Disclaimer: Aparte de todo lo dicho anteriormente (para no repetirme), este capítulo contiene un homenaje al vídeo de la canción 'Lone Digger' de Caravan Palace (con menos gore, claro). Buen grupo, por cierto, para los que les gusta el electro swing.
Telegrama de quien escribe: Todas las explicaciones sobre mi fanfic las encontrarán en mi blog ([sethliawar(punto)blogspot(punto)com]. Por favor, den una vuelta por ahí también para saber todos los detalles técnicos. ¡Gracias por su apoyo y comentarios!
III
• [Capítulo tres: Billetes y golpes] •
―Esto no puede ser posible ―recalcó Bellwether poniéndose de pie y dando vueltas por la pequeña habitación como león enjaulado ―, ¡tú eres guardia! Es más, ¡eres la encargada de mi celda!, ¿¡están intentando volverme loca o qué!? ―interrogó a los presentes.
―Stripes, Weaselton ―dijo la voz de la cerda, un poco más grave de la que la recordaba, al tiempo que chasqueaba los dedos para dar la orden que todos salieran, incluyendo los guardaespaldas ―. Los quiero afuera. A todos ―añadió al ver que uno de sus subordinados no se movía de su lugar y rascaba su nariz.
―Como diga, superior ―acató Pascal con una pequeña reverencia llena de respeto; Duke lo siguió, aunque giró la cabeza varias veces mirando a la oveja antes de irse.
―Ahora que estamos solas podemos charlar.
―Espera ―la bovina abrió la boca, pero de ella no salió nada. Pensó unos segundos, como si quisiera armar el rompecabezas ella sola ―. Tú no eres Cindy. Tu mechón no es rubio, es blanco ―apuntó el detalle. Podía ser sólo una coincidencia, pero al parecer había acertado.
―Bingo ―contestó la otra hembra, satisfecha. Recorrió la pequeña sala y se acercó a un mueble donde había una botella de whisky y unos vasos ―, ¿quieres tomar un trago?
―Lo voy a necesitar.
―Buena chica ―sonrió la porcina y sirvió unos cortos.
La 'superior' tomó asiento en el sillón junto a Bellwether; hubo un lapso de silencio un tanto incómodo, pero pronto la cerda habló, después de dar un sorbo al líquido.
―Veo que conoces muy bien a mi hermana gemela ―apuntó, divertida. Hizo una pausa prolongada ―. Oh, ¿por qué pones esa cara?, ¿piensas que soy la malvada? Qué cliché.
―Pues, sólo te juzgo por las órdenes que diste ―admitió la oveja. Tomó un trago largo, casi acabándose el whisky. Apretó los dientes y los ojos, estaba fuerte ―y también por el desastre que dejamos atrás; aunque no soy quién para decir que está mal lo que hiciste. Tengo la misma mentalidad, creo. En fin. Necesito respuestas. Tengo muchas preguntas y nadie ha querido escupir la verdad. Y tú eres la indicada para decirme: ¿quién eres?, ¿por qué me has sacado de prisión?, ¿por qué de ese modo?, ¿cuáles son tus intenciones?, ¿qué quieres que haga yo?, ¿tienes algo en contra del departamento de policía?, ¿de verdad eres la hermana gemela de Cindy, cómo te llamas?, ¿de dónde sacaste tanto dinero para contratar a esa gente que me liberó?, ¿y el tanque?, ¿cuáles son tus contactos?, ¿por qué estamos en Sahara Square?, ¿y qué…? ―tuvo que callar porque la cerda puso su pezuña sobre su boca.
―Prometo contestar todo ―dijo la porcina ―, pero comenzaré por una buena y necesaria introducción.
Se levantó de su puesto y quedó de pie frente a Bellwether; su pezuña derecha jugaba con el vaso, mientras que la izquierda descansaba en su cadera. Debía admitir que tenía buen gusto para vestir, aunque todavía eso no explicaba por qué tenían que estar en ese hotelucho de segunda. Luego lo pensó y concluyó que había de ser para no levantar sospechas.
La cerda hizo un brindis y bebió el resto del contenido. Parecía feliz por algo.
