Capítulo 3

Serenity tuvo que rectificar su opinión respecto al más joven de los miembros de la familia Chiba durante las siguientes semanas. Una serie de pequeños sucesos irritantes la convenció de que Miguel era una criatura bastante maleducada e imperti­nente.

El primer día se comportó como un niño encanta­dor y dócil, pero después demostró que era capaz de los actos más extraños de rebelión y los desafíos sin sentido. Nunca trataba de calibrar las consecuencias de sus desobediencias y casi parecía invitar a que la censura recayera sobre él.

Darien, como ella había supuesto, jamás estaba cer­ca ni mostraba el menor interés por su sobrino. Sin embargo, tenía que admitir que sus negocios, así como los del rancho de su hermano, lo obligaban a trabajar mucho, en algunas ocasiones hasta el amanecer. Con frecuencia se encerraba en su estudio, que daba al pa­tio frente al dormitorio de Serenity, o se presentaba en el comedor, cansado y preocupado, soportando sobre los hombros mil responsabilidades.

No obstante, Serenity observó que Darien siempre montaba a caballo con su sobrino por las mañanas y le leía un cuento por las noches, a menos que estuviera de viaje. Pero ese era el único contacto que generalmente existía entre ellos.

A pesar de sus caprichos, Serenity se sentía cada vez más atraída por Miguel, hasta el punto de que inventa­ba excusas para disculpar sus errores, casi siempre in­justificables.

-¿Por qué llamas a tu tío gran Darien? -le pre­guntó una tarde, cuando ya llevaba varias semanas en el rancho. Acababa de acostarlo y el niño parecía un querubín, con su cabello castaño y rizado y sus enor­mes ojos cerrándose de sueño.

-No sé -la miró perplejo de la forma en que los niños solían mirar a los adultos que hacían pre­guntas incontestables o demasiado indiscretas-. ¿Por qué?

-Oh, por nada -respondió Serenity con ligereza, apartándole un rizo de la frente.

Había sido un día difícil, durante el cual Miguel ha­bía puesto a prueba la paciencia de Serenity a cada momento. Hubo ocasiones en que la joven habría jurado que el niño deseaba causar problemas para que lo re­gañaran, pero se decía que evidentemente esa era una conclusión ridícula.

-Significa en inglés algo parecido a "grande", o "importante", ¿verdad? -añadió, mientras la criatura se acurrucaba contra ella, bostezando.

-Su madre prefería ese apodo.

Una voz fría a sus espaldas la sobresaltó. Darien la contemplaba apoyándose con pereza contra el marco de la puerta, y al verlo, la joven sintió una punzada de excitación.

-Lo siento, no intentaba inmiscuirme en los asun­tos de tu familia -se disculpó, sonrojándose. Pensó que, como de costumbre, la hacía sentirse culpable.

-¿En serio? -no lo preguntaba. Más bien insi­nuaba que dudaba de su sinceridad-. No importa. Pregunta lo que quieras, Serenity, aunque quizá no te agraden las respuestas -comentó con tono sarcástico.

-Los dejo a solas -repuso ella y le dio un beso a Miguel.

-Hasta la hora de la cena -le recordó él y luego centró su atención en su sobrino.

La joven se dirigió a su dormitorio para darse una ducha antes de vestirse para cenar. Odiaba esa parte del día. No le parecía tan mala cuando Darien tenía huéspedes que se quedaban en la hacienda, lo cual ocurría con frecuencia; generalmente eran tratantes de caballos o algún criador que esperaba mezclar sus ye­guas con los famosos sementales de los Chibas. Pero la perspectiva de permanecer sentada con Darien en ese enorme comedor, ante la mesa servida con la hermosa vajilla de porcelana y la cubertería de plata, la ponía tan nerviosa que no podía hablar.

Había algo en ese hombre... no sólo su increíble belleza varonil, su imponente presencia o su autori­dad, sino algo oscuro, amenazador, que siempre la mantenía alerta. Luchaba contra su propio miedo, pero se sentía tan débil como un gatito y presentía que él lo adivinaba. Eso la humillaba en extremo.

