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Primera Cita

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"Milagrosas de vivas, milagrosas de muertas,
Y por muertas y vivas eternamente abiertas,
Alguna noche en duelo yo encuentro tus pupilas"
Delmira Agustini

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Desde el primer momento en que Aioria se planteó qué haría si la vida le daba una nueva oportunidad para vivir, ya sabía que esta parte le correspondería completamente a él.

(Y lo había pensado estando allá abajo, en el Inframundo, cuando la posibilidad de que eso ocurriera era, básicamente, nula).

No es que Shaka fuera tímido, ni mucho menos. Era que sabía demasiado bien cuán improbable era que Virgo diera el primer paso. O, mejor dicho, que diera cualquier paso. Porque, si ellos tenían problemas para interactuar con el mundo, Shaka podía ser, tranquilamente, un caso digno de terapia. Y de mucha terapia.

¿Qué más se podía esperar de un niño que creció aislado de todo, bajo la presión de ser superior a quiénes debería de haber llamado sus iguales? ¿De cargar con el apodo de "el más cercano a los dioses" y creérselo? ¿Bajo la constante influencia de las mentiras de un experto manipulador que, además, ostentaba poder absoluto? ¿Un niño que, además, era diferente, demasiado adulto desde un comienzo, incapaz de cerrar los ojos al mundo y vivirlo con la inocencia protectora de cualquier otro niño?

Fue algo que comenzó a considerar inconscientemente ya desde antes de la guerra contra Hades, cuando aún no se daba cuenta de cómo sus sentimientos por Virgo crecían lenta pero inexorablemente. Había sido doloroso y halagador por partes iguales, descubrir después que había sido el único que había pensado en la integridad física y mental de Shaka.

Entonces vinieron las guerras. Las mismas guerras que podría haber maldecido, pero que lo obligaron a abrir los ojos.

Aunque descubrir tus sentimientos por alguien al verlo morir, no es el mejor camino. Definitivamente, no.

Pero no fue hasta que regresaron que dimensionó la magnitud de sus problemas. No hasta que les dijeron que tenían otra oportunidad. Que tendrían tiempo para vivir, para interactuar entre ellos y con el mundo, sin la presión de otra guerra que viniera a cobrar sus vidas.

(Sí, había otras guerras en el mundo y ellos intervendrían en ellas con el tiempo, pero ninguna podría quitarles sus vidas de nuevo).

Ahí estaba la oportunidad que había pedido sin esperanza allá en el Inframundo, y él era Aioria de Leo, un espíritu de fuego. Apenas un par de días después de revivir ya estaba en la entrada del Templo de la Virgen exigiendo hablar con su Guardián.

Craso error.

Se recriminó durante semanas por no haber tenido el tacto necesario, él, que se sabía el único que considerara la posibilidad de los problemas humanos de Shaka. Que se había tomado la molestia de considerar que Virgo tenía y tendría serios problemas para adaptarse en caso de que les dieran una nueva oportunidad. Si ellos tenían, él tendría aún más.

(Junto con Máscara de Muerte, pero él no le importaba).

Había hablado con Mu, Aldebarán, Dohko y su hermano, los más dispuestos a tratar el tema, pero no había sacado mucho en limpio. La mayoría tenía una visión de un Shaka fuerte, arrogante y completamente autosuficiente, incluso Aioros, cuyos recuerdos se habían quedado estancados en ellos siendo niños, y no lograban comprender los miedos de Leo, salvo Mu. Pero el lemuriano estaría en Jamir por orden del Patriarca hasta nuevo aviso, reconstruyendo lo poco y nada que quedaba del pueblo lemuriano, y no podía hacer nada más que darle consejos.

Shion simplemente le había dicho: "ya lo conoces, seguramente está meditando". Alcanzó a desear darle un puñetazo al legítimo Patriarca.

No culpaba al resto por no ayudarlo. Sabía que Shaka jamás había hecho amigos. Que su posición como alguien "más allá de las tristes tribulaciones humanas", la había pagado con una vida solitaria.

Que él se enamorara de ese ser Iluminado, era otra historia.

No debería de haberle extrañado que hablar con los chicos de bronce fuera mucho más útil. Entre que los 12 murieran y fueran revividos, habían pasado muchos años y ellos ya no eran los niños que recordaba. Eran adultos y sabían sobre adaptarse al mundo "real". El propio Seiya le había recordado que él tampoco debía de estar del todo sano, que su infancia quizá fue aún menos sana que la de Shaka. Aioria le recordó, amargamente, que ninguno estaba realmente bien.

Terminó enfrentado sus propios demonios. Se presentó ante su diosa y consiguió un permiso para visitar Atenas con regularidad. Luchó contra su naturaleza franca para no revelar que iba en busca de ayuda psicológica profesional real, porque, por algún motivo que no lograba fijar, le parecía irrespetuoso decirle a su diosa que necesitaba terapia por las consecuencias de servirla.

Pero era absolutamente necesario. Nadie puede ayudar a otro si él mismo está enfermo o herido, le había dicho su hermano en épocas más felices y el propio Sagitario había dado el ejemplo, entregándole la armadura y a Atenea incluso a un desconocido, pues él estaba demasiado herido como para proteger a una y usar la otra.

Un mes de terapia para él (intensiva por ahora, ya después habría tiempo para algo más profundo) antes de regresar a la entrada del Templo de la Virgen. Otro mes, antes de que lograra romper las barreras que el hindú había puesto alrededor de sí mismo y conseguir que cruzaran un par de palabras.

Para entonces, el griego ya comenzaba a preocuparse seriamente por la salud física del hindú. Era Shaka de Virgo, quizá el más poderoso Santo de Atenea, aquel que podía torcer las leyes de la física a su gusto, pero meses casi sin comer debía de hacerle daño en algún momento.

Una semana más para convencerlo de alimentarse adecuadamente. Tres semanas más, antes de conseguir que cruzara el umbral de la entrada al Templo. Tuvo que recurrir a buena parte de su autocontrol para ocultar la expresión de asombro y angustia en su rostro, cuando la luz del fuerte sol griego reveló cuan pálido, delgado y demacrado en general, estaba el Guardián del Sexto Templo.

Sin embargo, contra lo que cualquiera que lo conociera pudiera esperar, tuvo el suficiente tino como para no decir nada. Se limitó a sonreírle y seguir con la charla amena, mientras descendían la larga escala rumbo a la salida del Santuario. También, tuvo la suficiente paciencia como para no decepcionarse por la poca respuesta que obtuvo. Por los monosílabos o la expresión sempiternamente neutra.

Pero, de algún modo, tenía también la certeza de que todo lo que hacía no estaba cayendo en saco roto.

Años después, cuando descansaran juntos en su hogar, lejos del Santuario, rodeados de los hijos que adoptarían, siempre hablaban de esa caminata hasta Rodorio como su primera cita, aunque no habían hecho nada más que hablar. Shaka ni siquiera había reído, porque eso, junto con los helados, las idas al cine, otras clásicas cosas románticas que harían alzar una ceja a Virgo y aquella memorable en la que lo besara sin aviso, no ocurrirían hasta muchas otras salidas más adelante.

Pero había sido la primera. Siempre la considerarían la primera.