormir, para cuidarnos según tú, como si ningún hechizo o sello de protección fueran suficientes para cuidar esta casa.
Los ojos de Meiling se llenaron de lágrimas ante la posibilidad de la muerte de su primo, pero se tranquilizó al notar que la respiración agitada y enfurecida de su primo se controlaba.
-¡Ay Shaoran!-suspiró con tristeza-Me encantaría ver de nuevo una sonrisa en tu cara, no me importaría quien la provocará… por lo menos no esta vez, porque mi felicidad se fue con la tuya, cuando leíste la carta de Kinomoto. ¿Qué fue lo que esa carta contenía?, ¿Por qué te pusiste tan nervioso y enfadado cuando la leíste?-se detuvo y comenzó a recordar lo que había pasado:
Ella había recogido el correo y lo llevaba entre sus manos, cuando vio a Shaoran bajar aceleradamente por las escaleras, lo cual no le resultaba extraño, pues Kinomoto y él solían enviarse cartas contándose lo que les pasaba, lo hacían desde que su primo había regresado a China, y ese día llegaba la carta de Sakura. El chico se detuvo frente a ella y se sonrojo levemente.
-Lo siento- se disculpó y acto seguido le arrebató las cartas y empezó a leer el remitente de cada una, aventando a el piso las que no le interesaban. Después de descartar casi toda la correspondencia, observó detenidamente la última que quedaba en sus manos, se sonrojó, sus ojos se iluminaron y sus labios formaron una sincera sonrisa, como la de un niño frente a su mayor anhelo.
Abrió la carta con torpeza, pero con alegría e ilusión, comenzó a leer, y poco a poco su expresión desapareció para dejar un rostro con culpa, amargura y melancolía reflejadas.
-¿Qué pasa?, ¿hay malas noticias?-preguntó Meiling angustiada.
-Ella estuvo en peligro y fue mi culpa…-Susurró asustado.
-¿Qué es lo que dice la carta?- preguntó ella, pero inmediatamente el rompió el sobre, miró fijamente la carta.
-Será mejor que te olvide- susurró y después rompió la hoja, dejando caer, sin darse cuenta, uno de los pedazos, en el cual Meiling pudo observar una letra que no se parecía mucho a la de Sakura… podría ser de alguien más, pero, ¿de quién?
Shaoran no quiso hablar de la carta, la cual terminó en cenizas.
-¿Qué te pasó aquel día?, ¿Qué era lo que esa carta contenía?- preguntó Meiling volviendo al presente y hablando con un chico aún dormido por el efecto de las pastillas.
La chica acercó una silla a la cama, se sentó y recargo sus brazos y cabeza justo al lado del cuerpo de Shaoran, quedándose dormida en unos segundos.
Él se encontraba en un lugar muy amplio; no reconocía su ubicación. Viró la mirada y se encontró con muchas caras familiares… pero todos estaban siendo atacados por sujetos encapuchados; aquellos individuos tenían atrapados a Kerberos, Yue, Touya, Ruby Moon, Spinel Sun, Eriol, Sakura y hasta a él mismo, todos estaban heridos, pero Sakura estaba siendo atacada con más fuerza.
-¡Sakura!- gritó intentando liberarse para ayudarla, pero sentía cómo lo sujetaban con fuerza; no lo dejaban moverse…
Sakura fue arrojada por un precipicio y luego unos enormes ojos azules lo miraron con decisión; la persona dueña de esa mirada sacó un largo báculo y con él invocó un rayo morado que fue directo por donde Sakura había caído…
-¡Nooo!- gritó mientras todo se volvía oscuro a su alrededor, lo único que podía ver eran esos enormes y profundos ojos azules observándolo con detenimiento.
-¡Shaoran!, ¡Shaoran despierta!- se oían gritos desesperados de varias mujeres a su alrededor.
El chico se despertó, pero no abrió los ojos; se dio cuenta de que había sido un sueño y que había asustado a las personas que estaban a su alrededor.
-Parece ser que ya está bien, solo estaba teniendo una pesadilla, no hay porqué alarmarse- se oyó la voz del viejo médico del clan-. Creo que lo mejor es que lo dejemos descansar y lo libremos de algunas presiones: por ahora todo está bien, así que me marcho…
-Yo lo acompaño a la puerta doctor- se escuchó la voz de la madre de Shaoran.
-¿Qué fue lo que le diste?- se oyó uno de los gritos de una de sus hermanas.
-Pastillas para dormir- susurró Meiling, con pesar en sus palabras.
-Casi lo matas- se hizo escuchar otra de ellas.
-Será mejor que vallamos por algo de agua para cuando despierte- opinó una de ellas y todas las demás asintieron, y se marcharon dejando sola a Meiling en la habitación.