―Mi nombre es Priscilla Swinton, querida Dawn Bellwether. Tanto mi hermana Cindy como yo dedicamos nuestras vidas a servir a los ciudadanos. Ella entró a la ZPD y se graduó con honores, pero luego decidió que lo suyo era ser guardia en la prisión de Zootopia. Por mi parte, pertenezco a la fuerza militar. Que mi apariencia no te engañe: soy un general 'cuatro estrellas' de las fuerzas armadas.
―¿Usaste tu rango para contratar soldados y utilizar vehículos militares en mi escape?
―Algo así ―explicó Priscilla encogiéndose de hombros ―. He peleado en la guerra y he visto los horrores de los cuales son capaces los depredadores. Fui testigo de cuando pierden el control. Es terrible, querida, ¡terrible! ―exclamó inclinándose y abriendo mucho los ojos. En ellos se reflejaba aquellas dolorosas experiencias; las ojeras eran visibles bajo el maquillaje, por mucho que intentara esconderlas ―, pero bueno, todos tenemos nuestro lado oscuro, incluso las presas, ¿no lo crees? ―añadió ahora dándole la espalda ―. Digo, tan sólo basta con leer las noticias de lo que intentaste hacer. Podría decirse que eras un lobo con piel de oveja, ¿no?
―¡Es que no lo entiendes! ―vociferó la bovina tirando el vaso a la alfombra. Por suerte no se quebró ―: no sólo quería favorecer a las presas, las que siempre hemos sido víctimas de la opresión de los más grandes, de los estúpidos depredadores. No. Tampoco fue solamente por mis malas experiencias tanto en el trabajo como en la vida diaria. Si esos fueran mis únicos motivos, realmente me convertiría sólo en alguien con sed de venganza. Era más que eso, Priscilla: ¡era una revolución! Había que cambiar el orden 'natural' de las cosas, ¿por qué debemos seguir las mismas reglas de cuando todavía no teníamos consciencia?, ¡estamos atascados en las mismas políticas de siempre, de cuando nuestros ancestros todavía rumian en las praderas y tenían que correr por sus vidas para no ser devorados! No estoy desinformada, para que sepas. Yo sé de lo que son capaces. Me he instruido mucho, pero, ¿crees que esa información va a salir a la luz? No, porque eso significaría que grandes figuras como el alcalde de esta sucia ciudad o miembros de la ZPD quedarían enlodados y etiquetados para siempre. Con los aulladores iba a probar que todavía tienen ese instinto de matar, que animales así no pueden liderarnos porque son peligrosos. Creen que por ser más grandes y poderosos pueden aplastar al resto y que eso les da por defecto el mando. ¡No! ―gritó alzando uno de sus brazos ―, ¡somos mayoría y somos más civilizados y organizados que ellos! ―dijo, triunfante, aunque un tanto mareada por el alcohol. Estaba haciendo efecto. Hizo una pausa larga porque intentaba encontrar las palabras adecuadas y ordenar sus ideas ―, ¿cómo iba el lema? Ah, 'en Zootopia todos pueden lograr lo que se proponen'. Es mentira. Yo no pude ser el líder de dicha revolución, de aquel cambio que la ciudad necesita con desesperación. Todos piensan que aceptándonos unos a otros olvidaremos las diferencias, pero eso no es así. Debemos asumir que somos distintos y que no está mal aceptar ese hecho. Y el miedo ayuda a que tengamos el control y a no exponernos a riesgos innecesarios, pero ¿crees que alguien entendió mi mensaje? Nadie. Absolutamente nadie. Soy una tonta.
Bellwether se hundió en el sofá y llevó sus pezuñas a la cara para tapar su rostro. Tenía ganas de llorar, pero aguantó lo que más pudo porque no conocía a la hembra que estaba de pie frente a ella. Su preocupación se disipó al escuchar el aplauso, primero lento y luego más energético. No sabía si estaba burlándose de ella o qué, pero la reacción de Priscilla era desconcertante.
―¡Sabía que no me equivocaba contigo! ―dijo la cerda, emocionada. Se arrodilló frente a ella y tomó sus pezuñas, las cuales estrechó con cariño ―. Eres la indicada para ser la líder de Zootopia. O al menos el rostro. Sí, tú inspiras mucho.