-No me gusta y no me atrae -susurró mientras se lavaba el cabello, frotándose con furia. Su pálida tez había adquirido un leve tono dorado bajo el cálido sol de México.

El vestido que había escogido destacaba sus cur­vas. Desde que comía en la hacienda había recuperado los kilos perdidos y su rostro rebosaba lozanía. Se sentía mejor que en mucho tiempo, por lo menos en un plano físico.

Se hallaba asomada a la ventana del comedor, cuando Darien se reunió con ella.

-Creo que has tenido algunas dificultades con Miguel hoy -comentó él, a manera de preámbulo.

Ella lo miró con cautela. No le había dicho ni me­dia palabra y estaba segura de que Miguel jamás se ha­bría delatado ante su tío.

-Amy te oyó cuando lo regañabas -le explicó él-. ¿No pensabas comentármelo?

De inmediato esa actitud encendió la ira de la jo­ven.

-No había necesidad -trató de mantener un tono de voz indiferente-. Resolví el problema y prefiero olvidarlo.

-Pues yo preferiría que me contaras todo lo que ocurre en mi casa -afirmó él, ignorando las palabras que ella acababa de pronunciar-. ¿Me equivoco al pensar que lo sucedido no ha sido un incidente aislado?

-Yo no he dicho eso -rectificó ella, con dema­siada rapidez.

-Dices muy pocas cosas, Serenity -señaló él con tono frío-. ¿Sólo yo te desagrado o también rechazas al resto de los hombres?

-No sé a qué te refieres -replicó ella con los ojos brillantes. Era la primera vez que la atacaba a un nivel personal y la tensión sexual que se agitaba entre ellos se incrementó hasta hacerse casi palpable.

-¿No? -él sonrió, sarcástico. Se semejaba a un bello y peligroso felino, preparándose para saltar so­bre su presa, y tensa de nuevo se arrepintió de haber abandonado la seguridad de su país-. Estoy seguro de que comprendes perfectamente a qué me refiero -le dio la espalda para dirigirse al mueble de las bebi­das y preguntó-: ¿Qué prefieres tomar antes de la cena? ¿Vino, jerez?

-Jerez, por favor -respondió ella, y lo observó mientras servía las bebidas.

-Nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza si lograras comunicarte conmigo. Serenity -contestó él tendiéndole el vaso, mientras observaba divertido cómo se sonrojaba-. Parecías un poco tensa en Inglaterra, aunque supuse que eso pasaría. Entiendo que en algunos aspectos no estemos de acuerdo pero, ¿no crees que podemos respetamos mutuamente aunque difiramos en nuestros puntos de vista? No soy un ogro, a pesar de que tú creas lo contrario.

Ella lo miró a los ojos con las mejillas ruborizadas y el cabello rubio formando un halo alrededor de su rostro.

-Me explicaste que tu palabra era ley, que no te gustaban los conflictos...

-¡Dios! -Darien dejó el vaso con tanta fuerza so­bre la mesa, que estuvo a punto de derramar el vino en el mantel de damasco-. Realmente te considero la mujer más obstinada que... -se controló con gran es­fuerzo, tomando aliento antes de continuar-: Me gustan las conversaciones normales, Serenity -sus ojos azules despedían fuego-. Acepto una pequeña discu­sión si la ocasión lo requiere. Lo que no me gusta es que te escabullas en la hacienda para evitarme cuando yo estoy aquí. He escogido una compañera alegre para mi sobrino, y no un ratoncito tímido que...

-¿Cómo te atreves?- Serenity se ruborizó profundamente­-. ¿Cómo te atreves a acusarme de que me escabullo en tu hacienda? Jamás me he escondido de na­die. Eres vanidoso, ególatra...

Tardó varios segundos en darse cuenta de que su jefe se estaba riendo de ella en silencio, de forma contenida. Demasiado tarde comprendió que había caído en su trampa, haciendo lo que él había planeado desde un principio. Al igual que su propio padre, estaba ju­gando con ella.

