Cualquiera que pasase como mínimo diez minutos al día absorto en una revista de cotilleos, o simplemente una revista, sabía que el ver a Adrian cerca de una biblioteca era un fenómeno sobrenatural que merecía ser investigado, y del que muchos querrían una foto de recuerdo, a cualquier precio. Literalmente a cualquier precio. ¿La prueba irrefutable? Un par de centenares de fotos con flash de los móviles de un montón de adolescentes piradas, unos cuantos mechones de pelo menos y la marca que una de sus fans le había dejado en la cara porque "no se creía que aquello era real", con lo que no se le ocurrió otra cosa que empezar a apretar, para ver si no era un muñeco hinchable muy realista que explotaría con el contacto.
Sí, que dura era la vida del actor…
Curiosamente, Ed, más conocido como Kenny, o simplemente "Jefe", no tenía aquellos problemas. No. Él estaba tranquilamente sentado en medio de una multitud que le ignoraba por completo, concentrado en la pantalla de su ordenador, un Toshiba de segunda mano gris, que no tenía nada que ver con el magnífico artefacto que usaba en la serie que debía de funcionar con un Windows 2300.
Pero las cosas del estudio no salían del estudio. Excepto Dragoon, Dranzer, Draciel, y un montón de "Ds" más, hábilmente (o no) escondidos en bolsillos, bolsos, calcetines, o lo que los actores tuviesen a mano para no separarse de aquellas peonzas. Claro está que la intención de la mayoría era ver si podía usarse tal cosa sin efectos especiales. Pero una rara minoría de inadaptados sociales (Sasha, Shen…) simplemente quería un recuerdo. Se habían encariñado con sus peonzas. Qué mono. Qué raro, alegaba Adrian.
Ejem…
A medida que se acercaban a Ed, pudieron oír que repetía una letanía extraña, sumido en un profundo trance, que no resultó ser otra cosa que…
-Edward… Jacob… Venid, bonitos, sé que estáis ahí.
-Te dije que no sobreviviría en el mundo real –le comentó el moreno a Max, susurrando para que no le escuchase el otro.
-Eh… Me pregunto qué estará haciendo.
-Hey, Eddie, ¿estás metido en una secta? –le preguntó, interrumpiendo su búsqueda con más bien poca delicadeza y un tono más bien alto para una biblioteca.
El castaño sin ojos dio un respingo, y se recolocó las gafas antes de volver a mirarle, molesto.
-¿No te han enseñado a no gritar?
-Ese día no fui a clase –replicó-. ¿Qué demonios haces?
-Busco una página donde pueda comprar pelo de Jacob y Edward.
-¿Quiénes son? ¿Tus primos?
-¡Los protagonistas de Crepúsculo! ¿Has salido de una cueva?
Max prefirió no informarle sobre el penoso estado de la casa del moreno. Por su parte, Adrian reflexionaba sobre el mal que aquella semana con Melody le había causado al pobre Ed. Carraspeó para llamar su atención.
-Es que estábamos pensando que tal vez podrías ayudarnos en un proyecto.
-No me interesa –replicó, centrando de nuevo su atención en la pantalla del ordenador.
Max se quedó con la palabra en la boca. Mientras tanto, Adrian se apuntó una victoria. Sí, había aceptado colaborar en el proyecto, pero no hacía aquello de buena gana. En realidad, si no fuese porque no quería a otro Tyson, probablemente habría tirado al rubio fuera del coche a la primera oportunidad. Y no era porque tuviese nada contra él. Simplemente, no le gustaba el yaoi. Aquella afición malsana que las adolescentes (y, en fin, Max) habían desarrollado hacia aquello le había empujado a evitar cualquier entrevista para gente que conociese su pasado en Beyblade (medio mundo) y que hubiese grabado en vídeo todas las escenas raras que había grabado con Kai.
Particularmente le inquietaba aquella en la que aparecía soñando que el bicolor le abrazaba como si tal cosa. Y la lluvia de estrellas. Y…
Un escalofrío recorrió su espina dorsal al rememorarlo.