―¿Hablas en serio? ―preguntó, no muy convencida. Tuvo un deja vú cuando ella había llamado a Hopps a la oficina para que fuese la cara de la ZPD en el breve periodo que había sido alcaldesa ―. De todos modos ya no hay vuelta atrás. No tengo la credibilidad, por lo que jamás me aceptarían en reemplazo a Lionheart, aunque postulara como su contrincante en las próximas elecciones. Ah, ¿y se te olvida que acabo de escapar de prisión, después de ser sentenciada a veinte años y repudiada por todos los ciudadanos? A eso añádele que hay policías y guardias muertos, además de un alce que atropellé en el camino. Hasta la comadreja esa tiene más oportunidad de ser elegido antes que yo.
―¿Y quién dijo que sería de ese modo, querida?
La piel de Bellwether se puso de gallina. ¿Qué estaba insinuando?
―Si no funciona por las buenas, será por las malas ―masculló la oveja, aterrada. Había recordado las palabras de Stripes en la visita a prisión hace unos días atrás ―. No te atreverías…
―Apenas nos estamos conociendo, Bellwether. No me subestimes ―indicó Priscilla tocando la nariz de la bovina de forma juguetona ―. Bueno, admito que investigué sobre ti un poco, así que tengo la ventaja. Es suficiente por hoy ―anunció dando un bostezo. Miró su elegante reloj de pulsera hecha de oro ―. Son las tres de la mañana. Por fin ha bajado la temperatura, qué suerte, ¿no? Será mejor que descanses.
―No tengo sueño ―dijo Dawn abrazándose ―. Necesito caminar.
―¿Eres tonta o te haces? ―el tono desagradable en su voz fastidió a la otra hembra, pero Priscilla se corrigió a los segundos después ―. Querida, la prudencia es lo primero. ¿Quieres que te atrapen, acaso? Debes usar un disfraz, por lo menos. Tampoco puedo permitir que andes sola por este barrio, no quiero que te pase nada malo.
―Entonces iré con el rayadito ―sugirió. No confiaba en ninguno, pero prefería compartir con el mapache a que estar rodeada con guardaespaldas o con Weaselton ―. Perdón, Pascal. ¿Dónde está?
―Déjame revisar ―pidió Swinton mirando su celular. Mandó un mensaje y después recibió uno de vuelta ―. En el club del frente. Es de strippers. Qué vulgares.
―De todas maneras voy ―dijo Dawn poniéndose de pie.
―Recuerda ―señaló la habitación contigua, donde estaba la cama y sus pertenencias ―. Ahí tengo una maleta llena de ropa. Hay un abrigo con capucha y pantalones. Póntelos para ocultarte. Puede que te quede algo suelto pero, da igual, hará el truco. La próxima vez que nos veamos, vas a cambiar tu look, ¿está bien? Sería bueno que usaras lentes de contacto y tiñeras tu lana de negro. Haría juego con tu alma ―bromeó la porcina soltando una carcajada desagradable ―. Te dejo. Debo viajar, a pesar que estoy agotada. Stripes te dará las próximas instrucciones.
Priscilla Swinton sólo abandonó el lugar una vez que Dawn estuvo lista. Bajaron juntas por las escaleras en compañía de Ronno y otro guardaespaldas, un lobo llamado Izzy. La dejaron a la entrada del club para luego retirarse en una limosina negra. Había un rinoceronte que vigilaba quién ingresaba y registraba a todos por igual: la oveja saludó sin quitarse la capucha y, por fortuna, no la detuvo. Caminó por un pasillo largo y oscuro, hasta dar con el salón. Buscó con la mirada al mapache, pero no distinguía bien las figuras con las luces azules y violetas.
―Dónde se habrán metido ―se preguntó en voz baja ―. Parece que es él.
Se dirigió hacia una mesa en particular donde había un sujeto bajo y acompañado por dos hembras con pocas ropas, una cebra y una raposa. Cuando estuvo a un par de metros de distancia y a punto de gritar su nombre, se dio cuenta que no era un mapache, sino un fénec. Éste la miró de soslayo y después de frente.
―¿Perdiste algo? ―la pregunta no fue lo que descolocó a Bellwether, sino la voz profunda de aquel vulpino. Podría haber jurado que era apenas un niño, pero tampoco tenía sentido que dejaran entrar a un menor a un strip club.
―Finnick, no seas tan pesado ―dijo la cebra jugando con una de sus grandes orejas.
―Disculpen ―tartamudeó la oveja y dio la media vuelta. En eso, una pequeña mano atrapó su brazo. Era Pascal.