-Sospechaba que así era la verdadera Serenity -se le acercó y le acarició las ardientes mejillas-. Esta es la joven que creí ver en Inglaterra, antes de que deci­dieras ocultarte tras una apariencia de fría dignidad -deshizo uno de los rizos y observó la manera en que el cabello recobraba su forma. Ella sacudió la cabeza, molesta, temblorosa-. ¿Quién te hirió? -preguntó con una voz llena de matices que la estremeció-. ¿Un amigo, un amante?

Había algo en su mirada sombría que ella no logra­ba interpretar, pero que la desconcertaba por completo.

-Nadie, te lo aseguro. Estoy bien... -su voz se desvaneció cuando vio cómo clavaba sus ojos azules en su rostro sonrojado. Se dijo que no debía traicio­narse ante ese hombre.

-No te creo -su acento aumentaba el tono se­ductor de su voz-. Una mujer tan hermosa como tú no se pone una rígida armadura para protegerse, a me­nos que exista algo en su pasado que no pueda olvidar.

Ella lo observó. No confiaba en él, y menos en ese momento, cuando le demostraba tanta delicadeza y ternura. A semejanza del tigre, hechizaba a su presa antes de dar el zarpazo final.

La presencia de Amy, que apareció para servir la comida con rapidez evito que Darien la siguiera acosando.

-Gracias, Amy -Darien inclinó la cabeza hacia la sirvienta, que de inmediato se sonrojó como una ama­pola-. ¿Quieres vino blanco para acompañar la cena, Serenity?

La joven pensó que esa era otra de sus característi­cas: jamás se le escapaba un detalle. Había notado que ella apenas había tocado la copa del borgoña; prefería el vino blanco, más suave; pero esa consideración no la engañó ni por un segundo.

La cena estuvo deliciosa, como de costumbre. Al terminar el café, Darien impidió que la chica se levan­tara para correr a su dormitorio.

-Quiero que hablemos. Serenity, pues todavía no has respondido a la pregunta que te hice antes.

Se levantó de repente y empezó a caminar por el comedor, indicándole que lo siguiera. Ella obedeció despacio y Darien esperó a que se sentara en un sillón de la sala, mientras la observaba fijamente.

-Llevas tres semanas viviendo en mi hogar. Te he dado ese tiempo para que te adaptes y confío en que te sientas a gusto.

-Me siento a gusto, gracias -afirmó ella con pe­tulancia.

-Me siento a gusto, gracias -repitió él, burlán­dose-. ¿Y te agrada tu trabajo?

-Creo que puedo ayudar a Miguel -respondió la joven al fin, cuando él guardó silencio-. Tiene mu­chos problemas, Darien. Hay algo que lo inquieta, a pesar de su edad.

-¿No crees que se trata de un capricho? -él se irguió y la burla desapareció de su rostro.

-¿Eso crees?

-No estoy muy seguro, Serenity. No entiendo a mi pequeño sobrino. A veces lo miro y creo descubrir a su padre; otras, me encuentro con su madre -estudió a la joven fijamente-. No era una mujer generosa, Serenity, y tampoco buena -confesó con expresión dura.

-Quizá lo mejor sería que vieras a Miguel tal cual, sin superponer otro rostro al suyo -le aconsejó Serenity en un murmullo, a pesar de los latidos acelerados de su corazón.

-Quizá -concedió él, sin comprometerse.

-Te adora -indicó y el hacendado levantó la mi­rada hacia ella al oírla-. ¿Siempre fue así o sólo...?

-Siempre -la interrumpió bruscamente, con tensa expresión-. Kakyu se oponía, pero no podía hacer nada excepto persuadir al niño para que me llamara gran Darien en lugar del título, más íntimo, de tío. Se suponía que él mismo creó el apodo, pues en aquel tiempo tenía un amigo que también se llamaba Darien. De allí lo de gran Darien y pequeño Darien... ¿entiendes?

-Parece razonable -lo miró con cautela-. Qui­zá interpretaste mal a tu cuñada. No puedes afirmar...

-Sí puedo -la miró con frialdad-. Era la clase de victoria que le daba un mezquino placer. ¿Otro café?

Serenity se disgustó ante ese brusco cambio de tema. -No. gracias -contestó con tono cortante.

-¿Un coñac? -la miró con indiferencia.

-No, nada. Estoy cansada y creo que me voy a ir a dormir...

