Tercer capítulo del fic. Espero les guste ^^
3.-Subiendo la Montaña Silenciosa.
-¿Quién era ese digimon tan grande?-preguntó Lalamon acercándose con muchas digi frutas en una hoja que traía arrastrando. No parecía del todo sorprendida, no al menos como lo había estado Hawkmon en su primera impresión.
-Garuda…mon-respondió la pequeña ave, aún con la boca muy abierta.
-Ah-dijo ella con sencillez, sentándose a comer-¿Era algún amigo tuyo?
Hawkmon negó con la cabeza.
-¿Un pariente?
Otra negativa por parte de Hawkmon.
-¿Cómo es que conversaba contigo entonces?-insistió ella mordiendo algo que parecía un mango de colores raros.
-¿Estabas espiando acaso?-preguntó irritándose.
-No; pero recién llegué y los vi conversando. Iba a invitarle unas frutitas-dijo la digimon con una sonrisa y exhibiendo unas jugosas frutas que había conseguido.
Su compañero negó con la cabeza, extendió sus brazos y voló un poco para alejarse. Lalamon se molestó bastante con eso.
-¡¿A dónde vas ahora?! ¡Te traje la merienda!
-¡Tengo que irme a la Montaña Silenciosa!-le respondió él mientras se alejaba.
Lalamon pareció atragantarse con esa respuesta. Hizo un esfuerzo y le siguió flotando desde lejos.
-¿Cómo que a la Montaña Silenciosa? ¿No sabes que es peligroso ir allá?
-¡No es peligroso!
-¡Sí lo es! ¡Todos lo saben!
-¡Tienes miedo!-dijo Hawkmon aterrizando en la rama de su árbol.
-¡Claro que no!
-¡Ven conmigo entonces!-le desafió mientras sacaba del agujero en el tronco, su correa de la suerte y la ataba en su cabeza y una bolsa que se había ganado de pura suerte en su única visita al pueblo.
Mientras Lalamon se daba mil vueltas pensando en lo terrible que sería ir a ese lugar, y en que no quería dejar solo a su amigo, Hawkmon llenó la bolsa con toda la comida que tenía guardada y la que iba recogiendo de los árboles cercanos. No tenía idea de cuánto le tardaría llegar a la cima, pero estaba dispuesto a intentarlo.
"Si conociendo a ese digimon puedo volar como todos los demás, iré"-se decía mientras terminaba de llenar la bolsa y la cerraba fuertemente, cargándola a su espalda. Se quedó un momento mirando la montaña, la que resultaba un poco tenebrosa para alguien tan pequeño como él, pero no tenía miedo. Al contrario, sentía que podría lograr lo que fuera aquel día. De pronto, reparó en que Lalamon seguía dándose vueltas y hablando consigo misma sobre ir o no ir con su compañero a la cima de un lugar tan temible.
-Bueno, ¿Vienes o no?-le preguntó por fin.
La digimon se quedó parada en seco. Unas gotas frías cayeron por su cabeza y asintió un poco temblorosa.
-Bien, andando entonces-dijo el pequeño Hawkmon mientras dirigía sus pasos hacia el lugar.
Lalamon lo vio marchar. Volvió a dudarlo un instante; se notaba que no estaba del todo convencida, y que aparte de suicida, aquella decisión era la peor de su corta vida. Siempre había seguido a Hawkmon a todos lados, y lo ayudaba en todo, aún cuando él no siempre agradecía la ayuda prestada. La mayor parte del tiempo, ni siquiera se daba cuenta. Pero ahora era diferente.
-¡¿Vienes o no?!-repitió el ave ya a varios metros de distancia.
-¡Voy!-exclamó ella despertando del trance y avanzando en su flote desequilibrado, como un globo inflado y atado que se mueve de un lado a otro.
El sol les seguía desde lo alto en su caminata, grande, cálido e inspirador. Los dos pequeños digimons caminaban, al menos uno de ellos, en silencio sobre las planicies verdes y rodeadas de árboles de muchos colores y tamaños. Los ruidos del bosque a su alrededor, les despedían con sus variadas melodías, y el viento soplaba los dulces aromas de las flores, las hojas, la tierra húmeda y la paz que se respiraba en el bosque. Hawkmon y Lalamon avanzaron hasta dejar muy, muy atrás aquel lugar tan hermoso y tranquilo donde siempre habían vivido, tal vez para nunca regresar.
-Subiendo la montaña voy, cantando mi canción yo voy-cantaba Lalamon para intentar quitarse los nervios. No tenía muy buena voz como hubiese deseado, lo que después de mucho rato, destrozaba los nervios de Hawkmon. Pero el digimon siempre tenía grandes dosis de paciencia para su compañera, y entendía que estuviera asustada.
-No tenías que venir si te da tanto miedo-le dijo.
-No es miedo-replicó ella tratando de sonar segura.
-¿Entonces?
-Solo estoy preocupada de lo que nos pueda aparecer en el camino.
-No tenemos que enfrentarnos a nadie-dijo él sin la menor mota de preocupación-si surge algún problema, solo lo evitamos y ya.
-Los digimons grandes son territoriales-acotó Lalamon, con los nervios asomando en su voz.
-Tal vez; pero solo pedimos por favor y ya verás. Solo hay que ser amable.
-"Él", el señor amable-dijo la digimon más para sí que para su compañero.
Hawkmon ignoró el comentario y siguieron caminando en silencio un largo rato. Ya habían dejado atrás el abrigo de los árboles y la alfombra verde y húmeda de los pastos, y atravesaban aquel páramo deshabitado y triste, que separaba el colorido y mágico ambiente del bosque, con los lugares abandonados y lúgubres como aquella montaña.
Un alto digimon de extraño y gracioso aspecto se cruzó en su camino. Sonrió al ver al par de niños, y haciendo una reverencia, se presentó.
Continuará...