―Pensé que te habías perdido ―comentó el mapache regalándole una sonrisa. Dawn regresó el gesto.
―Casi ―contestó, ahora más aliviada ―, ¿por qué vinieron hasta acá?
―Queríamos distraernos.
―¡Caballeros! ―anunció el presentador ―: ahora, la belleza que todos esperaban, ¡la hermosa Gazelle!
―¿Gazelle?, ¿aquí? ―preguntó Dawn, aunque nunca le había gustado su música.
―Es una doble, claro ―corrigió Stripes mientras guiaba a la oveja a la mesa donde estaba el grupo ―. Por cierto, tus compañeros carneros y una oveja macho llegaron.
―Están vivos ―aunque sabía que entre ellos no había nada más que un viejo contrato, la oveja estaba contenta con la noticia ―, ¿todos? ―quiso asegurarse.
―Doug, Woolter, Jesse, Pete, John y el gigante K.
―Grandioso.
―Woolter y Jesse se unieron a nosotros cuando supieron que planeábamos sacarte.
Todos alzaron sus vasos cuando vieron llegar a Dawn. Ella soltó una risilla nerviosa y luego los calló, recordándoles en la situación que estaban. La música comenzó a tocar y la gacela se movió con un ritmo sensual e hipnótico. Pidieron más y más cerveza o cualquier otro trago que hubiera en el menú; los machos, sin excepción alguna, aullaban y gritaban a la bailarina que se quitara la ropa, al tiempo que lanzaban una lluvia de billetes sobre sus pies.
En la otra mesa, a unos cuantos metros de distancia, Finnick había quedado solo. Había despachado a las chicas porque recibió una llamada de su amigo Nick Wilde. A pesar que todavía no podía creer que ahora era policía, seguía en contacto con él.
―Hey, Nick ―saludó el fénec.
―Hola, grandote ―respondió desde el otro lado de la línea ―, ¿dónde estás? Te busqué en el centro y no di contigo.
―Estoy en Sahara Square por un encargo ―explicó Finnick reclinado en el asiento ―, pero, ¿por qué habría de darte detalles a un oficial? ―azuzó.
―Vamos, no te comportes de esa manera, Finn. Hoy día estuve en una persecución, nos dieron con una maldita bazuca y con Zanahorias estuvimos a segundos de morir en una explosión. No necesito que el estafador se enoje conmigo por cambiar de bando, sino que quiero hablar con mi amigo.
―¿Explosión? ―repitió el zorro pequeño, poniéndose derecho ―. Eso es grave. ¿Estás bien?, ¿a quién intentaste atrapar?
―Sí, estoy bien, gracias. Lesiones leves. A Dawn Bellwether, la ex vicealcaldesa, y a un montón de carneros que son sus secuaces, ¿no viste las noticias? Hubo una fuga.
―El tiempo es dinero, lo sabes. No veo televisión.
―¿Y por eso estás bailando? ―molestó el zorro, riéndose ―. Escucho la música de fondo.
―Hago excepciones. Sólo distraigo la vista con un buen par de… Espera, ¿dijiste grupo de carneros? Dame un segundo.
Se puso de pie y escaló el asiento para luego saltar en la mesa y estirar el cuello. Podía verlos desde ahí. Quizás se trataba de la misma gente.
―Finn...―canturreó el zorro.
―Aquí estoy ―colocó nuevamente el celular en su oreja derecha ―. Creo que tengo a tus sujetos.
―¿¡Qué!? Finnick, escúchame, no vayas solo. Deja enviar refuerzos.
―Será muy tarde para cuando lleguen ―fue lo último que dijo y cortó ―. Vamos a mostrarles lo que este 'pequeñito' puede hacer ―agregó para sí tronando sus dedos.
Con un silbido llamó a un armadillo y a un koala que estaban apoyados en una pared viendo el espectáculo y les ofreció dinero a cambio que lo ayudaran ―tampoco era tan estúpido como para intentar cargarse a seis animales, aunque fuese presas. El trío se dirigió a la mesa y Finnick dio un salto, quedó encima, agarró una botella y la quebró contra la cara de Jesse. Éste bramó en dolor y se lanzó contra el insolente. El armadillo le dio una patada a Woolter, mientras que el koala rasguñaba a Pete. La escena era un tanto penosa porque todos estaban pasados de copas.