-Todavía no -la interrumpió de inmediato-. Aún espero que tengas la cortesía de contestar a mi pregunta anterior.

Era un reto silencioso.

-Me contrastaste como institutriz y acompañante de tu sobrino, Darien, y eso no te da derecho a...

-No hay necesidad de que alguien me dé ese dere­cho -repuso él con ojos centelleantes-. Lo que quie­ro, lo tomo y en este momento deseo conocer tu histo­ria. No pido mucho, ¿verdad? A menos que guardes secretos profundos y oscuros que te niegues a revelar.

-No seas ridículo... -Serenity se levantó de un salto y él impidió que se marchara sujetándola de una mano.

-Ten cuidado -le advirtió con un suave murmu­llo-. No pongas a prueba mi paciencia o no respondo de mis actos.

Su mano le quemaba la piel y su cara estaba tan cerca de la de ella que la joven sintió el impulso de acariciar con un dedo la línea de su cicatriz.

-No hay nada que decir -le aseguró ella con frialdad.

-Concédeme este capricho -le pidió él y Serenity cedió de inmediato, despreciándose por su debilidad.

-Conoces los datos importantes de mi vida por medio de la agencia que me recomendó -señaló lenta­mente-. Tengo veinticinco años, estudié en la univer­sidad hasta los veintiuno y me contrataron para tres em­pleos de institutriz. El último duró un año, hasta que... -se detuvo de repente-. Bueno, ya conoces el resto.

-¿Qué haces cuando no trabajas, en tu tiempo libre?

-Leo, pinto un poco... nada que te pueda intere­sar. Te lo aseguro -mantenía una expresión fría que Darien no podía penetrar.

-Eres muy obstinada -dijo él con suavidad-. Sabes lo que quiero preguntarte. ¿Tienes novio?

-No -respondió ella, sin modulaciones en la voz. "¡El inevitable interrogatorio de todos los hom­bres machistas y presuntuosos!", pensó.

-¿Y en el pasado? ¿Quién fue el hombre que te volvió tan... agresiva?

-No soy agresiva.

Serenity se defendió, apartándose de él con violencia. Fue un error. La suavidad de su muslo rozó la dureza de los músculos de Darien, provocando un contacto abrasador. Él advirtió su reacción y durante unos se­gundos apretó los labios.

-Siempre me sorprendió la expresión inglesa "sa­carle sangre a una piedra", pero ahora la entiendo - comentó secamente-. Eres una mujer muy hermosa y, desde luego, eres consciente de ello.

La joven se dijo que, en ese instante, él estaba ini­ciando la técnica de la seducción. ¡Incluso un tigre parecía un gatito en comparación con ese hombre al ace­cho de su presa!

-Por favor, no...

Mientras ella suplicaba, él bajó la cabeza para re­clamar sus labios entreabiertos. La joven se estreme­ció ante su propia ansiedad, que la impulsaba a satis­facer el hambre de Darien.

-No -repitió, apartándose con un gesto de de­sesperación y acurrucándose contra el sofá.

-¿Por qué tan arisca? -le preguntó con voz ron­ca, acariciándole el cabello despeinado-. ¿No te gusto, pequeña?

-No, nada -apenas entendía lo que decía, pues el pánico la dominaba. Tenía miedo, un miedo angus­tioso, no tanto de sus besos, sino de la respuesta de su propio cuerpo.

-Creo que no me estás diciendo la verdad -mur­muró Darien tratando de acariciarla otra vez.

-No, no me toques, me das asco.

Un instante después Darien se llevó la mano a la ci­catriz y ella se quedó paralizada.

-Perdóname -se disculpó con un amargo sarcas­mo; luego se irguió, giró sobre sus talones y salió de la sala sin volverse para mirarla.

-Oh, no...

En su desesperación Serenity susurró la queja en la habitación vacía. Se balanceó hacia atrás y hacia ade­lante, invadida por la agonía de la culpa. ¡Darien había pensado que ella se refería a su cuello marcado, ¡que lo consideraba repulsivo! Recordó la dolorosa sorpresa que se pintó en sus ojos azules, como si hubiera reci­bido una bofetada. También recordó que en Inglaterra ella le había asegurado que la cicatriz no la molestaba en lo más mínimo. ¡Qué lío, que lío tan irremediable! Cada día ese trabajo se estaba volviendo más compli­cado. ¿Por qué no la dejaba él en paz? La había con­tratado para cuidar a Miguel. Sólo para eso.