-Lo siento mucho, Shaoran- susurró Meiling, arrodillándose ante la cama y agachando la cara para sofocar sus sollozos con la cama.
-¿Por qué lo hiciste?- preguntó Shaoran sentándose en la cama.
-¿Estas despierto?- se asustó la joven.
-Sí, ¿Por qué lo hiciste?
-¿Darte las pastillas?- preguntó mientras Shaoran asentía-. Porque quería que descansaras un poco, te mirabas tan mal, y yo estaba tan asustada de que algo te pasara, que…
-Lo siento- la interrumpió agachando la mirada-. Últimamente quiero dar todo de mi, pero no todo el tiempo puedo, es por eso que no tengo tiempo de descansar; pero te prometo que las cosas van a cambiar, también me daré mi tiempo- sonrió entendiendo la preocupación de su prima.
-Shaoran…- susurró la chica sintiéndose feliz por lo que acaba de escuchar, tal vez no lo cumpliría totalmente, pero algo era algo, por lo menos lo había aceptado-. ¿Quieres algo de desayunar?- preguntó con entusiasmo al oír como su estómago rugía, seguro que Shaoran también tenía hambre.
-Claro- dijo con una sonrisa y acto seguido la chica salió corriendo a conseguir el desayuno.
Pero en realidad él no tenía hambre, se sentía confundido; no recordaba absolutamente nada de lo que había soñado, a excepción de aquellos ojos que aún tenía muy presentes…
Necesitaba aire fresco, así que se vistió y salió sin que nadie se diera cuenta. Pasearía por los alrededores y pensaría un rato… tal vez así se acordaría de su sueño.
Al llegar a la puerta del cerco de la mansión, se encontró con una joven rubia que miraba con detenimiento un papel que llevaba en la mano.
Vestía un uniforme idéntico al que Meiling usaba para ir a la escuela: debía ser una de sus compañeras…
-¿Buscas a Meiling?- preguntó llamando su atención; ella levantó la mirada y acto seguido, Shaoran se encontró sumergido en unos profundos ojos color esmeralda, protegidos por unas largas y espesas pestañas oscuras-… Sakura- susurró sin darse cuenta.
-¿Perdón?- preguntó la chica en inglés y con una expresión de duda. Y entonces el chico notó las facciones occidentales que decoraban aquellos ojos tan parecidos a unos de su pasado.
-No, nada- se exaltó el chico respondiendo en inglés perfecto-. ¿A quién buscas?- preguntó automáticamente.
-A Meiling, soy una compañera de la escuela.
A lo lejos en la ventana de la habitación de Shaoran unos ojos de color café se llenaban de tristeza… primero había sido Sakura, y ahora estaba segura de que sería alguien más, siempre había alguien más…
Pero eso no importaba; todas se iban y ella siempre había estado allí, eso nunca cambiaría, no importaba lo que pasara.
-Mi nombre es Shaoran Li, soy primo de Meiling y también asisto a su misma escuela, pero jamás te he visto ahí.
-Eso es porque soy nueva- sonrió la chica-, me acabo de mudar a Hong Kong, mi nombre es Alice Sheridam…
Notas de la autora: ¡Oh, oh! Ese sueño que tuvo Shaoran… ¿de dónde salió? De hecho es una idea que tuve hace mucho, un one shoot que hice cuando estaba en la secundaria (se escucha un largo "u" de distancia), tampoco estoy tan vieja… volviendo al tema… lo quise adaptar a ésta historia porque se me hizo que puede servirme mucho para el final, claro que lo tuve que acortar… Alguien preocupado o alegre por el EriolxSakura?... ¿y los guardianes de Daisy? ¡Tres! Mi favorito es Moonang, ¡es adorable! Perdón por alargar esto, siento que la historia ha abarcado mucho a Daisy, pero es que ella va a tener mucho que ver en la trama, ¿lo sospechan? Por cierto, éste personaje tiene el nombre de mi mejor amiga y cuando vaya desvelando un poco de su personalidad normal, estará completamente basada en ella, ¡Gracias por prestarte a mi historia amiguis! Y perdón si los aburro… ya me voy ToT
Avances del próximo capítulo: ¡Por fin se sabrá algo de Tomoyo! ¿Tiene un nuevo amiguito? Vaya que la chica es rencorosa; ¿y nuestra protagonista? Resulta que ya pasó más tiempo y se deja ver lo diferente que su vida es ahora; Daisy recibe una noticia de parte de su guardiana, que la preocupa un poco; Sakura conoce a Grayson; Shaoran tiene trabajo, pero no puede concentrarse y Liz (Alice) se da a la tarea de hablar de cosas que no conoce con su mejor amiga, ¿de dónde saca la cursilería? ¡Ah, sí! Creo que yo la inventé así, jeje…
Capítulo IV: Otra Oportunidad