Decidió centrar su atención de nuevo en Ed. Le dirigió una mirada de soslayo a Max, que se le hizo un gesto de impotencia. Suspiró antes de apretar, casi golpeándolo, el botón de apagado del ordenador. La cara del castaño en aquel momento no tenía precio. El moreno sonrió, orgulloso de sí mismo.
-Ahora sí te interesa –le dijo.
-Podemos hacer una cuarta temporada de Beyblade, siempre y cuando consigamos que Shen y Alex accedan a hacer una serie yaoi.
-¿Yaoi?
-Yaoi.
Se hizo el silencio en la biblioteca, algo que la encargada agradeció enormemente. Por fin, tras unos minutos de intensa meditación, Ed habló de nuevo:
-¿Y a mí qué me cuentas? Id a hablar con ellos.
Adrian se giró lentamente para mirar a Max.
-¿Por qué no hemos ido directamente a hablar con ellos?
El rubio se encogió de hombros. Sí, hombre, y luego él era el tonto.
-Te dije que probablemente no querrían saber nada de la idea. Por eso vinimos aquí. Para saber si Ed tenía alguna idea para juntarles.
-Pero por favor –intervino el castaño-, estoy seguro de que Sasha se lanzará a abrazaros en cuanto se lo contéis. Si no hay que hacer nada más que verlos. Se les nota mucho.
-¿Ah, sí?
-Por ejemplo: a Alex le gustan los gatos, y Shen parece un gato. ¿Qué más quieres?
Se miraron mutuamente.
-Por probar no perdemos nada –dijo Max.
-No, sólo la vida… -suspiró-. Bueno, qué se le va a hacer.
Por suerte para ellos ninguno de los dos sujetos estaba en casa. Cuando se presentaron en la del bicolor, Iz –Tala- les dijo que se había ido a jugar al paintball, una afición que había desarrollado después de que Nick –Bryan- le hubiese copiado ilegalmente las llaves y usase su casa para encontrarse con el pelirrojo… Con fines… Cof, qué tos.
Sin embargo, se demoraron allí un poco más. Al parecer, Adrian quería hablar con Iz, un viejo amigo al que hacía tiempo que no veía. Por algún motivo, la presencia del pelirrojo le resultaba grata, pero el rubio a duras penas soportaba sus extraños –y espontáneos- cambios de humor, que por algún motivo dependían de la presencia o ausencia de ciertas personas.
Al parecer, Iz se dedicaba ahora a escribir libros porque, según él, no tenía por qué hacer nada más complejo ni mejor pagado cuando podía seguir sacando el dinero de las arcas de su familia. Sí. Un tipo con suerte. Mientras tanto, Nick supuestamente se dedicaba a talar árboles en algún lugar de Japón de cuyo nombre no me da la gana acordarme.
Salieron de allí media hora más tarde, con un Adrian feliz de la vida –bueno, más o menos como siempre- y un Max sinceramente aliviado. El rubio se giró una última vez para mirar al pelirrojo, y se encontró con que este puso los ojos en blanco –literalmente- e hizo el gesto de pasarse un cuchillo por el cuello. Tragó saliva y se obligó a caminar más deprisa. Yaoi. ¿De quién fue la magnífica idea del yaoi? No, espera, fue suya… Bueno, ¿de quién fue la magnífica idea de ir a casa de Sasha?
Fue una vecina de Shen la que les dijo que no estaba en casa, porque había salido a comprar pinturas para un nuevo cuadro que estaba haciendo. El pelinegro había decidido hacerse pintor tras terminar la serie, y a aquellas alturas no había nadie en el reparto que no tuviese uno –sino más- de sus cuadros. Algunos más obligados que otros, pero no importa. De modo que ambos se despidieron y se fueron cada uno por su lado, el moreno feliz por no haber avanzado con aquella historia del yaoi –y por haberse escaqueado de tener que irse con Melody-, y el rubio sinceramente preocupado por la salud mental de Iz.