De madrugada, una mano pequeña la sacudió con urgencia, despertándola.

-Serenity, por favor, Serenity, Serenity -imploraba Miguel con voz llorosa.

Al encender la lámpara, al lado de su cama la rubia se dio cuenta de que eran las dos de la mañana.

-¿Qué pasa? -nada más sentarse, el niño se echó en sus brazos, rompiendo en sollozos casi histéricos-. ¿Miguel? -lo abrazó mientras se despabilaba-. ¿De qué tienes miedo, cariño? ¿Has tenido una pesadilla?

Él se irguió para mirarla a la cara con algo similar al desprecio, y en ese instante se pareció mucho a su tío, pues imitó su misma expresión arrogante.

-Un Chiba jamás lloraría por una pesadilla, Serenity -repuso, secándose las lágrimas con una mano sucia.

-¿Qué estás haciendo levantado a estas horas de la noche? -inquirió ella, contemplando asombrada su pijama lleno de manchas.

-Se trata de Tabasco -la voz del niño se quebró y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas.

-¿De tu yegua? ¿Ya ha nacido el potrillo?

-No puede tenerlo. Lo ha intentado toda la noche. Gran Darien estuvo ayudándola, por eso adiviné que algo andaba mal. Bajé a las cuadras, porque no podía dormir, pero gran Darien no me dejó quedarme allí. Dijo que vendría a avisarme cuando todo hubiera aca­bado, pero hace días me prometió que yo vería nacer al potrillo. Me lo prometió, Serenity.

La joven reflexionó con rapidez. A Darien le preo­cupaba que algo grave ocurriera y, sabiendo lo encariñado que estaba Miguel con la yegua no le había per­mitido presenciar el sufrimiento del animal.

-No te preocupes muchachito -buscó en su mente la manera de consolarlo-. Tu tío quiere a Ta­basco casi tanto como tú. Cuidará bien de ella: confía en él -le secó una lágrima con ternura-. Darien sabe qué es lo mejor para todos.

-Los adultos no siempre saben qué es lo mejor - refunfuñó él lloroso-. Mi mamá ya no quería a mi papá. Eso no era lo mejor, ¿verdad? -se alejó de ella mientras hablaba.

La joven lo observó, precavida, dándose cuenta de que al angustiarse tanto por la yegua, el niño había bajado las barreras que lo protegían. Nunca antes ha­bía mencionado a sus padres delante de ella.

-Estoy segura de que tu madre amaba mucho a tu papá -dijo con ternura-. Algunas veces las personasn dicen cosas que no son ciertas porque se enfadan, pero las olvidan al día siguiente. Los adultos pueden ser tan tontos como los niños, Miguel, incluso los padres.

-Mi mamá ya no amaba a mi papá -replicó con obstinación y estalló en sollozos. Su cuerpecillo se sa­cudía como si se fuera a romper y Serenity necesitó cierto tiempo para tranquilizarlo sin hablar, acariciándole la frente con movimientos rítmicos y lentos-.

-¿Puedo decirte algo. Serenity?

Ella lo miró con ternura y asintió.

-Desde luego, lo que quieras.

-¿Me prometes que no se lo contarás a gran Darien?

-No puedo prometértelo. Miguel -lo acomodó en su regazo--. Tu tío te quiere y se encarga de educarte. Quizá sea algo que deba saber.

-No lo es -la desafiaba con la voz-. Si se lo cuentas, no me dará el potrillo de Tabasco.

-Tu tío quiere dártelo -aseguró ella, mirando de cerca su carita pálida.

El niño sacudió la cabeza, contemplando a su insti­tutriz con tristeza.

-No me lo merezco, Serenity.

Ella lo abrazó con fuerza y luego murmuró contra su cabello:

-¿Qué sucede, cariño? Porque algo sucede, ¿ver­dad?