―Tú ―dijo Finnick señalando a la encapuchada ―. Casi matas a mi carnal. ¡Me las pagarás!
Doug no lo pensó dos veces: puso un frasco con las pastillas que había consumido antes en la pezuña de K y susurró que se deshicieran de ellos a toda costa. El químico tomó a Bellwether por la cintura y a echó a Pascal al hombro; debían huir lo antes posible, antes que alguien llamara a la policía. Duke huyó despavorido en dirección contraria, atolondrado por el alcohol.
Más animales se unieron a la rencilla y pronto el club se convirtió en un ring. La gacela seguía bailando como toda una profesional. Finnick se distrajo un momento y perdió de vista a la hembra. Buscó y buscó, alejándose del pleito, hasta que salió del local y vio a Bellwether subir a un vehículo que estaba estacionado en una esquina. Apretó la mandíbula y reanudó la carrera hacia ellos.
Un golpe bastó para dejarlo mordiendo el pavimento. El fénec no vio venir a la oveja macho y no tuvo tiempo de esquivar el puñetazo en plena cara. Después echó todo el peso de su cuerpo encima y continuó dándole una paliza en medio de la calle que a esas horas todavía no había mucho flujo vehicular.
―¡Voy a arrancar toda la jodida lana de tu cabeza! ―rugió Finnick hecho una furia.
―Inténtalo, petizo ―siseó Doug. Le dio un derechazo y le sacó una muela.
―¡Nadie me llama así! ―entre tanto forcejeo, una de las susodichas pastillas se resbaló del bolsillo de la camisa del atacante y cayó en el hocico del fénec. Éste quedó tieso y con los ojos en blanco. Parecía desmayado.
―Mierda.
Y como si estuviese poseído por el diablo, Finnick volvió en sí y se abalanzó contra la oveja, quien ni siquiera pudo defenderse. Las sirenas se oyeron a lo lejos y cuando la policía por fin llegó, encontraron al fénec con la boca ensangrentada y vuelto loco. ¿Una nueva víctima de los aulladores y su salvajismo? Fue la primera hipótesis, pero se descartó cuando el animal afectado habló sin mostrar síntomas.
―No lo he matado, sólo sufre de una 'pequeña' hemorragia ―dijo para defenderse, pero de todas maneras lo esposaron ―, ¡oigan, déjenme!
Amaneció en la ciudad y la ZPD arrestó a todos los animales que estuvieron involucrados en la pelea, además del grupo de carneros que habían escapado de prisión. Doug fue trasladado a un hospital, donde atenderían sus heridas bajo extrema vigilancia. Cuando esto ocurrió, Dawn y Pascal ya estaban lejos.
―Ah, estamos en problemas ―dijo para sí Pascal, apenas en un susurro ―. En graves problemas. Van a darme una paliza por haber perdido a Ramses. Otra vez. No puedo perder al químico y francotirador de esta operación ―agregó, nervioso aunque conteniéndose para que su compañera no se diese cuenta e hiciera preguntas innecesarias.
―Ese estúpido de Doug ―farfulló la oveja, quien descansaba en el asiento del copiloto. Apenas podía mantener los ojos abiertos ―, ¿por qué lo hizo? Él solía ser muy tranquilo, calculador y racional. ¿Qué le pasó?
―Estaba probando un nuevo fármaco, cotton candy ―comentó Stripes mientras manejaba. Llevaba puesto lentes de sol y un pucho encendido en la boca ―. No leí los informes, pero creo que está relacionado con el mejoramiento de la fuerza, el aguante y los reflejos. Un estimulante, a fin de cuentas.
―¿Por qué no experimentó en otros?
―Estaba contra el tiempo. Priscilla es muy exigente ―explicó el mapache.
―Así me doy cuenta. ¿Cuál es su plan, Pascal? No quiso decirme. Tengo una teoría, pero de sólo pensarlo me da escalofríos.
―Te había comentado que me cortaría la lengua si hablaba de más.
―Será nuestro secreto, rayadito. Dime, por favor ―instigó la oveja de forma dulce, pestañeando varias veces.
―Esos jueguitos no funcionan conmigo, ¿sabes? Así que no pongas ojitos de cordero degollado ―se burló el macho ―, pero debo admitir que tienes unos ojos verdes muy bonitos. Te lo diré cuando estemos cerca de Tundratown, no tardaremos. Ahí nos esperan.