Miguel abrió la boca y luego la cerró, retorciéndose como si sintiera dolor, con el rostro desgarrado por una emoción demasiado intensa para sus escasos años.

-¿No me odiarás si te lo digo?

-Te prometo que no -respondió la joven sin titu­bear-. No importa lo que me confíes: te prometo que seguiré siendo tu amiga.

-¿Y no te irás? -preguntó en un tono más urgen­te-. Por favor, Serenity, ¿no te irás? ¿Te quedarás con­migo? Quédate hasta que los dos nos vayamos a In­glaterra.

La chica no pudo resistirse a su tono de súplica -Sí, te lo prometo. Ahora dímelo, cariño, anda.

-Cuando mis padres murieron... -titubeó, entor­nando los ojos.

-¿Sí? -ella lo alentó con suavidad.

-Mi mamá iba a llevarme muy lejos de aquí, lejos de papá y del rancho.

-¿En serio? -Serenity se dio cuenta de que el niño estaba convencido de sus afirmaciones y de que algo más provocaba el dolor que se reflejaba en sus gran­des ojos. Esperó en silencio, para no forzar las confidencias.

-La noche anterior me pidió que fuera valiente porque no iba a volver al rancho en mucho tiempo. Yo no quería irme, Serenity...

-Desde luego que no -ella lo consoló-. Aquí naciste y es natural que te guste este lugar, cariño.

-Así que recé -sus ojos no se apartaban del rostro de la joven ni un momento, ni siquiera parpadeaba-. Recé para que pudiera quedarme aquí, con Tabasco y con todos los caballos, para que nunca tuviera que irme.

-¿Y? -Serenity le apretó las manitas con fuerza.

-Y al día siguiente ocurrió ese accidente y mis papás murieron y ya no tuve que irme -el horror se reflejó en los ojos del pequeño-. No debí rezar, ¿ver­dad, Serenity?

-Miguel -la joven lo estrechó entre sus brazos, mirándolo con inmensa ternura-, el accidente no tie­ne nada que ver con tus oraciones ¿entiendes? Confí­as en mí, ¿no? -al ver que el niño asentía lentamente, continuó-: Entonces, créeme cuando te aseguro que tus plegarias no provocaron ese accidente.

Ambos se quedaron quietos, abrazados, durante largos minutos. Y en ese lapso un intenso amor por el niño nació en el alma de Serenity.

-Ahora trata de dormir, cariño… quéda­te en mi cama, si quieres. Y luego yo iré a averiguar qué es lo que ha pasado con Tabasco, ¿de acuerdo?

Miguel asintió de nuevo, exhausto de tanto llorar.

Serenity se quedó con él hasta que lo vio sumirse en un sueño inquieto. Después se puso la bata y las zapatillas y salió en silencio de la habitación. Bajó a las cuadras y entreabrió una de las grandes puertas.

Lo primero que oyó fueron los gemidos de la yegua y la voz paciente y consoladora de un hombre.

-¿Darien? -apenas podía ver en la penumbra y tropezó con algo en el pasillo central. Trastabilló hasta llegar al enorme pesebre donde se alojaba Tabasco desde hacía unos días, preparándose para dar a luz-. ¿Darien? ¿Estás ahí?

-Deja de hacer tanto ruido y acércate. No te mue­vas bruscamente. habla en voz baja -la instruyó él.

Ella obedeció y avanzó de puntillas hasta descubrir a Darien en un rincón, acariciando rítmicamente la cabeza de Tabasco, mientras el animal se estremecía apoyándose en sus patas temblorosas.

-¿Quieres que llame a alguien?

Resultaba obvio que la yegua tenía problemas, pero Darien negó con la cabeza, sin apartar los ojos de la yegua.

-Les he ordenado a todos que se fueran. Molesta­ban a la yegua con su pánico y nerviosismo. Esta dama, una pura sangre, puede leer la mente de las per­sonas. Así que debemos tratarla con cariño y respeto ¿verdad, preciosa?

No le había preguntado por qué estaba ella ahí y Serenity supuso que toda su energía y atención estaban centrados en el bello animal en apuros. Era como si la situación que habían sostenido unas horas antes jamás hubiera tenido lugar.

Cuando los ojos de la joven se acostumbraron a la oscuridad, se dio cuenta de que Darien se había quitado la camisa y de que su torso desnudo brillaba por el su­dor. Ella admiró su pecho musculoso y sintió un nudo en la garganta. No podía creer que la visión del cuerpo de un hombre la afectara de esa manera y agradeció que él no lo notara. Parecía una magnífica estatua de bronce que hubiera cobrado vida en la penumbra; su virilidad, esa fuerza potente y viva, la hacía temblar, a pesar de que se despreciaba por ello.

-Ponte al otro lado, pero despacio, muy despacio -sugirió él en voz baja sin dejar de mirar a Tabasco-. Háblale. Serenity, tranquilízala, cálmala. ¿Entiendes?

La joven obedeció y después de unos momentos él se le acercó, con el brazo derecho cubierto de sangre y mucosa.

-El potrillo todavía vive -le informó-, pero tendré que ayudarlo.

-¿Cómo sabes que vive? -susurró ella y él la dejó deslumbrada con una de sus escasas y radiantes sonrisas.

-Me ha lamido la mano.

-¿Te ha lamido la mano?

Por un instante la alegría inundó el rostro de Darien.

-Sí.

-¿No deberías llamar a un veterinario? -en ese instante ella estaba tan comprometida como él en la lucha de la yegua.

-Calma, Serenity, o Tabasco detectará el miedo en tu voz -la miró fijamente-. He estudiado veterinaria; por lo tanto, Tabasco está en buenas manos.

Durante las horas siguientes la joven descubrió que Darien tenía razón. Nunca olvidaría la batalla por salvar al potrillo; cuando al fin nació, ella habría jura­do que Tabasco se volvió para agradecerle a su amo la ayuda que le había prestado, con sus grandes ojos me­lancólicos. El animalito que Darien recibió en sus fuer­tes brazos era enorme. Al cabo de unos instantes la madre olvidó su agonía y empezó a lamerlo con una devoción total.

-Por un momento creí que perderíamos a los dos –comentó Darien, sintiéndose de pronto, exhausto-. La muerte de Tabasco hubiera destrozado a Miguel. Ahora llama a los peones para que atiendan a la yegua y al potrillo. Ya he dejado dormir a esos inútiles de­masiado tiempo -de repente volvió a convertirse en el dominante patrón que era, abandonando la ternura con que había tratado a la yegua unos momentos an­tes.

Al volver después de llamar por teléfono en la pe­queña oficina de la cuadra, Serenity advirtió que Darien se había puesto la hermosa camisa de seda que había usado durante la cena. Estaba manchada de sangre, es­tropeada definitivamente, pensó desconsolada.

-¿Miguel te envió para que averiguaras qué era lo que sucedía? -la miró de una manera extraña, mien­tras esperaba a los peones-. Tuve que mandarlo a la cama pues el desenlace pudo haber sido muy diferen­te.

Un hilillo de sangre le corría por la mejilla, pero nada le pareció más atractivo a Serenity. La ternura y comprensión que había mostrado por aquel animal aterrado la habían conmovido tanto que apenas podía reconocer sus propios sentimientos hacia él. No le agradaba esa confusión; al contrario, la asustaba.

-Más bien se lo sugerí yo -titubeó-. Te contaré el resto mañana, si así lo prefieres.

-No, quiero saberlo ahora. ¿Me amenazarás con to­mar el primer avión que salga para Inglaterra o dudarás de mis motivos para negarme a que Miguel presenciara el parto? -de pronto suspiró de impaciencia-. Y, por favor, deja de mirarme como si fuera a comerte viva, pe­queña... porque provocas que desee hacerlo.

La chica se sonrojó al máximo y luego palideció cuando Darien le acarició rápidamente una mejilla, casi en broma.

-Estás a salvo, Serenity. Me aclaraste tus sentimien­tos y te entendí.

Ella iba a replicar cuando las puertas de la cuadra se abrieron de par en par y varios peones entraron, deteniéndose de pronto al verla allí junto al patrón. Darien les dio órdenes en español y luego la tomó del bra­zo para sacarla al aire fresco del amanecer.

Caminaron hacia la hacienda en silencio y se detu­vieron en la terraza.

-Espérame aquí -le indicó un sofá para que se sentara-. Traeré café para que me digas lo que tengas que decirme.

Al cabo de unos minutos volvió con el café y se sentó frente a ella después de entregarle una taza. La brisa perfumada del amanecer prestaba intimidad a esa escena.

-¿Y bien? -preguntó Darien después de beber un un buen trago de café.

-Se trata de Miguel. Ahora duerme en mi cama. Estaba muy nervioso a causa de Tabasco.

-Ya te he explicado el problema -señaló él con un gesto irritado-. No era posible que se quedara en la cuadra.

-No, no me refiero a eso -no sabía por dónde empezar-. Creo que se ha estado castigando de ma­nera inconsciente, o haciendo que tú lo castigaras por sus travesuras, porque se siente culpable de vivir aquí… de amar este rancho, a los caballos y... a ti -no pudo ocultar la censura que impregnaba su voz y él entornó los ojos.

-No comprendo. Por favor, explícate.

Ella le relató palabra por palabra la conversación que había mantenido con Miguel, mientras una serie de expresiones se sucedían en el rostro de Darien mientras la escuchaba. Al terminar, él guardó silencio durante unos segundos antes de maldecir.

-Debí imaginarlo -se levantó con tanta violen­cia que la silla se estrelló contra el suelo de la terra­za-. ¿Cómo pude ser tan estúpido, tan ciego? -ha­bía un salvaje autodesprecio en sus pupilas azules-. Su carácter cambió muchísimo después del acciden­te... a través de la confusión, del mal comportamien­to, debí adivinar que gritaba pidiéndome ayuda.

-Quizá estabas demasiado cerca para captar la perspectiva del dilema –opinó Serenity, sin alterarse-. También tratabas de aceptar tu propia pérdida. Cuidar a Miguel y administrar los dos ranchos. Pero el niño sufría, Darien, sufría mucho -su corazón se conmovió por ese pensamiento.

-¿Insinúas que fue culpa mía? Pues tienes razón, Serenity -admitió él, apartándose el cabello de la frente-. Cometí un grave error y un niño inocente pagó las consecuencias. ¡Dios! -apretó el puño con rabia impotente y golpeó la pared de la casa.

Serenity abrió la boca para replicar justo en el mo­mento en que Miguel salía de la mansión a toda prisa, para abrazar a su tío.

-Han muerto, ¿verdad? -preguntó con voz agu­da por el pánico-. Tabasco y su potrillo han muer­to...

Darien clavó la mirada en las pupilas serenas de Serenity, por encima de la cabeza de su sobrino. La joven se puso de pie con prontitud, para dejarlos a solas. Ese era el momento propicio para sacar a la luz las sombras del pasado.

Se dirigió a su habitación, escuchando la voz tran­quila de Darien, y evocó la escena que había presencia­do en las cuadras. Ese hombre inflexible podía con­vertirse en la ternura personificada, para identificarse con un niño y un animal que sufrían.

Se dijo que debía irse de ese rancho a la mayor brevedad posible. Al deslizarse entre las sábanas, ese pensamiento la asaltó con urgencia, y no se atrevió a analizar el motivo de tal conclusión. Simplemente sabía, con indiscutible claridad, que no podía, no debía quedarse en México.

Esa tierra indómita, rica y hermosa, con sus vio­lentos contrastes y sus habitantes apasionados, la atra­ía, la atrapaba en sus redes... Y de repente sintió que sus dudas aumentaban con los demonios del miedo y pensó que la red podría convertirse, con suma facili­dad, en una soga alrededor de su cuello.

Nesecitaba con urgencia alejarse de ese hombre que la desconcertaba tanto, además dejaría de leer novelas romanticas que en nada ayudaban a su cuerpo a mantener algún tipo de autocontrol.

Si, definitivamente eso haría.


Bueno chicas aquí un nuevo capitulo, como siempre muchas gracias..y ya estoy trabajando en el nuevo chap así que espero no demorar, gracias por leer y más comentar, me da mucha alegría que la historia les guste, besos a todas y nos seguimos viendo...

bye.